Desabasto de medicinas en Veracruz: “Vendí mi propiedad para salvar a mi hijo con cáncer”
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Manu Ureste

Desabasto de medicinas en Veracruz: “Vendí mi propiedad para salvar a mi hijo con cáncer”

En la zona de Altas Montañas de Veracruz, los padres de niños con cáncer no tienen otra más que vender sus animales y terrenos, para enfrentar el desabasto de medicamentos.
Manu Ureste
5 de febrero, 2020
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Marcos Vallejo, un campesino de 32 años que viste pantalón tejano, sombrero cowboy de ala ancha, camisa fucsia, y botas blancas picudas, dice que allá por su rancho en las faldas del Pico de Orizaba nunca había escuchado la palabra leucemia. Pero, cuando entendió la gravedad de la enfermedad que se extiende sin tregua por el frágil organismo de Rigoberto, su hijo de 8 años, su vida y la de su familia cambió para siempre.

Marcos nació en una ranchería pobre, en una región pobre de la Sierra de Zongolica, en la zona de Altas Montañas de Veracruz; entidad que, además, también está entre las más pobres de México. 

En Chilapa, su pueblo, el trabajo se reduce a tres opciones: emigrar para el gringo, como hace la mayoría en esta localidad de calles semidesiertas; ir con los conocidos de siempre para preguntarles si tienen alguna chamba de albañilería en alguna localidad vecina cercana; o salir al campo, donde la recolecta de flores y de follaje que luego se venden en ciudades como Orizaba o Córdoba deja poco más de 150 pesos la jornada. 

Lee: Sin medicamentos y en la pobreza extrema: así enfrentan niños con cáncer el desabasto en Veracruz

Un salario raquítico que está a años luz de los gastos que requiere el combate al mal que acecha a Rigoberto.

Por ello, Marcos asegura que no tuvo otra salida: vendió gallinas, algún otro animal que tenía por ahí suelto, y un pedazo de terreno, para enfrentar una pesadilla que inició un 28 de febrero de 2019 cuando, después de un largo periplo por consultorios de farmacias baratas, escuchó por primera vez de la boca de un oncólogo una frase tan directa como terrible: 

“Tu hijo tiene leucemia y está grave”.

“Pedí prestado y vendí mi patrimonio”

Es viernes 31 de enero y el reloj marca que son las diez de la mañana. 

Marcos, su esposa, y Rigoberto, un niño de ojos negros ligeramente rasgados que oculta parte de su rostro con un cubrebocas y la visera de una gorra roja del Cruz Azul, salieron temprano de la sesión de quimio en el Hospital Regional de Río Blanco, ubicado a unos cuatro kilómetros de Orizaba, y esperan el transporte colectivo en el que irán de regreso hasta Chilapa, en el municipio de La Perla. 

“Nosotros vivimos hasta allá arriba, en las nubes”, bromea Marcos, señalando uno de los enormes cerros que rodean al Hospital y por los que descienden densas nubes cargadas de humedad y de aire gélido. 

Y lo cierto es que no exagera. 

Ya a bordo de la camioneta colectiva, la sinuosa carretera se va empinando para dejar atrás un sinfín de rancherías y pueblitos, en cuyos márgenes brotan por doquier casitas de techo de lámina y paredes de madera carcomida por la humedad de la montaña, hasta llegar a las faldas de Citlaltépetl; un volcán activo que se eleva por arriba de los cinco mil metros de altura más conocido como El Pico de Orizaba. 

“Si usted, o su familia, padece una enfermedad sin explicación -dice la voz de una mujer que sale del viejo estéreo de la radio que lleva prendida el chofer de la camioneta-, si ha ido con el doctor y no encuentran la cura para su enfermedad, si padece una brujería o una hechicería producto de la envidia, llámenos. Podemos ayudarlo”. 

Lee: No solo es CDMX: en otros estados también hay reclamos por falta de medicinas contra el cáncer

Al escuchar el anuncio, Marcos sonríe cansado y con la mirada puesta en sus botas picudas. 

En toda esta zona abunda la charlatanería y las creencias folclóricas en rituales, amarres, santería, y muchas otras supersticiones para curar males inexplicables. Pero, en cierto modo, Marcos no estuvo tan lejos de recurrir a la ‘ayuda’ de esas ‘curanderas’ por una sencilla razón: nadie le atinaba a decirle qué le sucedía a su hijo.

Sin seguro social, Marcos optó primero por llevarlo a los consultorios de farmacias, pero el paracetamol y los jarabes que le recetaron fueron inocuos contra la calentura que sumergía al niño en un letargo alarmante. Ante la falta de resultados, lo llevó a la modesta unidad médica de su ranchería, donde le indicaron que el cuadro que presentaba el niño requería de estudios más completos para hacer un diagnóstico. 

El problema, claro, es que Marcos debía hacer esos estudios “por fuera”. Y la cotización no bajaba de los 40 mil pesos. 

“Tuve que pedir prestado y vender muchas cosas para atender a mi hijo -dice el campesino-. Lo primero que vendí fue mi propiedad”. 

Pero el niño no mejoró. Al contrario, con el paso de los días, iba a peor, y aún no se sabía con certeza cuál era el mal que lo mantenía en cama. 

Así, hasta que, en otra de las visitas a la clínica local, un doctor agarró a Marcos y le aconsejó que ya no hiciera más estudios y que mejor lo llevara de inmediato al Hospital Regional de Río Blanco. 

Allí, cuenta ahora Marcos sujetándose con la mano el sombrero que por poco sale volando con los baches y los innumerables topes que hay en el camino hasta Chilapa, le hicieron nuevos estudios -gratis- a Rigoberto, y al poco tiempo le confirmaron que tenía leucemia. 

“Cuando el doctor nos explicó que es un cáncer en la sangre, nos agarró en un momento muy tímidos, sin saber nada -explica-. Nunca nos imaginamos que una enfermedad así de grave podría dañar a nuestro niño. Fue algo muy difícil de entender, algo que uno no quisiera creerlo”. 

Al momento de escuchar el diagnóstico, Marcos y su esposa no solo no dimensionaban aún la gravedad del padecimiento, sino tampoco el aluvión de gastos que se les avecinaba -más los que ya hicieron tras vender su propiedad- para comprar medicamentos de nombres extraños, como la Vincristina o el Methotrexate, que al público puede tener un costo por arriba de los cuatro mil pesos la dosis, sin contar, claro, las quimioterapias, que pueden dispararse por arriba de los cuarenta mil. 

Pero el diagnóstico solo era el inicio. 

En realidad, la pesadilla apenas acababa de comenzar.

Un salvavidas 

Después de tres horas de trayecto, y de gastar el salario de un día de 150 pesos en trasbordos en varios taxis rurales colectivos -tomar uno individual le hubiera costado entre 500 y 600 pesos, lo equivalente a cuatro días de trabajo en el campo-, Marcos ya está en Chilapa.

Sentado en una banca de madera en la cocina de su casa, una vivienda limpia y ordenada, con paredes pintadas de azul cielo, que alterna partes construidas con madera y otras con bloques y ladrillo, el joven campesino recuerda que aquel 28 de febrero del año pasado él y su esposa caminaban por los laberínticos pasillos del Hospital de Río Blanco desorientados y aturdidos por el impacto de la noticia que les dio el pediatra, y con la incertidumbre de cómo afrontarían los gastos para salvar a su hijo. 

“Uno entra allí perdido. Como si anduvieras a oscuras, sin luz. No sabíamos a dónde acudir, ni con quién”. 

Hasta que una de las mamás que también estaba en ese momento en la tercera planta de Oncología Pediátrica los calmó y les recomendó que bajaran a la primera planta, junto al comedor. 

La asociación civil Orizaba Propone apoya actualmente a más de 120 niños de la Sierra de Zongolica con albergue, comedor, análisis, y medicamentos oncológicos. Foto: Manu Ureste.

Allí, en una pequeña oficina, trabaja personal de la Asociación Orizaba Propone (AOPAC); una organización civil sin fines de lucro que lleva 30 años ayudando a cientos de niños con leucemia y otros tipos de cánceres sólidos, que, como Rigoberto y sus padres, viven en zonas serranas de alta vulnerabilidad por pobreza extrema. 

Marcos cuenta que, en plena tempestad, la AOPAC fue un verdadero salvavidas. De inmediato, la fundación incluyó a Rigoberto en su programa de niños con cáncer y ayudó a la familia a inscribirlo en el hoy extinto Seguro Popular, en el seguro de gastos catastróficos que, al menos en el papel, debía procurarle atención y medicamentos gratuitos.

Durante los tres meses que duró el proceso de inscripción en el Seguro Popular, la fundación compró los medicamentos de Rigoberto y sufragó sus estudios, para que el combate al cáncer se iniciara lo antes posible. 

Una vez inscrito, el convenio entre el Hospital y la fundación se resume así: el Hospital pone la torre pediátrica de oncología, dos oncólogos especialistas, enfermeras, y los medicamentos que llegaran a través del Seguro Popular. Y la fundación apoya con un albergue para los padres que bajan de la sierra puedan dormir en Río Blanco el tiempo que los menores estén internados, con un comedor gratuito dentro del Hospital, y con el apoyo en el suministro de medicamentos cuando no llegaran suficientes por medio del Seguro Popular. 

El problema, expuso en una entrevista previa al recorrido con Marcos la señora María de los Ángel Pírez, presidenta de la AOPAC, es que, con la llegada del nuevo Gobierno Federal en 2019, el de por sí renqueante Seguro Popular comenzó a dejar de surtir muchos medicamentos al Hospital, hasta llegar a “una situación crítica de desabasto” con la entrada el 1 de enero de este año del nuevo INSABI. 

Por lo que, hoy, subraya la señora Pírez, es la fundación y no el Estado la que está asumiendo la responsabilidad, y el desgaste económico -un millón 300 mil pesos solo entre octubre y diciembre del año pasado-, de comprar prácticamente todos los medicamentos, más estudios y análisis, para que los niños con leucemia como Rigoberto, literal, no se mueran. 

“No sé qué está pasando con los gobiernos. Lo único que sé es que cuando voy a la farmacia del Hospital con mi receta, siempre me dicen lo mismo: no hay medicamento, tiene que comprarlo por fuera”, denuncia Marcos, cuyo testimonio coincide con lo documentado por Animal Político el jueves 30 de enero, cuando acompañó a la botica del Hospital a Felipe Romero, padre de otro niño con leucemia, y la respuesta que le dieron fue que no podían surtirle medicamentos como la Vincristina y que regresara en ocho meses a preguntar de nuevo. 

Y también coincide con el de la señora Librada Sánchez, madre de José Juan Sánchez, un adolescente de 15 años con leucemia, que lamenta que en el Hospital ya no le dan a su niño ni un simple antiácido o paracetamol.

Y con el de doña Rosa García, madre de Armando, que perdió cuatro meses valiosísimos porque no tenía el dinero suficiente para hacerle una biopsia a su hijo que el Hospital no le podía realizar. 

“No queremos hacer política, queremos medicamentos”

“La verdad, nosotros no tenemos nada que ver con la política”, insiste Marcos, cuando se le cuestiona por lo expresado desde diversas instancias del Gobierno Federal y también del veracruzano, que acusan que el desabasto en varios estados se debe a redes de intereses que no quieren la transformación del país ni del sistema de salud público, y a que hay, incluso, escasez mundial de ciertos fármacos como la Vincristina. 

 “Lo único que queremos es que el Hospital tenga el medicamento y que no tengamos que batallar todos los días para conseguirlo, porque de eso depende las vidas de nuestros niños”, plantea Marcos, que también exige que la atención continúe siendo en Río Blanco y no los trasladen al Centro Estatal de Cancerología (Cecan) de Xalapa, a 150 kilómetros de distancia.

Entérate: Con protestas del aeropuerto a Gobernación, padres de niños con cáncer logran promesa de abasto total

Porque moverlos hasta allá, denuncia, sería poco menos que condenar a los niños a la misma suerte que si no les dieran los medicamentos, o las quimios.

“Muchos padres no podríamos llevar a nuestros hijos hasta Xalapa. Imagínese, si bajar de la sierra a Río Blanco ya es un gran esfuerzo para nosotros, ahora súmele que allá no tendríamos una fundación que nos apoye con albergue, comida, y medicamentos, como la AOPAC. ¿Cómo le haríamos? No, no se puede -niega Marcos con la cabeza-. El Gobierno nos tiene que dar los medicamentos en el Hospital de Río Blanco”.

Por su parte, el presidente López Obrador, y el subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, Hugo López-Gatell, prometieron ayer martes que las denuncias ciudadanas por desabasto de medicinas en varios estados del país, como el propio Veracruz, Puebla, Oaxaca, Guerrero, Yucatán, Nuevo Léon, o más recientemente en Tijuana, Baja California, serán atendidas en los próximos días. 

“Todos los casos los iremos resolviendo y si el próximo martes hubiera algo que no se cubrió, lo vamos a revisar (en la conferencia mañanera del presidente) y lo vamos a resolver”, aseguró López-Gatell. 

Mientras eso se cumple, el equipo de abogados de Renace Capítulo San Luis, dirigida por José Mario De la Garza, ya acudió ante la justicia federal para interponer el pasado jueves un amparo que obligue a la Secretaría de Salud veracruzana y al Hospital de Río Blanco a brindar de manera inmediata todos los medicamentos a los niños que, como Rigoberto, están peleando junto a sus padres para derrotar a la leucemia.

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"Pescorea": la llegada masiva de coreanos que transformó una ciudad en el norte de México

Un boom industrial en un pequeño municipio cerca a Monterrey atrajo a miles de coreanos que han creado una comunidad lejos de su tierra natal.
8 de diciembre, 2021
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“Antes de que llegaran los coreanos esto era desértico, no pasaba nada, ni las lagartijas querían pasar por aquí”.

Así describe Juana María Arciniega cómo era el municipio de Pesquería antes de que arribaran de miles de coreanos a esta zona del área metropolitana de Monterrey, en el estado de Nuevo León, norte de México.

Juana María tiene un puesto de venta de ajo a la orilla de la carretera que comunica a Monterrey con Pesquería.

A cada lado de la vía hay grandes fábricas y bodegas. Por la carretera pasan camiones a toda velocidad y a pocos metros, en un terreno arenoso, está el pequeño quiosco de madera de Juana María, con un aviso que anuncia “Ajo negro natural”.

El aviso está escrito en español y en coreano.

Ajo negro

Carlos Serrano/BBC Mundo
Juana María Arciniega (izq.) vende ajo negro a orillas de la carretera de Pesquería.

“He leído que a los coreanos les gusta el ajo negro, aquí en Pesquería hay muchos coreanos, entonces hay que venderlo”; dice el hijo de Juana María, quien mandó a hacer el aviso usando el traductor de Google.

A partir de 2014, un boom industrial comenzó a atraer a tantos coreanos a Pesquería, que los mexicanos comenzaron a llamarle Pescorea.

Con esa palabra se refieren a los cambios que comenzaron a notar en varias zonas, no solo de Pesquería, sino de otras ciudades del área metropolitana de Monterrey, como Apodaca y San Pedro.

En BBC Mundo viajamos a Nuevo León para conocer el fenómeno de “Pescorea”, y a los coreanos que crearon una comunidad a miles de kilómetros de su tierra natal, con una cultura y costumbres muy distintas, y en algunos casos sin saber español.

Monterrey

BBC
En el área metropolitana de Monterrey es fácil encontrar avisos escritos en coreano.

Entre ellos nos encontramos con una joven youtuber con millones de seguidores que hace humor con las diferencias culturales de ambos países; comerciantes que aprovechan el auge de las series y la música coreana para vender sus productos, y emprendedores que vieron en México la oportunidad de tener por fin su propio negocio.

Personas como ellos han contribuido a que en los últimos años, en el área metropolitana de Monterrey se note la influencia coreana con tiendas, restaurantes, escuelas, peluquerías, iglesias y puntos de encuentro donde estos migrantes construyen su nueva vida.

De Pesquería a Pescorea

“Yo llegué en el 2016 porque recibí una oferta de trabajo en Kia México, y no dudé en aceptarla porque iba a ser una gran oportunidad para mi y mi carrera profesional”, le dice a BBC Mundo Jin Ju Jung, una empleada de la compañía automotriz.

Aviso en coreano

BBC

La historia de Jin Ju Jung o Camila, su nombre en México, es muy parecida a la de otros coreanos que desde 2014 llegaron a Pesquería a trabajar en la construcción y puesta en marcha de esta fábrica de automóviles coreana.

La planta es un gigantesco complejo que ocupa un área equivalente a 700 campos de fútbol.

Ahí dentro se respira un aire futurista, con veloces máquinas de última tecnología que contrastan con el ambiente modesto y apacible que se vive a solo 10 minutos en el centro de Pesquería, donde parece que el tiempo se detuviera bajo el calor del mediodía.

Junto a Kia, a Pesquería llegaron compañías constructoras, proveedoras de insumos y de ingeniería que generaron miles de empleos.

De esa manera, el área rural de Pesquería comenzó a transformarse en un gigantesco eje industrial, con fábricas que ocupan lo que antes eran terrenos deshabitados.

En 2020, la población de Pesquería fue de 147.624 habitantes, lo que representa un crecimiento del 608% respecto a 2010, según el portal oficial DataMéxico.

Entre 2018 y 2020, Pesquería fue el municipio que atrajo mayor inversión extranjera directa, incluso más que la Ciudad de México, según la Secretaría de Economía del Gobierno Federal.

Gran parte de ese crecimiento poblacional y económico se debe a la llegada de las empresas coreanas y de otros países a la zona, muchas de ellas relacionadas con la industria automotriz.

Camila

Carlos Serrano/BBC
Camila llegó a México como parte de la oleada de “Pescorea”

En septiembre de 2015, el Instituto Nacional de Migración (INM) informó que durante ese año hubo un flujo de cerca de 8.000 coreanos en Nuevo León.

Según Daniel Lee, vicepresidente de la Asociación de Coreanos de Nuevo León, se estima que hoy en el estado viven unos 3.000 coreanos.

Una nueva vida

“Para mí, llegar a México fue volver a respirar“, le dice a BBC Mundo Sujin Kim, más conocida como “Chingu amiga”, una youtuber, instagramer y tiktoker con millones de seguidores en sus redes.

En sus videos, Sujin muestra cómo es vivir siendo coreana en México, mostrando las cosas que le llaman la atención y explicando las diferencias culturales entre ambos países.

Sujin llegó a Monterrey en 2017, como parte del fenómeno “Pescorea”. Al principio trabajaba para una compañía coreana, pero luego se dedicó a enseñar coreano y a sus redes sociales.

Sujin cuenta que salió de Corea porque el estilo de vida de su país la sometía a mucho estrés y “presión mental”.

“Estuve enferma durante casi un año, no podía ni comer, no podía hacer físicamente nada”.

“Crecí escuchando que no podía dormir más de 3 horas, ni salir con mis amigas porque debía estudiar”, dice.

“No quería vivir siempre compitiendo”.

Para Sujin, llegar a México fue comenzar “una segunda vida”.

A sus 30 años, dice que aquí vive más tranquila.

Aviso en coreano

BBC

Desde su apartamento graba y edita los videos para sus redes y combina su labor de creadora de contenido como profesora de coreano en una universidad.

“Con el fenómeno de “Pescorea” llegaron muchos coreanos, muchos se fueron pero muchos como yo nos quedamos porque nos gustó la cultura”.

“La cultura de aquí cuadra mucho más con mi personalidad, soy coreana pero de corazón latino“, dice Sujin sonriendo.

Ambiente coreano

En el área metropolitana de Monterrey es fácil notar la influencia coreana impulsada por el fenómeno “Pescorea”.

“Uh… pero si aquí casi no hay coreanos”, nos respondió en tono irónico una empleada en el aeropuerto cuando le contamos qué hacíamos en la ciudad.

Apodaca

BBC

Un taxista nos contó que cuando trabajaba como ingeniero aprendió algunas palabras en coreano ante la llegada masiva de colegas de ese país.

En la vía que conecta a Apodaca y Pesquería es fácil encontrarse negocios que tienen sus avisos en coreano, como peluquerías, supermercados, restaurantes, agencias de viaje, academias de idioma coreano y de taekwondo, tiendas de cosméticos y oficinas de abogados.

En Guadalupe, otro municipio del área metropolitana, hay una iglesia evangélica para la comunidad coreana. Y junto a la iglesia, está la escuela para niños coreanos.

Aviso en coreano

BBC

El béisbol es un deporte muy popular en Corea, y en Monterrey los coreanos tienen su propio equipo en el campeonato local.

“Los letreros cambiaron de estar en español a coreano, era como si ya no estuvieras en territorio mexicano“, le dice a BBC Mundo Claudia Delgado, una joven estudiante que trabaja en un supermercado de productos coreanos en Apodaca.

En esta tienda, que está junto a un salón de belleza y un restaurante coreanos, se venden productos típicos de ese país, desde el kimchi hasta las sopas prefabricadas y el soju, un popular licor coreano.

Supermercado coreano

BBC

El impacto que han tenido películas como Parásito, las telenovelas coreanas y el K-pop, han despertado un interés de los locales por los productos de ese país.

“Muchos mexicanos vienen aquí por las series de Netflix”, le dice a BBC Mundo Alejandra Kim, empleada del supermercado coreano, en el que de fondo suena música del grupo BTS.

“Les da curiosidad probar a qué sabe esa comida que ven”.

Algo similar pasa con las tiendas de cosméticos coreanos, especializadas en la K-beauty, como se le conoce a las rutinas de embellecimiento de Corea del Sur.

Productos de belleza

BBC
Los productos de belleza coreanos se han vuelto muy populares.

Los videos musicales de las bandas coreanas y las series en las que se ve a los actores con una piel muy bien cuidada, atraen a clientes mexicanos, según le dice a BBC Mundo Kim Sung-Il, un emprendedor coreano que llegó a Monterrey hace cuatro años a trabajar con una compañía coreana y ahora tiene una tienda de cosméticos.

En Pesquería, junto a un restaurante coreano hay un taller mecánico, ambos propietarios son coreanos que vieron en este lugar la oportunidad de tener su propio negocio.

Pali pali vs “ahorita”

Varios de los coreanos con los que conversamos coinciden en que uno de los aspectos que más les costó descifrar a su llegada a México es la noción del tiempo.

Misa coreana

BBC
La misa dominical es un punto de encuentro para la comunicad coreana en Monterrey.

En Corea es muy común la expresión “pali, pali” que significa “rápido, rápido” o “date prisa”.

“La práctica de pali-pali no es simplemente parte de la vida diaria de los coreanos; la rapidez está profundamente arraigada en sus mentes como un valor básico”, según explica el antropólogo Kim Choong-soon en el libro Way Back into Korea (Camino de regreso a Corea).

“Gracias a esta cultura de la prisa, Corea del Sur pudo lograr un tremendo progreso económico y una industrialización en un período muy corto de tiempo”, dice el experto, citado en un artículo de BBC Future sobre la cultura coreana.

Clases de Taek Wondo en Monterrey

Carlos Serrano/BBC Mundo
Los coreanos han traído su cultura a México

“Como nuestra cultura es tan competitiva, tenemos que movernos más rápido que los demás”, dice la youtuber Sujin, que habla bien español, pero lo hace tan rápido que por momentos cuesta entenderle algunas palabras.

Por su parte, Camila sostiene que a “los coreanos les gusta hacer todas las cosas muy rápido, siempre están muy apresurados“.

“En cambio aquí he aprendido a disfrutar un poquito más mi día, tomarme mi tiempo“, dice.

Y en el extremo contrario de “pali, pali”, está el muy mexicano “ahorita”, algo que a Sujin y a Camila les costó entender.

Cocineras

BBC
En el restaurante coreano de Pesquería, un grupo de cocineras mexicanas prepara comida coreana.

“Para los coreanos, ‘ahorita’ significa ‘en este momento’, pero aquí en México puede ser en 5 minutos, en media hora, en un día, en una semana…me sentía muy confundida“, dice Camila.

“Ahora cuando me dicen “ahorita”, ya sé que tengo que esperar”.

Por su parte, Sujin dice que ya aprendió que “ahorita” significa que sucederá “en algún momento antes de morir”.

Y a esas diferencias culturales muchas veces se les suma la barrera del idioma.

“Quieren todo rápido y te hablan en un español muy limitado, entonces uno queda como ‘quiero hacerlo pero no te entiendo”, dice Claudia, quien maneja las redes sociales del supermercado coreano.

Empleada del supermercado coreano

Carlos Serrano/BBC Mundo
Claudia dice que a veces es complicada la comunicación con sus jefes coreanos, pero encuentran la manera de entenderse.

Eréndira Guadalupe Gutiérrez, una de las cocineras en un restaurante coreano en Pesquería, nos contó que como su jefe no habla español, la única manera de comunicarse con él es utilizando el traductor de su celular.

¿Volver?

Hoy “Pescorea” significa más que un fenómeno migratorio.

Para quienes llevan varios años viviendo en el área de Monterrey, vivir ahí significa extrañar un lugar al que no saben si volverán.

Aviso en coreano

BBC

“A mi mamá le dije que iba a regresar en dos años, pero ya llevo cuatro años aquí”, dice Sujin.

“Sería un poco difícil volver a Corea, pero tengo a mi familia y amigos ahí, entonces va a ser una decisión difícil”.

Los coreanos con los que conversamos coinciden en que se sienten muy bien acogidos por los mexicanos.

“He escuchado que la cultura asiática en algunos países no es tan agradable para algunas personas, en las noticias también he visto que desde que comenzó esta pandemia tanto en Estados Unidos como en Europa algunos asiáticos fueron golpeados“, dice Camila.

Alejandra Kim.

Carlos Serrano/BBC Mundo
“Soy mexicoreana”, dice Alejandra Kim.

“Acá en México no hemos tenido ningún tipo de racismo… lo contrario, una sincera aceptación y es algo que estoy muy segura que todos o la mayoría de los coreanos estarían de acuerdo conmigo”.

Así, lo que comenzó como una migración impulsada por la industria y los negocios, hoy se ha convertido en una pequeña diáspora que mezcla ambas culturas.

“Si a mi me preguntan si soy mexicana o soy coreana, yo digo que soy mexicoreana“, dice Alejandra Kim, empleada del supermercado.

“No soy ni mexicana 100%, ni 100% coreana, como ‘Pescorea'”.


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