Desabasto de medicinas en Veracruz: “Vendí mi propiedad para salvar a mi hijo con cáncer”
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Manu Ureste

Desabasto de medicinas en Veracruz: “Vendí mi propiedad para salvar a mi hijo con cáncer”

En la zona de Altas Montañas de Veracruz, los padres de niños con cáncer no tienen otra más que vender sus animales y terrenos, para enfrentar el desabasto de medicamentos.
Manu Ureste
5 de febrero, 2020
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Marcos Vallejo, un campesino de 32 años que viste pantalón tejano, sombrero cowboy de ala ancha, camisa fucsia, y botas blancas picudas, dice que allá por su rancho en las faldas del Pico de Orizaba nunca había escuchado la palabra leucemia. Pero, cuando entendió la gravedad de la enfermedad que se extiende sin tregua por el frágil organismo de Rigoberto, su hijo de 8 años, su vida y la de su familia cambió para siempre.

Marcos nació en una ranchería pobre, en una región pobre de la Sierra de Zongolica, en la zona de Altas Montañas de Veracruz; entidad que, además, también está entre las más pobres de México. 

En Chilapa, su pueblo, el trabajo se reduce a tres opciones: emigrar para el gringo, como hace la mayoría en esta localidad de calles semidesiertas; ir con los conocidos de siempre para preguntarles si tienen alguna chamba de albañilería en alguna localidad vecina cercana; o salir al campo, donde la recolecta de flores y de follaje que luego se venden en ciudades como Orizaba o Córdoba deja poco más de 150 pesos la jornada. 

Lee: Sin medicamentos y en la pobreza extrema: así enfrentan niños con cáncer el desabasto en Veracruz

Un salario raquítico que está a años luz de los gastos que requiere el combate al mal que acecha a Rigoberto.

Por ello, Marcos asegura que no tuvo otra salida: vendió gallinas, algún otro animal que tenía por ahí suelto, y un pedazo de terreno, para enfrentar una pesadilla que inició un 28 de febrero de 2019 cuando, después de un largo periplo por consultorios de farmacias baratas, escuchó por primera vez de la boca de un oncólogo una frase tan directa como terrible: 

“Tu hijo tiene leucemia y está grave”.

“Pedí prestado y vendí mi patrimonio”

Es viernes 31 de enero y el reloj marca que son las diez de la mañana. 

Marcos, su esposa, y Rigoberto, un niño de ojos negros ligeramente rasgados que oculta parte de su rostro con un cubrebocas y la visera de una gorra roja del Cruz Azul, salieron temprano de la sesión de quimio en el Hospital Regional de Río Blanco, ubicado a unos cuatro kilómetros de Orizaba, y esperan el transporte colectivo en el que irán de regreso hasta Chilapa, en el municipio de La Perla. 

“Nosotros vivimos hasta allá arriba, en las nubes”, bromea Marcos, señalando uno de los enormes cerros que rodean al Hospital y por los que descienden densas nubes cargadas de humedad y de aire gélido. 

Y lo cierto es que no exagera. 

Ya a bordo de la camioneta colectiva, la sinuosa carretera se va empinando para dejar atrás un sinfín de rancherías y pueblitos, en cuyos márgenes brotan por doquier casitas de techo de lámina y paredes de madera carcomida por la humedad de la montaña, hasta llegar a las faldas de Citlaltépetl; un volcán activo que se eleva por arriba de los cinco mil metros de altura más conocido como El Pico de Orizaba. 

“Si usted, o su familia, padece una enfermedad sin explicación -dice la voz de una mujer que sale del viejo estéreo de la radio que lleva prendida el chofer de la camioneta-, si ha ido con el doctor y no encuentran la cura para su enfermedad, si padece una brujería o una hechicería producto de la envidia, llámenos. Podemos ayudarlo”. 

Lee: No solo es CDMX: en otros estados también hay reclamos por falta de medicinas contra el cáncer

Al escuchar el anuncio, Marcos sonríe cansado y con la mirada puesta en sus botas picudas. 

En toda esta zona abunda la charlatanería y las creencias folclóricas en rituales, amarres, santería, y muchas otras supersticiones para curar males inexplicables. Pero, en cierto modo, Marcos no estuvo tan lejos de recurrir a la ‘ayuda’ de esas ‘curanderas’ por una sencilla razón: nadie le atinaba a decirle qué le sucedía a su hijo.

Sin seguro social, Marcos optó primero por llevarlo a los consultorios de farmacias, pero el paracetamol y los jarabes que le recetaron fueron inocuos contra la calentura que sumergía al niño en un letargo alarmante. Ante la falta de resultados, lo llevó a la modesta unidad médica de su ranchería, donde le indicaron que el cuadro que presentaba el niño requería de estudios más completos para hacer un diagnóstico. 

El problema, claro, es que Marcos debía hacer esos estudios “por fuera”. Y la cotización no bajaba de los 40 mil pesos. 

“Tuve que pedir prestado y vender muchas cosas para atender a mi hijo -dice el campesino-. Lo primero que vendí fue mi propiedad”. 

Pero el niño no mejoró. Al contrario, con el paso de los días, iba a peor, y aún no se sabía con certeza cuál era el mal que lo mantenía en cama. 

Así, hasta que, en otra de las visitas a la clínica local, un doctor agarró a Marcos y le aconsejó que ya no hiciera más estudios y que mejor lo llevara de inmediato al Hospital Regional de Río Blanco. 

Allí, cuenta ahora Marcos sujetándose con la mano el sombrero que por poco sale volando con los baches y los innumerables topes que hay en el camino hasta Chilapa, le hicieron nuevos estudios -gratis- a Rigoberto, y al poco tiempo le confirmaron que tenía leucemia. 

“Cuando el doctor nos explicó que es un cáncer en la sangre, nos agarró en un momento muy tímidos, sin saber nada -explica-. Nunca nos imaginamos que una enfermedad así de grave podría dañar a nuestro niño. Fue algo muy difícil de entender, algo que uno no quisiera creerlo”. 

Al momento de escuchar el diagnóstico, Marcos y su esposa no solo no dimensionaban aún la gravedad del padecimiento, sino tampoco el aluvión de gastos que se les avecinaba -más los que ya hicieron tras vender su propiedad- para comprar medicamentos de nombres extraños, como la Vincristina o el Methotrexate, que al público puede tener un costo por arriba de los cuatro mil pesos la dosis, sin contar, claro, las quimioterapias, que pueden dispararse por arriba de los cuarenta mil. 

Pero el diagnóstico solo era el inicio. 

En realidad, la pesadilla apenas acababa de comenzar.

Un salvavidas 

Después de tres horas de trayecto, y de gastar el salario de un día de 150 pesos en trasbordos en varios taxis rurales colectivos -tomar uno individual le hubiera costado entre 500 y 600 pesos, lo equivalente a cuatro días de trabajo en el campo-, Marcos ya está en Chilapa.

Sentado en una banca de madera en la cocina de su casa, una vivienda limpia y ordenada, con paredes pintadas de azul cielo, que alterna partes construidas con madera y otras con bloques y ladrillo, el joven campesino recuerda que aquel 28 de febrero del año pasado él y su esposa caminaban por los laberínticos pasillos del Hospital de Río Blanco desorientados y aturdidos por el impacto de la noticia que les dio el pediatra, y con la incertidumbre de cómo afrontarían los gastos para salvar a su hijo. 

“Uno entra allí perdido. Como si anduvieras a oscuras, sin luz. No sabíamos a dónde acudir, ni con quién”. 

Hasta que una de las mamás que también estaba en ese momento en la tercera planta de Oncología Pediátrica los calmó y les recomendó que bajaran a la primera planta, junto al comedor. 

La asociación civil Orizaba Propone apoya actualmente a más de 120 niños de la Sierra de Zongolica con albergue, comedor, análisis, y medicamentos oncológicos. Foto: Manu Ureste.

Allí, en una pequeña oficina, trabaja personal de la Asociación Orizaba Propone (AOPAC); una organización civil sin fines de lucro que lleva 30 años ayudando a cientos de niños con leucemia y otros tipos de cánceres sólidos, que, como Rigoberto y sus padres, viven en zonas serranas de alta vulnerabilidad por pobreza extrema. 

Marcos cuenta que, en plena tempestad, la AOPAC fue un verdadero salvavidas. De inmediato, la fundación incluyó a Rigoberto en su programa de niños con cáncer y ayudó a la familia a inscribirlo en el hoy extinto Seguro Popular, en el seguro de gastos catastróficos que, al menos en el papel, debía procurarle atención y medicamentos gratuitos.

Durante los tres meses que duró el proceso de inscripción en el Seguro Popular, la fundación compró los medicamentos de Rigoberto y sufragó sus estudios, para que el combate al cáncer se iniciara lo antes posible. 

Una vez inscrito, el convenio entre el Hospital y la fundación se resume así: el Hospital pone la torre pediátrica de oncología, dos oncólogos especialistas, enfermeras, y los medicamentos que llegaran a través del Seguro Popular. Y la fundación apoya con un albergue para los padres que bajan de la sierra puedan dormir en Río Blanco el tiempo que los menores estén internados, con un comedor gratuito dentro del Hospital, y con el apoyo en el suministro de medicamentos cuando no llegaran suficientes por medio del Seguro Popular. 

El problema, expuso en una entrevista previa al recorrido con Marcos la señora María de los Ángel Pírez, presidenta de la AOPAC, es que, con la llegada del nuevo Gobierno Federal en 2019, el de por sí renqueante Seguro Popular comenzó a dejar de surtir muchos medicamentos al Hospital, hasta llegar a “una situación crítica de desabasto” con la entrada el 1 de enero de este año del nuevo INSABI. 

Por lo que, hoy, subraya la señora Pírez, es la fundación y no el Estado la que está asumiendo la responsabilidad, y el desgaste económico -un millón 300 mil pesos solo entre octubre y diciembre del año pasado-, de comprar prácticamente todos los medicamentos, más estudios y análisis, para que los niños con leucemia como Rigoberto, literal, no se mueran. 

“No sé qué está pasando con los gobiernos. Lo único que sé es que cuando voy a la farmacia del Hospital con mi receta, siempre me dicen lo mismo: no hay medicamento, tiene que comprarlo por fuera”, denuncia Marcos, cuyo testimonio coincide con lo documentado por Animal Político el jueves 30 de enero, cuando acompañó a la botica del Hospital a Felipe Romero, padre de otro niño con leucemia, y la respuesta que le dieron fue que no podían surtirle medicamentos como la Vincristina y que regresara en ocho meses a preguntar de nuevo. 

Y también coincide con el de la señora Librada Sánchez, madre de José Juan Sánchez, un adolescente de 15 años con leucemia, que lamenta que en el Hospital ya no le dan a su niño ni un simple antiácido o paracetamol.

Y con el de doña Rosa García, madre de Armando, que perdió cuatro meses valiosísimos porque no tenía el dinero suficiente para hacerle una biopsia a su hijo que el Hospital no le podía realizar. 

“No queremos hacer política, queremos medicamentos”

“La verdad, nosotros no tenemos nada que ver con la política”, insiste Marcos, cuando se le cuestiona por lo expresado desde diversas instancias del Gobierno Federal y también del veracruzano, que acusan que el desabasto en varios estados se debe a redes de intereses que no quieren la transformación del país ni del sistema de salud público, y a que hay, incluso, escasez mundial de ciertos fármacos como la Vincristina. 

 “Lo único que queremos es que el Hospital tenga el medicamento y que no tengamos que batallar todos los días para conseguirlo, porque de eso depende las vidas de nuestros niños”, plantea Marcos, que también exige que la atención continúe siendo en Río Blanco y no los trasladen al Centro Estatal de Cancerología (Cecan) de Xalapa, a 150 kilómetros de distancia.

Entérate: Con protestas del aeropuerto a Gobernación, padres de niños con cáncer logran promesa de abasto total

Porque moverlos hasta allá, denuncia, sería poco menos que condenar a los niños a la misma suerte que si no les dieran los medicamentos, o las quimios.

“Muchos padres no podríamos llevar a nuestros hijos hasta Xalapa. Imagínese, si bajar de la sierra a Río Blanco ya es un gran esfuerzo para nosotros, ahora súmele que allá no tendríamos una fundación que nos apoye con albergue, comida, y medicamentos, como la AOPAC. ¿Cómo le haríamos? No, no se puede -niega Marcos con la cabeza-. El Gobierno nos tiene que dar los medicamentos en el Hospital de Río Blanco”.

Por su parte, el presidente López Obrador, y el subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, Hugo López-Gatell, prometieron ayer martes que las denuncias ciudadanas por desabasto de medicinas en varios estados del país, como el propio Veracruz, Puebla, Oaxaca, Guerrero, Yucatán, Nuevo Léon, o más recientemente en Tijuana, Baja California, serán atendidas en los próximos días. 

“Todos los casos los iremos resolviendo y si el próximo martes hubiera algo que no se cubrió, lo vamos a revisar (en la conferencia mañanera del presidente) y lo vamos a resolver”, aseguró López-Gatell. 

Mientras eso se cumple, el equipo de abogados de Renace Capítulo San Luis, dirigida por José Mario De la Garza, ya acudió ante la justicia federal para interponer el pasado jueves un amparo que obligue a la Secretaría de Salud veracruzana y al Hospital de Río Blanco a brindar de manera inmediata todos los medicamentos a los niños que, como Rigoberto, están peleando junto a sus padres para derrotar a la leucemia.

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11S: por qué la CIA no detectó los ataques contra las Torres Gemelas (pese a las señales que tuvo)

Cuando la CIA no logró evitar los ataques del 11 de septiembre de 2001, muchos se preguntaron si se pudo haber hecho más, pero este fracaso al parecer fue causado por un problema que va mucho más allá de las agencias de inteligencia.
Getty Images
11 de septiembre, 2021
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El fracaso de la CIA a la hora de detectar las señales que advertían de los ataques del 11 de septiembre de 2001 se ha convertido en uno de los temas más controvertidos en la historia de los servicios de inteligencia. Ha habido comisiones, revisiones, investigaciones internas y más.

Por un lado están los que dicen que la CIA no notó señales de advertencia obvias. Por el otro, aquellos que argumentan que es notoriamente difícil identificar las amenazas de antemano y que la agencia estadounidense hizo todo lo que era razonablemente posible.

Pero, ¿qué pasa si ambos lados están equivocados?

¿Qué pasa si la verdadera razón por la cual la CIA no pudo detectar la trama es más sutil de lo que cualquiera de las partes piensa?

¿Y qué si les digo que este problema se extiende más allá de los servicios de inteligencia y afecta en silencio a miles de organizaciones, gobiernos y equipos hoy en día?

Si bien muchas de las investigaciones se centraron en lo que la agencia hizo o dejó de hacer con la información disponible antes del 11S, pocos dieron un paso atrás para examinar la estructura interna de la propia CIA y, en particular, sus políticas de contratación.

Y desde una perspectiva tradicional, eran inmejorables: los potenciales analistas eran sometidos a una batería de exámenes psicológicos, médicos y de todo tipo. Y no hay duda de que contrataron personas excepcionales.

“Los dos exámenes principales eran uno del tipo de la prueba de acceso a la universidad para determinar la inteligencia de un candidato y un perfil psicológico para examinar su estado mental”, explica un veterano de la CIA.

“Las pruebas eliminaban a cualquiera que no fuera sobresaliente en ambos casos. En el año en que presenté mi solicitud, aceptaron a un candidato por cada 20.000 solicitantes. Cuando la CIA decía que contrataba a los mejores, estaba en lo cierto”, agrega.

Y, sin embargo, la mayoría de estos reclutas también se veían muy similares: hombres, blancos, anglosajones, estadounidenses, de religión protestante.

Este es un fenómeno común en el reclutamiento, a veces llamado “homofilia”: las personas tienden a contratar a personas que piensan (y a menudo se ven) como ellos mismos.

Y es que a uno lo valida el estar rodeado de personas que comparten las propias perspectivas y creencias.

De hecho, los escáneres cerebrales sugieren que cuando otros reflejan nuestros propios pensamientos eso estimula los centros de placer de nuestros cerebros.

Un hombre cruza el lobby de la sede de la CIA

AFP
Para el momento de los ataques, la mayor parte de los analistas de la CIA eran muy similares.

En su estudio sobre la CIA, los expertos en inteligencia Milo Jones y Phillipe Silberzahn escriben: “El primer atributo consistente de la identidad y cultura de la CIA desde 1947 hasta 2001 es la homogeneidad de su personal en términos de raza, sexo, etnia y antecedentes de clase“.

Y un estudio del inspector general sobre prácticas de reclutamiento encontró que en 1964, una rama de la CIA, la Oficina de Estimaciones Nacionales, “no tenía profesionales negros, judíos o mujeres, y solo unos pocos católicos”.

Para 1967, según el informe, había menos de 20 afroamericanos de unos 12.000 empleados no administrativos de la CIA, y la agencia mantuvo la práctica de no contratar minorías desde la década de 1960 hasta la década de 1980.

Y, hasta 1975, la comunidad de inteligencia de Estados Unidos “prohibió abiertamente el empleo de homosexuales”.

Hablando de su experiencia con la CIA en la década de 1980, una persona con información privilegiada escribió que el proceso de reclutamiento “condujo a nuevos oficiales que se parecían mucho a las personas que los reclutaron: blancos, en su mayoría anglosajones; de clase media y alta; graduados universitarios de artes liberales”. Había pocas mujeres y “pocas etnias, incluso con antecedentes europeos recientes”.

“En otras palabras, ni siquiera tanta diversidad como había entre los que habían ayudado a crear la CIA”, destaca el escrito.

La diversidad se redujo aún más después del final de la Guerra Fría. Un exoficial de operaciones dijo que la CIA tenía una “cultura blanca como el arroz”.

Y en los meses previos al 11 de septiembre, la Revista Internacional de Inteligencia y Contrainteligencia comentó: “Desde su inicio, la comunidad de inteligencia integrada por la élite protestante blanca, no solo porque esa era la clase en el poder, sino porque esa élite se vio a sí misma como garante y protectora de los valores y la ética estadounidenses”.

La sede de la CIA en Langley, Virginia

AFP
La sede de la CIA en Langley, Virginia

¿Pero por qué es un problema esta homogeneidad? Si uno está conformando un equipo de relevos, ¿no quiere simplemente a los corredores más rápidos? ¿Por qué habría de importar si son del mismo color, género, clase social, etc.?

Pues porque esta lógica, aunque irrefutable cuando se aplica a tareas simples como correr, cambia cuando se aplica a tareas complejas como la inteligencia.

¿Por qué? Porque cuando un problema es complejo, ninguna persona tiene todas las respuestas. Todos tenemos puntos ciegos, lagunas en nuestra comprensión.

Y esto significa que si uno reúne a un grupo de personas que comparten perspectivas y antecedentes similares, es probable que compartan los mismos puntos ciegos.

Lo que a su vez significa que lejos de desafiar y abordar estos puntos ciegos, es probable que estos se refuercen.


La ceguera de perspectiva describe el hecho que a menudo no somos capaces de ver a nuestros propios puntos ciegos. Nuestros modos de pensamiento son tan habituales que apenas notamos cómo filtran nuestra percepción de la realidad.

La periodista Reni Eddo-Lodge describe un período en el que tuvo que ir en bicicleta al trabajo: “Una verdad incómoda se me ocurrió cuando cargaba mi bicicleta de arriba a abajo por las escaleras: la mayoría del transporte público no era fácilmente accesible… Antes de tener que transportar mis propias ruedas, nunca me había dado cuenta de este problema. Había sido ajena al hecho de que esta falta de accesibilidad estaba afectando a cientos de personas”.

Este ejemplo no implica necesariamente que todas las estaciones deban estar equipadas con rampas o ascensores. Pero sí muestra que solo podemos realizar un análisis significativo si somos capaces de percibir los costos y beneficios. Y esto depende de la diversidad de perspectiva, de personas que pueden ayudarnos a ver nuestros propios puntos ciegos y a quienes podemos ayudar a ver los suyos.


Osama bin Laden le declaró la guerra a Estados Unidos desde una cueva en Tora Bora en febrero de 1996. Las imágenes mostraban a un hombre con una barba que le llegaba hasta el pecho. Vestía una túnica debajo del uniforme de combate.

Hoy, dado todo lo que sabemos sobre el horror que desencadenó, la declaración parece amenazante.

Pero una fuente de la principal agencia de inteligencia de EE.UU. dijo que la CIA “no podía creer que este saudita alto y con barba, en cuclillas alrededor de una fogata, pudiera ser una amenaza para Estados Unidos”.

Osama Bin Laden le declaró la guerra a EE.UU. desde una cueva en Afganistán el 20 de agosto de 1998.

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Osama Bin Laden le declaró la guerra a EE.UU. desde una cueva en Afganistán el 20 de agosto de 1998.

En otras palabras, para una masa crítica de analistas, Bin Laden parecía primitivo y relativamente inofensivo.

Richard Holbrooke, un alto funcionario del gobierno del presidente Clinton, lo expresó de esta manera: “¿Cómo puede un hombre en una cueva superar a los líderes mundiales de la sociedad de la información?“.

Otro dijo: “Simplemente no pudieron justificar la necesidad de destinar recursos para averiguar más sobre Bin Laden y Al Qaeda porque el tipo vivía en una cueva. Para ellos, era la esencia del atraso”.

Ahora, considera cómo alguien más familiarizado con el islam habría percibido las mismas imágenes.

Bin Laden llevaba una túnica no porque fuera primitivo en intelecto o tecnología, sino porque trataba de parecerse al profeta Mahoma. Ayunaba los mismos días que Mahoma ayunó. Sus poses y posturas, que a un público occidental le parecían tan atrasadas, eran las mismas que la tradición islámica atribuye al más sagrado de sus profetas.

Como lo expresó Lawrence Wright en el libro sobre el 11 de septiembre que le valió el Premio Pulitzer, Bin Laden orquestó su operación “invocando imágenes que eran profundamente significativas para muchos musulmanes pero prácticamente invisibles para aquellos que no estaban familiarizados con esa fe“.

Jones escribe: “La anécdota de la barba y la fogata es evidencia de un patrón más amplio en el que los estadounidenses no musulmanes, incluso los consumidores de inteligencia más experimentados, subestimaron a Al Qaeda por razones culturales”.

Osama Bin Laden

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Los analistas de la CIA no dimensionaron la amenaza representada por el millonario saudita.

En cuanto a la cueva, esta tenía un simbolismo aún más profundo.

Como casi cualquier musulmán sabe, Mahoma buscó refugio en una cueva después de escapar de sus perseguidores en La Meca. Para un musulmán, una cueva es sagrada. El arte islámico está lleno de imágenes de estalactitas.

Y Bin Laden modeló su exilio en Tora Bora como su propia hijrah personal, utilizando la cueva como propaganda.

Como dijo un erudito musulmán: “Bin Laden no era primitivo; era estratégico. Sabía manejar las imágenes del Corán para incitar a aquellos que luego se convertirían en mártires en los ataques del 11 de septiembre”.

Los analistas también fueron engañados por el hecho de que Bin Laden a menudo emitía pronunciamientos en forma de poesía.

Para los analistas blancos de clase media, esto parecía excéntrico y reforzaba la idea de un “mullah primitivo en una cueva”.

Para los musulmanes, sin embargo, la poesía tiene un significado diferente. Es sagrada. De hecho, los talibanes se expresan habitualmente en poesía.

La agencia estadounidense, sin embargo, estaba estudiando los pronunciamientos de Bin Laden utilizando un marco de referencia sesgado.

Como lo expresaron Jones y Silberzahn: “La poesía en sí misma no estaba únicamente en un idioma extranjero, el árabe; también provenía de un universo conceptual a años luz de la sede de la CIA”.

Islamistas pro Bin Laden

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“Bin Laden sabía manejar las imágenes del Corán para incitar a aquellos que luego se convertirían en mártires en los ataques del 11 de septiembre”.

Para el año 2000, la “chusma antimoderna y sin educación” que seguía a Bin Laden había crecido hasta alcanzar unas 20.000 personas, en su mayoría con educación universitaria y con un sesgo hacia la ingeniería.

Yazid Sufaat, quien se convertiría en uno de los investigadores de ántrax de Al Qaeda, tenía un título en Química. Y muchos estaban listos para morir por su fe.

Mientras tanto, el alto funcionario de la CIA Paul Pillar (blanco, de mediana edad, educado en una universidad de élite), estaba descartando la posibilidad misma de un gran ataque terrorista.

“Sería un error redefinir el contraterrorismo como la tarea de lidiar con el terrorismo ‘catastrófico’, ‘grandioso’ o el ‘súperterrorismo’, cuando en realidad esas etiquetas no representan la mayor parte del terrorismo que Estados Unidos probablemente deba enfrentar“, dijo.

Y otro defecto en las deliberaciones de la CIA fue su renuencia a creer que Bin Laden iniciaría un conflicto con Estados Unidos.

¿Por qué comenzar una guerra que no podría ganar?

Póster de búsqueda de Osama Bin Laden

AFP
Cuando EE.UU. reconoció el peligro que representaba Bin Laden, ya era tarde.

Los analistas no habían dado el salto conceptual que permite entender que para los yihadistas la victoria no debe asegurarse en la tierra sino en el paraíso.

De hecho, el nombre en clave de Al Qaeda para la trama era “La gran boda”.

Y es que en la ideología de los suicidas, el día de la muerte de un mártir es también el día de su boda, cuando es recibido por vírgenes en el cielo.

La CIA podría haber asignado más recursos a investigar a Al Qaeda. Podría haber intentado infiltrar la organización. Pero en la agencia fueron incapaces de comprender la urgencia. No asignaron más recursos, porque no percibieron una amenaza.

No buscaron penetrar Al Qaeda porque ignoraban el agujero en su análisis. Y el problema no se limitaba (únicamente) a la incapacidad de conectar los puntos en el otoño de 2001, sino que remitía una falla en todo el ciclo de inteligencia.

La escasez de musulmanes dentro de la CIA es solo un ejemplo de cómo la homogeneidad debilitó a la principal agencia de inteligencia del mundo, da una idea de cómo un grupo más diverso habría posibilitado una comprensión más rica no solo de la amenaza que representaba Al Qaeda, sino también de los peligros en todo el mundo; de cómo diferentes marcos de referencia, diferentes perspectivas, habrían posibilitado una síntesis más completa, matizada y poderosa.

Por ejemplo, una proporción sorprendentemente alta del personal de la CIA había crecido en familias de clase media, soportado pocas dificultades financieras u otros signos de potenciales precursores de la radicalización, o numerosas otras experiencias que podrían haber enriquecido el proceso de inteligencia.

En un equipo más diverso, cada uno de ellos habría sido un valioso activo. Como grupo, sin embargo, tenían defectos.

Gente con traje

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“A uno lo valida el estar rodeado de personas que comparten las propias perspectivas y creencias”.

El problema, sin embargo, no es solo de la CIA, como se nota al mirar a muchos gabinetes de gobiernos, bufetes de abogados, equipos de liderazgo del ejército, altos funcionarios públicos e incluso ejecutivos de algunas empresas de tecnología.

Y es que nos sentimos inconscientemente atraídos por personas que piensan como nosotros, pero rara vez notamos el peligro porque desconocemos nuestros propios puntos ciegos.

John Cleese, el comediante, lo expresó de esta manera: “Todo el mundo tiene teorías. Las personas peligrosas son aquellas que no conocen sus propias teorías. Es decir, las teorías sobre las que operan son en gran parte inconscientes”.

Obtener la combinación correcta de diversidad en los grupos humanos no es fácil. Reunir las mentes correctas, con perspectivas que desafían, aumentan, divergen y polinizan en lugar de loros, corroboran y restringen, es un verdadera ciencia.

Pero esto se convertirá en una fuente clave de ventaja competitiva para las organizaciones, sin mencionar las agencias de seguridad. Así es como los enteros se vuelven más que la suma de sus partes.

La CIA, por su parte, ha dado importantes pasos hacia una diversidad significativa desde el 11 de septiembre.

Pero el problema continúa persiguiendo a la agencia y un informe interno en 2015 fue bastante crítico.

Como dijo el entonces director, John Brennan: “El grupo de estudio analizó detenidamente nuestra agencia y llegó a una conclusión inequívoca, la CIA simplemente debe hacer más para desarrollar el entorno de liderazgo diverso e inclusivo que requieren nuestros valores y que nuestra misión exige”.

*Matthew Syed es el autor de Rebel Ideas: The Power of Diverse Thinking (“Ideas rebeldes: el poder del pensamiento diverso”).


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