Con globos blancos y el reclamo de justicia, cientos dan último adiós a Fátima
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Foto: Alberto Pradilla

'Todo México tiene los ojos en este caso, no puede quedar impune': cientos dan el último adiós a Fátima

Decenas de personas acudieron a la misa de despedida de Fátima. Su familia exige que se investiguen y se castiguen las negligencias.
Foto: Alberto Pradilla
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Guillermo Antón Godínez es abuelo de Fátima Cecilia, la niña de siete años que fue asesinada y cuyo cuerpo fue encontrado en la alcaldía Tláhuac. “Todo México tiene los ojos en este problema”, dice agradecido por las muestras de apoyo.

Son las 10 de la mañana y el hombre, agotado, espera que se celebre la misa de cuerpo presente en recuerdo de su nieta. Por el momento, la mayor parte de las sillas colocadas frente a la humilde vivienda ubicada en Santiago Tulyehualco están vacías. Horas después no cabrá un alfiler. Cientos de personas acompañarán el luto en la misa de cuerpo presente que se celebró frente a la vivienda en la que residió la niña. Y también cientos, con globos blancos y gritos de justicia, acompañarán el féretro en las calles. 

Misa

La muerte de Fátima golpeó a una familia y a toda una comunidad. Es un símbolo, uno más, de un país incapaz de proteger a sus hijos más vulnerables, de un país donde se han acumulado las víctimas de la violencia machista. Tiene razón Antón Godínez. De algún modo, todo México está presente en esta estrecha callejuela en la que es difícil aguantar las lágrimas.

“¿Por qué dañan a una niña que su peor majadería sería sacar la lengua?”, se pregunta el anciano. El hombre reside a pocas cuadras de aquí y ahora mismo es preso del “y si”, un condicional cruel.

¿Y si alguien en la escuela hubiese avisado que Fátima se había quedado sola y que nadie acudió a recogerla? ¿Y si el agente del Ministerio Público hubiese hecho caso a su madre, Malena, y en lugar de 72 horas para reportar la desaparición hubiese puesto en marcha el protocolo?

Estas son las preguntas que atormentan a Guillermo Antón Godínez, que no deja de quejarse de las “negligencias” que acompañaron a la muerte de su nieta. Dice, por ejemplo, que en esa misma escuela hubo otro caso en el que un niño no fue recogido por sus padres. “Llamaron al MP y les pusieron una multa”, dice. “Mi nietecita no corrió con la misma suerte”.

Consumada la tragedia, la preocupación de Antón Godínez es que siga la investigación. Que no quede impune. Que se castigue a los responsables de toda la cadena.

Las inmediaciones de la casa en la que vivió Fátima hasta que le arrebataron la vida son un lugar triste desde primeras horas de la mañana.

Nadie está preparado para enterrar a una niña de siete años y, sin embargo, ahí hay una familia que está obligada a hacerlo. El único sonido que rompe el luto a las nueve de la mañana es el sonido de un violín.

Edmundo Paz, de 38 años y antiguo alumno de la escuela, pone la banda sonora al dolor. Está parado frente al domicilio familiar donde permanece el ataúd. Toca el himno de la alegría, y alguna ranchera. Malena, la madre de Fátima, escucha sentada en primera fila. De vez en cuando lanza una queja. “Me la robaron”. “Le robaron la vida”. A ratos camina de lado a lado, y trata de atender y agradecer a quien se le acerca. Incluso habla con algunos periodistas. Nadie está preparado para enterrar a un hijo y ella está obligada, porque alguien decidió arrebatarle a la suya.

“No puede quedar impune. Tienen que seguir acompañando después, cuando esto no sea novedad”, dice Juan Manuel Espinosa Farragoso, primo de Malena y tío de la niña asesinada. Tiene hijos y dice que ahora tiene miedo.

“Creo que debemos estar más al pendiente de nuestros hijos, a cualquiera le puede pasar. Se está viendo. Hay más niños extraviados. La justicia debe poner más empeño para que no ocurra lo que le sucedió a mi sobrina”, dice.

Antes del último adiós, las conversaciones giraban en torno a dos cuestiones: si se pudo evitar la tragedia y si la justicia cumplirá.

Entre la gente que acompañaba a la familia, hay decenas de vecinos, muchos de ellos con hijos que compartían aula con la fallecida.

Casi a la misma hora, decenas de padres y madres recogían a sus hijos en la escuela en la que Fátima fue secuestrada. En esta ocasión tenían que presentar sus credenciales para poder llevarse a sus hijos.

“Hay preocupación, los niños corren riesgo. Está bien lo que están haciendo. Antes los dejaban salir y los recogíamos afuera”, dijo Giovanna Camacho, que acudía a recoger a su hija, de ocho años.

Pasadas las 13:00 horas dio comienzo la misa de cuerpo presente. Decenas de personas abarrotaban la callejuela donde la familia de Fátima tiene su vivienda. El oficio estuvo a cargo del obispo de Xochimilco, quien pidió “ser eficaces en la defensa de la vida”.

A las 15:40, el féretro con los restos de Fátima abandonaba por última vez la que fue su casa en Santiago Tulyehualco. La acompañaba su familia, unos mariachis y cientos de vecinos con globos en los que se podía leer el nombre de la última niña víctima de la violencia en México y la palabra justicia. De algún modo, todo el país estaba presente.

 

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COVID-19: cómo es vivir en casa con alguien que tiene que estar aislado

El marido de Irene, Carlos, fue diagnosticado con coronavirus y tiene que permanecer aislado dentro de su propia casa. Ella nos cuenta cómo es el día a día cuando vives con un enfermo de COVID-19.
28 de marzo, 2020
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Vivimos bajo el mismo techo. Y nos queremos como siempre; es decir, muchísimo. Pero jamás mi marido y yo hemos estado tan alejados el uno del otro como lo estamos ahora.

La culpa la tiene el maldito coronavirus.

Carlos, mi marido, tiene covid-19. Al menos, eso es lo que le han diagnosticado en el teléfono habilitado por las autoridades sanitarias españolas para atender a quienes muestran síntomas de contagio.

Cuando el pasado martes (24 de marzo) llamó a ese número y le comentó a la médica que lo atendió que tenía tos, que se sentía cansado, con dolor muscular y, sobre todo, que había perdido completamente el sentido del gusto y del olfato, el diagnóstico fue rotundo: “Tiene usted síntomas propios del coronavirus”.

Y eso que, hasta ahora, Carlos no ha tenido fiebre ni problemas de insuficiencia respiratoria. Cada tres horas se pone el termómetro, tal y como le indicó la doctora, pero por fortuna siempre tiene una temperatura normal. Y cruzo los dedos para que siga así.

Aislado tras una puerta

Desde el momento del terrible diagnóstico, y siguiendo las recomendaciones de la médica, Carlos permanece aislado, encerrado en completa soledad, en una habitación de nuestra casa.

Mi hijo Manuel y yo no podemos tener contacto con él, para tratar de evitar que nos transmita el virus. Y ese encierro tiene que durar 15 largos días con sus noches…

Por suerte, nuestra casa en el centro de Madrid es amplia. Así que Carlos no solo dispone de una habitación para él solo: también le hemos dejado uno de los dos baños con que cuenta nuestra vivienda para su uso exclusivo.

Bandeja en la puerta.

Irene H. Velasco
Irene le deja una bandeja con la comida en la puerta a su marido.

Otras muchas familias en Madrid (la ciudad donde ahora mismo más rápido avanza el covid-19) tienen que convivir con contagiados en un espacio mucho más reducido del que nosotros disponemos, así que no nos podemos quejar.

“¿Qué tal, cómo te encuentras?”, le pregunto cada mañana, siempre a través de esa puerta cerrada que nos separa como un muro altísimo.

La misma puerta a cuyos pies le dejo a diario sobre una bandeja el desayuno, la comida y la cena, como si fuera un preso al que se le hace llegar una escudilla de alimento. Él la devuelve al mismo sitio cuando termina de comer y cierra inmediatamente la puerta.

“Jo, pobrecillo. Está enfermo y no le podemos cuidar, es como un apestado, le tenemos preso en nuestra propia casa”, le compadece Manuel, de 14 años.

Desinfectar todo lo que toca

Carlos come en su propio plato, con sus propios cubiertos, bebe en su propio vaso… Hemos destinado algunas piezas de vajilla a su uso exclusivo.

Y, después de cada comida, me enfundo los guantes para retirar su bandeja y lavo cuidadosamente todos esos utensilios con lejía y agua caliente, como recomiendan las autoridades de Madrid que hagamos.

Solo un par de veces al día veo con mis propios ojos a mi marido. Siempre fugazmente, siempre manteniendo entre nosotros una separación de al menos dos metros de distancia que a mí, sin embargo, se me antoja kilométrica.

Lo veo un instante por la mañana cuando, con una mascarilla cubriéndome la boca y la nariz y las manos enfundadas en unos guantes, entro en su habitación para limpiarla. Él, cubierto también con mascarilla y guantes, aprovecha entonces para ir al cuarto de baño y asearse.

Mientras Carlos está bajo la ducha, yo desinfecto cuidadosamente con un paño empapado en lejía las superficies de su habitación: el picaporte de la puerta, los interruptores de la luz, la mesa en la que tiene la computadora, el teclado de la misma, su teléfono móvil…

Irene desinfectando el baño.

Irene H. Velasco
Irene desinfecta a conciencia todas las superficies que ha tocado Carlos.

Friego a conciencia el suelo con agua caliente y un buen chorro de lejía. Y me llevo la bolsa, con cierre hermético, en la que tira los pañuelos desechables y las servilletas de papel que utiliza.

También saco la bolsa en la que echa su ropa sucia. Genera bastante, porque cada día hay que cambiarle las toallas y lavar toda su ropa.

Por seguridad, la bolsa con su basura la meto dentro de otra bolsa de basura y la deposito en el cubo de nuestro edificio (tarea para la que me pongo otros guantes). La ropa sucia de Carlos la pongo en la lavadora, sin mezclarla con la de Manuel ni la mía, y la lavo a al menos 60º.

Cuando Carlos vuelve a su habitación, yo entro disparada en su cuarto de baño y -siempre armada con la mascarilla y los guantes- limpio frenéticamente con lejía el lavabo, el inodoro, la mampara de la ducha, la puerta, los interruptores… Todo lo que encuentro a mi paso.

“Confinamiento dentro del confinamiento”

Mi marido afronta esta situación con bastante resignación.

“Llevo ya cuatro días encerrado en una habitación. Y tendré que estar 15 días en total tras haberme diagnosticado que tengo ‘el bicho'”, como se refiere él con humor al coronavirus.

“Sé que no es nada especial: desde que hace dos semanas el gobierno declaró el estado de alarma, todos los españoles menos los que realizan servicios esenciales tienen que permanecer confinados en sus casas. Esto es solo un pasito más, el confinamiento en una habitación dentro del confinamiento en casa”, se consuela.

Yo no doy abasto: que si hay que cocinar, limpiar, desinfectar, poner lavadoras, tender la ropa, ventilar las habitaciones, escribir artículos…

Calle desierta en Madrid.

Getty Images
España está en estado de alarma y las calles de sus ciudades, como esta de Madrid, están prácticamente desiertas.

Lo bueno es que toda esa actividad frenética me mantiene ocupada y me impide pensar. Carlos es todo lo contrario: no tiene nada que hacer y mucho tiempo para darle vueltas a la cabeza.

“La verdad es que es un poco aburrido, pero mantengo algunas rutinas: me levanto a la misma hora que si tuviera que ir a trabajar, me ducho, me afeito y me visto como si fuera a salir a la calle. Nada de estar todo el día en pijama. Pero los días pasan despacio; hay que rellenar el tiempo, y aunque no estoy trabajando porque estoy de baja, sí leo los correos del trabajo y estoy en contacto por teléfono o videoconferencia con mis compañeros”, cuenta.

Cada vez que oigo que tose, cuando siento un carraspeo salir de su habitación, entro en pánico. “¿Estás bien?”, le escribo por WhatsApp. “Sí, tranquila”, me ha respondido siempre hasta ahora.

Una de las obsesiones de Carlos es recuperar el olfato y el gusto. “No le estoy echando azúcar al café del desayuno, y una de las esperanzas que tengo cada mañana es probarlo y que no me guste… Pero de momento, no noto nada. Intento oler el jabón al ducharme, la lejía con la que Irene friega el suelo de la habitación… Pero por ahora nada”.

“Voy a ganar”

Carlos tiene computadora en su habitación, una tablet y su teléfono móvil. Pero se niega a leer noticias sobre el coronavirus.

“En la práctica he dejado de leer los periódicos, porque ahora mismo todo lo que llevan tiene relación con el coronavirus. Prefiero no saber cuántos nuevos contagiados ha habido ni cuánta gente ha muerto en las últimas 24 horas”.

Lo que no puede es olvidar lo que ya sabía antes de su encierro sobre el elevadísimo número de fallecidos que se está cobrando esta pandemia en España.

“La verdad es que la primera noche casi no dormí. Es verdad que me siento bastante bien, he tenido resacas peores. Pero sí me da un poco de miedo lo que he leído de empeoramientos repentinos, gente a la que han dado de alta y ha muerto a las pocas horas… Pero sé que eso no va conmigo, voy a ganar”, me manda en un mensaje de correo electrónico.

Confieso en que hay días que, agotada, me siento tentada de tirar la toalla.

“Esto es absurdo, Carlos, hemos estado dándonos besos hasta el minuto antes de que te diagnosticaran el coronavirus. Si tú lo tienes seguro que yo también lo tengo”, le digo.

Pero él se niega en redondo a poner fin a su encierro, no hay manera de convencerlo. “No”, responde tajante. “Mejor así, por si acaso. Si tú y Manuel no estás infectados con el covid-19, con estas medidas evitaremos que lo estéis”.

Gente aplaudiendo en los balcones.

Getty Images
Cada día a las 20:00 horas, miles de españoles salen a su balcón a aplaudir al personal sanitario a modo de agradecimiento. Irene y Carlos también lo hacen.

Afortunadamente Carlos toca el piano y tiene un teclado en la habitación que puede tocar a cualquier hora (con auriculares, claro), y esa es la ocupación a la que más tiempo le está dedicando estos días.

“Reconozco que en esta situación es una suerte tener un hobby como este, que te permite desconectar y dejar de dar vueltas al coronavirus”, cuenta.

El segundo momento en el que cada día veo a Carlos es a las 20:00 horas (19:00 GMT). A esa hora, la inmensa mayoría de los españoles nos abalanzamos a nuestras ventanas y balcones para aplaudir durante un minuto a nuestros equipos sanitarios por la titánica tarea que están haciendo para salvar vidas a pesar de los pocos medios de los que disponen.

Mi hijo y yo salimos a aplaudir al balcón del salón y, unos siete metros más allá, ahí está Carlos, aplaudiendo desde el balcón de su habitación.

No lleva mascarilla, yo tampoco. Y nos podemos sonreír.

Es, sin duda, el mejor momento del día.

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