95% de homicidios como el del joven Carlos Sinuhé quedan impunes
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Cuartoscuro

Le pidieron perdón, pero el 95% de homicidios como el del joven Carlos Sinuhé quedan impunes

En 3 años las fiscalías del país solo mandaron a un juez la quinta parte de los 113 mil homicidios que indagaron, y al final se resuelven una minoría.
Cuartoscuro
5 de marzo, 2020
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“Me decepciona que hoy solo me puedan ofrecer una disculpa, pero no justicia… hay un chingo de hojas en su averiguación, pero no hay justicia…”

Esas fueron las palabras de Lourdes Mendoza al recibir ayer la disculpa pública y reconocimiento de responsabilidad de la Fiscalía y el Poder Judicial de la Ciudad de México por el asesinato de su hijo Carlos Sinuhé, caso que no fue investigado correctamente y donde las autoridades incluso criminalizaron al joven estudiante y activista.

Entérate: La disculpa no es suficiente, reclama a autoridades la madre de Carlos Sinuhé, joven asesinado y criminalizado en CDMX

Como Lourdes lo recalcó, mas allá del perdón hay una realidad: a 8 años y 5 meses de ocurrido el crimen, el caso sigue impune. La investigación se ha reactivado para iniciar del que debió ser el punto de partida: el análisis serio de todas las posibles hipótesis del crimen – incluyendo la de una ejecución extrajudicial- aunque ahora con mucha de la evidencia ya perdida o afectada.

Pero lo ocurrido con Carlos Sinuhé no es la excepción, es la regla en México.

De acuerdo con datos oficiales de las fiscalías y poderes judiciales locales del país clasificados por INEGI, tan solo de 2015 a 2017 se registraron 113 mil 590 casos de homicidios en general. Pero en ese mismo lapso, solo 24 mil 844 casos fueron enviados a un juez, y solo se emitieron 5 mil 138 sentencias.

Esto significa que, de forma aproximada, solo en el 21% de las investigaciones que se inician por un homicidio de cualquier índole las autoridades reúnen las pruebas necesarias para presentarle el caso a un juez, y en apenas el 4.5% de los casos la evidencia es suficiente para llegar a una condena.

Dicho de otra forma: de cada 100 homicidios, menos de cinco se resuelven.

En el caso específico de los feminicidios, es decir asesinatos de mujeres por razón de género, los datos de INEGI también prueban que se resuelve una minoría de casos. De 2015 a 2018 las fiscalías reconocieron oficialmente 3 mil 114 casos, pero solo se dictaron 407 sentencias de carácter condenatorio.

En el caso de feminicidios y a diferencia de los homicidios sí se logra mandar al juez poco más del 57% de las investigaciones, aunque la cifra final de condenas equivale aproximadamente al 13% de los casos. Es prácticamente 1 de cada 10 crímenes resueltos.

¿Por qué no se esclarecen los casos?

Las fallas registradas en la investigación del crimen de Carlos Sinuhé, reconocidas ayer por las autoridades y documentadas por Animal Político en el reportaje Matar en México: Impunidad Garantizada, ejemplifican el por qué la mayor parte de los asesinatos en el país no se esclarecen.

En este caso específico se registró, por ejemplo, una total falta de cuidado de la escena del crimen. Transcurrieron horas antes de que los policías preventivos colocaran cintas de seguridad para asegurar el sitio donde se encontró el cuerpo, lo que provocó que desapareciera evidencia como la mayor parte de los casquillos, y que múltiples curiosos se acercaran y contaminaran el sitio.

Los policías de investigación fueron omisos en múltiples formas: no interrogaron en el momento a los curiosos ni a los testigos en el sitio, no recabaron con oportunidad los videos de cámaras de la zona. La única grabación recolectada fue la de una tienda cercana, pero nunca fue extraída de la memoria ni incorporada a la averiguación previa.

Aunque Sinuhé recibió trece disparos, los agentes solo recolectaron tres casquillos percutidos. Peor aún: no hicieron nada con ellos. Tuvieron que pasar tres años para que los peritos, obligados por las víctimas, los analizaran. Ya estaban en tan mal estado que resultaron inútiles para extraerles alguna evidencia.

A ello le siguió una necropsia realizada de forma incorrecta por el servicio forense capitalino, en donde no solo no se agotaron los procedimientos, sino que incluso no hubo un cuidado ni trato digno del cadáver, y se revictimizó a los familiares. Los peritajes de mecánica de hechos fueron contradictorios entre sí.

¿Qué sí hizo la autoridad? Criminalizar a la víctima, como fue reconocido ayer por la fiscal Ernestina Godoy. La mayor parte de la averiguación se centró en indagar antecedes del propio Carlos Sinuhé, quien incluso fue señalado públicamente de no ser activista sino presunto delincuente, ligado con posible trafico de drogas.

En cambio, y pese a que sí se pudo establecer que el arma homicida fue de grueso calibre y de uso exclusivo de las fuerzas armadas, nunca se siguió la línea de investigación que apuntaba a una posible ejecución extrajudicial. La hipótesis se centró desde el inicio en los falsos antecedentes delictivos de la víctima.

Las fallas en esta indagatoria correspondieron a la entonces Procuraduría de justicia capitalina y al servicio médico forense local, pero se presentan prácticamente en todos los estados.

En el referido reportaje, este medio documentó mas de una decena de casos de homicidio en distintas entidades donde por fallas similares los casos no fueron esclarecidos. Las anomalías se extienden en toda la cadena de la indagatoria: inician con una mala preservación el lugar de los hechos, a lo que siguen peritajes incompletos, líneas de investigación que realmente no se trabajan, fallas en las cadenas de custodia, malos tratos de parte de las autoridades, entre otros.

Hay casos que avanzan en alguna medida solo porque las familias presionan o hacen indagatorias por su cuenta. Hay otros homicidios – varios de ellos mediáticos – donde la autoridad llega al extremo de detener y encarcelar a presuntos responsables que a la postre no lo son, y que luego terminan siendo liberados por falta de elementos o porque fueron torturados para inculparse.

Esto llega a ocurrir incluso en casos indagados a nivel federal, como fue el multihomicidio de varias personas ocurrido en 2008 en Morelia, Michoacán, en el que presuntos integrantes del crimen organizado lanzaron granadas en plena ceremonia de Grito de Independencia. El año pasado un Tribunal absolvió de forma definitiva a los detenidos, al considerar que la PGR fabricó la evidencia en contra suya, y el caso sigue impune.

Negligencia, pero también falta de recursos

Las fallas en que incurren las autoridades al indagar un crimen obedecen a negligencias o corrupción, pero también a una auténtica falta de recursos humanos, económicos y materiales para hacer el trabajo.

Datos de INEGI y de las fiscalías arrojan, por ejemplo, que aun si se repartieran todos los asesinatos del país entre todos los policías de investigación disponibles, a cada uno le tocarían atender simultáneamente mas de cien casos. Y en el caso de los agentes del Ministerio Público, a cada uno le tocaría atender más de 220 casos en promedio.

Al ritmo de resolución actual de casos, y aun tomando en cuenta aquellos donde el detenido no necesariamente es el responsable, el país tardaría mas de 124 años tan solo para esclarecer los asesinatos ocurridos de 2010 a 2016. Si se abandona el ejemplo nacional y se ve la realidad por estado, hay casos como el de Guerrero donde esclarecer los crímenes tomaría más de 900 años.

La falta de personal es evidente. Un fiscal que se dedica a indagar homicidios en el país tiene a su disposición a solo dos policías para indagar todos los casos, los cuales a su vez tienen salarios muy bajos como en Tabasco, donde no perciben más de 8 mil pesos mensuales.

A todo ello se suma, en muchos casos la falta de capacitación. Hasta el cierre de 2018 en solo 135 municipios del país de los más de 2 mil 400, los policías locales estaban capacitados para resguardar de forma correcta una escena del crimen.

Falta infraestructura. Hay entidades como Oaxaca donde solo se cuenta con un anfiteatro forense en la capital. Y también faltan peritos, como en Ciudad de México, donde hasta hace dos años no había expertos en medicina forense para realizar los levantamientos de cuerpos en las escenas del crimen.

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Dominio público

El papa que decretó un confinamiento y salvó a Roma de la peste en el siglo XVII

Hace 400 años Alejandro VII ordenó unas medidas sanitarias que, según los investigadores, hizo que una epidemia de peste tuviera una baja letalidad en la que es hoy la capital de Italia.
Dominio público
18 de abril, 2021
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Era un intelectual, un aficionado al arte y la arquitectura, doctor en filosofía, teología y derecho. Cuando el italiano Fabio Chigi (1599-1667) se convirtió en el papa Alejandro VII, ni en sus peores presagios imaginó que tendría que enfrentarse a una epidemia de peste.

Su reacción, sin embargo, fue contundente.

Aunque la ciencia descubrió la bacteria causante de la peste en 1894 —gracias al bacteriólogo Alexandre Yersin—, el sumo pontífice decretó medidas sanitarias que, según investigadores, contribuyeron a que la letalidad en Roma fuera mucho menor que en otros lugares afectados por la misma epidemia.

Según un estudio del historiador italiano Luca Topi, profesor de la Universidad de Roma La Sapienza, entre 1656 y 1657 la peste mató al 55% de la población de Cerdeña, la mitad de los habitantes de Nápoles y al 60% de los residentes de Génova.

En Roma, en cambio, murieron 9.500 personas de un total de 120.000, menos del 8%. Estos datos fueron publicados en una revista científica italiana en 2017.

Se calcula que distintas olas de la peste arrasaron con cerca de la mitad de la población europea.

Cuando llegaron los primeros reportes de muertes por la epidemia en el entonces reino de Nápoles, Alejandro VII llevaba un año como pontífice.

Representación pictórica de la peste en Italia.
Getty Images

Diversas olas de la peste mataron a casi la mitad de la población europea.

El papa no era sólo el líder del catolicismo. Si hoy es el soberano del diminuto estado del Vaticano, en aquella época mandaba sobre los llamados Estados Pontificios, que comprendían Roma y buena parte de los alrededores; prácticamente todo el centro de la Italia actual.

Esta fascinante historia cuenta cómo muchas de las restricciones que se aplican hoy contra la pandemia de coronavirus dieron resultado en Roma contra la peste hace 400 años.

¿Cuáles fueron las medidas del papa?

Dentro de los dominios papales, el brote ocurrió entre mayo de 1656 y agosto de 1957.

Tan pronto como llegaron las primeras noticias de la peste a Roma, Alejandro VII puso en alerta al Congreso de la Salud, que había sido creado en un brote anterior.

Las medidas de contención se implementaron gradualmente, según la situación se volvía más peligrosa.

El 20 de mayo se promulgó un decreto que suspendía todo comercio con el reino de Nápoles, que ya se encontraba muy afectado.

Cuadro del siglo XVII de la Plaza de San Pedro en El Vaticano.

Getty Images
En el siglo XVII, el papa era la máxima autoridad en los Estados Pontificios, que comprendía la región de Roma y alrededores, prácticamente todo el centro de la actual Italia.

La semana siguiente, el bloqueo se extendió y se prohibió la entrada a Roma de cualquier viajero que viniese de allí.

El 29 de mayo, en la ciudad de Civitavecchia, ubicada en los Estados Pontificios, se registró la llegada de la peste e inmediatamente se impuso la cuarentena.

“En los días y meses siguientes, se aislaron muchas otras localidades de ese territorio”, detalla el historiador Topi en su artículo.

En Roma, la decisión fue radical: se cerraron casi todos los portones de acceso a la ciudad. Solo ocho permanecieron abiertos, pero eran protegidos las 24 horas del día por soldados supervisados por “un noble y un cardenal”.

A partir de entonces, cualquier entrada debía ser justificada y registrada.

El 15 de junio Roma tuvo su primer caso: un soldado napolitano que murió en un hospital. Las normas se endurecieron aún más.

El 20 de junio se implantó una ley que obligaba a los ciudadanos a informar a las autoridades en caso de conocer algún paciente.

Posteriormente, un nuevo dispositivo papal comenzó a obligar a cada párroco y sus asistentes a visitar, cada tres días, todas las casas de sus distritos electorales para identificar y registrar a los enfermos.

Luego corrió la noticia de otra muerte, esta vez un pescador de la región del Trastévere.

“Los familiares de la víctima también se infectaron y muchos murieron”, cuenta Raylson Araujo, estudiante de teología de la Universidad Católica Pontificia de Sao Paulo, Brasil, quien también investigó el asunto.

La primera idea fue intentar aislar la región.

Ilustración de Alejandro VII.

Dominio Público
Alejandro VII impuso medidas graduales hasta llegar al confinamiento total.

“El papa también era la autoridad civil. Conforme la epidemia comenzó a extenderse, implementó medidas de aislamiento. Tras prohibir el comercio con Nápoles, decretó otras reglas de distanciamiento social: prohibió reuniones, procesiones y todas las devociones populares”, dice Araujo.

El endurecimiento de las medidas fue gradual hasta llegar al confinamiento total.

“Conforme pasó el tiempo, el papa adoptó nuevas prohibiciones. Las congregaciones en la iglesia fueron suspendidas, las visitas diplomáticas también, al igual que encuentros religiosos y reuniones públicas, se vigilaron los caminos”, enumera Araujo. “Se suspendieron todas las aglomeraciones civiles”.

“Se prohibieron diversas actividades económicas y sociales. Se cancelaron las fiestas y ceremonias públicas, civiles y religiosas”, dice el seminarista Gustavo Catania, filósofo del Monasterio de São Bento de Sao Paulo.

Plaza de San Pedro vacía por las restricciones en Roma.

Getty Images
Al igual que con la pandemia de coronavirus, en el siglo XVII se prohibió asistir a celebraciones religiosas en Roma.

“Se suspendieron los mercados y se echó a algunas personas que vivían en la calle porque podían ser causa de contagio. Se prohibió el cruce nocturno del río Tíber”.

El papa también determinó que nadie debía ayunar, con el objetivo de que la población se alimentanse y mantuviese así más saludable por si se contagiaba.

A todos aquellos que tuvieran al menos una persona infectada en la familia se les prohibió salir de casa. Para garantizar la asistencia, Alejandro VII separó a los sacerdotes y médicos en dos grupos: los que tendrían contacto con los enfermos y los que no, quienes atenderían al resto de la población.

“Preocupaba que los sacerdotes se convirtieran en vectores de la enfermedad”, dice Araujo.

Los médicos tenían prohibido huir de Roma“, dice Catania, señalando que muchos temían infectarse.

Como los pacientes estaban aislados, se creó una red de apoyo a la población.

“Había una previsión de ayuda económica para las familias que no podían salir de casa y algunas personas recibían comida por la ventana“, dice el seminarista.

En los meses de octubre y noviembre, cuando la incidencia de la enfermedad era mayor, incluso se preveía la pena de muerte para quienes infringieran las normas.

Negacionistas y noticias falsas

Sin embargo, no todos admitían la gravedad de la situación.

Hubo quienes la desdeñaron y hasta difundieron bulos.

“Se acusó al papa de inventar la enfermar para su propio beneficio y para ganar popularidad”, comenta Mirticeli Medeiros, investigadora de la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma.

Protestas negacionistas en Roma por la pandemia de coronavirus.

Getty Images
Como también ha sucedido en esta pandemia, hubo negacionistas en aquella época que no admitían la existencia de la enfermedad.

“Muchos no querían que el pontífice adoptara estas medidas para no alarmar a la población”, complementa.

Hasta sus colaboradores más cercanos le aconsejaron que no lo hiciera. Temían que, desde el momento en que se hizo pública la gravedad de la situación, a través de decretos y divulgaciones, la economía comenzara a sentir los efectos de este tipo de postura. Pero el papa fue firme y cumplió con su política de salud”.

Araujo compara esos hechos del siglo XVII con el “movimiento de hoy y la resistencia popular” para aceptar la gravedad de la pandemia de coronavirus.

“Comerciantes aconsejaron al papa que no adoptara las medidas, porque el cierre perjudicaba el comercio y la cosecha“, comenta el investigador.

“Hubo grupos que acudieron a él para pedirle que no promulgara más medidas de aislamiento. Querían maquillar y tapar la situación para que no se extiendera el pánico y cerraran los comercios”, continúa Araujo.

Hay informes de que un médico divulgó bulos sobre las verdaderas motivaciones del encierro.

“Hizo correr la voz de que tras las decisiones de este papa había intereses políticos”, dice el historiador Victor Missiato, profesor del Colegio Presbiteriano Mackenzie de Brasília.

“Fue acusado de difamación y terminó condenado a trabajar en un hospital, dedicado a curar la peste”.

Victoria contra la enfermedad

Cuando se resolvió el brote en 1657, la celebración estuvo a la altura.

Alejandro VII demostró el renacimiento de la Iglesia con monumentos que hasta hoy marcan El Vaticano, como el conjunto de columnas de la plaza de San Pedro, del escultor y arquitecto barroco Gian Lorenzo Bernini.

Columnas de Bernini en la Plaza San Pedro.

Edison Veiga
Las obras del papa Alejandro VII marcaron el aspecto de El Vaticano hasta hoy.

“En ese periodo era muy común que los papas visibilizaran su soberanía y poder. Los grandes monumentos de Roma de esa época fueron construidos con esa motivación”, contextualiza Medeiros.

“Como el caso de la Fuente de los Cuatro Ríos de la Piazza Navona, la Fontana di Trevi y otros”.

“Alejandro VII era un apasionado del arte y amigo de Bernini. Su comienzo como papa estuvo marcado por la peste”, explica.

“La forma que encontró de apagar aquel periodo sombrío fue invirtiendo en obras colosales. Las columnas de San Pedro representan los brazos abiertos de la Iglesia. La basílica de San Pedro fue restaurada como símbolo de poder temporal, no solo espiritual”.

Otros casos

Este no fue el único momento histórico en el que la Iglesia, en el pasado, cerró sus puertas por brotes y epidemias.

“Hubo otros casos en algunas diócesis de Italia, especialmente en el siglo XIX durante la epidemia de cólera”, recuerda Medeiros. “Entonces se tomaron medidas restrictivas similares”.

Grabado de un mercado durante la epidemia de cólera en Italia.

Getty Images
Durante la epidemia de cólera en el siglo XIX la iglesia tomó restricciones similares en Italia.

Por otro lado, la experta recuerda que en el brote de peste del siglo XIV ocurrió “todo lo contrario”.

“El papa Clemente VI, aislado en el palacio pontificio de Aviñón, en Francia, no parecía muy preocupado por lo que sucedía fuera de los muros de su casa”, apunta la investigadora.

“En esa época la enfermedad era un castigo divino y se producían procesiones y otras aglomeraciones para intentar, según la mentalidad religiosa, de superar el mal”.

En el siglo anterior, la región de Milán se vio muy afectada por la plaga. El cardenal arzobispo Carlo Borromeo también estableció estrictas medidas sanitarias en su circunscripción.

“Propuso una cuarentena general y se decretó a la gente a quedarse en casa hasta resolver la situación. Solo podían irse los que asistían espiritual y materialmente a la población.

El investigador dice que incluso las misas se celebraban “a distancia”.

“Un cura iba a la esquina y celebraba en la calle. Los fieles miraban desde sus ventanas”, explica.

Fe en la ciencia

Al analizar estos episodios del pasado, a menudo similares a los de hoy, hay que tener en cuenta que entonces la ciencia no se valoraba tanto como hoy y que la religión y la política estaban muy entrelazadas.

“En el siglo XVII, el absolutismo era muy fuerte en Europa y estaba ligado al poder de la Iglesia. El poder político y el poder religioso estaban muy mezclados“, explica Missiato.

“En ese momento, la revolución científica aún no se había extendido a las diferentes sociedades del mundo europeo. La creencia en lo divino como entidad definitoria de la paz y el caos todavía se veía como el camino hacia la salvación”.

Por eso el encierro impuesto por Alejandro VII es tan relevante.

“Lo que pasó muestra un alineamiento entre fe y ciencia, una fe con los pies en la tierra“, dice Araujo.


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