'Temo al coronavirus, pero temo más morir de hambre si no trabajo'
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"Me da miedo el coronavirus, pero me da más miedo morirme de hambre si no trabajo"

Los comerciantes están preocupados por la reestricción por el coronavirus, pues deben trabajar diario para tener dinero, pues viven al día.
19 de marzo, 2020
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El señor Jorge Alvarado camina por uno de los pasillos del metro Pantitlán de la Ciudad de México, que a las 7.30 de la mañana del miércoles 18 de marzo es una masa amorfa de gente que corre nerviosa para tomar alguna de las cuatro líneas que se concentran en este punto con dirección hacia la capital mexicana. 

Vestido con un jersey rojo y unos pantalones de mezclilla, el hombre, que tira de un diablito en el que transporta varios paquetes con planchas, relojes y otros productos, dice que en la madrugada escuchó por la radio que ya suman más de 100 casos en México de COVID-19, el virus que se ha extendido por el mundo hasta convertirse en una pandemia y en uno de los mayores retos de la humanidad moderna.  

“Claro que me da miedo el coronavirus -admite presto el comerciante de 77 años-. Pero, la verdad, me da más miedo morirme de hambre. Porque si yo no salgo a trabajar, hoy no como”.

Lee: COVID-19, alza del dólar, desplome de Bolsas: cómo me afectan y cómo me protejo 

A continuación, Jorge pasea la mirada por los obreros y los comerciantes que caminan en fila por el pasillo hasta desembocar a un andén que ya está abarrotado -muchos llegaron desde La Paz, en el vecino Estado de México-, y explica que a pesar de su avanzada edad él también tiene que subir al metro muy temprano para ir a los tianguis de la Ciudad de México a vender sus mercancías, o al menos a intentarlo.

Y tiene que hacerlo, incluso, aunque el negocio vaya mal, como en esta semana en la que ya es notable el descenso de clientela en los mercados y en las calles de la ciudad por el coronavirus. 

Por eso, el comerciante mira de soslayo los paquetes que lleva en el diablito, encoge los hombros, y dice que faltar un solo día a su “chamba” no es una opción para él. 

Ni siquiera, insiste, por la amenaza de una pandemia que, en múltiples países del mundo, como España, Francia o Italia, ya obligó a millones de personas a permanecer encerradas en sus casas. 

“Si tuviera que hacer una cuarentena, yo sí le entro. ¿Pero, y entonces quién me va a dar de comer? Yo vivo al día, como la mayoría que usted ve aquí”, dice con la mirada puesta en el andén, donde la gente espera la salida del convoy con mochilas al hombro, algunos cubrebocas, y muchas  caras de sueño y bostezos. 

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“Ayer ya gasté en el supermercado para comprar la comida de toda la semana y si no hoy trabajo, ¿qué hago? ¿Cómo pago la luz, el predial, la comida? -cuestiona con el ceño fruncido-. No me alcanzaría para vivir, a fuerzas tengo que trabajar como sea”. 

En otro pasillo, en uno de los incontables que hay en esta estación de Pantitlán, un laberinto de hormigón y paredes pintadas de un deprimente gris ceniza por el que transitan a diario más de 130 mil personas, la señora Delfina Martínez camina con dificultad cargando al hombro una aparatosa caja de cartón. 

Cuestionada sobre si podría parar de trabajar por el coronavirus, o si podría trabajar desde casa hasta que pase la contingencia, la señora de 55 años da por respuesta una sonrisa fatigada. 

Tampoco puede darse ese lujo, contesta tras un breve silencio. Ni ella, ni tampoco los más de 30 millones de personas que, según datos del INEGI de 2019, trabajan en la informalidad en México, sobre todo en el comercio ambulante, puestos de comida, trabajos en el campo, o en tareas como empleada doméstica. 

“Si no trabajo, no como yo, ni comen mis hijos”, sentencia la mujer, en lo que ya parece el lema de quienes abarrotan Pantitlán la mañana de este miércoles, que coinciden en apuntar que en el sector de la informalidad se vive una realidad muy distinta a la del paseo de la Reforma, en el corazón económico de la capital mexicana, o a la de otros puntos con fuerte presencia de empresas multinacionales, como Santa Fe. 

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Allá “es otro México”, dice ahora la empleada del hogar Nieves Navarrete, como si Reforma fuera un lugar muy lejano en el espacio, y no una avenida ubicada a unos pocos kilómetros de distancia. 

Y, en realidad, Nieves, de 55 años, no exagera. 

Para ella, las condiciones laborales, los salarios, y las prestaciones de quienes laboran en las torres corporativas, en los bancos internacionales, o en las embajadas, que ya mandaron a buena parte de su plantilla a trabajar desde casa hasta que amaine la pandemia del coronavirus, son ciencia ficción. 

“Las empleadas del hogar no podemos faltar porque nadie nos protege. No podemos darnos ese lujo. Tenemos que ir todos los días a trabajar, pase lo que pase”, añade Nieves con el aliento entrecortado mientras sube por unas escaleras, esquivando a varios ancianos de semblante triste que sostienen entre las manos unos paquetes de chicles que ofrecen por unas monedas. 

Anselmo Salgado, de 68 años, es uno de esos adultos mayores con cara triste, aunque él trabaja como empleado de limpieza. Aferrado a una escoba, Anselmo dice con voz rasgada y algo acatarrada que, en días como hoy, tiene que dobletear turno para sacar un dinero extra que le permita algo más de comida en el plato. 

Anselmo también ha escuchado hablar del coronavirus, aunque un virus más, una catástrofe más, dice que ya no hace gran diferencia para él. De ahí que tampoco contemple la posibilidad de parar en algún momento por el coronavirus. 

Lee: Enrique Alfaro advierte sobre 400 personas que regresaron a Jalisco de EU y podrían tener COVID-19

“Si las autoridades me dijeran que tengo que parar, no podría hacerlo. Porque, ¿de qué viviría entonces?”, cuestiona el hombre, que viste una chamarra negra ya desgastada y una bufanda de lana para protegerse la garganta del frío de la mañana capitalina. 

Gustavo Martínez, en cambio, sí trabaja en el sector formal. De hecho, cuenta mientras espera con la mochila al hombro, a él su empresa sí le ha dado chance de hacer home office estos días. O bueno, a medias. En realidad, se está turnando con otros compañeros para ir un día a la oficina y otro trabajar desde casa, para evitar aglomeraciones. 

Aún así, trabajar a distancia varios días a la semana es un alivio, asegura. Sobre todo, por la incertidumbre de cuál va a ser el alcance del coronavirus en México, donde hasta ahora van poco más de 100 casos confirmados; una cifra, no obstante, que está a años luz de lo que están sufriendo en otros países como España, donde suman más de 11 mil casos.

No obstante, implementar medidas severas de contención del virus, como el confinamiento en los hogares de millones de personas, bajo amenaza de ser multados por la policía o el ejército, como está sucediendo en España, Italia o Francia, va a ser algo muy complicado de hacer en México, opina Gustavo. Por no decir imposible, tanto o más como imaginarse un día los andenes de esta estación completamente vacíos de gente que se quedó resguardada en su casa hasta nuevo aviso. 

“A estas personas no las puedes contener. Imagínate, ¿cómo lo harían? Es gente que, si no trabaja, ese día no come, literal. Sería algo imposible de parar”, comenta Gustavo, que, por ahora, cree que la única alternativa para evitar un contagio masivo de coronavirus es “respetar las indicaciones de higiene” que hace el gobierno federal a diario.

Como sardinas en lata

Aunque, hasta en eso, la realidad que se vive en este micro cosmos subterráneo de andenes, muros, y trabes de hormigón, también es diferente. 

Acá abajo, también hay carteles por todas partes con fotografías ilustrativas que explican a la gente cómo debe lavarse las manos, saludar con el codo, o no tocarse la cara; indicaciones que las autoridades sanitarias repiten machaconamente en conferencias mañaneras y vespertinas para evitar los contagios. 

Pero en el metro, nadie cumple con otra de las indicaciones clave de seguridad: la de mantener “una sana distancia” de dos metros entre las personas. 

Lee: Por qué la gente compra papel de baño ante la pandemia del COVID-19

Y nadie la cumple, por una sencilla razón: es imposible cumplirla, hasta en días como este miércoles, en el que la afluencia de pasajeros es un poco más baja de lo cotidiana, debido al cierre temporal de algunas empresas y de corporativos en la Ciudad de México por el Covid-19.

Pero aún así, al abrirse a las ocho de la mañana la puerta de uno de los convoyes que llega a Pantitlán procedente de La Paz, Estado de México, una enorme cantidad de gente sale a empujones, chocándose unos con otros, para ganar un espacio en las empinadas escaleras de concreto que los llevará a otro andén y a otro convoy en el que continuarán el viaje a la gran ciudad. 

“De ninguna manera se cumple la distancia que nos dice el gobierno”, admite el señor José Alvarado, que aún espera con su diablito a que pase el próximo metro.

“Ojalá pudiéramos ir más separados, pero ya ve: aquí eso es imposible. Por eso, viajamos todos los días como sardinas en lata. Todos juntos y bien apretados”, lamenta el comerciante con una sonrisa resignada.  

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Qué países están vacunando a niños contra COVID-19, por qué y cuáles son los de América Latina

Te contamos por qué cada vez más países están inoculando a menores contra Covid-19, a partir de qué edad los vacunan y qué está ocurriendo en la región latinoamericana.
17 de septiembre, 2021
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Hasta ahora, la vacunación contra el Covid-19 se ha enfocado en la población adulta, sobre todo en los mayores de 60 años, que son quienes tienen más probabilidades de sufrir consecuencias graves o morir a causa de esta enfermedad.

En el extremo opuesto están los niños, el grupo etario que menos riesgos corre a causa del coronavirus.

Si bien un pequeño grupo de menores infectados -se estima que 1 de cada 5.000- desarrolla una rara pero grave enfermedad llamada síndrome inflamatorio multisistémico pediátrico (o PIMS, por sus siglas en inglés), la vasta mayoría padece síntomas muy leves o es asintomática.

No obstante, varios países empezaron a vacunar a sus niños, luego de que algunos fabricantes de vacunas confirmaron que son seguras para los menores.

La estadounidense Pfizer probó su vacuna con éxito en menores a partir de los 12 años, y las dos vacunas chinas, Sinovac y Sinopharm, se aprobaron para mayores de 3.

Estos países no solo están vacunando a los niños que tienen un mayor riesgo por tener condiciones preexistentes. La mayoría vacuna a toda su población infantil a partir de los 12 años, aunque algunas naciones incluso están vacunando a edades más tempranas, como los 2 o 3 años.

La vacuna Pfizer

Reuters
La vacuna Pfizer fue aprobada para niños de 12 años en adelante en mayo.

¿A qué se debe?

Existe una serie de motivos que han llevado a estos países a decidir inocular a su población más joven.

Reino Unido, que acaba de recomendar que los chicos de entre 12 y 15 años reciban una dosis de la vacuna Pfizer, justificó su decisión afirmando que esto debería evitar interrupciones en su educación.

La decisión del gobierno británico se dio luego de que el comité científico que lo asesora se opusiera a vacunar a niños sanos solo por motivos de salud, afirmando que el virus representa una amenaza muy baja para ellos.

El director médico de Inglaterra, Chris Whitty, dijo que fue una “decisión difícil”, pero que perder tiempo de escuela “ha sido extraordinariamente difícil para los niños”, especialmente en las zonas más desfavorecidas del país.

Agregó que la interrupción prolongada de la escolaridad puede causar problemas de salud mental y tener efectos a largo plazo.

Una encuesta publicada en julio por la Oficina Nacional de Estadísticas de Reino Unido había mostrado que casi 9 de cada 10 padres estaban de acuerdo con vacunar a sus hijos.

El gobierno británico espera que esta medida sirva para ayudar a frenar la propagación de la variante delta, la más contagiosa del coronavirus, que ha causado una nueva ola de infecciones en ese país.

Señalan que una sola dosis reduce el riesgo de contraer esta variante -si se entra en contacto con ella- en aproximadamente un 55%.

También reduce las posibilidades de enfermarse con gravedad y de contagiar el virus.

https://www.youtube.com/watch?v=UoFBS1ABim4

Variante delta

Los estragos que está causando la variante delta también explican por qué varios otros países empezaron a vacunar a sus menores.

Estados Unidos y Canadá empezaron a vacunar a niños, a partir de los 12 años, en mayo pasado.

Según el último informe del Centro para el Control de Enfermedades (CDC, en inglés), la cantidad de niños hospitalizados con covid-19 en EE.UU. es de 3,4 a 3,7 veces mayor en los estados que menos han vacunado a su población.

Algunas juntas escolares en ese país incluso decidieron que la vacuna sea obligatoria para que los niños de 12 años o más puedan asistan a clases, algo que ha sido objetado por algunos padres.

La farmacéutica Pfizer ya ha empezado a testear su vacuna en niños de 5 a 11 años, y se espera que esos resultados estén listos este mes.

El presidente Joe Biden ya señaló que las vacunas para ese grupo etario estarán disponibles “pronto” después de que los reguladores revisen los datos clínicos.

China, que también enfrenta un aumento de casos por la variante delta, aprobó la inoculación de niños a partir de los 3 años en junio pasado, con las vacunas Sinovac y Sinopharm.

Se convirtió así en el primer país en permitir la vacunación de un grupo de edad tan joven, seguido por Emiratos Árabes Unidos en agosto, que también empezó a vacunar a niños desde los 3.

El gigante asiático empezó a vacunar a menores de entre 12 y 17 años a principios de 2021 y para mediados de agosto ya había administrado 60 millones de dosis a ese grupo etario, según la Comisión Nacional de Salud.

Ahora un nuevo brote, que según los medios locales está “centrado en las escuelas”, ha llevado a algunos expertos a pedir que el programa de vacunación se amplíe para cubrir a los niños de entre 3 y 12 años.

Alumnos de un colegio en Shanghái reciben la vacuna contra el covid-19.

Reuters
Alumnos de un colegio en Shanghái reciben la vacuna contra el covid-19.

Inmunidad de rebaño

El periodista especializado en Salud de la BBC Jim Reed señala que China se ha fijado como objetivo vacunar al 80% de sus 1.400 millones de habitantes para fin de año, “una cifra imposible de cumplir sin inocular a un gran número de menores de 18 años”.

Lo cierto es que, si bien los chicos no suelen padecer formas graves de covid-19, siguen siendo una vía de contagio.

Y en algunos países donde una gran proporción de los adultos ya está vacunada, los niños representan una importante fuente de infección.

Esto explica por qué varios países de la Unión Europea (UE) empezaron a vacunar a menores de entre 12 y 15, luego de que la Agencia Europea de Medicamentos (EMA) aprobara el uso de la vacuna Pfizer para esas edades en mayo.

Alemania, que solo permitía la vacunación de menores con problemas de salud previos, en agosto extendió su programa de vacunación para incorporar a todos los niños de 12 en adelante.

En tanto, España, Dinamarca y Francia ya han vacunado a la mayoría de su población de esa edad con al menos una dosis.

Las autoridades francesas informaron que, a partir de octubre, todos los adolescentes deberán presentar evidencia de que han sido vacunados o que tienen una prueba negativa de coronavirus para acceder a lugares como cines, museos, restaurantes y centros comerciales, como ya ocurre con los adultos.

Otro país que aplica un sistema similar -llamado “pase verde”- es Israel, una de las naciones que más rápido logró vacunar a la mayor parte -casi el 90%- de su población adulta.

En medio de un fuerte aumento de casos por la variante delta, en junio el país empezó a vacunar a los chicos a partir de los 12 años, edad que se redujo a los 3 a mediados de agosto.

Niñas en un colegio en Jerusalén

EPA
Israel empezó a vacunar a los niños desde los 3 años en agosto, en medio de un aumento de casos.

También empezó a requerir que los niños de esas edades muestren su pase verde para poder acceder a muchos lugares cerrados, incluyendo bibliotecas, gimnasios y piletas.

América Latina

Varios países latinoamericanos también están vacunando a su población más joven.

Uruguay fue el primero en empezar a inocular a menores de entre 12 y 17 años con la vacuna Pfizer a comienzos de junio.

Chile, que al igual que Uruguay también tiene una de las mayores tasas de vacunación del mundo, comenzó a hacer lo propio unas semanas después.

El pasado 13 de septiembre el país se convirtió en el primero de Sudamérica en dar luz verde a la inoculación de menores de hasta 6 años, con la vacuna de Sinovac.

Los primeros en ser vacunados son quienes tienen comorbilidades, pero a partir del 26 de septiembre se vacunará a todos los menores de esa edad.

“Los niños también se pueden enfermar. Un 12% de los casos que hemos tenido en nuestro país durante este año y medio son niños menores de 18 años”, explicó la subsecretaria de Salud Pública chilena, Paula Daza.

La funcionaria destacó que las vacunas “son seguras, eficaces y, además de proteger a cada una de las personas, son un acto solidario”.

Un niños es vacunado en Santiago

Getty Images
Chile empezó a vacunar a los menores de 12 a 17 en junio, y ahora extendió la vacunación a partir de los 6 años.

Argentina, Colombia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Panamá, Paraguay, Perú y República Dominicana también empezaron a vacunar a niños con comorbilidades a partir de los 12 años, entre junio y julio.

Algunos luego extendieron la cobertura a todos los menores de esa edad.

A mediados de septiembre, el presidente salvadoreño anunció que empezarían a vacunar a niños más pequeños, a partir de los 6 años.

En tanto, Cuba se convirtió a principios de mes en el primer país del mundo en vacunar a niños a partir de los 2 años.

Las autoridades sanitarias empezaron a administrar a los menores la vacuna Soberana 02, producida en la isla.

El programa de vacunación pediátrico coincidió con el inicio del ciclo escolar, aunque la educación se ha mantenido en formato virtual.

El presidente Miguel Díaz-Canel señaló a través de un comunicado que el objetivo es llegar a noviembre con más del 90% de la población vacunada.


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