Sin agua y hacinados: así enfrentan el coronavirus damnificados del 19-S
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Sin agua y hacinados en tiendas de campaña: así enfrentan la amenaza del coronavirus damnificados del 19-S 

Para damnificados de los sismos de 2017 que todavía no son reinstalados resulta imposible cumplir las recomendaciones de higiene contra el coronavirus.
26 de marzo, 2020
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El gobierno pidió lavarse las manos hasta 40 veces al día, pero estas familias no tienen agua (y a veces tampoco jabón). ¿Quedarse en casa y salir lo menos posible? Ellos no tienen casa. ¿Guardar la sana distancia? Viven hacinados en tiendas de campaña, en la calle, desde hace dos años y medio.

¿Desinfectar las superficies de los muebles, cuidar la alimentación, trabajar desde casa? Para los damnificados de los sismos de 2017 que aún no son reinstalados, las recomendaciones de higiene solicitadas por las autoridades para prevenir el contagio por coronavirus son sencillamente imposibles.

“Nos dicen de no acercarnos mucho, ¿pero dónde nos vamos a quedar todos?, ¿cómo no vamos a estar todos juntos ahí?”, pregunta Lourdes Anastasio Pedro, de 31 años, que habita el campamento de damnificados ubicado en la calle de Roma 18, en la colonia Juárez.

Entérate: ¿Cómo enfrentamos el COVID-19 sin agua para lavarnos las manos?’, denuncian pobladores de CDMX

Hace apenas dos meses que dio a luz a su tercer hijo, nacido sin hogar, y ya Lourdes está acarreando agua desde una toma de la Plaza Washington: mediante un diablito, transporta 100 litros en bidones de plástico a lo largo de 500 metros; ella y una de sus primas deberán hacer 30 viajes para llenar un tinaco-cisterna que abastecerá a las 80 personas del campamento, todas ellas indígenas otomíes originarias de Santiago Mexquititlán, Querétaro.

“Los niños tienen que lavarse las manos para que no los agarre el coronavirus”, observa Lourdes. “Nos hace mucha falta el agua, porque nosotros no tenemos llave”.

Había, sí, una toma de agua más cercana, pero los vecinos la clausuraron para forzar a estos damnificados a irse; ya antes colgaron mantas alrededor del campamento exigiendo a las autoridades que los echen.

“Al principio, los vecinos pensaban que éramos malas personas; unos que otros sí nos tratan bien, otros no: nos critican que somos mugrosos, cochinos; realmente no lo somos, porque se hace limpieza y ellos piensan que no; limpiamos toda la calle, la banqueta, para que no se vea mal del aspecto de estar sucio”, explica Telésforo Francisco Martínez, de 45 años.

En efecto: la calle desprende un olor a aromatizante para pisos.

El campamento se extiende frente a los restos de un edificio que fue habitado de manera irregular por la comunidad indígena. Ahora, es una de las 335 viviendas de tipo multifamiliar que, a dos años y medio del sismo, aún requieren ser reconstruidas o rehabilitadas, según el censo oficial del gobierno capitalino.

Aquí, cerca de las carpas para dormir, los damnificados ensamblaron un cuarto con un excusado que fue conectado al drenaje, y armaron otro baño para asearse; también hay un lavadero montado en el arroyo vehicular, aunque por aquí ya no transitan autos, debido al bloqueo con carpas de lona y tablas. En el centro del campamento cuelgan tendederos en los que ondea la ropa recién lavada; entre garrafones amontonados, sillones rasgados y trastes, sobresale una única botella de gel antibacterial que les donaron.

“Se nos pide que tengamos limpias nuestras manos y todo, pero no tenemos la sustancia del gel, jabón, agua, eso es lo que nos hace falta”, dice Telésforo, que con una mano ahuyenta las moscas.

En una de las tiendas de lona habitan tres familias de 11 personas (hay dos recién nacidos); los habitantes se apresuran a sacar los pañales sucios, ordenan a las prisas para mostrar los colchones tendidos en el suelo, mochilas escolares, zapatos, ropa colgada, un refrigerador del que una niña saca una Coca-Cola para el desayuno.

“No queremos que se vayan a contagiar los niños, con todo esto de que está muy angosto el campamento, no podemos hacer de otra que estar amontonados al dormirnos”, expone Telésforo. “Realmente no podemos evitar el coronavirus porque está muy angosto y estamos muy apretados, y no tenemos de otra más que estar así por lo mientras”.

Para sostenerse, Lourdes suele vender dulces en la Zona Rosa; otros venden artesanías o manzanas caramelizadas; otros son albañiles. Y todos ya padecen la reducción de sus ingresos.

“A mí sí me preocupa mucho, porque yo tengo un bebé que, la mera verdad, yo no le doy pecho, nada más le doy pura fórmula, y sí me preocupa, porque no voy a tener dinero para comprarle de comer a mis hijas”, lamenta.

-¿Por qué no le das pecho a tu bebé?

-Porque no tenía nada de leche, por eso yo le di fórmula -explica.

En el campamento de damnificados de Roma 18, mujeres trasladan agua potable de una llave ubicada a 500 metros.

***

“Tenemos poca despensa; ahorita con esto no hemos podido salir a trabajar, sí hay gente en sus carros (en los cruces de semáforos), pero no nos compran la mercancía que llevamos, nada más nos ven y pareciera que nosotros tenemos el virus”, se queja Elvira Isidro Eduardo, de 29 años. “Yo vendía manzanas, pero las ventas están muy bajas, y ahorita nos ven y nos cierran sus parabrisas, no nos compran”.

Habitante de otro campamento de damnificados indígenas ubicado en la calle de Guanajuato 200, en la colonia Roma, Elvira está a dos semanas de dar a luz a su cuarta hija, lo que la hace parte de la población vulnerable ante la epidemia del Covid-19.

“No tenemos suficiente agua y la coladera que está aquí al lado está tapada. La semana pasada, que llovió fuerte, se subió el agua hasta acá, y queda el olor por más que le echamos cloro, y luego los borrachos se vienen a orinar y con la lluvia sale todo el olor”, explica.

Al lado del predio derruido, que era el hogar de 15 familias otomíes de 40 personas, se construye un nuevo edificio entre polvaredas, lodo y escombros. Además de Elvira, aquí vive otra mujer embarazada de 16 años, y una adulta mayor de 91 años de edad; también viven 15 menores. Nadie tiene seguro social, ni Elvira, preocupada porque en un hospital privado podrían cobrarle al menos 10 mil pesos por su parto, o 15 mil, si se precisa una cesárea.

“No tengo seguro porque ya lo quitaron, ya ve que ya no existe el Seguro Popular ni la gratuidad que había antes”, comenta. “La verdad, sí nos preocupa, porque, si nos llegara a tocar ese virus, no nos van a atender en ningún lado, si de por sí, cuando ibas a los hospitales, decían que no estaban los doctores, imagínate, te pega esto y no te van a atender, ¿qué va a hacer uno?”.

En la entrada del predio pintaron en grande el rostro de Marichuy, excandidata presidencial del Concejo Indígena de Gobierno (CIG), cuya mirada comprensiva cae sobre las tiendas que los damnificados usan para dormir, como si fuera la imagen de una virgen.

“Yo no sé qué pensaría el gobierno, no se fija en los indígenas como nosotros”, critica el esposo de Elvira, Israel Beltrán Flores, de 31 años. “¿De dónde vamos a traer mucha agua? La otra semana se fue el agua. ¿Dónde vamos a hacer higiene, si no se puede en la condición que vivimos? Estamos acostumbrados nosotros a esto. ¿El jabón? Si nosotros vamos al día, ¿de dónde vamos a traer para comprar el jabón o el gel?, ¿cuánto sale el gel?, sale caro, nosotros no tenemos las condiciones para eso”.

Israel se desespera. Señala que allá atrás tiene dos cajas de manzanas podridas que no pudo vender, y el gobierno que no los ayuda, y su esposa que ya va a dar a luz.

“Me siento preocupado porque veo a mi esposa, ya viene en camino la bebé, faltan dos semanas, las estoy viendo duras porque yo no sé cómo hacerle”, se sincera.

-¿Y el presidente López Obrador?

-De que se subió a su silla presidencial, la verdad, no hemos visto nada. Que me perdone, pero el presidente no apoya al indígena, no nos toman en cuenta, es como si fuéramos una basura.

***

“¿Cómo nos vamos a meter en una casa que no tenemos? Porque el arrimado, a los tres días, apesta”, dice Jorge Martínez Mendoza, 78 años, la pierna cruzada y los brazos extendidos en el respaldo del viejo sillón que tiene en su campamento, frente al predio de Concepción Béistegui 1503, en la colonia Narvarte.

“Vino Mancera y dijo que lo iba a tirar en 15 días, y sí lo tiró, y nos dijo que sería el primer edificio que iba a reconstruir, y mentira, creo que vamos a ser los últimos, ya va para tres años, y ni para atrás ni para adelante”, señala.

Jubilado y derechohabiente del ISSSTE, a Jorge le han dicho en el seguro que, para prevenir el coronavirus, basta con no juntarse con extranjeros y lavarse las manos.

“Aquí somos puros conocidos y todos están bien de salud”, observa.

Lo que sí, es que el agua que obtienen de una toma habilitada por los mismos damnificados llega sucia.

“Sale amarilla, sale mal, por eso compramos garrafones de agua que valen 25 o 30 pesos”, explica.

En la tienda de junto, entre trajes colgados de ganchos, dos camas, una tienda de dormir y un televisor, Enrique Alcántar García, de 67 años, mantiene el negocio de planchaduría que tenía en una accesoria del edificio destruido por el sismo. Con un ventilador intenta refrescar el bochorno causado por el encierro de lonas de plástico. A las 2 de la tarde, el clima es de 29 grados y, sin embargo, afuera resulta ser más fresco que adentro.

-¿Cómo ve que el gobierno pide a la gente mantenerse en su casa?

-Eso es lo más difícil para nosotros, que no tenemos dónde cubrirnos, estamos a la intemperie, estamos vulnerables nosotros, aunque tratamos de aislarnos un poquito –dice.

Enrique señala las lonas que dividen su cama del exterior: considera que eso, de alguna manera, ayuda a mantener aislados y seguros tanto a él como a su hijo adolescente.

“Es una cosa muy difícil para todos, aquí afortunadamente no nos ha tocado nada, estamos aislados, tenemos la precaución de no saludar a la gente de mano ni nada. Pero, cualquier cosa que pase alguien infectado, pues sí nos puede infectar a todos, ¿no?”, cuestiona.

Y ahora Enrique duda, observa las lonas que lo guarecen, desgastadas ya, agujereadas, cuarteadas. Si el gobierno no va a resolver la reconstrucción, dice, que al menos ayude a renovar los materiales del campamento de damnificados.

“Ahorita el calor, y luego en la tarde, si llueve, se nos mete el agua, porque las lonas ya no resisten, ya están todas picadas, esta lona ya tiene tres años puesta. Ya urge el cambio, y nos urge, por lo menos, que nos pongan una lona nueva”, pide.

Pero el señor Jorge disiente, cansado, dice, de Mancera que no cumplió y de Sheinbaum que no ayuda a las 20 familias damnificadas de este inmueble; cansado, dice, de que el encargado del Programa de Reconstrucción, César Cravioto, haga citas con ellos y los deje esperando y al final nunca llegue.

“Vamos a ir a cerrar el Eje 5, esté el virus o no esté el virus, yo voy a cerrar, porque aquí no sacamos al buey de la barranca”, amaga. “Yo veo que esto no funciona, así que, con el virus que hay, yo voy a cerrar el Eje 5. No me queda de otra”.

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Los niños que olvidaron leer y escribir durante la pandemia de COVID-19

Unicef reclama que solo en América Latina 86 millones de menores no han vuelto a clases. Se les ha comenzado a llamar "la generación perdida".
28 de septiembre, 2021
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Ya los llaman “la generación perdida”: Naciones Unidas señaló en un informe reciente que cerca de mil millones de menores alrededor del mundo están en riesgo de tener una “pérdida de aprendizaje” significativa a causa de las interrupciones en la asistencia a la escuela durante la pandemia del covid-19.

Y la advertencia va mucho más allá: en muchos países el sistema de educación está a punto de colapsar, si además de la pandemia se suman otros factores como el cambio climático y los conflictos internos.

Un ejemplo de esta crisis que reporta la ONU es lo que ocurre en India.

La periodista de la BBC Divya Arya pudo comprobar que niños en varias regiones de este país asiático “se han olvidado de leer y escribir” debido a que se han visto impedidos de asistir a la escuela en el último año.

Arya expone el caso de Radhika Kumari, de 10 años, a quien básicamente se le olvidó escribir debido a que “estuvo 17 meses” fuera de las aulas.

Radhika vive en el estado de Jharkhand, donde la brecha digital es enorme. Y cuando la pandemia del covid-19 obligó al cierre de las escuelas, muchos niños de las escuelas públicas no tuvieron acceso a dispositivos que les permitieran continuar con su educación de manera remota.

“Fue realmente impactante descubrir que, de 36 niños matriculados en un solo curso de nivel primario, 30 no podían leer una sola palabra“, le explicó a la BBC el economista Jean Dreze, quien analiza la situación en esta región de India desde que los estudiantes pudieron regresar a clases.

Vishnu reads aloud to Radhika.

BBC
En algunos sectores de India hay niños que estàn olvidando leer y escribir debido al cierre de escuelas.

“Si no te olvidas de leer y escribir, que te atrases un poco puede remediarse. Pero si te olvidas de los conceptos básicos, ahora que regresas a clases y te hacen avanzar al siguiente curso la brecha va a ser peor“, agrega.

Alumnos latinoamericanos

En Latinoamérica el panorama es similar: de acuerdo con un informe presentado por Unicef hace una semana, cerca de 86 millones de niños aún no han retomado las clases, lo que pone en riesgo el progreso de su aprendizaje y los niveles de conocimientos previamente adquiridos.

Durante los últimos 18 meses, la mayoría de los niños, niñas y adolescentes de América Latina y el Caribe no han visto a sus profesores o amigos fuera de una pantalla. Los que no tienen Internet, directamente no los han visto”, explicó Jean Gough, directora regional de Unicef para América Latina y el Caribe.

Y añade que no solo existe el riesgo de que los niños dejen de aprender las competencias básicas para su vida, sino de que incluso no regresen nunca a la educación formal.

La educación virtual debe continuar y mejorar, pero está claro que durante la pandemia las familias más marginadas no han tenido acceso al aprendizaje”, añade la especialista.

La realidad es aún más acuciante entre los grupos más vulnerables, donde la deserción escolar era una problemática previa a la pandemia.

“Cada día fuera de las aulas acerca a los niños, niñas y adolescentes más vulnerables a la deserción escolar, la violencia de las pandillas, el abuso o la trata de personas”, añade.

“Fracasó mi colegio”

Para muchos de los alumnos y alumnas, durante estos últimos 18 meses “no se ha aprendido nada”.

En BBC Mundo hablamos con algunos escolares en partes de América Latina que se han visto afectados por la falta de conectividad y la baja asistencia escolar durante la pandemia.

Uno de ellos es Richard Guimaraes. Él tiene 15 años y vive en San Rafael, una comunidad indígena ubicada a dos horas y media de la ciudad Pucallpa, en el Amazonas peruano.

Richard quiere ser diseñador gráfico.

“Mis papás hacen artesanías y yo he aprendido a tejer y a hacer varias cosas que vendemos en el mercado”, le cuenta BBC Mundo.

Richard en su casa.

UNICEF
Richard Guimaraes vive en la regiòn amazónica de Perú.

“Y quiero aprender a hacerlas mejor”, confiesa.

Hace un año, Richard estaba cursando cuarto grado de bachillerato cuando la pandemia del covid-19 irrumpió con fuerza inusitada en el Perú y obligó a poner la vida en pausa.

En este último año y medio no aprendí nada. La pandemia hizo que fracasara el colegio“, se queja.

Antes de la pandemia, iba a clases desde las 7:30 de la mañana hasta el mediodía.

“En ese horario, durante la semana veíamos 12 materias”, recuerda.

Pero una vez comenzó la pandemia y las clases se suspendieron, las cosas se volvieron más difíciles.

“Pasamos de 12 materias a solo seis”, relata. El sistema establecido para remediar la crisis funcionaba así: cada mes los maestros venían a su localidad, les dejaban una especie de cartillas y ellos las tenían que resolver y enviar las respuestas a través de WhatsApp.

Arte, que es su clase favorita, se redujo a dibujos que hacía en casa y que le enviaba a su profesor por el móvil.

Mi papá vive de las artesanías y de vender plátanos, vivimos en una zona muy alejada, por lo que es difícil poder acceder a internet”, relata.

Como muchos de sus maestros no vivían cerca de su comunidad, solo los podía contactar por teléfono cuando se conectaba a internet. Además, algunas de las cartillas le parecían confusas y a veces hasta inentendibles.

Clases cerradas

Getty Images
Unicef señala que en América Latina y el Caribe 86 millones de niños aún no han regresado a las aulas.

El aumento de la desigualdad

Para muchos expertos en psicopedagogía y procesos educativos, es claro que los niños necesitan volver a las aulas lo más pronto posible.

La desaparición de este espacio de aprendizaje y socialización ha sido para muchos niños y niñas – especialmente entre familias de menor nivel sociocultural- “una catástrofe”.

“La verdad es que, en materia de conocimientos, un año y medio, casi dos de pérdida de clase porque la realidad es que los niños están volviendo a una escolarización muy precaria, es una catástrofe, que además va a costar mucho tiempo superar”, le dice a BBC Mundo Guillermina Tiramonti, especialista en educación e investigadora de Flacso Argentina.

Hay muchos niveles en este tema, pero pongo un ejemplo: un chico que estaba en primer año de primaria antes de la pandemia, y aún no había logrado aprender a leer, ahora que regresó al colegio debe finalizar el segundo grado sin haber aprendido a leer o escribir”, señala.

Para la académica, no solo se trata de los contenidos que no han sido aprendidos o incorporados sino de algo más importante: recuperar el hábito de aprender.

“La pérdida del conocimiento no es solamente no haber aprendido determinados contenidos, sino el hecho de perder el ritmo, el hábito, la rutina escolar”, apunta.

Lo explico en relación con un elemento muy simple como los códigos lingüísticos. Los niños de los sectores más bajos socio culturalmente no están acostumbrados a estos códigos complejos y solo tienen acceso a ellos en la escuela, donde son fundamentales para luego poder avanzar en el conocimiento. En la casa no tienen acceso a ellos”.

Para los niños que no están expuestos a ese tipo de códigos durante dos años, el retroceso cognitivo es muy grande, concluye Tiramonti.

salones cerrados en una escuela

Getty Images
Para varios analistas se deben crear proyectos especiales para recuperar el tiempo perdido durante la pandemia.

Revisar los objetivos

A medida que se van levantando las restricciones de la pandemia en distintas regiones, la reapertura de las escuelas se ha vuelto una prioridad de muchos gobiernos. A la fecha, el informe de la ONU señala que 47 millones de niños han regresado paulitinamente a las aulas.

Y la siguiente etapa también se pone en evidencia el gran desafío de poner al día a los niños con los objetivos que se debieron aprender durante este año y medio.

La educación de los niños y las niñas se perdió en un esfuerzo por proteger las vidas de toda la población ante el coronavirus“, explica Irma Martínez, experta en temas de educación de Human Rights Watch.

Pero si de toda crisis surge una oportunidad, este es el momento de replantear algunas de las premisas de la escolarización y el sistema educativo como un todo, señalan los expertos.

“El objetivo no debería ser simplemente volver a como eran las cosas antes de la pandemia, sino arreglar los defectos de los sistemas que durante mucho tiempo han impedido que las escuelas sean abiertas y acogedoras para todos los niños y niñas”, agrega Martínez.

En este tema, Tiramonti es categórica: “No podemos volver a la escuela y hacer como si nada hubiera pasado”, le dice a BBC Mundo.

“Es necesario hacer evaluación, ver qué pasó con los niños, cuáles son las pérdidas, cuáles son las problemáticas de aprendizaje que tienen y armar un programa para que recuperen aquellos conocimientos que son básicos para poder seguir una trayectoria escolar”.

Se necesita trabajo muy profesional para elaborar un proyecto de recuperación“, anota.

Hace menos de un mes, Richard Guimaraes es uno de decenas de miles de alumnos que volvieron a a las aulas después de casi un año y medio.

Y aunque está contento, siente en carne propia los desafíos: “Ahora estamos viendo las materias que dejamos de ver en la pandemia y es difícil seguir el ritmo. Es como empezar de nuevo”.


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