Sin agua y hacinados: así enfrentan el coronavirus damnificados del 19-S
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Sin agua y hacinados en tiendas de campaña: así enfrentan la amenaza del coronavirus damnificados del 19-S 

Para damnificados de los sismos de 2017 que todavía no son reinstalados resulta imposible cumplir las recomendaciones de higiene contra el coronavirus.
26 de marzo, 2020
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El gobierno pidió lavarse las manos hasta 40 veces al día, pero estas familias no tienen agua (y a veces tampoco jabón). ¿Quedarse en casa y salir lo menos posible? Ellos no tienen casa. ¿Guardar la sana distancia? Viven hacinados en tiendas de campaña, en la calle, desde hace dos años y medio.

¿Desinfectar las superficies de los muebles, cuidar la alimentación, trabajar desde casa? Para los damnificados de los sismos de 2017 que aún no son reinstalados, las recomendaciones de higiene solicitadas por las autoridades para prevenir el contagio por coronavirus son sencillamente imposibles.

“Nos dicen de no acercarnos mucho, ¿pero dónde nos vamos a quedar todos?, ¿cómo no vamos a estar todos juntos ahí?”, pregunta Lourdes Anastasio Pedro, de 31 años, que habita el campamento de damnificados ubicado en la calle de Roma 18, en la colonia Juárez.

Entérate: ¿Cómo enfrentamos el COVID-19 sin agua para lavarnos las manos?’, denuncian pobladores de CDMX

Hace apenas dos meses que dio a luz a su tercer hijo, nacido sin hogar, y ya Lourdes está acarreando agua desde una toma de la Plaza Washington: mediante un diablito, transporta 100 litros en bidones de plástico a lo largo de 500 metros; ella y una de sus primas deberán hacer 30 viajes para llenar un tinaco-cisterna que abastecerá a las 80 personas del campamento, todas ellas indígenas otomíes originarias de Santiago Mexquititlán, Querétaro.

“Los niños tienen que lavarse las manos para que no los agarre el coronavirus”, observa Lourdes. “Nos hace mucha falta el agua, porque nosotros no tenemos llave”.

Había, sí, una toma de agua más cercana, pero los vecinos la clausuraron para forzar a estos damnificados a irse; ya antes colgaron mantas alrededor del campamento exigiendo a las autoridades que los echen.

“Al principio, los vecinos pensaban que éramos malas personas; unos que otros sí nos tratan bien, otros no: nos critican que somos mugrosos, cochinos; realmente no lo somos, porque se hace limpieza y ellos piensan que no; limpiamos toda la calle, la banqueta, para que no se vea mal del aspecto de estar sucio”, explica Telésforo Francisco Martínez, de 45 años.

En efecto: la calle desprende un olor a aromatizante para pisos.

El campamento se extiende frente a los restos de un edificio que fue habitado de manera irregular por la comunidad indígena. Ahora, es una de las 335 viviendas de tipo multifamiliar que, a dos años y medio del sismo, aún requieren ser reconstruidas o rehabilitadas, según el censo oficial del gobierno capitalino.

Aquí, cerca de las carpas para dormir, los damnificados ensamblaron un cuarto con un excusado que fue conectado al drenaje, y armaron otro baño para asearse; también hay un lavadero montado en el arroyo vehicular, aunque por aquí ya no transitan autos, debido al bloqueo con carpas de lona y tablas. En el centro del campamento cuelgan tendederos en los que ondea la ropa recién lavada; entre garrafones amontonados, sillones rasgados y trastes, sobresale una única botella de gel antibacterial que les donaron.

“Se nos pide que tengamos limpias nuestras manos y todo, pero no tenemos la sustancia del gel, jabón, agua, eso es lo que nos hace falta”, dice Telésforo, que con una mano ahuyenta las moscas.

En una de las tiendas de lona habitan tres familias de 11 personas (hay dos recién nacidos); los habitantes se apresuran a sacar los pañales sucios, ordenan a las prisas para mostrar los colchones tendidos en el suelo, mochilas escolares, zapatos, ropa colgada, un refrigerador del que una niña saca una Coca-Cola para el desayuno.

“No queremos que se vayan a contagiar los niños, con todo esto de que está muy angosto el campamento, no podemos hacer de otra que estar amontonados al dormirnos”, expone Telésforo. “Realmente no podemos evitar el coronavirus porque está muy angosto y estamos muy apretados, y no tenemos de otra más que estar así por lo mientras”.

Para sostenerse, Lourdes suele vender dulces en la Zona Rosa; otros venden artesanías o manzanas caramelizadas; otros son albañiles. Y todos ya padecen la reducción de sus ingresos.

“A mí sí me preocupa mucho, porque yo tengo un bebé que, la mera verdad, yo no le doy pecho, nada más le doy pura fórmula, y sí me preocupa, porque no voy a tener dinero para comprarle de comer a mis hijas”, lamenta.

-¿Por qué no le das pecho a tu bebé?

-Porque no tenía nada de leche, por eso yo le di fórmula -explica.

En el campamento de damnificados de Roma 18, mujeres trasladan agua potable de una llave ubicada a 500 metros.

***

“Tenemos poca despensa; ahorita con esto no hemos podido salir a trabajar, sí hay gente en sus carros (en los cruces de semáforos), pero no nos compran la mercancía que llevamos, nada más nos ven y pareciera que nosotros tenemos el virus”, se queja Elvira Isidro Eduardo, de 29 años. “Yo vendía manzanas, pero las ventas están muy bajas, y ahorita nos ven y nos cierran sus parabrisas, no nos compran”.

Habitante de otro campamento de damnificados indígenas ubicado en la calle de Guanajuato 200, en la colonia Roma, Elvira está a dos semanas de dar a luz a su cuarta hija, lo que la hace parte de la población vulnerable ante la epidemia del Covid-19.

“No tenemos suficiente agua y la coladera que está aquí al lado está tapada. La semana pasada, que llovió fuerte, se subió el agua hasta acá, y queda el olor por más que le echamos cloro, y luego los borrachos se vienen a orinar y con la lluvia sale todo el olor”, explica.

Al lado del predio derruido, que era el hogar de 15 familias otomíes de 40 personas, se construye un nuevo edificio entre polvaredas, lodo y escombros. Además de Elvira, aquí vive otra mujer embarazada de 16 años, y una adulta mayor de 91 años de edad; también viven 15 menores. Nadie tiene seguro social, ni Elvira, preocupada porque en un hospital privado podrían cobrarle al menos 10 mil pesos por su parto, o 15 mil, si se precisa una cesárea.

“No tengo seguro porque ya lo quitaron, ya ve que ya no existe el Seguro Popular ni la gratuidad que había antes”, comenta. “La verdad, sí nos preocupa, porque, si nos llegara a tocar ese virus, no nos van a atender en ningún lado, si de por sí, cuando ibas a los hospitales, decían que no estaban los doctores, imagínate, te pega esto y no te van a atender, ¿qué va a hacer uno?”.

En la entrada del predio pintaron en grande el rostro de Marichuy, excandidata presidencial del Concejo Indígena de Gobierno (CIG), cuya mirada comprensiva cae sobre las tiendas que los damnificados usan para dormir, como si fuera la imagen de una virgen.

“Yo no sé qué pensaría el gobierno, no se fija en los indígenas como nosotros”, critica el esposo de Elvira, Israel Beltrán Flores, de 31 años. “¿De dónde vamos a traer mucha agua? La otra semana se fue el agua. ¿Dónde vamos a hacer higiene, si no se puede en la condición que vivimos? Estamos acostumbrados nosotros a esto. ¿El jabón? Si nosotros vamos al día, ¿de dónde vamos a traer para comprar el jabón o el gel?, ¿cuánto sale el gel?, sale caro, nosotros no tenemos las condiciones para eso”.

Israel se desespera. Señala que allá atrás tiene dos cajas de manzanas podridas que no pudo vender, y el gobierno que no los ayuda, y su esposa que ya va a dar a luz.

“Me siento preocupado porque veo a mi esposa, ya viene en camino la bebé, faltan dos semanas, las estoy viendo duras porque yo no sé cómo hacerle”, se sincera.

-¿Y el presidente López Obrador?

-De que se subió a su silla presidencial, la verdad, no hemos visto nada. Que me perdone, pero el presidente no apoya al indígena, no nos toman en cuenta, es como si fuéramos una basura.

***

“¿Cómo nos vamos a meter en una casa que no tenemos? Porque el arrimado, a los tres días, apesta”, dice Jorge Martínez Mendoza, 78 años, la pierna cruzada y los brazos extendidos en el respaldo del viejo sillón que tiene en su campamento, frente al predio de Concepción Béistegui 1503, en la colonia Narvarte.

“Vino Mancera y dijo que lo iba a tirar en 15 días, y sí lo tiró, y nos dijo que sería el primer edificio que iba a reconstruir, y mentira, creo que vamos a ser los últimos, ya va para tres años, y ni para atrás ni para adelante”, señala.

Jubilado y derechohabiente del ISSSTE, a Jorge le han dicho en el seguro que, para prevenir el coronavirus, basta con no juntarse con extranjeros y lavarse las manos.

“Aquí somos puros conocidos y todos están bien de salud”, observa.

Lo que sí, es que el agua que obtienen de una toma habilitada por los mismos damnificados llega sucia.

“Sale amarilla, sale mal, por eso compramos garrafones de agua que valen 25 o 30 pesos”, explica.

En la tienda de junto, entre trajes colgados de ganchos, dos camas, una tienda de dormir y un televisor, Enrique Alcántar García, de 67 años, mantiene el negocio de planchaduría que tenía en una accesoria del edificio destruido por el sismo. Con un ventilador intenta refrescar el bochorno causado por el encierro de lonas de plástico. A las 2 de la tarde, el clima es de 29 grados y, sin embargo, afuera resulta ser más fresco que adentro.

-¿Cómo ve que el gobierno pide a la gente mantenerse en su casa?

-Eso es lo más difícil para nosotros, que no tenemos dónde cubrirnos, estamos a la intemperie, estamos vulnerables nosotros, aunque tratamos de aislarnos un poquito –dice.

Enrique señala las lonas que dividen su cama del exterior: considera que eso, de alguna manera, ayuda a mantener aislados y seguros tanto a él como a su hijo adolescente.

“Es una cosa muy difícil para todos, aquí afortunadamente no nos ha tocado nada, estamos aislados, tenemos la precaución de no saludar a la gente de mano ni nada. Pero, cualquier cosa que pase alguien infectado, pues sí nos puede infectar a todos, ¿no?”, cuestiona.

Y ahora Enrique duda, observa las lonas que lo guarecen, desgastadas ya, agujereadas, cuarteadas. Si el gobierno no va a resolver la reconstrucción, dice, que al menos ayude a renovar los materiales del campamento de damnificados.

“Ahorita el calor, y luego en la tarde, si llueve, se nos mete el agua, porque las lonas ya no resisten, ya están todas picadas, esta lona ya tiene tres años puesta. Ya urge el cambio, y nos urge, por lo menos, que nos pongan una lona nueva”, pide.

Pero el señor Jorge disiente, cansado, dice, de Mancera que no cumplió y de Sheinbaum que no ayuda a las 20 familias damnificadas de este inmueble; cansado, dice, de que el encargado del Programa de Reconstrucción, César Cravioto, haga citas con ellos y los deje esperando y al final nunca llegue.

“Vamos a ir a cerrar el Eje 5, esté el virus o no esté el virus, yo voy a cerrar, porque aquí no sacamos al buey de la barranca”, amaga. “Yo veo que esto no funciona, así que, con el virus que hay, yo voy a cerrar el Eje 5. No me queda de otra”.

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Cómo la COVID está causando una crisis de oxigeno en América Latina y algunos países en desarrollo

¿Por qué los gobiernos de África, América Latina y Asia están luchando por conseguir oxígeno durante la pandemia?
29 de enero, 2021
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Antes de que la clínica se quedara sin oxígeno, Maria Auxiliadora da Cruz había mostrado alentadores signos de progreso contra la covid-19.

El 14 de enero, sus niveles de oxígeno habían estado por encima del nivel normal del 95%, pero pocas horas después de haber sido privada de ese recurso vital, sus niveles cayeron al 35%.

En esta instancia, a los pacientes normalmente se los intuba y se les suministra oxígeno a través de una máquina. Esto no ocurrió con esta enfermera jubilada de 67 años, que falleció.

“Fue horrible”, dice su nuera Thalita Rocha. “Fue una catástrofe. Muchos pacientes ancianos comenzaron a deteriorarse y ponerse azules”.

En un emotivo video que se viralizó en las redes sociales, Rocha describió lo que sucedía en la Policlínica Redenção en la ciudad de Manaos, en el norte de Brasil.

“Estamos en una situación desesperada. Toda una unidad de emergencia simplemente se ha quedado sin oxígeno … Mucha gente está muriendo”.

Rocha le dijo al Servicio Brasileño de la BBC que diez personas en la sala de guardia murieron ese día y que cree que su suegra podría haber sobrevivido.

“Ella no murió de covid. Lamentablemente, falleció por la falta de oxígeno“.

Thalita Rocha

Thalita Rocha
El video de Thalita Rocha pidiendo ayuda se hizo viral en las redes sociales.

Brasil tiene el segundo mayor número de decesos por covid del mundo, con más de 219.000 muertos.

En Manaos, el sistema de salud de la ciudad colapsó dos veces durante la pandemia y las muertes se duplicaron entre diciembre y enero, lo que llevó al gobierno local a anunciar planes para 22.000 nuevas tumbas.

Pero los hospitales y clínicas de Brasil no son de ninguna manera los únicos que luchan por conseguir suministros de oxígeno.

En México, donde más de 152.000 personas han muerto por la pandemia, ha habido informes de ladrones que se llevaron cilindros de oxígeno de hospitales y clínicas.

En un caso, dos hombres fueron arrestados luego de que un camión cargado con cilindros de oxígeno robados fuera encontrado al norte de Ciudad de México.

A principios de este mes, aparecieron videos que denunciaban la escasez de oxígeno en al menos dos hospitales en Egipto.

En uno, un hombre filmó camas cubiertas con mantas en el hospital al-Husseiniya en la gobernación nororiental de Sharqia y afirmó que “todos en la UCI han muerto“.

Las autoridades egipcias dijeron que cuatro pacientes habían muerto debido a condiciones crónicas preexistentes, no por falta de oxígeno, y han negado rotundamente que haya problemas de suministro.

Pero informes de incidentes similares en varios países han puesto de relieve la presión sobre los gobiernos para que proporcionen este tratamiento básico que permite salvar vidas.

“Crisis de oxígeno”

Un paciente recibe terapia con oxígeno en Lagos.

Getty Images
Uno de cada cinco pacientes con covid requerirá oxígeno, dice la OMS, pero la proporción es mayor en los casos graves.

La organización dice que no tiene datos específicos por país, pero agrega que algunos hospitales han visto aumentar la demanda de oxígeno entre cinco y siete veces los niveles normales debido a la afluencia de pacientes con enfermedades graves y críticas.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), uno de cada cinco pacientes con covid-19 requerirá oxígeno. En casos severos, esto aumenta a tres de cada cinco.

PATH, una organización mundial sin fines de lucro que ayuda a varios gobiernos a responder a la pandemia, encontró que la demanda de oxígeno “aumentó dramáticamente” en 2020 debido a la afluencia de pacientes con hipoxemia (bajos niveles de oxígeno en la sangre) por la covid-19.

“Necesitamos pensar en el oxígeno tanto como pensamos en la electricidad, el agua u otros servicios básicos”, dice Lisa Smith, del programa de dinámicas de mercado de PATH.

“Esto no puede ser algo que solo nos preocupe cuando está mal, porque cuando está mal, la gente se muere”.

Actualmente, se necesitan cerca de 1,5 millones de cilindros de oxígeno todos los días en países de ingresos bajos y medianos para hacer frente a la demanda adicional generada por la pandemia, según una herramienta interactiva creada por PATH para rastrear las necesidades de oxígeno.

Esta herramienta digital ayuda a estimar la escala del desafío para quienes se encargan de formular políticas y fue desarrollada por el proyecto Covid-19 Respiratory Care Response Coordination que incluye a PATH y a Every Breath Counts (Cada respiración cuenta), una asociación público-privada que aboga por un mejor suministro de oxígeno en países de ingresos bajos y medianos.

“Existe una crisis de oxígeno en el África subsahariana, Asia y América Latina“, dice Leith Greenslade, de Every Breath Counts.

“Los países no se dan cuenta de la cantidad de oxígeno que necesitan los pacientes con covid-19: algunos requerirán diez, veinte veces más oxígeno del que necesitaría un paciente normal que necesita oxígeno”.

Pacientes con covid en Sudáfrica

Getty Images
PATH dice que la demanda de oxígeno ha “aumentado drásticamente” en los países de ingresos bajos y medios debido a la covid-19.

Según el rastreador, Brasil ha experimentado uno de los aumentos más drásticos en la demanda de oxígeno del mundo desde noviembre, requiriendo aproximadamente 340.000 cilindros adicionales al día para tratar casos de covid.

Después de que Manaos llegó a un punto crítico, se enviaron donaciones de oxígeno desde otros estados y desde el otro lado de la frontera con Venezuela.

Pero Jesem Orellana, epidemiólogo de la Fundación Oswaldo Cruz, le dijo a la BBC que el riesgo de escasez continúa y se ha agravado por la demanda global.

Maria Auxiliadora da Cruz

Familia de Maria Auxiliadora da Cruz
La salud de Maria Auxiliadora da Cruz se deterioró rápidamente cuando se acabaron los suministros de oxígeno en la clínica de Manaos.

En otros países en desarrollo, como India, hubo un aumento del 68% en la demanda de oxígeno entre abril y julio, luego un salto del 84% entre julio y el momento más álgido en septiembre.

Adamu Isah de Save the Children en Nigeria, donde se necesitan 10.000 cilindros adicionales al día, señaló que hay una “percepción generalizada de que hay escasez de oxígeno en casi todas las regiones del país”.

En Sudáfrica, el rastreador estima que el país necesita 100.000 cilindros adicionales al día.

El ministro de Salud, Zweli Mkhize, dijo que el gobierno estaba haciendo “todo lo posible para asegurarse de que haya oxígeno disponible” y ordenó a los fabricantes de oxígeno, cuyos principales clientes son normalmente grupos mineros, que prioricen las necesidades médicas.

¿De dónde proviene el oxígeno médico?

Un trabajador desinfecta cilindros de oxígeno en El Cairo, Egipto.

EPA
Solo una proporción pequeña del oxígeno que se produce el mundo se destina a fines médicos.

Según PATH, el oxígeno médico representa solo el 5-10% de la producción mundial de oxígeno. El resto se utiliza en diversas industrias, como la minera, química y farmacéutica.

Se produce en grandes cantidades en las plantas y se entrega a los hospitales de dos formas: a granel en tanques de líquido o como gas presurizado en cilindros que contienen volúmenes más pequeños.

El oxígeno líquido es la mejor y más barata tecnología disponible, pero requiere que los hospitales tengan la infraestructura adecuada para canalizar el oxígeno al lado de la cama del paciente. Esto es común en países desarrollados como Estados Unidos y Europa.

Los cilindros no requieren tuberías y se pueden entregar a clínicas sin una infraestructura sofisticada. Sin embargo, su distribución a menor escala significa que son menos rentables, además de ser engorrosos de transportar y manipular, lo que también conlleva un mayor riesgo de contaminación cruzada.

“Algunos países dependen casi por completo del envío de oxígeno a los hospitales, que son transportados en cilindros por terrenos accidentados y largas distancias”, explica el profesor Mike English, que codirige la Unidad de Servicios de Salud del Programa de Investigación del KEMRI-Wellcome Trust en Nairobi y los Sistemas de Colaboración en Salud de la Universidad de Oxford, en Reino Unido.

“Este es un gran problema y las cantidades necesarias son casi imposibles de proporcionar”.

Según English, la distribución de oxígeno ya era un problema en África antes de la pandemia.

“Antes de la covid, había muchas ocasiones en las que incluso en los hospitales adecuados, un niño enfermo, un recién nacido enfermo o cualquier persona en una situación de emergencia, podía no haber recibido el oxígeno que necesitaban”, explica.

“La covid ha hecho que este problema sea más visible porque ahora también afecta a los adultos”.

Opción tardía

Máquina concentradora de oxígeno utilizada en Nueva Delhi, India.

Getty Images
El oxígeno se puede suministrar a través de una variedad de formas, una de ellas es a través de máquinas que lo filtran del aire, llamadas concentradores.

El oxígeno ha sido considerado un medicamento esencial por la OMS desde 2017.

Pero Smith dice que ha sido tratado hasta el momento como “algo en lo que se piensa después”.

Para ella, se trata “verdaderamente de un problema de los sistemas de salud” en el que se necesitan varios “componentes” a un tiempo para mejorar la situación.

Todos los expertos consultados por la BBC remarcaron el mismo punto, incluyendo en su análisis la necesidad de equipos, entrenamiento y soluciones a largo plazo.

Los hospitales, por ejemplo, podrían construir sus propias plantas de oxígeno para producir un suministro regular.

Pero son costosas, necesitan electricidad confiable y requieren una experiencia considerable e ingenieros calificados para mantenerlos, lo que no siempre es posible, dice English.

“Como cada ‘solución aparentemente fácil’, las plantas de oxígeno requieren partes mucho más amplias del sistema de salud para ser funcionales”, agrega.

Grycian Mussa en el Hospital in central de Lilongwe

UNICEF Malawi/2020/Govati Nyirenda
Grycian Mussa opera una de las plantas de oxígeno en Malawi, establecida con la ayuda de Unicef y UK Aid.

En Malawi, hay tres plantas de este tipo: en el Hospital Central Queen Elizabeth de Blantyre, el Hospital Nkhata Bay y el Hospital Central Kamuzu en Lilongwe.

Para construirlos, el país necesitaba traer equipos y conocimientos técnicos de Sudáfrica, dice Grycian Mussa, principal ingeniero médico del hospital.

Con el confinamiento se produjo una crisis porque todo venía de Sudáfrica y Sudáfrica estaba en cuarentena y Malawi estaba en cuarentena”, explica.

“Creo que es hora de que los países africanos capacitemos a técnicos locales en nuestros países y veamos cómo podemos sostenernos a nosotros mismos. De lo contrario, siempre dependeremos de la ayuda de otros países en medio de las crisis”.

La necesidad de entrenamiento fue puesta en evidencia anteriormente en Nigeria por la “mesa de trabajo sobre oxígeno”, establecida con la ayuda de organizaciones sin fines de lucro y otras agencias para brindar asesoramiento sobre el suministro y el uso de oxígeno, dice Isah.

“Incluso si tienes todos los sistemas de oxígeno del mundo, si no capacitas a las personas sobre cómo detectar niveles bajos de oxígeno en la sangre, realmente estarás perdiendo el tiempo”, añade.

Un oxímetro controla los niveles de oxigenación en la sangre de un bebé en Francia.

Getty Images
“El oxígeno es útil en muchos casos, desde para el bebé más pequeño que necesita oxígeno hasta alguien con enfermedad pulmonar crónica avanzada en poblaciones de edad avanzada”, dice la Greenslade.

Los oxímetros, que se colocan en el dedo para medir los niveles de oxígeno en la sangre, son una forma asequible de controlar a los pacientes si las personas están capacitadas para usarlos. Pero aún queda el problema del suministro.

“Incluso estos, que deberían ser más fáciles de poner a disposición a gran escala, no suelen estar disponibles en los países de bajos y medianos ingresos de África. Proporcionarlos también es algo que recién está empezando a suceder”, dice English.

“Necesitamos ver el suministro de oxígeno como un desafío para todo el sistema y abordar todos los elementos juntos”.

Otras soluciones a corto plazo incluyen el uso de concentradores de oxígeno, una máquina que filtra el aire y lo convierte en oxígeno de grado médico.

La OMS ha distribuido unos 16.000 a nivel mundial durante la pandemia, pero advirtió que “no son suficientes para los pacientes con enfermedades críticas que necesitarán más flujo de oxígeno”.

Mujer con un oxímetro en el dedo en Nigeria.

Reuters
Los oxímetros son una forma barata y efectiva para medir las necesidades de oxígenos, dicen expertos en salud.

Incluso antes de la pandemia, agencias multilaterales como Unicef ​​habían estado distribuyendo concentradores de oxígeno e invirtiendo en plantas de oxígeno en hospitales en el mundo en desarrollo para combatir enfermedades como la neumonía, el “asesino silencioso” que se estima que mata a 800.000 niños cada año.

Ahora existe la preocupación, respaldada por organizaciones como Save the Children y expertos como el profesor English, de que la demanda adicional por la covid-19 de suministros de oxígeno pueda tener un efecto en cadena para el tratamiento de otras enfermedades.

“El oxígeno es útil en muchos casos, desde para el bebé más pequeño que necesita oxígeno, hasta alguien con enfermedad pulmonar crónica avanzada en poblaciones de edad avanzada”, dice la Greenslade.

“La covid nos ha demostrado cuán esencial es en países donde no hay vacunas contra la ella, ni medicamentos. Si vives o mueres, depende a menudo de si consigues oxígeno o no”.

* Investigación adicional de Vinicius Lemos en Sao Paulo


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