Encerrados por el coronavirus y la tarea: estudiantes inician cuarentena
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Zedryc Raziel

Encerrados en casa por el coronavirus y la tarea: estudiantes del país se alistan para cuarentena

En la llamada Jornada Nacional de Sana Distancia, que será del 23 de marzo al 19 de abril y que abarcará los días de vacaciones correspondientes a la Semana Santa, la carga de trabajo de los estudiantes, sobre todo de preescolar y primaria, también deberá ser asumida por los padres y madres de familia.
Zedryc Raziel
21 de marzo, 2020
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En la entrada de la secundaria Héroes de Chapultepec pegaron tantos anuncios y tan apretados que uno piensa en esos viejos periódicos de planas saturadas que era difícil leer.

¿Y qué son esos papeles?

“La tarea de los chavos”, contesta don Armando, el conserje, 60 años, amodorrado por el sol de las 2 de la tarde, desde una ventanilla junto a la puerta.

Leer más: Alumnos y padres en CDMX se adelantaron a la suspensión de clases; salones lucieron semivacíos

La escuela está vacía de estudiantes. Oficialmente, el viernes 20 de marzo iba a ser el último día de clases presenciales para contener la propagación del coronavirus, según la SEP, pero no llegó ni un solo alumno, indica Armando, nada más vinieron los profesores, que vaya a saber qué hicieron en todo el día, pero ahí estaban, en juntas. Ya el día anterior, el jueves, habían asistido solo 50 estudiantes de una comunidad de 613. Pero, si creyeron que iban a librarse de la tarea por no ir el último día, pensaron mal, que cada maestro colmó de pedidos e instrucciones la entrada de esta secundaria pública de la colonia Juárez, con fecha de entrega, sin falta, el 20 de abril.

FÍSICA. 2º grado.

Escribir las biografías de: Newton, Aristóteles, Einstein, Copérnico, Curie, Galileo (y otros siete sabios). Ver el documental Mentes Brillantes y escribir sobre cada físico que se mencione en la cinta.

QUÍMICA. 3º grado.

Hacer un mapa conceptual de las propiedades cualitativas y cuantitativas de la materia. Investigar a Lavoisier y anotar cinco aportes. Representar seis modelos atómicos. Escribir las características de los estados de la materia (y 16 instrucciones más).

HISTORIA. 1º grado.

Leer El diario de Ana Frank (384 páginas), hacer un reporte y escribir qué harías si estuvieras en “esa situación” (sobrevivir, al parecer, a un genocidio).

MATEMÁTICAS. 3º grado.

Resolver 52 multiplicaciones y divisiones con fracciones, así como 96 ecuaciones.

FORMACIÓN CÍVICA Y ÉTICA. 2º grado.

Investigar qué es equidad de género. Explicar cómo se combate la desigualdad de género. Investigar cuáles son los derechos de los adolescentes. Investigar qué son los estereotipos y qué son los prejuicios. Explicar los primeros 10 artículos de la Constitución Política.

INGLÉS. 3º grado.

Inventar un recetario de tres platillos y hacer un video como si estuvieras en un programa de cocina de TV.

BIOLOGÍA. 1º grado.

Elaborar una maqueta de un ecosistema (desértico, acuático, bosque, tundra, etc.). Escribir las biografías de: Darwin, Mendel, Pasteur, Fleming (y otros 9 sabios). Ver el documental Galápagos, hacer un resumen e ilustrarlo.

TALLER DE ARTES PLÁTICAS. 3º grado.

Realizar una escultura en yeso (tema libre).

EDUCACIÓN FÍSICA. 2º y 3º grado.

Diseñar un crucigrama. Hacer un dibujo de una leyenda del deporte. Elaborar un tríptico sobre higiene personal. Realizar un reporte sobre todo lo vivido por el Covid-19.

ESPAÑOL. 2º grado.

Crear dos caligramas, dos acrósticos y dos palíndromos. Leer y analizar cuatro relatos, dos poemas y seis textos monográficos.

Leer más: Ocho estados adelantan suspensión de clases en todos los niveles para prevenir contagios de COVID-19

Son 48 hojas de múltiples tareas que mantendrán a los estudiantes tan ocupados y tan encerrados en sus casas que los salvará del coronavirus y, en general, les salvará el futuro, considera don Armando, que ha sido conserje de esta escuela 20 años.

“En estos tiempos se tiene que aprender mucho, más ahora con la tecnología, si no, imagínate, en el examen de Comipems (para ingresar a la prepa) lo van a necesitar, y hasta lo van a agradecer”, opina él, que tuvo que dejar trunca su carrera en Derecho.

“Es que, o estudiaba yo, o estudiaban mis tres hijas”, explica.

¿Y valió la pena?

“Cien veces”, asienta, porque una de sus hijas se volvió contadora, otra ingeniera en sistemas computacionales y la última internacionalista. Y los chavos quejándose de la tarea.

“Yo todavía tengo la esperanza de terminar mis estudios”, comparte Armando, 60 años, recuérdese.

Afuera de la secundaria pública Soledad Anaya Solórzano, en la colonia Roma, la señora Laura Noble espera a que su hijo salga de clases; por allá aparece él, 14 años, estudiante de segundo grado, contento porque siente que se va de vacaciones.

“Él anda diciendo: ‘mamá, ¡son vacaciones!, hay que ver la tele’, ya está planeando qué películas vamos a ver, pero le digo que no es así”, explica Laura. “De hecho, yo también voy a trabajar desde casa en horarios de trabajo y horas de comida normales, entonces, por eso le digo que nos tenemos que organizar, porque es algo serio, para él no son vacaciones, y, cuando él vaya viendo qué tiene de tarea, se va a dar cuenta”.

A partir del próximo lunes, esta escuela habilitará un blog en el que, día con día, cada profesor publicará actividades y tareas para los estudiantes, a fin de mantenerlos ocupados gran parte de la jornada.

“No tendremos vacaciones, pero yo creo que también es una responsabilidad de nosotros; los maestros no tienen la culpa, esto nos va a servir a nosotros en el futuro”, define Nayeli, también de segundo grado, que viste el uniforme deportivo de su secundaria (es de las pocas estudiantes que asistió este viernes a clases: de su grupo de 36 personas sólo se presentaron cuatro).

En la llamada Jornada Nacional de Sana Distancia, que será del 23 de marzo al 19 de abril y que abarcará los días de vacaciones correspondientes a la Semana Santa, la carga de trabajo de los estudiantes, sobre todo de preescolar y primaria, también deberá ser asumida por los padres y madres de familia.

Para Tania, cuya hija asiste al preescolar en una escuela particular, resultará difícil armonizar sus ocho horas laborales de trabajo en casa con el deber de cuidar a su hija en casa y supervisar sus tareas.

“Por una parte, yo pienso que es una ayuda porque sirve para mantener a la niña en alguna actividad, pero, por otro lado, en mi caso, yo tengo que continuar haciendo home office, entonces me implica doble o triple trabajo, porque, además de que tengo que cocinar y todas esas tareas, también la niña tiene que hacer la tarea, entonces es triple jornada: que la niña haga lo suyo, yo hacer mi trabajo, que la casa esté limpia y ordenada, porque tiene que estar limpia y desinfectada en este contexto de contagio”, expone.

En contraste, la Universidad Iberoamericana implementó y ya comenzó a utilizar un sistema de clases a distancia mediante hangouts grupales, que permitirá a los alumnos llevar el ritmo de las clases y aligerar la carga de tareas.

A la misma hora que sus clases presenciales, los estudiantes se conectan a la sesión grupal durante dos horas con la participación del profesor, explica David Salazar, de 35 años, quien cursa la Maestría en Comunicación.

“De alguna forma se mantienen las clases, se mantiene el acercamiento de los profesores, hay interacción, hay retroalimentación de profesores y alumnos en cuanto a tareas y lecturas”, detalla. “Me siento más a gusto así, a que si fueran dinámicas de asesorías semanales”.

Durante el mes en que sostendrán las clases a distancia, añade, la universidad les hará un descuento de 20% de la colegiatura.

“Yo no me esperaba un descuento, que sí me ayuda. A veces me gustaría que todas las clases fueran así”, dice y suelta una risa.

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Qué es el Síndrome de Ulises y cómo afecta a los migrantes

La sintomatología de este síndrome que padecen muchos migrantes puede confundirse con depresión o estrés postraumático y no tratarse bien.
6 de agosto, 2022
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“No debiera arrancarse a la gente de su tierra o país, no a la fuerza”, decía el poeta argentino Juan Gelman.

Sin embargo, en el mundo hay alrededor de 281 millones de migrantes internacionales (el 3.6 % de la población), según los datos de 2020 de la ONU.

Hay quienes emigran porque así lo desean, pero también quienes se ven obligados a ello. A finales de 2019, las personas desplazadas a la fuerza eran más de 79.5 millones según ACNUR.

Sea algo elegido o no, los migrantes, con las raíces a miles de kilómetros, puede que nos sintamos como decía Gelman: como una “planta monstruosa”. Y habrá circunstancias en nuestra llegada a destino que suavizarán esa condición o la empeorarán.

Y esto, sin duda, puede repercutir en nuestra salud mental.

En la frontera entre la salud mental y el trastorno

El psiquiatara español Joseba Achotegui trabaja con temas relacionados con migración en la Asociación Mundial de Psiquiatría, de la que es secretario. A partir de 2002 empezó a ver que algo cambiaba. “Se cerraron las fronteras, empezaron políticas más duras contra la migración, la gente dejó de tener acceso a papeles, había una enorme lucha por la supervivencia”, cuenta a BBC Mundo.

Y esto se reflejó en cómo acudían los pacientes a su consulta: “Estaban indefensos, asustados, sin poder salir adelante”.

En concreto, vio que muchos migrantes que viven situaciones difíciles presentaban “un cuadro reactivo de estrés muy intenso, crónico y múltiple”.

Achotegui le puso nombre: Síndrome de Ulises.

Aclara el psiquiatra que esto no es una patología, ya que “el estrés y el duelo son cosas normales en la vida”, pero sí remarca la peculiaridad del síndrome que deja al migrante, de nuevo, en la frontera. Pero esta vez entre la salud mental y el trastorno.

Duelo migratorio vs. síndrome de Ulises

Normalmente asociamos la palabra “duelo” al sentimiento tras las muerte de un ser querido. Los psicólogos lo relacionan con cualquier pérdida que tenga el ser humano, como dejar un trabajo, la separación de una pareja o cambios en nuestro cuerpo.

“Cada vez que experimentamos un pérdida, tenemos que acostumbrarnos a vivir sin eso que teníamos y adaptarnos a la nueva situación. Es decir, hay que elaborar un duelo”, explica la psicóloga experta en duelo migratorio Celia Arroyo.

Así, el duelo migratorio está asociado a este gran cambio en la vida de una persona. Pero tiene características que lo hacen especial, ya que es un duelo “parcial, recurrente y múltiple”.

Paisaje de Caracas

Getty Images
Se puede sufrir duelo por el habla, las costumbres… O por el paisaje.

Parcial porque no es una pérdida total como ocurre con la muerte de alguien; recurrente porque con cualquier viaje, comunicación con el país o echar un simple vistazo a una fotografía en instagram puede reabrirse; y múltiple porque no es solo una cosa la que se pierde, sino muchas.

Joseba Achotegui agrupó estas pérdidas en 7 categorías. La más evidente suele ser la pérdida de la familia y los seres queridos. También está la pérdida de estatus social, algo que, dice Arroyo, suele pasar por la condición de migrante pero si, además, “el país de origen es xenófobo, supone una gran adversidad”.

Otro duelo que el migrante pasa es el de la pérdida de la tierra. Por ejemplo, extrañar un paisaje montañoso o los días llenos de sol.

Se suma el duelo del idioma, que será más fuerte en la medida en que se migre a un país con otra lengua. Puede ser una verdadera barrera para, por ejemplo, hacer un trámite burocrático y mandar un simple correo electrónico.

Por último, está la pérdida de los códigos culturales, que puede significar algo tan sencillo como no tener con quién “echar un pie” y bailar salsa o con quien compartir un mate.

Y, asociado a esto, y como último duelo, está la pérdida de contacto con el grupo de pertenencia, con aquellos con quien podemos hablar en los mismos códigos, que entenderán nuestros modismos y forma de ver la vida.

El síndrome de Ulises es cuando, además de tener que pasar estos siete duelos normales para un migrante, se hace en condiciones difíciles, explica Achotegui.

Ilustración persona migrante con preocupaciones a su alrededor.

BBC MUNDO
Hay varios detonantes que pueden estresar a una persona en el país de acogida.

Cuáles son los detonantes

“Cuando hay dificultades o se rechaza a la persona en la sociedad de acogida puede darse este síndrome”, explica Guillermo Fauce, profesor de Psicología en la Universidad Complutense de Madrid y presidente de Psicología sin Fronteras.

No es lo mismo llegar a un país nuevo con un trabajo ya estable que sin nada en firme; tener o no un techo y comida asegurados, entrar ya con visa o con un estatus legal por definir. Tener o no ciertas condiciones suma puntos y estrés.

El rechazo que puede tener más impacto es no tener papeles o no poder acceder a determinados recursos”, dice el psicólogo.

A su vez, Achotegui explica que esta situación hace que los migrantes no puedan salir adelante y genera tensión y problemas de supervivencia, otro detonante más.

Al coctel puede sumarse el no tener personas a nuestro alrededor que nos brinden apoyo, no solo material (donde vivir, comer, dormir), sino también emocional. “Muchos migrantes sufren situaciones de soledad, están aislados”, remarca Achotegui.

Fauce señala que también hay un apoyo simbólico que, de no darse, es otro detonante más. Se trata de que el entorno del migrante entienda y reconozca su condición, “que está pasando por un situación complicada, transitando muchos duelos y que se le permita un periodo de transición en la sociedad de acogida”.

Dos hombres en una fiesta.

Getty Images
Los expertos recomiendan hacer lazos con nuestra comunidad pero también con la sociedad de acogida.

A veces puede pensarse que “lo peor” ha pasado tras cruzar una frontera en malas condiciones, pero, en el país de acogida, la sensación de indefensión, de estar sin derechos y los posibles abusos laborales y sexuales pueden dar lugar a un cuarto detonante: el miedo.

Los expertos consultados añaden que esta situación de vulnerabilidad que puede dar lugar al síndrome de Ulises se hace mayor cuando se es mujer.

Qué nos puede pasar y cuándo estar alerta

Los síntomas pueden ser los mismos, dice Achotegui, que podemos tener cuando pasamos una mala época: dormimos mal, nos cuesta relajarnos, dolores musculares o de cabeza, enfado, nerviosismo, tristeza.

Fauce señala que, por un lado, se puede entrar en una suerte de estado depresivo y de tristeza, de encerrarnos en nosotros mismos y, por otro, estar hiperactivos y ansiosos, algo que al final nos va a quitar energía.

Esto puede hacer que el síndrome de Ulises se confunda con otras enfermedades mentales como depresión o estrés postraumático y que trate de medicalizarse.

Pero, en este caso, cuando se solucionan los obstáculos que dieron lugar al síndrome (hay trabajo, cierta estabilidad, menos estrés, etc,), desaparece.

“Si se sigue adelante, se consigue trabajo y hay una cierta estabilidad pero sigue habiendo síntomas, ahí hay algo más que evaluar y hay que intervenir de otra manera, porque puede que haya otra cosa ya del plano psiquiátrico, como un cuadro depresivo”, sostiene Achotegui.

Grupo de mujeres jugando al fútbol.

Getty Images
Hacer ejercicio y juntarse con la comunidad de origen pueden ayudar a bajar el estrés.

Así, cuando el malestar se convierte en permanente o impide que hagamos nuestra vida, hay que prender las alarmas. Otras muestras de alarma que señala Fauce son si aparecen ataques de ira, nuestras relaciones personales se ven afectadas o “se cogen atajos, como consumir drogas, alcohol, hay gastos desmesurados o se hacen deportes de riesgo”.

Qué hacer y qué no hacer

“Es fundamental crear una red de apoyo social, estar en contacto con otros inmigrantes y compartir vivencias”, señala Celia Arroyo. Para esto es bueno buscar migrantes de nuestra nacionalidad o grupos de apoyo específicos donde vivamos.

Al respecto, Achotegui dice que esto hace que haya “menos riesgo de trastorno mental”, pero quedarse muy anclado con nuestra comunidad puede hacer que se prospere menos. “Si no te metes en la sociedad de acogida, costará progresar. Es un equilibrio”.

Al final se trata de mantener “la raíz” con agua, pero no olvidarnos de nuestras hojas, del lugar donde reciben el sol.

También recomienda Achotegui hacer ejercicio y actividades que bajen el estrés.

Fauce remarca que “los cortes radicales no funcionan, ni las decisiones drásticas” ya sea respecto al país de origen o al de acogida y a las relaciones creadas en ambos.

Arroyo señala que, aunque es complicado dar un tiempo preciso, si tres meses después de haber conseguido una estabilidad el sufrimiento que sentimos no ha disminuido, es buen momento para pedir ayuda psicológica.

Qué pueden hacer los demás

La sociedad de acogida juega un papel importante, pero quien no ha vivido esta situación puede que no entienda qué implica el duelo migratorio ni el estrés sostenido que deriva en el síndrome de Ulises. Esto puede hacer que no sepamos cómo ayudar, qué decir o hacer.

Celia Arroyo recomienda que el entorno permita a quien esté esta situación que se exprese libremente y pueda hablar de qué le pasa y cómo se siente.

“Es importante no minimizar su sufrimiento ni generar falsas esperanzas” ante un futuro que es incierto cuando, por ejemplo, hay una visa o un trabajo que no llega.

Como en cualquier duelo, hay que evitar frases del estilo “ya se te pasará”, “no es para tanto”, “eso son miedos tuyos” o “todo saldrá bien”.

Achotegui sugiere ni compadecer ni victimizar: “Hay que acercarse con respeto, incluso con cierta admiración. El migrante es una persona fuerte, alguien que está yendo hacia adelante”.

A la vez, es importante respetar su cultura, mentalidad y cosmovisión.

Si nos cuesta conectar emocionalmente con alguien en esta situación, Fauce recuerda que todos hemos sufrido alguna pérdida y que es un buen ejercicio conectar con la emoción que tuvimos para empatizar con el migrante. Y pensar que, como escribió la uruguaya Cristina Peri Rossi, emigrar, partir al fin, es siempre partirse en dos.


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