Sin dinero y 'a garrotazos', así combaten en Nahuatzén la tala ilegal
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Manu Ureste

Sin dinero y 'a garrotazos', así combaten comunitarios de Nahuatzén la tala ilegal

"Hemos batallado mucho para poner un freno a quienes atacan al bosque. Para nosotros, el bosque es algo sagrado", dicen comunitarios de Nahuatzén.
Manu Ureste
2 de marzo, 2020
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Con las cicatrices aún frescas de tres balazos que estallaron en el cristal delantero, una vieja camioneta avanza renqueante por senderos sinuosos hasta adentrarse en la profundidad de los montes de Nahuatzén, en la meseta purépecha del estado de Michoacán.

La camioneta la maneja un integrante de la ronda comunitaria; un grupo de policías purépechas que desde 2015, cuando los vecinos de la localidad siguieron el ejemplo de lo sucedido en Cherán en 2011 y expulsaron a los partidos políticos y a la policía municipal por la corrupción y la violencia, tomó el control de la vigilancia del pueblo.

Aunque tomar el control no sería la palabra exacta.

Desde noviembre de 2017, el Tribunal Electoral michoacano reconoció al consejo comunal de Nahuatzén el derecho a autogobernarse sin partidos políticos. Pero, en los últimos dos años, la comunidad ha enfrentado -y enfrenta- múltiples problemas con el todavía existente gobierno municipal de Nahuatzén y con las autoridades del gobierno michoacano.

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Derivado de esos problemas, una Misión Civil de Observación, integrada por organizaciones como Serapaz o el Centro Pro de Derechos Humanos, entre muchas otras, documentó agresiones por parte de la policía estatal en contra de los comuneros de Nahuatzén, el encarcelamiento de dos concejales y de otro comunero, y la “asfixia presupuestaria” del consejo comunal, al que no le llegan los recursos de la Federación que por ley le corresponde para ejercer su autogobierno.

Lo anterior ha mermado notablemente la capacidad operativa del consejo comunal.

Y a la ronda comunitaria, también.

Efraín Avilés, vocero del consejo indígena de Nahuatzén, explica que hace unos cuatro años la ronda comunitaria tenía 120 elementos, a los que se equipó con chalecos antibalas, uniformes tácticos, botas, y un par de patrullas.

Pero hoy, ante la falta de recursos, la ronda solo tiene 36 elementos que, además, no reciben un salario, que ya no tienen chalecos, ni uniformes, ni botas, y que siguen dando rondines en las dos viejas patrullas que tienen impactos de bala en los cristales.

El resultado: un grupo de apenas cuatro policías purépechas va ahora arriba de la camioneta tratando de cuidar una enorme extensión de monte sin más armas que las palabras y los puños para enfrentarse a los talamontes que, ante la precariedad de los guardabosques y la falta de oportunidades laborales, han vuelto a brotar con fuerza en Nahuatzén y en otras localidades vecinas, como Comachuén.

“Hace un par de años logramos detener la tala ilegal hasta en un 85%. Pero ahorita ya no podemos. Estamos volviendo a lo de antes”, asegura Sergio Ramírez, uno de los conejales mayores del consejo indígena, que va sujeto a los hierros de una de las camionetas que va rumbo hacia el invernadero que el consejo abrió arriba del cerro.

Mientras habla, el vehículo va dejando tras de sí una estela de polvo y un paisaje donde, a simple vista, se aprecian los efectos de la tala masiva: hay troncos cercenados y ramas regadas por extensas ‘calvas’ de tierra.

Cuando dice que están “volviendo a lo de antes”, Sergio se refiere a hace unos cinco años, aunque rápido matiza que ese “antes” era todavía mucho peor que ahora.

En aquel entonces, toda la zona estaba dominada por el crimen organizado, que cobraba extorsiones y ‘derechos de piso’ al por mayor, tanto a los aserraderos, como a cualquier campesino que se acercara al monte a cortar unos cuantos troncos.

Sacar a los malandros del pueblo les costó mucho, enfatiza Sergio que aún luce los restos de un tatuaje en la piel morena del brazo derecho.

Fueron años de barricadas, de las que aún quedan abandonadas por las carreteras de la comunidad, como si fueran vestigios del paso de una guerra. Fueron años de armarse cada quién como pudiera, de enfrentamientos con quienes tenían al pueblo en permanente toque de queda, de balaceras, y de comuneros que aparecían muertos en los caminos de terracería con el rocío escarchado de la madrugada.

Ahora, la situación es otra.

El narco se mantiene a raya, por ahora. Aunque cada vez más, la gente se está lanzando al monte a buscar madera para sacar unos pesos.

“La tala se nos está saliendo un poco de control”, admite Sergio, al tiempo que la camioneta se encuentra de frente con un campesino montado a caballo que detiene su marcha en seco.

A simple vista, el hombre no trae armas. A lo sumo, el clásico machete que la mayoría en la zona lleva siempre pegado al cinturón.

Los guardabosques se miran unos a otros y el ambiente se torna tenso.

A lo lejos, el campesino se lleva la mano al sombrero. Saluda sin perder el gesto hosco, mientras, con la otra mano, tira de una lona azul para tratar -torpemente- de ocultar la mercancía que lleva en un viajo carromato: decenas de troncos gruesos de pino recién cortados.

Los guardabosques se dan cuenta del movimiento, pero asienten con la cabeza, regresan el saludo, y el hombre pasa con sus troncos ilegales.

Ante la escena, Sergio se encoge de hombros. Explica que para mucha gente en el pueblo “cortar unos pinos para luego fabricar muebles y venderlos” es prácticamente su única salida para subsistir en un municipio donde, según cifras oficiales, 8 de cada 10 de sus habitantes viven en condiciones de pobreza, y donde la alternativa es subir al monte, o emigrar, o acabar en la maña. No hay muchas más.

“Desafortunadamente -comenta el concejal agarrado de los fierros de la batea y aguantando como si fuera un vaquero arriba de una res brava los embistes violentos que da la camioneta a su paso por los senderos escarpados y llenos de baches-, si la gente no tiene otra forma de obtener un ingreso para dar de comer a su familia, tampoco podemos estar deteniéndolos a cada rato”.

“Nadie nos ayuda a defender el bosque”

Una hora y media después de partir desde la casa comunal de Nahuatzén, en la cabecera municipal donde hay calles pintadas con murales que aseguran que en el pueblo “no queremos a los partidos políticos”, la camioneta de los policías purépechas hace cumbre en una pequeña meseta, donde hay una basta extensión de campo cercado por vallas metálicas y una balsa de agua para riego.

Los policías y el concejal Sergio acceden al lugar, y rápido sale al encuentro Arnulfo Espino, un hombre de 60 años que viste una camisa de cuadros roja, pantalones tejanos y un sombrero estilo cowboy.

Las manos grandes y el rostro angosto de Arnulfo están agrietadas y polvorientas por el paso de los años, y por el desgaste del trabajo en el campo desde que prácticamente era un niño imberbe.

Por eso, por su experiencia, lo escogieron a él para cuidar del invernadero con el que el consejo comunal de Nahuatzén pretende ir reforestando lo que los talamontes devoran a diario, como si fueran termitas en una tienda de muebles.

“Todos los días vienen los talamontes, todos”, dice con el ceño fruncido el campesino, que está parado junto a una plantación de cientos de pinos que apenas sobresalen unos centímetros del suelo arcilloso del invernadero.

“Le hemos batallado mucho para poner un freno a quienes atacan al bosque. Para nosotros, el bosque es algo sagrado, porque sin bosque no hay agua, no hay animales, y tampoco hay vida”, dice con la mirada puesta en sus pinos, para los que asegura que tampoco cuenta con fertilizantes “para ayudarlos a que crezcan más rápido” y así acortar el proceso de reforestación.

“Pero a los presidentes eso no les importa -añade acariciándose el mentón por donde una barca grisácea brota desde la barbilla hasta el bigote formando un candado-. Por eso nunca han puesto un pie acá y por eso nadie nos ha echado la mano para defender el bosque”.

Y lo peor del caso, abunda Arnulfo, es que ahora que ya tienen su propio consejo y su propia ronda comunitaria “tampoco los dejan trabajar” porque los recursos no están llegando por el pleito con los gobiernos municipal y estatal. Y sin dinero, el sueño del autogobierno está muy complicado. Casi imposible.

“Nosotros solo pedimos que nos den los recursos que nos corresponde como consejo comunitario y que nos dejen trabajar para detener la taladera de nuestro monte”, hace hincapié el campesino, que sostiene entre sus grandes manos ocres uno de los pinos que, tal vez en meses, sirva para repoblar la vida del bosque que da la vida a Nahuatzén.

A garrotazos

Abel Sánchez, jefe de los pocos guardabosques que aún quedan en Nahuatzén, no viste ningún uniforme policiaco ni militar.

Como el resto de la ronda comunitaria, lleva un pantalón de mezclilla, un polo azul claro, y una gorra de béisbol. Poco más.

Arriba de la batea de la camioneta, ya de vuelta al pueblo antes de que termine de caer el ocaso anaranjado de la tarde, Abel lamenta que proteger el bosque se ha vuelto una tarea cada más más complicada y peligrosa, por la que muy pocos quieren arriesgar la vida. Y que conste que no lo dice como reproche, matiza a colación. Nadie trabaja de gratis, por mucho que se quiera al pueblo y a la comunidad. Y menos si en ello va implícito arriesgar la vida ante los delincuentes.

“Nosotros no vamos armados, no traemos nada porque no tenemos dinero para comprarlas”, insiste el hombre quien, no obstante, dice conciliador que los guardabosques “no son gente de violencia”.

“Siempre tratamos primero de hablar con los vecinos -recalca-. Les explicamos que no pueden llevarse tanta cantidad de árboles porque todos tenemos que cuidar el bosque. La mayoría lo entiende, aunque siempre sale por ahí algún rebeldito que no quiere entenderlo”.

¿Y qué pasa con esos que no entienden? -se le pregunta a Abel, a lo que éste, responde espontáneo con una sonrisa burlona.

“Entonces, de las palabras pasamos a los puños y a los garrotazos, como se ha hecho toda la vida”.

A unos 11 kilómetros del bosque, en Comachuén, la localidad vecina que desde el 2018 también consiguió el reconocimiento del Tribunal Electoral de Michoacán como comunidad que se autogobierna sin partidos políticos ni policía local, Virginia explica que la situación de la tala ilegal en su comunidad es idéntica a la de la cabecera Nahuatzén.

Aunque ella sí va uniformada con botas, pantalón y polo azul marino -al estilo de la Policía Federal-, la ronda comunitaria de Comachuén tampoco porta armas porque no tienen el dinero para comprarlas, y también porque legalmente aún no están autorizados para portarlas.

Por ello, su única autoridad en la calle y en los campos de la comunidad es la simbólica que le otorgó el pueblo. Y con eso, asegura Virginia, les alcanza para hacerse respetar y para imponer el orden.

“Cuando pillamos a los talamontes les quitamos los caballos y entonces tienen que venir a la presidencia comunal a pagar para poder recuperarlos. A veces, traemos tres y cuatro caballos por día. Pero también se nos escapan muchos”, expone la mujer.

En cuanto a si no reciben ayuda de otros cuerpos policiacos para cuidar los montes, Virginia encoge los hombros y sonríe resignada.

A veces, reciben apoyo de la policía estatal michoacana, dice. Pero la mayor parte del tiempo es ella y sus compañeros los que enfrentan “a los malos” con palabras o “a los puros golpes”, como sus compas de la ronda comunitaria de Nahuatzén.

Aunque, en otras ocasiones, también tienen que mirar para otro lado.

“Acá todos sabemos quiénes son los que suben al monte para cortar unos pocos troncos, y quiénes son los que suben con camionetas y armados”, asegura la policía, enigmática.

“Los que van con armas siempre se organizan en grupitos, nunca suben solos. Y cuando vemos que son ellos, mejor solo pasamos de largo y no nos acercamos…”, dice Virginia, que clava la mirada en sus botas negras recién boleadas con grasa y cierra los puntos suspensivos con una sentencia cargada de lógica: “Porque sin armas no podemos hacerles nada”.

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GameStop: los inversores aficionados que se enfrentan a Wall Street

Un estudiante, un ingeniero y una enfermera. La BBC habló con algunos de los inversores minoristas afectados por el escándalo de GameStop, quienes aseguran que "los grandes fondos de inversión apoyan un mercado libre capitalista solo cuando les conviene a ellos".
30 de enero, 2021
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Antes de la pandemia, Alex Patton nunca había pensado en convertirse en un inversor aficionado.

Pero ahora, tras el alza frenética de las acciones de GameStop, una cadena de tiendas de videojuegos, es un veterano de los mercados financieros.

Antes del COVID no sabía nada sobre inversiones“, señaló el ingeniero de ciberseguridad de 28 años que vive en Kingston upon Thames, al suroeste de Londres.

Pero después de que el mercado de valores sufriera una fuerte caída en marzo del año pasado y asestara un golpe a sus ahorros para una pensión, Patton decidió que debería, como él mismo dice, “asumir un papel más activo en la gestión de mi dinero”.

Al tener doble nacionalidad británica y estadounidense, el ingeniero no tuvo problemas para abrir una cuenta con la plataforma estadounidense Robinhood, la corredora de inversiones minoristas en el centro del escándalo de GameStop.

Animado por sus amigos, Patten comenzó a revisar el foro “WallStreetBets” en la red social Reddit.

“Un amigo me dijo: ‘Deberías echarle un vistazo a GameStop’. Y me di cuenta de que algunas personas en Reddit hacen un trabajo realmente impresionante investigando acciones”.

Posición arriesgada

Los principales hedge funds (fondos de cobertura o fondos de inversiones de alto riesgo) habían apostado miles de millones de dólares a que las acciones de GameStop caerían, debido a que su modelo de negocios está basado en ventas físicas que han sido superadas por ventas en línea.

La investigación en Reddit indicó que las posiciones tomadas por los vendedores en corto representaban más del 100% de las acciones existentes de GameStop, señaló Alex.

(En una “venta en corto” se toman prestadas acciones de un corredor por un interés relativamente bajo para venderlas, con la intención de volver a comprarlas una vez que su precio haya caído aún más. La diferencia entre el precio más bajo y el más alto es la ganancia que obtiene el fondo de inversión).

“La gente había realizado investigaciones que mostraban la posición de riesgo en la que se encontraban esos hedge funds o fondos de cobertura. Y pensamos: ‘Podemos aprovechar eso. Esta es una oportunidad'”.

Los inversores aficionados comenzaron a comprar frenéticamente acciones de GameStop e hicieron subir el precio de las acciones en más de un 700% en una semana.

Patton invirtió US$1,000 en acciones de GameStop y obtuvo una ganancia de US$2,000. Pero fue uno de los afortunados que se salió a tiempo.

“La teoría era que a medida que el precio continuaba subiendo, los fondos de inversión que habían vendido en corto se verían obligados a comprar esas acciones a cualquier precio para evitar mayores pérdidas y cerrar sus posiciones en corto”, afirmó.

Pero la actividad atrajo la atención de los reguladores de la bolsa esta semana, y los inversores minoristas se vieron repentinamente excluidos por sus plataformas de negociación, incapaces de seguir comprando acciones de GameStop y de otras empresas.

Los precios cayeron bruscamente, lo que permitió que los fondos se salieran de su apuro.

“Los reguladores asumen que los inversores minoristas no podemos gestionar nuestro riesgo, mientras que los grandes fondos han asumido un riesgo enorme, un riesgo increíble, y simplemente se les permite continuar con sus actividades como de costumbre”, señaló el ingeniero.

Aunque Patton salió económicamente ileso, considera que la intervención de los reguladores fue una injusticia.

Existe una enorme brecha entre la clase media ordinaria, la gente de clase trabajadora, y estos fondos que tienen miles de millones“, señaló. “Otros inversores aficionados están sufriendo mucho más por esto que yo”.

“No es un libre mercado”

Myron Sakkas

MYRON SAKKAS
Myron Sakkas: “Los grandes inversores apoyan un mercado libre capitalista solo cuando les conviene a ellos”.

Myron Sakkas, de 18 años, es oriundo de la ciudad de Coventry en Inglaterra y estudia en la Universidad de Warwick.

Myron perdió 30 libras esterlinas (cerca de US$40) en acciones de GameStop, que tuvo durante “un par de horas” y vendió cuando vio lo que estaba sucediendo.

El estudiante tiene una cuenta en la plataforma Trading 212 desde agosto del año pasado y espera ingresar a la banca de inversión después de graduarse.

Sakkas aseguró estar desilusionado por lo que ve como una “manipulación del mercado” dirigida contra personas como él.

Para el estudiante había un objetivo claro en las “guerras de acciones” de GameStop, como él las llama: “los responsables de la crisis financiera de 2008 que nunca debieron rendir cuentas”.

“Entendemos que existen peligros, pero aquí no había un riesgo real de un colapso en la bolsa. La intervención fue generada por personas que protegen los intereses corporativos y las personas comunes fueron otras vez los grandes perjudicados“.

“Cuando la gente común intenta ganar dinero en un sistema en el que sólo los inversores ricos pueden hacerlo, eso es lo que sucede”, señaló Sakkas a la BBC.

Esos grandes inversores apoyan un mercado libre capitalista solo cuando les conviene a ellos. Lo que vimos ahora no fue un mercado libre y llevó a que mucha gente común perdiera mucho dinero”.

Sakkas señala que su cuenta sigue bloqueada y no puede usarla mientras se verifica su identidad.

Pero afirma que cuando vuelva a tener acceso retirará los US$1,000 que tiene en su cuenta.

“Tal vez deje de invertir por un tiempo”, señaló. “Tengo otras cosas que hacer”.

No parece correcto

Melissa Holdren

MELISSA HOLDREN
Melissa Holdren es muy crítica de las acciones de Wall Street.

En las redes sociales los inversores aficionados instaron a sus compañeros a retener sus acciones para evitar pérdidas adicionales, mientras cuestionaban al mismo tiempo a las plataformas que restringieron sus cuentas.

Melissa Holdren, una enfermera de 43 años que vive en Massachusetts, Estados Unidos, estaba tan indignada con la acción de las plataformas de inversión que compró acciones de una de las empresas afectadas.

Holdren usó su cuenta en Fidelity, una importante corredora conocida por sus fondos mutuos, para comprar acciones por un valor de US$500 en la cadena de cines AMC Entertainment.

Fue algo nuevo para la enfermera, que siempre ha confiado en las grandes empresas para administrar las inversiones de su jubilación.

“Me parece muy cuestionable que una corporación privada pueda bloquear en forma unilateral la compra de acciones”, afirmó.

“No parece correcto. Si les preocupa la volatilidad del mercado, ¿por qué están bloqueando sólo un lado de las transacciones?”

Holdren, cuyo abuelo se ganaba la vida como corredor de bolsa independiente, sabe que puede perder dinero si caen las acciones de AMC. Pero espera que su pequeña inversión ayude a sobrevivir a la cadena de cines.

La enfermera es muy crítica de las acciones de Wall Street.

“En general, necesitamos repensar muchas de nuestras estructuras financieras”, aseguró.

Después de la crisis de 2008 quedó claro que gran parte del mercado financiero estaba divorciado de la realidad de una manera que no era saludable“.

“Que se preocupen tanto de lo que está pasando en Reddit en este momento en lugar de preocuparse del panorama más amplio es engañoso”.


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