'Un contagio es muy peligroso': Diabéticos e hipertensos ante COVID-19
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'Para mí un contagio es muy peligroso': Personas con diabetes e hipertensión ante el coronavirus

Las personas que tienen estos padecimientos escuchan todos los días en medios de comunicación o en boca de sus familiares el alto riesgo en el que están. ¿Cómo lo enfrentan?
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19 de abril, 2020
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“Me da miedo pensar que me ataque el virus y saber que corro el riesgo de perder la vida”, dice Erubiel Padilla, un hombre de 44 años, que hace cuatro fue diagnosticado con diabetes.

En las estadísticas que presenta la Secretaría de Salud todos los días en la conferencia vespertina sobre COVID-19, el número mayor de fallecidos está entre quienes padecen hipertensión o glucosa elevada en sangre.

Entérate: COVID-19 no solo pega a gente mayor, OMS pide que se tomen medidas de precaución sin importar la edad

De entre las personas que han perdido la vida a causa de este coronavirus, 43% tenían problemas de presión arterial alta y 37.3% diabetes. La siguiente mayor condición de riesgo es la obesidad, 32.6% de quienes murieron por COVID la presentaban.

La recomendación principal para bajar el riesgo, además de seguir las recomendaciones médicas de alimentación, ejercicio y los fármacos para mantener controlados los niveles de presión arterial y azúcar, es el aislamiento domiciliario. Pero este y la angustia de ser grupo de riesgo puede jugar en contra de la salud emocional y física.

Francisco Ascención está acostumbrado a salir. De lunes a viernes dejaba su casa a las 8 o 9 de la mañana y no regresaba hasta las 6 o 7 de la tarde. Es abogado y debe andar en los juzgados resolviendo asuntos legales de sus clientes. Desde hace 10 años trabaja como independiente.

En estos días no puede salir de su casa en el Estado de México. Tiene 63 años y desde hace más de 20 le diagnosticaron diabetes. En 2017 tuvo una infección y luego un infarto. Lo intubaron y logró sobrevivir. Lleva desde finales de marzo en estricto aislamiento domiciliario para evitar contraer el virus SARS-COV2, causante de la enfermedad COVID-19.

“Sé que para mí un contagio es muy peligroso así que no he salido. La verdad es que es difícil. Escuchar las noticias, saber que estás entre los grupos de mayor riesgo, da miedo. Pero también es desesperante no salir, no poder seguir con el trabajo”, cuenta Francisco.

A casi un mes de estar aislado en casa y sin que haya podido aplicar el trabajo a distancia dada su profesión, dice que ya tiene cambios de humor.

“Me altero a ratos, también me deprimo, después me vuelvo a animar, empiezo a tratar de concentrarme en organizar pendientes, pero luego viene otra vez la depresión, ya no me dan ganas de hacer nada, pienso que si esto es tan riesgoso para qué me preocupo si a la mejor no la libro. Paso por todos los estados de ánimo en una semana”.

Algo muy similar vive Erubiel Padilla. Él también está aislado en su casa en Ciudad Juárez, Chihuahua, desde principios de abril. Tampoco puede trabajar desde su hogar. Él se ocupa conduciendo un Uber.

“No he podido trabajar, afortunadamente tengo otros coches que conducen personas sin condición de riesgo, como la mía, y de ahí me entran ingresos, pero mucho menores a lo normal porque el trabajo ha bajado”.

Para no angustiarse de más frente a lo económico y el riesgo de contraer COVID se ocupa en lo que puede. Lee, organiza juegos de mesa con sus hijas, se entretiene viendo series. Dice que eso le ayuda a darle la vuelta a los pensamientos angustiantes cuando lo empiezan a bombardear.

Los dos, Francisco y Erubiel, tienen un estrés adicional, sus parejas siguen yendo a trabajar.

La esposa de Francisco trabaja en una consultora que no pertenece a un sector esencial. Pero la empresa no quiere parar. Lo más que le han permitido es ir a la oficina una semana sí y una no. Cuando va, debe tomar el transporte colectivo, con el riesgo que eso implica para ella y para su pareja.

La que sí trabaja en un sector esencial es la esposa de Erubiel. Ella es laboratorista químico, pero desde hace dos meses está en la parte de administración. Podría trabajar desde casa pero por ahora sigue yendo a la clínica donde labora.

Las estrategias frente al miedo

Alejandra López Montoya, coordinadora del Proyecto de Salud Mental en la Facultad de Psicología de la UNAM, dice que para lidiar con la angustia y el estrés que les puede generar a las personas de los grupos de mayor riesgo la epidemia de COVID-19 hay varias tácticas a seguir.

Primero es necesario entender que tener miedo o sentir ansiedad ante un escenario como este es algo normal, sobre todo para quienes tienen diabetes o hipertensión, “es una respuesta natural del organismo que se prepara para responde frente a un peligro”.

Esto solo sale de los parámetros normales si la ansiedad escala y todo el tiempo se está en estado de alerta o con pensamientos de tipo intrusivo sobre el contagio o la muerte. En este caso habría que buscar el apoyo de un especialista.

Si no, lo que hay que hacer es seguir todas las indicaciones médicas para mantener controlada la condición de riesgo, tomar la medicación indicada, checarse los niveles de azúcar y presión, observar la dieta, ingerir agua suficiente, y aprovechar el confinamiento para dormir bien y hacer ejercicio.

Además hay que seguir al pie de la letra las recomendaciones de la autoridades respecto a no salir de casa, no recibir visitas, lavarse las manos y mantener los espacios limpios.

Cuando se presente el miedo o la angustia, dice López Montoya, estas medidas de auto cuidado ayudarán a serenarse. “Nos podemos dar indicaciones a nosotros mismos de tranquilo, tranquila, puedo relajarme, me estoy cuidando. Y cuestionar nuestros pensamientos: qué tanto me ayuda estar pensando que me voy a contagiar”.

Aunado a lo anterior, explica, “también nos podemos proponer alternativas, cada persona puede pensar en qué le ayuda a sentirse más tranquilo: leer, ver la televisión, hablar con la familia o los amigos en el chat, en el teléfono, rezar, y poner eso en practica para calmarse”.

Hay que aprender también a respirar, “sentarnos en una silla, en la cama, inhalar profundo, hasta que se infle el estómago, y después exhalar lento, esa respiración profunda ayuda al cuerpo a volver a un estado de tranquilidad”.

Si los familiares o conocidos le están constantemente recordando a la persona el riesgo que tiene, “debemos entender que seguramente para ellos esto también es una forma de expresar la angustia, quizá su forma de enfrentar el estrés es reiteramos el riesgo, porque nos quieren, si eso nos genera más angustia hay que hablarlo”.

Y la familia lo que puede hacer, a su vez, para no generarle más presión a la persona, “en lugar de decir no puedes salir, hay que decir, bueno, pues ahora nadie sale más que para lo esencial e irá solo uno y todos vamos a cuidarnos”.

Respecto al estrés que genera todo el tiempo estar en casa, y esto no solo para las personas que están en los grupos de riesgo si no en general, la táctica es pensar que esto es algo temporal.

“Hay que pensar que después poco a poco vamos a ir recobrando nuestras actividades, que ahora es momento de cuidarnos todos, juntos, unos a los otros, y no estar pensando ay, ahorita estaría afuera o ahorita debería estar haciendo esto, porque eso nos abruma más”.

Lo mejor, aconseja la especialista, es tratar de seguir una rutina. “Bañarnos a la misma hora, como si fuéramos a ir a la oficina, vestirnos y ocuparnos. Si no podemos hacer trabajo desde casa, hay que aprovechar para generar nuevas habilidades, quizá hasta darnos el tiempo para aprender a respirar, para conocernos, para hablar con la familia y arreglar eso que anda pendiente, ver cómo nos apoyamos todos con las tareas en casa, todo eso que el ritmo acelerado no nos deja hacer”.

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Rusia y Ucrania: las razones de Estados Unidos y la OTAN para no enviar tropas a Kiev

En el pasado, las tropas de Estados Unidos y de la OTAN intervinieron en conflictos en países que no pertenecían a la alianza como Bosnia o Afganistán.
26 de febrero, 2022
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El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, ha gastado un enorme capital diplomático en contrarrestar el ataque ruso a Ucrania.

Su gobierno transmitió implacablemente advertencias sobre una posible invasión inminente por parte de Moscú, que finalmente se materializó, y declaró que estaba en juego nada menos que el orden internacional.

Pero Biden también ha dejado en claro que los estadounidenses no están dispuestos a combatir, aunque los rusos claramente lo están.

Además, descartó enviar fuerzas a Ucrania para rescatar a ciudadanos estadounidenses, si llegara el caso. De hecho, sacó del país tropas que estaban sirviendo como asesores y monitores militares.

¿Por qué ha trazado el mandatario esta línea roja en la crisis de política exterior más importante de lo que lleva de presidencia?

No están en juego sus intereses de seguridad nacional

En primer lugar,hay que recordar que Ucrania no está en el vecindario de EE.UU. ni se encuentra en su frontera. Tampoco alberga una base militar estadounidense. No tiene reservas estratégicas de petróleo y no es un socio comercial importante.

Pero esa falta de interés nacional no ha impedido en el pasado que gobiernos estadounidenses hayan gastado sangre y recursos de su país para defender a otros.

En 1995, Bill Clinton intervino militarmente en la guerra que siguió al colapso de Yugoslavia. Y en 2011, Barack Obama hizo lo mismo en la guerra civil de Libia, alegando tanto motivos humanitarios como de derechos humanos.

Tropa de Estados Unidos en Bosnia en 1995.

Getty Images
Estados Unidos envío tropas que formaron parte del contingente de la OTAN en 1995.

En 1990, George HW Bush justificó su coalición internacional para expulsar a Irak de Kuwait defendiendo el Estado de derecho frente a la ley de la selva.

Los principales funcionarios de seguridad nacional de Biden han usado un lenguaje similar al describir la amenaza de Rusia a los principios internacionales de paz y seguridad.

Pero, hasta ahora, han hablado de una guerra económica a través de sanciones paralizantes como respuesta, no de operaciones militares.

Biden no es partidario del intervencionismo militar

Esta postura tiene algo que ver con los instintos no intervencionistas del presidente Biden.

Por supuesto, estos se fueron desarrollando con el paso del tiempo. En el pasado, por ejemplo, el actual mandatario apoyó la acción militar estadounidense en la década de 1990 para hacer frente a los conflictos étnicos en los Balcanes.

También votó a favor de la invasión estadounidense de Irak en 2003. Pero, desde entonces, se ha vuelto más cauteloso a la hora de usar el poder militar estadounidense.

Así, se opuso a la intervención de Obama en Libia, al igual que a su decisión de incrementar las tropas en Afganistán. De igual modo, sigue defendiendo enérgicamente su orden de retirar las fuerzas estadounidenses de Afganistán el año pasado a pesar del caos que la acompañó y la catástrofe humanitaria que dejó a su paso.

Por su parte, el jefe diplomático de su gobierno, Antony Blinken —quien ha ayudado a concebir la política exterior de Biden— ha definido una seguridad nacional estadounidense más enfocada a combatir el cambio climático, luchar contra las enfermedades globales y competir con China que en términos de intervencionismo militar.

Los estadounidenses tampoco quieren una guerra

Una encuesta reciente de la agencia AP y el Centro NORC para la investigación de Asuntos Públicos de la Universidad de Chicago concluyó que 72% de los consultados en EE.UU. dijo que su país debería desempeñar un papel menor en el conflicto entre Rusia y Ucrania, o ninguno en absoluto.

Carteles con el precio de la gasolina en una estación de servicio en Estados Unidos.

Getty Images
Los estadounidenses están más preocupados por la economía que por la geopolítica.

Los ciudadanos centran sus intereses en cuestiones económicas, especialmente en el aumento de la inflación, algo que Biden debe tener en cuenta a medida que se avecinan las elecciones de mitad de período.

En Washington, la crisis en Ucrania está en el centro de las preocupaciones de legisladores tanto republicanos como demócratas, que exigen sanciones más duras contra Rusia.

Pero incluso voces de línea dura como el senador republicano Ted Cruz no quieren que Biden envíe tropas estadounidenses a Ucrania y “comience una guerra con Putin”.

El senador republicano Marco Rubio, otro halcón de la política exterior, ha dicho que la guerra entre las dos potencias nucleares más grandes del mundo no sería buena para nadie.

El peligro de una confrontación de superpotencias

Buena parte de esta postura se explica en el hecho de que Putin cuenta con una gran reserva de ojivas nucleares.

Biden no quiere provocar una “guerra mundial” al arriesgarse a un enfrentamiento directo entre tropas estadounidenses y rusas en Ucrania y ha sido claro al respecto.

Balance fuerzas militares entre Rusia y Ucrania.

BBC
Desfile militar en Rusia.

Getty Images
Además de armas nucleares, Rusia cuenta con un potente arsenal convencional.

“No es como si estuviéramos lidiando con una organización terrorista”, dijo el mandatario estadounidense a la cadena NBC a principios de este mes. “Estamos lidiando con uno de los ejércitos más grandes del mundo. Esta es una situación muy difícil y las cosas podrían descontrolarse rápidamente”, apuntó.

EE.UU. no está obligado a actuar

EE.UU. tampoco está obligado por ningún tratado internacional a asumir este riesgo.

Una situación distinta ocurriría si Ucrania fuera parte de la OTAN, pues en esa organización se asume que un ataque contra cualquiera de sus miembros es un ataque contra todos. Ese es el compromiso fundamental del Artículo 5, que obliga a todos los miembros a defenderse unos a otros.

Pero Ucrania no es miembro de la OTAN, un factor citado por Blinken para explicar por qué los estadounidenses no lucharán por los valores que defienden con tanta energía.

Aquí hay cierta ironía, dado que el conflicto surge de las demandas de Putin de garantías de que nunca se permitirá que Ucrania se una a la alianza militar y de la negativa de la OTAN a dárselas.

Tampoco la OTAN está obligada a hacerlo

Paradójicamente, el compromiso de defensa mutua establecido en el Tratado de la OTAN es el principal incentivo que tiene Ucrania para solicitar la admisión en esa alianza y, al mismo tiempo, uno de los motivos por los cuales algunos de sus estados miembros no quieren admitir a Kiev.

Gráfico

BBC

Desde inicios de la década de 1990, el tema de la ampliación de la OTAN para incluir a países que pertenecieron a la antigua órbita soviética fue motivo de debate entre expertos en política exterior, entre los cuales hay quienes creen que esto podría generar una reacción negativa por parte de Rusia, que podía sentirse amenazada por la inclusión en la alianza de países con los que comparte fronteras.

Pese a esas objeciones, la alianza se amplió y desde 1997 ha incluido entre sus miembros a 14 países que proceden del antiguo bloque comunista. Ha habido, sin embargo, dos notables excepciones: Georgia y Ucrania.

En 2008, la OTAN hizo una declaración en la que señaló que estos dos países podrían ser finalmente admitidos, pero esto no ha ocurrido.

De hecho, muchos analistas apuntan que no es casual que, justo meses después de esa cumbre de la OTAN, se produjo la guerra en Georgia mediante la cual separatistas prorrusos tomaron el control de los territorios de Abjasia y de Osetia del Sur.

Soldados de Ucrania en Donetsk.

Getty Images
En 2014, las fuerzas armadas de Ucrania perdieron el control de Donetsk y Luhansk ante grupos prorrusos.

Una situación similar se repitió en 2014, cuando pocos meses después de las revueltas populares que llevaron a la caída del gobierno del presidente prorruso de Ucrania Víktor Yanukóvich, se registraron las rebeliones en Donetsk y Luhansk, en las cuales grupos prorrusos asumieron el control de esos territorios de Ucrania.

Al igual que el gobierno de Biden, la OTAN ha criticado con dureza la invasión rusa a Ucrania. Su secretario general, Jens Stoltenberg, dijo que se trata de “un acto brutal de guerra”. Pero, de ahí a intervenir militarmente en defensa de Kiev, hay un abismo que la alianza no parece estar dispuesta a cruzar por el momento.

¿Puede cambiar esto?

El presidente Biden ha estado enviando tropas a Europa y redistribuyendo las que ya están allí, para reforzar a los aliados de la OTAN que limitan con Ucrania y Rusia.

Esto ha sido anunciado por su gobierno como un esfuerzo para tranquilizar a las exrepúblicas soviéticas, nerviosas por el objetivo más amplio de Putin de presionar a la OTAN para que haga retroceder las fuerzas de su flanco oriental.

El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg.

Getty Images
El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, ha criticado duramente la invasión rusa.

Este esfuerzo ha implicado también a la alianza, que durante los meses previos de tensión entre Rusia y Ucrania ha movilizado miles de efectivos y de recursos militares hacia el este de Europa, pero no con la finalidad de proteger a Ucrania sino para reforzar la protección de sus miembros en esa región como Polonia, Estonia, Letonia, Lituania y Rumania.

Pero la invasión de Ucrania esta semana avivó las preocupaciones sobre la perspectiva de un conflicto más amplio, ya fuera por un derrame accidental de las hostilidades o por un ataque deliberado de Rusia más allá de Ucrania.

Esto último implicaría una gran escalada de la tensión, pues abriría la puerta a invocar el compromiso de defensa mutua del Artículo 5 de la OTAN. No obstante, cualquiera de esos dos escenarios podría atraer a las fuerzas estadounidenses a una batalla.

“Si [Putin] entra en los países de la OTAN, nos implicaremos“, advirtió Biden.

* Con información del análisis de Barbara Plett Usher, corresponsal de la BBC en el Departamento de Estado de EE.UU.


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