Murciélagos: resistentes a virus, pero no a humanos en época de COVID-19
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En defensa de los murciélagos: resistentes a los virus, pero no a los humanos y menos en época de COVID-19

Pese a todos los beneficios que brindan al planeta, los murciélagos tienen que cargar con injustos estigmas y creencias, a los cuales ahora se suma el que se les mire como causantes de la pandemia del COVID-19.
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Por Thelma Gómez / Mongabay Latam
4 de abril, 2020
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En el norte de Perú, en la provincia de Santa Cruz, los pobladores de Culden escucharon que el virus que provoca la enfermedad conocida como COVID-19, y que ha puesto al mundo de cabeza, se originó en los murciélagos. Por ello, cuando descubrieron una colonia de estos mamíferos voladores cerca a su localidad decidieron atacarla con antorchas. Personal del Servicio Nacional Forestal y de Fauna Silvestre (SERFOR) llegó al lugar cuando aún no se concretaba la matanza; lograron rescatar alrededor de 200 murciélagos del género Myotis. Para ponerlos a salvo, los llevaron a una cueva alejada del poblado.

Esto sucedió el tercer fin de semana de marzo. El ataque contra los murciélagos se originó porque “la gente decía que estos animales podían transmitir la enfermedad del COVID-19”, explica Jessica Gálvez-Durand, directora de Gestión Sostenible del Patrimonio de Fauna Silvestre del SERFOR.

Un par de días después del ataque, el SERFOR se vio obligado a revivir una de sus campañas de protección de murciélagos, para difundir todos los beneficios que otorgan al ser humano y así tratar de prevenir actos en su contra.

Los murciélagos siempre han tenido que lidiar con ideas equivocadas que se difunden sobre ellos, con historias populares que han llevado al incendio sus cuevas, a que se les mate o que, incluso, se les atrape para utilizarlos en supuestos remedios contra enfermedades.

Los funcionarios del SERFOR no han sido los únicos que en estos días han insistido en la importancia de conservar a estos animales. Los científicos también han tenido que salir a defender el prestigio de los murciélagos. Sobre todo, después de que se difundió que la enfermedad COVID-19 es provocada por un coronavirus similar a los que se encuentran en estos mamíferos.

“Eso exacerbó los ánimos negativos en contra de los murciélagos. Y no hay nada más injusto que eso. Los murciélagos no tienen la culpa. Al contrario, cada día nos dan grandes beneficios que no les reconocemos”, resalta Rodrigo Medellín, investigador del Instituto de Ecología de la UNAM y fundador del Programa para la Conservación de los Murciélagos en México.

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Las poco más de 1400 especies de murciélagos tienen un papel clave para los ecosistemas y la biodiversidad del planeta: son importantes polinizadores, dispersores de semillas y controladores de plagas de insectos. Además, tienen otra característica interesante: cuentan con un sistema inmunológico que les permite resistir a muchos virus.

Murciélagos y coronavirus

Los primeros casos de COVID-19 se registraron a finales de 2019, alrededor de un mercado de mariscos, donde también se vendían animales silvestres —tanto vivos como muertos—, en la ciudad de Wuhan. “Esos mercados son un caldo de cultivo para brotes de este tipo”, señala el investigador Rodrigo Medellín.

Hasta ahora todo apunta a que el virus SARS-CoV-2 —causante de la enfermedad que ya se conoce como COVID-19— pudo haber tenido su origen en alguna de las especies animales que se comercializaban en ese mercado.

El 17 de marzo investigadores de universidades de Estados Unidos, el Reino Unido y Australia publicaron un artículo en la revista Nature, en el que muestran que el SARS-CoV-2 tiene mucha similitud con virus presentes en los murciélagos y en los pangolines.

Sin embargo, advirtieron que aún no se podía determinar con precisión si el SARS-CoV-2 se originó en un animal que funcionó como huésped intermedio, antes de pasar a los humanos o si fue a través de una selección natural, después de una transferencia zoonótica (pasar de animal a humano).

No es la primera vez que los murciélagos salen a relucir cuando se habla de un virus que afecta a los humanos.

Para entender por qué es así, primero hay que recordar que los virus son, incluso, más abundantes que las bacterias. “Se estima que pueden existir millones de familias de virus”, explica el doctor Gerardo Suzán, investigador del Laboratorio de Ecología de Enfermedades de la UNAM, quien también resalta que los virus han contribuido a la evolución de las especies y que buena parte de ellos no causan ninguna enfermedad.

“Los virus se han estudiado muy poco. Muchas veces se miran como los enemigos, pero en realidad son parte integral de los seres vivos”, explica la doctora Selene Zárate, miembro de la Sociedad Mexicana de Virología.

El virus causante del COVID-19 pertenece a la familia de los coronavirus, la cual agrupa a por lo menos 40 diferentes tipos de virus. Rodrigo Medellín señala que, de acuerdo con algunos estudios, los coronavirus pudieron tener su origen evolutivo en los murciélagos.

Incluso, en algunas especies de murciélagos “se han encontrado hasta 20 diferentes tipos de coronavirus”, señala el doctor Gerardo Suzán.

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El hecho de que los murciélagos o los pangolines sean portadores de coronavirus, no los coloca como los culpables de desatar la pandemia que hoy vive el mundo, coinciden los especialistas. “El enemigo no es el murciélago ni los virus —remarca el doctor Gerardo Suzán—, es la falta de estrategias para tener una mejor relación con la naturaleza”.

Longevidad y resistencia

 Los murciélagos tienen muchas características que los hacen animales especiales y sorprendentes. Una de ellas es que estos mamíferos han desarrollado un sistema inmunológico que les permite ser tolerantes a diferentes tipos de virus, entre ellos los coronavirus.

Otra de sus características es que son animales muy longevos. Los murciélagos —dependiendo de su tamaño— pueden vivir 15, 20 y hasta más de 30 años. En Europa, por ejemplo, se tiene el registro de un murciélago que se recapturó 44 años después, explica el doctor Luis Aguirre, investigador del Centro de Biodiversidad y Genética, de la Universidad Mayor de San Simón, en Cochabamba, Bolivia.

“Conocer los aspectos biológicos y moleculares de los murciélagos podría ayudar a tener claves sobre cómo se pueden controlar virus que afectan al ser humano”, resalta el doctor Luis Aguirre, quien también es fundador del Programa para la Conservación de los Murciélagos de Bolivia.

Investigadores como Emma Teeling, especialista en zoología molecular de la University College Dublin, en Irlanda, es una de las científicas que estudia la genética de los murciélagos. Entre sus objetivos está saber si la longevidad de estos animales está relacionada con la capacidad de regeneración de su sistema inmune y, por lo tanto, saber qué mecanismos han desarrollado para coexistir con los virus.

Invasión de nichos y tráfico de especies 

De todos los coronavirus que se han identificado hasta ahora y que están presentes en animales, solo siete tienen capacidad de infectar a los humanos; tres de ellos pueden causar una enfermedad grave: el SARS, el MERS y ahora se sabe que también el SARS-CoV-2.

Gerardo Suzán señala que cada vez hay más evidencias de que las enfermedades zoonóticas (aquellas que pasan de los animales a los humanos) están relacionadas con “cambios drásticos que estamos haciendo en el ambiente”, como deforestación, invasión de zonas naturales e incluso con el tráfico de especies. “Nos estamos enfrentando a virus con los que antes no teníamos contacto. Estamos invadiendo lugares donde esos virus están evolucionando con sus especies hospederas. Estamos invadiendo esos nichos”.

Rodrigo Medellín resalta que “es nuestra conducta; nuestros hábitos de consumo los que nos han colocado en un mayor riesgo de ser afectados por patógenos con los que antes no estábamos en contacto”.

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Medellín recuerda que la enfermedad del ébola —que se detectó por primera vez en 1976, en África— se propagó en los humanos por comer chimpancés infectados con un virus de la familia filovirus.

El virus que provoca la enfermedad del ébola tiene como huéspedes naturales a los murciélagos frugívoros de la familia Pteropodidae, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS). Y su transmisión a los humanos se dio por el contacto con órganos, sangre, secreciones u otros líquidos corporales de animales infectados “que se habían encontrado muertos o enfermos en la selva”.

 En 2002, en China, se presentó el primer brote del Síndrome Respiratorio Agudo y Severo (SARS). El virus que provoca esta enfermedad, también se encuentra en los murciélagos, sobre todo en los que comen frutas. Hoy se sabe que este virus pasó de los murciélagos a las civetas (pequeños mamíferos carnívoros del sur asiático) y después a los seres humanos.

Otro coronavirus que pasó de los animales (camellos) a los humanos es el que origina la enfermedad conocida como MERS (Síndrome respiratorio del oriente medio), que se reportó por primera vez en 2012.

En los tiempos del SARS, diferentes naciones de Asia llamaron a que se realizara una matanza de civetas y de otros animales silvestres, entre ellos los murciélagos, para evitar la propagación del virus. Rodrigo Medellín recuerda que en ese momento integrantes del Grupo de Especialistas de Murciélagos, de la Unión Mundial para la Conservación de la Naturaleza (IUCN), enviaron cartas a los gobiernos donde pidieron que se detuvieran las campañas en contra de la vida silvestre: “matar animales no resuelve nada. Todo lo contrario. Se crean otros problemas”.

Y en el caso de los murciélagos, son muchas las consecuencias que tendríamos en el planeta si se disminuye su población o se extinguen alguna de sus especies.

Por ejemplo, los murciélagos insectívoros controlan plagas que afectan diversos cultivos, entre ellos las del algodón, el maíz, el frijol y el arroz.

También son importantes dispersores de semillas. Luis Aguirre proporciona un dato que permite dimensionar por qué se les considera “regeneradores naturales de los bosques”: se estima que más de 500 especies de plantas dependen de los murciélagos para la dispersión de sus semillas.

En la Selva Lacandona, en el sureste de México, —apunta Rodrigo Medellín— se documentó que cada noche los murciélagos dispersan de dos a cinco semillas por metro cuadrado.

También se calcula que más de 300 especies de plantas “dependen exclusivamente” de los murciélagos para ser polinizadas. En el sudeste de Asia, por ejemplo, la existencia de los frutos del árbol del durián se da gracias de la polinización de los murciélagos. Sin ellos no se tendría esta fruta, cuya comercialización es una de las principales fuentes de ingresos para las comunidades de esa región del mundo.

De la polinización de los murciélagos también depende el árbol de la ceiba, el árbol sagrado de los mayas; así como de los agaves que se utilizan para la elaboración del tequila y el mezcal.

Ciencia vs creencias

Rodrigo Medellín y Luis Aguirre coinciden en que, a partir de la pandemia del COVID-19, se tendrá que reforzar la difusión de la importancia de los murciélagos para el planeta, así como desmentir algunas de las creencias que llevan a que se capturen para comerlos —como sucede en China— o para utilizarlos en supuestos remedios contra enfermedades.

El doctor Luis Aguirre menciona que en la región andina de Perú y Bolivia se cree —sin que exista ninguna evidencia científica— que una infusión realizada con partes de murciélago puede curar la epilepsia.

Jessica Gálvez-Durand, directora de Gestión sostenible del Patrimonio de Fauna Silvestre del SERFOR, explica que para evitar que los murciélagos se utilicen “en prácticas de chamanismo”, hace poco más de dos años se lanzó una campaña para prevenir su tráfico ilegal.

Los murciélagos que lograron desarrollar mecanismos para coexistir con los virus, siguen siendo muy vulnerables ante creencias que provocan que se les comercialice, que se ataquen sus cuevas o que se les trate de matar prendiéndoles fuego. Y una muestra de ello es lo que sucedió en la provincia de Santa Cruz, al norte de Perú.

Esa población de murciélagos que fue atacada en tierras peruanas tardará varios años en recuperarse, estima el doctor Luis Aguirre. “Son muy susceptibles a la extinción. Porque pese a que son longevos, su tasa de reproducción es muy baja: tienen una sola cría cada seis u ocho meses. Eso depende del tamaño”.

Además, otras de las amenazas que enfrentan los murciélagos son la pérdida y la fragmentación de su hábitat. Se calcula que el 16 y 20 % de los murciélagos en el planeta —señala el doctor Luis Aguirre— están en riesgo de extinción, en peligro, amenaza o en un alto grado de vulnerabilidad.

Luis Aguirre resalta que los científicos deberán insistir en la importancia de prohibir el tráfico ilegal de especies silvestres y de proteger sus hábitats. “Más que echarle la culpa a los murciélagos o a los virus, lo que tenemos que reconocer es que nuestro actuar es lo que nos pone en riesgo”.

Aguirre recuerda que, desde hace ya varias décadas, los investigadores ya habían alertado de la posibilidad de que virus presentes en distintos animales “brincaran” al ser humano. Pandemias, como la de COVID-19, advierte “se pueden repetir. Por eso es importante que se escuche a los científicos”.

Medellín y Aguirre mencionan que para disminuir las posibilidades de una nueva pandemia como la del COVID-19 es necesario que se deje de traficar animales silvestres y que se cierren mercados como el de Wuhan.

Rodrigo Medellín, quien forma parte del Comité de Fauna de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestre (CITES), señala que este organismo lanzará una iniciativa para insistir en los riesgos del tráfico ilegal de especies y, en especial, en los mercados donde se comercializa con animales silvestres vivos y muertos, muchos de ellos en peligro de extinción, como el pangolín.

Organizaciones como TRAFFIC y la Wildlife Conservation Society (WCS) también han señalado —en artículos publicados en sus sitios de internet— que la pandemia de COVID-19 debe llevar a los gobiernos a tomar medidas más estrictas para evitar que existan los mercados donde se trafica con la vida silvestre.

“La propagación de patógenos huéspedes de la vida silvestre a los humanos ocurre en interfaces cada vez mayores a medida que los humanos invaden y destruyen hábitats”, resalta la WCS. Mercados como el de Wuhan, donde hay especies mezcladas, “representan una interfaz de alto riesgo […] debido a su potencial para eliminar y compartir virus durante periodos prolongados antes de la matanza in situ o la venta posterior […] Otros problemas exacerban esto, incluyendo la cantidad de animales involucrados, el estrés en los animales y la mezcla de animales domésticos y salvajes”.

Mercados como el de la ciudad de Wuhan, en China, —resalta el doctor Luis Aguirre— también existen en países de Latinoamérica.

Por lo pronto, en febrero pasado, las autoridades chinas anunciaron la prohibición del consumo de animales salvajes terrestres, además de que endureció las medidas para prohibir la venta de la fauna silvestre.

Rodrigo Medellín espera que estas medidas no sean temporales. “Si se aprende realmente la lección a partir de esta pandemia —resalta el investigador de la UNAM— entonces podremos decir que hemos avanzado un pasito en la conservación y protección de animales como los murciélagos, el pangolín y muchas otras especies que se comercian en estos mercados”.

*Esta nota fue publicada originalmente en Mongabay Latam.

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Cómo evitar caer en la ‘trampa de la eficiencia’ en el trabajo

Tenemos una cantidad limitada de tiempo, sin embargo, seguimos esforzándonos para cumplir metas infinitas. ¿Por qué nos imponemos tanta presión y cómo podríamos dejar de hacerlo?
24 de agosto, 2021
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Aquí va una pregunta sencilla que podría provocar una pequeña crisis existencial. Sin necesidad de sacar una calculadora, adivina: ¿cuántas semanas vivirá una persona promedio?

La respuesta, para una esperanza de vida de unos 80 años, es 4.000. Hasta los centenarios sólo vivirán 5.200.

Si eres como yo, ese concepto podría generar una sensación de pavor, seguida de una mayor determinación de lograr lo máximo de este corto período en la Tierra. Seguro que tiene sentido embutir cuantas actividades sean posibles en cada día, para asegurarnos de cumplir nuestras metas antes de dejar esta vida.

En realidad, eso podría ser la peor cosa que pudiéramos hacer para vivir una vida llena y feliz. En su nuevo libro, “Cuatro mil semanas”, el escritor en psicología Oliver Burkeman sostiene que esto sólo conduce a decepción e infelicidad, gracias a un fenómeno conocido como la “trampa de la eficiencia”. En su opinión, nos vendría mejor ir más lento, en lugar de acelerar, si queremos sacarle el máximo a nuestra corta esperanza de vida.

La tiranía del tiempo

La ansiedad por el paso del tiempo no es exactamente exclusiva de la vida moderna. Alrededor de 29 a.C., el poeta romano Virgilio escribió “fugit inreparabile tempus” (“el tiempo vuela irrevocablemente”) lo que expresa un poco de la ansiedad por el paso de los días. Pensamientos similares sobre cómo el tiempo se nos escapa se pueden encontrar en Chaucer y Shakespeare.

Burkeman, sin embargo, cree que la peculiar preocupación de la humanidad con el tiempo -y, en particular, si lo invertimos “productivamente”- se volvió mayor con el uso común del reloj y el surgimiento de la Revolución industrial. Antes de eso, los ritmos naturales del día guiaban a la gente: “Hay que ordeñar la vacas cuando necesitan ser ordeñadas, y no podías decidir de alguna manera hacer todo el ordeño de un mes en unos cuantos días”, dice.

Producción en línea en una fábrica automotriz

Getty Images
El auge de la Revolución industrial nos volvió agudamente conscientes de la productividad y el rendimiento, añadiendo más presión en el trabajo.

Una vez la gente empezó a trabajar en molinos y fábricas, sus actividades tuvieron que ser coordinadas con más precisión, frecuentemente para optimizar el uso de las máquinas que operaban.

Eso dio paso a prestarle mayor atención a la planificación y la creación de horarios, a la vez que se entendió que nuestra productividad podría ser cuidadosamente monitoreada. Y la presión resultante, de hacer más en menos tiempo, parece haber crecido exponencialmente en la segunda mitad del siglo XX.

La industria de autoayuda se ha encargado de atender estas ansiedades, con muchos textos en las pasadas cuatro décadas ofreciendo consejos para administrar mejor el tiempo.

“La implicación de estos libros es que, con la técnica correcta, podrías cumplir casi cualquier obligación que se te atraviese. Podrías emprender cuantas ambiciones personales quisieras, con una rutina diaria perfectamente optimizada”, señala Burkeman.

La “trampa de la eficiencia”

Desafortunadamente, no siempre funciona así. Burkeman describe la obsesión con la eficiencia y la productividad como una especie de “trampa”, ya que en realidad nunca puedes escapar de la sensación de que podrías estar haciendo más.

"Es una verdadera receta para el estrés -la idea que puedes hacer algo sobrehumano con tu tiempo"", Source: Oliver Burkeman, Source description: Autor de "Cuatro mil semanas", Image: Una mujer con cuatro brazos haciendo muchos trabajos a la vez

Considera una meta básica, como optimizar tu correspondencia de correo electrónico. Podrías pensar en alcanzar un tipo de estado zen donde no tienes nada en tu buzón al final de cada día, y contestas cada correo a medida que llega. Desafortunadamente, cada correo que envías probablemente generará más respuestas y tareas que completar, lo que puede llevar a que los mensajes se acumulen otra vez.

El hecho de que el trabajo suele engendrar más trabajo significa que muchos empleados eficientes pronto se extralimitan más allá de sus capacidades, a medida que su jefe les sigue añadiendo responsabilidades. Como Burkeman escribe en “Cuatro mil semanas”: “Tu jefe no es idiota. ¿Por qué le daría el trabajo a otra persona más lenta?”

La rutina hedonista

También hay buenas razones psicológicas que explican por qué nunca estaremos satisfechos con nuestras actividades actuales -en el trabajo como en nuestras vidas personales-, que nos llevan a estar constantemente aplicándonos más presión.

Los humanos tenemos un molesto hábito de acostumbrarnos a los cambios positivos en nuestras vidas -el fenómeno conocido como la “rutina hedonista”-.

Podrías pensar que una promoción en el trabajo sería una recompensa adecuada por todo tu esfuerzo, pero los estudios demuestran que muchas veces no te hace más feliz que tu actual cargo. No importa cuán productivo se es, ni cuánto se logra, siempre querrás más para ti.

La noción de la trampa de la eficiencia de Burkeman también me hace recordar un estudio de la Universidad de Rutgers, en EE.UU., y de la Universidad de Toronto, en Canadá. A unos participantes le pidieron hacer una lista de 10 actividades que los haría sentirse mejor en sus vidas -sugestionándolos para pensar en la felicidad como una meta activa-. Después, ellos mismos registraron puntajes inferiores en un cuestionario sobre su bienestar actual que los participantes a los que antes se les había pedido que dijeran de qué estaban agradecidos en ese momento.

Una exploración más profunda encontró que la reducción de felicidad estaba vinculada al sentido de que el tiempo de alguna manera se estaba esfumando: en lugar de hacer que los participantes se sintieran positivos y proactivos, el pensar en todas esas actividades les había hecho más agudamente conscientes del poco tiempo que en realidad tenían para logarlo todo.

Un hombre con un proyecto personal pinta un cartel

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Si tratas de hacer menos con tu tiempo y te enfocas en terminar una sola tarea, podrás dar pasos más amplios.

Escapando de la trampa

Al fin de cuentas, Burkeman piensa que nuestro implacable impulso de productividad es un intento inútil de escapar la cruda realidad de nuestras 4.000 semanas en la Tierra. “Es seductor tratar de pasar el tiempo mejorando tus rutinas y rituales, pero eso simplemente contribuye a evitar enfrentar la verdad de lo finitos que somos”, afirma. “Y es una verdadera receta para el estrés -la idea que puedes hacer algo sobrehumano con tu tiempo-“.

En opinión de Burkeman, todos podríamos reducir nuestra ansiedad si sólo aceptáramos nuestra capacidad limitada de lograr todo lo que quisiéramos en la vida.

Tiene unos cuantos consejos prácticos.

El primero parecería obvio, pero frecuentemente lo olvidamos: necesitamos limitar el número de objetivos que queremos alcanzar a la vez.

Podrías priorizar el mudarte de casa y escribir un libro, por ejemplo, mientras te das cuenta de que las clases de piano tendrán que esperar. Aunque pueda ser descorazonador abandonar algo que es muy importante para ti, serás capaz de dar pasos más grandes hacia las metas que has escogido, que si tratas de cumplir demasiadas cosas simultáneamente.

Puedes intercambiar metas, naturalmente, a medida que tu vida progresa -una vez te hayas mudado, por ejemplo, habrá espacio en tu horario para aprender el piano-. Pero en general, Burkeman sostiene que seríamos más felices si tomamos la decisión consciente de poner en espera algunos proyectos, en lugar de tener la continua sensación de que no estamos cumpliendo con falsas expectativas.

“Simplemente te estás reconciliando con ser un humano finito”, indica.

"Cuando enfrentas esta realidad , es de verdad muy liberadora"", Source: Oliver Burkeman, Source description: Autor de "Cuatro mil semanas", Image: Un hombre frente a un piano y un escritorio levantando los brazos en una expresión de felicidad

En el trabajo del día a día, Burkeman también aboga por tener una “lista de labores cumplidas” -más o menos paralela a la “lista de labores por hacer” que empieza vacía cada mañana, pero se va llenando con cada tarea que cumples-.

Muy importante es que muchas de esas tareas pueden haber sido distracciones que nunca hubieras incluido en tu lista de labores por hacer, pero que, sin embargo, fueron importantes cumplir. De esta manera, la práctica te ayuda a reformular tu carga laboral para que tengas una mayor sentido de logro, en vez de estresarte por las cosas que todavía no has acabado de hacer.

No obstante, Burkeman reconoce que le resulta difícil cambiar su propia actitud mental y aceptar los límites de lo que puede lograr en sus 4.000 semanas -pero vale la pena perseverar-.

“Cuando enfrentas esta realidad, es de verdad muy liberadora”, dice. “Te das cuenta de que has estado peleando una batalla inútil”.

El libro de Oliver Burkeman “Cuatro mil semanas” (Four Thousand Weeks) está publicado por la editorial Farrar, Straus and Giroux en EE.UU., y por Bodley Head en Reino Unido. En Twitter se le encuentra en @oliverburkeman.

David Robson es autor de “La trampa de la inteligencia: por que la gente lista hace tonterías” (The Intelligence Trap: Why Smart People Make Dumb Mistakes). Su próximo libro es “El efecto de la expectativa: cómo tu actitud mental puede cambiar tu mundo” (The Expectation Effect: How Your Mindset Can Change Your World) que saldrá en 2022. Se le encuentra en Twitter en @d_a_robson.


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