Trabajadores son forzados a ir a oficinas con riesgo de contagiarse
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'Acatamos órdenes, pero tenemos miedo': Trabajadores son forzados a ir a oficinas con riesgo de contagio

Trabajadores de empresas e incluso del gobierno reclaman porque sus jefes les piden seguir acudiendo a oficinas, aunque hay pandemia y pueden contagiarse de COVID-19.
Cuartoscuro
13 de abril, 2020
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Hay empresas que obligan a sus empleados a seguir asistiendo a sus centros de trabajo, a pesar de la petición gubernamental de que la ciudadanía no salga de sus casas para contener la propagación del nuevo coronavirus.

El decreto del 31 de marzo, que estableció de manera general qué actividades productivas son consideradas “esenciales”, ha sido interpretado a discreción por empresas e incluso instituciones públicas.

La falta de una regulación clara al respecto ha dejado margen para que se mantengan en operación, de manera presencial y sin “sana distancia”, trabajadores de maquiladoras, casas de empeño, intendencia, seguridad privada o tiendas de electrodomésticos.

Entérate: Qué es la Jornada de Sana Distancia

A continuación presentamos las historias de empleados de dos empresas, Fundación Rafael Dondé y Grupo Salinas, y de una institución pública federal, el ISSSTE, que denunciaron su preocupación por el hecho de que salir todos los días de su casa a su lugar de trabajo pone en riesgo su salud y la de sus familias.

“El problema es que trabajamos todos juntos”

“Prácticamente nos dijo que nacimos para morir”. Raúl recuerda el mensaje que Eduardo Dondé y de Teresa, presidente de la Fundación Rafael Dondé, empresa dedicada a los préstamos prendarios, dirigió a sus trabajadores el 1 de abril a través de Zoom.

“Él nos pidió que leyéramos, que no fuéramos ignorantes, que todo lo que pasa no nos va a afectar a nosotros, que nosotros estamos en una edad privilegiada para que no nos ataque el virus, que nuestro trabajo es tan importante como el de un médico o una enfermera”, recuerda Raúl, quien pidió no ser identificado por su nombre real por temor a perder su trabajo.

“Él nos dice que no se puede detener el producto prendario”, detalla, “porque es lo que va a ayudarle a la gente, pero nosotros vemos que él está más preocupado por eso que por la salud de los trabajadores”.

En esa videoconferencia, que fue grabada por empleados y publicada en redes sociales, Eduardo Dondé dijo a sus trabajadores, tanto a los administrativos como a quienes atienden las más de 450 sucursales de empeño en todo el país –y entran, por lo tanto, en contacto directo con cientos de personas diariamente-, que la crisis actual exige que todos sigan asistiendo a sus puestos de trabajo.

“Si en algún momento tenemos razón para existir, es en éste”, les dijo el dueño.

“Si en algún momento jugamos un rol indispensable y esencial para la gente que más lo necesita del país, es hoy”.

De acuerdo con la grabación publicada en redes, y que fue confirmada por empleados consultados, Dondé y de Teresa criticó el “pánico injustificado” de las redes sociales en torno a la pandemia de COVID-19.

“Lamentablemente, así como las redes sociales sirven para muchas cosas, en esta ocasión las redes sociales han servido y han dejado de manifiesto que la verdadera pandemia no es el coronavirus, la verdadera pandemia es el miedo y el pánico injustificado”.

Raúl afirma que, cuando menos en la sede de la empresa, ubicada en Mérida, Yucatán, continúan trabajando alrededor de 3 mil personas.

“Solamente nos están dando gel, pero, de ahí en fuera, no hay personas con tapabocas o algo así”, describe.

“Si llegas a tener un síntoma, como tos, ahí sí te tienes que ir, pero el problema es que trabajamos todos juntos, no hay ningún espacio ni nada, en cada oficina hay aproximadamente unas 30 o 40 personas juntas, no son cubículos, son mesas corridas. Los elevadores se siguen saturando, se siguen utilizando, no hay ningún tipo de cuidado. La limpieza es muy normal, sí van las personas de limpieza, pero no es que haya algo especial o que huela mucho a cloro”.

La Fundación Rafael Dondé argumenta que los servicios que ofrece son de tipo financiero y son considerados esenciales.

“En Fundación Dondé proporcionamos este tipo de servicios (esenciales), realizando hoy más que nunca una labor esencial y social. Estos servicios se encuentran regulados por disposiciones del Sistema Financiero Mexicano y en consecuencia (son) actividades permitidas para seguir operando”, indicó Karla Garcidueñas, directora de comunicación de la compañía, vía correo electrónico.

“De manera específica, es importante señalar que nuestros servicios permiten apoyar con liquidez a la población menos favorecida en nuestro país, justo al segmento de la población que no tiene acceso a la banca comercial y que en un gran número de casos trabajan en el sector informal”.

Garcidueñas aseguró que a los empleados considerados dentro de la población en riesgo se les permite laborar desde su casa. Agregó que otros con permiso de ausentarse son los empleados “que no son esenciales en la operación de servicios financieros”, como quienes laboran en los Módulos Educativos Dondé.

Raúl no corrió con la suerte de que su trabajo en la compañía, relacionado con el desarrollo digital, fuera considerado no esencial. A pesar de exponerse a sí mismo y a su familia, señala que él y el resto de trabajadores acatan la orden de no ausentarse para no perder su fuente de empleo.

“Mi mayor preocupación es que yo todos los días llego a casa y estoy exponiendo a mi familia, porque tengo parientes que son asmáticos y que viven aquí donde yo vivo, que tienen diabetes e hipertensión; eso es lo que más me preocupa, y así como yo hay varios compañeros”, comenta.

“Nosotros lo que tenemos miedo es que nos dejen sin trabajo, hay muchas empresas que están despidiendo a muchas personas y eso es como lo más preocupante, entonces tenemos que acatar de alguna manera las órdenes que se están dando, pero uno va con miedo, con incertidumbre”, dice.

“No dejen de venir… porque están revisando”

“Cuida tu salud emocional (escrito con letras mayúsculas). Escribe un diario. Medita de 5 a 10 minutos. Comparte mensajes positivos. Realiza ejercicios de respiración y relajación. Mantén buenos hábitos de sueño y descanso. Reduce el tiempo en redes sociales.”

En la Torre Grupo Salinas, la sede de las empresas de Ricardo Salinas Pliego, fueron colgados carteles con esas recomendaciones para los cientos de empleados que no tienen permitido faltar a su lugar de trabajo.

Con estos mensajes Ricardo Salinas, uno de los asesores empresariales del Presidente de México Andrés Manuel López Obrador, busca convencer a sus trabajadores de que la pandemia de COVID-19 no es tan grave, de que contagiarse no es un camino seguro a la muerte.

“La vida tiene que continuar. La neta, ¿quién tiene miedo a morir por el virus? Yo, un poquito, porque soy de riesgo”, escribió jocosamente el segundo mexicano más rico del mundo -con una fortuna de 11.7 mil millones de dólares, según la más reciente clasificación de Forbes- en una carta enviada a la planta laboral el 24 de marzo.

La carta, compartida a Animal Político por empleados, continuaba en este tono: “paralizar la actividad económica significa hambre”, “urge parar esta locura”, “debemos controlar nuestra imaginación”, “hay que regresar a los niños a las escuelas”, “el coronavirus es una neumonía más”.

Con base en esa directriz, a Gabriela, que trabaja para Grupo Salinas, le impidieron faltar a su lugar de trabajo a pesar de que, tras haber regresado al país de un viaje en el que tuvo contacto con personas provenientes de Europa y Asia, fue identificada como un “caso sospechoso grave” mediante el cuestionario o tamizaje aplicado por el Gobierno de la Ciudad de México.

Con fiebre alta, tos y dolor de garganta intenso, un especialista le recomendó vía Locatel no salir de su casa y mantenerse alerta del desarrollo de los síntomas para evitar contagiar a otras personas, en caso de que su padecimiento fuera provocado por coronavirus.

“Me dijeron (en Locatel) que era totalmente recomendado que no fuera a trabajar, que me quedara en cuarentena y que estuviera al pendiente de mi temperatura. Lo platiqué con mi jefa y ella me dio la instrucción de que tenía que ir así, y así me presenté a trabajar; la verdad es que estoy bien hoy, pero la instrucción de la empresa es que, incluso con síntomas que pudieran indicar algo, y con una indicación médica de que tenía que no ir a trabajar, pues tuve que ir a trabajar”, relata en entrevista.

El 31 de marzo, luego de que el Gobierno instruyó que debían cerrar sus operaciones las empresas e instituciones de actividades no esenciales, Grupo Salinas envió a sus empleados un nuevo comunicado en el que justificaba por qué todas las compañías del consorcio sí son esenciales y, por lo tanto, todos debían seguir laborando: TV Azteca para informar; Banco Azteca para permitir el acceso a los apoyos de los programas sociales; Elektra porque allí se puede cobrar las remesas; Totalplay porque el internet, el teléfono y la TV de paga son un servicio crítico en la pandemia; Tiendas Neto porque venden productos básicos a los más necesitados; Adamantium y TotalSec porque brindan seguridad privada a otras empresas; Grupo Dragón porque genera energía limpia y renovable.

A partir de ese día, señala Gabriela, se reforzó la vigilancia de los ingresos y salidas del personal y el consorcio comenzó a aplicar descuentos vía nómina a los trabajadores de áreas que, como la suya, decidieron implementar esquemas de horarios escalonados (la mitad de la jornada presencial y la otra mitad con home office) para evitar aglomeraciones en el centro de trabajo.

“Esta quincena a mí sí me descontaron algunos días por haber aplicado esto de los horarios escalonados, lo supe apenas que cobré”, comenta. “La instrucción es que se sigue operando todo de manera regular, y ahorita sí están haciendo algo que no hacían antes, por ejemplo, por lo menos en mi área, checar, hacer un registro, casi auditoría, de tu check in y tu check out con el gafete. Lo sé porque me descontaron días y porque mi jefa nos dijo: ‘por favor, no dejen de venir aunque sea nada más a checar, porque están revisando”.

Gabriela, que solicitó cambiar su nombre por seguridad, indica que, ante la prohibición de ausentarse de los centros de trabajo, hay aglomeración de personas en los torniquetes de acceso, en los elevadores y en las mismas oficinas.

“La gente sigue yendo a trabajar, la mayoría de las áreas están yendo todos los días en horarios completos y trabajando casi hombro con hombro”, expone
En el comedor corporativo, que semeja un mercado con diversos locales de venta, se congregan diariamente, afirma, alrededor de 3 mil personas.

“Ahí no hay ninguna medida de sanidad, la gente sigue cocinando sin tapabocas, es por iniciativa de los propios locales los que deciden tomar ciertas medidas o no; sí se instauró que pudiéramos llevar nuestra comida a la oficina, pero, si tomamos en cuenta que hay gente que trabaja ahí de 8 de la mañana a 10 de la noche, pues comer en ese lugar es su única alternativa”, describe.

A manera de prevención, agrega, la corporación tomó medidas menores como colocar gel antibacterial en todos los pisos de los edificios, inhabilitó el ingreso con huella digital y contrató equipos para “sanitizar” las oficinas.

Uno de los principales focos de riesgo en las oficinas administrativas de Grupo Salinas es que el personal que hace la limpieza son adultos mayores de más de 60 años, lo que los coloca en el grupo de riesgo más vulnerable al coronavirus. Dichos trabajadores pertenecen a la empresa Lava Tap, S. A. de C. V., contratada por el corporativo de Salinas Pliego para prestar el servicio de limpieza.

“La gente de intendencia del grupo son mayores de 60 años, y hay una persona de este grupo de 60 años en cada torniquete (de la entrada) encargada de limpiar cada vez que uno de nosotros pasa por ahí”, detalla Gabriela.

La política de no ausentarse de Grupo Salinas es transversal a otras empresas del consorcio y afecta incluso a los becarios del programa Jóvenes Construyendo el Futuro.

Abi (cuyo nombre fue cambiado por petición de la propia entrevistada) es aprendiz con discapacidad auditiva que trabaja para una tienda Elektra ubicada en Tlalnepantla, Estado de México.

A pesar de la recomendación oficial de que las personas con discapacidad trabajen desde su casa, Abi, de 22 años, aún tiene que acudir todos los días a su centro de trabajo desde Chimalhuacán, un trayecto de alrededor de dos horas en transporte público.

La becaria le informó a su tutora, una empleada administrativa de Elektra, que la Secretaría del Trabajo y Previsión Social (STPS) emitió un comunicado el 23 de marzo en el que determinó que, durante el periodo de Sana Distancia, se permiten esquemas flexibles de capacitación remota, lo que implica que los becarios pueden ausentarse de los centros de trabajo. No obstante, la tutora rechazó otorgarle el permiso de ausencia y la obliga a seguir presentándose a laborar, de acuerdo con la becaria.

“No me da el permiso por coronavirus, ella no cree la noticia de la suspensión (de la capacitación presencial)”, cuenta Abi.

Karina, otra becaria que trabaja en la Torre Grupo Salinas, afirma que los tutores del corporativo han convencido a los aprendices de Jóvenes Construyendo el Futuro a renunciar a la capacitación en la empresa para poder ausentarse durante el periodo de Sana Distancia.

“Con la contingencia no nos están enviando a casa, y lo que nos proponen es que nos demos de baja de la estancia en el grupo. Nos dicen: ‘si quieres tomar la cuarentena, nada más te das de baja de Grupo Salinas y ya cuando pase esto te vuelves a inscribir y tu puesto seguirá vacante’”, cuenta la aprendiz.

“Uno se salió justo por eso, porque no estaban dejando que fuéramos a casa, él también es población de riesgo, nos comentó que no podía seguir asistiendo para no comprometer su salud ni la de las personas con la que vivía”.

Funcionarios de la STPS encargados del programa Jóvenes Construyendo el Futuro aseguraron que, hasta ahora, no han recibido ninguna queja o denuncia de parte de becarios adscritos a las empresas de Grupo Salinas.

Para conocer la postura del corporativo, Animal Político buscó establecer contacto vía correo electrónico con Bruno Rangel, director de relación con inversionistas y finanzas; Tristán Canales Najjar, vicepresidente de información y asuntos públicos, y Luciano Pascoe, encargado de las relaciones con medios, pero ninguno atendió la solicitud.

“Nos tenemos que quedar por solidaridad”

La negativa para que trabajadores puedan laborar desde su casa no sólo se presenta en empresas, sino también en instituciones públicas del Gobierno federal. Daniela tiene 23 años de servicio en el ISSSTE y actualmente trabaja en la Dirección Normativa de Administración y Finanzas. Prediabética y con una enfermedad autoinmune que afecta su tiroides, conocida como Enfermedad de Hashimoto, aún es forzada a presentarse todos los días a laborar a las oficinas administrativas de la institución en el sur de la Ciudad de México.

“Les expliqué a mis jefes, de la forma más sencilla posible, que es una enfermedad autoinmune; no quiere decir que yo tenga mayor riesgo de contagio, pero sí implica que mi sistema inmune está alterado y sí puedo correr el riesgo de que con el coronavirus pudiera sobrerreaccionar o pudiera mi sistema inmune no responder como debiera responder y ser de los pacientes de alto riesgo”, explica la servidora pública.

“Mi tiroides está bien, pero es atacada por un sistema inmune que es el que está mal, ataca varios órganos, principalmente la tiroides, afectando su funcionamiento, y como consecuencia tengo otras deficiencias, cuando el sistema inmune está alterado ataca otros órganos, también el páncreas y los ojos”.

El vocero de la dependencia gubernamental, Marco Aguirre, confirmó a Animal Político que la dirección para la que trabaja Daniela fue definida como prioritaria.

No obstante, la funcionaria, quien solicitó que se le cambiara el nombre, asegura que la suya es una tarea que podría realizar desde su casa, ya que no requiere de un software especial. La razón por la que sus mandos no le permiten ausentarse de la oficina, relata, es que todos deben “solidarizarse” con aquellos que deben seguir asistiendo.

“Por la contingencia, baja mucho el trabajo, y para mantenerme ocupada me pusieron a hacer otras labores que no hacía antes”, expone.

“Es un trabajo que puedo hacer en casa, usar mi computadora, y lo saben perfectamente todos mis jefes, pero en mi área me dicen que los demás nos tenemos que quedar por solidaridad”.

En el piso donde labora, detalla, hay 60 personas pertenecientes a otras áreas administrativas del ISSSTE; en todo el complejo, estima, hay alrededor de mil trabajadores que continúan desplazándose y haciendo sus tareas como antes de la contingencia sanitaria.

“Yo tengo mucho miedo, todos los días salgo con muchísimo miedo. Depresión, angustia, es lo que siento cada que salgo, porque sé cuál es mi condición, sé que no cuento con el apoyo de mis jefes por su desconocimiento, porque ellos creen que estando ahí en la oficina están seguros, porque esas son sus palabras. Es terrible, habemos mucha gente en esa situación”, comenta.

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Fukushima: cómo son los pueblos fantasma con desechos radiactivos en los que nadie puede vivir

Miles de personas no han podido regresar a sus lugares de origen; otros, ni siquiera encuentran razones para volver.
13 de marzo, 2021
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Un terremoto, un tsunami y la explosión de una planta nuclear. El 11 de marzo de 2011 en Japón comenzó una catástrofe que, 10 años después, sigue marcando una huella de desolación.

Ese día el país sufrió el terremoto más fuerte de su historia, y ese fue solo el inicio de una triple tragedia.

Un sismo de magnitud 9, con epicentro a 130 km de la costa de la ciudad de Sendai, sacudió la isla durante 3 minutos.

El terremoto desató un tsunami de 15 metros de altura, que a su vez embistió la planta de energía nuclear Fukushima Daiichi.

En total, el tsunami inundó un área de 560 km2. Arrasó con pueblos, autos y puertos y dejó cerca de un millón de edificios destruidos.

Alrededor de 19.000 personas murieron.

Fukushima

Getty
El terremoto causó devastación en la costa este de Japón.

Las imágenes eran devastadoras. Mientras tanto, la planta nuclear se convertía en una bomba de tiempo.

El agua del mar inundó los generadores que mantenían la planta refrigerada y con ello dejaron de funcionar. Esto causó que los reactores se sobrecalentaran y se produjeran tres fuertes explosiones.

Las personas que vivían en un radio de 20 km alrededor de la planta se vieron obligadas a abandonar sus hogares y huir del material radiactivo que se liberó.

En el primer año tras la explosión, más de 160.000 personas abandonaron sus hogares. Hoy, unas 40.000 no han regresado.

Fukushima

Reuters
Las explosiones destruyeron los reactores de la planta nuclear de Fukushima.

Los lugares que abandonaron se volvieron pueblos fantasma, creando un paisaje desconcertante.

En algunos lugares solitarios el tiempo parece detenido. En otros, en medio de las construcciones ruinosas, la vegetación y los animales salvajes, contaminados de radiación, han regresado a lugares de donde habían sido expulsados por los humanos.

Map: Japón

Hoy el gobierno de Japón mantiene una área de 360 km2 donde a las personas no se les permite regresar debido al riesgo que representa la radiación.

A esta vasta extensión se le conoce como la “zona de difícil retorno”.

Pero incluso en los pueblos donde, según las autoridades, ya es seguro vivir, pocas personas han regresado.

FUTABA

EPA
El gobierno mantiene una area de 360 km2 donde está prohibido vivir.

En 10 municipios donde se han levantado las órdenes de evacuación tras el accidente, solo ha regresado el 26,8% de la población, según le dice a BBC Mundo Yasunori Igarashi, investigador en el Departamento de Radioactividad Ambiental en la Universidad de Fukushima.

Este 25 de marzo, Japón tiene planeado iniciar el recorrido de la llama de los Juegos Olímpicos que en 2020 fueron pospuestos debido a la pandemia de coronavirus.

FUTABA

EPA
Las construcciones abandonadas, como esta en Futaba, han quedado a merced del tiempo.

Como símbolo de resistencia y recuperación, la antorcha comenzará su recorrido en la prefectura de Fukushima, pasando por pueblos como Tomioka, Futaba, Namie y Okuma, donde el gobierno ha invertido millonarios esfuerzos por atraer residentes, pero a donde pocas personas han vuelto.

La silenciosa radiación

Durante estos 10 años el gobierno de Japón ha trabajado en limpiar el suelo tóxico en las áreas afectadas, haciendo rellenos o almacenándolos en miles de bolsas negras alrededor del área de Fukushima.

También ha utilizado más de un millón de toneladas de agua para limpiar y enfriar los reactores derretidos.

Tomioka

EPA
Este es un estante de revistas en un concesionario de autos en Tomioka.

Las autoridades de Japón, reportes de Naciones Unidas y estudios independientes han mostrado que los niveles de radiación en varias zonas de Fukushima son bajos y representan poco riesgo.

Pero los efectos de la exposición a bajos niveles de radiación durante un largo plazo todavía son materia de debate entre los ciéntificos.

“No hay una línea clara donde podamos decir que determinada tasa de dosis te va a matar”, dice Kathryn Higley, profesora de ciencias nucleares en la Universidad Estatal de Oregon, citada en un reportaje de Scientific American.

FUTABA

EPA
Las autoridades recolectan el suelo contaminado en miles de bolsas negras.

Azby Brown, investigador de Zafecast, una iniciativa dedicada a medir los niveles de radioactividad en varias partes del mundo, le dice a BBC Mundo que incluso lugares como Hong Kong, o ciudades de Europa y Estados Unidos donde la vida transcurre con normalidad, tienen mayores niveles de radiación que Fukushima.

Consultados por BBC Mundo, el Ministerio de Agricultura de Japón sostiene que “toda la producción agrícola de Japón, incluyendo la de Fukushima, que se distribuye en los mercados es segura para el consumo humano”.

futaba

EPA
Una tienda abandonada en Futaba.

Otras organizaciones, sin embargo, mantienen que la realidad es distinta.

Un reporte publicado por Greenpeace a principios de marzo, sostiene que, de acuerdo a sus mediciones, en algunas zonas los niveles de radiación permanecen por encima de los permitidos por el gobierno, incluso en áreas que ya se han habilitado para la vida humana.

Pueblos fantasma

La desconfianza en el gobierno, el miedo a la radiación, la poca infraestructura y la falta de oportunidades, han dificultado que más personas regresen a Fukushima.

Fukushima

Reuters
Algunas zonas deshabitadas se han habilitado para almacenar el suelo radiactivo.

Muchos de sus antiguos habitantes, que ya establecieron su vida en otro lugar, no encuentran razones para regresar.

Por eso, ya sea porque aún son parte de la “zona de difícil retorno” o porque aunque ya esté permitido pocos quieran vivir ahí, durante una década muchos pueblos han permanecido sin presencia humana.

“Es deprimente”, dice Brown, quien durante años ha recorrido la zona.

Fukushima

Reuters
Una década después del desastre nuclear, muchas zonas siguen inahabitadas.

En estos pueblos fantasma aún se pueden ver objetos que dejaron las personas, pero también las casas, los negocios y las escuelas en ruinas.

Otros pueblos, que solían ser lugares apacibles, ahora son sitios donde se almacenan desechos radiactivos.

“No hay manera de ir a estos lugares y no sentir tristeza”, dice Brown.

Una sensación similar describe Toru Hanai, un fotógrafo que varias veces al año durante la última década ha recorrido estos lugares abandonados.

Okuma

Azby Brown – Safecast
Esta es una calle solitaria y en ruinas en Okuma.

“Cuando veo esas ciudades donde el tiempo se ha detenido, fácilmente me puedo imaginar qué tipo de personas vivían ahí”, le dice Hanai a BBC Mundo.

“Pero aunque pueda imaginarlo, lo único que veo son ruinas”, añade, “eso causa mucha tristeza”.

En 2019, por ejemplo, el gobierno anunció la reapertura de Okuma, un pueblo que antes de la catástrofe tenía 10.000 habitantes.

Sin embargo, solamente un 2% de esa población ha regresado, y la mayoría son ancianos, según un reporte de la cadena NPR de septiembre de 2020.

En Tomioka, otro pueblo de la prefectura de Fukushima, la escuela secundaria tiene solo 13 estudiantes.

NAMIE

EPA
Una escual abandonada en Namie.

En Namie, también en la prefectura de Fukushima, hoy solo viven 1.500 personas, donde antes de marzo de 2011 vivían 21.000.

Para el profesor Igarashi, ese es uno de los asuntos más preocupantes de Fukushima.

“La mayoría de las personas que han regresado son ancianos”, dice.

“¿Cómo mantendremos nuestras ciudades que cada vez son más reducidas?”.

“Me preocupa que en 10 años muchas de las casas quedarán vacías y se convertirán en hogar para animales salvajes”.

“Creo que este es un problema incluso mayor que la radiación“.

Fukushima

Reuters
Lo que eran lugares apacibles ahora son ruinas.

Jabalíes radiactivos

Cuando los humanos abandonaron Fukushima, la naturaleza recuperó su territorio.

Con el paso de los años, animales como perros salvajes, mapaches, zorros, macacos y jabalíes han vivido a sus anchas en zonas que antes de la evacuación estaban habitadas por personas.

Quienes viven en zonas rurales se las deben ingeniar para mantener a los animales lejos, ya que muchas veces invaden sus granjas y pueden resultar peligrosos.

Además, como es el caso de los jabalíes, que se cuentan por miles, se han estado alimentando de plantas y pequeños animales contaminados de cesio producto de la radiación.

Fukushima

Reuters
En las áreas abandonadas de Fukushima la naturaleza ha recuperado su territorio.

Eso hace que no sean aptos para el consumo humano, aunque la carne de jabalí sea un plato muy popular en Japón.

El gobierno ha proveído trampas y cercas eléctricas para mantener a raya a los jabalíes, mientras otros se dedican a cazarlos, pero su población sigue aumentando.

“Para ellos somos los intrusos, así que atacarán sin dudarlo“, dice Hanai.

Los habitantes de la zona saben que no deben comer esos jabalíes, pero aun así, algunos lo siguen haciendo, según comenta Brown.

Fukushima

Getty
Los animales salvajes merodean las zonas poco habitadas.

El investigador recuerda el caso de un hombre que, sin que su esposa lo supiera, llevaba varios días comiendo la carne de un jabalí que había atropellado en la carretera.

Brown se enteró de lo que ocurría cuando al hombre le detectaron altos niveles de cesio en su cuerpo.

“No se lo cuentes a mi esposa”, recuerda Brown que le dijo el hombre.

“Es la naturaleza humana”, dice Brown. “Puedes implementar todo tipo de regulaciones y monitoreos, pero así se comportan las personas, somos humanos”.

Fukushima

Getty
Los jabalíes están contaminados por los materiales radioactivos.

Vivir con la radiación

Quienes han regresado a sus pueblos saben que la radiación es parte de sus vidas.

Tienen claro a qué zonas no deben ir y algunos de ellos, que no confían en los datos del gobierno, tienen sus propios medidores de radiación.

En la prefectura de Fukushima hay varios centros donde la gente recibe educación acerca de la radiación y los materiales radioactivos.

“Como investigador imparcial, te puedo asegurar que esos centros no están dedicados a la propaganda, sino a enfatizar la seguridad respecto a los materiales radioactivos”, dice Igarashi.

Tomioka

EPA
Esta es la vitrina de una tienda de modas en Tomioka.

“Yo diría que la mayoría de la gente que vive en Fukushima llevan una vida normal“, dice Brown.

“Pero tienen que estar constantemente atentos a la radiación“, añade.

Los residentes de estas zonas constantemente deben medir que los alimentos que consumen no tengan altos niveles de radiación, por ejemplo.

“Es un estrés permanente para ellos”, dice Brown, “les preocupa si a ellos o a sus hijos les dará cáncer”.

Los pescadores y los agricultores, uno de los sectores afectados por el desastre, se han vuelto especialistas en seguridad de alimentos, dice Brown.

“Los pescadores te dicen: ‘yo no soy científico pero…’, y te dan una explicación técnica acerca de la absorción del cesio dependiendo de cada especie…ellos saben todo esto”.

Fukushima

EPA
Las autoridades dicen que es seguro comer los alimentos producidos en Fukushima.

“Es genial que lo sepan, es triste que lo hayan tenido que aprender, pero es genial que lo sepan“, dice el experto.

Por su parte, el profesor Igarashi considera que el problema de la radiación puede ser controlado.

“No estoy diciendo que la radiación sea segura, pero con una buena comprensión del problema, los niveles de exposición pueden disminuirse y no hay necesidad de estar demasiado temerosos”, dice.

“Algunas personas que no saben nada de radiación aún piensan que con solo venir a Fukushima se van a quemar y les va a dar cáncer. Eso es muy desafortunado”.

El fotógrafo Hanai, que conoce la zona y suele conversar con los residentes, lo resume con una paradoja:

“En Fukushima no hay nadie que no le tema a la radiación, pero si le temen, no pueden vivir”.

Fukushima

Getty Images
En Fukushima las personas se acostumbraron a medir los niveles de radiación en sus alimentos.

El futuro

El proceso total de descontaminación de la planta de Fukushima puede tomar décadas, entre 30 y 50 años.

“Creo que no podemos esperar cambios dramáticos en los próximos años”, dice Igarashi, pero añade que está seguro de que con el tiempo la cantidad de material tóxico se reducirá.

Entre quienes han regresado a la zona han surgido iniciativas que Brown califica como positivas.

Entre ellas, menciona el proyecto de unos 40 granjeros que están haciendo agricultura de alta tecnología, con sensores y procesos automatizados.

Itate

Azby Brown – Safecast
En esta granja en Itate se cultivan vegetales sin rastros de cesio.

Brown también menciona que el conocimiento que se ha logrado en seguridad de alimentos, en un futuro podría dar pie al surgimiento de una nueva industria en el lugar.

Fukushima también se han convertido en un prometedor epicentro para la generación de energía renovable con varias plantas solares y eólicas.

Mientras el gobierno continúa sus esfuerzos por revitalizar la región y convencer a que más personas regresen a las áreas que han ido habilitando dentro de la zona de difícil retorno, también enfrenta el reto de recuperar la confianza de los japoneses en la energía nuclear.

“El gobierno y las empresas de servicios públicos siguen diciendo que la energía nuclear es la fuente de energía más barata, pero la gente ya no confía en ella”, dice Tatsu Suzuki, ingeniero nuclear y profesor en la Universidad de Nagasaki, citado en un reportaje de la cadena NPR.

“Es imposible pensar que la energía nuclear es la más barata, si se incluye el costo del desmantelamiento, el costo de Fukushima”.

Fukushima

Azby Brown – Safecast
Un festival callejero en el pueblo de Odaka.

“Es un problema social y ético“, dice Suzuki. “El costo de separar familias, perder sus tierras, perder sus trabajos… ¿cómo se miden todos estos impactos?”.

Para el fotógrafo Hanai, lo más importante de esta tragedia es tener claro que esto “no fue un desastre natural, sino un desastre provocado por el hombre“.

“No creo que podamos regresar a como era antes del desastre, eso es muy triste…por eso quiero que mucha gente sepa acerca de Fukushima, para que nunca se vuelva a repetir“.


Todas las imágenes están sujetas a derechos de autor.


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