Cuerpos en lista de espera: esto pasa en crematorios ante muertes por COVID
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Cuerpos en lista de espera: En México no hay suficientes crematorios para los miles de muertos por COVID-19

La pandemia de COVID-19 ha provocado la saturación del sistema funerario. Las muertes se multiplicaron y los hornos crematorios trabajan a tope.
AFP
Por Andrea Vega, Alberto Pradilla, Arturo Daen y César Reveles
25 de mayo, 2020
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La esposa de Marcelino falleció este domingo 24 de mayo alrededor de las 2 de la madruga en el Hospital General de Ticomán, en la Ciudad de México. La señora ingresó hace 14 días con tos y fiebre.

“A las 11 de la mañana de este sábado, en los informes telefónicos, me dijeron que estaba estable y en la madrugada me llaman para decirme que ya había fallecido. Es de no creerse. No le hicieron la prueba de la enfermedad esa pero en el acta de defunción pusieron neumonía y entre paréntesis Covid”, dice Marcelino entre lágrimas.

Su familia, que lo acompaña hoy en la entrada del crematorio público de la Alcaldía de Cuajimalpa, lo acompañó también en la odisea de conseguir un lugar para cremar el cuerpo.

“Fuimos a tres funerarias, en las tres nos dijeron que no había crematorio disponible para la incineración, que pondrían a mi esposa en lista de espera y hasta dentro de 72 horas habría lugar para incinerarla. Se iba a tener que quedar en el hospital porque no dan el cuerpo si no tienes ya agendada la cita para la cremación, así que seguimos buscando”, cuenta Marcelino.

Entérate: México ya está entre los 10 países con más fallecimientos por COVID

Fue hasta la cuarta funeraria que visitaron donde les dijeron que podían conseguirles un espacio antes de las 72 horas en el crematorio de la Alcaldía de Cuajimalpa. “No sé cómo lo consiguieron pero qué bueno porque ya hemos pasado por mucho”, dice Marcelino antes de volverse a romper.

Por número de fallecimientos causados por COVID por cada 100 mil habitantes, Baja California tiene la posición número uno a nivel nacional, Ciudad de México está en el lugar dos, Quintana Roo es el tercero y después le siguen Tabasco y Sinaloa.

En el Valle de México, que integra a la capital y al Estado de México, se está cremando al 90% de los fallecidos. Las familias que en estos días pierden un integrante, deben agregar a su pena la de ir de una funeraria a otra buscando lugar para incinerar a su difunto.

Antes del coronavirus, los empleados del crematorio público de la alcaldía de Xochimilco, en la Ciudad de México, terminaban su jornada a las 5 de la tarde. Ahora se dividen en tres turnos para inhumar y cremar las 24 horas del día, de lunes a domingo.

Roberto Palomo Regino, jefe de la Unidad Departamental de Panteones de Xochimilco, cuenta a Animal Político que les envían cuerpos de todas las alcaldías, de casos confirmados y sospechosos de coronavirus. Están saturados de trabajo, con un promedio de 30 inhumaciones o cremaciones al día.

Antes del COVID solían hacer cuatro inhumaciones y no más de cinco incineraciones por día.

En abril cremaron a 84 personas con sospecha o caso confirmado de COVID-19. En mayo, la cifra subió a 288. Además, han inhumado 76 cuerpos desde el inicio de la epidemia, solo de afectados por el nuevo coronavirus o con la sospecha de serlo.

“Estamos llenos completamente”, menciona. Aunque asegura que no tienen cuerpos apilados afuera de los crematorios. Las incineraciones las trabajan con una programación anticipada. Desde el jueves 21 de mayo, tenían la agenda llena por los próximos cuatro días. Y para ese entonces ya tendrán otras en lista de espera.

Donde los cuerpos sí esperan es en los hospitales. De acuerdo a los lineamientos emitidos por el gobierno federal para el manejo de cadáveres, para la entrega del cuerpo por parte del personal de la institución de salud, la familia debe contar ya con un plan de disposición final del fallecido y con los servicios funerarios contratados.

Palomo Regino cree que son los mismos hospitales los que están provocando un problema.

En los hospitales le están diciendo a la gente que debe cremar a sus fallecidos, acusa, cuando no es obligatorio hacerlo en caso de muertes por COVID-19. También está la posibilidad de inhumar, un proceso más sencillo para los trabajadores funerarios, con las medidas de higiene correspondientes, agrega.

Personal de funerarias (sobre todo irregulares o que no cuentan con cuartos fríos para el resguardo de los cuerpos) que rondan las clínicas o los juzgados diciendo a la gente que cuando un familiar muere por COVID tiene sólo cuatro horas para cremarlo también están provocando ese cuello de botella.

Ellos, señala Palomo Regino, explotan la desesperación de la gente para que les contrate el servicio, aunque luego esos establecimientos no tienen un lugar definido para cremaciones.

Lee: ’15 mil y te doy el certificado de defunción’: así operan ‘coyotes’ ante muertes con síntomas de COVID-19

Una primera versión emitida por las autoridades federales de la guía para el manejo de cadáveres sí recomendaba la incineración de los fallecidos por COVID.

Después el gobierno federal corrigió. En una de las conferencias vespertinas, el subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell explicó que, para respetar la Ley de Víctimas, en un país con al menos 61 mil personas desaparecidas, esa recomendación se enmendaría. Así fue.

Para entonces, la idea de la incineración ya se había esparcido en un país que no tiene los suficientes crematorios para responder a una demanda como la que ha desatado la pandemia de COVID-19.

De acuerdo a datos de INEGI, existen 5,924 unidades económicas en toda la República dedicadas a servicios funerarios. El Estado de México y la capital tienen el mayor número, con 688 y 420.

Sin embargo, no todas las funerarias cuentan con crematorios. De hecho, únicamente existen alrededor de 500 en todo el país, de acuerdo a cálculos de la Asociación Nacional de Directores de Funerarias (ANDF).

Hasta ahora no se habían necesitado más, ya que las personas preferían inhumar a sus familiares fallecidos. Aunque hay excepciones. En el Valle de México, por ejemplo, siete de cada diez muertos eran cremados antes de la pandemia. Ahora son nueve de cada diez. Y los hornos no dan abasto.

“Con más de 5 mil unidades en el país, las funerarias estamos lejos de estar rebasadas por el número de fallecimientos por COVID. Ningún estado nos ha reportado un problema así. Si una funeraria ya está al 100% de su capacidad hay otras que pueden atender a los deudos”, subraya Roberto García, vicepresidente de la ANDF. El problema es conseguir lugar para incinerar el cuerpo.

En un país con una demanda baja de cremaciones, ni las autoridades ni los privados se habían preocupado por elevar el número de hornos.

En Baja California y Sinaloa, primer y quinto estados con más fallecimientos por COVID por cada 100 mil habitantes, los gobiernos locales no tienen un solo crematorio público, todos son privados.

En Ciudad de México, hace 10 años, el gobierno local invirtió en hornos que se quedaron subutilizados, dice García. “Y esos son equipos muy caros, porque no deben contaminar. Un horno debe arrojar al ambiente menos emisiones que un puesto de hamburguesas”.

Cuando se ven imágenes de un crematorio que saca humo es por algún descuido en la operación. “Toda exposición al fuego de la materia si se hace de forma acelerada, arroja mucho humo, es como cuando se le sube la flama a la comida. Pero en realidad el proceso de incineración debe ser muy ecológico, por eso los hornos son costosos”, explica el directivo de la ANDF.

La inversión en estos equipos va desde los 90 mil dólares hasta los 200 mil por cada horno. “Por eso los gobiernos no invierten en esto, aunque no solo es el precio, para qué hacen el desembolso si después los hornos van a estar subutilizados”.

“Sí es posible que haya cuerpos en los hospitales, pero es porque la familia tarda en encontrar un servicio funerario por esto de que andan dando vueltas buscando donde lo hagan más rápido, en 12 o 24 horas. En eso pueden perder hasta un día, y al final no encuentran quien lo haga en ese lapso por la saturación en los hornos”.

Lo otro que retrasa los servicios es que a las familias les cuesta reunir la cantidad para pagarlo (el costo está en 14 mil pesos en promedio) aunque en el caso de la Ciudad de México, las autoridades han costeado 560 hasta el 20 de mayo, de acuerdo a información del gobierno local.

También está la opción de hacerlo en crematorio público donde el servicio es gratuito, cuando los decesos se reportan al sistema C5, pero ahí el problema es el tiempo de espera.

La opción más tradicional, la de inhumar, se está encontrando con facilidades por parte de las instituciones. En Sinaloa, por ejemplo, explica Erik Martínez, encargado de la funeraria Mission, una situación que ayuda a que no haya saturación de cadáveres en ese estado es que por orden del gobierno los panteones están cerrando hasta las 12 de la noche.

Esto permite que el cuerpo sea inhumado el mismo día en que fallece. “Con esta disposición, aunque yo reciba el cuerpo hasta las 6 o 7 de la noche tengo tiempo de cremarlo o sepultarlo el mismo día, ya que prepararlo solo me toma media hora (…) esto ha ayudado a que no lleguemos al límite”.

Palomo Regino, jefe de la Unidad Departamental de Panteones de Xochimilco, dice que al menos en esa alcaldía los camposantos tampoco están saturados.

Tijuana, las dos epidemias y el panteón 13

Baja California es la entidad del país con la mayor tasa muertes a causa de COVID-19 por cada 100 mil habitantes. Hasta el 21 de mayo habían fallecido cerca de 600 personas, la mayoría de ellas en Tijuana.

Además el estado padece desde hace años otra epidemia, la de la violencia. De marzo a abril, incluso con el país en cuarentena, Tijuana fue la ciudad que tuvo más asesinatos de toda la República, 310.

Ante esa cantidad de decesos, los servicios funerarios han tenido que operar al máximo de su capacidad. Las autoridades hicieron adecuaciones para tener listas más fosas y además activaron operativos de revisión, con el fin de evitar abusos y asegurar un trato indigno de los cadáveres.

En el directorio Estadístico Nacional de Unidades Económicas del Inegi, aparece el dato de que en todo Baja California hay 155 establecimientos de servicios funerarios, entre cementerios, velatorios, oficinas de atención a familiares de fallecidos y sitios de cremación.

En Tijuana aparecen 62 unidades económicas de ese ámbitos. Entre ellas, hay 13 panteones públicos y cinco privados. Jesús Salvador García, jefe del Departamento de Panteones de Tijuana, explicó a Animal Político que de los 13 panteones públicos de la ciudad solo hay uno activo, porque el resto ya estaban llenos desde antes del inicio de la pandemia.

En el panteón número 13, detalló, ante el aumento de muertes por la pandemia se habilitó un área que ya tenían disponible para establecer entre 2,500 y 3,000 fosas adicionales.

Desde abril a la fecha, dijo, habían inhumado en ese panteón 239 cuerpos de personas que tenían COVID-19. El funcionario detalló que ese tipo de restos los reciben con féretros sellados con plástico, para evitar posibles infecciones de los trabajadores funerarios al manipularlos.

Esa cifra de 239 cadáveres, representaría casi el 60% del total de fallecidos por COVID-19 que registraba el gobierno de Baja California en la ciudad de Tijuana hasta el 21 de mayo, 405.

Además de los muertos por COVID-19, en el panteón 13 también reciben fallecidos por otras causas, entre ellas víctimas de asesinatos, la otra epidemia que azota a esta ciudad fronteriza.

La decena que trabajadores que labora en el panteón 13, dice García, están estresados y cansados, ante el aumento en la carga de trabajo (con días de hasta 14 entierros), aunque en la semana reciente, apunta, ha bajado la cantidad de inhumaciones, lo que sería un indicio de que la epidemia está dando una tregua a Tijuana.

Desde el inicio de la epidemia, se han presentado al menos dos episodios de irregularidades graves en funerarias de la ciudad de Tijuana.

En los primeros días del mes se conoció el caso de la funeraria Monte Ararat, un establecimiento en medio de un par de carnicerías que tenía apilados cuerpos de personas que murieron por COVID-19, sin la refrigeración adecuada, en el piso e incluso dentro de cajas de cartón.

Otro caso este mismo mes fue el de la funeraria De la Cruz, también en el centro de Tijuana. “Los cuerpos estaban en una cochera, habilitada como zona COVID, había 11 cuerpos COVID juntos unos con otros, como si fueran bolsas desechables”, relató a Animal Político Julio Omega, director jurídico de la Comisión Estatal de Protección contra Riesgos Sanitarios (Coepris).

Ambas funerarias no tenían servicio de cremación, recurrían a un tercer negocio para que cumpliera esa tarea. Ante la alta demanda tenían los restos en espera, incumpliendo con disposiciones sanitarias de que los cadáveres deberán inhumarse o incinerarse dentro de las cuarenta y ocho horas siguientes a la muerte.

Estos dos establecimientos, acusó en entrevista el delegado federal para Baja California, Jesús Alejandro Ruiz Uribe, inexplicablemente tenían permisos sanitarios, aunque ahora ambos negocios ya tienen sellos de suspensión.

Casos como los ya mencionados surgen ante el aumento de decesos por COVID-19, el apremio y la necesidad de la gente de contar con servicios funerarios y el hecho de que en una ciudad como Tijuana -donde se han dado la mayoría de muertes por coronavirus (405 de las 590 en Baja California, hasta el 20 de mayo)- si bien hay al menos una veintena de funerarias solo existen siete hornos crematorios, todos ellos de la iniciativa privada, según apuntó el delegado Ruiz Uribe.

En total según Ruiz Uribe, Baja California cuenta con 17 hornos crematorios de funerarias, el resto se ubica en Mexicali (7) y Ensenada (3).

El funcionario afirmó que la capacidad para cremar no está rebasada, aunque sí cree que las funerarias con este servicio en Tijuana están operando al tope de su capacidad. Incluso refirió que hay pláticas para que a las funerarias que sí tienen hornos se les permita cremar más cuerpos en un día.

“La cremación va acompañada de un permiso de funcionamiento del horno, de determinadas horas, es un permiso que se les entrega desde Cofepris, y lo que estamos tratando de lograr es que se les amplíen las horas de posibilidad de cremación”, mencionó.

Julio Omega, de Cofperis, cree que el servicio sí que está rebasado, por lo que hay cuerpos en espera.

Las autoridades consultadas indicaron que continuarán las revisiones a funerarias. Según el delegado Ruiz Uribe, tienen ubicadas al menos otras siete funerarias “patito” o irregulares, que podrían defraudar a familiares de personas que murieron por COVID-19 o hacer un mal manejo de cadáveres.

En cuanto a los precios de las cremaciones, en abril fue clausurada en Tijuana la funeraria San Gabriel, por cobrar entre 25 mil y 35 mil pesos por una cremación. Ante ese hecho, autoridades federales y locales dialogaron con el resto de las funerarias privadas en la entidad para establecer que como límite cobraran 7 mil pesos. Según el delegado federal, aceptaron el acuerdo.

Sin embargo, un reporte de Profeco indicó que en promedio en el mes de mayo una cremación en Tijuana tenía un costo de 17,740 pesos.

Un solo horno público en Tabasco

“Estamos saturados, cada día se han incrementado más los servicios. De la semana pasada para acá tenemos de siete a diez servicios diarios, entre cremación e inhumación, cuando antes hacíamos apenas dos”.

Felipa de la Rosa Lorenzo trabaja en la funeraria del Instituto de la Seguridad Social del Estado de Tabasco (ISSET) y reconoce que los últimos diez días han sido muy duros. “Se han doblado los servicios, los fallecimientos se han incrementado de forma muy significativa”, explica.

Tabasco es el cuarto estado con mayor número de víctimas debido a la COVID-19. Desde que inició la pandemia se registraron 275 fallecimientos.

El ISSET es la única institución pública que cuenta con horno crematorio en Villahermosa. El otro es propiedad de Recinto Memorial, una institución privada. Hay, además, otros dos que no están funcionando: uno del DIF y otro de una empresa particular.

Dice De la Rosa Lorenzo que el incremento de muertos provocados por la enfermedad les ha obligado a rechazar algunos clientes. “Les negamos la cremación, aunque les damos la posibilidad de inhumarlos”, explica.

Desde abril, el gobierno del estado permite enterrar a los muertos por COVID-19 siempre y cuando sea doce horas después del fallecimiento y sin velatorio. Aunque la mujer admite que debido a la saturación en las oficinas en las que se realizan los trámites de oficialidad y jurisdicción sanitaria alargan el proceso. No obstante, dice que el proceso no se alarga más de un día.

Animal Político preguntó al gobierno del estado de Tabasco pero al cierre de la nota no había recibido respuesta.

“Estamos cremando mañana, tarde y noche. Tratamos de respetar el protocolo de las doce horas pero a veces no alcanza el tiempo”, afirma. Una cremación puede durar hasta cuatro horas, por lo que De la Rosa Lorenzo dice que mantienen el horno operativo durante toda la jornada.

Hasta que la funeraria se hace cargo el cuerpo queda en el hospital, ya que ellos disponen de morgue con refrigeración.

El incremento de los fallecimientos no ha provocado por el momento que los cuerpos queden varios días en las cámaras frigoríficas de los centros médicos, como ocurre en otros estados como la Ciudad de México o Baja California.

En las funerarias operadas por instituciones públicas como el ISSET se ha multiplicado el trabajo. Sin embargo, hay instituciones privadas que han detectado un descenso en la demanda. Alegan que tienen que utilizar trajes especiales, lo que encarece el precio del servicio. “Vienen, preguntan por el presupuesto y no vuelven a llamar. Supongo que irán a funerarias públicas que son más económicas”, dice José Rubén Alcántara, trabajador de Funerales de Tabasco.

“Llevo 20 años en este oficio y nunca vi una situación igual”, afirma.

“La gente no tiene los recursos económicos para poder solventar un servicio funerario. Nada más llaman por teléfono para pedir cotizaciones y ahí quedan. Nosotros tratamos de ajustar, pero más barato no podemos poner”, dice.

“Un servicio de cremación costaba antes entre 9 mil y 10 mil pesos. Ahora subió a los 15 mil por el equipo de protección, que cuesta entre 2 mil 500 y 5 mil”, asegura.

“Tabasco es de las entidades donde más cara es la cremación”, explica Alcántara.

En opinión del empleado de la funeraria, la pandemia ha llegado en momento crítico para la economía del estado. Y eso impacta en las funerarias, al menos en las privadas, que han incrementado tarifas pero se encuentran con que los bolsillos no pueden hacerse cargo de un gasto tan elevado.

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'Me acusaron de secuestrar a mi hijo adoptivo blanco'

Las historias de adopción de niños de una raza distinta a la de sus padres suelen presentar a familias blancas que adoptan niños negros o asiáticos. Cuando sucede lo contrario, suelen surgir muchas sospechas.
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24 de septiembre, 2020
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Johnny, de siete años, estaba a punto de tener un ataque de nervios.

Se había despertado de mal humor y la cosa solo iba a peor a medida que avanzaba el día.

En un restaurante en Charlotte, Estados Unidos, Peter vio que Johnny discutía con otro niño en el área de juegos. Tenía que actuar rápido para sacar del restaurante al niño, al que tiene acogido temporalmente, antes de que estallara en una fuerte rabieta.

Peter lo tomó en sus brazos y rápidamente pagó la cuenta.

Mientras llevaba a Johnny al coche, el niño se retorcía malhumorado y todavía estaba agitado cuando Peter lo puso en el suelo para poder abrir la puerta del coche.

Una mujer se les acercó con el ceño fruncido.

“¿Dónde está la madre de este niño?”, preguntó.

“Yo soy su padre”, respondió Peter.

La mujer dio un paso atrás y se paró frente al coche de Peter. Miró la matrícula y sacó su teléfono.

“Hola, policía, por favor”, dijo tranquilamente. “Oiga, hay un hombre negro. Creo que está secuestrando a un niño blanco”.

De repente, Johnny se quedó quieto y miró a Peter. Peter lo rodeó con el brazo.

“No pasa nada”, le dijo al niño.

Una infancia pobre

En la web de Lonely Planet, la polvorienta ciudad de Kabale es descrita como “el tipo de lugar que la mayoría de la gente atraviesa lo más rápido posible”.

En Uganda, cerca de las fronteras de Ruanda y la República Democrática del Congo, sirve como punto de tránsito en la ruta hacia varios parques nacionales famosos en los alrededores.

Para Peter, su ciudad natal todavía le trae recuerdos dolorosos.

La suya fue una infancia en la pobreza. Cuando era niño, ocho miembros de su familia dormían en el piso duro de una cabaña de dos habitaciones.

“Si comíamos, eran patatas y sopa”, dice, “y si teníamos suerte, comíamos frijoles”.

La madre de Peter

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La madre de Peter, parada fuera de la casa en la que creció.

La violencia y el alcoholismo eran una realidad diaria en la vida de Peter. Para escapar, corría a las casas de sus tías, que vivían a solo unos metros de distancia.

“Por un lado, había una gran familia extendida disponible”, dice, “pero era un caos”.

A los 10 años, Peter decidió que prefería quedarse sin hogar. Un día agarró todas las monedas que encontró y corrió hacia la parada del autobús.

“¿Cuál de ellos va hasta más lejos?”, le preguntó a una mujer que estaba esperando en la parada. Señaló un autobús y, aunque Peter no pudo leer el letrero, se subió. Se dirigía a la capital de Uganda, a 400 km de distancia.

Cuando Peter desembarcó en Kampala después de casi un día de viaje, se dirigió a los puestos del mercado que bordeaban las calles y preguntó a los vendedores si podía trabajar, cualquier trabajo, a cambio de comida.

Durante los dos años siguientes, Peter vivió en la calle. Se hizo amigo de otros niños sin hogar y compartieron sus ganancias o comidas. Peter dice que aprendió una habilidad invaluable para la vida: reconocer la bondad en otras personas con solo una mirada.

Un hombre amable fue Jacques Masiko. Iba al mercado a hacer su compra semanal y le compraba a Peter una comida caliente antes de irse.

Después de aproximadamente un año, el señor Masiko le preguntó a Peter si le gustaría recibir una educación. Peter dijo que sí, y el señor Masiko consiguió enrolarlo en una escuela local.

Después de seis meses, al ver lo bien que le iba a Peter en la escuela, Masiko y su familia le pidieron al niño que fuera a vivir con ellos.

En Jacques Masiko, Peter encontró a un hombre que lo trataba como a un miembro de su familia. Peter le devolvió el favor sobresaliendo en la escuela y, finalmente, ganó una beca para una universidad estadounidense.

Un par de décadas después, Peter tenía poco más de 40 años y estaba felizmente asentado en los Estados Unidos. Trabajaba para una ONG que llevaba donantes a Uganda para ayudar a las comunidades desfavorecidas.

Fue en uno de esos viajes, cuando vio a una familia blanca que viajaba con su hija adoptiva, que Peter se dio cuenta de que los niños en Estados Unidos a veces necesitaban un nuevo hogar tanto como los niños en Uganda.

A su regreso a Carolina del Norte, Peter fue a una agencia de acogida local y dijo que le gustaría ser voluntario.

“¿Has pensado en convertirte en padre adoptivo?”, preguntó la señora de la oficina de acogimiento de menores mientras anotaba sus datos.

“Estoy soltero”, respondió Peter.

“¿Y?”, respondió ella: “Hay muchos niños en el sistema de acogida que buscan modelos masculinos, personas que quieran ser una figura paterna en su vida”.

Solo otro hombre soltero se había inscrito para ser padre de acogida en el estado de Carolina del Norte en aquel momento.

Cuando llenó los formularios, Peter asumió que automáticamente sería emparejado con niños afroamericanos. Pero le sorprendió que el primer niño que estuvo bajo su cuidado fuera un niño blanco de cinco años.

Peter y Jacques.

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Jacques Masiko (derecha), sacó a Peter de la calle y le dio una eduación.

“Fue entonces cuando me di cuenta de que todos los niños necesitan un hogar, y el color no debería ser un factor para mí”, dice Peter.

“Tenía dos dormitorios libres y debería alojar a cualquiera que lo necesitara.

“Al igual que el señor Masiko me había dado a mí una oportunidad, quería hacer esto por otros niños”.

¿Puedo llamarte papá?

En el transcurso de tres años, nueve niños se quedaron con Peter, usando su casa como un recurso temporal durante unos meses antes de regresar con sus familias. Eran negros, hispanos y blancos.

“Una cosa para la que no estaba preparado fue lo difícil que es cuando un niño se va”, dice. “No es algo para lo que puedas prepararte”.

Peter dejaba pasar largas temporadas entre un niño y otro para poder estar emocionalmente disponible para el siguiente.

Por eso, cuando recibió una llamada un viernes por la noche de la agencia de acogida sobre un niño de 11 años llamado Anthony que necesitaba un lugar urgente para quedarse, Peter se resistió.

“Solo habían pasado tres días desde que se había ido el último niño, así que dije: ‘No, necesito al menos dos meses’. Pero luego me dijeron que este era un caso excepcional, un caso trágico, y que solo necesitaban alojarlo durante el fin de semana hasta que pudieran encontrar una solución”.

De mala gana, Peter aceptó y Anthony, un chico alto, pálido y atlético con una mata de cabello castaño rizado, fue llevado hasta su casa a las 3 de la madrugada. A la mañana siguiente, Anthony y Peter se sentaron a desayunar.

“Puedes llamarme Peter”, le dijo al chico.

“¿Puedo llamarte papá?”, fue la respuesta de Anthony.

Peter se sorprendió. Los dos apenas habían cruzado algunas palabras. Aunque todavía no conocía la historia de fondo de Anthony, Peter se sintió instantáneamente conectado con él.

Los dos pasaron el fin de semana cocinando y hablando. Visitaron el centro comercial para que Peter pudiera comprarle algo de ropa. Se hicieron preguntas superficiales: qué comida les gustaba, qué tipo de películas disfrutaban.

“Ambos estábamos tratando de ver cómo encajar”.

El lunes, cuando llegó el asistente social, Peter se enteró de la historia de Anthony.

Peter y Anthony jugando videojuegos.

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“Este niño sabía que yo sería su papá”, dice Peter.

Había estado en el sistema de acogida desde los dos años y fue adoptado por una familia cuando tenía cuatro.

Pero ahora, siete años después, los padres adoptivos de Anthony lo habían abandonado a las puertas de un hospital. Una vez localizados, le dijeron a la policía que no podían seguir cuidando de él.

“No podía creerlo”, dice Peter, “Nunca se despidieron, nunca explicaron sus razones y nunca regresaron. Esto me mató. ¿Cómo podía alguien hacer esto?”.

“La vida de Anthony me devolvió a mi infancia”.

“Este niño era como yo a los 10 años en las calles de Kampala, sin tener adónde ir. Entonces me volví hacia el trabajador social y le dije: ‘¿Sabes qué? Solo necesito hacer el papeleo para que pueda ir a la escuela y nosotros dos estaremos bien”.

Peter miró a Anthony y se dio cuenta de que el niño había mostrado quizás un gran sentido de la anticipación.

“Recuerda, me llamó ‘papá’ de inmediato. Este niño sabía que yo sería su papá”.

Esa misma semana, los padres adoptivos de Anthony fueron a la corte del condado para cederle sus derechos.

“Creo que ambos supimos de inmediato que se quedaría conmigo de forma permanente”, dice Peter. En un año, Peter había adoptado formalmente a Anthony.

“No siempre nos tratan bien”

Anthony quería saber todo sobre la vida de su padre en Uganda, dice Peter, porque ahora esta también era su historia. Anthony ayudaba a Peter a preparar platos ugandeses como “katogo”, un desayuno de yuca picada mezclada con frijoles.

En la escuela, Anthony empezó a disfrutar presentar a Peter a sus amigos.

“Este es mi papá”, anunciaba, disfrutando de las miradas a veces confundidas de sus compañeros de clase.

Pero ha habido momentos difíciles. Un día festivo, la seguridad del aeropuerto detuvo a Anthony para preguntarle dónde estaban sus padres.

Anthony señaló a Peter, y los funcionarios empezaron de inmediato a verificar sus antecedentes. Anthony estaba cada vez más frustrado por lo que veía como racismo evidente, pero Peter lo calmó.

“Soy tu papá y te quiero, pero a las personas que se parecen a mí, no siempre nos tratan bien”, le dijo Peter a Anthony, que tenía 13 años.

“Tu trabajo no es enojarte con las personas que me tratan de esta manera, tu trabajo es asegurarte de tratar a las personas que se parecen a mí de forma honorable”.

Peter, Anthony y Johnny en las escaleras con su perro.

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Johnny, con su cabello lacio rubio y su figura pálida, atrae aún más miradas sospechosas.

En la primavera de este año, la agencia de acogida llamó a Peter para ver si podía cuidar temporalmente a un niño de siete años llamado Johnny (no es su nombre real), cuya familia tenía problemas económicos como resultado de la pandemia del coronavirus.

Johnny se instaló tan bien como Anthony, y siguiendo el ejemplo de su hermano adoptivo, también lo llamó “papá”.

Johnny, con su cabello lacio rubio y su pequeña figura pálida, atraía aún más miradas sospechosas cuando salía con Peter.

Por eso Peter no se sorprendió cuando la señora que los vio salir del restaurante llamó a la policía. Solo les tomó unos minutos verificar que Peter era el tutor de Johnny, pero el suceso dejó al niño conmocionado.

Peter le explicó que este tipo de cosas podían ocurrir, de vez en cuando, porque él era negro y Johnny era blanco.

Es algo de lo que Peter y Anthony ya habían hablado.

Después del asesinato de George Floyd en Estados Unidos en mayo, mantuvieron una larga y emotiva conversación sobre el movimiento Black Lives Matter.

Peter le pidió a Anthony que se asegurara de tener su teléfono móvil listo si la policía los paraba por la calle.

“Como hombre negro, tengo 10 segundos para explicar quién soy a la policía antes de que potencialmente escale la situación”, dice Peter.

“Siempre le digo a Anthony, ‘si la policía me para, por favor agarra el teléfono y graba de inmediato’. Porque sé que él es mi único testigo, ¿sabes? Y tengo 10 segundos para salvar mi vida”.

“Creo que lo entiende. Sabe que porque estamos en Estados Unidos y yo me veo diferente a él, me tratarán de manera diferente”.

“Este tipo de tensión y sospecha no es algo que un padre blanco tenga que enfrentar cuando adopta a un niño negro”.

Diferencias raciales

Según Nicholas Zill, psicólogo investigador y miembro del Instituto de Estudios de la Familia, las familias blancas en Estados Unidos tienen muchas más probabilidades de adoptar a alguien de otra raza que las familias negras.

Los últimos datos disponibles, de 2016, muestran que solo el 1% de las adopciones por familias negras fueron de niños blancos; en el 92% de los casos adoptaron niños negros.

Por el contrario, el 11% de las adopciones por familias blancas fueron de niños multirraciales y el 5% fueron de niños negros, dice Zill.

“Es muy raro ver a familias negras adoptando niños blancos, mucho más que al revés, y esto puede tener que ver con prejuicios culturales que todavía existen dentro del sistema de adopción de Estados Unidos”.

El año pasado, la pareja británica Sandeep y Reena Mander obtuvieron más de US$150.000 como indemnización después de que un juez dictaminara que habían sido discriminados al no poder adoptar a un niño de origen no asiático.

Anthony y Peter

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La pareja dijo que el servicio de adopción local les había dicho que vieran la posibilidad de adoptar a un niño de India o Pakistán.

“La ley en el Reino Unido es muy clara en que la raza no debe ser un factor decisivo en la colocación de niños”, dice Nick Hodson, socio del bufete de abogados McAlister Family Law, que se ha especializado en derecho de la infancia durante más de 20 años.

Peter dice que si bien no ha tenido problemas como cuidador negro dentro del sistema de acogida de Carolina del Norte, adoptar a Anthony puede haber sido más fácil de lo habitual debido a su edad.

Nicholas Zill agrega que después de los cinco años, es más difícil colocar a los niños en un hogar permanente.

Peter sabe de otras familias negras que tuvieron que esperar mucho tiempo porque no había niños de la misma raza.

“No vivimos en una sociedad igualitaria”, dice, “pero quiero ser visible para romper los estereotipos. Hay estereotipos de hombres negros como padres ausentes, como criminales, todo esto tiene un papel. Por eso he sido abierto sobre mi crianza y publico regularmente fotos mías y de los niños en Facebook e Instagram”.

Ha conseguido casi 100.000 seguidores en Instagram al documentar su vida cotidiana, bajo el nombre de Fosterdadflipper.

Peter tiene planes para los niños cuando no haya restricciones de viaje. Quiere llevarlos a Uganda para que puedan ver de dónde viene.

Quiere construir una relación con la familia de Johnny para que la transición del niño de regreso a su hogar no sea dolorosa.

Pero a pesar de algunas ofertas en sus mensajes directos de Instagram, no tiene deseos de comenzar una relación romántica.

“No han tenido figuras masculinas estables en su vida”, dice Peter. “Me necesitan para ellos solos en este momento, y mientras sea así, estaré aquí para ellos”.


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