Un éxodo en cuarentena y rechazo al migrante deportado
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Un éxodo en cuarentena y rechazo al migrante deportado

Los migrantes centroamericanos deportados desde EU enfrentan la sospecha de haberse contagiado de COVID-19 y las restricciones aumentan.
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Alejandro pasó su primera noche en Zacualpa, Quiché, durmiendo en el interior de una ambulancia. Dice que llevaba tanto tiempo sin bañarse que ni siquiera recordaba la última vez que pudo frotarse con agua y jabón. Logró hacerlo el 14 de abril, 24 horas después de aterrizar en Guatemala, cuando fue trasladado a los vestuarios del estadio municipal, que se convirtieron en la habitación en la que pasar su cuarentena.

Acababa de llegar como deportado desde Estados Unidos y tuvo que sufrir el rechazo de su propia comunidad. No está enfermo, pero es sospechoso. Todos los que son devueltos desde el norte pueden haberse contagiado con coronavirus, del que ya se han detectado más de un millón de contagios en territorio estadounidense.

El joven no se llama Alejandro, pero suficiente estigma lleva a sus espaldas.

Lee: 15 migrantes en albergue de Nuevo Laredo dan positivo en prueba de COVID-19

Sus ojos son rasgados, su piel, tostada, y al hablar tiene unas formas muy suaves. Alejandro es indígena k’iche’, una de las 23 etnias maya de Guatemala, la parte más marginada de uno de los países más desiguales de América Latina. Tiene 21 años y lleva casi la mitad de su vida trabajando. Esta es una tierra exigente y, desde adolescentes, los chicos ya son tratados como adultos a golpe de cortar caña de azúcar. Alejandro se dejaba la espalda y las manos por menos de dos euros al día. Una miseria a repartir entre él, su esposa y su hija de diez meses, que apenas lo reconoció el día que volvió a la aldea.

“Me fui por necesidad”, dice el joven. Aquí la migración es casi una herencia que pasa de padres a hijos. Por eso, Alejandro se marchó de su comunidad, una sucesión de casitas paupérrimas en uno de los departamentos más empobrecidos de Guatemala. En el país centromericano, seis de cada diez habitantes son pobres. En Quiché, la pobreza golpea al 75% de la población y cuatro de cada diez habitantes sufre necesidad extrema.

La comunidad de Alejandro es un ejemplo de necesidad. Aquí la gran mayoría son construcciones de adobe con tejas de barro. Quien tiene algo más de dinero, o quien lo recibe en forma de remesa desde EEUU, puede levantar su construcción de cemento con techo de lámina. Las viviendas menos humildes no son diferentes a lo que en otros lugares se consideran chabolas, pero basta con mirar sus fachadas para saber quiénes tuvieron éxito al migrar. Ahí están las casas de los héroes, los que pintaron las barras y estrellas en la puerta. Ellos son los que esquivaron a la ‘migra’ , superaron un viaje en el que muchos se dejaron la vida y ahora sostienen a su familia con los dólares que ganan al otro lado del muro.

Alejandro quería ser uno de ellos, dar algo mejor a su familia. Cuando salió de su casa, el 4 de febrero, faltaban dos semanas para la detección del primer caso al norte de Río Bravo y más de un mes para el primer guatemalteco contagiado. Todo cambió en su ausencia. Cuando regresó, el 13 de abril, lo tuvieron que alojar en la ambulancia porque nadie quería ofrecerle un cuarto. El hambre ya no era la principal preocupación de sus vecinos, ahora también lo era el virus.

Deportado desde EEUU, Alejandro tuvo que sufrir el rechazo de su propia comunidad

Si Alejandro hubiese tenido éxito sería un héroe. Pero le atraparon, le dieron la vuelta y regresó con el estigma de ser expulsado de uno de los mayores focos mundiales de la pandemia. “El virus es algo serio, lo entiendo”, dice sobre su llegada a la comunidad.

El joven aterrizó en Ciudad de Guatemala sin ningún documento que acreditase su estado de salud. Dice que pasó su cuarentena en centros de detención en Estados Unidos, pero las autoridades locales no se fiaban. Nada más poner un pie en Zacualpa le advirtieron de que tendría que esperar dos semanas. Cuenta que no presentaba síntomas y aseguraba encontrarse bien. Pero, consciente de la gravedad de la situación, aceptó el aislamiento. Durmió una noche en la ambulancia y después, como no sabían dónde meterlo, le buscaron un espacio en el campo de fútbol.

El miedo y los rumores se extendieron y estuvieron a punto de provocar una rebelión en la comunidad por utilizar el estadio para atender a enfermos de COVID-19. “Nos decían que si alguien enfermaba sería responsabilidad nuestra”, dice la doctora Verónica Orozco Escobar, responsable de la clínica de Zacualpa y la persona que se ha ocupado de la salud del joven desde que llegó al municipio.

La gente en Zacualpa es brava. En 2019, la policía regresó después de ocho años, cuando se extendió el descontento con el resultado de las elecciones municipales y unos vecinos terminaron por prender fuego a la comisaría.

Asustados ante la presencia de alguien a quien consideraban un foco de infección, aseguraron que, si no les daban explicaciones, repetirían su revuelta. Ni el toque de queda decretado por el presidente, Alejandro Giammattei, hizo que los vecinos se resguardasen en casa. Aquella noche fue tensa en el municipio, de poco más de 20.000 habitantes y ubicado a unos 100 kilómetros de la capital. Finalmente, los vecinos entraron en razón y Alejandro pudo completar su cuarentena y regresar a su comunidad como hombre sano. Ya se encuentra con su familia y, tras ser deportado por segunda vez en menos de seis meses, asegura que tratará de salir adelante cortando caña. Dice que ya ha desistido, que no volverá a intentarlo más.

Los deportados, bajo sospecha

La escena que se vivió en Zacualpa no es una excepción. En Ixcán, Esquipulas o Quetzaltenango, municipios guatemaltecos con fuerte tradición migratoria, hay deportados a los que sus vecinos no aceptan o manifestaciones organizadas para que no pasen. Personas que reciben dinero de remesas o que incluso fueron migrantes terminan rechazando a los recién llegados por la fuerza, convencidas de que pueden ser un foco de contagio. El pánico y la sospecha se han instalado en las comunidades, sobre todo durante el toque de queda. En nada han ayudado episodios como el de un expulsado que escapó del centro de confinamiento en Ciudad de Guatemala y una conocida emisora de radio organizó una caza contra el deportado. La búsqueda terminó con el arresto de un individuo que no tenía que ver: un hombre sin hogar al que casi terminan linchando.

Lee: Juez ordena al INM la liberación de migrantes detenidos en estaciones migratorias

“Cuando se anuncia desde EEUU que las personas están contaminadas se genera una situación de zozobra. No hay un debido proceso de acompañamiento médico para las personas que son deportadas”, afirma Mauro Verzeletti, director de la Casa del Migrante de Ciudad de Guatemala. El hombre, con más de dos décadas de apoyo a los centroamericanos que huyen hacia Estados Unidos, opina que la exclusión es también un virus y que “la discriminación llega desde el norte”, con la retórica xenófoba de Donald Trump y sus expulsiones sin siquiera poner un termómetro a los deportados.

El alto índice de contagiados que llegaban en vuelos de deportación desde Estados Unidos llevó al presidente Giammattei a implantar el confinamiento para los recién llegados. Si daban positivo al aterrizar, los enviaban a un hospital de campaña. Entre el 27 de abril y el 4 de mayo, el mandatario guatemalteco suspendió las devoluciones aéreas, aunque no aquellas que llegaban en autobús desde México. No duró mucho.

Menos flujo hacia el norte, más restricciones a quienes migran

La sospecha y el rechazo hacia los deportados es uno de los efectos del virus en los migrantes, pero no es el único. La pandemia ha hecho saltar por los aires todo el sistema migratorio. En Guatemala, Honduras, El Salvador y el sur de México, los flujos hacia el norte han disminuido drásticamente. Ahora se presta más atención a quienes regresan obligados que a quienes hacen las maletas.

Omar Alexis es un hondureño de Choloma, uno de los municipios más violentos de uno de los países más violentos del mundo. Al joven, de 20 años, lo liberaron de la estación migratoria Siglo XXI de Tapachula (Chiapas) a la una de la madrugada del 11 de abril, junto a otros 150 centroamericanos. A todos los deportados, denuncia, les hicieron firmar un papel. Cuando quiso saber de qué se trataba, le respondieron: “Es un permiso para 90 días, si sigues preguntando los pasarás encerrado”. En medio de la noche, Omar Alexis se puso a caminar y no paró hasta días después, cuando alcanzó el albergue de Agua Clara, ubicado a 700 kilómetros.

El documento es la fórmula que encontró el Gobierno mexicano para vaciar las estaciones migratorias. Son centros de detención para extranjeros que podían convertirse en focos de contagio. Durante semanas, las ONG e instituciones como Acnur habían presionado para que los migrantes fuesen liberados. México hizo caso, pero abrió las puertas y les dijo que se buscasen la vida. Su compromiso con EEUU es impedir que personas como Omar Alexis lleguen a la frontera norte, así que les entregó un permiso que las hace pasar por solicitantes de asilo pero impide que puedan viajar libremente por el país.

Omar Alexis es el ejemplo de cómo las autoridades han aprovechado el coronavirus para poner en marcha medidas todavía más restrictivas contra los migrantes. Desde un albergue en Chiapas, el hondureño relata que trató de alcanzar EEUU a finales de marzo. De hecho, logró pisar suelo estadounidense. Fue atrapado en San Antonio, a unos 200 kilómetros de la frontera. Antes, quienes eran interceptados en su situación eran detenidos y procesados en centros de detención, donde podían pedir asilo. Pero Omar Alexis no tuvo opción de defenderse ni de solicitar protección. Los agentes estadounidenses lo agarraron y lo mandaron de vuelta a México a través del puente internacional de Ciudad Acuña, en Coahuila, según su testimonio. Allí fue recibido por agentes mexicanos que lo encerraron en otro centro, esta vez, en su territorio. Desde allí fue trasladado a Siglo XXI, a 41 kilómetros de la frontera con Guatemala, mucho más cerca de su casa que del sueño americano.

Alejandro fue detenido en un momento en el que todavía operaban las reglas habituales y Washington se encargó de hacerle llegar a casa. A Omar Alexis, por el contrario, la Patrulla Fronteriza lo expulsó a México y se desentendió. Este es el gran cambio impuesto por el coronavirus en la línea fronteriza con Estados Unidos.

Lee: Migrantes frente al COVID-19: entregados por EU, abandonados en México y con fronteras cerradas

Desde el 21 de marzo, Donald Trump anunció el cierre de su frontera para cruces no esenciales. El presidente advirtió que todo aquel que pusiese un pie en Estados Unidos y no tuviese documentos sería devuelto a México. La fórmula es una expulsión rápida, sin seguir los procedimientos habituales: la Patrulla Fronteriza estadounidense intercepta a los migrantes, los lleva al puente internacional más cercano y los entrega al Instituto Nacional de Migración mexicano. Y México, por primera vez, acepta a los centroamericanos como si fuesen mexicanos, pero no para otorgarles derechos, sino para encargarse de su deportación. Es decir, los guatemaltecos, hondureños y salvadoreños que son detenidos en EEUU ya no tienen que ser deportados por Washington. Las autoridades mexicanas se hacen cargo.

Le ocurrió a Omar Alexis, que de repente se vio en Tapachula, Chiapas, sin saber qué hacer. Hubo miles en su situación. Hasta mediados de abril, al menos 10.000. Algunos fueron abandonados de madrugada en la frontera con Guatemala e invitados por los agentes migratorios a regresar a través del monte, ya que las fronteras estaban cerradas. Otros permanecieron hacinados en estaciones migratorias hasta que México se vio obligado a liberarlos. Algunos, quizás los que más suerte tuvieron, fueron deportados en avión o en autobús.

Los fallecimientos de personas con coronavirus registrados hasta ahora en Guatemala, El Salvador y Honduras no suman, entre los tres, ni el número de muertos que Nueva York ha llegado a contabilizar en un día. Sin embargo, Washington ha blindado su frontera asegurando que tiene miedo de que los centroamericanos incrementen aún más los contagios. Y México, necesitado de acuerdos con Trump en materias como la producción petrolera, se ha comprometido a ser él quien los deporte.

El limbo de quienes no pueden avanzar

La cara B de las deportaciones sin mecanismos de control son los migrantes que se quedaron a medio camino. O los que esperan en sus casas que el coronavirus de una tregua para ponerse en marcha.

No es buen momento para ponerse en camino hacia el norte. Así lo cree José Alfredo, un joven hondureño al que la pandemia le atrapó a mitad de camino. En realidad, era su tercer intento. Trató de llegar a Estados Unidos con la caravana de enero, pero fue repelido por la Guardia Nacional y devuelto a su país. Lo intentó de nuevo en febrero, antes del cierre de fronteras. Su plan era alcanzar el norte en bicicleta, pero lo interceptaron cuando había pedaleado durante 170 kilómetros. Hizo suyo el dicho de “a la tercera, va la vencida” y regresó a México, pero ahora espera en Comitán, un municipio de Chiapas, a que las condiciones mejoren para retomar la ruta hacia el norte. Ha encontrado trabajo en un lavadero de coches que no cierra ni por riesgo de contagio y espera su oportunidad.

“Ahora no se ve a nadie en ruta, voy a esperar un tiempo a que todo se tranquilice”, dice. José Alfredo está en un limbo extraño. La migración se define por el movimiento y él ha quedado anclado en un lugar que no es origen ni destino.

Ramón Márquez, director de La 72, albergue ubicado en Tenosique, en el sur de México, corrobora este frenazo en el flujo de migrantes. “Nunca antes había visto que se parara así”, asegura. En su opinión, el miedo a la pandemia es la razón principal que explica que los caminos estén vacíos. Pero esto no implica que no haya nadie intentando cruzar a EEUU. El 3 de mayo, las autoridades estadounidenses anunciaron que 21 personas habían sido detenidas en el interior de un tráiler cuando cruzaban la frontera. La ruta que ha quedado menguada es la que emplean los pobres de entre los pobres, los que no disponen de 12.000 dólares para pagar a un coyote. “El crimen organizado sigue trabajando”, afirma Mauro Verzeletti.

Los motivos que empujan el éxodo se mantienen. Se prevé que las medidas de confinamiento causen efectos catastróficos en economías ya hundidas como las del norte de Centroamérica. En Honduras, donde seis de cada diez ciudadanos son pobres, hay protestas exigiendo un apoyo mínimo a las familias. En Guatemala, proliferan las banderas blancas como símbolo de las casas en las que se pasa hambre. En El Salvador, el presidente Nayib Bukele encierra a todos aquellos que son sorprendidos violando el toque de queda, aunque se trate de una mujer que acompañaba a su hijo a la letrina por ser tan pobre que no tenía un baño en el interior de su casa.

La violencia, otra epidemia que por ahora mata más que el coronavirus, no ha cesado. En Honduras, se mantiene una media de nueve asesinatos al día, mientras que en El Salvador se produjo un fin de semana sangriento con 77 homicidios, que rompió con la tendencia a la baja. Si las condiciones que motivan la migración no cambian, solo habrá que esperar para ver por dónde se reactiva el flujo.

La pandemia ha demostrado que no hay frontera cerrada cuando los países quieren deportar a familias con hambre y víctimas del crimen. La marcha hacia el norte ha disminuido su intensidad, pero todo apunta a que será solo un paréntesis. Con el coronavirus, el éxodo solo se ha puesto en cuarentena.

* Este texto se publicó originalmente en el especial “Desprotegidos” elaborado por eldiario.es con la colaboración de Oxfam.

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25 de agosto, 2020
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Hasta 1982, las lejanas y paradisíacas islas de Palaos no contaban con ningún hotel.

Ese año se inauguró el primer alojamiento turístico y desde entonces, este país, rodeada por las aguas celestes del océano Pacífico, ha disfrutado del auge del turismo.

En 2019 llegaron a Palaos 90.000 turistas, cinco veces la población total.

Según los datos recogidos por el FMI (Fondo Monetario Internacional), en 2017 el turismo representó el 40% del PIB del país.

Pero eso fue antes de la pandemia de covid-19.

Vista aérea de unos islotes de Palaos.

Getty Images
La República de Palaos se halla en un privilegiado enclave de Oceanía.

Las fronteras de Palaos han permanecido cerradas desde finales de marzo y es uno de los diez países del mundo sin casos confirmados (contando sólo los países miembros plenos de Naciones Unidas y excluyendo a Corea del Norte y Turkmenistán).

Sin embargo, aunque no se ha registrado ni un solo caso, el virus de alguna manera sí ha devastado el país.

Los hoteles están cerrados, los restaurantes vacíos y las tiendas de souvenirs no venden nada.

Los únicos huéspedes que tienen ahora los hoteles son los residentes que regresan a la isla y están obligados a guardar cuarentena.


Países sin casos registrados de covid-19

  • Palaos
  • Micronesia
  • Islas Marshall
  • Nauru
  • Kiribati
  • Islas Salomón
  • Tuvalu
  • Samoa
  • Tonga
  • Vanuatu

“El océano aquí es mucho más bonito que en cualquier otro lugar del mundo”, dice Brian Lee, gerente y copropietario del Hotel Palau.

Es el océano azul celeste lo que mantuvo ocupado a Brian.

Antes de la pandemia, sus 54 habitaciones tenían una ocupación del 70% al 80%.

Pero cuando las fronteras se cerraron, no hubo nada a lo que recurrir.

“Es un país pequeño, así que es normal que la gente local no se quede en Palaos”, dice Brian.

El hotel tiene alrededor de 20 empleados y los ha mantenido a todos, aunque con horario reducido.

“Trato de encontrarles trabajo haciendo otras tareas como mantenimiento, renovación, etc”, dice.

Sin embargo, los hoteles vacíos no pueden mantenerse ni renovarse para siempre.

Buzo en aguas de Palaos

Reinhard Dirscherl/ Getty Images
Los arrecifes de coral de Palaos son el principal atractivo para muchos visitantes.

“Puedo estar así otro medio año”, dice Brian.

“Pero luego es probable que tenga que cerrar”.

Apoyo estatal

Brian no culpa al gobierno, que ha ofrecido apoyo financiero a los residentes y, después de todo, ha mantenido alejado al virus.

“Creo que han hecho un buen trabajo”, dice.

Y, sin embargo, para que el primer hotel que hubo en Palaos sobreviva, algo tiene que cambiar pronto.

El presidente anunció recientemente que los viajes aéreos “esenciales” podrían reanudarse el 1 de septiembre.

Mientras tanto, ha habido rumores de que se instauraría un “corredor aéreo” con Taiwán que permitiría la visita de turistas.

Pero para Brian, la medida podría llegar demasiado tarde.

Islas del Pacífico

BBC

“Creo que tienen que empezar a reabrir de nuevo. Tal vez podamos tener burbujas de viajes con Nueva Zelanda y países del entorno”, dice.

“De lo contrario, nadie podrá sobrevivir aquí”.

El caso de las Islas Marshall

A unos 4.000 km al este a través del vasto Océano Pacífico, las Islas Marshall también permanecen libres de covid-19.

Pero, como Palaos, no tener casos también ha tenido un impacto.

El Hotel Robert Reimers se encuentra en una franja de tierra en el atolón principal, Majuro, con una laguna a un lado y el océano al otro.

Atolón Bikini

Getty Images
El atolón Bikini es uno de los más famosos de las Islas Marshall.

Antes de la pandemia, las 37 habitaciones tenían una ocupación del 75% al 88%.

Sus huéspedes llegaban principalmente de Asia, del Pacífico o “el continente” (Estados Unidos).

Desde que se cerraron las fronteras a principios de marzo, la ocupación ha caído a entre el 3% y el 5%.

“Algunos de nuestros huéspedes vienen de las islas exteriores”, dice Sophia Fowler, que trabaja para el grupo hotelero.

“Pero no muchos”.

A nivel nacional, se espera que el país pierda más de 700 puestos de trabajo en la recesión post-covid, la mayor caída desde 1997.

De ellos, 258 estarán en el sector de hoteles y restaurantes.

También la pesca

Pero el autoaislamiento afecta a sectores más allá del turismo, y las Islas Marshall dependen mucho menos de los turistas que Palaos.

El problema para estas islas es la industria pesquera.

Para mantener el país libre de covid-19, los barcos que han estado en países infectados tienen prohibido ingresar a sus puertos.

Otros barcos, incluidos los buques tanque de combustible y los portacontenedores, deben pasar 14 días en el mar antes de atracar.

.Las licencias de pesca están suspendidas y se ha rebajado el número de vuelos de carga.

El efecto es claro.

Las Islas Marshall están especializadas en peces de acuario, el más popular es el pez ángel llama, pero las exportaciones cayeron un 50%, según un informe estadounidense.

El envío de atún sashimi se redujo en la misma cantidad.

Otras industrias pesqueras esperan una caída del 30% durante el año.

En resumen, se puede mantener el virus fuera del país, pero luchar contra sus efectos en la economía es distinto.

Así que al final el covid-19 te arrastra de una forma u otra.

Sophia Fowler “espera” que las cosas vuelvan a la normalidad para el país y el Hotel Robert Reimers el próximo año.

¿Pero si no lo hacen?

“Entonces no será un proyecto viable”, dice.

Pero aunque el cierre de las fronteras ha empobrecido a los países sin casos de covid, no todos quieren salir del confinamiento.

El doctor Len Tarivonda es el director de salud pública en Vanuatu, otra isla del Pacífico con una población de 300.000 habitantes.

Aunque trabaja en la capital, Port Vila, es de Ambae, una isla de 10.000 habitantes a unos 275 kilómetros al norte.

“La mayoría de los habitantes prefiere que la frontera se mantenga cerrada el mayor tiempo posible”, cuenta.

“Dicen: ‘No queremos que la enfermedad llegue. Si sucede, básicamente estamos condenados'”.

Alrededor del 80% de la población de Vanuatu vive fuera de las ciudades y de la “economía formal”, dice Tarivonda.

“Y creo que no necesariamente sienten el apuro todavía. Son agricultores de subsistencia, cultivan sus propios alimentos, dependen de la economía local y tradicional”.

No obstante, el país sufrirá.

El Banco Asiático de Desarrollo espera que el PIB caiga casi un 10%, la mayor caída de Vanuatu desde su independencia en 1980.

Anne Pakoa

BBC
Los pueblos rurales de Vanuatu son muy numerosos y carecen de atención médica permanente.

Pero ese retroceso no se debe solo al cierre de fronteras por el covid-19.

En abril, el ciclón tropical Harold azotó gran parte del país, mató a tres personas y afectó a más de la mitad de la población.

“Teníamos sesiones informativas diarias sobre operaciones de emergencia sanitaria”, recuerda Tarivonda.

“Primero discutiríamos sobre el covid, luego sobre el ciclón Harold. Dos desastres al mismo tiempo”.

Sin embargo, la pandemia tendrá un impacto más duradero.

En julio, el gobierno anunció que tenía planes para reabrir la frontera a otros países “seguros” antes del 1 de septiembre.

Pero al aumentar los casos en Australia y Nueva Zelanda, el plan comenzó a retrasarse.

Tarivonda, que forma parte del grupo de trabajo fronterizo junto con funcionarios del gobierno, del sector del turismo y de las aerolíneas, admite que están “casi de vuelta al punto de partida” y no tienen una nueva fecha para la reapertura.

Vanuatu

Getty Images
Vanuatu es otro destino paradisíaco.

Los viajes transfronterizos más pequeños pueden ayudar a Vanuatu.

El ejemplo más reciente es cuando el gobierno permitió que 172 trabajadores viajaran al Territorio del Norte, en Australia, durante seis meses para recoger mangos.

Aunque las remesas ayuden en la situación económica, no son suficientes en un país donde el 35% del PIB proviene del turismo.

Sin prisa

Pero, a pesar de esa necesidad de reabrir las fronteras, Vanuatu no se apresurará en hacerlo.

El doctor Tarivonda recuerda con preocupación el caso de Papua Nueva Guinea, que estuvo casi libre de covid hasta un fuerte aumento a fines de julio.

“Si el virus entra en el país, probablemente será como un incendio forestal, y lo que estamos viendo en Papúa Nueva Guinea refleja por qué estamos preocupados”, dice.

“Dadas nuestras limitaciones y el contexto que tenemos en el Pacífico, la mejor opción es mantener el virus fuera de nuestro país el mayor tiempo posible”.

Funafuti, Tuvalu.

Getty Images
¿Llegará el covid a las remotas islas del Pacífico?

A medida que pasan los meses, aumenta la desesperación en los países cerrados del Pacífico.

Sin embargo, Jonathan Pryke, director del Programa de las Islas del Pacífico en el Instituto Lowry, no tiene ninguna duda de que la única opción para estos países es el autoaislamiento.

“Incluso si mantuvieran sus fronteras abiertas, sus principales mercados turísticos de Australia y Nueva Zelanda no estarían abiertos, ya que han cerrado sus propias fronteras”, dice.

“Así que solo habríamos conseguido lo peor de ambos mundos: una crisis de salud y una crisis económica. Tendremos años y años para ver cuáles fueron las decisiones correctas”.

“Pero echando la vista atrás, nadie duda de que cerrar fue la medida correcta para estos países del Pacífico”, concluye Pryke.

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