Cuando las medidas sanitarias son inaplicables: la COVID-19 en Ecatepec
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Cuando las medidas sanitarias son inaplicables: la COVID-19 en un asentamiento de Ecatepec

En lugares como San Miguel Xalostoc, no se puede cumplir el confinamiento si eso implica no salir a trabajar, porque si no se trabaja no se come. Y aunque el virus da miedo, el hambre es más real.

Isidra López Cruz tiene 64 años y cumple las medidas de prevención contra la COVID-19 cuando las circunstancias lo permiten. 

No tiene agua corriente y la recoge en cubos de unos tambos apilados frente a su domicilio, una precaria estructura de tabicón y techo de lámina. 

Se queda en casa a regañadientes. Antes salía a vender al tianguis, pero ahora, protesta, no la dejan. En una comunidad pobre como la suya, el confinamiento no es una medida de prevención sanitaria. Uno se queda en casa cuando no puede salir a trabajar.  

Si enfermara por coronavirus, le sería difícil mantener un aislamiento. Más de 30 personas viven en el interior de su vivienda, entre hijos y nietos, que se dividen en varios cuartos. 

El domicilio está en uno asentamiento irregular ubicado junto a la vía del tren en San Miguel Xalostoc, Ecatepec, Estado de México. Hace tres días le dijeron a Isidra que su hijo César, que vive en una colonia cercana, podía haberse contagiado. Según le explicó, le ardía la garganta y le dolía le cabeza. Por eso los doctores lo mandaron a casa justo un día después de que el hombre la visitó para celebrar su cumpleaños. 

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“Me besó y me abrazó, pero yo me siento bien, así que será una gripa”, dice la mujer. 

Isidra López Cruz durante el confinamiento a causa del desempleo provocado por la pandemia Covid -19. Foto: Carlo Echegoyen.

A falta de prueba médica el diagnóstico de César era de “posible coronavirus”. La receta: quedarse en casa y avisar a sus familiares, que también deberían guardar cuarentena. O, al menos, vigilar los síntomas.

No se puede quedar uno confinado si eso implica no salir a trabajar. Si no se trabaja no se come. Y aunque el virus pueda dar miedo, el hambre es más real.

Dice Isidra que hambre no han pasado. Que Gabriel, el esposo de su hija Paloma, sale todos los días a trabajar con un camión de la limpieza para que no les falte de nada. Pero ya se escucha que se despide a gente. Así que mejor confiar en que el virus pasó de largo y seguir con las rutinas. 

“La situación es complicada por la cuestión económica. Esta difícil porque no hay trabajo. No podemos andar libremente por la calle por el coronavirus”, explica la mujer, decepcionada. 

Isidra es de baja estatura y decidida, con una forma de hablar segura y carismática. Tiene sentido del humor y se le nota que está acostumbrada a cargar en sus espaldas con la vida de la gente.

Ella, junto a su esposo Sabino, fallecido hace dos meses, fueron los fundadores de este asentamiento popular hace casi un cuarto de siglo. Levantaron la primera casa a orillas de la vía del tren en San Miguel Xalostoc, casi en el límite con la Ciudad de México. Como no tenían dinero para rentar pero sí muchos chamacos que podían ayudar en la construcción, se instalaron irregularmente en un baldío federal, a escasos dos metros del ferrocarril.

La ley no lo permite, dice que hay que dejar al menos 15 metros desde el eje, pero la necesidad eligió por ellos. El terreno tampoco es suyo y siempre está la amenaza del desalojo.

Pero el tiempo consolida hasta las construcciones más provisionales y la comunidad fue creciendo hasta las 876 viviendas que forman el asentamiento. 

“El asentamiento popular es una de las manifestaciones más crudas de la pobreza y desigualdad”, dice Juan Pablo Chávez Navarro, director de la oficina en Ciudad de México de Techo, una ONG que trabaja con comunidades en situación de marginación. Llevan desde 2010 con proyectos en la zona, como arreglar unos juegos para niños o instalar unas lámparas que den un poco de seguridad en uno de los municipios con más feminicidios del país.

Ahora observa con preocupación el impacto de la crisis en la economía. Además, advierte de los riesgos que la precariedad genera en medio de la pandemia.

Un niño del asentamiento juega en las vías del tren. Foto: Carlo Echegoyen.

“Los espacios son bastante pequeños. En una casa viven muchas veces más de dos núcleos familiares, de cuatro a ocho personas habitando el mismo espacio”, lamenta Chávez Navarro. 

Si los habitantes del asentamiento eran vulnerables antes del coronavirus ahora lo son más. La falta de servicios básicos dificulta la prevención de la COVID-19. La crisis provocada por la pandemia los precariza más de lo que estaban. 

“Hasta ahorita no hemos tenido ningún caso, alguien que se haya contagiado. Estamos bien, normal. Salimos a la calle con nuestro cubrebocas, aunque nos recomendaron no salir para no contagiarnos”, explica Isidra.

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Pasan unos minutos del mediodía del miércoles, 20 de mayo. Un tren acaba de atravesar el asentamiento. Algunas veces vienen en sus vagones migrantes centroamericanos despistados que no saben que se dirige hacia Puebla, que “la Bestia” hacia Estados Unidos hay que tomarla en otro punto.

Alrededor de las vías hay un enjambre de niños que llevan dos meses sin poder ir a clases y que se han convertido en los dueños del territorio, como salidos de “El señor de las moscas”.

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En la escuela les mandan las tareas por internet, pero no todos los hogares tienen computadora, ni siquiera dinero para los datos del celular con los que descargarse los ejercicios. En las casas, hombres y mujeres que antes trabajaban pero que han visto cómo la pandemia cortaba por completo sus ingresos. La enfermedad no se ve, pero la escasez golpea. 

Si en este asentamiento preguntas por el coronavirus todos te responden que su verdadero problema es que no tienen trabajo. 

La pandemia ha arrasado con los empleos, en su mayoría precarios. Muchos salían a vender en los tianguis, pero se han cancelado para evitar contagios. Otros trabajaban en obras que se han suspendido hasta nuevo aviso. Los más afortunados, los que conservan la chamba, son los que soportan la carga familiar.

Ecatepec es el segundo municipio que ha detectado más casos de COVID-19 en el Estado de México: mil 400 contagios y 145 fallecimientos según las cifras ofrecidas el martes por la Secretaría de Salud.

Aquí la epidemia que más preocupa es la de la pobreza. Según datos de 2018 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), 720 mil personas, cerca del 40% de la población del municipio, sufría escasez, y 290 mil, pobreza extrema. 

Ganar lo justo para tortillas y sopa

“Aquí somos quince en un cuarto chiquito. Aquí se duerme mi hijo, su esposa y mi nieto. Aquí otro hijo con su esposa y los niños. Allá otro hijo y yo duermo aquí”. Gloria Macedonio de Jesús muestra el lugar en el que pasan la noche los 15 integrantes de su familia. Es un pequeño cuartito de unos nueve metros de largo y dos de ancho forrado por plásticos para que cuando llueve no se moje el interior. “Nada más para dormir”, explica.

Gloria Macedonio de Jesús explica la manera en la que duermen ella y los otros 10 integrantes de su familia. Foto: Carlo Echegoyen.

Otro lugar en el que sería imposible aislarse si el coronavirus tiene la mala idea de cazar a alguien de la familia. 

En esta casa todo el que tiene edad para salir a vender tiene que hacerlo. El problema es que no hay clientes ni lugar en el que buscarlos. 

Antes vendían plantas por los tianguis. Ahora las plantas están en sus bolsas de plástico a las puertas de la casita precaria en la que se hacinan Gloria y sus hijos.

La mujer, originaria de Oaxaca, tiene arrugas que le cuartean la piel y un cabello larguísimo. Arregla las plantas mientras se protege del sol junto su hijo, su nuera y dos nietos en una pequeñísima sombra en el exterior de la casa. Están acostumbrados a las estrecheces.

Dice que la última vez que salió a hacer negocio se embolsó 150 pesos, a los que había que descontar los 50 del desplazamiento. “Tan siquiera nos alcanza para la comida, tortilla y sopa comemos”, dice.

Historias similares se escuchan en todo el asentamiento. Familias que antes tenían poco y ahora tienen menos pero que, al final, sobreviven. 

Lo explica Juana Rodríguez, que antes vendía sombrillas por los tianguis y que lleva dos meses sin ingresos. Su esposo trabaja como albañil y estuvo dos semanas sin trabajo. A mediados de mayo, cuando la curva de contagios estaba en su punto álgido, le volvieron a llamar. Y allá que fue, mucho más preocupado de que no le diesen el empleo que de poder enfermar. 

“Hay veces que no alcanza. Que no había para comprar comida y solamente mi familia me mandaba”, dice Juana.

La crisis también les alcanzó en Oaxaca y ahora no hay para nadie. 

Para la mujer, la culpa es del gobierno por mantener cerrados los negocios. “Esto nos perjudica a todos. Estamos encerrados y de todos modos hay enfermedades. Nosotros vamos al día. Estamos muy mal”, asegura.

Dicen que Dios aprieta, pero no ahoga y en casa de Juana eso significa que siempre hay frijoles, arroz, pollo o verduras. 

“Hambre no hemos pasado. Aunque estamos muy perjudicados y nadie nos apoya”, asegura.

Juana Rodríguez cuenta que el reparto de agua se hace cada semana mediante pipas que envía el ayuntamiento de Ecatepec. Foto: Carlo Echegoyen.

Desde que comenzó la pandemia, este asentamiento no ha visto ayudas de ningún tipo. Y eso que forman parte del sector más vulnerable, según reconoce Gabriel Salazar, director del área de comunicación social de la alcaldía de Ecatepec.

Asegura el funcionario que a partir de hoy está previsto el reparto de despensas y kits de limpieza. Más de 130 mil paquetes de productos básicos como arroz, frijol y agua que cuestan 300 pesos cada uno y adquiridos en mercados locales. 

Según el vocero, el gran riesgo al que se enfrenta ahora Ecatepec es la escasez de agua. Denuncia que el gobierno del Estado de México, dirigido por Alfredo Del Mazo, les ha recortado 518 millones de litros de agua que llegaban desde el tanque ubicado en Cerro Gordo.

Por ahora el asentamiento de Xalostoc no se ha visto golpeada por este problema. Pero es el municipio el que llena los tambos cada ocho días. Así que Salazar avisa que esta agua también podría estar en riesgo. 

En pleno auge de los contagios, la alcaldía de Ecatepec ha suspendido 308 durante una semana. “Lamentablemente no hay conciencia del ciudadano para acatar la medida”, dice. 

En el asentamiento responden: no es que se expongan al contagio por gusto, es que si no van al tianguis a vender igual esa noche no cenan.  

Para atender la falta de empleos, asegura el funcionario que la alcaldía tiene previsto lanzar 30 mil empleos públicos dentro de un plan de inversión de 190 millones de pesos en programas sociales.

Pero falta tiempo para que esos empleos lleguen a gente como Elio Omato, de 38 años, albañil que lleva un mes sin trabajo. Antes tenía su jornal en una constructora en el municipio de Cuautitlán Izcalli, también en el estado de México. “Pararon la obra, nos descansaron a todos y sin sueldo”, lamenta.

En su casa solo viven tres personas: su esposa, su hijo y él. Para pasar la semana disponen de un monto variable, entre 300 y 600 pesos, dependiendo de su esposa trabaje uno o dos días limpiando un domicilio en la Ciudad de México.  

Como no tiene trabajo, el hombre pasa el tiempo tratando de buscarse la vida en el asentamiento. 

Cuando no hay nada que hacer surgen las preocupaciones. Que si no hay trabajo. Que si cuándo terminará el confinamiento decretado por el gobierno y podrán regresar a sus puestos. Que si alguien vendrá para dar alguna ayuda. 

Aquí la COVID-19 da respeto, pero se habla de ella como de algo muy lejano. Nadie duda de su existencia, pero la ubican en otro planeta, aunque este pueda ubicarse a tres calles de distancia. En el asentamiento también muere la gente, pero siempre es de otra cosa. Tampoco la gente habla demasiado sobre sus propias tragedias. Y esto lleva a la extensión de los rumores. La desinformación es otro de los daños colaterales del coronavirus. 

Por ejemplo, aparece en la conversación el caso de un señor que falleció en su casa hará un mes más o menos. Refrescos sobre la mesa que la escasez de cerveza también afecta a Ecatepec. Y especulaciones sobre qué pudo ocurrir con aquel hombre al que todo el mundo conocía y que murió a finales de abril. 

“Nosotros supimos que tuvo síntomas, que tuvo mucha tos y temperatura”, dice un joven. 

“Pero se hubieran contagiado sus hijos y ellos no enfermaron”, rebate una mujer. 

“Yo supe que estaba malo de la tos”, insiste otro hombre. 

“Velaron el cuerpo. Hasta fuimos. No nos ha pasado nada, así que será otra cosa”, argumenta la señora. “Ahí fue el velorio. Él murió en su casa y ahí hicieron todos los trámites. Ya no se llevaron el cuerpo al hospital ni le hicieron autopsia, no más lo embalsamaron y se lo llevaron a su pueblo”.

“Ahí se nos quedó la duda, pero no sé, ni soy quién para decir nada”, agrega el primero.

“Un contagiadero que hubiera habido”, dice la señora.

César, el hijo de Isidra, ya se encuentra mejor. Dicen los médicos que el viernes le darán el alta. Y en casa de la mujer nadie ha enfermado. Así que las preocupaciones se dirigen hacia el bolsillo. Todos los días hay que comer. Y hay que seguir echándole ganas mientras confían en que la enfermedad siga lejos. 

El domingo se celebró un velorio en la calle Cristóbal Colón, la primera situada junto a la entrada del asentamiento. Causa de la muerte: posible COVID-19.

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La Tierra alcanza los 8.000 millones de habitantes: ¿a cuántas personas puede albergar nuestro planeta?

Se espera que este 15 de noviembre la población humana alcance los 8.000 millones. BBC Future analiza uno de los temas más controvertidos de nuestro tiempo: ¿somos demasiados?
Foto: Alamy
15 de noviembre, 2022
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La Organizaciones de Naciones Unidas (ONU) predijo lo que hoy se cumplió: ya hay 8 mil millones de habitantes en la Tierra.

Con la expansión de la población ha llegado una gran división. Algunos ven nuestros números crecientes como una historia de éxito sin precedentes.

De hecho, hay una escuela de pensamiento emergente que defiende que en realidad necesitamos más personas.

En 2018, el multimillonario tecnológico Jeff Bezos predijo un futuro en el que nuestra población alcanzará un nuevo hito decimal, en la forma de un billón de humanos dispersos por nuestro Sistema Solar, y anunció que está planeando formas de lograrlo.

Mientras tanto, otros, incluido el locutor británico e historiador natural David Attenborough, han etiquetado a nuestro masivo enjambre humano como una “plaga para la Tierra”.

Desde este punto de vista, casi todos los problemas ambientales que enfrentamos actualmente, desde el cambio climático hasta la pérdida de biodiversidad, el estrés hídrico y los conflictos por la tierra, se remontan a nuestra reproducción desenfrenada durante los últimos siglos.

Allá por 1994, cuando la población mundial era de “apenas” 5.500 millones, un equipo de investigadores de la Universidad de Stanford, en California, calculó que el tamaño ideal de nuestra especie estaría entre 1.500 y 2.000 millones de personas.

Entonces, ¿está sobrepoblado actualmente el mundo? ¿Y qué podría deparar el futuro para el dominio global de la humanidad?

Una preocupación ancestral

En la obra magna de Platón, “La República”, escrita alrededor del año 375 a.C., el filósofo describe dos ciudades-estado imaginarias. Una es saludable y la otra es “lujosa” y “febril”.

En esta última, la población gasta y devora en exceso, entregándose al consumismo hasta “sobrepasar el límite de sus necesidades”.

Imagen de Platon

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En la Antigua Grecia, el filósofo Platón abogó por el control de la población y del consumo.

Esta ciudad-Estado moralmente decrépita finalmente recurre a apoderarse de las tierras vecinas, lo que naturalmente desemboca en una guerra: simplemente no puede mantener a su gran población codiciosa sin recursos adicionales.

Platón se había topado con un debate que todavía está vivo hoy: ¿el problema es la población humana o son los recursos que consume?

En su famoso trabajo, “Un ensayo sobre el principio de la población”, publicado en 1798, Thomas Malthus, un clérigo inglés con una inclinación por el pesimismo, comenzó con dos observaciones importantes: que todas las personas necesitan comer y que les gusta tener relaciones sexuales.

Cuando se lleva a su conclusión lógica, explicó, estos simples hechos conducen a que las demandas de la humanidad superen los suministros del planeta.

“La población, cuando no se controla, aumenta en una proporción geométrica. La subsistencia aumenta solo en una proporción aritmética. Un ligero conocimiento de los números mostrará la inmensidad del primer poder en comparación con el segundo”, escribió Malthus.

El futuro de los habitantes en la Tierra

En otras palabras, un gran número de personas conduce a un número aún mayor de descendientes, en una especie de circuito de retroalimentación positiva, pero nuestra capacidad para producir alimentos no necesariamente se acelera de la misma manera.

Estas simples palabras tuvieron un efecto inmediato, encendiendo un miedo apasionado en algunos y la ira en otros, lo que continuaría reverberando en la sociedad durante décadas.

El primer grupo pensó que había que hacer algo para evitar que nuestros números se descontrolaran. El segundo, que limitar el número de personas era absurdo o poco ético, y en su lugar se debería hacer todo lo posible para aumentar el suministro de alimentos.

Cuando se publicó el ensayo de Malthus, había 800 millones de personas en el planeta.

Sin embargo, no fue sino hasta 1968 que surgieron las preocupaciones modernas sobre la sobrepoblación global, cuando un profesor de la Universidad de Stanford, Paul Ehrlich, y su esposa, Anne Ehrlich, escribieron “La bomba demográfica”.

Portada de "La bomba demográfica" de Paul Ehrlich

Sierra Club/Ballantine Books
Este libro dio pie a la preocupación actual por la sobrepoblación.

Se inspiró en la ciudad india de Nueva Delhi. La pareja regresaba a su hotel en un taxi una noche y atravesó un barrio pobre, donde se vieron abrumados por la cantidad de actividad humana en las calles.

Escribieron sobre la experiencia de una manera que ha sido muy criticada, especialmente porque la población de Londres en ese momento era más del doble que la de Nueva Delhi.

La pareja publicó su libro debido a la preocupación por la hambruna masiva que creían que se avecinaba, particularmente en los países en desarrollo, pero también en lugares como Estados Unidos, donde la gente comenzaba a notar el impacto que estaba teniendo sobre el medio ambiente.

El trabajo ha sido ampliamente acreditado con (o acusado de, según el punto de vista) desencadenar muchas de las ansiedades actuales sobre la sobrepoblación.

Visiones encontradas

Las estimaciones varían, pero se espera que alcancemos el “punto más alto humano” entre los años 2070 y 2080, momento en el que habrá entre 9.400 y 10.400 millones de personas en el planeta.

Puede que sea un proceso lento: si llegamos a los 10.400 millones, la ONU espera que la población se mantenga en ese nivel durante dos décadas, pero finalmente, después de esto, se prevé que la población disminuya.

Esto ha generado visiones encontradas sobre nuestro futuro.

En un extremo del espectro se encuentran aquellos que ven como una crisis las tasas de fertilidad bajas de algunas regiones del planeta.

Un demógrafo está tan preocupado por la caída en la tasa de natalidad en Reino Unido que ha sugerido gravar a las personas sin hijos.

En 2019, en el país nacían en promedio 1,65 niños por mujer. Esto está por debajo del nivel de reemplazo (la cantidad de nacimientos necesarios para mantener el mismo tamaño de población) de 2,075, aunque la población siguió creciendo debido a la inmigración.

Una muchedumbre de gente en un concierto

Getty Images
Algunos están preocupados por la sobrepoblación mientras que otros advierten que la natalidad está cayendo en casi todo el mundo, lo que podría traer problemas.

El punto de vista opuesto es que desacelerar y eventualmente detener el crecimiento de la población mundial no solo es eminentemente manejable y deseable, sino que puede lograrse a través de medios totalmente voluntarios, métodos como simplemente proporcionar anticonceptivos a quienes los deseen y educar a las mujeres.

De esta manera, los defensores de esta posición creen que no solo podríamos beneficiar al planeta, sino también mejorar la calidad de vida que experimentan los ciudadanos más pobres del mundo.

Por otro lado, otros abogan no fijarse en el número de personas en el mundo y centrarse en nuestras actividades.

Argumentan que lo importante es la cantidad de recursos que utiliza cada persona y señalan que el consumo es significativamente mayor en los países más ricos con tasas de natalidad más bajas.

Reducir nuestras demandas individuales sobre el planeta podría reducir la huella de la humanidad sin sofocar el crecimiento en los países más pobres.

De hecho, el interés occidental en reducir el crecimiento de la población en las partes menos desarrolladas del mundo ha sido acusado de tener matices racistas, cuando Europa y América del Norte están más densamente pobladas en general.

El impacto ambiental con 8 mil millones de habitantes en la Tierra

Más allá de este debate, las estadísticas sobre el impacto que hemos tenido sobre la Tierra son alarmantes.

Según el organismo de la ONU para la Agricultura y la Alimentación (FAO), el 38% de la superficie terrestre del planeta se utiliza para cultivar alimentos y otros productos (como combustible) para los seres humanos o su ganado: cinco mil millones de hectáreas en total.

Y aunque nuestros antepasados vivían entre gigantes, cazando mamut y pájaros elefantes de 450 kg, hoy somos la especie vertebrada dominante en la Tierra.

En peso, los humanos representamos el 32% de los vertebrados terrestres, mientras que los animales salvajes representan solo el 1% del total. El ganado representa el resto.

Animales migrando

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Las migraciones naturales de muchos animales salvajes ahora son imposibles de hacer sin deambular por asentamientos humanos o infraestructura humana.

El Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, por sus siglas en inglés) descubrió que las poblaciones de vida silvestre disminuyeron en dos tercios entre 1970 y 2020; durante el mismo período, la población mundial se duplicó con creces.

De hecho, a medida que aumenta nuestro dominio, se han producido muchos cambios ambientales en paralelo, y varios ambientalistas prominentes, desde la primatóloga Jane Goodall, famosa por su estudio de los chimpancés, hasta el naturalista y presentador de televisión Chris Packham, han expresado su preocupación.

En 2013, Attenborough explicó su punto de vista a la revista Radio Times: “Todos nuestros problemas ambientales se vuelven más fáciles de resolver con menos personas, y más difíciles y en última instancia imposibles de resolver con cada vez más personas“.

A algunos la alarma por la huella ambiental de la humanidad los ha llevado a decidir tener menos o ningún hijo, incluidos el duque y la duquesa de Sussex, Harry y Meghan, quienes anunciaron en 2019 que no tendrían más de dos por el bien del planeta.

En el mismo año, Miley Cyrus también declaró que aún no tendría hijos porque la Tierra está “enojada”.

Un número creciente de mujeres se están uniendo al movimiento antinatalista y han declarado una “huelga de natalidad” (BirthStrike), hasta que se aborde la emergencia climática actual y la crisis de extinción.

La tendencia se vio impulsada por una investigación de 2017, que calculó que el simple hecho de tener un hijo menos por mujer en el mundo desarrollado podría reducir las emisiones anuales de carbono de una persona en 58,6 toneladas de “CO2 equivalente” o CO2e, más de 24 veces el ahorro de no tener un auto.

Hoy en día, se acepta ampliamente que las personas están ejerciendo una presión insostenible sobre los recursos finitos del mundo, un fenómeno que se destaca en el “Día del exceso de la Tierra”, la fecha en la que cada año se estima que la humanidad ha agotado todos los recursos biológicos que el planeta puede brindar de manera sostenible.

En 2010 cayó el 8 de agosto. Este año fue el 28 de julio.

Conmemoración del "Día del exceso de la Tierra" en Berlín, en 2018.

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Conmemoración del “Día del exceso de la Tierra” en Berlín.

Ya sea que el problema sea que hay demasiados humanos, los recursos que usamos o ambos, “no puedo siquiera imaginar cómo más humanos podrían ser mejores para el medio ambiente”, dice la académica Jennifer Sciubba, autora del libro “8.000 millones y contando: cómo el sexo, la muerte y la migración dan forma a nuestro mundo”.

Sin embargo, Sciubba señala que la idea de una inminente “bomba demográfica” que viene a destruir el planeta -como sugiere el libro de los Ehrlich- está desactualizada.

“Cuando lo escribieron creo que había 127 países en el mundo donde las mujeres en promedio tenían cinco o más hijos en su vida”, dice.

En esa era, las tendencias de la población realmente parecían exponenciales, y ella sugiere que esto infundió pánico sobre el nivel de población en ciertas generaciones que aún están vivas hoy.

“Pero hoy solo hay ocho ”, expone Sciubba. “Así que creo que es importante que nos demos cuenta de que esas tendencias cambiaron“.

Un futuro más feliz

La demografía no solo influye en el medio ambiente y la economía: también es una poderosa fuerza oculta que da forma a la calidad de vida de las personas en todo el mundo.

Según Alex Ezeh, profesor de Salud Global en la Universidad de Drexel, en Pensilvania, el número absoluto de personas en un país no es el factor más importante.

En cambio, es la tasa de crecimiento o disminución de su población lo que es clave para las perspectivas futuras de un país: esto determina qué tan rápido están cambiando las cosas.

Tomemos África, donde Ezeh explica que actualmente se están produciendo tasas de crecimiento de la población radicalmente diferentes, dependiendo de dónde se mire.

“En varios países, particularmente en el sur de África, las tasas de fertilidad realmente han disminuido y el uso de anticonceptivos ha aumentado: la tasa de crecimiento de la población se está desacelerando, lo que en cierto modo es una buena noticia”, dice Ezeh.

Al mismo tiempo, algunos países de África Central todavía tienen altas tasas de crecimiento demográfico, como resultado de la alta fecundidad y una esperanza de vida más larga.

En algunos lugares está muy por encima del 2,5% anual, “lo cual es enorme”, dice Ezeh. “La población se duplicará cada más de 20 años en varios países”.

Personas en un mercado de alimentos

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Hoy usamos el 38% de la superficie terrestre para cultivar alimentos u otros productos para los humanos.

“Creo que la conversación sobre el tamaño y los números está fuera de lugar”, dice Ezeh.

“Piensa en una ciudad que se duplica cada 10 años, como varias ciudades en África. ¿Qué gobierno realmente tiene los recursos para mejorar cada infraestructura que existe actualmente cada 10 años, a fin de mantener el nivel correcto de cobertura de esos servicios?

“Los economistas piensan que una gran población es excelente para muchos resultados diferentes, pero ¿se logra esa gran población en 10 años, 100 años o 1000 años? Cuanto más se tarde en llegar, mejor se pueden establecer las estructuras correctas en el sistema que sostendrá a esa población”, añade Ezeh.

Una presencia en expansión

Aunque aún no se ha decidido el grado en que la humanidad continuará expandiéndose por el planeta, ya se han establecido algunas trayectorias.

Y una es que es probable que la población humana continúe creciendo durante algún tiempo, independientemente de cualquier posible esfuerzo por disminuirla.

Un estudio publicado en 2014 encontró que, incluso en el caso de una gran tragedia global como una pandemia mortal o una guerra mundial catastrófica, o una política draconiana del hijo único implementada en todos los países del planeta -nada de lo cual nadie espera, por supuesto- nuestra población aún crecerá hasta los 10.000 millones de personas para 2100.

Con la humanidad lista para volverse aún más dominante en los próximos años, encontrar una manera de vivir juntos y proteger el medio ambiente podría ser el mayor desafío de nuestra especie hasta el momento.


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