Tenemos que pagar 'coyote' para regresar a nuestro país: Migrantes varados
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Tenemos que pagar "coyote" para regresar a nuestro país: Migrantes varados en México por COVID

Un grupo de salvadoreños varados en un albergue en Chihuahua pide ayuda para regresar a su país en avión, y no por vía terrestre, donde pueden ser víctimas de delincuencia.
Cuartoscuro
31 de mayo, 2020
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“Es el mundo al revés”, lamenta con una sonrisa irónica José Ángel, un migrante salvadoreño de 36 años. Nunca imaginó que diría que quiere que lo deporten. Que la migra de México, el consulado de su país, las autoridades, alguien, lo suba a un avión y lo mande de regreso a su casa.

Por la pandemia, José Ángel lleva más de un mes varado en un albergue que la iglesia católica tiene en Chihuahua, al norte de México, junto a un grupo de otros 20 compatriotas.

Sentados en sillas de plástico y con las miradas fijas en un celular, los migrantes explican a través de una videollamada que el consulado de su país les dijo que, en este momento, no son una prioridad para repatriarlos porque tienen un refugio. Pero ellos responden que su situación es desesperada: no pueden trabajar, no tienen dinero, y sus familias, con la crisis económica que viene con la pandemia, dependen más que nunca de su trabajo.

Lee: El campamento de los ‘apátridas’: cientos que no son reconocidos por sus países

Por ello, José Ángel dice que está valorando tomar una decisión drástica: reunir como sea 500 dólares y pagar otro coyote.

Pero, esta vez, no para cruzar ilegalmente a Estados Unidos, sino a El Salvador, su propio país.

La migración al revés.

Migrar en la pandemia

“Migrar en plena pandemia fue una decisión muy arriesgada. Estoy consciente de eso. Pero cuando tienes esposa y dos hijas esperándote en Texas… Eso te da una fuerza, un deseo por verlas de nuevo, que no hay virus en el mundo que te detenga”.

Y, en efecto, a José Ángel no lo detuvo la pandemia.

Lo detuvo la Patrulla Fronteriza estadounidense.

Y, además, justo cuando le quedaba poco para llegar a su “levantón”. A la camioneta que, tras cruzar de Miguel Alemán, en Tamaulipas, a Roma, en el condado texano de Starr, lo debía llevar clandestinamente hasta Houston, donde la meta de reunirse de nuevo con su familia lo esperaba.

Pero algo repentino pasó: el sueño de ver de nuevo a sus niñas, y también los 5 mil dólares que le pagó a un coyote para que lo llevara por todo México en buses, camiones, y ‘jalones’ en carro, hasta cruzar la frontera donde, una vez en casa, debía abonar el resto del pasaje hasta completar los 12 mil dólares pactados con el traficante.

Lee: Migrantes de otro mundo: Naufragio en Chiapas

“Ya estábamos en Estados Unidos, caminando en silencio por un terreno, sin hacer ruido -narra el salvadoreño-. Todo iba bien, cuando, de pronto, nos cayó la migra”.

Una vez preso, el migrante dice que un agente le dio un cubrebocas, algo de gel antibacterial, lo subió a la patrulla, y ahí terminó su experiencia norteamericana. A las pocas horas, ya estaba de vuelta en el lado mexicano.

Antes de la pandemia, una devolución así, no hubiera estado permitido por las leyes internacionales de refugio y derechos humanos, al menos en la teoría. Pero, desde el pasado 20 de marzo, el presidente Donald Trump, aprovechando las medidas de protección contra el coronavirus, encontró la excusa perfecta para anunciar una decisión que avala, en la práctica, las deportaciones exprés sin posibilidad de pedir protección: cerrar fronteras a “viajes terrestres no esenciales” y devolver a México inmediatamente a todos los extranjeros que sean arrestados tratando de cruzar sin documentos.

México, por su parte, anunció a través de la Cancillería que aceptará a los connacionales que fueron devueltos de esta manera, y también a los centroamericanos, a los que recibe y encierra en estaciones migratorias antes de expulsarlos.

Pero con el coronavirus, las devoluciones no están siendo inmediatas. De hecho, ante el cierre de fronteras en Centroamérica, México se ha convertido en la antesala de una especie de deportación a plazos.

Así lo publicó el pasado 12 de abril Animal Político en una nota en la que documentó que, en plena pandemia de COVID, México está abandonando a migrantes en la frontera guatemalteca, o los libera en la calle sin recursos y con la prohibición de regresar a la frontera norte, o los aloja en algunos de los pocos albergues de la sociedad civil con espacio para recibirlos.

A José Ángel y al grupo de 20 salvadoreños que está con él, les tocó primero pasar unas semanas en la estación migratoria, en Reynosa, Tamaulipas. Pero, ante el avance de la pandemia, México tomó la decisión de vaciar sus estaciones para evitar contagios en estos centros de detención, habitualmente hacinados.

Como resultado, los 21 salvadoreños fueron trasladados sin mayores explicaciones a un albergue en Chihuahua con un pase de salida de 60 días, pero a más de 2 mil 600 kilómetros del Río Suchiate, la frontera con Guatemala.

“Solo querían deshacernos de nosotros”, comenta José Ángel.

Una vez en el refugio, básicamente, les dijeron que buscaran a su consulado, que tiene oficina en Ciudad Juárez, para que su gobierno se hiciera cargo de ellos y los repatriara.

“Pero nuestro consulado no nos dio respuestas claras”, interviene en la plática Douglas Pérez, salvadoreño de 38 años, que también fue detenido por la Patrulla Fronteriza tras un día entero caminando por el desierto.

“Solo nos dicen que por la pandemia tienen que atender a muchos compatriotas en la misma situación, y que nosotros no somos prioridad porque estamos bajo un techo”.

Hasta ahora, el grupo de migrantes asegura que la única respuesta más o menos concreta que les han dado es que tienen que esperar 14 semanas, tres meses y medio, para que les digan cuándo podría haber una fecha de repatriación vía aérea.

“Eso es demasiado tiempo -dice Douglas que hunde la cabeza entre sus manos durante unos segundos-. Ya llevo aquí más de 15 días varado. Y hay otros compañeros que llevan más de un mes. Y ahora nos piden 14 semanas más para decirnos una fecha”.

Ante la pandemia, que en El Salvador ha dejado hasta el 30 de mayo 2 mil 395 contagiados y 44 fallecidos, los migrantes dicen que entienden que haya restricciones sanitarias en su país, mismas que incluyen confinamiento de la ciudadanía -salvo para comprar alimentos-, suspensión del transporte público, y el traslado a centros de detención a quienes violen la cuarentena. Por eso, aseguran que están dispuestos a hacer la cuarentena durante el tiempo que les digan, “si quieren de 30 días, de 30 días”, pero quieren regresar ya a sus casas.

“Tengo dos hijos en El Salvador. Necesito volver ya”, subraya Douglas.

“Cualquiera nos podría decir que nadie nos obligó a salir de nuestro país -tercia José Ángel-. Pero todos íbamos a tratar de conseguir un mejor futuro. Y ya que no se pudo, queremos regresar a casa”.

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De vuelta con el coyote

Por la cámara del teléfono de celular, se aprecia que varios de los migrantes llevan con ellos a sus hijos, niños de entre siete y 10 años que corretean entre risas por el amplio comedor del albergue católico. Por ellos es que varios de los migrantes dicen que se la piensan mucho para tomar una decisión. Desde luego, ponerse de nuevo en marcha por tierra, es una opción que todos barajan. Es decir, tomar un camión que los lleve lo más cerca posible de la frontera sur, y ahí Dios proveerá.

Pero la carretera, aun y con el pase de salida que les dio el INM para que puedan transitar legalmente por el país durante 60 días, es sinónimo de problemas. De extorsiones de autoridades policiacas y del crimen organizado, de asaltos, agresiones, violaciones, y un largo etcétera que ya todos conocen muy bien.

Que haya bajado la migración con la pandemia -en abril, el INM detuvo a 2 mil 625 migrantes, frente a los más de 20 mil de abril del año pasado-, no quiere decir que los riesgos del camino se hayan esfumado, coinciden en apuntar los migrantes.

“Nuestro gobierno le está apostando a que nos movamos por nuestros medios, pero viajar así por México es un riesgo enorme”, asegura una mujer indocumentada, que prefiere no decir su nombre. Además, hace hincapié en que no todos tienen el dinero suficiente para pagarse un autobús, mientras que otros viajan con niños, y otros más, que requieren de dietas especiales, “no aguantarían un viaje de reversa tan largo”.

“Necesitamos que nos regresen en avión”, resume Douglas, contundente.

“Es mucho más seguro para nosotros”, lo secunda el grupo.

Y, además, está el tema de Guatemala, añaden. Con sus fronteras cerradas, el paso a Centroamérica está sellado.

A pesar de estos obstáculos, José Ángel dice que, si su gobierno no le da una respuesta concreta en breve, se plantea volver por tierra.

“Hablé con otro salvadoreño que conocí en la frontera de Tamaulipas y que ahora está en Veracruz, en otro albergue como este, junto con otros 40 salvadoreños. A ellos también les dijeron que tiene que esperar dos meses para que les digan cuándo los repatrian. Pero ya muchos se están yendo por sus medios para la frontera con Guatemala. Allí le pagarán 500 dólares a otro coyote para entrar por un punto ciego al país”.

“O sea -añade el centroamericano-, que tenemos que pagar un coyote para entrar de ilegales a nuestro propio país. Fíjese usted qué ironía”.

Pero en el caso de sus compatriotas, ellos tuvieron más suerte. Migración mexicana los dejó en Veracruz, mucho más cerca de la frontera sur que Chihuahua, que está a miles de kilómetros de distancia.

De ahí que, a los 500 dólares del coyote, José Ángel tendrá que sumarle dinero extra para conseguir boletos de autobús, comidas, etcétera.

“Nos hemos quedado entre la espada y la pared. Porque la mayoría, después del tremendo gasto que ya hicimos para el coyote a Estados Unidos, no tenemos ahora ese dinero”, plantea el migrante, quien asegura que solo por entrar unas horas a la frontera de Estados Unidos ya pagó 5 mil dólares a su traficante; dinero que sacó de vender un pequeño negocio de ropa, zapatos y de accesorias de teléfono, y de pedir prestado.

El problema es que el crédito con familiares y amigos ya se le agotó. Y más ahora, que no consiguió cruzar a Estados Unidos.

“Nuestros familiares ya no nos quieren mandar más dinero. No confían en que les podamos pagar, porque en El Salvador la cosa sigue muy mal económicamente. Y más ahora, con la pandemia. Saben que no hay trabajo para reunir la plata que les debemos”.

La prioridad, grupos vulnerables

Animal Político buscó al consulado de El Salvador en Ciudad Juárez, Chihuahua, para preguntarle por una postura acerca de lo expuesto por los migrantes salvadoreños en este reportaje, pero no hubo respuesta.

Sin embargo, en su página web, la cancillería salvadoreña destaca en un comunicado que están dando cumplimiento a un plan de repatriación de connacionales que no habían podido regresar al país centroamericano debido a la pandemia de COVID 19.

El pasado 22 de mayo, la Cancillería informó que repatrió a un grupo de 93 salvadoreños que estaban varados en México, y que están haciendo “un gran esfuerzo” para “agilizar el regreso de todos”, aunque en otro comunicado señalaron que están priorizando a las personas más vulnerables, como adultos mayores, personas con enfermedades crónicas, embarazadas, entre otras.

“Este proceso ya se está acelerando para que todos y cada uno de nuestros compatriotas pueda regresar a patria lo antes posible”, señaló la canciller salvadoreña Alexandra Hill.

 

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Fukushima: cómo son los pueblos fantasma con desechos radiactivos en los que nadie puede vivir

Miles de personas no han podido regresar a sus lugares de origen; otros, ni siquiera encuentran razones para volver.
13 de marzo, 2021
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Un terremoto, un tsunami y la explosión de una planta nuclear. El 11 de marzo de 2011 en Japón comenzó una catástrofe que, 10 años después, sigue marcando una huella de desolación.

Ese día el país sufrió el terremoto más fuerte de su historia, y ese fue solo el inicio de una triple tragedia.

Un sismo de magnitud 9, con epicentro a 130 km de la costa de la ciudad de Sendai, sacudió la isla durante 3 minutos.

El terremoto desató un tsunami de 15 metros de altura, que a su vez embistió la planta de energía nuclear Fukushima Daiichi.

En total, el tsunami inundó un área de 560 km2. Arrasó con pueblos, autos y puertos y dejó cerca de un millón de edificios destruidos.

Alrededor de 19.000 personas murieron.

Fukushima

Getty
El terremoto causó devastación en la costa este de Japón.

Las imágenes eran devastadoras. Mientras tanto, la planta nuclear se convertía en una bomba de tiempo.

El agua del mar inundó los generadores que mantenían la planta refrigerada y con ello dejaron de funcionar. Esto causó que los reactores se sobrecalentaran y se produjeran tres fuertes explosiones.

Las personas que vivían en un radio de 20 km alrededor de la planta se vieron obligadas a abandonar sus hogares y huir del material radiactivo que se liberó.

En el primer año tras la explosión, más de 160.000 personas abandonaron sus hogares. Hoy, unas 40.000 no han regresado.

Fukushima

Reuters
Las explosiones destruyeron los reactores de la planta nuclear de Fukushima.

Los lugares que abandonaron se volvieron pueblos fantasma, creando un paisaje desconcertante.

En algunos lugares solitarios el tiempo parece detenido. En otros, en medio de las construcciones ruinosas, la vegetación y los animales salvajes, contaminados de radiación, han regresado a lugares de donde habían sido expulsados por los humanos.

Map: Japón

Hoy el gobierno de Japón mantiene una área de 360 km2 donde a las personas no se les permite regresar debido al riesgo que representa la radiación.

A esta vasta extensión se le conoce como la “zona de difícil retorno”.

Pero incluso en los pueblos donde, según las autoridades, ya es seguro vivir, pocas personas han regresado.

FUTABA

EPA
El gobierno mantiene una area de 360 km2 donde está prohibido vivir.

En 10 municipios donde se han levantado las órdenes de evacuación tras el accidente, solo ha regresado el 26,8% de la población, según le dice a BBC Mundo Yasunori Igarashi, investigador en el Departamento de Radioactividad Ambiental en la Universidad de Fukushima.

Este 25 de marzo, Japón tiene planeado iniciar el recorrido de la llama de los Juegos Olímpicos que en 2020 fueron pospuestos debido a la pandemia de coronavirus.

FUTABA

EPA
Las construcciones abandonadas, como esta en Futaba, han quedado a merced del tiempo.

Como símbolo de resistencia y recuperación, la antorcha comenzará su recorrido en la prefectura de Fukushima, pasando por pueblos como Tomioka, Futaba, Namie y Okuma, donde el gobierno ha invertido millonarios esfuerzos por atraer residentes, pero a donde pocas personas han vuelto.

La silenciosa radiación

Durante estos 10 años el gobierno de Japón ha trabajado en limpiar el suelo tóxico en las áreas afectadas, haciendo rellenos o almacenándolos en miles de bolsas negras alrededor del área de Fukushima.

También ha utilizado más de un millón de toneladas de agua para limpiar y enfriar los reactores derretidos.

Tomioka

EPA
Este es un estante de revistas en un concesionario de autos en Tomioka.

Las autoridades de Japón, reportes de Naciones Unidas y estudios independientes han mostrado que los niveles de radiación en varias zonas de Fukushima son bajos y representan poco riesgo.

Pero los efectos de la exposición a bajos niveles de radiación durante un largo plazo todavía son materia de debate entre los ciéntificos.

“No hay una línea clara donde podamos decir que determinada tasa de dosis te va a matar”, dice Kathryn Higley, profesora de ciencias nucleares en la Universidad Estatal de Oregon, citada en un reportaje de Scientific American.

FUTABA

EPA
Las autoridades recolectan el suelo contaminado en miles de bolsas negras.

Azby Brown, investigador de Zafecast, una iniciativa dedicada a medir los niveles de radioactividad en varias partes del mundo, le dice a BBC Mundo que incluso lugares como Hong Kong, o ciudades de Europa y Estados Unidos donde la vida transcurre con normalidad, tienen mayores niveles de radiación que Fukushima.

Consultados por BBC Mundo, el Ministerio de Agricultura de Japón sostiene que “toda la producción agrícola de Japón, incluyendo la de Fukushima, que se distribuye en los mercados es segura para el consumo humano”.

futaba

EPA
Una tienda abandonada en Futaba.

Otras organizaciones, sin embargo, mantienen que la realidad es distinta.

Un reporte publicado por Greenpeace a principios de marzo, sostiene que, de acuerdo a sus mediciones, en algunas zonas los niveles de radiación permanecen por encima de los permitidos por el gobierno, incluso en áreas que ya se han habilitado para la vida humana.

Pueblos fantasma

La desconfianza en el gobierno, el miedo a la radiación, la poca infraestructura y la falta de oportunidades, han dificultado que más personas regresen a Fukushima.

Fukushima

Reuters
Algunas zonas deshabitadas se han habilitado para almacenar el suelo radiactivo.

Muchos de sus antiguos habitantes, que ya establecieron su vida en otro lugar, no encuentran razones para regresar.

Por eso, ya sea porque aún son parte de la “zona de difícil retorno” o porque aunque ya esté permitido pocos quieran vivir ahí, durante una década muchos pueblos han permanecido sin presencia humana.

“Es deprimente”, dice Brown, quien durante años ha recorrido la zona.

Fukushima

Reuters
Una década después del desastre nuclear, muchas zonas siguen inahabitadas.

En estos pueblos fantasma aún se pueden ver objetos que dejaron las personas, pero también las casas, los negocios y las escuelas en ruinas.

Otros pueblos, que solían ser lugares apacibles, ahora son sitios donde se almacenan desechos radiactivos.

“No hay manera de ir a estos lugares y no sentir tristeza”, dice Brown.

Una sensación similar describe Toru Hanai, un fotógrafo que varias veces al año durante la última década ha recorrido estos lugares abandonados.

Okuma

Azby Brown – Safecast
Esta es una calle solitaria y en ruinas en Okuma.

“Cuando veo esas ciudades donde el tiempo se ha detenido, fácilmente me puedo imaginar qué tipo de personas vivían ahí”, le dice Hanai a BBC Mundo.

“Pero aunque pueda imaginarlo, lo único que veo son ruinas”, añade, “eso causa mucha tristeza”.

En 2019, por ejemplo, el gobierno anunció la reapertura de Okuma, un pueblo que antes de la catástrofe tenía 10.000 habitantes.

Sin embargo, solamente un 2% de esa población ha regresado, y la mayoría son ancianos, según un reporte de la cadena NPR de septiembre de 2020.

En Tomioka, otro pueblo de la prefectura de Fukushima, la escuela secundaria tiene solo 13 estudiantes.

NAMIE

EPA
Una escual abandonada en Namie.

En Namie, también en la prefectura de Fukushima, hoy solo viven 1.500 personas, donde antes de marzo de 2011 vivían 21.000.

Para el profesor Igarashi, ese es uno de los asuntos más preocupantes de Fukushima.

“La mayoría de las personas que han regresado son ancianos”, dice.

“¿Cómo mantendremos nuestras ciudades que cada vez son más reducidas?”.

“Me preocupa que en 10 años muchas de las casas quedarán vacías y se convertirán en hogar para animales salvajes”.

“Creo que este es un problema incluso mayor que la radiación“.

Fukushima

Reuters
Lo que eran lugares apacibles ahora son ruinas.

Jabalíes radiactivos

Cuando los humanos abandonaron Fukushima, la naturaleza recuperó su territorio.

Con el paso de los años, animales como perros salvajes, mapaches, zorros, macacos y jabalíes han vivido a sus anchas en zonas que antes de la evacuación estaban habitadas por personas.

Quienes viven en zonas rurales se las deben ingeniar para mantener a los animales lejos, ya que muchas veces invaden sus granjas y pueden resultar peligrosos.

Además, como es el caso de los jabalíes, que se cuentan por miles, se han estado alimentando de plantas y pequeños animales contaminados de cesio producto de la radiación.

Fukushima

Reuters
En las áreas abandonadas de Fukushima la naturaleza ha recuperado su territorio.

Eso hace que no sean aptos para el consumo humano, aunque la carne de jabalí sea un plato muy popular en Japón.

El gobierno ha proveído trampas y cercas eléctricas para mantener a raya a los jabalíes, mientras otros se dedican a cazarlos, pero su población sigue aumentando.

“Para ellos somos los intrusos, así que atacarán sin dudarlo“, dice Hanai.

Los habitantes de la zona saben que no deben comer esos jabalíes, pero aun así, algunos lo siguen haciendo, según comenta Brown.

Fukushima

Getty
Los animales salvajes merodean las zonas poco habitadas.

El investigador recuerda el caso de un hombre que, sin que su esposa lo supiera, llevaba varios días comiendo la carne de un jabalí que había atropellado en la carretera.

Brown se enteró de lo que ocurría cuando al hombre le detectaron altos niveles de cesio en su cuerpo.

“No se lo cuentes a mi esposa”, recuerda Brown que le dijo el hombre.

“Es la naturaleza humana”, dice Brown. “Puedes implementar todo tipo de regulaciones y monitoreos, pero así se comportan las personas, somos humanos”.

Fukushima

Getty
Los jabalíes están contaminados por los materiales radioactivos.

Vivir con la radiación

Quienes han regresado a sus pueblos saben que la radiación es parte de sus vidas.

Tienen claro a qué zonas no deben ir y algunos de ellos, que no confían en los datos del gobierno, tienen sus propios medidores de radiación.

En la prefectura de Fukushima hay varios centros donde la gente recibe educación acerca de la radiación y los materiales radioactivos.

“Como investigador imparcial, te puedo asegurar que esos centros no están dedicados a la propaganda, sino a enfatizar la seguridad respecto a los materiales radioactivos”, dice Igarashi.

Tomioka

EPA
Esta es la vitrina de una tienda de modas en Tomioka.

“Yo diría que la mayoría de la gente que vive en Fukushima llevan una vida normal“, dice Brown.

“Pero tienen que estar constantemente atentos a la radiación“, añade.

Los residentes de estas zonas constantemente deben medir que los alimentos que consumen no tengan altos niveles de radiación, por ejemplo.

“Es un estrés permanente para ellos”, dice Brown, “les preocupa si a ellos o a sus hijos les dará cáncer”.

Los pescadores y los agricultores, uno de los sectores afectados por el desastre, se han vuelto especialistas en seguridad de alimentos, dice Brown.

“Los pescadores te dicen: ‘yo no soy científico pero…’, y te dan una explicación técnica acerca de la absorción del cesio dependiendo de cada especie…ellos saben todo esto”.

Fukushima

EPA
Las autoridades dicen que es seguro comer los alimentos producidos en Fukushima.

“Es genial que lo sepan, es triste que lo hayan tenido que aprender, pero es genial que lo sepan“, dice el experto.

Por su parte, el profesor Igarashi considera que el problema de la radiación puede ser controlado.

“No estoy diciendo que la radiación sea segura, pero con una buena comprensión del problema, los niveles de exposición pueden disminuirse y no hay necesidad de estar demasiado temerosos”, dice.

“Algunas personas que no saben nada de radiación aún piensan que con solo venir a Fukushima se van a quemar y les va a dar cáncer. Eso es muy desafortunado”.

El fotógrafo Hanai, que conoce la zona y suele conversar con los residentes, lo resume con una paradoja:

“En Fukushima no hay nadie que no le tema a la radiación, pero si le temen, no pueden vivir”.

Fukushima

Getty Images
En Fukushima las personas se acostumbraron a medir los niveles de radiación en sus alimentos.

El futuro

El proceso total de descontaminación de la planta de Fukushima puede tomar décadas, entre 30 y 50 años.

“Creo que no podemos esperar cambios dramáticos en los próximos años”, dice Igarashi, pero añade que está seguro de que con el tiempo la cantidad de material tóxico se reducirá.

Entre quienes han regresado a la zona han surgido iniciativas que Brown califica como positivas.

Entre ellas, menciona el proyecto de unos 40 granjeros que están haciendo agricultura de alta tecnología, con sensores y procesos automatizados.

Itate

Azby Brown – Safecast
En esta granja en Itate se cultivan vegetales sin rastros de cesio.

Brown también menciona que el conocimiento que se ha logrado en seguridad de alimentos, en un futuro podría dar pie al surgimiento de una nueva industria en el lugar.

Fukushima también se han convertido en un prometedor epicentro para la generación de energía renovable con varias plantas solares y eólicas.

Mientras el gobierno continúa sus esfuerzos por revitalizar la región y convencer a que más personas regresen a las áreas que han ido habilitando dentro de la zona de difícil retorno, también enfrenta el reto de recuperar la confianza de los japoneses en la energía nuclear.

“El gobierno y las empresas de servicios públicos siguen diciendo que la energía nuclear es la fuente de energía más barata, pero la gente ya no confía en ella”, dice Tatsu Suzuki, ingeniero nuclear y profesor en la Universidad de Nagasaki, citado en un reportaje de la cadena NPR.

“Es imposible pensar que la energía nuclear es la más barata, si se incluye el costo del desmantelamiento, el costo de Fukushima”.

Fukushima

Azby Brown – Safecast
Un festival callejero en el pueblo de Odaka.

“Es un problema social y ético“, dice Suzuki. “El costo de separar familias, perder sus tierras, perder sus trabajos… ¿cómo se miden todos estos impactos?”.

Para el fotógrafo Hanai, lo más importante de esta tragedia es tener claro que esto “no fue un desastre natural, sino un desastre provocado por el hombre“.

“No creo que podamos regresar a como era antes del desastre, eso es muy triste…por eso quiero que mucha gente sepa acerca de Fukushima, para que nunca se vuelva a repetir“.


Todas las imágenes están sujetas a derechos de autor.


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