'Abre los ojos, ábrelos': A Carlos lo dieron por muerto pero venció al virus
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'Me dieron por muerto pero dije no, no me quiero ir': Así logró Carlos vencer al COVID-19

Después de pasar 15 días intubado y estar cerca de morir, Carlos García venció a la enfermedad y ahora cuenta su historia.
14 de mayo, 2020
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“El 2 de mayo alrededor de las 5:45 de la tarde a mí me dieron por muerto. Decían que ya no había nada más que hacer. Según me tenían dormido, pero yo escuchaba, como que no me agarraba bien la anestesia. Decían que ya no había más y me desconectaron. Y a uno le entra la desesperación porque dices, no, yo aquí sigo, aquí estoy y no me quiero ir”, dice Carlos García, sentado en la orilla de la cama que ocupa en una de las salas del área de recuperación COVID-19 del Hospital Juárez de México.

“Yo escuchaba el pi pi pi de la única máquina que aún tenía conectada y que registraba mi latido. Solo esperaban que se parara mi corazón. Pero en eso llegó una doctora. Le dijeron que ya no había nada más que hacer. Ella les dijo no, aquí no venimos a buscar muertos, aquí venimos a salvarlos”.

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Carlos recuerda que la doctora lo empezó a reanimar. “Pidió que me inyectaran, que me volvieran a conectar. Me hablaba, me gritaba que me despertara. ‘Abre los ojos, Carlos, abre los ojos’, la oía gritarme, y hasta que los abrí”.

El nombre de la doctora no lo sabe, tampoco recuerda su cara. El equipo del turno matutino que acompaña hoy al paciente no logra averiguar quién es. “Seguramente fue alguien de urgencias del turno vespertino”, dice una de las enfermeras. Carlos la llevará siempre en la mente como la persona que le dio una segunda oportunidad.

Para las estadísticas oficiales que se dan día a día en la conferencia sobre Covid, la segunda oportunidad de Carlos engrosa un porcentaje, el del 44% de las personas que viven después de haber padecido esta enfermedad y haber estado intubados.

Hasta el 11 de mayo, de los 1,466 pacientes hospitalizados intubados en el país habían fallecido 817, el 56%.

Después de un mes en el hospital, a Carlos no solo se le escapan los nombres y los rostros, tampoco logra precisar la fecha en la que ingresó. Solo atina a decir que era lunes, un lunes de hace un mes, como a las 7 de la noche.

Foto: Carlo Echegoyen

Carlos tiene 36 años, la tez morena y unos ojos café oscuro que lucen más oscuros por encima del cubrebocas azul que le tapa media cara. Es instalador de equipos de telecomunicaciones en una empresa que le trabaja a Telmex.

En la sala donde está recuperándose, en el piso 3, ala norte, del Hospital Juárez, hay tres personas más. Uno de ellos se dedica a lo mismo que él, es instalador de equipos de telecomunicaciones. Hay, además, un mariachi de Garibaldi, dice enfático, de Garibaldi. Y está también un pastor cristiano.

En las salas, cuentan las enfermeras del Juárez, hay personas que se contagiaron por andar en la calle sin protección, o por toparse con gente que no traía cubrebocas, y muchos son de los que no pudieron dejar de trabajar: empleados y comerciantes.

“Las telecomunicaciones son actividad esencial. No podíamos parar. Además, en estos días, con el home office, mucha gente trabaja en casa y necesita la conexión. Lo otro es que yo trabajo por comisión. Si no instalo equipos no tengo ingresos. Así que debía entrar a las casas, estar en contacto con mucha mucha gente y no nos daban nada de equipo de protección, solo gel”.

Tampoco es que hubiera protestado por eso. Vestido con la bata azul del hospital y con las manos apoyadas en la cama, Carlos dice que él, como muchos, no creía en eso del Covid, “así que no le di importancia y seguí. Hasta que no te pasa o le pasa a alguien cercano, tal vez, es que lo entiendes”.

Al hospital llegó después de seis días de tener fiebre. Primero fue con un doctor particular, le mandó inyecciones. Se las ponía y la fiebre bajaba, pero luego volvía a subir. Llegó entonces la dificultad para respirar. Carlos vive solo, así que le llamó a su mamá. “Le dije, ma, me siento muy mal, me contestó: ‘vamos al médico’. Fuimos y ahí fue que dijo: ‘ve al Juárez y pide que te hagan la prueba de Covid’”.

Para cuando llegó al hospital, Carlos cuenta que ya no tenía fuerzas. Apenas pudo sostener la placa con la que le hicieron una radiografía para evaluar el estado de sus pulmones.

“Me dijeron que los tenía muy dañados y que me iban a ingresar. Me llevaron a urgencias, me pusieron suero, me dieron paracetamol. Empezó a bajar la fiebre y me sentí mejor. Estuve dos horas ahí y después me llevaron a segundo piso. En las dos horas que estuve en urgencias vi morir a tres personas, a las que habían entubado y no aguantaron”.

En el segundo piso, el de los pacientes graves, empezó a sentir mucho frío, y al poco rato volvió la fiebre, junto con la dificultad para respirar. Le pusieron oxígeno, pero no sirvió tener las puntas en la nariz. Le colocaron una mascarilla, tampoco funcionó.

“Ahí me dijeron que me iban a bajar otra vez a urgencias porque tenían que entubarme. Pensé lo peor, después de ver a tres personas entubadas morir, pensé lo peor”, dice Carlos mientras aprieta con más fuerzas las manos entrecruzadas que descansan ahora sobre sus piernas y que se tensan cuando recuerda la ronda de la muerte.

Entubado y sedado, Carlos jura que escuchaba todo. “Sí estaba medio consciente, las dos semanas estuve oyendo todo, sabía que me limpiaban los pulmones para sacarme la mucosidad, con una sonda que te meten al lado del tubo. Escuché cuando ya me dieron por muerto. Pero yo me estaba aferrando y cuando la doctora me empezó a reanimar, me agarré de ahí”.

Su familia fue el principal motivo que lo hizo aferrarse, dice. Su mamá, su papá, su hermana y su hermano, a quien hace más de un mes que no ve, de los que no sabe ni siquiera por teléfono.

“Aquí no tengo forma de comunicarme con ellos, no nos dejan tener el celular, sé que están bien, porque los doctores me dicen: ah, ya hablamos con ellos, les dijimos esto y esto y ellos te mandan abrazos. Pero ya es mucho extrañarlos, ya es mucho tiempo sin ellos”.

Hace cuatro días, Carlos subió a esta zona de recuperación del Hospital Juárez. Durante una semana, alrededor de 60 personas, entre camilleros, intendencia, mantenimiento, pero también personal de biomédica, trabajaron para habilitar el piso 3, que hasta antes de la contingencia albergaba la zona norte de medicina interna: los servicios de cardiología, infectología, neumología y gastroenterología.

Ahora con la reconversión hospitalaria todos esos servicios están suspendidos, este es un hospital Covid, y solo se está atendiendo a los pacientes con esa enfermedad y a los de urgencias, hematología y oncología.

En el piso de recuperación, ala norte, hay 27 pacientes, en cada sala hay cuatro. La mayor parte del tiempo los pacientes están sólo acompañados por los otros pacientes. Aunque ninguno se ve la cara completa, por el uso obligatorio del cubrebocas, ya todos se sienten amigos.

Fuera del hospital, Carlos dice que va a hacer modificaciones en su vida. “Voy a cuidarme más, fui inconsciente al no creer en esto. Voy a procurar a mi familia y a darle valor a lo que realmente lo merece. Ya no me voy a preocupar tanto por el trabajo. A veces uno se preocupa demás por el trabajo o la economía y descuida a la familia”.

A su empleo espera volver una vez que termine su cuarentena. “Todavía debo estar dos semanas en aislamiento, después espero aún encontrar que tengo trabajo, por ahora me voy a recuperar, no sé dónde voy a convalecer, quizá en casa de mi mamá, pero aislado, no podré abrazarlos aún, pero ya estaré ahí”.

De hecho, Carlos cuenta toda su experiencia a Animal Político apenas un par de horas antes de dejar la sala de recuperación COVID. Alrededor de las dos de la tarde, de este lunes 11 de mayo, sale en una silla de ruedas, empujada por un enfermero, entre el aplauso del personal de salud del Hospital Juárez.

Cruza la puerta con el letrero encima de Egresos Covid. Un coche color arena espera estacionado en la entrada de urgencias respiratorias del hospital. Dos hombres descienden. El enfermo empuja la silla hasta donde ellos están. No hay abrazos, la sana distancia no los permite. Solo uno de ellos se anima a hacer a Carlos un cariño en la cabeza que lo despeina, es su hermano.

Carlos sube al auto y el vehículo cruza la salida del hospital, mientras en la carpa blanca colocada en el estacionamiento, una mujer de unos 30 años rompe en llanto. Es familiar de un paciente que seguramente recién ingresó, deben esperar los primeros informes y después marcharse a casa, a donde llegarán vía telefónica las noticias buenas o malas.

Para la familia de Carlos y para él lo peor ya pasó. Otros pacientes, otras familias apenas inician la batalla contra el COVID. Otras enfermeras, las de urgencias y pisos críticos, derramarán lagrimas cuando un paciente diga que se pone en sus manos y no puedan salvarlo. Las enfermeras y los médicos de Carlos aplauden y celebran hoy su partida del hospital.

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Tokio: Por qué los Juegos Olímpicos dejarán ‘enormes’ pérdidas económicas para Japón

Las proyecciones iniciales sobre el costo de albergar el evento fueron ampliamente superadas. Varios economistas consideran que los Juegos se han convertido en un "mal negocio".
2 de agosto, 2021
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Protestas en Tokio

Getty Images
Dos tercios de la población japonesa se oponen a los Juegos Olímpicos en Tokio.

Estadios vacíos, hoteles y restaurantes sin turistas extranjeros y negocios con pocos clientes.

La decepción de quienes habían hecho grandes inversiones a la espera de un boom comercial gatillado por los Juegos Olímpicos ha sido brutal.

Es que el evento en Tokio, que fue pospuesto el año pasado por la pandemia de covid-19, se está desarrollando sin público y en una ciudad en estado de emergencia por la crisis sanitaria.

Pese a las persistentes protestas contra la celebración de los Juegos y a que de dos tercios de la población japonesa se oponen a ellos por temor a que se conviertan en un evento “superpropagador” de la pandemia, las competiciones siguen adelante.

No sin polémica. Uno de los grandes auspiciadores del evento, la automotriz Toyota, anunció hace unos días que no utilizará avisos comerciales conectados con los Olímpicos de Tokio por la preocupación que existe en el país en relación con la pandemia.

Y algunos líderes empresariales en Japón como Takeshi Niinami, director ejecutivo de la empresa Suntory, declaró que los Juegos Olímpicos están perdiendo su valor comercial y que su firma decidió no ser parte de los patrocinadores por considerarlos “demasiado caros”.

Algo que ya habían advertido expertos del mundo financiero como Takahide Kiuchi, economista del Instituto de Investigación Nomura, quien escribió en un informe que “gran parte del beneficio económico esperado de los Juegos de Tokio desapareció en marzo, cuando se decidió prohibir a los espectadores extranjeros viajar a Japón”.

“Hubiera sido mejor no tenerlos”, declaró Suehiro Toru del banco de inversión Daiwa Securities, pese a los costos que habría supuesto suspenderlos.

La perspectiva comercial es sombría, aunque no solo por los estragos que ha causado la pandemia.

Un “mal negocio”

Desde hace años varios economistas han publicado investigaciones para demostrar que los Olímpicos son un “mal negocio” para la ciudad -y el país- que los alberga.

Los argumentos que más se repiten son que, en lugar de consumo, turismo y prestigio, el evento deja una millonaria deuda y obras de infraestructura que terminan convertidas en “elefantes blancos” completamente inútiles.

Negocio callejero en Tokio

Getty Images
Desde pequeños negocios hasta las grandes cadenas de hoteles han sufrido el impacto de unos Juegos sin público.

“Las pérdidas serán enormes”, le dice a BBC Mundo Robert Baade, profesor de Economía de la Universidad Lake Forest en Estados Unidos y expresidente de la Asociación Internacional de Economistas del Deporte.

Aunque es difícil poner en cifras la verdadera magnitud de las pérdidas económicas para Japón, porque los cálculos operan sobre la base de valores estimados en relación a lo que habrían sido las “ganancias” generadas por el evento en otras circunstancias, el economista dice que, de todos modos, es posible hacer una proyección.

Desde su perspectiva, las pérdidas pueden ser de unos US$15.000 millones.

Lo que se sabe a ciencia cierta es que se han esfumado unos US$800 millones por la venta de entradas. Pero el asunto se torna más complejo cuando hay que estimar cuánto ha perdido el sector turístico y todos los negocios asociados a él, además de otros sectores que confiaban en un renacer económico gracias a los Juegos.

Qué dice el gobierno

El evento se ha convertido en todo un desafío para la nación del sol naciente, que “cuando ganó esta oportunidad esperaba que le sirviera para demostrar su renacer tras la triple crisis de 2011 y su vuelta a la primera línea mundial, con un ojo puesto en Pekín, que acogerá los siguientes, los de invierno en 2022”, explica Tamara Gil, enviada especial de BBC Mundo a Tokio.

En medio de la vorágine, el gobierno de Japón ha salido a tratar de calmar las aguas.

El primer ministro Yoshihide Suga

Getty Images
El primer ministro de Japón, Yoshihide Suga, declaró el estado de emergencia por la pandemia de covid-19.

El primer ministro Yoshihide Suga ha dicho que está seguro de que las medidas para mantener al público alejado del evento evitarán una escalada de la pandemia y que el país aún se beneficiará de una enorme audiencia televisiva mundial.

“Decidí que los Juegos Olímpicos pueden seguir adelante sin comprometer la seguridad del pueblo japonés”, dijo Suga en una entrevista.

“Lo más simple y lo más fácil es detenerlos”, agregó. Pero “el trabajo del gobierno es abordar los desafíos”.

Suga no está en una posición cómoda, considerando que su nivel de aprobación ha bajado y que enfrentará elecciones hacia fines de este año.

Por otro lado, la apuesta por convertirse en país sede del evento fue hecha hace casi una década por su predecesor, Shinzo Abe, un aliado político de Suga, que heredó este gran desafío.

El problema es que cada vez hay menos interés por parte de los gobiernos para albergar el evento, precisamente porque se han puesto en duda los beneficios que genera.

Los únicos interesados en responder al último llamado para organizar los Juegos posteriores a Tokio fueron Pekín y Almaty (Kazajastán). La apuesta la ganó China.

¿Qué tan costosos han resultado estos Olímpicos?

Como suele ocurrir con los Juegos Olímpicos, el presupuesto previsto para el evento terminó escalando más allá de las previsiones iniciales.

En 2013, el costo del evento fue calculado oficialmente en US$7.300 millones. A fines de 2019 subió a US$12.600 millones y más tarde a US$15.400 millones.

Posteriormente, la Junta Nacional de Auditoría de Japón informó que el costo final se acerca a los US$22.000 millones.

Y luego los medios locales Nikkei y Asahai hicieron sus propias investigaciones situando la cifra en US$28.000 millones.

El costo de los Juegos Olímpicos de Tokio. [ US$22.000 millones Costo estimado del evento según la Junta Nacional de Auditoría de Japón. ] [ US$7.300 millones Estimación oficial del costo del evento en 2013 ], Source: Fuente: BBC Mundo, Image:

A final de cuentas, sea cual sea el cálculo que se considere más preciso, no cabe duda de que las proyecciones iniciales quedaron ampliamente superadas, algo que ha sido una constante durante los últimos años.

“La historia muestra que los Juegos Olímpicos terminan generando pérdidas para los países que se convierten en sede”, explica Baade. “Lo que está ocurriendo en Japón venía desde mucho antes de la pandemia”.

Las firmas patrocinadoras japonesas que aportaron unos US$3.300 millones están preocupadas por la manera en que ha evolucionado esta saga.

Y las pérdidas, dicen expertos, podrían aumentar si finalmente los Juegos terminan siendo el “evento superpropagador” que algunos temen.

“Eso sería un desastre que se sumaría a las pérdidas actuales”, apunta Baade. “Crucemos los dedos para que eso no ocurra”.

¿Quién pierde más?

Según Victor Matheson, profesor de Economía de la Universidad de la Santa Cruz en Massachusetts, Estados Unidos, el costo -no oficial- de los Juegos Olímpicos podría haber llegado a los US$25.000 millones, incluso antes de los gastos adicionales que ha provocado la contención de la pandemia.

Como contraparte, los millonarios ingresos por concepto de entradas, patrocinadores o turismo para Japón, han caído dramáticamente, le dice Matheson a BBC Mundo.

Pero los que no han sufrido un gran impacto financiero, argumenta, son los organizadores del Comité Olímpico Internacional (COI).

“Los ingresos del COI permanecen intactos mientras los juegos continúen siendo televisados”, señala.

“Todavía hay una oportunidad importante”

Varias de las más de 60 empresas que invirtieron en el evento han mostrado su preocupación por la rentabilidad de sus fondos.

“Esta no es una situación ideal”, reconoció Michael Payne, exjefe de marketing del Comité Olímpico Internacional en una entrevista.

El Estadio Internacional de Yokohama

Getty Images
El Estadio Internacional de Yokohama será la sede de la final del fútbol olímpico.

Sin embargo, su pronóstico aún mantiene un cierto nivel de esperanza.

Las empresas aún podrían quedar “gratamente sorprendidas por el potencial beneficio que dejará el legado de estos juegos tan difíciles”.

“Todavía hay una oportunidad importante”, agregó.

Una solución radical

Andrew Zimbalist, quien ha publicado tres libros sobre la economía de los Juegos Olímpicos, ha criticado los beneficios que deja el evento en las ciudades que lo albergan.

Y en el caso de Tokio, sostiene que el gobierno ha gastado unos US$35.000 millones, la cifra más alta que se ha puesto sobre la mesa.

GHF

Getty Images
Andrew Zimbalist propone que la misma ciudad sea sede de los Juegos cada dos años

Su postura es que las gigantescas inversiones en infraestructura que se hacen para acoger el evento -como construcción de estadios, villas olímpicas o renovación de las instalaciones existentes- suelen terminar beneficiando a las empresas constructoras, más que a la economía local.

En una entrevista con el diario The New York Times, Zimbalist propuso que si viviéramos en un mundo racional, “tendríamos la misma ciudad sede de los Juegos cada dos años”. No hay razón para reconstruir obras cada cuatro años, apuntó. “No tiene sentido para las ciudades”.

“Cuando se crearon los Juegos Olímpicos modernos en 1896, no teníamos telecomunicaciones internacionales ni viajes internacionales en aviones. Entonces, para que el mundo participara y disfrutara de los Juegos Olímpicos, tenía que moverse. Ya no tenemos que hacer eso”, propuso el investigador.

Una propuesta que hasta ahora no parece haber ganado adeptos, al menos en el debate público, pero que después de los Juegos de Tokio y con los efectos que ha causado la pandemia de covid-19 en el mundo, quizás podría comenzar a debatirse.


#BBCMundoenTokio

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