La pandemia agrava la precariedad de madres de desaparecidos
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Zedryk Raziel

“Muertas en vida ya estamos”: la pandemia agrava la precariedad de madres de desaparecidos

Las mujeres, que iniciaron su protesta el 11 de mayo frente a una institución cerrada por la emergencia sanitaria, reclaman que la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas no les ha hecho entrega del apoyo de alimentación y vivienda desde el año pasado.
Zedryk Raziel
24 de mayo, 2020
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Como esa puerta ya no se abre, las mujeres pudieron colgar en todo lo ancho de la entrada de la Secretaría de Gobernación las fotos de sus familiares desaparecidos y los mensajes de que los devuelvan con vida, como se los llevaron. Enfrente, en una calle solitaria, sin tránsito, sin gente, armaron casas de campaña e instalaron un plantón que duró 12 días, en medio del silencio, sin más testigos de su protesta que los policías que resguardaban el edificio.

“¿Qué más da morirse en casa que venirse a morir aquí con la contingencia? Nos da lo mismo. De parto no nos vamos a morir, porque ya estamos viejas. Lo peor que nos pudo pasar, ya nos pasó. Muertas en vida ya estamos”, dice Margarita López Pérez, que lidera a un grupo de unas 20 madres de personas desaparecidas y que viajaron de Tamaulipas, Guerrero, Veracruz, Guanajuato y Michoacán.

Lee: Sin dinero para sobrevivir o buscar a sus hijos, familiares de desaparecidos piden apoyo por COVID-19

Las mujeres, que iniciaron su protesta el 11 de mayo frente a una institución cerrada por la emergencia sanitaria, reclaman que la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV) no les ha hecho entrega del apoyo de alimentación y vivienda desde el año pasado; otras señalan que no se ha cumplido el compromiso de que este organismo adelantaría el pago de tres meses de dicha ayuda económica.

Margarita López, integrante del colectivo Buscando Cuerpos, conformado principalmente por mujeres que rastrean fosas clandestinas, acusa que la pandemia de COVID-19 no sólo detuvo las labores de búsqueda de desaparecidos, sino que ha agravado la vulnerabilidad de las víctimas indirectas, pues muchas madres de familia se han quedo sin empleo y tampoco cuentan con la ayuda oficial para su manutención, establecida como obligación de Estado en la Ley General de Víctimas.

Además, en el plantón, al que cuando no le llovía le pegaba el sol ardiente, dice Margarita, había personas con enfermedades crónicas que las sitúan en mayor riesgo ante el nuevo coronavirus. Esa vulnerabilidad las forzó a levantar el plantón el pasado viernes, tras 12 días de protesta.

“Las autoridades se amparan con la contingencia, sí, pero las mamás se están muriendo de hambre”, critica Margarita López. “Todas las mamás padecen de enfermedades crónico-degenerativas desde el momento que les desaparecieron a sus hijos: la que no tiene presión arterial, es diabética; tenemos mamás que están siendo dialisadas y tenemos mamás con cáncer; yo misma tuve cáncer hace dos años, me sacaron la matriz porque tenía un tumor con cáncer y ahorita tengo un quiste en el ovario derecho. Porque es un estrés el que nosotras estamos viviendo; todas las madres necesitan atención psicológica y médica”.

“Por la contingencia suspendieron los pagos”, prosigue, “se habla de que les van a hacer el adelanto de tres meses, pero ni les han pagado los adelantos ni les han pagado lo anterior; ni una despensa les están llevando; andamos nosotras mismas recolectando medicamentos para las mamás que están muy enfermas, las que necesitan ser dialisadas; ya les suspendieron sus apoyos de CEAV, tenemos mamás que les suspendieron las quimioterapias, que se están muriendo, las están matando, y les vamos a fincar una responsabilidad, por comisión u omisión son responsables, porque su obligación es atender a esas madres de manera inmediata”.

Margarita López

La CEAV, encabezada por la comisionada Mara Gómez, anunció en abril que adelantaría tres meses la entrega de recursos para apoyo alimentario y alojamiento a las personas que hayan sido víctimas de delitos federales o de violaciones a sus derechos humanos y que estuvieran inscritas en el Registro Nacional de Víctimas (Renavi).

“El problema no es sólo de las mamás que están aquí; es un mal generalizado en todo el país, se nos están muriendo las mamás en todo el país: a las que no las matan, las están dejando morir por falta de medicamentos o de alimentos, se están muriendo de hambre, no tienen trabajo, hay mamás que se dedican a la costura, a vender cenas, a vender tortillas, a hacer el aseo, a lavar ropa ajena”, cuenta Margarita, madre de Yahaira Guadalupe Bahena López, desaparecida en Oaxaca en 2011.

“Que nos digan cómo van a implementar la manera de pagarles a las mamás lo que por ley les corresponde, sus apoyos de alimentación”, añade. “Hay madres que no tienen para pagar la renta y que les estaban dando mes con mes anteriormente los apoyos, y de repente se los suspendieron desde junio del año pasado, y entonces ahorita nos dicen que no hay recursos”.

La CEAV explicó a Animal Político que las personas elegibles para el pago adelantado deben estar previamente registradas en el Renavi. Afirmó que el pasado 16 de mayo un grupo de médicos, psicólogos, asesores jurídicos y trabajadores sociales acudió al plantón para brindar atención médica y psicosocial a las manifestantes.

Lee: Seguir rastreando o aplazar la búsqueda: la disyuntiva de familias de desaparecidos ante el COVID-19

El área de comunicación social de la institución agregó que se inició el trámite para que 13 personas ingresaran al Renavi a fin de que reciban el apoyo económico; sin embargo, precisó que aún se les debe aplicar un estudio “de trabajo social” para determinar el monto de la ayuda con base en sus necesidades específicas.

Para Margarita López, esos trámites revictimizan a los familiares de personas desaparecidas, pues, mientras concluyen, éstas no cuentan con un sustento económico.

Alma Ruiz

“Desde el momento que una víctima comparece ante una institución municipal, estatal o federal, desde ese momento ya se les debe dar la calidad de víctimas; sin embargo, les están exigiendo, indebidamente, una constancia de calidad de víctima, las están revictimizando, les están pidiendo que les hagan un estudio socioeconómico, les dicen que tienen que estar registradas con un número de Renavi”, acusa.

“La ley no habla de que tengan que hacer eso, ellos (las autoridades) han hecho sus protocolos, y sus protocolos y reglamentos están por debajo de la ley, entonces están violentando la ley, los derechos humanos de las víctimas y las están revictimizando, a las familias las tratan como víctimas de segunda y de tercera”.

Entérate: COVID-19 detiene la búsqueda de desaparecidos; colectivos paran por la pandemia

“No tenemos ni qué comer en la casa”

Mirna Guadalupe Zapata Herrera señala con un dedo uno de sus ojos, arrasado por una catarata que ya le impide ver.

“Del tiempo que tengo de lo que me pasó con mis hijos estoy perdiendo la vista de este lado; allá, en Ciudad Victoria, me mandaron al hospital, pero, cuando se atravesó lo del virus, pues dijeron que hasta que se acabe (la pandemia). Y sí es muy importante, yo sí quiero que me ayuden de la vista, porque, imagínate que pierda un ojo, yo soy la única que anda buscando a mis hijos”, dice detrás de un tapabocas color negro.

Uno de sus hijos varones desapareció en diciembre de 2015, el otro en noviembre de 2016, ambos en Ciudad Victoria, Tamaulipas, desde donde ahora viajó Mirna sin dinero, ayudada por otras madres que se cooperaron para pagarle un boleto de autobús.

Mirna, integrante del Colectivo Buscando Tus Huellas con Fe y Esperanza, es una de las víctimas indirectas que recién hizo el trámite para recibir el apoyo económico que otorga la CEAV.

Mirna Zapata

“En el colectivo donde yo ando se cooperaron las demás personas para apoyarme con el pasaje para venir, porque, como yo todavía no tengo ese apoyo y todavía no me ayudan con nada, no tengo, entonces se cooperaron entre todas”, cuenta.

Mirna, de 45 años, repara en que no ha tenido trabajo debido a las restricciones impuestas por la pandemia de COVID-19.

“Yo trabajo de limpieza, yo soy ama de casa, pero ahorita, como está eso de la enfermedad, mi patrona me suspendió, me dijo que hasta que se quitara (la pandemia), pero pues me suspendió y no me pagó y no me paga, y yo ahorita tengo una niña de 17 años y uno de 6, son mis hijos, y sólo yo los mantengo. Ahorita me ayuda mi mamá, porque, como ella tiene apoyo de pensionados, ella es la que me ayuda, porque no me quiere dejar sola; dejé a mis hijos con ella”, relata.

Silvina Mellín Herrera, que también estuvo en el plantón, viajó desde Lázaro Cárdenas, Michoacán, cargando con el mundo en sus hombros: su esposo, enfermo de glaucoma, que no puede trabajar; su hija mayor, que está desempleada; su otro hijo, que tiene apenas 13 años; y su nuera y sus dos nietos, hijos de su propio hijo, desaparecido hace siete años.

“Está todo parado, y en realidad nosotros no tenemos ni qué comer en nuestra casa, no sé ni cómo me voy a regresar ni qué es lo que sigue”, relata Silvina, de 45 años, que ha sido “rastreadora” en el colectivo Buscando Cuerpos y que también hizo apenas el trámite para ingresar al Renavi.

“Yo lavo y plancho, y ahorita no le quieren dar a una ningún tipo de trabajo por la pandemia, por que una entre a sus casas, o por que una vaya y venga, está todo de que no salgamos de casa; en el municipio (de Lázaro Cárdenas) llené unos documentos, que me iba a llegar una despensa, pero no ha llegado ya hace un mes, dijeron que tres meses nos lo iban a estar dando. Ya no vemos para cuándo esto se termine para hacer la vida normal, dedicarnos a lo que, poco o mucho, entra a la casa”, apremia.

Silvina Mellín

Alma Miriam Ruiz, de 57 años, camina hasta una de las pancartas con imágenes de las personas desaparecidas y señala la cara de una mujer joven:

“Ella es mi hija”, dice. Desaparecida en 2010 en San Fernando, Tamaulipas, sus tres hijos quedaron al cuidado de la abuela, Alma, aquí está, también con un tapabocas, alza el pie, lo muestra, está hinchado, y explica que es porque tiene la presión alta y su cuerpo acumula líquidos.

“Me echa la mano mi hijo y mi otra hija, sí me ayudan, y ahorita con lo de la pandemia dicen que no puede una ni salir, porque yo vendo ropa de segunda en los tianguis, pero también nos quitaron de andar en los tianguis en Ciudad Victoria, no tengo nada de chamba”, se lamenta.

-¿No le teme al coronavirus estando aquí?

-No -contesta-. Lo peor ya me pasó: haber perdido a mi hija.

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Qué es la 'desigualdad oculta' y por qué perjudica sobre todo a las mujeres que trabajan

Se ha hablado mucho sobre cómo las mujeres tienen que realizar la mayor parte de las tareas domésticas, pero lo que es menos conocido es la "carga mental" que también recae mayoritariamente en las mujeres, afectando su capacidad de trabajar.
25 de agosto, 2021
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Organizarles un programa con amigos o reservar sus turnos médicos. Pensar cómo esconder verduras en sus comidas o asegurarte de que haya suficientes en la lista del supermercado.

Preocuparte por si tu hijo va por buen camino en la escuela, su tu hija necesita zapatos nuevos y cuándo reemplazar tu lavarropas.

Por sí solas, todas estas pueden parecer tareas pequeñas, pero se acumulan.

Y si le preguntas a las parejas heterosexuales con hijos cuál de los dos suele lidiar con ellas, es probable que la mayoría de la misma respuesta: la madre.

Numerosos estudios muestran que las mujeres en relaciones heterosexuales todavía hacen la mayor parte del trabajo doméstico y el cuidado de niños.

Si bien muchas parejas tienen como objetivo dividir sus responsabilidades en un 50:50, por diversas razones estructurales y socioeconómicas terminan asignando tareas según los roles estereotípicos de género.

Incluso en las parejas que piensan que han logrado una división igualitaria del trabajo, las formas de cuidado más ocultas generalmente terminan recayendo en la mujer.

De hecho, un creciente cuerpo de investigación indica que, para las responsabilidades del hogar, las mujeres realizan mucho más trabajo cognitivo y emocional que los hombres.

Comprender por qué esto sucede podría ayudar a explicar por qué la igualdad de género no solo se ha estancado, sino que está retrocediendo, a pesar de que el tema se debate más que nunca.

Y una comprensión más amplia de este trabajo detrás de escena podría ayudar a las parejas a redistribuir las tareas de manera más equitativa, algo que, aunque inicialmente será difícil, podría desempeñar un papel importante para ayudar a las madres a aligerar su carga.

Una madre sostiene a un niño que llora

Getty Images
La carga oculta es mental y emocional: las investigaciones muestran que tareas como calmar a los niños angustiados generalmente recaen sobre las madres.

Trabajo invisible e ilimitado

Los expertos dicen que este trabajo oculto se presenta en tres categorías superpuestas:

  • trabajo cognitivo: consiste en pensar en todos los elementos prácticos de las responsabilidades del hogar, incluida la organización de citas para jugar, las compras y la planificación de actividades.
  • trabajo emocional: mantener las emociones de la familia; calmar las cosas si los niños se portan mal o si se preocupan por cómo les va en la escuela.
  • carga mental: es la intersección de las dos anteriores. Es preparar, organizar y anticipar todo, tanto lo emocional como lo práctico, que debe estar resuelto para que la vida fluya.

Este trabajo oculto es difícil de medir, porque es invisible y se realiza internamente, lo que dificulta saber dónde comienza y dónde termina.

En 2019, Allison Daminger, candidata a doctorado en sociología y política social en la Universidad de Harvard, descubrió que, si bien la mayoría de los participantes en su estudio sobre el trabajo cognitivo del hogar se dieron cuenta de que las mujeres estaban haciendo la mayor parte, esto no era considerado una “forma normal de trabajo”.

En su investigación, que incluyó a 35 parejas, los hombres se referían a sus esposas usando términos como “gerente de proyecto”, o decían que ellas estaban “haciendo un mayor seguimiento”.

Daminger identificó cuatro etapas claras del trabajo mental relacionadas con las responsabilidades del hogar:

  • anticipar las necesidades
  • identificar opciones
  • decidir entre las opciones
  • monitorear los resultados

Su investigación mostró que las madres hicieron más en las cuatro etapas; aunque las parejas a menudo tomaban decisiones juntas, las madres se ocupaban más de la anticipación, la planificación y la investigación.

En otras palabras, los padres estaban informados cuando se trataba de tomar decisiones, pero las madres hacían todo el resto del trabajo.

Una familia desayunando

Getty Images
Los padres suelen participar de las decisiones, pero no de la planificación, investigación, ejecución y monitoreo de las actividades de los niños.

Este trabajo oculto tiene varios impactos; sabemos, por ejemplo, que las mujeres tienen más probabilidades que los hombres de preocuparse por el cuidado de los niños incluso cuando no están con sus hijos.

Esto causa estrés adicional, porque esa preocupación siempre está presente, incluso cuando las mujeres deberían concentrarse en otras cosas.

La carga mental es ese hilo que trae tu familia a tu vida laboral“, dice Leah Ruppanner, profesora asociada de sociología en la Universidad de Melbourne y autora de Motherlands (“Tierras de madres”).

Es la preocupación constante de bajo nivel sobre si estamos haciendo lo suficiente y sobre el impacto que nuestra forma de crianza tendrá en el futuro de nuestro hijo o hija.

“Siempre estás tratando de mitigar el riesgo futuro”, señala Ruppanner.

“Control materno”

Una cosa que desconcertó a Daminger fue que esta distribución desigual del trabajo mental no parecía crear mucho conflicto entre sus participantes.

Para entender por qué, realizó un estudio de seguimiento que, un año después, mostró que las parejas justificaban algunos de estos comportamientos relacionados con el género.

Tanto hombres como mujeres sugirieron que la división desigual del trabajo mental se debía a que uno de los miembros de la pareja trabajaba más horas.

O afirmaron que las mujeres estaban “por temperamento interesadas en estar organizadas”, que simplemente eran buenas para planificar el futuro.

Esto mostró que los participantes creían que las diferencias de personalidad y las limitaciones laborales estaban impulsando estas desigualdades.

Estos eran participantes bien educados que aceptaron participar, por lo que es posible que no fueran completamente representativos, pero aún así da una idea interesante de un concepto erróneo que otros estudios han desacreditado: las mujeres no son naturalmente mejores en la planificación, organización o el multitasking, solo se espera que lo hagan más y, por lo tanto, eventualmente se vuelvan mejores en eso.

Una mujer tratando de trabajar con sus dos hijas al lado

Getty Images
Las mujeres no son naturalmente mejores con el “multitasking” sino que se hacen expertas por necesidad.

Sin embargo, existen otras razones estructurales por las que las mujeres continúan asumiendo una mayor carga mental.

A menudo encuentran una manera de trabajar de manera flexible, mientras que los trabajos de los hombres se consideran más rígidos y sus carreras son tradicionalmente más lineales.

Esto significa que las mujeres están más disponibles para el cuidado de los niños, lo hacen más y, como resultado, tienen que pensar más en ello.

Algo incluso más fuerte es que las expectativas de género, que comienzan desde el nacimiento, explican por qué las ideas sobre quién hace las tareas del hogar y el cuidado de los niños están tan arraigadas.

Se sabe que las hijas hacen más tareas domésticas que los hijos, por ejemplo.

Los ideales de la maternidad también se incorporan a esta ecuación. Por ejemplo, el hogar a menudo se considera un dominio de la mujer.

Sabemos que las mujeres son juzgadas por la pulcritud con más dureza que los hombres.

Un estudio mostró que si se decía que una misma habitación supuestamente en alquiler pertenecía a una mujer (Jennifer), ella era calificada como menos simpática, menos competente y menos trabajadora. Si se decía que pertenecía a un hombre (John), no había iguales juicios de valor.

¿La conclusión? El estado del hogar de una mujer estaba literalmente vinculado a su valor.

Estos ideales pueden autoperpetuarse. Debido a que las mujeres son más juzgadas por la forma en que funciona su hogar, es esencial que muestren un “control materno”.

Esto significa asumir tareas de cuidado infantil que podrían compartirse, como planificar comidas o elegir ropa, sugiriendo sutilmente que es el trabajo de una madre.

Piensa en el viejo chiste: “Bueno, la vistió su padre” (cuando la niña estaba mal vestida). Es gracioso si un papá lo hace mal, pero si las madres hacen las cosas mal implica una mala maternidad.

Una mujer vistiendo a su hija

Getty Images
La tarea de elegir la ropa de los niños suele recaer en las madres y si lo hacen mal son juzgadas por ello mucho más severamente que los padres.

A pesar de los avances que hemos logrado con que sea más normal que los hombres cuiden de los niños, todavía existe “la sensación de que las mujeres son en última instancia responsables de los resultados familiares”, señala Daminger.

“Hay más costos para una mujer si estas cosas no salen bien o no ocurren”, afirma.

Impactos, en casa y en el trabajo

Sin embargo, el hecho de que las madres terminen asumiendo esta carga mental tiene consecuencias.

Las madres están más estresadas, cansadas y menos felices que los padres durante el cuidado de los niños, según muestra la investigación, en parte porque ellos tienden a realizar actividades divertidas y recreativas con más frecuencia.

Un estudio sueco mostró que cuando las mujeres pensaban que la distribución de las tareas domésticas más obvias era injusta y las percepciones sobre la contribución de cada miembro de la pareja eran diferentes, esto generaba problemas en el matrimonio y aumentaba la probabilidad de una separación.

El riesgo también es el agotamiento de las madres, que inicialmente pueden pedir ayuda, lo que puede sonar fastidioso si tiene que repetirse una y otra vez.

“Y luego eso afecta a las relaciones“, dice el sociólogo Daniel Carlson de la Universidad de Utah, quien descubrió que la distribución desigual de las responsabilidades de cuidado en las parejas también puede conducir a menos relaciones sexuales.

Si las mujeres quedan agobiadas en sus casas, además, eso significa que muchas sienten que no pueden dedicar física o mentalmente las horas extra que exigen muchos lugares de trabajo, por lo que la brecha salarial de género continúa ampliándose.

Un hombre y su hij@ limpian la casa

Getty Images
Distribuir las tareas domésticas más equitativamente beneficia la relación de pareja.

La mayoría de los trabajos a tiempo parcial los realizan mujeres, por ejemplo, y, a su vez, es menos probable que obtengan aumentos salariales o ascensos después de tener hijos, lo que dificulta aún más la búsqueda de los mejores empleos.

Muchas abandonan la fuerza laboral por completo.

Habla más, haz menos

Desde que estalló la pandemia, el vínculo entre la igualdad de género en el hogar y la participación de las mujeres en la fuerza laboral ha estado más en el centro de atención que nunca.

Si bien hay muchos problemas sistémicos en juego, abordar el trabajo doméstico oculto dentro de las parejas podría ayudar a aliviar la carga que recae sobre las mujeres y disuadirlas de otras actividades.

Está claro que la mayoría de los hombres quieren involucrarse más en la vida de sus hijos, por lo que, para facilitar esto, las parejas podrían hablar explícitamente sobre quién hace qué, de principio a fin (no sirve mucho llevar a los niños a jugar con amigos si la otra persona tuvo que planificar y organizar el encuentro).

Para fomentar nuevos hábitos que ayuden a compartir la carga, tenemos que hacer que lo invisible sea más visible.

Tener conocimiento de ello es un buen primer paso, coincide Daminger, y tener constantemente claro quién está gestionando qué tarea, incluida la planificación.

Si declaramos explícitamente cuánta planificación implica cada aspecto del cuidado de los niños y las tareas del hogar, quedará más claro cuánto trabajo oculto hacemos.

Dos hombres cambian a sus bebés

Getty Images
Las parejas homosexuales dividen el cuidado de los niños de forma más equitativa, lo que demuestra que es posible hacerlo.

Afortunadamente, no todas las parejas dividen el cuidado de forma desigual: las parejas del mismo sexo, por ejemplo, tienen una distribución mucho más equitativa en comparación con las parejas heterosexuales, ya que no deben cumplir con los roles de género esperados.

Esto muestra que la carga se puede compartir claramente cuando se habla de ella de manera más abierta.

Por lo tanto, a nivel social, también debemos replantear algunas creencias muy arraigadas sobre lo que es el papel de un hombre o una mujer.

Carlson, quien dirigió una investigación que muestra que los puntos de vista igualitarios sobre el reparto de tareas contribuyen a la frecuencia sexual, dice que también debemos considerar los “factores estructurales que no permiten que haya flexibilidad en el lugar de trabajo”.

Por ejemplo, la norma de que los hombres son el sostén económico de la familia y “la cultura del trabajador ideal que empuja a los hombres a la fuerza laboral y los mantiene fuera del hogar”.

La política también podría ayudar: las investigaciones muestran que los hombres que toman una licencia por paternidad se encargan más del cuidado de sus hijos más adelante.

Pero en ausencia de políticas, quizás la mejor manera de que las mujeres reduzcan la carga mental sea hacer menos.

Esto puede generar dolor inicial, en pos de una ganancia a largo plazo, dice Carlson.

Si la madre deja de pensar en lo que hay que hacer y el padre no anticipa estas necesidades es posible que inicialmente cause estrés o críticas, pero eso podría permitir el aprendizaje para la próxima vez.

“Es una especie de condicionamiento operante clásico. No les estamos dando descargas eléctricas como en los experimentos con hámsteres… pero es como, ‘Oh, no me acordé de hacer esto la última vez y hubo una consecuencia negativa'”.

Con el tiempo, hacer menos podría aumentar la participación de nuestra pareja y, a su vez, liberar más energía mental para concentrarnos en nosotras mismas.

Al principio, es posible que nos juzguen por ello, pero podría llevarnos a una mayor felicidad más adelante. Todos aprendemos de la práctica, después de todo.

Melissa Hogenboom (@melissasuzanneh en Twitter) es la editora de BBC Reel y autora del libro, “The Motherhood Complex” (El complejo de maternidad), publicado en Reino Unido en mayo de 2021.


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