Trabajadoras del hogar son despedidas u obligadas a seguir trabajando
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Trabajadoras del hogar son despedidas u obligadas a seguir trabajando durante pandemia

Especialistas llaman a hacer conciencia de la difícil situación que tienen estas mujeres y pensar en que es justo que ellas también dejen de salir por su salud, pero que no se queden sin ingresos.
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3 de mayo, 2020
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Alicia es trabajadora del hogar en Puebla, en una casa en la que está de planta de lunes a sábado. Su último día de trabajo fue el 18 de abril, pero no por las medidas tomadas ante la pandemia de COVID-19, sino porque un día después, se tuvo que ir al hospital a parir.

A pesar de tener 9 meses de embarazo, sus jefes le dijeron que si no se sentía mal, tenía que seguir yendo a trabajar, y le sugirieron tomarse solo ocho días para recuperarse del parto y volver —aunque no lo ha hecho—. No solo eso: el último mes le pagaron menos porque ya no podía hacer todas las labores de limpieza de la casa. De los mil 200 pesos que le daban por los seis días de trabajo semanal, que es menos de dos salarios mínimos, le rebajaron a solo mil, es decir, 167 pesos por día.

Los empleadores de Alicia (nombre cambiado por confidencialidad), además, ignoraron todas las advertencias de las autoridades de salud respecto a que las mujeres embarazadas son parte de la población con mayor riesgo de contagio y que, aun sin serlo, debieron garantizarle medidas de sanidad y distanciamiento social.

Lee: Sueldo íntegro y permitir que trabajadoras del hogar se queden en casa, pide Conapred a empleadores

Hasta su último día de trabajo, y de embarazo, siguió saliendo de la casa el fin de semana para tomar sus descansos y volver el lunes. Se compró ella misma cubrebocas para subirse a la combi en la que hacía una hora de camino hasta su destino.

Es originaria de un pueblo en el municipio de San Sebastián Tlacotepec, en el extremo este de Puebla, que hace frontera con Veracruz y Oaxaca, pero renta un cuarto en las afueras de la capital poblana, en la colonia Nueva San Salvador, donde viven muchos migrantes provenientes de comunidades mazatecas de Oaxaca que se dedican a la albañilería o a limpiar casas.

Alicia, de 21 años, se está haciendo cargo sola de la nueva bebé, porque el hombre no quiso asumir su responsabilidad y desapareció en cuanto se enteró. Se atendió en un hospital  público donde le cobraron 2 mil pesos por el parto: el sueldo de dos semanas, que es el tiempo que lleva sin ir a trabajar y, por lo tanto, sin cobrar. Solo un hermano la está apoyando y un vecino, hijo de otra trabajadora de limpieza, que se organizó para recabar donativos y repartir despensas entre las mujeres de la colonia que están en situaciones similares.

Como Alicia, muchas trabajadoras del hogar están siendo víctimas de empleadores que no respetan sus derechos laborales, ya sea porque las hacen exponer su salud para seguir trabajando, porque las retuvieron en casa, o porque les dijeron que dejaran de acudir durante la emergencia sanitaria, que al terminar podían recuperar su trabajo, pero mientras no les están pagando nada.

“Tenemos el reporte de que muchas trabajadoras están siendo despedidas o descansadas sin goce de sueldo. Algunas siguen yendo a sus trabajos y parece que con buenas medidas de seguridad y de protección. A algunas no las dejan salir de las casas en las que trabajan, aunque ellas quieran salir, lo cual es una situación muy preocupante de casi esclavitud”, señala Marcela Azuela, de la organización Hogar Justo.

Entérate: Estos trámites frenan el registro de trabajadoras del hogar en el IMSS

Encerrada en el lugar de trabajo

A diferencia de la jefa de Alicia, a la de Lola sí le preocupó que estuviera saliendo para ir a su casa y pudiera contraer el virus en sus traslados, entre la casa de Tecamachalco, zona de clase alta del Estado de México, y Cuajimalpa, donde vive. Entonces la empleadora le propuso hace dos semanas que mejor se quedara en cuarentena ahí con ella.

Lola antes trabajaba también en otra casa los martes y jueves, pero al iniciar la emergencia sanitaria de ahí ya no quisieron que siguiera yendo. Al perder eso y como la convivencia con su jefa de Tecamachalco es buena, Lola aceptó quedarse con ella.

“No me pareció tan buena idea, pero viendo cómo está todo esto… lo pensé, estuve yendo a mi casa. Vi que la gente estaba asustada y pensé ya mejor me quedo, por mi salud”, cuenta a Animal Político. “Hasta que pase la contingencia no puedo salir. Estamos aislados de todo”.

Pero Lola tiene dos hijas, de 15 y de 23 años, y aunque ya no son unas niñas, es divorciada, así que están solas. Es lo que le molesta de estar encerrada, aunque su jefa le ha dicho que si quiere ir a verlas puede hacerlo pero viajando en Uber, no en transporte público.

Lo que más le importa en estos momentos, justo porque ella es la que lleva el dinero a su familia, es no perder su trabajo y fuente de ingresos por esta contingencia. De por sí ya dejó de ir a otra casa en la que también limpiaba. Y aquí, aunque ahora está de planta y sin poder salir, le siguen pagando los mismos 2 mil pesos a la semana, 333 por día trabajado.

La académica del Centro de Investigación y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), Noroeste Séverine Durin, advierte del riesgo de que las trabajadoras limpieza, sobre todo las que son de planta, se queden en cuarentena en las casas de sus empleadores, porque si no se establecen acuerdos y horarios claros, puede implicar que no tengan descansos y se les incrementen las labores sin ningún aumento de sueldo.

Durin se ha especializado en los últimos 10 años en el estudio de las trabajadoras del hogar en Monterrey, Nuevo León, que suelen ser indígenas migrantes de la zona de la Huasteca.

En esa ciudad, Azuela supo de un caso de un fraccionamiento de clase alta en el que por seguridad, no dejarían volver a entrar al personal doméstico  durante la contingencia, una situación que considera que da la sensación de ser discriminación. Mientras que Durin ha sabido de bastantes casos en los que empleadores han preferido que la cuarentena incluya a las empleadas.

“Así como hay mujeres a las que no han dejado regresar a trabajar, muchas no han podido salir. Porque estamos frente a un tipo de empleadores que tienen un habitus como de servidumbre; es decir, personas que están acostumbradas a tener personal de limpieza en sus casas y que no han aprendido desde su socialización a limpiar una casa, incluso a hacerse cargo de ciertas cosas con sus hijos, pero no de todas las tareas de crianza”, señala.

Entre el despido y la sobreviencia

Petra llevaba 15 años haciendo la limpieza de una casa de Puebla. Pero hace dos meses, por culpa del coronavirus, se quedó sin ese empleo.

“Tuvieron miedo porque para transportarnos nosotras tenemos que usar transporte público. Me dijo que ya no fuera, que íbamos a esperar dos semanas, porque le preocupaba mi salud, y principalmente la de ellos, me dijo… Le dije que sí, que me avisara, pero pasaron las dos semanas, y luego pasaron otras dos, y luego hasta ahorita y no me ha hablado”, lamenta.

Solía ir cuatro días por semana, pero nunca fue fijo: su jefa le llamaba cada vez que quería algo, y ella iba. Poco a poco le había ido aumentando el sueldo y ya cobraba 300 pesos al día, pero no recibió ninguna compensación ante la situación actual.

“No me dio nada. Una muchachita que yo recomendé para un trabajo, apenas llevaba dos semanas y mejor a ella sí le están pagando la mitad de su sueldo, ¡y eso que apenas entró! Pero esta señora… no sé… como dice mi primo, sí tienen dinero pero no quieren dar. Porque yo le digo: si salen de viaje, se van de vacaciones, se compran ropa, pues yo digo que sí tienen, le digo. Pero no me han llamado para nada”.

A pesar de llevar tantos años en la misma casa, como la mayoría de trabajadoras del hogar, no tenía contrato, ni la habían inscrito en la prueba piloto del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) para dar seguridad social, que en un año apenas ha tenido menos de 20 mil afiliadas, según datos del propio organismo, de los más de 2 millones de trabajadoras de este tipo que hay en el país.

Petra tiene dos hijos y está separada del papá, así que aunque su hija le pide dinero, solo le da “para sus tortillas”, dice. El más chico estudia el bachillerato, pero como no está teniendo clases, se están ahorrando los gastos de ir y venir y comer fuera.

Su salvación económica han sido sus pocos ahorros y que a una tía suya la operaron y entonces la está cubriendo en hacer también limpieza en la casa de un señor extranjero con el que prácticamente no tiene contacto físico. Va una vez por semana y le paga 350 pesos, de los que 50 se los gasta completos en tomar tres camiones de ida a Angelópolis y tres de regreso a la colonia Nueva San Salvador. Y aunque le preocupa el contagio de COVID-19, más le preocupa quedarse sin dinero.

¿Qué hacer para no dejarlas en el desamparo? 

Las especialistas llaman a hacer conciencia de la difícil situación que tienen estas mujeres y pensar en que es justo que ellas también dejen de salir por su salud, pero que no se queden sin ingresos.

“El llamado que hacemos desde Hogar Justo y desde otras organizaciones es que seamos responsables con quien trabaja en nuestra casa, cuidemos a quienes nos ha cuidado haciendo las labores de limpieza y también a veces de cuidado de nuestros hijos, de nuestros adultos mayores. Que seamos más comprometidos y si nos bajan el sueldo, que también está pasando o la gente se está quedando sin poder trabajar en sus negocios, pues si les tenemos que bajar, se les baja proporcionalmente, no despedirlas absolutamente dejándolas a su suerte”, dice Marcela Azuela.

La investigadora Séverin Durin explica que debemos partir de que todos tenemos los mismos derechos, así que ellas tienen derecho a la salud y deben estar resguardadas en su casa con goce de sueldo. También hace un llamado a que precisamente en estos momentos se les inscriba ante el IMSS, porque “una persona que tiene la capacidad económica de emplear a una trabajadora del hogar puede hacer la aportación que le corresponde, que es mínima. Es momento de garantizar el derecho a la salud”.

En el caso de trabajadoras de planta, que son alrededor del 10% del total, subraya que si se van a quedar en la casa de los empleadores, hay que establecer pago de horas extras, y no solo eso, sino también hacer acuerdos de los horarios laborales y los días de descanso, para no caer en explotación.

Como va a aumentar el trabajo de higienización en las casas, también recomienda no cargarles la mano, entonces descargarlas de otras labores: si le piden limpiar más, que hagan menos de cuidado, por ejemplo. Y para ello, sugiere que los miembros de la familia también asuman más labores del hogar, como encargarse de las niñas y niños que están sin ir a la escuela, porque la empleada no puede estar detrás de ellos a la vez que limpia y cocina.

Por último, proveerlas de cubrebocas y alcohol en gel si son quienes van a estar saliendo de la casa a hacer las compras. Y garantizar que mantengan el contacto con sus familias y seres queridos, ya que van a estar lejos de ellos.

Para donar despensas a las trabajadoras del hogar mazatecas de la colonia Nueva San Salvador, en Puebla, como Alicia y Petra, puedes depositar a la cuenta 1164903072, CLABE 012650011649030729, de BBVA, a nombre de Hugo Carrera Guerrero con el asunto “despensa trabajadoras”.

Con información de Alberto Pradilla

 

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Vacuna contra COVID: por qué algunas dosis acaban en la basura y qué se puede hacer para evitarlo

El mundo vive una carrera por hacerse con las escasas vacunas disponibles contra la COVID. ¿Por qué algunas acaban en la basura o se vacuna a personas no prioritarias?
5 de febrero, 2021
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Enfermeras cargan dosis de la vacuna en Nantes, Francia.

Reuters
Muchos países se enfrentan al reto de administrar las vacunas antes de que se estropeen.

Golpeado por la pandemia de covid, el mundo se enfrentó primero al reto de desarrollar en tiempo récord una vacuna. Ahora, al de distribuirla a escala planetaria sin malgastar una sola de las preciadas dosis.

Con la oferta de vacunas disponibles lejos aún de cubrir la ingente demanda mundial, los gobiernos han establecido rigurosos planes de vacunación que establecen los colectivos que deben ser vacunados primero: generalmente, personas mayores, enfermos crónicos y trabajadores de los servicios de salud.

Sin embargo, no han tardado en aparecer las noticias de personas no pertenecientes a estos grupos prioritarios que recibían la vacuna, o, algo más sorprendente aún, de dosis que acababan en el cubo de la basura.

En la ciudad de Trelew, en la Patagonia argentina, la prensa local informó de que hubo que desechar 140 dosis de la vacuna rusa Sputnik-V porque se había roto la cadena de frío en su conservación.

En España, el general al mando de las Fuerzas Armadas tuvo que dimitir después de que se hiciera público que había recibido la vacuna, pese a que algunos de sus colaboradores les dijeron a los medios españoles que lo había hecho precisamente para evitar que se echaran a perder las dosis sobrantes en su departamento tras vacunar a las personas prioritarias.

En México, el presidente, Andrés Manuel López Obrador, condenó por “inmoral” al médico que vacunó a dos familiares después de un error en el sistema de citas del hospital en el que trabaja.

Son solo algunos ejemplos de noticias que han provocado malestar y críticas en muchos países cuando la mayoría de la gente sigue a la espera y en muchos casos aún sujeta a distintos grados de confinamiento.

El desafío de optimizar las vacunas

Lo cierto es que los sanitarios se pueden ver a veces ante un incómodo dilema, ya que las vacunas requieren condiciones especiales de conservación y, en algunos casos, sobre todo en pequeñas localidades o lugares alejados, no pueden cumplirse a rajatabla los estrictos criterios fijados por los gobiernos.

La vacuna fabricada por Pfizer, por ejemplo, debe conservarse a temperaturas muy bajas y, una vez descongelada, ha de usarse antes de 5 días.

La Sputnik-V se comercializa en ampollas de cinco dosis, por lo que si se quiere evitar malgastar ninguna, debe haber un número igual de pacientes listos para recibir el pinchazo.

Una profesional de la salud recibe la vacuna en un hospital de Ciudad Juárez, México.

Reuters
Los trabajadores sanitarios figuran entre los colectivos prioritarios en la mayoría de países.

Como explicó en conversación con BBC Mundo el doctor Pablo Bonvehí, jefe de la sección Infectología y Control de Infecciones del CEMIC, un centro de investigación médica de Buenos Aires, “la prioridad es no desperdiciar la vacuna“.

“Una campaña de vacunación, y más una como esta, es siempre un gran desafío de ingeniería”, indica el experto. Y no siempre es posible acomodar la disponibilidad de vacunas con el número de pacientes dispuestos a ponérsela, su disponibilidad para acercarse a los centros de vacunación a recibirla y las necesidades de espacio para mantener la distancia social en ellos.

A esto se suma el problema de los pacientes que no acuden a las citas programadas, sea porque no pueden desplazarse o porque, como los seguidores del movimiento antivacunas, rechazan la inmunización o desconfían de los gobiernos y los fabricantes de medicamentos.

¿Qué hacer entonces con la dosis sobrante cuando ya se ha cubierto el cupo de pacientes prioritarios agendados para el día?

Contenedores de residuos sanitarios en Manchester, Inglaterra.

Getty Images
En algunos países ya ha habido noticias de vacunas que acaban en la basura.

En Estados Unidos ya ha habido centros sanitarios que han empezado a convocar por la emisora de emergencias a los paramédicos que quieran vacunarse una vez cubierto el cupo diario para evitar que se echen a perder las dosis sobrantes.

Y un equipo médico del estado de Oregón que quedó atrapado en una congestión de tráfico comenzó a vacunar a otros automovilistas retenidos ante la imposibilidad de volver a refrigerar a tiempo las dosis que llevaban consigo.

Mejor en un brazo que en el cubo de la basura

Ante la emergencia sanitaria global, los centros médicos a nivel local se enfrentan al desafío de vacunar a la mayor cantidad de gente en el menor tiempo posible, conservando adecuadamente las vacunas y priorizando a los grupos de población de riesgo establecidos por las autoridades nacionales.

En esa tarea titánica, han encontrado una inesperada colaboración en los grupos de espontáneos que hacen fila junto a las clínicas y los centros de vacunación a la espera de que se les administre alguna de las dosis no utilizadas, una imagen cada vez más frecuente en Estados Unidos y en Israel, el país que lidera la frenética carrera global por la vacunación.

“A todas las dificultades se suma la de la incertidumbre acerca de las dosis que se van recibir y cuándo”, señala el doctor Bonvehí.

Para los dispensarios locales se complica aún más llevar una planificación adecuada de la vacunación ya que en muchos casos los gobiernos tampoco han podido ofrecer un calendario claro de vacunación y son ellos quienes centralizan la adquisición de los medicamentos.

Un hombre carga una bombona de oxígeno en Manaos, Brasil.

Reuters
América Latina es una de las regiones más golpeadas por la pandemia y muchos países aún no han podido comenzar a vacunar.

Para los países de renta media, como la mayoría de los de América Latina, que se encuentran detrás de los más ricos en la lista de espera global por recibir la vacuna en la cantidad y con la regularidad suficientes, hacer un uso óptimo de las que llegan se hace más crítico si cabe.

Bonvehí propone que “en las citas se llame a pacientes suplentes, para que, si alguien no se presenta, no haya que desperdiciar ninguna dosis”.

Y la Organización Mundial de la Salud ha pedido que los países más prósperos, que han comprado muchas más dosis de las necesarias para vacunar a toda su población, envíen las que no usen a los países en desarrollo.

Todo, porque, como le dijo Amesh Adalja, especialista en enfermedades infecciosas de la Johns Hopkins University, a la cadena NPR, “una vacuna en un brazo siempre va a ser mejor que una vacuna en el cubo de la basura”.


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