Así se destruyó el expediente de la investigación sobre la masacre de Cadereyta
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Así se destruyó el expediente original de la investigación sobre la masacre de Cadereyta

A pesar del tiempo transcurrido quedan muchas interrogantes abiertas. ¿Pudieron restituirse todas las evidencias? ¿Por qué los empleados pudieron destruir un material tan sensible?
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Trabajadores de la empresa de paquetería Redpack destruyeron los expedientes originales con las investigaciones sobre la masacre de Cadereyta que la Fiscalía General de Justicia del Estado de Nuevo León (en aquel momento procuraduría) envió a la Fiscalía General de la República en Ciudad de México. Esta es la versión difundida por la propia FGJE a través de un comunicado en el que asegura que se repuso lo dañado y que se sigue investigando lo sucedido. Los hechos ocurrieron en 2018 y no se hicieron públicos hasta el pasado 13 de marzo, coincidiendo con el octavo aniversario de la mascare.

A pesar del tiempo transcurrido quedan muchas interrogantes abiertas. ¿Pudieron restituirse todas las evidencias? ¿Por qué los empleados pudieron destruir un material tan sensible? Y, sobre todo, ¿es tan débil la cadena de custodia como para que se pierdan en el trayecto de Monterrey a Ciudad de México las averiguaciones de una fiscalía sobre la muerte de 49 personas? ¿Es habitual que pruebas de casos graves se envíen como paquetes sin ninguna seguridad?

Lee: Fiscalía de NL reconoce extravío de expediente original sobre masacre de Cadereyta

El 13 de mayo de 2012 fueron hallados los torsos de 49 personas (43 hombres y seis mujeres) en el kilómetro 47 de la carretera Monterrey-Reynosa, a la altura de Cadereyta, Nuevo León. A día de hoy solo hay identificadas 17 de las víctimas, nueve de las cuales eran migrantes hondureños que trataban de llegar a Estados Unidos.

Aunque en aquel momento se atribuyó el crimen a Los Zetas, no hay detenidos ni procesados. Según Ana Lorena Delgadillo, directora de la Fundación para la Justicia y el Estado Democrático de Derecho, que representa a las familias de nueve víctimas, “no hay siquiera una línea de investigación”.

La primera institución en personarse en el lugar del hallazgo fue la Fiscalía de Nuevo León, que abrió las averiguaciones previas 121/2012. Un día después, la entonces Procuraduría General de la República inició sus propias investigaciones, las averiguaciones previas PGR/NL/GPE-I/1479/D/2012.

A los cuatro años, el expediente de la FGR pasa a etapa de integración en la Unidad de Investigación de Delitos para Personas Migrantes con la denominación AP/PGR/SDHPDSC/UIDPM/M2/003/2016.

A su vez, la Comisión Nacional para los Derechos Humanos (CNDH) inició una queja de oficio que concluyó en la recomendación 8VG/2017, que se hizo pública el 17 de octubre de 2017. Entre las recomendaciones está la de que sea la instancia federal la que se haga cargo de toda la investigación por lo que la fiscalía de Nuevo León debe remitirle sus expedientes.

Este mandato se lleva a cabo el 3 de enero de 2018, según un comunicado de la Fiscalía de Nuevo León. Los documentos se entregaron en la sucursal de la colonia Cumbres de Monterrey y a partir de aquí se pierde su rastro. No llegarán a su destino en las oficinas de la fiscalía en la Ciudad de México.

Entérate: Fiscalía de NL reconoce extravío de expediente original sobre masacre de Cadereyta

“La paquetería no entregó dicho expediente y reportó posteriormente haberlo considerado como paquete abandonado, supuestamente por no encontrar al destinatario”, dijo la fiscalía de Nuevo León, que añadió que la FGR fue informada “de forma extraoficial” por parte de Redpack de la destrucción del expediente.

Según esta versión, la empresa sí trasladó el paquete de Monterrey a Ciudad de México y el problema fue que nadie en la fiscalía se presentó en las oficinas de Redpack a recogerlo.

Animal Político quiso conocer la versión de la FGR y de la empresa, pero al cierre de la edición no había recibido respuesta.

Con los expedientes desaparecidos, transcurre más de un año hasta que la comunicación entre fiscalía de Nuevo León y la FGR se reactiva. Así queda constatado en el oficio 1202/D.11.2019 de 22 de marzo de 2019 en el que, ante los requerimientos llegados desde la autoridad federal, Luis Enrique Orozco Suárez, vicefiscal de Ministerio Público de la FGJE de Nuevo León, reconoce que las averiguaciones previas “y objetos relacionados” fueron entregados a Redpack y destruidos por alguno de sus empleados.

Dos meses después, el 18 de mayo, la FGR remite el oficio SDHPDSC-UIDPM-M2-198-2019 a Nuevo León para que se investigue el extravío del expediente. Seis días después, el 24 de mayo, la FGR recibe la reposición del archivo enviado desde Monterrey.

“Se hizo la reposición del mismo con las constancias certificadas que se encontraban como constancia del mismo”, dijo la fiscalía estatal.

El problema es que no hay modo de saber si lo que se envió en esta segunda ocasión es lo mismo que fue destruido o hay elementos que se han perdido para siempre.

Fuentes de la fiscalía de Nuevo León indicaron que existe respaldo digital de pruebas genéticas y autopsias y que el proceso de represión se realizó con constancia certificada y de acuerdo a los protocolos que establece la ley.

Esta explicación no convence a los representantes de las familias de las víctimas, que reiteran que la mención a los “objetos relacionados” de los oficios de FGE es relevante ya que refuerza la idea de que no solo se enviaron documentos, sino también pruebas físicas.

Fabbiane Cabaret, directora del área jurídica de la Fundación por la Justicia y el Estado Democrático de Derecho, asegura que en uno de los tomos de la investigación se señala que en el mismo paquete se incluyó la manta que apareció en el lugar en el que se hallaron los restos en 2012.

Se trata de una lona en la que Los Zetas se atribuyen los asesinatos. Días después en Zacatecas y San Luis Potosí aparecieron otras mantas en las que el mismo grupo delictivo se desligaba de la masacre. Sin embargo, una está perdida y las otras no se incluyeron en la causa, por lo que ya no sirven para encontrar a los culpables.

“De acuerdo al Ministerio Público, mandaron algunas copias de algunos tomos pero, efectivamente, nos lleva a la pregunta de cuáles son los respaldos. Es complicado pensar que ya no existe información sobre este paquete”, dice Cabaret, que recuerda que en Nuevo León había ministeriales encargados de la investigación y cree que su testimonio podría ser útil.

Desde que se extravía el expediente hasta que la FGR pide explicaciones pasa más de un año. En todo este tiempo ningún investigador se dio cuenta de que las pruebas obtenidas en el lugar de los hechos de la masacre se habían esfumado.

“Es difícil creer que esta pueda ser una situación accidental”, dice la abogada: “¿Por qué pasó (la destrucción del expediente)? ¿Por orden de quién? ¿Qué contenía el archivo?”

La fundación, que representa a nueve familias de víctimas, ha presentado una qujea ante la CNDH. En ella, califica los hechos de “violación grave a los derechos humanos”, por “haberse destruido intencionalmente información y evidencias trascendentales para la investigación”.

Advierten los quejosos que la destrucción del expediente impide “la realización de nuevos estudios”, argumentando que “las constancias y objetos relacionados eran de suma importancia para la continuidad de la investigación”. “La destrucción del expediente implicó borrar las evidencias recabadas durante esos años (de 2012 a 2018) e impedir la fiscalización y rendición de cuentas sobre las actuaciones del Ministerio Público. Representa una grave obstaculización a la justicia”, dice.

Con su queja, la Fundación pide que se abra una investigación y se tomen medidas cautelares.

Animal Político quiso conocer la opinión de la CNDH pero al cierre de la nota no había recibido respuesta.

Entre Cadereyta, Nuevo León y La Paz, en Honduras, hay más de 2 mil 400 kilómetros. Allá se encuentra José Dolores Suazo, hermano de Mauricio, una de las 17 víctimas identificadas. Dice que está dolido pero que sigue buscando justicia.

Su made murió poco después de que los restos de Mauricio llegaron a Honduras. Su padre falleció recientemente.

Ninguno de los dos llegó a ver quién pudo hacerle eso a su hijo, un hombre de 42 años que buscaba dar el salto a Estados Unidos a través de un México que se desangraba en la guerra iniciada por Felipe Calderón en 2006.

Nadie les ha dado una sola pista sobre quién o por qué le mataron junto a otras 48 personas.

“Estamos cansados y molestos, por la forma que hace el gobierno irresponsablemente con nosotros”, dice Suazo.

“No solo queremos que se haga justicia con nuestras familias, sino que el gobierno haga salvaguardas con los migrantes y que nunca más se vuelva a dar esta barbarie”.

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El desertor homosexual que escapó de Corea del Norte (y de su matrimonio) y encontró el amor a los 62 años

Jang Yeong-jin huyó de Corea del Norte escapando de un matrimonio sin amor. Ahora se ha prometido con su novio.
22 de marzo, 2021
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Jang

Oh Hwan
A los 62 años, Jang ha encontrado el amor y se va a casar con su novio estadounidense.

La singular historia del único desertor abiertamente homosexual de Corea del Norte fue cubierta por la prensa internacional cuando publicó su autobiografía. Ahora, 25 años después de huir de su país, cuenta a la BBC sus planes para casarse con su novio estadounidense.

Jang Yeong-jin nunca le habían parecido atractivas a las mujeres. Pero no fue hasta la noche de bodas, a los 27 años, que esto le hizo su vida más difícil.

Jang se sintió intensamente incómodo. “No podía poner un dedo sobre mi esposa“, recuerda.

Aunque la pareja finalmente consumó su matrimonio, el sexo era poco habitual.

Cuatro años después, su esposa seguía sin quedar embarazada, y uno de los hermanos de Jang comenzó a averiguar. Jang admitió que jamás se había sentido atraído por una mujer, y su hermano lo mandó rápido al doctor.

“Fui a muchos hospitales en Corea del Norte porque pensé que tenía algún problema“.

Nunca se le ocurrió a Jang, o su familia, que podía haber otra razón por su falta de interés hacia su esposa.

Pruebas médicas

“La homosexualidad no es un concepto en Corea del Norte”, dice.

Si se ve a alguien correr a saludar a un amigo del mismo sexo, se asume que son buenos amigos. De hecho, con frecuencia se ve a adultos del mismo género agarrados de la mano en la calle, explica.

“Corea del Norte es una sociedad totalitaria. Tenemos mucha vida comunitaria, así que es normal para nosotros”.

Echando la vista atrás, Jang piensa que no era el único incomprendido.

Cuando ingresó en el hospital durante un mes para hacer pruebas médicas, conoció a otros pacientes.

“Descubrí que muchos habían tenido una experiencia similar: hombres que no podían sentir nada hacia una mujer”.

Pero explorar lo que realmente sentían era casi imposible.

“En Corea del Norte, si un hombre dice que no le gusta una mujer, la gente piensa que está enfermo”.

Un hombre con el que Jang había servido en el ejército lo visitó varias veces después de ser dado de alta. Le confió que su noche de bodas también había sido un desastre y que ni siquiera podía tomar de la mano a su esposa.

“Creo que era alguien como yo”, reflexiona Jang.

Park Jeong-Won, profesor de leyes en la Universidad Kookmin en Seúl, Corea del Sur, no tiene conocimiento sobre alguna ley explícita en Corea del Norte contra las relaciones homosexuales.

Pero agrega que las leyes del estado contra las relaciones extramaritales y la violación de las costumbres sociales probablemente serían utilizadas para enjuiciar cualquier acto sexual gay.

Jang

Oh Hwan
El caso de Jang se conoció abiertamente cuando publicó su biografía hace 25 años.

Otro académica en Seúl, Kim Seok-hyang, ha entrevistado docenas de desertores sobre esto, y dice que ninguno había escuchado jamás hablar sobre el concepto de homosexualidad.

“Cuando les preguntaba sobre homosexualidad, les costaba entender. Así que tenía que explicarlo a cada persona”, dice Kim, profesora de estudios norcoreanos en la Universidad de Mujeres Ewha.

Todos los desertores le confesaron que si alguien les descubría explorando relaciones con alguien del mismo sexo, serían condenados al ostracismo, incluso posiblemente ejecutados.

Jang fue dado de alta con un historial médico limpio. Todas las pruebas médicas solicitadas por su hermano mostraron que no tenía nada malo.

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BBC

La decisión de marcharse

Por otro lado, la esposa de Jang seguía siendo infeliz.

“Pensaba: ‘Debería dejar marchar a esta persona. Deberíamos encontrar una forma de ser felices'”, cuenta el desertor.

Jang solicitó el divorcio. Sin embargo, este proceso no es fácil en Corea del Norte. Se requiere el permiso de un tribunal, y estos priorizan la unidad familiar, dice el profesor de leyes Park Jeong-Won.

Solo autorizan una separación si el matrimonio es visto como una amenaza a la ideología del país, explica.

Fue entonces cuando Jang se dio cuenta que solo le quedaba la opción de huir, de abandonar Corea del Norte. Esto anularía automáticamente su matrimonio y permitiría volver a casarse a su mujer.

Pero el catalizador de su decisión fue una visita del mejor amigo de Jang, un hombre llamado Seoncheol.

Habían crecido juntos en el pueblo norteño de Chongjin. Eran muy cercanos, y dormían en la misma cama cuando uno se quedaba en casa del otro durante la infancia.

Pero cuando crecieron, los sentimientos de Jang por Seoncheol se intensificaron.

“Realmente Seoncheol me gustaba mucho. Todavía sueño con él”.

A veces Seoncheol le visitaba para cenar y, una noche, preocupado por lo tarde que se había hecho, Jang persuadió a Seocheol para que se quedara a dormir.

Unas horas más tarde, Jang se encontró saliendo de su propia cama y acercándose a Seoncheol. Estaba devastado cuando su amigo dormido ni siquiera se movió.

“No sé exactamente qué quería de él, tal vez solo que me abrazara fuerte”, dice Jang.

Aquel momento le hizo sentir que su vida en Corea del Norte había llegado a su fin.

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BBC

La fuga

Jang llegó a Corea del Sur en abril de 1997 arrastrándose por la zona desmilitarizada (DMZ) llena de minas que divide las dos naciones, después de que su ruta inicial le dejara varado en China.

Cruzar la DMZ es tan arriesgado e infrecuente que su fuga fue noticia en el sur.

Zona desmilitarizada en Corea del Norte.

Getty Images
Jang escapó a través de las verjas fortificadas de la zona desmilitarizada llena de minas que divide las dos Coreas.

Las dinámicas en Seúl eran muy distintas a las de Corea del Norte, pero incluso aquí el caso de Jang desconcertó a los funcionarios surcoreanos.

Todos los desertores de Corea del Norte se someten a varias semanas de interrogatorios obligados del Servicio de Inteligencia de Corea del Sur (NIS) para comprobar que no son espías.

Jang fue interrogado durante más de cinco meses porque se resistía a explicar la verdadera razón por la que desertó.

Cuando finalmente admitió que simplemente no se sentía atraído por su esposa, se le permitió quedarse, pero una vez más fue enviado al médico.

“Los funcionarios del NIS me dijeron que debía haber alguna razón por la que no me gustaban las mujeres”.

En aquel tiempo, incluso en el sur había poca conciencia sobre las distintas orientaciones sexuales. Varios doctores le recomendaron buscar ayuda psicológica, pero ignoró sus consejos.

Descubrimiento y decepción

Entonces, en la primavera de 1998, 13 meses después de llegar a Corea del Sur, Jang abrió una revista para leer una entrevista que dio sobre su deserción.

Al pasar la página, descubrió un artículo sobre hombres homosexuales saliendo del armario, con una escena de una película estadounidense que mostraba dos hombres besándose sobre una cama.

Ahí se convenció de que él también era homosexual.

“Cuando vi aquello, supe enseguida que era ese tipo de persona. Por eso no me gustaban las mujeres”.

Aquella revelación transformó la vida de Jang, quien se volvió un cliente habitual de los bares para gays en Seúl.

Pero años después, este nuevo mundo expuso a Jang a un fraude devastador.

En 2004, el dueño de uno de los bares favoritos de Jang le presentó a un auxiliar de vuelo.

Salieron durante tres meses y Jang se enamoró.

El auxiliar de vuelo le pidió a Jang mudarse juntos, pero le explicó que, como vivía con su padrastro, primero debían comprar una casa más grande.

Jang se mudó de su apartamento alquilado y le dio US$82.000 de sus ahorros y todas sus pertenencias.

Nunca más volvió a verle. Acudió cada día a la estación de policía durante dos semanas hasta que le dijeron que se diera por vencido.

Jang jamás pensó que alguien pudiese engañarle de esta manera.

“En Corea del Norte tenemos una vida muy controlada. Si hubiera dicho que alguien me había estafado, el partido lo habría rastreado y castigado con dureza”.

Jang enfermó y fue hospitalizado durante un mes. Piensa que fue producto del estrés. Esto significó perder su trabajo en una fábrica. Como consecuencia, se quedó sin dinero, sin casa y desempleado.

Poco a poco fue reconstruyendo su vida. Consiguió un trabajo como limpiador, ahorró para rentar una nueva casa y comenzó a escribir en su tiempo libre.

De niño ganó una vez un concurso de escritura, pero entonces se requería que los estudiantes solo escribieran para honrar al régimen norcoreano.

Ahora, finalmente, Jang podía escribir lo que quisiera. Su autobiografía A Mark of Red Honor (“La marca del honor rojo”) fue publicada en 2015.

Encontrar el amor

Tomó un largo tiempo antes de que Jang se arriesgara a tener una cita. El año pasado, con 62 años, Jang conoció a Ming-su, el dueño de un restaurante, en un sitio de citas.

Cuatro meses más tarde, Jang viajó a la nación que conocía como “el país de los lobos”, el término despectivo de Pyongyang hacia Estados Unidos.

Pero cuando Jang vio a Min-su esperándolo en la sala de llegadas, su corazón se hundió. Min-su llevaba pantalones cortos y gorra, y dice Jang que esto le decepcionó.

“Al ver cómo se vestía, asumí que era un hombre maleducado y brusco“, dice Jang.

Jang

Jang Yeong-jin
Compartiendo vinos y picnics, la pareja se ha ido conociendo cada vez más.

El confinamiento por coronavirus les dio espacio para conocerse mejor, bebiendo vinos y organizando picnics.

“Cuanto más le conocía, más podía ver su buen carácter. Aunque es ocho años menor que yo, es el tipo de persona que primero se preocupa por los demás”.

Tras dos meses, Min-su decidió proponerle matrimonio.

Ahora Jang está finiquitando sus documentos para probar que su matrimonio en Corea del Norte está terminado y esperan casarse a fines de este año.

“Siempre me sentía miedoso, triste y solitario cuando vivía solo. Soy muy introvertido y sensible, pero él es una persona optimista. Somos buenos el uno para el otro”, dice.

Jang y su prometido.

Jang Yeong-jin
Jang y su prometido tienen varios planes para cuando terminen las restricciones por coronavirus.

Pero a pesar de su felicidad recién descubierta, Jang sigue obsesionado por el impacto que su deserción tuvo en su familia.

Varios de sus parientes fueron desterrados a una aldea remota en el helado norte, un destino brutal para aquellos cuyos familiares se perciben como desleales al régimen. Seis de sus familiares murieron de hambre y enfermedad, incluida su madre y cuatro de sus hermanos.

Jang dice que la única forma en que puede lidiar con esa culpa es escribiendo.

“Siempre que pienso en mi familia es muy doloroso para mí, por eso decidí escribir. Pienso que es la única manera en que puedo compensarle”, reflexiona.

Pero al menos le consuela que su decisión de abandonar Corea del Norte dio nuevas oportunidades a su esposa. Escuchó que había vuelto a casarse.

“Siempre pensé que era muy talentosa, así que me sentí muy feliz por ella”.

Y dice que espera expandir sus horizontes una vez se flexibilicen las restricciones por el coronavirus y quiere visitar Washington, a media hora en auto, con Min-su.

“Escuché que hay muchos bares gay allí. Quiero ir a esos bares con él”.

Mientras tanto, dice que disfruta de la tranquilidad de los suburbios, que describe como si estuviera en un “cuento de hadas”.

Min-su es un nombre falso.


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