Un cubano con protección estatal lleva meses sin tratamiento para el cáncer
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Un cubano con protección estatal lleva seis meses enfermo de cáncer y sin atención médica

México otorgó Protección Complementaria al cubano Ramón Arboláez Abreu, pero no ha garantizado su salud.
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Ramón Arboláez Abreu tiene 45 años y un cáncer de lengua que casi no le deja hablar. Es cubano, de la ciudad de Marta Abreu, en el centro de la isla, y desde enero disfruta de la Protección Complementaria que otorga la Comisión Mexicana de Ayuda al Refugiado (Comar). 

Este es un estatus similar al de refugiado solo que sin poder apelar a la reunificación familiar. En teoría, México debería garantizar su cuidado, el de su mujer y el de sus tres hijas, con quienes dejó Cuba en 2016. Sin embargo, lleva meses sin que un médico atienda su tumor. 

Ahora se encuentra en Monterrey, Nuevo León, y el hospital al que le destinaron, el Metropolitano, se ha reconvertido en centro exclusivo para pacientes con COVID-19. Así que aguanta sus dolores con Diclofenato y espera a que la pandemia pase para que un médico pueda atenderlo. “Solo espero que llegue a tiempo”, dice, en mensaje de Whatsapp. 

Acudir a una consulta privada sería imposible. No tiene dinero. Su esposa y sus dos hijos, de 11 y seis años, duermen juntos en una única cama del cuarto que rentan con apoyo económico de Acnur. Él no puede trabajar y su pareja no tiene documentos, por lo que tampoco tiene acceso al empleo. 

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“Está aquí sin atención medica de ningún tipo. Está todos los días sintiéndose mal. No sé en qué estadía está la enfermedad, no le han hecho ninguna prueba. Un médico en Palenque le mandó unas pruebas, pero no pudimos pagarlas. Luego le mandaron a Monterrey para que lo atendieran pero al final estaba cerrado”, se queja Yaidiel Prada, su esposa. Ella responde a las preguntas por teléfono. Dice que su esposo apenas puede hablar debido a la enfermedad. 

El tránsito de la pareja comienza el 18 de noviembre de 2016, una semana antes de la muerte de Fidel Castro, quien fue presidente desde el triunfo de la revolución el 1 de enero de 1959 hasta 2008. Aquel día, Arboláez Abreu, Prada y sus tres hijos marcharon a Trinidad y Tobago Dice el hombre que era activista contrario al gobierno. “Sufrí amenazas, represiones y hostigamiento por el parte de la policía”, asegura. 

Durante tres años permaneció en la isla, donde se le reconoció el estatus de refugiado. Sin embargo, no estaba conforme. Denuncia que las autoridades le retiraron el pasaporte, que nunca se lo volvieron a regresar. De aquella época queda constancia de una detención cuando, junto a otros ocho cubanos, obstruyeron el paso a la oficina de la ONU exigiendo su reubicación como refugiados en Estados Unidos. 

En 2019 abandonaron ilegalmente la isla y atravesaron media América Latina para llegar hasta México. En su tránsito tuvieron que atravesar la selva del Darién, un peligroso enclave ubicado entre Colombia y Panamá en la que decenas de migrantes y solicitantes de asilo pierden la vida cada año. 

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El 28 de agosto del año pasado llegaron a Chiapas a través de Frontera Corozal, en Chiapas. Agentes del Instituto Nacional de Migración (INM) los detuvieron y pasaron 15 días en la estación migratoria hasta que fueron liberados. Quedaron en Palenque hasta que la Comar resolviese su petición de asilo. 

Ahí fue donde un médico detectó el cáncer de Arboláez Abreu. 

“Se agravo la enfermedad a mi esposo. No tenía asistencia médica, el hospital general no tenía recursos y no podíamos viajar a ningún lugar porque no nos permitían salir del estado”, explica su esposa. 

Finalmente, recibieron la condición de Protección Complementaria. Esta figura se aplica en casos en los que las autoridades mexicanas consideran que el solicitante no aplica a la condición de refugiado pero considera que no puede devolverlo a su lugar de origen porque cree que sus derechos humanos podrían ser vulnerados. Con los papeles en regla fueron trasladados a Villahermosa, Tabasco. Allí, un médico cubano les dijo que deberían extirparle la lengua y los ganglios. Pidió también varios estudios. Pero, según asegura Yaidiel Prada, el centro médico no tenía capacidad para realizarlos y le sugirieron que acudiesen a una clínica privada. Su costo era de 17 mil pesos. No estaba al alcance de la familia.  

“Debido a la contingencia del virus nos trasladaron a Monterrey para tener asistencia médica”, explica la mujer. Al llegar a Nuevo León, Arboláez Abreu fue enviado al hospital metropolitano. Le dieron cita para el 25 de mayo. Llegó la fecha y el hospital seguía cerrado. Solo atienden pacientes con COVID-19. 

“La alternativa que nos dieron fue ir a pedir medicamentos a un consultorio privado. ¿Con qué dinero? Mi esposo no puede trabajar y yo no tengo papales”, se queja Prada. 

Desde entonces, el matrimonio y los dos hijos pequeños, de once y seis años, viven en un pequeño cuarto que rentan con el apoyo de Acnur. “Hace 15 días nos dieron una bolsa de comida, pero no alcanza”, lamenta la mujer. 

“Cada día se va deteriorando mi esposo. No tiene asistencia médica y le da dolor de cabeza. Lo poco que duerme es porque se toma unos sedantes”, explica. Sin fecha para una consulta médica, la familia está desesperada. 

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Animal Político consultó con Acnur sobre la situación de la familia. Fuentes del organismo internacional explicaron que tienen la política de no comentar casos particulares

Como norma general, sin embargo, ofrecen asistencia financiera de hasta tres meses, con una cuantía que depende del análisis de vulnerabilidad que se realiza. Dependiendo de la necesidad incluso pueden darse apoyos excepcionales.

La pandemia de COVID-19 provocó una ampliación de estos criterios, explicaron estas fuentes. Por ejemplo, con ayudas económicas a personas que ya estaban en proceso de integración y tenían un empleo pero que lo perdieron a causa de la crisis sanitaria. En total, más de 5 mil personas han recibido esta ayuda

La otra institución que apoya a los refugiados en México es la Comar. Fuentes del organismo aseguraron a Animal Político que darán seguimiento al caso. 

Sin trabajo ni expectativas, Arboláez Abreu ha modificado sus prioridades. Antes su sueño era llegar a Estados Unidos. Ahora solo quiere que alguien le ayude con el cáncer. Pidió apoyo a congresistas estadounidenses, pero sus gestiones no han tenido resultado. Seguía necesitando alguien que se hiciese cargo de sus gastos médicos. Por eso pide ayuda y confía en que “no llegue demasiado tarde”. 

 

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El desertor homosexual que escapó de Corea del Norte (y de su matrimonio) y encontró el amor a los 62 años

Jang Yeong-jin huyó de Corea del Norte escapando de un matrimonio sin amor. Ahora se ha prometido con su novio.
22 de marzo, 2021
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Jang

Oh Hwan
A los 62 años, Jang ha encontrado el amor y se va a casar con su novio estadounidense.

La singular historia del único desertor abiertamente homosexual de Corea del Norte fue cubierta por la prensa internacional cuando publicó su autobiografía. Ahora, 25 años después de huir de su país, cuenta a la BBC sus planes para casarse con su novio estadounidense.

Jang Yeong-jin nunca le habían parecido atractivas a las mujeres. Pero no fue hasta la noche de bodas, a los 27 años, que esto le hizo su vida más difícil.

Jang se sintió intensamente incómodo. “No podía poner un dedo sobre mi esposa“, recuerda.

Aunque la pareja finalmente consumó su matrimonio, el sexo era poco habitual.

Cuatro años después, su esposa seguía sin quedar embarazada, y uno de los hermanos de Jang comenzó a averiguar. Jang admitió que jamás se había sentido atraído por una mujer, y su hermano lo mandó rápido al doctor.

“Fui a muchos hospitales en Corea del Norte porque pensé que tenía algún problema“.

Nunca se le ocurrió a Jang, o su familia, que podía haber otra razón por su falta de interés hacia su esposa.

Pruebas médicas

“La homosexualidad no es un concepto en Corea del Norte”, dice.

Si se ve a alguien correr a saludar a un amigo del mismo sexo, se asume que son buenos amigos. De hecho, con frecuencia se ve a adultos del mismo género agarrados de la mano en la calle, explica.

“Corea del Norte es una sociedad totalitaria. Tenemos mucha vida comunitaria, así que es normal para nosotros”.

Echando la vista atrás, Jang piensa que no era el único incomprendido.

Cuando ingresó en el hospital durante un mes para hacer pruebas médicas, conoció a otros pacientes.

“Descubrí que muchos habían tenido una experiencia similar: hombres que no podían sentir nada hacia una mujer”.

Pero explorar lo que realmente sentían era casi imposible.

“En Corea del Norte, si un hombre dice que no le gusta una mujer, la gente piensa que está enfermo”.

Un hombre con el que Jang había servido en el ejército lo visitó varias veces después de ser dado de alta. Le confió que su noche de bodas también había sido un desastre y que ni siquiera podía tomar de la mano a su esposa.

“Creo que era alguien como yo”, reflexiona Jang.

Park Jeong-Won, profesor de leyes en la Universidad Kookmin en Seúl, Corea del Sur, no tiene conocimiento sobre alguna ley explícita en Corea del Norte contra las relaciones homosexuales.

Pero agrega que las leyes del estado contra las relaciones extramaritales y la violación de las costumbres sociales probablemente serían utilizadas para enjuiciar cualquier acto sexual gay.

Jang

Oh Hwan
El caso de Jang se conoció abiertamente cuando publicó su biografía hace 25 años.

Otro académica en Seúl, Kim Seok-hyang, ha entrevistado docenas de desertores sobre esto, y dice que ninguno había escuchado jamás hablar sobre el concepto de homosexualidad.

“Cuando les preguntaba sobre homosexualidad, les costaba entender. Así que tenía que explicarlo a cada persona”, dice Kim, profesora de estudios norcoreanos en la Universidad de Mujeres Ewha.

Todos los desertores le confesaron que si alguien les descubría explorando relaciones con alguien del mismo sexo, serían condenados al ostracismo, incluso posiblemente ejecutados.

Jang fue dado de alta con un historial médico limpio. Todas las pruebas médicas solicitadas por su hermano mostraron que no tenía nada malo.

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BBC

La decisión de marcharse

Por otro lado, la esposa de Jang seguía siendo infeliz.

“Pensaba: ‘Debería dejar marchar a esta persona. Deberíamos encontrar una forma de ser felices'”, cuenta el desertor.

Jang solicitó el divorcio. Sin embargo, este proceso no es fácil en Corea del Norte. Se requiere el permiso de un tribunal, y estos priorizan la unidad familiar, dice el profesor de leyes Park Jeong-Won.

Solo autorizan una separación si el matrimonio es visto como una amenaza a la ideología del país, explica.

Fue entonces cuando Jang se dio cuenta que solo le quedaba la opción de huir, de abandonar Corea del Norte. Esto anularía automáticamente su matrimonio y permitiría volver a casarse a su mujer.

Pero el catalizador de su decisión fue una visita del mejor amigo de Jang, un hombre llamado Seoncheol.

Habían crecido juntos en el pueblo norteño de Chongjin. Eran muy cercanos, y dormían en la misma cama cuando uno se quedaba en casa del otro durante la infancia.

Pero cuando crecieron, los sentimientos de Jang por Seoncheol se intensificaron.

“Realmente Seoncheol me gustaba mucho. Todavía sueño con él”.

A veces Seoncheol le visitaba para cenar y, una noche, preocupado por lo tarde que se había hecho, Jang persuadió a Seocheol para que se quedara a dormir.

Unas horas más tarde, Jang se encontró saliendo de su propia cama y acercándose a Seoncheol. Estaba devastado cuando su amigo dormido ni siquiera se movió.

“No sé exactamente qué quería de él, tal vez solo que me abrazara fuerte”, dice Jang.

Aquel momento le hizo sentir que su vida en Corea del Norte había llegado a su fin.

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BBC

La fuga

Jang llegó a Corea del Sur en abril de 1997 arrastrándose por la zona desmilitarizada (DMZ) llena de minas que divide las dos naciones, después de que su ruta inicial le dejara varado en China.

Cruzar la DMZ es tan arriesgado e infrecuente que su fuga fue noticia en el sur.

Zona desmilitarizada en Corea del Norte.

Getty Images
Jang escapó a través de las verjas fortificadas de la zona desmilitarizada llena de minas que divide las dos Coreas.

Las dinámicas en Seúl eran muy distintas a las de Corea del Norte, pero incluso aquí el caso de Jang desconcertó a los funcionarios surcoreanos.

Todos los desertores de Corea del Norte se someten a varias semanas de interrogatorios obligados del Servicio de Inteligencia de Corea del Sur (NIS) para comprobar que no son espías.

Jang fue interrogado durante más de cinco meses porque se resistía a explicar la verdadera razón por la que desertó.

Cuando finalmente admitió que simplemente no se sentía atraído por su esposa, se le permitió quedarse, pero una vez más fue enviado al médico.

“Los funcionarios del NIS me dijeron que debía haber alguna razón por la que no me gustaban las mujeres”.

En aquel tiempo, incluso en el sur había poca conciencia sobre las distintas orientaciones sexuales. Varios doctores le recomendaron buscar ayuda psicológica, pero ignoró sus consejos.

Descubrimiento y decepción

Entonces, en la primavera de 1998, 13 meses después de llegar a Corea del Sur, Jang abrió una revista para leer una entrevista que dio sobre su deserción.

Al pasar la página, descubrió un artículo sobre hombres homosexuales saliendo del armario, con una escena de una película estadounidense que mostraba dos hombres besándose sobre una cama.

Ahí se convenció de que él también era homosexual.

“Cuando vi aquello, supe enseguida que era ese tipo de persona. Por eso no me gustaban las mujeres”.

Aquella revelación transformó la vida de Jang, quien se volvió un cliente habitual de los bares para gays en Seúl.

Pero años después, este nuevo mundo expuso a Jang a un fraude devastador.

En 2004, el dueño de uno de los bares favoritos de Jang le presentó a un auxiliar de vuelo.

Salieron durante tres meses y Jang se enamoró.

El auxiliar de vuelo le pidió a Jang mudarse juntos, pero le explicó que, como vivía con su padrastro, primero debían comprar una casa más grande.

Jang se mudó de su apartamento alquilado y le dio US$82.000 de sus ahorros y todas sus pertenencias.

Nunca más volvió a verle. Acudió cada día a la estación de policía durante dos semanas hasta que le dijeron que se diera por vencido.

Jang jamás pensó que alguien pudiese engañarle de esta manera.

“En Corea del Norte tenemos una vida muy controlada. Si hubiera dicho que alguien me había estafado, el partido lo habría rastreado y castigado con dureza”.

Jang enfermó y fue hospitalizado durante un mes. Piensa que fue producto del estrés. Esto significó perder su trabajo en una fábrica. Como consecuencia, se quedó sin dinero, sin casa y desempleado.

Poco a poco fue reconstruyendo su vida. Consiguió un trabajo como limpiador, ahorró para rentar una nueva casa y comenzó a escribir en su tiempo libre.

De niño ganó una vez un concurso de escritura, pero entonces se requería que los estudiantes solo escribieran para honrar al régimen norcoreano.

Ahora, finalmente, Jang podía escribir lo que quisiera. Su autobiografía A Mark of Red Honor (“La marca del honor rojo”) fue publicada en 2015.

Encontrar el amor

Tomó un largo tiempo antes de que Jang se arriesgara a tener una cita. El año pasado, con 62 años, Jang conoció a Ming-su, el dueño de un restaurante, en un sitio de citas.

Cuatro meses más tarde, Jang viajó a la nación que conocía como “el país de los lobos”, el término despectivo de Pyongyang hacia Estados Unidos.

Pero cuando Jang vio a Min-su esperándolo en la sala de llegadas, su corazón se hundió. Min-su llevaba pantalones cortos y gorra, y dice Jang que esto le decepcionó.

“Al ver cómo se vestía, asumí que era un hombre maleducado y brusco“, dice Jang.

Jang

Jang Yeong-jin
Compartiendo vinos y picnics, la pareja se ha ido conociendo cada vez más.

El confinamiento por coronavirus les dio espacio para conocerse mejor, bebiendo vinos y organizando picnics.

“Cuanto más le conocía, más podía ver su buen carácter. Aunque es ocho años menor que yo, es el tipo de persona que primero se preocupa por los demás”.

Tras dos meses, Min-su decidió proponerle matrimonio.

Ahora Jang está finiquitando sus documentos para probar que su matrimonio en Corea del Norte está terminado y esperan casarse a fines de este año.

“Siempre me sentía miedoso, triste y solitario cuando vivía solo. Soy muy introvertido y sensible, pero él es una persona optimista. Somos buenos el uno para el otro”, dice.

Jang y su prometido.

Jang Yeong-jin
Jang y su prometido tienen varios planes para cuando terminen las restricciones por coronavirus.

Pero a pesar de su felicidad recién descubierta, Jang sigue obsesionado por el impacto que su deserción tuvo en su familia.

Varios de sus parientes fueron desterrados a una aldea remota en el helado norte, un destino brutal para aquellos cuyos familiares se perciben como desleales al régimen. Seis de sus familiares murieron de hambre y enfermedad, incluida su madre y cuatro de sus hermanos.

Jang dice que la única forma en que puede lidiar con esa culpa es escribiendo.

“Siempre que pienso en mi familia es muy doloroso para mí, por eso decidí escribir. Pienso que es la única manera en que puedo compensarle”, reflexiona.

Pero al menos le consuela que su decisión de abandonar Corea del Norte dio nuevas oportunidades a su esposa. Escuchó que había vuelto a casarse.

“Siempre pensé que era muy talentosa, así que me sentí muy feliz por ella”.

Y dice que espera expandir sus horizontes una vez se flexibilicen las restricciones por el coronavirus y quiere visitar Washington, a media hora en auto, con Min-su.

“Escuché que hay muchos bares gay allí. Quiero ir a esos bares con él”.

Mientras tanto, dice que disfruta de la tranquilidad de los suburbios, que describe como si estuviera en un “cuento de hadas”.

Min-su es un nombre falso.


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