Descuidos y negligencia de pacientes y directivos disparan COVID en doctores
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Cuartoscuro

Descuidos y negligencia de pacientes y directivos disparan contagios de COVID en doctores

El tema de los contagios de COVID en personal médicos es más complicado que reducirlo a una falta de insumos.
Cuartoscuro
Por Manu Ureste y Andrea Vega
23 de junio, 2020
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La doctora Arely dice que, a ciencia cierta, no sabe cómo se infectó de coronavirus. Quizá fue un descuido, admite: un día entró a pedir unos informes al área COVID y se le olvidó la careta y el cubrebocas N95.

No está segura, insiste. Pero en su interior algo le dice que, ese día, tiró por la borda todo lo aprendido en las pláticas de capacitación que, desde febrero, muy al inicio de la pandemia en México, le dieron en el hospital sobre cómo usar el equipo de protección para evitar contagios.

Menos de una semana después, Arely comenzó a sentir un fuerte y constante dolor de cabeza, acompañado de un intenso dolor de cuerpo.

“Me sentía muy débil todo el tiempo”, relata la doctora, que pide no revelar su verdadero nombre, pero cuya identidad, cargo, y hospital, fue corroborado por este medio.

Los síntomas no fueron suficientes para que su clínica le hiciera la prueba COVID.

Lee: Descuidos y negligencia de pacientes y directivos disparan contagios de COVID en doctores

“La enfermedad se manifestó de una manera muy atípica. Tenía dolor de cabeza y de cuerpo, pero sin fiebre, tos seca, ni dificultad para respirar. Y por eso, aunque era un caso sospechoso, no era candidata para la toma de muestra”, explica Arely, que optó por hacer el estudio por su cuenta.

A los pocos días, del laboratorio, le dieron dos noticias: la mala y la peor.

La mala: tenía el virus. La peor: llevaba días trabajando infectada.

Arely recalca que, desde que sintió los síntomas, extremó el uso del N95 “para no contagiar a nadie”. Pero, aún así, concede que es imposible saber si esos días que laboró infectada no contagió a otros doctores o a pacientes.

“Es cierto -admite la médica-. Fue un riesgo muy alto”.

Lee más: Contratados por Insabi ante emergencia de COVID denuncian retraso en pagos, desorganización y falta de seguro

Como ‘moscas’

En abril, cuando comenzaron a ser recurrentes las notas sobre brotes entre el personal médico, el gobernador de Baja California, Jaime Bonilla, lanzó una sentencia polémica: “los médicos están cayendo como moscas”.

Desde entonces, y hasta ahora, las autoridades sanitarias llevaron a cabo varias medidas para revertir esa situación denunciada por Bonilla y por los médicos, quienes criticaron que los mandaron a la ‘guerra’ sin ‘armas’.

Por ejemplo, a finales de marzo, IMSS e ISSSTE compraron insumos por 2 mil 309 millones de pesos para tratar COVID- 19, mientras que Cancillería anunció otra inversión por más de 1 mil 200 millones de pesos en la compra a China de mascarillas N95, caretas, guantes, y trajes quirúrgicos. A la par se inició la reconversión de hospitales para separar a médicos COVID de los que atienden otras enfermedades y así evitar contagios.

Pero las medidas de contención parecen no tener efecto: de acuerdo con cifras oficiales, la tasa de médicos contagiados es del 20.9%; cifra muy próxima a la reportada por España, 21.3%, uno de los países más golpeados en el mundo por la pandemia.

El infectólogo veracruzano, Uri Torruco, advierte que este dato puede estar “sesgado”. La razón: en México se hacen pocas pruebas a la población general y muchas a los médicos. Y por eso, la tasa puede estar “inflada”.

Sin embargo, hay más cifras oficiales que reflejan la gran dimensión de los contagios. De acuerdo con el informe presentado por Salud el pasado martes, tan solo en la primera mitad de junio los casos positivos entre el personal médico aumentaron en 12 mil 171; un crecimiento del 60%. Y otro dato: en solo una semana, la que va del 9 al 16 de junio, hubo 6 mil 722 casos nuevos de médicos infectados; 960 cada 24 horas.

Es decir, tres meses después de la polémica sentencia de Bonilla, los médicos mexicanos se siguen contagiando a un ritmo muy alto.

¿Pero, por qué? Animal Político entrevistó a médicos que superaron el virus. La mayoría señaló que la falta de insumos, o la mala calidad de estos, es una parte de la respuesta, pero no explica todo el problema.

De hecho, muchos admitieron un grado importante de responsabilidad en los contagios, debido a descuidos, exceso de confianza, desidia, o por un mal uso de los equipos de protección. “Muchas veces, los médicos no hacemos bien las cosas”, aseguran.

Cubrebocas, escasos y defectuosos

El doctor Guillermo García Hernández es director del Hospital 30 del IMSS de Mexicali, Baja California. Comenzó a dirigirla después de que en abril se produjera un brote COVID que infectó a por lo menos 19 médicos, entre ellos varios residentes y el exdirector.

El tema de los contagios, opina, es más complicado que reducirlo a una falta de insumos. Por ejemplo, en el caso de su clínica, dice que los médicos se infectaron “a pesar de que contaban con un equipo de protección”. Así que los motivos pudieron ser múltiples.

Uno de esos motivos, cree, es que los doctores del área No COVID atienden a pacientes que no tienen síntomas aparentes, o que son asintomáticos, o que no les avisan que tienen síntomas por miedo a que los confinen en el área COVID. Y esto los pone en riesgo porque, si bien llevan cubrebocas y otros insumos, no utilizan los equipos de alta protección como los que se utilizan en el área COVID.

Eso le sucedió a Israel, nombre ficticio para proteger su identidad, quien se contagió de COVID hace poco más de un mes y apenas lleva unas semanas de vuelta en el Hospital Rubén Leñero, de la Secretaría de Salud capitalina.

Su hospital también es ‘híbrido’, como el de Mexicali. Y como en el caso de la clínica bajacaliforniana, él también cree que se enfermó por atender en el área No COVID a una persona que se suponía no tenía síntomas, pero que, poco después, se confirmó que estaba contagiada.

Entérate: Médicos del ISSSTE protestan en CDMX por material ante epidemia COVID-19

“Muchas veces, se ven a los pacientes sin la protección al 100% porque se supone que no son COVID y no hay tanto riesgo”, explica el doctor que añade que, otras veces, tampoco los atienden con la protección adecuada porque los insumos escasean, a pesar de las compras del gobierno y de las donaciones de la ciudadanía y de la sociedad civil.

“Casi siempre solo traigo el cubrebocas quirúrgico, el tricapa. También nos dieron de los N95, pero solo me han dado cuatro. Hasta ahora, no nos han dicho que los reusemos, pero tampoco nos dicen cuándo darán otros”.

Desde el inicio de la pandemia, la escasez de insumos de protección ha sido una constante en México, y también en muchos otros países, como España, Brasil, Ecuador, y Estados Unidos, donde médicos y personal de enfermería han salido -y aún salen- a las calles a protestar.

En México, la escasez ha sido tal que algunos médicos han recurrido a la justicia. Así lo hizo José Alberto Beverido de la Huerta, quien cuenta que por medio de un amparo fue como consiguió que el hospital del ISSSTE donde labora, en Córdoba, Veracruz, le entregue a diario un N95.

“Si no es porque los obligué con un amparo, no me habrían dado nada”, recalca el doctor, que no fue el único en recurrir a la justicia. La organización civil Renace San Luis también ha presentado amparos colectivos para defender a médicos de Oaxaca, Guanajuato, y Jalisco, que denunciaron que trabajan en áreas COVID sin los equipos necesarios.

Pero, además de escasos, el doctor Israel apunta que los N95 que les entregan son de mala calidad: ha hecho varias pruebas con ellos, como rociarlos de agua, y el líquido atraviesa el filtro de protección. Por lo que supone que el virus también puede pasar con facilidad.

Por su parte, el infectólogo Rodrigo Ville, que labora en el hospital COVID que se instaló temporalmente en el centro Citibanamex de la Ciudad de México, suma otro problema: los N95 chinos están diseñados para ajustarse al tamaño y forma del rostro de personas asiáticas.

“Por eso, muchas veces no nos quedan bien. Porque no se ajustan y no hacen el sello que deberían”, advierte.

Apatía

La doctora Arely dice que, en su caso, ella sí recibe con regularidad caretas, cubrebocas N95, guantes y gafas protectoras. Y destaca que, al menos en su clínica del IMSS, sí les dan capacitación constante sobre cómo usar esos equipos y, sobre todo, cómo retirárselos sin riesgo de contagio.

“Desde febrero, cuando se dio el primer caso, ya empezaron a darnos los cursos”, expone la médica. “Y no es un curso de que si quieres vas. No, es obligatorio y tienes que firmar de que estás recibiendo la capacitación”.

“El problema -añade- es que muchas veces entras al curso y si tenían que estar 30 o 40 personas, pues ves que solo hay 10. Es decir, también hay cierta apatía en una parte del personal médico. Aunque también se puede deber a que son cursos que, por lo general, son fuera del horario de trabajo, y, claro, hay que hacer un sacrificio. Y mucha gente que tiene otras obligaciones familiares, o incluso otros empleos, no puede hacerlo”.

El doctor Graciano López es jefe de Pediatría en el Hospital General del IMSS de Tijuana, en Baja California, donde en marzo registraron los primeros casos de doctores infectados, entre ellos propio Graciano.

Para el médico, la capacitación es fundamental. Aunque cree que la respuesta inicial fue tardía porque “la pandemia nos agarró por sorpresa”.

“No estábamos conscientes de la magnitud”, dice el médico, que divide responsabilidades. “Por un lado, como personal de la salud debe haber un compromiso de conocer todo sobre este nuevo virus”, plantea. “Pero, por otro, también está la obligación de hacer del conocimiento del personal cuáles son las medidas necesarias a tomar. Probablemente, se da una vez, pero, a veces, no basta para comprender la magnitud del problema”.

En cuanto al uso de los equipos de protección, el doctor admite que, desde el inicio de la pandemia, las autoridades de Salud han publicado manuales, lineamientos, y reglamentos, pero opina que tampoco ha sido suficiente.

“Hay una gran cantidad de papeles publicados, es cierto. Pero, en la práctica, no alcanza el tiempo para enseñar a todo el personal cómo ponerse el material y quitárselo. Y eso es un problema porque, sin la capacitación necesaria, la contaminación es muy fácil”.

“Piensen que no se van a enfermar”

El infectólogo veracruzano Uri Torruco también divide responsabilidades.

Por un lado, critica que hay “mucho desconocimiento” entre los doctores, en cuanto al uso de los insumos. Incluso, cree que “el miedo al contagio” ha provocado que se “sobreestime la necesidad de material de protección”.

“Es increíble que los mismos trabajadores de la salud no tengamos conocimiento de cuándo está indicado ponerse un traje impermeable y cuándo no, y lo mismo con los cubrebocas de alta eficacia, que solo deben usarse en procedimientos muy específicos”, plantea.

Una crítica que comparte personal de otras clínicas, como la Unidad Médica Familiar 22 de Atotonilco, en Jalisco, o el Hospital General 30 de Iztacalco, en Ciudad de México, quienes por medio de un escrito enviado a este medio en respuesta a una solicitud de entrevista hicieron un resumen de cuáles son, en su experiencia, las causas de los contagios. Entre esas causas, mencionan que “la mayoría del personal” desconoce el tipo de cubrebocas que “evita la infección”. E, incluso, añaden: “Muchos lo eligen por el dibujo y no por la seguridad”.

Por otro lado, el doctor Torruco critica que, a pesar de que desde febrero las autoridades dieron instrucciones para atender la pandemia, desde los despachos de los hospitales se cometen negligencias por improvisación o desconocimiento, como no segmentar de inmediato las clínicas, una mala separación de las instalaciones de las áreas COVID, no reducir las consultas desde los primeros casos, o no hacer pruebas constantes a los médicos.

Como resultado de esas negligencias, el doctor opina que se produjeron brotes como el de la clínica 7 del IMSS de Monclova, en Coahuila, donde un paciente con los síntomas COVID permaneció 10 días sin hacerse la prueba junto a otras personas en  urgencias, infectando a 22 médicos.

“No solo la falta de insumos te pone en riesgo. Te arriesga más pertenecer a un sistema de salud que hace aguas. Y con un sistema tan deteriorado, claro que llega una pandemia y te hace pedazos”, sentencia Torruco.

José Alberto Beverido señala que la falta de insumos y la improvisación –“se nos avisó que venía una pandemia y no se tomaron medidas”-, explican los contagios tanto como la mala actuación de algunos directivos.

“Nos tratan como personal desechable”, dice el doctor, que, para ejemplificar la sentencia, cuenta un caso. Un paciente diabético llegó a urgencias de su clínica; el hombre se sentía mal, pero como el hospital es solo de primer nivel, se le dio atención básica para canalizarlo. El problema es que lo revisaron “sin protocolo COVID”. Es decir, “a mano limpia”. Sin guantes, cubrebocas, caretas. Nada. A los dos días, el paciente falleció por COVID. Entonces, el médico de urgencias y las dos enfermeras que lo atendieron fueron con sus superiores a expresarles su preocupación.

“Yo estaba en la dirección y lo que les respondieron fue: ‘está comprobado que la mente es muy poderosa. Ustedes piensen que no se van a infectar’. Y eso fue todo. No los mandaron a cuarentena ni les hicieron pruebas, y así siguieron trabajando”, cuenta el doctor, que señala a “los secretismos” al interior del gremio como otro factor que explica los contagios.

“Estos compañeros debieron comunicar la situación al resto para prevenirnos -añade Beverido-. Pero muchos se prestan al juego de ‘mejor no digas nada, porque te van a tratar como apestado, o como el doctor problemático’. Y eso también nos pone en riesgo a todos”.

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La mexicana que pasó décadas buscando al desconocido que le salvó la vida

Sonia Solórzano sobrevivió a las terribles explosiones de gas de Guadalajara en 1992 cuando un extraño la sacó de los restos de un autobús destruido. Pasaría décadas tratando de encontrarlo.
23 de abril, 2022
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Algo espantoso sucedió en Guadalajara, México, hace 30 años. Y, para Sonia Solórzano, todo empezó en la noche del martes 21 de abril de 1992.

Al cepillarse los dientes antes de acostarse, notó que un olor a gasolina emanaba del grifo.

Vivía en la colonia Atlas, a pocas cuadras de una de las principales zonas industriales de la ciudad. Pensó que quizás había una fuga de combustible de una fábrica.

“Esa noche no dormí porque el olor era muy, muy fuerte, y me daba miedo”, le cuenta Sonia al programa Outlook de la BBC.

Pero, al día siguiente, 22 de abril, el olor había disminuido.

Con una taza grande de café bien negro lavó la insomne noche, y se preparó para ir al trabajo.

“Tenía 19 años. Soy la mayor de nueve hermanos. En ese tiempo ya trabajaba en un bufete de abogados para ayudar en casa”.

Normalmente, Sonia tendría que haber estado en la oficina a las 9:00 de la mañana. Sin embargo, era Semana Santa. La oficina estaba vacía, pero a ella le tocó el turno de atender la recepción.

“Como eran vacaciones, no tenía un horario forzoso a cubrir, entonces mi idea era llegar a las 10:30”.

Llegar tarde al trabajo no fue la única decisión fatídica tomada esa mañana.

“Mi papá solía llevarme en su carro al trabajo, e insistió en hacerlo, pero le dije que me iba en camión”.

Era un día inusualmente caluroso y, como no tenía prisa, dejó pasar el primer bus, pues estaba demasiado lleno.

Era poco antes de las 10 de la mañana.

Tomó el siguiente autobús, “y me fui al último asiento”.

El chofer no arrancó inmediatamente pues una mujer insistía en pagar su pasaje con monedas viejas.

Eran las 10:05 am.

“Un pasajero dijo: ‘yo pago’, y lo último que recuerdo es ver que la señora estiró su mano y a la vez sentí un golpe en la parte de abajo del camión”.

“El fin del mundo”

Diarios reportando lo ocurrido

BBC

Cuando Sonia recuperó la consciencia, no tenía idea de la dimensión del desastre que acababa de ocurrir.

“Al abrir los ojos, fue como si le estuvieran subiendo poco a poco el volumen a la televisión. Empecé a oír gritos, auxilios, ‘¡córranle!’, e incluso ‘¡es el fin del mundo, arrepiéntanse!’… una confusión de sonidos”.

Una fuga de gasolina en el sistema de alcantarillado de Guadalajara produjo una serie de explosiones devastadoras, arrasando 8 kilómetros cuadrados de la ciudad.

Parques y calles se convirtieron en cráteres. Tiendas y casas fueron derribadas como castillos de arena golpeados por las olas.

Los coches y los camiones estaban esparcidos cual hojas sopladas por el viento.

Imagínate las secuelas de un bombardeo seguido de un terremoto.

“Volamos”

Dos de las explosiones ocurrieron justo debajo del autobús de Sonia, lanzando el vehículo repleto de pasajeros metros al aire.

“En la primera explosión, el camión voló y cayó de techo, y la otra explosión nos volvió a aventar, y el camión cayó de lado”, recuerda.

Volamos literalmente de esquina a esquina“.

Un bus volteado y casa destruida con dos hombres ayudando

Getty Images
Hasta los vehículos grandes volaron por los aires.

“Pensaba: ‘¿Estoy soñando? Si no, ¿qué está pasando aquí?’.

“Al tratar de enderezarme sentí que me están picando la espalda con algo. Nos picaban para forzarnos a reaccionar si estábamos vivos. Y empecé a oír voces que decían: ‘Sí, está viva, se está moviendo’, y me comentaban que arriba de mí había 4 personas muertas.

“Lo que vi fue desastre, tierra, sangre, polvo, pedazos de cuerpos… peor que una guerra”.

“Por amor de Dios, no abra los ojos”

“Empecé a gritar, a pedir auxilio, pero nadie vino en ese momento a ayudarnos”.

Había temor de que los escombros colapsaran aún más.

Sin embargo, alguien escuchó los gritos de Sonia: un rescatista de la Cruz Roja se metió al autobús, que estaba encajado en un enorme cráter.

“En cuanto se subió nos dio un miedo horrible porque el camión empezó a tambalearse”.

Finalmente, el rescatista se acercó a ella.

“Lo que se me grabó de él es que tenía una cara muy desencajada, estaba muy pálido, asustado, como que él tampoco creía lo que estaba viendo. Pero nos dijo que nos calmáramos”.

Pareja buscando entre los escombros

Getty Images

“Cuando trató de rescatarme, mis piernas no me respondieron y sentí un dolor muy fuerte”.

Estaban atrapadas en varillas de metal retorcido y, como no tenía herramientas, el socorrista comenzó a torcerlas y tirarlas con sus propias manos.

“Recuerdo que en todo momento me decía: ‘Por amor de Dios, no abra los ojos, téngame confianza, no tenga miedo’.

“Pero mi miedo era que si cerraba los ojos me iba a morir… que me iba a quedar ahí. Le decía: ‘no me deje aquí’.

“En ese momento, oí que a alguien le gritaban: ‘¡Quítese, va a pisar a la gente!, y vi a una persona delgada con una cámara”.

Esa persona delgada era un fotógrafo sensacionalista que capturó la escena en una foto que obsesionaría e inspiraría a Sonia en las siguientes décadas.

Carroza fúnebre

Después de casi una hora atrapada entre los escombros, Sonia finalmente fue liberada por el socorrista.

“Cuando me subieron a la ambulancia me aferré a él porque me daba mucha confianza pues me había ayudado, y me dijo: ‘Vas a estar bien. Yo me quedo aquí porque hay mucha gente que rescatar’.

“Le pregunté: ‘¿Qué pasó?’, y tranquilamente me dijo: ‘Explotó toda la colonia Atlas, pero estás viva’.

“Pensé en mi mamá y mis hermanos que quedaron en casa. Di por hecho que me había quedado sola. No hice más que llorar”.

Sonia fue llevada al hospital más cercano, que estaba desbordado. El personal médico no daba abasto para atender a los cientos de heridos y moribundos que se alineaban en los pasillos y desbordaban las camas del hospital.

Chico entre escombros

Getty Images

Dada la gravedad de las lesiones de Sonia, los médicos ordenaron su traslado a otro hospital, con más suministros y personal.

Pero todas las ambulancias estaban ocupadas transportando a las víctimas desde el lugar del desastre. Finalmente, un voluntario se ofreció a llevarla.

“El doctor en todo momento me sobaba la cabeza y me decía: ‘Tranquila, no te asustes, es por tu bien, te va a ayudar el Señor’, y yo no entendía porqué hasta que vi que me iban a trasladar en una carroza fúnebre.

“Yo le dije: ‘¡No, no me suba… no me quiero morir!'”.

Sonia estaba decidida a mantenerse consciente, con los ojos abiertos y su mente activa: para ella, la muerte simplemente no era una opción.

“Cuando entré al quirófano, el doctor me dijo: ‘Vamos a tratar de salvarte la pierna’, y yo le dije: ‘Sálveme la vida'”.

“¿Flaca, sí eres tú?”

Tras varias horas de cirugía, Sonia despertó viva y con su pierna.

El alivio fue rápidamente reemplazado por la tristeza por haber perdido a su familia… hasta que una silueta familiar apareció en la puerta.

“Mi padre siempre vestía de negro. Cuando vi a una persona de negro en la puerta me agarré a gritar: ‘¡Papi, papi!’.

“No sé cómo me veía yo, porque se acercó y me preguntó tres o cuatro veces: ‘¿Flaca, sí eres tú?’. (Más tarde me diría: ‘Es que tenías la muerte en tu rostro, estabas transparente… no eras tú’).

“Y yo le preguntaba: ‘¿Están todos bien?’ y me dijo que sí”.

Sonia con la pierna enyesada riendo

CORTESÍA DE SONIA SOLÓRZANO

Su padre había pasado el día buscándola en las morgues de la ciudad.

A altas horas de la noche la empezó a buscar en los hospitales, resignado a la idea de que las posibilidades de encontrarla con vida eran escasas o nulas.

“Me quiso agarrar la mano y le dije: ‘No la puedo mover’. Y vi que se quedó sacado de onda porque no podía mover nada”.

La hinchazón en la clavícula de Sonia, el área de la parte superior de la espalda, los hombros y la columna vertebral, había causado parálisis completa.

“Había el riesgo de que yo quedara con vida vegetal. Nada más movía mis ojos y podía hablar“.

Pero Sonia sabía que tenía una segunda oportunidad de vivir, y la aprovechó.

“En ese momento yo dije: ‘Bendito Dios que fui la única de mi familia que tuvo esa experiencia y que me salvaron, porque vi gente a la que no lograron salvar. Qué horror.

“Entonces me mentalicé: venga lo que venga, estoy viva“.

La foto

Soportaría más de 20 cirugías. Su rehabilitación fue lenta pero constante. Pasó de no poderse mover a usar una silla de ruedas.

A veces, el agotamiento y la frustración obstaculizaban su optimismo, hasta que un día, recibió la visita de una amiga que le preguntó: “¿Ya viste que saliste en una revista? Sales tú dentro del camión”.

Volví a entrar en shock: haz de cuenta que me hubieran vuelto a subir al camión”.

Era esa foto que tomó el fotógrafo sensacionalista.

En la imagen se puede ver a Sonia en el suelo, con la cabeza hacia abajo como si estuviera agonizando de dolor, y a la izquierda está el rescatista aferrado a tubos de metal y tratando de mantener el equilibrio entre los escombros inestables.

Como está de espaldas y su rostro solo sale de perfil, se dificulta su identificación.

“Le dije: ‘Algún día lo he de conocer, primero para decirle gracias, porque sé que Dios me permitió vivir, pero si no es por este señor, yo no estaría en el hospital. Y para decirle que sus palabras de aliento hicieron eco.

La foto en la que aparecía el hombre que le salvó la vida.

La foto le recordó amargamente a Sonia su vida antes de abordar el autobús en ese fatídico día.

Pero, también se convirtió en un motor de inspiración.

“Siempre he dicho que es cierto que la tragedia marcó mi vida, acabó con mis sueños, pero con los sueños de cuando era joven.

“Pero también me dio otra visión y me permitió conocer gente con un corazón enorme”.

Estaba resuelta a no ser definida por esa imagen que la mostraba tumbada, lisiada y angustiada.

Sabía que tenía que levantarse, reconstruir y redefinir su vida.

Discriminación

Pronto sucedió lo que había sido imposible concebir meses antes cuando solo podía mover los ojos y la boca: se levantó de la silla de ruedas.

“Ahí sí fue cuando me metí el chip de que si había logrado superar esas etapas, podía avanzar más. Así que le dije a mi padre que iba a volver a trabajar”.

Pero el hecho de que solo pudiera caminar con la ayuda de un aparato ortopédico se convirtió en un obstáculo.

Sonia, con el aparato ortopédico en la pierna derecha.

“Yo llegaba a pedir trabajo con ese aparato grandote, tosco y, sí, horrible, y me decían: ‘¿Sabes qué? Sí tienes la capacidad de trabajar, tienes los conocimientos, pero tu imagen no es apta para el trabajo‘.

“Me discriminaban. En otro lugar me dijeron que el uniforme de las mujeres eran minifaldas y yo no podía usar el aparato. Por ese motivo no me daban trabajo”.

Después de todo lo que había superado, la discriminación no iba a disuadirla. Cuando le relató el incidente a sus fisioterapeutas, la empatía prevaleció y le ofrecieron un empleo.

Además de un trabajo, encontró el amor, y poco después tuvo dos hijos.

Los tiempos exactos

Había reconstruido su vida. Tenía una familia y un gran sentido de propósito, como defensora de personas con discapacidades.

Ahora, cuando miraba la foto del tabloide, no se enfocaba en la imagen de su yo herido. Podía fijar su mirada en el rescatista que la salvó.

Un sentido del deber y una obsesión la invadió. Tenía que encontrarlo y agradecerle, aunque lo único que tuviera era esa borrosa foto.

Cada 22 de abril, el aniversario de la explosión, comenzaba el día buscando al misterioso voluntario de la Cruz Roja.

Ambulancias de la Cruz Roja Mexicana

“Pensaba que era más fácil que me ubicara en esa fecha que en cualquier otra. Iba a la Cruz Roja, mostraba la foto, preguntaba por él, incluso dejaba cartitas o algo.

“Fue una constante eso de estarlo buscando de una u otra forma, y no daba con él. Pero dije: ‘La vida y Dios nos marcan los tiempos exactos'”.

La vida y Dios se asegurarían de que el proceso se repitiera durante dos décadas y media.

“Previo al 25º aniversario, hice lo que siempre hacía: buscarlo. Pero esa vez mandé un mensaje por redes sociales”.

“Ese güey soy yo”

“De repente un día, un compañero de la Cruz Roja me mandó una foto y me preguntó: ‘¿Conoces a este cuate?’“, cuenta Pablo Carrera, ingeniero, paramédico experimentado y rescatista voluntario de la Cruz Roja.

“Y le dije: ‘¡No te hagas menso! Ese güey soy yo. ¿Quién más? Soy inconfundible'”.

Pablo recuerda claramente aquella Semana Santa de 1992.

Pablo y Sonia, en su encuentro, un cuarto de siglo más tarde.

Cortesía de Sonia Solórzano
Pablo y Sonia, en su encuentro, un cuarto de siglo más tarde.

A las 10:05 de la mañana de la explosión, estaba disfrutando de sus vacaciones y yendo a desayunar.

“Tenía por costumbre los miércoles acudir con mi esposa al centro, y camino a donde íbamos escuché muchos sonidos de sirenas”.

Sin embargo, estaba distraído por los sonidos de su estómago vacío. Pero cuando llegó al restaurante y se enteró de lo ocurrido, ese estómago hambriento inmediatamente se le revolvió.

Salió corriendo a la Cruz Roja.

Supermán de carne y hueso

Apenas llegó al estacionamiento, uno de sus colegas le dijo: “Comandante, súbase a la ambulancia” y se fueron a la zona del desastre.

“Todavía había una nube de tierra densa. La calle estaba completamente destruida, como si hubiera habido un bombardeo. Había gente atrapada y empezamos a hacer nuestra labor”.

Los gritos de auxilio venían de todas las direcciones, pero por alguna razón fue la voz de una joven, Sonia, la que llamó su atención.

“El camión estaba en el fondo de un barranco. Nadie se quería meter, hasta que yo llegué y me metí.

“Me acuerdo perfectamente que entré por la parte de atrás.

La verdad es que sí me dio miedo, porque los fierros se movían. No soy Supermán, porque Supermán es el hombre de acero y yo soy de carne y hueso.

“Vi a Sonia y yo le dije: ‘Tranquila, no llores, cierra los ojos, ahorita te sacamos’. Pero me acuerdo que me costó mucho trabajo”.

Sonia fue la última sobreviviente evacuada de los restos del autobús.

Después de enviarla al hospital, Pablo continuaría ayudando a decenas de otras víctimas, durante otros tres días seguidos.

Las explosiones en Guadalajara dejaron más de 200 muertos, aunque algunas estimaciones dan un número de al menos mil.

Innumerables casas y negocios fueron destruidos; el daño costó millones de dólares.

“¿Te gustaría conocerlo?”

Si bien Sonia pasó años absorta por esa foto de la escena del rescate, Pablo nunca la había visto, así que cuando su colega se la mostró, no entendió por qué.

“Durante los 25 años que ella estuvo buscándome, jamás me enteré”.

Poco después, Sonia recibió un mensaje de la Cruz Roja.

“Decía: ‘Sonia, ya encontramos al rescatista. ¿Te gustaría conocerlo?’… ¡Pues claro que sí!”.

Foto del interior del bus y foto del encuentro 25 años más tarde.

El 21 de abril de 2017, en la víspera del 25º aniversario de las explosiones de gas, fue un día soleado e inusualmente caluroso, como lo fue en ese fatídico día de 1992.

Sonia iba camino de reunirse finalmente con el hombre que le salvó la vida.

Le llevaba tres rosas blancas, por las personas vivas que rescató, y una roja, “a nombre de toda la sangre que se derramó y toda la gente que rescató pero ya estaba muerta”.

El encuentro

Pablo: “Vi acercarse a esta dama, con un ramo de flores, y en cuanto la vi… me acuerdo y me da sentimiento. Me abrazó y lo primero que le pregunté fue: ‘¿Te acuerdas de mí?’, y dijo: ‘Sí'”.

Sonia: “Volví a oír su voz dentro del camión diciendo ‘tranquilízate’, ‘yo te voy a ayudar’… todo. Nos dimos un abrazo, y yo la verdad no aguanté, lloré, lloré, lloré”.

Pablo: “Fue excepcional, fue algo inédito. Se me hizo rarísimo. Es que nunca me lo imaginé. Pos, todos mis compañeros hicieron lo mismo, no más que a mí me tocó ese reto, por alguna razón, Dios lo decidió así”.

Sonia: “Le reclamé: ‘¡Dónde estabas! Te he estado buscando’. Y me dijo: ‘Aquí, nunca me he ido'”.

“Fue algo tan emotivo, tan bonito. El hecho de que tú puedas decirle a esa gente: ‘Gracias. Veme, estoy viva, tengo hijos. Si no hubieras llegado tú, yo no estaría aquí'”.

Pablo: “A mí me da mucho gusto, porque yo veo a Sonia, una mujer completa, y pudimos darle una segunda oportunidad para que ella pudiera desarrollarse. Y me da gusto porque me impulsa a seguir con mi labor de ayudar a la gente, que es lo que me gusta.

“Mi padre decía, lo que siembres hoy, mañana lo vas a cosechar”.

Sonia: “La tragedia marcó un antes y un después en mi vida, y me sigue marcando porque las cicatrices en mi cuerpo y mi discapacidad ahí están.

“Pero aprendí a nunca reprochar lo que me toca vivir. Nunca te preguntes por qué a mí. Pregúntate para qué”.

* Este artículo es una adaptación del episodio“Who was the stranger who saved my life?” de la serie Outlook del Servicio Mundial de la BBC.


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