Nueva normalidad inicia con mucha gente en la calle; creen que pandemia ya acabó
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Carlo Echegoyen

Nueva normalidad en CDMX inicia con mucha gente en la calle y tránsito; creen que la pandemia ya acabó

La nueva normalidad en la CDMX, que aún se encuentra en semáforo en rojo, inició con mucha gente caminando, paseando al perro, o incluso corriendo por la banqueta.
Carlo Echegoyen
Por Manu Ureste y Francisco Sandoval
2 de junio, 2020
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“Mucha gente está confundida. Se quedaron con la idea de que el final de la jornada de sana distancia era también el final de quedarse en casa. Y por eso muchos creyeron que este lunes ya se acabó la pandemia. Que ya todo es normal. Y pues ahí tiene el resultado: mucha gente en la calle y mucho tráfico”. 

Ricardo tiene 50 años y es empleado de limpieza pública de la Ciudad de México. Son las tres de la tarde y apenas acaba de comenzar su turno, que termina a las diez de la noche. Pero dice que lleva un año barriendo el Paseo de la Reforma, desde la zona del Ángel, hasta la Estela de Luz. Tiempo suficiente, asegura, para saber de sobra que este lunes “hay mucho más movimiento en la calle que semanas atrás”, a pesar de que las empresas aún mantienen sus puertas cerradas por disposición gubernamental.

“Todavía no está como era antes de la pandemia, claro. Pero ya se ve mucha gente caminando, paseando al perro, o incluso corriendo por la banqueta. Y, sobre todo, se nota que hay mucho más tráfico”, dice Ricardo, que porta un uniforme amarillo y una gorra con una visera alargada de plástico, que al bajarla le protege los ojos y la cara.

Lee: Nueva normalidad en CDMX: rastreo de casos COVID, censo de enfermedades y vigilancia de negocios

A unos pocos metros de distancia, en el cruce de Florencia y la glorieta del Ángel con dirección a Marina Nacional, un reguero de carros, camiones, y motocicletas, que se acumula frente a la luz roja de un semáforo, corrobora las palabras de Ricardo. Como también las corrobora el propio titular de la Secretaría de Movilidad de la Ciudad de México, Andrés Lajous.

Foto: Carlo Echegoyen

En una entrevista radiofónica este lunes con Denise Maerker, el funcionario señaló que, de acuerdo con el monitoreo que hacen de las principales vialidades, este pasado fin de semana hubo un incremento en el número de vehículos que circulan por la capital, en comparación con lo registrado en semanas previas.

Por lo que, de nuevo, recordó que la ciudad aún se encuentra en ‘semáforo rojo’, y que la consigna sigue siendo la de quedarse en casa. Especialmente, porque este fin de semana también se registró un aumento de pacientes hospitalizados e intubados por COVID.

Pero en Reforma, ya en la zona de la Esquina de la Información, entre Bucareli y la torre de El Caballito, el llamado de Andrés Lajous, así como los carteles pegados en las paredes que dicen: ‘El que no se lo tome en serio, puede llegar al cementerio’ ‘Salir un ratito, alarga otro ratito la cuarentena’, no parecen tener excesivo eco entre la gente.

Como tampoco genera efecto, aparentemente, las mantas amarillas colgadas de semáforos en el inicio de la Alameda Central, que aún continúa vallada y resguardada por policías, en las que se advierte que el viandante está entrando a una zona peligrosa de “alto contagio”.

“Con lo de que ya se acabó la sana distancia, todo se ha relajado bastante”, opina Abril, una joven de 18 años, que dice no inquietarle para nada la manta amarilla que está colgada a unos metros de ella, y de unos skaters que aprovechan que la Avenida Juárez está cortada al tráfico vehicular para patinar a sus anchas entre risas y selfies.

-Pero, si todo está cerrado -se le plantea a Abril-, los restaurantes, las tiendas de ropa y de zapatos, etcétera, ¿por qué estás en la calle?

La joven se retoca el cubrebocas negro, de fabricación casera, e interrumpe una videollamada con una amiga, para encoger los hombros y admitir con una risa nerviosa que está en la calle por simple aburrimiento.

“La verdad, ya estaba chocada de estar tanto tiempo encerrada”, explica.

“Además, al final de cuentas vamos a tener que aprender a vivir con este virus -añade-. Y pues no vamos a estar encerrados de por vida, ¿no? Creo que, tomando las precauciones necesarias, como el cubrebocas y el gel antibacterial, sí podemos ir saliendo poco a poco a la calle”.

Lee más: Uso de cubrebocas será obligatorio en CDMX; recomiendan evitar barba, bigote, corbata y joyería

En el cruce de Eje Central con calle Madero, a la altura de la Torre Latino, donde un grupo de policías bloqueó la avenida en demanda de un incremento salarial que dicen incumplido, se planteó la misma pregunta a los viandantes. ¿Por qué están en la calle?

Foto: Carlo Echegoyen

Javier Vélez, 37 años, desempleado, es precisamente de los que creen que, con el fin de la jornada de sana distancia, también se acabó la pandemia, a pesar de que la ciudad aún se mantiene en semáforo rojo.

“Salí a la calle a dar un paseo porque ya dieron ‘luz verde’ las autoridades, ¿no? -se pregunta Javier, que no está muy convencido de su argumento-.

Mavic, de 42 años, asegura que va a hacerse unos estudios médicos, aunque no precisa a dónde, ni de qué.

Roberto, 58 años, cubrebocas arrugado que le deja a la vista bigote y barbilla, dice que entiende que aún estamos en “semáforo rojo”, pero que ha salido a por unas medicinas.

Luis y Bradly, turistas peruanos que se quedaron varados en México con la pandemia, dicen que están en el zócalo para aprovechar que aún sigue acordonado y vacío para tomarle unas fotos de recuerdo.

Juan y Eva, quiene son pareja, dicen que también están hartos de estar en casa. Así que salieron con desesperación a buscar un helado.

Mientras que la señora María Gómez, de 62 años, dice parada justo encima de una equis de color amarillo, que está pintada en el suelo para mantener el metro y medio de sana distancia, que lleva unos cinco minutos haciendo fila para entrar a una conocida panadería en la calle 16 de septiembre. Quiere comprar pan dulce y unos bolillos para la cena.

Ahí precisamente, a un costado de la panadería donde un empleado pone gel antibacterial a una fila de al menos 10 personas, al mismo tiempo que les advierte con tono solemne que sin cubrebocas no podrán acceder al local, está Pablo, de 50 años, y del barrio de Tepito. Aunque por el ritmo de la música salsa que toca y baila en plena calle, cuenta entre risas que frecuentemente le preguntan de qué parte de Veracruz es.

Foto: Carlo Echegoyen

“Hoy lunes se ve mucha más gente”, coincide con el resto de los entrevistados para esta crónica.

“Pero lo que no ha subido son las ventas, ni las propinas”, dice. “La gente ya está muy gastada, no trae dinero en la bolsa”.

Él mismo, asegura, está en la calle porque ya no aguantaba más. “Le paré durante un tiempo en la pandemia, pero se me acabó lo ahorrado. Me lo gasté todo, vaya. Y ya no me queda de otra más que salir a chambearle”.

En la banca de enfrente, en un parque donde al menos 20 personas aprovechan las generosas sombras que ofrecen unos árboles centenarios para chatear con sus teléfonos, leer alguna novela, o simplemente pasar el rato, está doña Margarita, de 64 años; rostro severo, ojos cansados, y manos todavía firmes. De hecho, es fisioterapeuta.

Pero hoy la cosa va mal, lamenta la mujer que sostiene un cartel amarillo en el que ofrece masajes. No ha habido ningún servicio todavía.

Aún así, dice que se mantiene optimista: ayer, sin ir más lejos, consiguió meterse a la bolsa los primeros 100 pesos desde que estalló la pandemia de COVID. “No es mucho, pero es un primer paso, ¿no cree?, pregunta Margarita, optimista.

Informalidad y fake news en la calle

Aunque el optimismo no abunda precisamente en esta zona, donde los comerciantes ambulantes, a pesar de que hay más gente circulando por las calles, no ven nada claro su panorama laboral.

Por ejemplo, César, de 48 años, cocinero que, como 12 millones de mexicanos, perdió su empleo tras el estallido de la pandemia el pasado mes de marzo. Sentado sobre una caja de plástico de refrescos, explica que con los 1 mil 500 pesos que le acaba de depositar el gobierno de la ciudad como apoyo por el coronavirus, poco o nada puede hacer. “Con eso no te alcanza para pagar luz, gas, agua, predial, nada”. Resultado: ha recurrido a la informalidad. A la calle. Donde vende, o a tratar de hacerlo, facturas falsas en Santo Domingo.

Y muchos están en su misma situación, subraya. Por eso, la gran apuesta de la mayoría en las laberínticas calles del casco histórico de la capital es que, a partir del 15 de junio, vuelvan a abrir las plazas comerciales, como la Friki Plaza, o la plaza de la computación, en Eje Central, para que las avenidas y calles vuelvan a llenarse de clientes, y vuelvan a fluir las ventas.

Foto: Carlo Echegoyen

Por otra parte, lo que sí abunda todavía, a pesar de que van más de dos meses de pandemia, en los que desde ayer lunes se superaron las 10 mil muertes por COVID, son las personas entrevistadas que siguen sin creer en el coronavirus, o que creen y difunden todo tipo de mitos, teorías de la conspiración, o fake news.

Estas son solo algunas de las escuchadas en el recorrido:

“Se soltó un virus en China porque esto es una tercera guerra mundial biológica”.

“Estamos en una guerra de virus”.

“Echaron un veneno en la atmósfera. Y, como el mundo va dando vueltas, lo recogieron todos los países”.

“Con helicópteros están regando el virus”.

“Yo vivo en Ecatepec. Y pasó una aeronave anunciando supuestamente las medidas sanitarias. Pero la gente dice que no, que son ellos mismos los que están aventando veneno. Que por eso hay que tener mucho cuidado con que no te fumiguen la casa, que no lo permitamos, porque lejos de que sea para sanitizar, es para meternos el virus”.

Y, aunque en México la polémica en las últimas semanas ha sido porque varios medios de comunicación extranjeros, como The New York Times, han cuestionado al gobierno capitalino de estar ocultando las cifras reales de defunciones por COVID, en la calle hay quienes piensan que, de hecho, es al contrario: “En los hospitales están repartiendo dinero, 20 mil pesos. Para que la gente, cuando se les muere algún familiar, diga que es por el coronavirus”.

Nueva normalidad… ¿o desafío a la autoridad?

A unos diez kilómetros del centro, en la alcaldía Miguel Hidalgo, la postal no llega a ser totalmente opuesta, pero se aprecia menos afluencia de personas y de tráfico.

Por ejemplo, en la Avenida Lago Alberto de la colonia Anáhuac, el tráfico vehicular del lunes por la tarde se asemeja más bien al de un día sábado antes de la epidemia. Aunque el bajo puente de Lago Alberto, con Avenida Río San Joaquín, el tráfico es más constante, pero sin que se formen filas de autos como las de la calle Florencia, junto al Ángel, o las de la Calle Simón Bolívar, esquina con Tacuba, en el casco histórico.

En los diferentes centros comerciales de la colonia Polanco sólo los establecimientos de los llamados esenciales están abiertos, y a sus alrededores es muy poca la gente que entra o sale de ellos.

En la avenida Presidente Masaryk sólo los restaurantes, la gasolinera y una tienda de computadoras se encuentran abiertas, y durante el día es común observar a peatones caminando con sus mascotas, ejercitándose, pero también a otros con ropa formal.

En la avenida Mariano Escobedo, una zona de mucha afluencia, son pocos los vehículos que por allí circulan, pues la mayoría de sus comercios continúan cerrados.

En otras zonas de la ciudad, como las colonias Narvarte, Roma y Doctores se observa -aun con la mayoría de los comercios y negocios cerrados- movimiento vehicular fluido en sus principales avenidas, el cual inició este viernes y que no ha parado todo este fin de semana, según reconocieron las propias autoridades de la CDMX.

Pero, pequeño o no, el incremento de movilidad en la Ciudad de México es real, ya sea porque la gente comienza a salir a sus trabajos, o porque, simplemente, salen a realizar sus compras, o están cansados del encierro y poco a poco buscan adaptarse a la nueva normalidad, desafiando el semáforo rojo impuesto en la capital.

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El daño que sufren de por vida quienes comienzan a trabajar en tiempos de crisis

Pobreza, muertes prematuras, rupturas sentimentales… Los efectos de una crisis no acaban cuando éstas pasan de largo. Y ahora dos generaciones están amenazadas.
14 de diciembre, 2020
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“No hables más sobre ello, no lo pienses más: la crisis de hoy es el chiste de mañana”. Cuando el presente es sombrío, el futuro es siempre un lugar tentador donde ir a calmar las ansiedades, una promesa de consuelo para muchos, como la invocada por el escritor H.G. Wells en labios de uno de sus personajes.

Sin embargo, saltar de la literatura a la vida puede ser difícil, especialmente cuando azota una crisis económica y tienes que comenzar tu andadura laboral.

Cuando la economía se enferma, los periódicos y las televisiones se llenan de gráficos de curvas y barras. El resumen que nos hacemos casi todos es inmediato: cuando esas líneas rojas van hacia abajo, es que vienen años duros; cuando suben con colores verdes, lo peor ha pasado. Y por el medio, el que más o el que menos se habrá dejado algunos pelos en la gatera. Pero la vida sigue, pensamos.

Pero la vida no sigue. Al menos, no igual para todos: no para los jóvenes. Las generaciones que comienzan a trabajar en tiempos de recesión quedan dañadas incluso cuando la crisis termina, algunos de por vida, advierten los expertos.

Es como el dolor de un miembro amputado, que permanece y hormiguea durante años pese a que lo que lo provocó ya no está ahí. Dolor fantasma, lo llaman los médicos. Histéresis, dicen los economistas.

Y pronto los televisores van a volverse a llenar de líneas y barras. Rojas. La crisis sanitaria incuba (y manifiesta ya) una nueva crisis mundial. La segunda en una década para una generación atrapada entre ellas (los millennials, nacidos entre 1981 y 1993) y otra que va a recoger su testigo: la generación Z (de 1994 a 2010), que ya teme ser conocida como la Generación Covid.

Joven despedido.

Getty Images
Algunas generaciones quedan atrapadas en sus comienzos laborales: acaban siendo demasiado inexpertos y demasiado mayores.

La trampa vital

“Muchas de las personas que entran en el mercado de trabajo durante una crisis no sólo sufren un mayor riesgo de desempleo e infraempleo durante ese periodo, sino que se ven lastradas en su porvenir. Esa caída transitoria de ingresos tiene una alta probabilidad de tener efectos permanentes”, advierte Ignacio González, investigador y profesor de Economía de la American University (Washington D.C, EE.UU).

González le explica a BBC Mundo cómo es esa trampa vital.

Primero llega el daño: la crisis económica, y la competencia por los escasos puestos de trabajo es feroz, especialmente si se genera mucho desempleo persistente.

Y los jóvenes comienzan a escuchar argumentos repetidos.

Primero es: “No te contrato porque no tienes experiencia suficiente”.

Con el paso del tiempo eso se convierte en: “No te contrato porque tienes espacios en blanco en tu CV”.

Y cuando acaba la recesión, pasa a ser: “No te contrato porque, en realidad, puedo tener a alguien más joven con la misma experiencia“.

De alguna manera, ya están marcados: acaban de convertirse en perfiles inexpertos para puestos acordes a los de su edad y candidatos demasiado mayores para competir con los nuevos jóvenes por esos puestos iniciáticos y de escaso salario.

Y como toda maldición, va acompañada de su profecía.

“A partir de ahí, es muy probable que sus carreras laborales acaben caracterizándose por trabajos intermitentes o de escasa calidad, sufriendo una caída de ingresos que condiciona toda su vida”, sentencia González.

“Estas personas acumulan menos riqueza (ahorros), tienen dificultades para acceder a la vivienda en propiedad (su escaso ahorro se va en el alquiler y tampoco les van a dar un crédito por su discontinuo historial laboral) y, en general, ven truncados sus planes de vida y de formación de familia, con todos los problemas psicológicos que van asociados a ello”, explica el economista de la American University.

Puerta.

Getty Images
Si se te cierra la puerta al mercado laboral al principio, los planes de vida quedan condicionados para siempre porque es un momento clave, advierten los expertos.

Pobreza, divorcios y vidas sin hijos: la generación que ya estuvo allí

“¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y no hay nada nuevo bajo el sol” (Eclesiastés 1:9).

A su manera, la ciencia económica sigue la misma lógica que ese proverbio bíblico. Cuando un economista te habla de lo que va a pasar en el futuro, suele tener su cabeza en el pasado: en la evidencia acumulada.

Para conformar parte de esa evidencia, los académicos Hannes Schwandt y Till M. von Wachter (Northwestern University y Universidad de UCLA, EEUU) bucearon, en un estudio reciente, por los registros estadísticos de EEUU para seguir la vida de cuatro millones de estadounidenses que saltaron al mercado laboral durante la crisis de 1982.

Como si fueran fantasmas de Cuento de Navidad de Dickens, los agarraron de la mano y revisitaron los nervios de sus primeras experiencias laborales, anotaron sus salarios, se colaron en sus momentos felices (compra de vivienda, bodas, niños) y pasaron por sus días aciagos (divorcios y alcohol, enfermedades, depresiones, etc.) hasta llegar con ellos a la vejez e, incluso, al final de sus vidas.

Y entonces compararon sus trayectorias con las generaciones colindantes a ellos cuya andadura comenzó en tiempos mejores.

Poco más de un año de recesión -comenzó en julio de 1981 y terminó en noviembre de 1982, según la Reserva Federal- provocó que aquellos desafortunados jóvenes acumularan unas pérdidas de ingresos media de un 9% solo en los primeros 10 o 15 años, según los cálculos de von Wachter, siendo peor para los trabajadores con menos formación.

boda

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La generación de 1982 tuvo menos matrimonios, más divorcios y menos hijos.

Esto significa que sus pérdidas en ese periodo de más de una década pudieron oscilar entre los 19 mil y los 36 mil dólares (a precios actuales), según su investigación.

Pero no solo eso, al llegar al corte de edad de 50-55 años habían tenido menos matrimonios y, al mismo tiempo, sufrido más divorcios. Y sus posibilidades de tener un hijo también fueron inferiores a las de las otras generaciones.

Muertes por desesperación

El deterioro de su vida también llegó a su salud, desgrana la investigación.

Su esperanza de vida se había recortado de seis a nueve meses respecto a la media esperada. El efecto que tuvo la crisis fue de “una muerte adicional cada 10 mil personas por cada punto porcentual de aumento en la tasa de desempleo” en sus inicios laborales.

“Estos aumentos de la mortalidad derivaban principalmente de enfermedades relacionadas con conductas poco saludables como fumar, beber y mala alimentación. En particular, descubrimos un riesgo significativamente mayor de muerte por sobredosis de drogas y otras conocidas como ‘muertes por desesperación’ (suicidios y deterioro por adicciones)”, explica Schwandt.

La crisis desaparece y los daños permanecen. 16 meses sobre toda una vida. La histéresis de nuevo, en todo su esplendor.

Depresivo.

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El desempleo influye negativamente en la salud, sobre todo en la mental.

Estos hallazgos no le sorprenden a Rosa M. Urbanos-Garrido, profesora de Economía Aplicada de la Universidad Complutense de Madrid, quien estudió los efectos que tuvo sobre la salud de los españoles la Gran Recesión de 2008.

“El desempleo suele asociarse con problemas relacionados con la salud mental”, le explica a BBC Mundo.

“Depresión, ansiedad… el miedo a no poder ganarse la vida influye, pero no solo: el trabajo es una plataforma de contactos sociales y de autoestima”, reflexiona.

Urbanos-Garrido cuenta como al principio de encontrarse en una situación de desempleo, la salud general puede incluso mejorar, pero poco a poco la sensación de angustia va creciendo y, para muchos, la falta de empleo acaba siendo una obsesión que va quitándole color e importancia al resto de la vida, incluida la salud.

“Al principio, el estrés desciende al tener más tiempo libre y se benefician de no sufrir enfermedades relacionadas con el trabajo -como los accidentes-; pero a medida que la situación de desempleo se alarga su estado se va deteriorando en forma de ansiedad, consumo de alcohol, de tabaco, obesidad y mala alimentación en general… se va descuidando, pero el individuo sigue reportando que su salud es buena. Sus pensamientos están en su situación laboral y lo demás no lo considera un problema”, explica.

También advierte de que no es irrelevante el momento de sufrir el desempleo: “Si el problema no es individual, sino una situación general de crisis, los problemas mentales se agravan”, cuenta.

Como si se tratara de un contagio de desesperanza para el que no hay mascarillas.

¿Es ya el destino de la generación millenial y la generación covid?

Fernando tiene pareja y un niño de dos años. Fernando ha sido conductor de autobús, vigilante de seguridad y albañil, a veces (muchas) en la economía informal. Fernando y su familia se fueron a vivir hace un año con sus padres a Soria (España) porque perdió su trabajo y sus ahorros no eran suficientes. Fernando, 34 años, ni siquiera se llama Fernando porque no quiere que aparezca su verdadero nombre en este reportaje de BBC Mundo. Dice que siente vergüenza.

“Fíjate tú, vergüenza, con lo joven que empecé a trabajar. Pero me ocurre”, dice.

Marta Vegas García es también española. Más joven, 23 años. Es ingeniera biomédica y además tiene un máster. Hace una semana publicaba una llamada si no de auxilio, sí de incredulidad en su cuenta de Linkedin:

“Actualizo mi CV, no hay respuesta; adapto mi CV dependiendo de la posición a la que aplico: no hay respuesta; contacto con empresas y trato de ser proactiva […]. No hay respuesta. Me siento invisible”.

“No se nos valora”, le dice Vegas a BBC Mundo. “Vemos frustrados nuestros sueños y nuestro futuro”, se lamenta, y aunque asume que la crisis sanitaria influye, no parece muy convencida de que sea el único motivo.

“Coincidimos todos -dice refiriéndose a sus amigos-, vemos imposible la emancipación, acceder a una vivienda y no digamos ya formar algún día una familia”.

He ahí el hilo que une la Gran Recesión de 2008 y la crisis de la covid-19 en 2020. A dos desconocidos como Fernando y a Marta. Uno, millennial; la otra, de la generación Z.

No están solos. Parecen representar los sentimientos de muchos de sus coetáneos.

Eviction

Getty Images
Los jóvenes tienen muchos problemas para acceder a una vivienda en propiedad, según muestran los datos. Y la covid va a empeorar la situación.

Basta con escribir en el buscador de alguna red social “A mi edad, mis padres y los mensajes se repiten en varios idiomas:

“A mi edad, mis padres tenían trabajo y casa, yo solo tengo ansiedad”.

“A mi edad mi padre tenía dos hijos, casa, trabajo fijo, coche y varios años cotizados. Yo no tengo nada de eso”.

“A mi edad, mi padre tenía cotizados 10 años y yo vivo de trabajos precarios y en una habitación”.

Y algunos aún ni se imaginaban que llegaría la crisis del coronavirus.

El coronavirus, ¿la puntilla?

“Yo creo que el bicho este ha sido la puntilla para nuestra generación”, dice Fernando refiriéndose al coronavirus.

Su intuición es buena. “Hay un número notable de trabajadores que, como consecuencia de haber sufrido desempleo en la anterior crisis y no haberse consolidado en un puesto de trabajo, también lo están sufriendo en ésta”, observa Ignacio González, de la American University.

“Hay mercados laborales, como el español, que nunca llegaron a recuperarse completamente, por lo que iniciamos esta crisis con unos niveles de desempleo muy altos”, señala.

Es decir, está hablando de vidas con problemas desde hace una década.

Así, si la crisis de 1982 tuvo efectos en las vidas de aquellos jóvenes, ¿qué se puede esperar de la de 2008, definida por el Fondo Monetario Internacional como “el colapso económico y financiero más grave desde la Gran Depresión de la década de 1930”?

¿O en esta del coronavirus, que el Banco Mundial prevé que el PIB se contraiga más del doble que en la anterior?

Algunos expertos ya ven algunos daños en la vida de los millennials, que se pueden apreciar haciendo una especie de gira mundial por el desastre.

En Europa, su desempleo y precariedad laboral eran ya mayores antes de la crisis de la covid-19, que los sufridos por la generación que los precede cuando tenían su misma edad (véase gráfico superior), según un informe del centro de investigación CaixaBank Research.

En EEUU, la riqueza neta mediana (activos financieros e inmobiliarios menos las deudas) de los millennials de entre 25 y 34 años (en 2016) es un 60% inferior que la que disponía un joven de la generación X cuando se hallaba en la misma franja de edad, según el citado informe.

En España, los datos son aún más sangrantes: su riqueza mediana es de 3 mil euros, frente a los 63 mil 400 euros de los que disponían entonces sus homólogos de la generación anterior.

Y la vivienda, claro. El número de millennials con vivienda propia en EE.UU. es 8 puntos porcentuales menor, según el centro de investigación The Urban Institute. Peor en España: un 44% frente al 65% de la generación X (CaixaBank Research). Y en Reino Unido, un tercio de ellos nunca podrá permitirse una vivienda, según el think tank Resolution Foundation.

En América Latina la crisis de 2008 pasó de puntillas, pues la región se encontraba en un momento de creciente prosperidad. Y, sin embargo, el porcentaje de latinoamericanos que declararon no tener suficiente dinero para procurarse una vivienda creció en casi 20 puntos entre 2012 y 2019 hasta alcanzar un alarmante 40%”, según un informe del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

Además, esta vez la crisis no va a pasar de largo: tras los confinamientos, cerca del 65% de los hogares más pobres de la región había sufrido al menos una pérdida de empleo entre los miembros de la familia, de acuerdo al mismo organismo.

Y el BID señala: más de un millón de estudiantes dejarán los estudios debido a la pandemia, con la consiguiente pérdida de poder adquisitivo en el futuro.

Protesta en Chile

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Es la primera generación desilusionada con la democracia a nivel mundial, según una encuesta de la Universidad de Cambridge.

Algunos estudios pronostican el daño para las nuevas generaciones en US$10 billones a nivel mundial por este motivo, como señala el instituto Brookings, con sede en Washington.

Y hasta el Foro Económico Mundial ve peligrar sus pensiones para el año 2050, cuando llegue la edad de retiro para ellos, debido a su escaso ahorro.

¿Se puede hacer algo?

Llegados a este punto, ¿se puede hacer algo para detener esa aparente cuesta abajo de la generación millennial y sus sucesores?

“Hay mucho margen para mejorar la respuesta”, afirma el economista Ignacio González desde Washington D.C.

“En este contexto de estrés financiero para muchas familias, es fundamental diseñar políticas públicas que garanticen el acceso a una vivienda asequible y establecer mecanismos de transferencias de rentas desvinculados del historial laboral, como las rentas mínimas.En materia laboral, el objetivo sería evitar que la precariedad laboral y la caída de ingresos que sufren muchas personas durante la crisis se cronifiquen y, por supuesto, que eso no condicione a la baja sus futuras pensiones”, explica.

“Los afectados en estas generaciones, con dos crisis consecutivas, lo van a tener difícil sino se habilitan mecanismos de redistribución, tanto intrageneracional (de ricos a pobres dentro de una misma generación) como intergeneracional”, zanja.

La profesora Urbanos-Garrido, de la Universidad Complutense, concuerda en las medidas de transferencias de rentas, y añade: “Los sistemas de salud también deberían adaptarse para atender los crecientes problemas mentales que, probablemente, se van a repetir en la presente crisis”.

No parece muy claro que estas generaciones tengan esperanza en recibir alguna ayuda.

Una reciente encuesta realizada por la Universidad de Cambridge a casi cinco millones de personas reveló que los jóvenes de 18 a 34 años son los más desilusionados con el funcionamiento de la democracia.

“Esta es la primera generación de la que se tiene memoria en la que una mayoría global se muestra insatisfecha con la forma en que funciona la democracia”, alerta Roberto Foa, autor principal del informe.

Una llamada de auxilio o quizá un grito de advertencia.


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