Contagios y muertes por COVID-19, las denuncias en penales de Guerrero
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José Luis de la Cruz

Contagios masivos y 20 muertes por COVID-19, las denuncias al interior de penales en Guerrero

Cuentan internos de Chilpancingo y Acapulco, que casi la población total de ambos centros ya enfermó de la COVID-19.
José Luis de la Cruz
Por Marlén Castro / Amapola Periodismo
1 de julio, 2020
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“Yo estuve enfermó de coronavirus pero gracias a Dios ya salí”, cuenta Sergio, un interno del penal de Acapulco, Guerrero.

“Pero no todos tuvieron la mala suerte, ya murieron aquí dentro como unos 20. Cayeron enfermos y a sus familias solo les entregaron sus cenizas”.

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A mediados de mayo, cuenta Sergio, empezaron los primeros contagios en el penal de Acapulco.

Él estuvo mal como tres semanas. “Me dolía el cuerpo, tenía tos fuerte y dificultades para respirar, se me fue el olfato y la comida no me sabía a nada”.

Dice que cuando empezaron los primeros contagios, a todos los internos los hicieron traer cubrebocas, pero no sirvió de nada.

Asegura que prácticamente a todos los internos del penal de Acapulco ya les dio esa enfermedad.

Los centros penitenciarios administrados por las entidades federativas, de acuerdo con el Censo Nacional de Gobierno, Seguridad Pública y Sistemas Penitenciarios Estatales, del INEGI, alojan más gente de la que pueden acoger.

El Cereso de Acapulco es uno de los penales del país que registran mayor sobrepoblación. La tasa de sobrepoblación de los penales de Guerrero, de acuerdo con el Diagnóstico Nacional de Supervisión Penitenciaria de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) es de 142%. Este penal tiene 2, 100 presos.

“Al principio, subíamos por grupos para ser atendidos en la enfermería, pero después nos pidieron permanecer en nuestras celdas, bajaban a checarnos la temperatura y a darnos el medicamento”.

Asegura que a los internos mayores los separaron del resto de la población, pero se enteraban cuando fallecía alguno.

Una fuente oficial del gobierno estatal que se consultó sobre el caso de los fallecimientos por coronavirus en Acapulco negó la existencia de muertos en este penal.

El penal de Chilpancingo

La noche del 31 de mayo, Salvador, un interno del penal de Chilpancingo, Guerrero, se durmió con un leve dolor de cabeza. Cuenta, mediante mensajes de teléfono, que sintió mucho miedo, porque ya había varios enfermos de coronavirus.

“Al día siguiente, tuve dolor de cabeza intenso, me dio temperatura, tenía escalofríos con un sudor pegajoso”.

Salvador asegura que en el penal de Chilpancingo, cerca del 80% de la población ya cayó enferma de coronavirus. Este Cereso tiene una población de 960 personas detenidas.

El 1 de junio, como a las 10 de la mañana, Salvador solicitó atención médica.

“Me formé para que me atendieran desde temprano, no era el único con esos síntomas, estábamos ahí varios pidiendo que nos dieran medicinas para ya no sentir ese dolor, pero a los hombres no nos pasaban solo a las mujeres así que protestamos porque también merecemos atención”.

Les dijeron que se enfermaron de dengue no de coronavirus. Pero él asegura que el brote que tuvieron ahí fue de coronavirus, porque todos presentaron dificultad para respirar.

De los internos del penal no ha muerto nadie, de acuerdo con la información de Salvador, pero hace tres semanas falleció un custodio justo cuando estaba en servicio.

Al guardia, un hombre ya grande, le dio un infarto. Se desplomó y se murió ahí mismo, cuenta Salvador cuyo verdadero nombre, al igual que el de Sergio, son confidenciales.

Dice que los internos vieron al custodio con los mismos síntomas que ya tenían varios de ellos, tos seca y gripa.

Este trabajo se publicó originalmente en Amapola Periodismo, consulta aquí el texto completo.

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Karol Czinege/EyeEm/Getty Images

¿Por qué nos gusta tanto la comida crujiente? (y cómo el sonido se convirtió en el sabor olvidado)

Decimos que comemos con los ojos, ¿pero sabías que también puedes comer con los oídos? Por extraño que parezca, los sonidos - y especialmente lo crujiente y crocante - tienen mucho que ver con la experiencia culinaria.
Karol Czinege/EyeEm/Getty Images
18 de octubre, 2020
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El sonido es el sabor olvidado. No solo comemos con la boca, con la nariz o con los ojos. También lo hacemos con el oído.

Lo dice el experto en psicología experimental Charles Spence, que lleva casi dos décadas investigando cómo nuestro cerebro procesa información de cada uno de nuestro sentidos, y cómo comprender eso puede ayudarnos a diseñar mejores alimentos (o unos que nos agraden más).

“Desde el crujido de la comida, hasta el ruido del empaquetado, el roce de la cuchara en el plato o la música que escuchamos mientras comemos; todos los sonidos afectan a nuestra experiencia culinaria, unos más que otros, y también al sabor”, le cuenta a BBC Mundo.

Spence, autor de Gastrophysics: the new science of eating (“Gastrofísica: La nueva ciencia de la comida“, 2017), dirige el laboratorio Crossmodal Research de la Universidad de Oxford, Reino Unido, integrado por especialistas en psicología, neurociencia y cocina. También colabora con chefs de renombre -como el español Ferrán Adriá o el británico Heston Blumenthal- para crear experiencias culinarias “multisensoriales”.

Y es que, según el científico, comer es una experiencia mucho más multisensorial de lo que solemos reconocer, sobre todo a nivel auditivo.

No es el único que lo piensa. “Hay varias cosas que nos hacen sentirnos satisfechos con la comida: el olor, el gusto y la textura, en la que incluimos el sonido”, le dice a BBC Mundo la consultora en alimentación Amanda Miles-Ricketts. “Y no hay nada más satisfactorio que algo crujiente o crocante”.

"No importa que música escuches: hay un sabor que seguro combina bien con ella".", Source: Charles Spence, Source description: psicólogo experimental, Universidad de Oxford, Image:

Precisamente, la preferencia del ser humano por lo crujiente es algo que lleva años fascinando a Spence.

Uno de sus mayores logros es haber creado un ruido electrónicamente modificado de la papa frita para convencer al consumidor de que era más crujiente. Fue un experimento que surgió de la pregunta de si el sabor de una papa frita sería diferente si alteramos su crujido. Y resultó que sí.

La Universidad de Harvard le entregó por ello un Ig Nobel, una parodia del prestigioso galardón “para hacer reír, y luego pensar”.

Pero la cuestión de por qué nos gusta tanto la comida crujiente tiene un trasfondo más serio de lo que parece.

niño comiendo alitas de pollo

Chakarin Wattanamongkol/Getty Images
¿Te entró el apetito?

“Cuando hicimos ese experimento en 2009 era difícil creer que habría interés en el tema, pero desde entonces han surgido muchos trabajos y experimentos para combinar diferentes sonidos y sabores”.

¿Qué nos pasa con la comida crujiente?

“La comida rápida suele ser crujiente, crocante, casi siempre ruidosa”, dice Spence. “A nadie le gusta la idea de una papa frita esponjosa, incluso aunque sepamos que tiene todos los elementos que le dan ese sabor”, comenta el psicólogo.

En su laboratorio de Oxford, ha podido demostrar que las diferentes frecuencias de crujidos pueden alterar cómo percibimos su sabor o incluso que algunos alimentos nos parezcan de mejor o de peor calidad.

“Es una reacción instantánea en nuestro cerebro”, dice Spence. “Todavía estamos investigando por qué nos atrae tanto lo crujiente, pero existen varias teorías”.

“Una de ellas parte de que las verduras y los vegetales más ‘ruidosos’ suelen ser más frescos (y viceversa), por lo que asociamos lo crujiente con lo saludable“.

“Por otro lado (y paradójicamente), algunos alimentos crujientes -como las galletas, los cereales o las frituras- suelen tener un alto contenido en grasa…. y a nuestro cerebro le gusta la idea de grasa, lo cual explicaría nuestra preferencia por ese sonido”.

cereales

Getty Images
Cuando comes algo crujiente, prestas más atención a lo que ocurre dentro de tu boca.

A Miles-Ricketts -que tiene una marca propia de tés especializada en salud y bienestar que lanzó tras sufrir problemas en la piel- le preocupa eso. “Al margen de las manzanas, que obviamente son saludables, los alimentos poco saludables y adictivos que no son naturales suelen ser crujientes. No es pura coincidencia“.

“Finalmente”, añade Spence, “otra teoría que surgió hace un par de años es que cuando empezamos a degustar algo nos suele resultar más sabroso, y nuestro cerebro se va adaptando y desconectando a medida que le parece menos ‘interesante’, pero cuando comes algo ruidoso eso dirige tu atención hacia tu boca, lo cual ayuda a que el sabor se quede por más tiempo”.

Eso significaría que puede que nos guste más la comida crujiente porque sentimos que su sabor dura más.

Pero la cuestión de la experiencia sensorial -y sonora- de la comida va más allá de lo crujiente.

Maridaje fonético

“Piensa en el sonido cuando abres una lata, una botella, el corcho del vino o incluso el del microondas. Todo ello afecta a nuestra experiencia y a cómo percibimos el sabor”, explica Spence. “No es casualidad que las papas fritas se vendan en bolsas de plástico especialmente ruidosas; es puro marketing intuitivo”.

Y así como los ruidos afectan al sabor, también lo hace la música.

"Los alimentos poco saludables y adictivos que no son naturales suelen ser crujientes".", Source: Amanda Miles-Ricketts, Source description: consultora en alimentación y fundadora de Niche Tea, Image:

Spence y su equipo han investigado cómo los sabores dulces y agrios suelen asociarse con notas de alta frecuencia, mientras que los amargos equivalen a notas de baja frecuencia.

“Si, por ejemplo, escuchas cierta música mientras tomas una taza de café o comes una porción de chocolate, puedes intensificar su dulzura“, explica Spence.

Es lo que él llama “sazonar fonéticamente” la comida.

El científico asegura que muchas marcas y músicos se han interesado por esta técnica y ya están poniendo en prácticas maneras de combinar sabores y sonidos para mejorar la experiencia culinaria y responder a la pregunta de “cuál es el sonido de su sabor”.

Miles-Ricketts cree que cada vez más actores en la industria alimentaria tienen en cuenta la “funcionalidad y el propósito de sus productos” y el hecho de que la alimentación es “una experiencia multisensorial”.

papas fritas

Getty Images
¡Ese “crunch” es muy deseable!

“Podríamos incluso aprovechar esto para comer de forma más saludable”, propone Spence. “Podríamos comer con menos azúcar si añadimos un poco de ‘música dulce’ para sazonar alimentos, en lugar de la alta música de algunos restaurantes que, de hecho, suprime nuestra capacidad de saborear adecuadamente”.

“Así como maridamos ciertos alimentos con ciertos vinos, podemos maridar sabores con sonidos y formas“.

“Muchos nunca habrían imaginado que la música puede alterar el sabor de la comida, pero es todo un nuevo campo por explorar. ¿Por qué no maridar un sabor con un sonido?”

“No importa que música escuches: hay un sabor que seguro combina bien con ella”.


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