Muertes en cárceles se triplicaron en mayo, en medio de emergencia por COVID
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Cuartoscuro Archivo

Muertes en cárceles se triplicaron en mayo, en medio de emergencia por COVID

Durante mayo falleció la misma cantidad de personas en prisión que en los cuatro meses previos.
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1 de julio, 2020
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Las muertes en los centros penitenciarios del país se dispararon en mayo. Más de 150 reos fallecieron en dicho mes, tres veces mas que en abril, en medio de la emergencia sanitaria por el COVID-19.

Esto sucede mientras la cifra de personas en prisión sigue en ascenso, pese a la promulgación de la Ley de Amnistía y a la promesa de los gobiernos de agilizar las preliberaciones de internos con la finalidad de disminuir los riesgos de contagio.

Entérate: Ley de Amnistía solo sacará de la cárcel a 7% de presos y las liberaciones tardarían meses

Datos oficiales del Órgano Administrativo Desconcentrado de Prevención y Readaptación Social (OADPRS) arrojan que la cifra de internos fallecidos en mayo fue de 154 en total. Se trata de un incremento del 214% en comparación con los 49 internos que habían fallecido en abril.

Poco más de la tercera parte de los internos fallecidos en mayo (56) ocurrieron en penales de Ciudad de México, mientras que 26 se registraron en Baja California, y 11 en Guerrero. Se trata justo de los mismos estados que lideraron las listas de contagios y letalidad de COVID-19 en mayo.

Además siete de los decesos se registraron en centros pemnitenciarios federales, cuatro de ellos en el CEFERESO 2 Occidente ubicado en Jalisco.

El incremento de decesos en los penales del país se ha mantenido y agravado por tres meses consecutivos. Mientras que en febrero la cifra había sido de 25 internos muertos, para marzo subió a 38, en abril llegaron hasta 49, y en mayo se triplicaron hasta escalar a los referidos 154.

Si se toma en cuenta todo el periodo, la cifra de fallecidos se ha disparado más de 500%. En los tres últimos meses (marzo, abril y mayo) suman 241 los fallecidos en las cárceles. Este lapso coincide con la propagación de la pandemia del coronavirus en México, luego de que a finales de febrero se detectara el primer caso.

Por otra parte, un monitoreo de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) realizado a partir de la información que reportan los penales estatales arroja hasta el 30 de junio 103 fallecimientos confirmados por COVID-19. La cifra evidencia una aceleración en la letalidad causada por el virus, luego de que tan solo dos semanas antes el número de fallecidos era de 68.

Especialistas consultados por Animal Político para esta nota ya advertían la cifra de decesos por COVID-19 reportada por CNDH podría ser mayor ya que hay penales que no están aportando completa la información, y donde existen serias dudas de la estrategia sanitaria pare prevenir la propagación del virus.

Población crece pese a promesas

Ante el alto riesgo de propagación del coronavirus en lugares cerrados como las cárceles, el Congreso de la Unión y los gobiernos federal y estatales anunciaron en los últimos meses diversas medidas, desde la promulgación con carácter de urgente de la Ley de Amnistía hasta la agilización de trámites de preliberación de internos. Todo ello para reducir la cifra de personas presas.

Pero lo que los datos oficiales muestran es que, por el contrario, la cantidad de personas en reclusión ha ido progresivamente en ascenso.

De acuerdo con la estadística penitenciaria, en mayo había 209 mil 53 personas en reclusión. Se trata prácticamente de siete mil internos más en comparación con los que había al arranque del año. El incremento ha sido constante mes con mes en 2020.

En enero la cifra de cárceles en el país con problemas de sobrepoblación (con más internos que espacios disponibles) era de 110. En tanto, para mayo los penales con hacinamiento ya suman 118.

En abril el Senado de la República aprobó la Ley de Amnistía bajo el argumento de que contribuiría a acelerar la salida de personas de prisión, y con ello disminuir el impacto de contagio.

Pero hasta ahora ni un solo interno ha sido beneficiado con dicha amnistía. Ello ya que problemas burocráticos y de presupuesto retardaron la puesta en marcha de la comisión que debe recibir las solicitudes y analizar los casos. Dicha comisión ya fue creada la semana pasada pero aun así la recepción y análisis de los casos puede tomar hasta 4 meses.

Otro obstáculo es que la Ley de Amnistía solo es de alcance federal y en el mejor escenario podría beneficiar hasta un 7% de todos los reos en reclusión. Para que sus efectos tengan mayor impacto necesita ser copiada y aprobada en todos los estados, pero hasta ahora solo Hidalgo ha culminado ese proceso.

Una ruta distinta consiste en agilizar las preliberaciones a la que tienen derecho los internos que han cumplido ciertos requisitos que la Ley Nacional de Ejecución de Sanciones contempla, como el haber cumplido más de la mitad de la pena, y haber reparado el daño causado. Diversas entidades anunciaron estrategias para ello.

Sin embargo, estimaciones de diversas organizaciones civiles apuntan que, en el mejor de los casos, la cifra de internos preliberados sería de tres mil, cantidad insuficiente frente a la proporción de personas que ingresan a las cárceles diariamente.

El proceso tampoco ha resultado tan sencillo. Por ejemplo, en Ciudad de México el gobierno prometió que hasta 800 reos podrían ser preliberados, pero a principios de junio la cifra era de apenas unos 200. Ello ya que la ley exige que los jueces analicen cuidadosamente cada caso.

“La ley de ejecución no está hecha para enfrentar una pandemia sino para garantizar los derechos de las personas y hay un sinfín de requisitos que se tienen que cumplir, los jueces tienen que medir esos requisitos, si todas esas disposiciones se cumplen, si hay reparación del daño. Y si no es el caso no se puede conceder esa preliberación”, declaró para este medio Maïssa Hubert, subdirectora de la organización civil Equis Justicia.

Otro factor que ha obstaculizado la despresurización de las cárceles, de acuerdo con los expertos, fue la aprobación de la reforma constitucional del año pasado que amplió el catálogo de delitos que ameritan prisión preventiva automática, lo que ha facilitado el ingreso de un mayor número de personas a prisión.

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Cómo una joven encontró a su familia 26 años después gracias a una foto en WhatsApp

Una niña que quedó huérfana en el genocidio de 1994 en Ruanda ha encontrado a sus familiares gracias a las redes sociales. Esta es su historia.
24 de septiembre, 2020
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Grace Umutoni de niña, a la izquierda, y en una imagen actual.

Grace Umutoni
“¿Me conocen?” Grace Umutoni publicó fotos de cuando era niña en las redes.

Para Grace Umtoni lo ocurrido ha sido “un milagro” obra de las redes sociales.

Umtoni quedó huérfana cuando solo tenía dos años. En 1994 sus padres fueron víctimas del genocidio que se cobró miles de vidas en Ruanda. Años después, ha podido encontrarse con algunos familiares.

La mujer, que no conocía su verdadero nombre, publicó fotos suyas de niña en grupos de WhatsApp, Facebook y Twitter el pasado abril con la esperanza de que miembros de su familia la reconocieran y pudiera reunirse con ellos.

Sus intentos anteriores, a través de cauces más formales, no habían dado resultado.

Todo lo que esta enfermera de 28 años sabía de su historia es que la habían llevado a un orfanato en Kigali, la capital ruandesa, después de encontrarla en el barrio de Nyamirambo. También fue acogido allí su hermano, de 4 años, que murió después.

En Ruanda hay miles de niños como ella, que perdieron a sus padres entre las 800,000 víctimas que se estima dejó la matanza sistemática de miembros de la etnia tutsi y hutus moderados en cien días de genocidio.

Muchos siguen buscando a su familia.

Después de que publicara sus fotos, aparecieron algunas personas que dijeron ser parientes suyos, pero pasaron meses hasta que apareció alguien que de veras parecía serlo.

Antoine Rugagi había visto las fotos en WhatsApp y se puso en contacto con ella para decirle que se parecía mucho a su hermana, Liliose Kamukama, muerta en el genocidio.

“El milagro por el que había estado rezando”

“Cuando lo vi, yo también noté que nos parecíamos”, le dijo Umtoni a la BBC.

“Pero solos las pruebas de ADN podían confirmar si éramos parientes, así que nos hicimos unas en Kigali en julio”.

Umutoni viajó desde el distrito de Gakenke, donde vive, mientras que Rugagi llegó desde Gisenyi, en el oeste, para que pudieran recoger los resultados juntos.

Grace Umutoni y su tío Antoine Rugagi .

Grace Umutoni
Grace Umutoni y Antoine Rugagi viajaron a Kigali para recoger los resultados de su prueba de ADN.

Resultó ser un gran día para ambos, ya que las pruebas revelaron un 82% de posibilidades de que ambos fueran famlia.

“Estaba impactada. No pude contener mis ganas de expresar mi felicidad. Todavía hoy pienso que estoy en un sueño. Fue el milagro por el que siempre había rezado”, cuenta Umtoni.

Su recién hallado tío le contó que el nombre que le pusieron sus padres tutsis era Yvette Mumporeze.

También le presentó a varios parientes de la rama paterna de la familia, como su tía Marie Josée Tanner Bucura, que lleva meses atrapada en Suiza a causa de la pandemia.

Grace Umutoni y su madre.

Grace Umutoni
Grace Umutoni y su madre, Liliose Kamukama, en una imagen de un álbum familiar.

Ella estaba convencida de que Grace Umtoni era su sobrina antes incluso de conocer el resultado de las pruebas genéticas por el parecido de la mujer de la foto de WhatsApp con el de la niña de los álbumes de la familia.

“Era claramente la hija de mi hermano Aprice Jean Marie Vianney y su esposa, Liliose Kamukama. A los dos los mataron en el genocidio”.

‘Pensamos que ninguno había sobrevivido’

La señora Bucura le contó también el nombre completo de su hermano, que llegó con ella al orfanato, Yves Mucyo, y que había tenido otro hermano, Fabrice, de un año.

El genocidio comenzó horas después de que el avión que transportaba a los presidentes de Ruanda y Burundi, ambos de la etnia hutu, fuera derribado en la noche del 6 de abril de 1994.

Milicias hutus recibieron la instrucción de dar caza a los miembros de la minoría tutsi. El suburbio de Nyamirambo, en Kigali, fue uno de los primeros en ser atacado.

Muchas de personas murieron a machetazos en sus casas o en barricadas levantadas para impedir el paso de quienes trataban de escapar. Algunos lograron ponerse a salvo en iglesias y mezquitas.

La señora Bucura dijo que alguien cómo una mujer agarraba del brazo al pequeño Yves y se lo llevaba corriendo de allí, pero no consiguieron más información. De su hermana no se supo nada.

El genocidio terminó meses después, cuando los rebeldes tutsis del Frente Patriótico Ruandés, liderado por el hoy presidente Paul Kagame, se alzó con el poder.

Cráneos en el Memorial del Genocidio en Kigali.

Reuters
Muchos murieron por golpes de machete, como se aprecia en los cráneos conservados en el Memorial del Genocidio en Kigali.

“Pensamos que ninguno había sobrevivido. Incluso los recordábamos cuando cada abril llegaba el aniversario del genocidio”, explica Bucura.

Umtoni no había podido averiguar sobre su familia y lo único que le contaron es que Yves murió al llegar al orfanato como resultado de las heridas que sufrió por las balas de las milicias hutus de las que huía.

Cuando tenía cuatro años, la niña fue adoptada por una familia tutsi del sur de Ruanda que le dio el nombre de Grace Umtoni.

“Los responsables de mi escuela me ayudaron y volví al orfanato en Kigali para preguntar si había algún rastro de mi pasado, pero no había nada”, dice.

“He vivido siempre en la pena de ser alguien sin raíces, pero seguí rezando por un milagro”.

“Por bien que me tratara la familia adoptiva, no podía dejar de pensar en mi familia biológica, pero tenía muy poca información para siquiera empezar a buscar”.

Ahora tiene curiosidad por saber más de sus padres. Han planeado una gran reunión familiar con parientes que llegaran de diferentes lugares del país y del extranjero, aunque el coronavirus ha obligado a aplazarla.

Entretanto, le han presentado a algunos de sos familiares a través de WhatsApp y ha descubierto que tiene un hermano mayor en Kigali, fruto de una relación anterior de su padre.

“Estamos agradecidos con su familia adoptiva”

Desde 1995, casi 20.000 personas se han vuelto a reunir con sus familias gracias al Comité Internacional de la Cruz Roja.

Su portavoz para Ruanda, Rachel Uwase, asegura que aún siguen recibiendo peticiones de ayuda de gente a la que el genocidio separó de su familia.

En lo que va de 2020, son 99 las personas que se han reencontrado con sus familiares.

Para la señora Bucura, descubrir que su sobrina había sobrevivido es algo que agradece.

“Estamos agradecidos con la familia que la adoptó, le dio un nombre y la crió”.

La joven mantendrá el nombre que le dio su familia adoptiva ya que es el que la ha acompañado la mayor parte de su vida.

Pero le tendrá siempre gratitud a las redes sociales por haberla ayudado a encontrar un sentido de pertenencia.

“Ahora hablo frecuentemente con mi nueva familia”, cuenta.

“He pasado toda mi vida con la sensación de que no tenía raíces, pero ahora me parece una bendición tener tanto a mi familia adoptiva como a la biológica, ambas pendientes de mí”.


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https://www.youtube.com/watch?v=QkzsUZOK6-0

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https://www.youtube.com/watch?v=gHjW1l0Dk1g

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