Polvo del Sáhara, el más intenso de los últimos 50 años
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Foto: Pixabay.

Polvo del Sáhara que llega a América es el más intenso de los últimos 50 años

La nube de polvo trae consigo nutrientes que fertilizan la Amazonía y benefician los océanos, pero también tiene efectos adversos en la salud de las personas.
Foto: Pixabay.
Por Yvette Sierra Praeli/ Mongabay Latam
3 de julio, 2020
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En las últimas semanas, una nube de polvo ha cubierto varios países del continente americano. Se trata de la llamada nube de polvo del Sáhara, un evento anual que se presenta a partir del mes de junio y puede extenderse hasta septiembre.

El evento meteorológico consiste en el viaje de toneladas de polvo proveniente del desierto africano que atraviesa el Océano Atlántico hasta alcanzar América, principalmente Centroamérica, México, el sur de Estados Unidos y el norte de Sudamérica.

Según los científicos, esta nube de polvo puede afectar la calidad del aire en los lugares a los que llega, pero también juega un papel importante en la fertilización de los suelos de la Amazonía y las playas en el Caribe.

Lee: ¿Tienes enfermedades respiratorias? Así puedes cuidarte del polvo del Sahara

Las imágenes satelitales registradas por la Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio (NASA) muestran que esta gran nube de polvo sahariano empezó a cruzar el Atlántico el 13 de junio. En ese momento su extensión superaba los 3000 kilómetros, pero hacia el 24 de junio estaba por encima de los 8,000, reporta el organismo estadounidense.

Aunque se trata de un evento recurrente, este año llamó la atención de la comunidad científica la gran dimensión de la nube de polvo. “Es la primera vez que se ve desde el espacio que el evento alcance esa magnitud. Es una meganube. No se veía algo así hace 50 años”, dice Sidney Novoa, director de Tecnología para la Conservación en la organización Conservación Amazónica (ACCA), que ha desarrollado un aplicativo en línea para detectar fuegos en Bolivia y que ahora está siguiéndole los pasos a esta gran nube.

Foto: NASA

Los efectos del polvo del desierto africano

La capa de polvo se ha visto en ciudades de Venezuela, Colombia, Surinam, Guyana, Nicaragua, Cuba, Puerto Rico, Barbados, Trinidad y Tobago, Jamaica, Panamá, República Dominica y México, entre otros lugares del continente y actualmente se encuentra en el sur de Estados Unidos, según reportes meteorológicos.

“En el norte de África periódicamente ocurren enormes tormentas de polvo y arena, que llegan hasta alturas de 6000 metros, a las capas medias de la troposfera”, explica Luis Vargas, coordinador del Instituto Nacional de Meteorología e Hidrología, en la Región Los Andes, en Venezuela, y agrega que son los vientos alisios los responsables de trasladar ese polvo a través del Atlántico hasta nuestro continente.

Lo particular que tiene el evento de este año —continúa Vargas— es la enorme concentración de polvo. “Normalmente, cuando ocurre este evento, hasta el norte de Venezuela llegan concentraciones de entre 50 y 100 microgramos por metro cúbico. En esta oportunidad, la densidad del evento llegó a registrar valores por encima de los 200 microgramos por metro cúbico”, explica Vargas.

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Luis Ladino, investigador titular del Centro de Ciencias de la Atmósfera de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) explica que este evento ocurre dos veces durante el año. El primero va de febrero a abril y el segundo de junio a setiembre.

Ladino también explica que hace varias décadas no se veía el evento en esta magnitud. “Ni en área ni en cantidad de elementos particulados. Estamos haciendo un monitoreo en tiempo real , pero aún no sabemos por qué ahora se ha presentado con mayor intensidad”.

El experto de la UNAM señala que, normalmente, el polvo del Sáhara llega a la Amazonía durante la primera ocurrencia del evento del año. “Veíamos que cada año, durante febrero, marzo y abril llegaba esta nube de polvo a Venezuela, Colombia y Ecuador”. Ladino también cuenta que los vientos del Orinoco arrastran este polvo y lo introducen dentro del continente, superando así la barrera de las montañas que naturalmente impiden su paso.

El científico explica que los minerales que carga el polvo del Sáhara funcionan como nutrientes para los suelos que los han perdido como consecuencia de una práctica excesiva de la agricultura, así como para los océanos. “Trae hierro, que es importante para el fitoplancton y de mucho beneficio para los océanos”.

“A escala mundial, el polvo africano es conocido como una de las principales fuentes de partículas de polvo mineral, ya que pueden transportarse de manera eficiente a diferentes partes del planeta”, dice el estudio —actualmente en revisión— Partículas de polvo africano en el Caribe occidental Parte I: impacto en la calidad del aire en la península de Yucatán, que tiene entre sus autores a Ladino. “Varios estudios han sugerido que la Península de Yucatán podría verse influenciada por tales partículas”, se indica en la investigación.

El polvo sahariano tiene sus impactos positivos, pero también tiene su aspecto negativo —continúa Vargas— quien explica que sirve de fertilizante de los ecosistemas acuáticos y terrestres de varias zonas del planeta como sucede en la selva Amazónica.

Vargas explica que este polvo se compone en gran medida de roca triturada, muy fina, compuesta por diferentes elementos químicos como el fósforo y el nitrógeno, que constituyen nutrientes beneficiosos para la tierra y sirven de abono para la vegetación. También favorece al ecosistema marino.

“Según estudios de la NASA, cuando el polvo cae en el océano, las partículas más livianas se quedan en la zona donde están los microorganismos como el fitoplancton o bacterias animales, que ayudan a liberar sus nutrientes”, comenta Vargas.

El reporte de la NASA publicado en su sitio web el 19 de junio señala que “ese polvo ayuda a construir playas en el Caribe y fertiliza los suelos en el Amazonas”, pero también puede afectar la calidad del aire en América del Norte y del Sur.

El artículo científico denominado Tormenta del Sáhara: naturaleza y consecuencias, señala que el Sáhara produce más polvo del suelo eólico que cualquier otro desierto del mundo, y que este tiene un impacto importante en los procesos climáticos, los ciclos de nutrientes, la formación del suelo y los ciclos de sedimentos. “Estas influencias se extienden mucho más allá de África, gracias a las grandes distancias sobre las cuales se transporta el polvo sahariano”, indica el documento.

El experto venezolano también se refiere a los efectos negativos del polvo del Sáhara. Según explica, el polvillo repercute negativamente en la formación de los ciclones tropicales pues reduce la humedad hasta en un 50 por ciento. Además, se reducen las lluvias durante los días de su permanencia y produce afectaciones en la salud de las personas, como molestias en los ojos y en las vías respiratorias.

El polvo del Sáhara —indica Vargas— está vinculado al declive de las poblaciones de coral pues transporta un hongo endémico de África que provoca que los corales lo asimilen y enfermen.

María Elena Gutiérrez, directora de ACCA, también se refiere a los eventos negativos de esta nube de polvo. “Una de las desventajas es que estas partículas producen problemas respiratorios, sobre todo para personas alérgicas o que tienen asma. Esto preocupa más con lo que sucede ahora con el COVID-19”, comenta.

Lee la nota completa en Mongabay Latam 

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VIH/Sida: qué hace este virus al sistema inmunitario y por qué es tan difícil encontrar una cura o una vacuna

Han pasado casi cuatro décadas desde que se reportaron los primeros casos, y pese a todos los esfuerzos sigue siendo una enfermedad incurable. ¿Por qué?
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1 de diciembre, 2020
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Dibujo, infección de VIH

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El blanco del virus son los linfocitos CD4.

Desde que se detectaron los primeros casos a principios de la década de los 80, el VIH (virus de inmunodeficiencia humana) se ha cobrado alrededor de 33 millones de vidas, según cifras de la Organización Mundial de la Salud.

Este virus, que de no tratarse da lugar al síndrome de inmunodeficiencia adquirida o sida, continúa siendo una amenaza para la salud pública: se estima que hay cerca de 38 millones de personas viviendo con VIH (hasta finales de 2019).

Si bien se han hecho grandes avances en cuanto a su tratamiento y prevención, y en la actualidad las personas infectadas pueden llevar una vida saludable, aún no se ha podido hallar una cura para la enfermedad.

Solo dos pacientes hasta la fecha —uno, conocido como el “paciente de Berlín, que falleció en septiembre de este año a raíz de otra enfermedad; el otro, un venezolano establecido en Londres— parecen haberse curado definitivamente del virus.

Tampoco se ha logrado dar con una fórmula para una vacuna, pese a que su búsqueda se inició muy poco después de que se reportaran los primeros casos.

Para entender por qué esta infección es tan difícil de erradicar (en contraposición al coronavirus SARS-CoV-2, que en menos de un año desde que se desató la pandemia cuenta con varias candidatas de vacunas prometedoras), es fundamental comprender primero cómo afecta el VIH a nuestro sistema inmunitario, el arma que tiene nuestro organismo para protegernos de las enfermedades.

Ataque directo al centro de defensa

El VIH entra en nuestro cuerpo a través del intercambio de ciertos fluidos corporales como la sangre, la leche materna, el semen o las secreciones vaginales de una persona infectada.

Es, además, un retrovirus. Es decir, su material genético está en forma de ARN (ácido ribonucleico) y no de ADN. Por ello, antes de insertar sus genes en el genoma de la célula huésped para replicarse, tiene primero que convertir su ARN en ADN.

Esto lo hace mediante un proceso que se conoce como de transcripción inversa (los virus en cambio usan uno de transcripción normal), lo cual genera muchos errores en sus copias -puede que esta explicación te sobre en esta instancia, pero guárdala en tu mente porque te ayudará a entender más adelante por qué es tan difícil desarrollar un tratamiento y una vacuna-.

Investigación

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En el campo de investigación sobre tratamientos para el VIH se han logrado muchos avances.

A diferencia, por ejemplo, del SARS-CoV-2 que ataca y se replica en las células del pulmón y otros órganos que tienen en su superficie el receptor ACE2, el VIH tiene como objetivo principal un tipo de células de nuestro sistema inmunitario: los llamados linfocitos CD4 (o también T CD4).

“Los linfocitos CD4 son una parte fundamental del sistema inmunitario. Son predominantes en todos los procesos de lucha contra distintos patógenos —virus, bacterias, parásitos— y forman parte del centro de coordinación de otra parte del sistema inmune”, le explica a BBC Mundo José Luis Casado, médico del Servicio de Enfermedades Infecciosas del Hospital Ramón y Cajal, en Madrid, España.

“Son una especie de capitanes de las defensas que no solo manejan soldados, sino que coordinan a otros oficiales para luchar contra el enemigo”, añade.

Una vez dentro del CD4, el virus introduce su propio material genético y secuestra el mecanismo de esta célula para replicarse.

Los nuevas copias de VIH salen de la célula y se propagan por el cuerpo, infectando a su vez a otras células y destruyendo gradualmente linfocitos CD4. La reducción de estos linfocitos provoca, en consecuencia, una deficiencia en el sistema inmunitario.

“Cuando el sistema inmunitario reconoce que hay CD4 infectados, activa otras células para matar a estos CD4, y esa inmunoactivación estimula la producción de linfocitos CD4 para compensar a los soldados caídos en batalla”, explica Casado.

Pero este es un proceso compensatorio temporal. “El organismo no sabe mantener altos niveles de activación inmune persistente”, agrega, con lo cual esta estrategia no resulta eficaz a largo plazo, y no se consigue erradicar a todos los CD4 infectados.

Timothy Ray Brown

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Timothy Ray Brown, conocido como el “paciente de Berlín”, fue la primera persona en curarse de VIH. Falleció de cáncer en septiembre de este 2020.

A medida que la infección avanza y el cuerpo va perdiendo su capacidad para defenderse, el individuo infectado se vuelve vulnerable a sufrir otras infecciones conocidas como enfermedades oportunistas.

Cuando la cantidad de linfocitos CD4 cae por debajo de 200 células por milímetro cúbico de sangre (una persona con un sistema inmunitario sano tiene entre 500 y 1.600), o cuando aparecen una o más infecciones oportunistas más allá del recuento de CD4, se considera que una persona infectada tiene sida.

Por qué los tratamientos no logran curar el VIH

Los tratamientos que han dado muy buenos resultados y que se utilizan para controlar el VIH consisten en una combinación de fármacos antirretrovirales que atacan varios aspectos del ciclo de vida del VIH, y evitan así que el virus se multiplique y pueda penetrar células sanas.

Al reducir la carga viral, el sistema inmune tiene más posibilidades de recuperarse y combatir infecciones. Por eso los pacientes en tratamiento —que debe seguirse de por vida— pueden tener una vida prolongada y sin síntomas.

Con el tratamiento antirretroviral se logra que no desarrollen sida ni infecciones oportunistas.

Por otra parte, “si no hay replicación viral, no hay transmisión“, dice Casado, de modo que no hay posibilidad de contagio.

Sin embargo, el virus no desaparece: una vez que penetró la célula puede quedarse allí, en estado latente.

“Tenemos una serie de células CD4 activas y muchas CD4 en reposo. Están allí por si hay una guerra, una infección. Se estima que solo un 2% de células CD4 están activas habitualmente, porque el resto, en situación basal, no las necesitamos”, explica Casado.

Según le dice a BBC Mundo Mundo Nadia Roan, profesora de la Universidad de California, San Francisco, en Estados Unidos, “este reservorio latente de células infectadas es, esencialmente, la principal barrera para encontrar una cura para el VIH”.

Preservativos

Getty Images
Los preservativos son fundamentales para prevenir el contagio del VIH.

“Sabemos de su existencia desde hace mucho tiempo, pero no hemos podido atacarlo o controlarlo. Y una de las razones es porque no hay un biomarcador en la superficie de estas células que nos permita distinguir entre una célula sana y una célula infectada con VIH”, dice la experta, cuya investigación se centra en encontrar una forma de caracterizar a estas células infectadas.

Estos reservorios de VIH se establecen pocos días después de que una persona se ha infectado, y mientras el virus está escondido dentro de las células no puede ser combatido ni por el sistema inmunológico que no lo reconoce, ni por los fármacos que no pueden destruirlo hasta que entre en acción.

Tratamiento de alto riesgo

Cuando una persona infectada deja el tratamiento antirretroviral por la razón que fuere, el virus se reactiva al poco tiempo.

Solo hubo dos casos en los que el virus parece haber quedado eliminado por completo.

El primero se logró con un trasplante de médula en un paciente que tenía leucemia (el paciente de Berlín), de un donante con una mutación específica en su ADN resistente al VIH.

El otro caso fue el de un paciente venezolano establecido en Londres que padecía linfoma de Hodgkin (un tipo de cáncer), al que se le suministró quimioterapia y se le implantaron células madre también de un donante con la mutación resistente al VIH.

“Básicamente, tuvieron que deshacerse de sus propios sistemas inmunitarios”, explica Roan.

Pero este tratamiento, que en estos casos fue necesario por las otras enfermedades que sufrían los dos pacientes, “no puede utilizarse ampliamente porque el riesgo es muy elevado”, añade.

Hasta el momento, todas las estrategias que se han investigado —incluyendo una que intenta reactivar los reservorios para que el virus salga de la célula y los anticuerpos del plasma puedan erradicarlo— han conseguido disminuir el reservorio, pero no llevarlo a cero.

“El problema es que con quede un solo clon viable de VIH, solo es cuestión de tiempo para que vuelva a infectar a otra célula y vuelva a recomenzar todo el proceso”, dice Casado.

Vacuna

Desde hace décadas investigadores trabajan para encontrar una vacuna sin éxito.

Pastillas

Getty Images
Los antirretrovirales atacan distintas fases del ciclo vital del virus.

Además del problema de la latencia del virus, que lo transforma en un objetivo casi imposible de atacar mientras está “invisible” dentro de la célula, una de las principales razones por las que es difícil dar con una vacuna es su alto grado de mutabilidad.

La mayor parte de las vacunas eficaces estimulan la producción de anticuerpos para neutralizar al virus. Pero como el virus comete muchos errores en su proceso de replicación -lo que te explica más arriba cuando hablaba de la transcripción inversa-, los anticuerpos que produce el sistema inmune para neutralizarlos se vuelven inefectivos contra estas nuevas formas del virus.

“Al virus no le importa tener hijos mutantes siempre que consiga sobrevivir”, dice Casado. “Su variabilidad genética es muy alta, y eso hace que sea muy difícil establecer zonas del VIH que sean buenas desde el punto de vista antigénico, es decir, que creen una respuesta inmunológica adecuada”.

Y no olvidemos que el virus ataca precisamente las células encargadas de orquestar el ataque para combatirlo.

En fin, concluye Casado, “tenemos todo para que sea la vacuna más difícil posible: por el tipo de virus, por el tipo de replicación y por dónde lo hace. Lo tiene todo”.


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