Juicio a Lozoya: así se narró por Whatsapp su audiencia
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Juicio a Lozoya: así se narró por Whatsapp la primera audiencia contra el exdirector de Pemex

Emilio Lozoya declaró por teleconferencia desde una clínica privada en CDMX, a 34 kilómetros de distancia del Reclusorio Norte, donde lleva diez 10 internado.
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29 de julio, 2020
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Son las 8 de la mañana en Reclusorio Norte, en la alcaldía Gustavo A Madero de la Ciudad de México. Aquí, en alguna sala del interior del tribunal de justicia que está en un anexo de la cárcel, está programada la primera audiencia inicial del exdirector de Pemex Emilio Lozoya.

Después de Rosario Robles, exsecretaria de Desarrollo Social que desde agosto pasado está en prisión preventiva por el caso de La Estafa Maestra, Lozoya Austin está por convertirse en el segundo alto funcionario del gabinete de Peña Nieto en enfrentar a la justicia por los casos Odebrecht y Altos Hornos. 

Entérate: Vinculan a Emilio Lozoya por lavado de dinero, pero no pisará la cárcel por este caso

Y no se trata de un personaje cualquiera: Lozoya era uno de los hombres de confianza y más cercanos del exmandatario priista, que ahora amenaza con explicar, ante un juez y los fiscales que lo imputan por corrupción, a qué se refería su exabogado cuando, tras ser detenido en España en febrero pasado, dijo aquello de que él “no se mandaba solo” en el gobierno de Peña.

Pero, a diferencia de lo ocurrido con Rosario Robles hace casi un año, en el Reclusorio Norte no pasa nada. No hay movimiento. No hay filas de personas apoyando o reclamándole al imputado. No hay ejércitos de abogados trajeados llegando en carros, ni fiscales entrando con sus diablitos cargados de documentos. Y lo más extraño: casi no hay periodistas haciendo guardia frente a la puerta metálica del reclusorio.

De hecho, es un día normal en el reclusorio, anodino. Porque, si bien el juez del caso está en el tribunal, la audiencia, en realidad, se llevará a cabo en un lugar muy distinto. 

Un lugar insólito e impensable hasta hace unos meses, cuando la pandemia de COVID-19 aún no existía. En un chat de WhatsApp. 

¿Ya habló Lozoya?

A partir de las 9:39 de la mañana, cuando el juez José Artemio Zúñiga Mendoza decretó el inicio de la audiencia relativa a la causa penal 211/2019, por la que el Ministerio Público acusa a Emilio Lozoya de recibir presuntamente sobornos por 3.4 millones de dólares de la empresa Altos Hornos, la escasa veintena de periodistas que fueron a Reclusorio Norte dejaron de poner atención a los pocos coches y camionetas que entraban al inmueble.

Todos sabían que Lozoya no estaba en el penal. Que rendiría declaración por teleconferencia desde una clínica privada en el extremo sur de la capital, a unos 34 kilómetros de distancia, donde lleva diez días internado por la úlcera con la que llegó de su paso por una cárcel de Madrid, España, desde donde fue extraditado a México el pasado viernes 17 de julio.  

Aún así había la expectación, de que sus abogados, Miguel Ontiveros Alonso y Alejandro Rojas Pomeda, llegaran al reclusorio y dieran alguna declaración a nombre de su cliente antes de presentarse con el juez y los fiscales del caso.

Por eso, cada vez que se paraba frente a la puerta metálica del penal una camioneta, o un coche con los cristales tintados, los pocos fotógrafos que llegaron desde las 7 de la mañana salían de su letargo para tirarles ráfagas, aunque nadie sabía quién o quiénes iban en su interior. 

Pero, una vez que los integrantes del equipo de comunicación social del Consejo de la Judicatura lanzaron el primer whats narrando el inicio de la audiencia, los coches y los rumores de dónde se encontraban los abogados pasaron a un segundo plano, y la atención se trasladó a las pantallas de los teléfonos y a los soniditos de las notificaciones que llegaban desde la Judicatura. 

Leer más | De su hospitalización hasta una posible liberación: los escenarios para Lozoya en México

“Compañero, ¿tú estás en el chat? ¿Ya dijo algo Lozoya?”, cuestionaban los camarógrafos a los reporteros que estaban sentados buscando refugio en alguna de las escasas sombras de la explanada del aparcamiento del reclusorio.

Eran las 10:29 de la mañana y no, Lozoya aún no hablaba. 

Los que sí hablaban eran los agentes de la Fiscalía General de la República que, en el arranque de la audiencia, dieron la primera sorpresa de la jornada: a pesar de que España negó tener conocimiento de que Lozoya hubiera salido de la cárcel de Navalcarnero, en Madrid, con problemas médicos, el Ministerio Público acababa de informar al juez que, precisamente en un hospital de aquel país, se había diagnosticado que el exdirector de Pemex padecía anemia y problemas en el esófago, que a la postre justificaron su ingreso en otro hospital tras su extradición a México. 

Minutos después, a las 10:43, los celulares volvieron a vibrar. 

 “¿Qué dicen? ¿Ya lo acusaron formalmente?”.

Iba una hora de audiencia, y la expectación era como cuando no se puede ver un partido de futbol en directo y la única alternativa son unos tuits sin sabor de las ocasiones perdidas y de los goles.

En efecto, los fiscales ya desgranaban a esa hora una larga lista de acusaciones en contra de Lozoya, la cual estaba salpicada por abultadas cifras en dólares y referencias a empresas con sede en paraísos fiscales, como Tochos Holding Limited, desde donde, presuntamente, Lozoya recibía parte de los sobornos.  

A pesar de las imputaciones, el comentario generalizado entre los periodistas era el escepticismo. “Ya está todo planchado”, “le están dando trato de seda”, u “obvio que no va a pelear con la Fiscalía”, eran algunos de los más repetidos

A las 11:19 se escuchó un murmullo de extrañeza en el estacionamiento del penal cuando un nuevo mensaje avisaba que Lozoya había tomado por primera vez la palabra en la audiencia. 

“Demostraré que no soy responsable ni culpable de los delitos que se me imputan”, le dijo al juez el exdirector de Pemex tras escuchar la imputación de los fiscales. 

De inmediato, a 30 kilómetros de distancia del hospital donde declaraba Lozoya, en el estacionamiento de Reclusorio Norte los camarógrafos comenzaron a correr con los tripiés al hombro para enlazar a los reporteros con sus espacios informativos. Mientras que las alertas de “Última Hora” llegaban a los celulares con las primeras declaraciones públicas de Lozoya desde que, en julio del año pasado, se le declarara prófugo de la justicia.  

A las 11:52, tras una pausa obligada por la pandemia de COVID-19, para ventilar los espacios cerrados, y media hora antes de escuchar cómo la Fiscalía solicitó que se le vinculara a proceso por presunto lavado de dinero en el caso Altos Hornos, el exdirector de Pemex volvió a tomar la palabra para defenderse.

“Con relación a los hechos objeto de esta investigación, fui sistemáticamente intimidado, presionado, instrumentalizado”, señaló Lozoya, que advirtió además que denunciará y señalará “a los autores de estos hechos”, evocando de nuevo en la atmósfera de la sociedad la pregunta de a quién o a quiénes se refería su exabogado, Jorge Coello, cuando dijo en febrero pasado que “Lozoya no se manejaba solo”. 

Y esas palabras, esa advertencia para el futuro, fueron las últimas declaraciones de Lozoya en esta audiencia inicial, que  tendrá este miércoles su continuación con el caso Odebrecht. Un caso diferente, en el que al exdirector de Pemex se le hacen nuevas imputaciones también por corrupción, pero que se transmitirá de nuevo a través de un formato inédito hasta ahora: WhatsApp.  

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Dominio público

El papa que decretó un confinamiento y salvó a Roma de la peste en el siglo XVII

Hace 400 años Alejandro VII ordenó unas medidas sanitarias que, según los investigadores, hizo que una epidemia de peste tuviera una baja letalidad en la que es hoy la capital de Italia.
Dominio público
18 de abril, 2021
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Era un intelectual, un aficionado al arte y la arquitectura, doctor en filosofía, teología y derecho. Cuando el italiano Fabio Chigi (1599-1667) se convirtió en el papa Alejandro VII, ni en sus peores presagios imaginó que tendría que enfrentarse a una epidemia de peste.

Su reacción, sin embargo, fue contundente.

Aunque la ciencia descubrió la bacteria causante de la peste en 1894 —gracias al bacteriólogo Alexandre Yersin—, el sumo pontífice decretó medidas sanitarias que, según investigadores, contribuyeron a que la letalidad en Roma fuera mucho menor que en otros lugares afectados por la misma epidemia.

Según un estudio del historiador italiano Luca Topi, profesor de la Universidad de Roma La Sapienza, entre 1656 y 1657 la peste mató al 55% de la población de Cerdeña, la mitad de los habitantes de Nápoles y al 60% de los residentes de Génova.

En Roma, en cambio, murieron 9.500 personas de un total de 120.000, menos del 8%. Estos datos fueron publicados en una revista científica italiana en 2017.

Se calcula que distintas olas de la peste arrasaron con cerca de la mitad de la población europea.

Cuando llegaron los primeros reportes de muertes por la epidemia en el entonces reino de Nápoles, Alejandro VII llevaba un año como pontífice.

Representación pictórica de la peste en Italia.
Getty Images

Diversas olas de la peste mataron a casi la mitad de la población europea.

El papa no era sólo el líder del catolicismo. Si hoy es el soberano del diminuto estado del Vaticano, en aquella época mandaba sobre los llamados Estados Pontificios, que comprendían Roma y buena parte de los alrededores; prácticamente todo el centro de la Italia actual.

Esta fascinante historia cuenta cómo muchas de las restricciones que se aplican hoy contra la pandemia de coronavirus dieron resultado en Roma contra la peste hace 400 años.

¿Cuáles fueron las medidas del papa?

Dentro de los dominios papales, el brote ocurrió entre mayo de 1656 y agosto de 1957.

Tan pronto como llegaron las primeras noticias de la peste a Roma, Alejandro VII puso en alerta al Congreso de la Salud, que había sido creado en un brote anterior.

Las medidas de contención se implementaron gradualmente, según la situación se volvía más peligrosa.

El 20 de mayo se promulgó un decreto que suspendía todo comercio con el reino de Nápoles, que ya se encontraba muy afectado.

Cuadro del siglo XVII de la Plaza de San Pedro en El Vaticano.

Getty Images
En el siglo XVII, el papa era la máxima autoridad en los Estados Pontificios, que comprendía la región de Roma y alrededores, prácticamente todo el centro de la actual Italia.

La semana siguiente, el bloqueo se extendió y se prohibió la entrada a Roma de cualquier viajero que viniese de allí.

El 29 de mayo, en la ciudad de Civitavecchia, ubicada en los Estados Pontificios, se registró la llegada de la peste e inmediatamente se impuso la cuarentena.

“En los días y meses siguientes, se aislaron muchas otras localidades de ese territorio”, detalla el historiador Topi en su artículo.

En Roma, la decisión fue radical: se cerraron casi todos los portones de acceso a la ciudad. Solo ocho permanecieron abiertos, pero eran protegidos las 24 horas del día por soldados supervisados por “un noble y un cardenal”.

A partir de entonces, cualquier entrada debía ser justificada y registrada.

El 15 de junio Roma tuvo su primer caso: un soldado napolitano que murió en un hospital. Las normas se endurecieron aún más.

El 20 de junio se implantó una ley que obligaba a los ciudadanos a informar a las autoridades en caso de conocer algún paciente.

Posteriormente, un nuevo dispositivo papal comenzó a obligar a cada párroco y sus asistentes a visitar, cada tres días, todas las casas de sus distritos electorales para identificar y registrar a los enfermos.

Luego corrió la noticia de otra muerte, esta vez un pescador de la región del Trastévere.

“Los familiares de la víctima también se infectaron y muchos murieron”, cuenta Raylson Araujo, estudiante de teología de la Universidad Católica Pontificia de Sao Paulo, Brasil, quien también investigó el asunto.

La primera idea fue intentar aislar la región.

Ilustración de Alejandro VII.

Dominio Público
Alejandro VII impuso medidas graduales hasta llegar al confinamiento total.

“El papa también era la autoridad civil. Conforme la epidemia comenzó a extenderse, implementó medidas de aislamiento. Tras prohibir el comercio con Nápoles, decretó otras reglas de distanciamiento social: prohibió reuniones, procesiones y todas las devociones populares”, dice Araujo.

El endurecimiento de las medidas fue gradual hasta llegar al confinamiento total.

“Conforme pasó el tiempo, el papa adoptó nuevas prohibiciones. Las congregaciones en la iglesia fueron suspendidas, las visitas diplomáticas también, al igual que encuentros religiosos y reuniones públicas, se vigilaron los caminos”, enumera Araujo. “Se suspendieron todas las aglomeraciones civiles”.

“Se prohibieron diversas actividades económicas y sociales. Se cancelaron las fiestas y ceremonias públicas, civiles y religiosas”, dice el seminarista Gustavo Catania, filósofo del Monasterio de São Bento de Sao Paulo.

Plaza de San Pedro vacía por las restricciones en Roma.

Getty Images
Al igual que con la pandemia de coronavirus, en el siglo XVII se prohibió asistir a celebraciones religiosas en Roma.

“Se suspendieron los mercados y se echó a algunas personas que vivían en la calle porque podían ser causa de contagio. Se prohibió el cruce nocturno del río Tíber”.

El papa también determinó que nadie debía ayunar, con el objetivo de que la población se alimentanse y mantuviese así más saludable por si se contagiaba.

A todos aquellos que tuvieran al menos una persona infectada en la familia se les prohibió salir de casa. Para garantizar la asistencia, Alejandro VII separó a los sacerdotes y médicos en dos grupos: los que tendrían contacto con los enfermos y los que no, quienes atenderían al resto de la población.

“Preocupaba que los sacerdotes se convirtieran en vectores de la enfermedad”, dice Araujo.

Los médicos tenían prohibido huir de Roma“, dice Catania, señalando que muchos temían infectarse.

Como los pacientes estaban aislados, se creó una red de apoyo a la población.

“Había una previsión de ayuda económica para las familias que no podían salir de casa y algunas personas recibían comida por la ventana“, dice el seminarista.

En los meses de octubre y noviembre, cuando la incidencia de la enfermedad era mayor, incluso se preveía la pena de muerte para quienes infringieran las normas.

Negacionistas y noticias falsas

Sin embargo, no todos admitían la gravedad de la situación.

Hubo quienes la desdeñaron y hasta difundieron bulos.

“Se acusó al papa de inventar la enfermar para su propio beneficio y para ganar popularidad”, comenta Mirticeli Medeiros, investigadora de la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma.

Protestas negacionistas en Roma por la pandemia de coronavirus.

Getty Images
Como también ha sucedido en esta pandemia, hubo negacionistas en aquella época que no admitían la existencia de la enfermedad.

“Muchos no querían que el pontífice adoptara estas medidas para no alarmar a la población”, complementa.

Hasta sus colaboradores más cercanos le aconsejaron que no lo hiciera. Temían que, desde el momento en que se hizo pública la gravedad de la situación, a través de decretos y divulgaciones, la economía comenzara a sentir los efectos de este tipo de postura. Pero el papa fue firme y cumplió con su política de salud”.

Araujo compara esos hechos del siglo XVII con el “movimiento de hoy y la resistencia popular” para aceptar la gravedad de la pandemia de coronavirus.

“Comerciantes aconsejaron al papa que no adoptara las medidas, porque el cierre perjudicaba el comercio y la cosecha“, comenta el investigador.

“Hubo grupos que acudieron a él para pedirle que no promulgara más medidas de aislamiento. Querían maquillar y tapar la situación para que no se extiendera el pánico y cerraran los comercios”, continúa Araujo.

Hay informes de que un médico divulgó bulos sobre las verdaderas motivaciones del encierro.

“Hizo correr la voz de que tras las decisiones de este papa había intereses políticos”, dice el historiador Victor Missiato, profesor del Colegio Presbiteriano Mackenzie de Brasília.

“Fue acusado de difamación y terminó condenado a trabajar en un hospital, dedicado a curar la peste”.

Victoria contra la enfermedad

Cuando se resolvió el brote en 1657, la celebración estuvo a la altura.

Alejandro VII demostró el renacimiento de la Iglesia con monumentos que hasta hoy marcan El Vaticano, como el conjunto de columnas de la plaza de San Pedro, del escultor y arquitecto barroco Gian Lorenzo Bernini.

Columnas de Bernini en la Plaza San Pedro.

Edison Veiga
Las obras del papa Alejandro VII marcaron el aspecto de El Vaticano hasta hoy.

“En ese periodo era muy común que los papas visibilizaran su soberanía y poder. Los grandes monumentos de Roma de esa época fueron construidos con esa motivación”, contextualiza Medeiros.

“Como el caso de la Fuente de los Cuatro Ríos de la Piazza Navona, la Fontana di Trevi y otros”.

“Alejandro VII era un apasionado del arte y amigo de Bernini. Su comienzo como papa estuvo marcado por la peste”, explica.

“La forma que encontró de apagar aquel periodo sombrío fue invirtiendo en obras colosales. Las columnas de San Pedro representan los brazos abiertos de la Iglesia. La basílica de San Pedro fue restaurada como símbolo de poder temporal, no solo espiritual”.

Otros casos

Este no fue el único momento histórico en el que la Iglesia, en el pasado, cerró sus puertas por brotes y epidemias.

“Hubo otros casos en algunas diócesis de Italia, especialmente en el siglo XIX durante la epidemia de cólera”, recuerda Medeiros. “Entonces se tomaron medidas restrictivas similares”.

Grabado de un mercado durante la epidemia de cólera en Italia.

Getty Images
Durante la epidemia de cólera en el siglo XIX la iglesia tomó restricciones similares en Italia.

Por otro lado, la experta recuerda que en el brote de peste del siglo XIV ocurrió “todo lo contrario”.

“El papa Clemente VI, aislado en el palacio pontificio de Aviñón, en Francia, no parecía muy preocupado por lo que sucedía fuera de los muros de su casa”, apunta la investigadora.

“En esa época la enfermedad era un castigo divino y se producían procesiones y otras aglomeraciones para intentar, según la mentalidad religiosa, de superar el mal”.

En el siglo anterior, la región de Milán se vio muy afectada por la plaga. El cardenal arzobispo Carlo Borromeo también estableció estrictas medidas sanitarias en su circunscripción.

“Propuso una cuarentena general y se decretó a la gente a quedarse en casa hasta resolver la situación. Solo podían irse los que asistían espiritual y materialmente a la población.

El investigador dice que incluso las misas se celebraban “a distancia”.

“Un cura iba a la esquina y celebraba en la calle. Los fieles miraban desde sus ventanas”, explica.

Fe en la ciencia

Al analizar estos episodios del pasado, a menudo similares a los de hoy, hay que tener en cuenta que entonces la ciencia no se valoraba tanto como hoy y que la religión y la política estaban muy entrelazadas.

“En el siglo XVII, el absolutismo era muy fuerte en Europa y estaba ligado al poder de la Iglesia. El poder político y el poder religioso estaban muy mezclados“, explica Missiato.

“En ese momento, la revolución científica aún no se había extendido a las diferentes sociedades del mundo europeo. La creencia en lo divino como entidad definitoria de la paz y el caos todavía se veía como el camino hacia la salvación”.

Por eso el encierro impuesto por Alejandro VII es tan relevante.

“Lo que pasó muestra un alineamiento entre fe y ciencia, una fe con los pies en la tierra“, dice Araujo.


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