'Todo se vino abajo en una semana': la COVID-19 los llevó a perderlo todo
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Carlo Echegoyen

“Todo se vino abajo en una semana”: la COVID-19 los llevó a perderlo todo

“Nunca imaginamos que estaríamos así”, cuentan Humberto y Claudia, una pareja que tras perder su fuente de trabajo no pudo seguir pagando el cuarto que rentaba y tuvo que hacer de un parque su hogar en plena pandemia.
Carlo Echegoyen
Por Alberto Pradilla y Eréndira Aquino
16 de julio, 2020
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El lunes tienes trabajo, un techo y un colchón. El domingo estás armando tu refugio a la mitad de un parque en la colonia Doctores en plena pandemia de COVID-19. 

“El primer día fue muy difícil. Primero, con muchísima pena. Porque traíamos maletas, buscamos un lugar en el parque. Pusimos algunos cartones y ropa. Poco a poco la ropa que teníamos la pusimos envuelta como chácharas. De las cosas buenas pues nos fuimos deshaciendo, las íbamos vendiendo para comer, para conseguir la comida o quedarnos. Y así fue pasando el tiempo”, dice Humberto Samuel Rivera Inciso. 

“Todo se vino abajo en una semana”, añade Claudia Ivette García Vázquez, de 35 años.

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El hombre, que a sus 51 años muestra algunas canas en las sienes, pasó toda su vida en la colonia Doctores, en la Ciudad de México. La mujer, que juega con las puntas del cabello de tono rojizo cuando se pone nerviosa, viene de Morelia, Michoacán. Se conocieron en una boda hace cinco años y al mes ya estaban juntos. Durante todo este tiempo se ganaron la vida vendiendo nieves con un carrito entre las colonias Obrera, Doctores y Roma. 

Es un proceso laborioso. Hay que exprimir las frutas y mezclarlas en los baldes y luego ponerlas al frío con hielo y sal, que es el ingrediente que permite la congelación. A partir de ahí es cuestión de meterle horas de trabajo. Como llevaban mucho tiempo recorriendo la misma ruta, tenían ya un grupo de clientes que les garantizaba ganar 600 o 700 pesos al día. En la casa de huéspedes pagaban 900 a la semana. Su economía era precaria, pero les daba para sobrevivir.

Hasta que llegó su semana trágica.

Cuenta Rivera Inciso que un día llegaron supuestos funcionarios de la alcaldía Cuauhtémoc y les arrebataron sus cubos, alegando que no tenían permiso para vender en la calle. Ellos se resistieron, pero no había nada que hacer. Cuando acudieron a las oficinas de la delegación para reclamar, les dijeron que su carro y baldes no estaban. “Supongo que los policías se quedaron con la nieve y regalaron los baldes”, dice, fastidiado.

Pero sin esos baldes no había nieve y sin nieve no había trabajo y sin trabajo no había dinero y se vino abajo todo ese frágil sistema sostenido sobre esos objetos de aluminio que, cada uno, cuesta 380 pesos en un puesto del mercado de Sonora. 

La pareja no aplica para ninguno de los apoyos previstos por el gobierno de la Ciudad de México para limitar el impacto de la crisis provocada por el coronavirus. No tenían licencia ni nada que se le pareciese, así que son invisibles. 

Eso apenas era la primera parte del problema. Cuatro días después de perder el sustento se cerró la casa de huéspedes en la que llevaban viviendo tres años y medio. Así que perdieron el cuarto que rentaban y que, de todos modos, no iban a poder pagar. El gobierno de la ciudad obligó a la clausura para evitar contagios por coronavirus. 

Con el poco dinero que tenían pagaron un cuarto en un hotel, pero los exiguos ahorros no les duraron ni cuatro días.

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“El poco dinero que nos quedó sirvió para comer en la calle. Dimos con este carrito (las comidas móviles que da la secretaría de Bienestar), comíamos de lunes a viernes, y el fin de semana no faltaba quien nos regalaba un taco”, explica Inciso.

Los comedores móviles son uno de los apoyos que ofrece la Ciudad de México a las personas más vulnerables. También hay unas brigadas médicas que recorren la ciudad y la opción de resguardarse en albergues. Lo que no hay son apoyos para que personas como esta pareja tengan acceso a rentas económicas.

“Nunca imaginamos que estaríamos así”, dice García Vázquez.

Su primera noche en la calle fue en el parque de la Artes Gráficas, en la colonia Doctores. 

“Los primeros días son algo de pena”, dice el hombre.

“La gente se te queda viendo. Te estás levantando del pasto, de una jardinera”, añade ella.

“Es incómodo. Lo difícil es cuando la gente se da cuenta de que vives en la calle y te tratan de humillar”, sentencia él. Como las veces en que desconocidos se han acercado a ella para ofrecer dinero a cambio de sexo. O el día en el que dos tipos saltaron sobre ella para abusar. Él estaba en un Oxxo comprando una botella de agua cuando escuchó los gritos. Salió corriendo y logró echarlos a golpes, pero ese es de los sustos que se quedan guardados. 

Al relatar los momentos más terribles de su estancia en la calle, los dos se toman de la mano y a los dos se les humedecen los ojos. Juntos se enfrentaron a un entorno hostil y amenazante y juntos, espalda contra espalda, sobrevivieron. 

Asustados después del intento de agresión sexual que sufrió García Vázquez, cambiaron el parque de las Artes Gráficas por las inmediaciones del Hospital General. Allí conocieron a los integrantes del colectivo El Caracol, que trabaja con población callejera desde hace 26 años. Los activistas reparten información sobre el coronavirus, explican los riesgos de contagio y donan kits de limpieza para personas que apenas tienen acceso a agua potable. Pero la emergencia los ha obligado a cambiar algunas de sus actividades. 

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En el caso de esta pareja, la labor de El Caracol permitió sacarlos de la calle y pagar durante un par de meses un cuartito en una casa de huéspedes en el municipio de Nezahualcóyotl. Es una estancia humilde: un colchón en el suelo, unas mantas y unos cajones para guardar la ropa. Entre las almohadas, una muñeca de plástico. 

Recuerda Enrique Hernández, director de la asociación civil, que durante la crisis han detectado gente como esta pareja: personas que vivían en una economía precaria pero que no habían caído en la indigencia. Gente que necesita ayuda pronto para que la costumbre no haga que la calle los absorba, sin que exista un programa del gobierno para apoyarlos.

El día que Rivera Inciso y García Vázquez vieron su nuevo cuarto se echaron a llorar. “Era como haber ganado un campeonato”, dice él.

Acomodados en su habitación, ahora buscan los recursos para levantar de nuevo su negocio: tres baldes y un carrito con el que vender nieves en la Roma, la Doctores y la Obrera. Solo esperan que la próxima vez que pase una camioneta blanca con el logo de la alcaldía Cuauhtémoc, no corran con la misma “mala suerte”. 

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'Fuimos héroes pero ya nos olvidaron': Los médicos italianos que enfrentaron la pandemia

Ahora que Italia ha superado el auge de la pandemia, el personal médico de ese país dice que está sintiendo el trauma tras haber encarado la emergencia.
27 de mayo, 2020
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Los doctores y enfermeras en Italia han sido elogiados como héroes por haber atendido y tratado a pacientes extremadamente enfermos con coronavirus.

Pero ahora ellos están sufriendo.

Lombardía fue la región del mundo más afectada y el personal médico está teniendo dificultades tratando de mantener la cordura.

Paolo Miranda es un enfermero de cuidados intensivos en Cremona. “Estoy más irritable”, confiesa. “Me enojo fácilmente y busco pleitos”.

Hace unas semanas, Paolo decidió documentar la desoladora situación dentro de una unidad de cuidados intensivos tomando fotografías. “Nunca quisiera olvidar lo que nos ocurrió. Pronto estará consignado a la historia”, me cuenta.

Una enfermera con la cara cubierta con una máscara en un entorno oscuro

Paolo Miranda
“Teníamos que combatir un enemigo. Ahora que tengo tiempo para reflexionar, me siento tan perdida, sin dirección”.

En sus fotografías, quiere mostrar cómo sus colegas están lidiando con la “Fase 2”, a medida que la vida regresa a la normalidad en Italia.

“Aunque la emergencia se está calmando, nos sentimos rodeados de oscuridad“, señala. “Es como si estuviéramos llenos de heridas. Cargamos internamente todo lo que hemos visto”.

Pesadillas y sudores nocturnos

Es un sentimiento compartido por Monica Mariotti, también una enfermera de la unidad de cuidados intensivos. “Las cosas son mucho más difíciles ahora que durante la crisis”, afirma.

“Teníamos que combatir un enemigo. Ahora que tengo tiempo para reflexionar, me siento tan perdida, sin dirección”.

Durante la crisis, el personal estaba abrumado y no tenía tiempo para pensar. Pero, a medida que la presión de la pandemia se desvanece, igualmente lo hace la adrenalina.

Todo el estrés acumulado durante las últimas semanas empieza a subir a la superficie.

Un enfermero con la cara cubierta con una máscara en un entorno oscuro

Paolo Miranda
“Es como si estuviéramos llenos de heridas. Cargamos internamente todo lo que hemos visto”.

“Tengo insomnio y pesadillas”, dice Monica. “Me despierto 10 veces todas las noches con el corazón acelerado y sin aliento”.

Su colega Elisa Pizzera recalca que se sintió fuerte durante la emergencia pero que ahora está exhausta.

No tiene energía para cocinar ni encargarse de los quehaceres en la casa y, cuando tiene un día libre, se pasa la mayor parte del tiempo sentada en el sofá.

No es el “nuevo normal”

Martina Benedetti, una enfermera de cuidados intensivos en Toscana, todavía rehúsa ver a la familia y amigos por temor de infectarlos.

“Inclusive mantengo la distancia social con mi esposo”, confiesa. “Dormimos en cuartos separados”.

Una joven enfermera con la cara irritada por el uso de una máscara

BBC
“No estoy segura de que quiera seguir siendo una enfermera”.

Hasta las cosas más sencillas se han vuelto demasiado. “Cada vez que salgo a caminar, me siento ansiosa y tengo que regresar a casa inmediatamente”, reconoce Martina.

Ahora que finalmente tiene tiempo para reflexionar, está llena de inseguridades.

“No estoy segura de que quiera seguir siendo una enfermera”, me cuenta. “He visto más gente morir en los últimos dos meses que durante seis años”.

Alrededor de 70% de trabajadores de la salud que se ocupaban de covid-19 en las regiones peor afectadas de Italia están sufriendo de agotamiento, según un estudio reciente.

“En realidad, este es el momento más difícil para médicos y enfermeras”, explica Serena Barello, autora del estudio.

Cuando enfrentamos una crisis, nuestro cuerpo produce hormonas que nos ayudan a manejar el estrés.

“Pero, cuando finalmente tienes tiempo de reflexionar sobre lo sucedido, y la sociedad sigue hacia adelante, todo se te puede derrumbar y te sientes más cansancio y angustia emocional”, dice la doctora Barello.

Un enfermero con lesiones en su nariz y pómulos causadas por equipo de protección

Paolo Miranda
“De repente nos convertimos en héroes, pero ya nos han olvidado”

Se preocupa que muchos médicos y enfermeras sufrirán síntomas de trastorno por estrés postraumático (TEPT) mucho después de la pandemia.

Esto es cuando el impacto de una experiencia traumática afecta la vida de una persona, meses y hasta años después.

Para los trabajadores de la salud, esto podría dificultar sus habilidades de continuar trabajando con la intensidad y concentración que sus trabajos requieren.

Héroes olvidados

Alrededor del mundo, los médicos y enfermeras en las primeras líneas están siendo elogiados como héroes por arriesgar sus vidas para tratar a los pacientes. Pero en Italia, ese aprecio se está desvaneciendo.

“Cuando estaban temiendo la muerte, de repente todos nos volvimos héroes, pero ya nos han olvidado”, dice Monica.

“Volveremos a ser vistas como personas que limpian culos, perezosas e inútiles”.

Una enfermera con la cara cubierta con una máscara en un entorno oscuro

Paolo Miranda

En Turín, unas enfermeras recientemente se encadenaron y se pusieron bolsas plásticas, en referencia a cómo tuvieron que improvisar en los hospitales por escasez de equipos de protección personal.

Realizaron la manifestación para exigir reconocimiento por su labor.

“En marzo fuimos héroes, ahora ya nos han olvidado“, gritó una enfermera a través de un megáfono.

Les habían prometido un bono por su trabajo pero todavía no se ha materializado.

Sin escape

Por lo menos 163 médicos y 40 enfermeras han muerto de covid-19 en Italia. Cuatro de estas muertes fueron suicidios.

No obstante, muchos trabajadores de la salud ahora sienten como si la pandemia nunca hubiera sucedido. “Me siento abrumada por la ira“, indica Elisa Nanino, una médico que atendió casos de covid-19 en hogares de cuidado

Desde que se levantó el confinamiento, constantemente ve a personas bebiendo y comiendo juntas sin máscaras protectoras y sin mantener el distanciamiento social.

Me gustaría acercarme a ellos y gritarles en la cara, decirles que están poniendo a todos en peligro”, dice. “Es una gran falta de respeto hacia mí y todos mis colegas”.

Pero una cosa en la que todos los trabajadores de la salud coinciden es el apoyo del público les ayudó a sobrellevar la crisis.

Una enfermera con equipo de protección personal

Paolo Miranda

“No soy ningún héroe, pero me hizo sentir importante”, señala Paolo.

El reconocimiento público es la manera más poderosa que tenemos para ayudar a los trabajadores de la salud que enfrentan TEPT, según el estudio de la doctora Barello.

“Todos nosotros tenemos un papel crucial que jugar en este momento”, señala. “Debemos asegurarnos de no olvidar lo que médicos y enfermeras hicieron por nosotros”.

Los soldados pueden abandonar el campo de batalla y lidiar con su trauma en casa. Pero para estos médicos y enfermeras, el próximo turno de 12 horas siempre está a la vuelta de la esquina.

Tienen que lidiar con todo esto en el mismo lugar donde han sufrido tanto.

“Me siento como un soldado que acaba de regresar de la guerra”, explica Paolo. “Obviamente no vi armas ni cadáveres en la calle, pero de muchas maneras, siento como si hubiera estado en las trincheras”.

Enlaces a más artículos sobre el coronavirus

BBC

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