Las batallas para aprender en casa: así se ven las clases durante la pandemia
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Foto: Koral Carballo

Las batallas para aprender en casa: así se ven las clases en medio de la pandemia

Seis fotógrafos mexicanos documentaron la vida de niños y niñas afectados por el cierre de escuelas en México.
Foto: Koral Carballo
Por Quinto Elemento Lab / Colectivo fotográfico Trasluz Photo, con textos de Stephania Corpi
25 de septiembre, 2020
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Durante el primer semestre de 2020, mil quinientos millones de niños y adolescentes en el mundo fueron afectados por el cierre de las escuelas debido a la pandemia, según la UNESCO. En México casi 31 millones de niños vieron interrumpidas sus clases, sus juegos, los paseos en bicicleta y las travesuras con amigos a la salida de la escuela. 

Mientras sus padres y madres ganan menos o se enferman o batallan para conservar el empleo, los chicos, lejos de la escuela y de sus amigos, están confundidos y ansiosos. Antes de la llegada del coronavirus, uno de cada cinco niños mexicanos ya batallaba contra la pobreza. Las cifras tras la pandemia prometen ser peores.

La educación a distancia, la solución para que los niños no pierdan el año escolar, plantea retos particulares en un país donde solo el 52.9% de los hogares cuentan con conexión a Internet, según cifras oficiales. Y en donde, además, buena parte de los estudiantes que se alimentaban con las seis millones de raciones de comidas escolares que se reparten todos los días en las escuelas deben encontrar la forma de no quedarse con el estómago vacío.

De la austeridad de la laguna de Alvarado en Veracruz a los elegantes departamentos en Polanco en Ciudad de México, de los niños que debieron salir a trabajar a la calle con sus padres y madres a los niños que tuvieron que quedarse solos en casa, paliar la ansiedad, la incertidumbre y las crisis de ansiedad y angustia ha sido un reto nuevo para todos. La SEP fue la gran ausente. En la primera mitad del año, su programa “Aprende en casa” llegó por canales de televisión que no tenían cobertura nacional, los horarios mezclaban preescolar y primaria durante tres horas, los maestros tuvieron que utilizar las herramientas que ellos mismos encontraron para sobrellevar la educación a distancia. 

Por supuesto, esta no es la película completa. Es apenas una serie de instantáneas de las múltiples infancias de los distintos Méxicos y del desafío que han debido enfrentar en circunstancias excepcionales. Y que, con casi toda seguridad, seguirán enfrentando en los próximos meses, durante el nuevo curso escolar.

***

Sarah, 7 años

Ciudad de México

“¿Podríamos hablar de algo más que no sea coronavirus, por favor? Me da miedo”, dijo Sarah un día en la mesa familiar. A principios de la pandemia, su bisabuela murió por COVID y Sarah, una niña de 7 años, se dio cuenta de lo peligroso que era el virus, aunque no entendía que se trata de una amenaza microscópica. 

Llegó en enero a México, después de dejar a sus amigos en Costa Rica, antes en Perú, donde pasó los últimos años debido a las constantes mudanzas del trabajo de su papá. Por culpa de los calendarios escolares en la Ciudad de México había adelantado curso, no dejaba de sentirse la niña nueva del salón. “Siento que la cuarentena ha durado 100 años”, dice Sarah, quien pese a volver a su país natal, aún no consigue reencontrarse con él, ni visitar a sus abuelos en San Luis Potosí por la pandemia. Le falta el colegio, los juegos, hacer nuevos amigos; al final extraña a los de aquí y a los de allá.

Sara decide con su madre qué actividad realizar en la plataforma web de su escuela en su departamento en la colonia Polanco, en la Ciudad de México, el lunes 29 de Junio del 2020.

Cuando no está en la vieja laptop de mamá siguiendo las clases por Padlet, hace sesiones de Yoga por Zoom, se disfraza de robot y construye castillos en su cuarto, pero el encierro y la escuela a distancia le han sido difíciles y a ratos dolorosos. En casa solo está con adultos. Según un estudio de Save the Children, el 65% de los niños a nivel mundial están sufriendo por el aburrimiento y aislamiento producto de la pandemia. Uno de cada cuatro, está experimentando ansiedad. Cuando Sarah ya no puede más, hace alguna rabieta y llora abrazando en su cuarto a Lima, su perro adoptado. “¿Esto es un COVID?” le pregunta asustada a su papá, confundiendo una semilla verde y espinuda de un árbol liquidambar a un par de cuadras de su casa.

Fotos: Luis Antonio Rojas / Fotoperiodista independiente y explorador de National Geographic

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Brian, 18 años 

Veracruz

 

Sara, 11 años

Veracruz

Brian y Sara viven en un México excepcional: habitan en el 1% del país que no cuenta con electricidad. Como ellos hay un millón y medio de personas que no pueden encender un foco para leer cuando ya se metió el sol, ni enchufar el celular si se queda sin batería. 

Ambos viven en una casa a orillas de los ríos Papaloapan y Blanco que desembocan en la Laguna de Alvarado. Están aislados de la vida citadina y del propio virus. En sus casas cocinan con leña, al igual que el 11% de los hogares mexicanos, y, excepto por celulares muy sencillos con pocas funciones y que rara vez tienen señal, ninguno de los dos cuenta con aparatos como tableta, computadora o impresora, que les faciliten seguir cursos a distancia.

Kevin Zamudio, 11 años, busca ropa con una linterna al interior de su casa. Kevin y Brian han sido unos de los estudiantes afectados por la pandemia del Covid-19 al vivir en una comunidad sin energía eléctrica ni internet para poder realizar sus actividades académicas.

Cargar la batería del celular para mandar tareas es ya un trabajo en sí. “Cargamos con placas solares y cuando ya tiene un poco uno pasa en un bote al otro lado del río para buscar señal y así mandar mis tareas”, relata Brian, quien sueña con ganar una beca del gobierno y poder ser biólogo marino.

Para poder continuar su educación vía WhatsApp, Sara tenía que navegar entre los brazos del río Limón y los manglares cerca de la laguna Alvarado en busca de señal. Solo así podía hacer llamadas, mandar tareas o resolver dudas con la maestra. El esfuerzo de aprender sin ir a clases también ha sido psicológico. “Los primeros días solo me dormía y me despertaba a ver la tele”, cuenta. Sara estudia sexto año de primaria y espera algún día ser abogada.

Fotos: Felix Márquez / Periodista visual miembro de Trasluz Foto, colaborador de The Associated Press

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Itzel, 10 años

Guerrero

 

Zuria, 5 años

Guerrero

 

Adhara, 3 años

Guerrero

 

Itzel, Zuria y Adhara tuvieron mucho miedo cuando empezó la pandemia. Su padre tuvo que aislarse un mes pensando que en su último viaje se había contagiado de COVID y la única comunicación que tenían era por videollamada. Itzel dice que “se siente estresada sin poder salir a ningún lado. Además, cada vez hay más casos en Ciudad de México y da mucho miedo perder a alguien que quieres”. 

La familia no es ajena al trauma y la tensión. En 2013 el crimen organizado los marcó cuando tres miembros de su familia formaron parte de las miles de personas desaparecidas en México. Y a las niñas sus padres les hablan con la verdad. Ellas saben que un tío enfermó de COVID; que hay otros vecinos que ya perdieron la batalla contra el coronavirus; que, aunque la plaza esté llena ellas solo pueden ir a ver a los abuelos usando tapabocas y sin acercarse mucho. 

Zuria (5) Proyección sobre la tierra y el sistema solar.

Cuando juegan en la azotea las dos más pequeñas preguntan si algún día podrán volver a salir. Por suerte, la creatividad de su padre, quien también las fotografía, las lleva siempre a soñar. Gracias a un proyector y Netflix, se imaginan que podrán ser astronautas y huir a otros mundos. 

Fotos: Yael Martínez / Fotógrafo documental. Becado del W. Eugene Smith Fund Grant (2019)

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Brisa, 17 años

San Luis Potosí

 

Daniela, 18 años

San Luis Potosí

 

La graduación de preparatoria de Brisa fue en línea. No hubo vestidos, ni idas al maquillista, ni enormes fiestas. Transcurrió, como buena parte de su último año escolar, en una pantalla de 15 pulgadas. 

Brisa vive en una comunidad rural llamada Jalpilla, y desde ahí llevó sus clases por WhatsApp, recibía los ejercicios de estadística, las lecturas de la clase de filosofía y los deberes de todas sus asignaturas, una ventaja con la que no contaron muchos de sus compañeros, que no tienen Internet en casa. Para quitarse la ansiedad, Brisa pasó la cuarentena cosechando piñas y plátanos en el terreno que tiene la familia y viendo recetas en YouTube para hacer sus platillos favoritos. Adelina, la madre de Brisa, es una maestra rural indígena, bilingüe, que a principios de la pandemia iba de casa en casa en las comunidades nahuas y teenek dejándoles a sus alumnos las tareas hasta que se lo prohibieron para evitar contagios. 

Brisa  (17 años, pasa a universidad), escucha a Francisca  le explica el procedimiento para recibir su certificado de preparatoria.

Al igual que Brisa, Daniela, quien vive en otro poblado de Axtla, culminó el último año de bachillerato a través de la pantalla. Recibía clases, deberes y demás mensajes vía WhatsApp y la plataforma Classroom de Google, aunque dice que algunos profesores no sabían usarla y les costó aprender a comunicarse y enseñarles por ahí. Cuando le tocó graduarse del Bachillerato Técnico en Soporte y Mantenimiento de Equipo de Cómputo, hizo una diminuta reunión familiar y vivió la ceremonia a través de un proyector que ampliaba la imagen en la pared de su casa . Brisa y Daniela postularon al competido examen de medicina de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en Ciudad Valles.

Fotos: Mauricio Palos / Fotógrafo documental y promotor cultural. Colaborador de Bloomberg. 

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Briana, 6 años

Querétaro

 

Desde que se suspendieron las clases, Briana tuvo que acompañar a su madre, Diana, al trabajo en un puesto de periódicos en el centro histórico de Querétaro. Sin peatones en la ciudad bajaron las ventas de revistas, periódicos, chicles, chocolates e imágenes religiosas de Jesucristo Misericordioso. Como mucho, ahora ganan 200 pesos al día, no llegan ni a la mitad de sus ganancias anteriores, y hay que restar los 56 del transporte, donde pasan dos horas yendo al trabajo y dos horas volviendo a casa. 

Briana y su madre compensaron la falta de clases con juegos y deberes que se inventaban utilizando la mercancía que no se vendía: un memorama desplegable con ojos de animales, un ejercicio de origami para la motricidad que se encontraron en una revista, otro de atención visual donde tenía que encontrar personajes en una plantilla. Para trabajar la caligrafía, su madre la ponía a copiar titulares de periódico. Los esfuerzos dieron fruto. Briana ya está en primaria pese a no haber tenido Internet ni un celular para conectarse con sus maestros. 

Briana  observa su ceremonia de graduación de grado preescolar desde el puesto de periódicos de su tía en el celular de su prima, el 19 de junio del 2020.

El cuadernillo que tenía que completar le llegó más tarde porque no tenían un teléfono conectado a Internet. Briana y su madre forman parte del 29,9% de la población mexicana mayor de 6 años que no cuenta con acceso a la red. Llamaron a su tía para que ella lo recibiera por WhatsApp y así Briana pudo cumplir el requisito para graduarse. Cuando lo consiguió, ella, su madre y su tía festejaron en el puesto de periódico, desde donde se conectaron a la ceremonia de graduación. Fue a través de Zoom con el celular de su prima y lo que más le conmovió fue volver a ver a su maestra. 

Selene Ugalde / Periodista visual miembro de Trasluz Foto.

***

Ariadna, 10 años

Puebla

 

Aleida, 50 años

Profesora 

Puebla

 

Ariadna es una alumna muy responsable y creativa. Su madre Jessica, secretaria, y su padre Raúl, técnico eléctrico, han hecho malabares para no ser de los 1.1 millones de mexicanos con empleos formales que se han quedado sin trabajo durante la pandemia hasta julio. Siempre preocupados por el bienestar de sus dos hijos, utilizaron unas cámaras que ya tenían instaladas en casa cuando tuvieron que dejarlos solos. Ariadna y Arturo, gemelos, seguían clases a distancia por las clases genéricas que veían en televisión y las tareas a través de WhatsApp, pero al final, el programa que marcaban las autoridades escolares hacía más complicado el trabajo para los niños. “Me paraba todos los días a las 7:00 para ver la clase de mi hermano. A las 10:00 veía la mía y después esperar a que diera la 1:00 para ver la última parte”, explica Ari que ayudaba también a su hermano a hacer sus tareas.

Cuando su maestra Aleida se dio cuenta que los niños necesitaban clases personalizadas para poder seguir el año escolar, dejaron la currícula de “Aprende en Casa” a través de la televisión.  

Ari, de 9 años, en clase teatro musical durante el periodo de confinamiento por el virus COVID-19. Junio 2020.

A pesar de que la pandemia significó extender su horario y trabajar de 8 de la mañana a 9 de la noche, cuando Aleida veía el compromiso de niños y padres por mandar sus tareas, se sentía reconfortada. “Dejé de ser sólo la maestra en el aula, pude meterme de manera virtual a sus casas, porque me mandaban fotos y audios en su cotidianidad. Fue una experiencia íntima”, explica.

Sus días en cuarentena se van en preparar y dar las clases a distancia, hablar con padres y alumnos por WhatsApp, revisar tareas, además de cuidar a sus nietos Iker y Kenia, los hijos de su hijo que falleció hace años. Termina exhausta y muy estresada, por lo que empezó clases de yoga en línea.

Fotos: Koral Carballo / Fotógrafa, miembro de TRASLUZ Foto y RUDA Colectiva.

Este reportaje forma parte de la serie COVID-19 en México, producida por Quinto Elemento Lab

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Lo que los últimos estudios revelan sobre cuántas horas de sueño necesitas para pensar y sentirte mejor

Lograr dormir las horas suficientes de forma regular es crucial para mantener el funcionamiento normal del cerebro, así como para mejorar el estado de ánimo y el comportamiento tanto de niños como de adultos.
Por Barbara Jacquelyn Sahakian, Jianfeng Feng y Wei Cheng / BBC News Mundo
6 de mayo, 2022
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La mayoría de nosotros tiene problemas para pensar claro después de pasar una noche de mal sueño, con la mente nublada y la incapacidad de funcionar como de costumbre en la escuela, la universidad o el trabajo.

Podrás notar que no te concentras bien o que tu memoria no está en su punto. Como quiera que sea, décadas de mal sueño pueden potencialmente producir una disminución cognitiva.

El mal sueño también afecta el estado de ánimo y el comportamiento de las personas, ya sean niños o adultos. De manera que, ¿cuánto sueño necesita nuestro cerebro para poder operar apropiadamente a largo plazo? Nuestra nueva investigación, publicada en Nature Aging, ofrece una respuesta.

El sueño es un componente importante para mantener el funcionamiento normal del cerebro. El cerebro se reorganiza y se recarga durante el sueño. Además de remover los desperdicios tóxicos y fortalecer nuestro sistema inmune, el sueño también es clave para la “consolidación de la memoria”, durante la cual nuevos segmentos de recuerdos basados en nuestras experiencias son transferidos a nuestra memoria de largo plazo.

Una cantidad y calidad óptima de sueño nos permite tener más energía y mejor bienestar. Posibilita el desarrollo de nuestra creatividad y pensamiento.

Investigadores que observaron a bebés entre los tres y 12 meses notaron que un mejor sueño está asociado a mejores resultados de comportamiento en el primer año de vida, como la habilidad de adaptarse a nuevas situaciones o la regulación eficiente de la emoción.

Hay importantes cimientos fundamentales para el conocimiento, incluyendo la “flexibilidad cognitiva” (que nos permite cambiar de perspectiva fácilmente), y que están vinculados al bienestar posterior en la vida.

La regularidad del sueño parece estar conectada a la “red neuronal por defecto” (RND), que involucra a las regiones que están activas cuando estamos despiertos pero sin que estemos haciendo una tarea específica, como cuando descansamos mientras nuestra mente vaga.

Esta red incluye regiones que son importantes para la función cognitiva, como la corteza cingulada posterior (que se desactiva durante las funciones cognitivas), los lóbulos parietales (que procesan la información sensorial) y la corteza frontal (implicada en la planeación y cognición compleja).

Ilustración con la silueta de un hombre dormido y el cerebro y sistema nervioso superpuesto

Getty Images
El cerebro se reorganiza y se recarga durante el sueño.

Hay señales de que, en adolescentes y adultos jóvenes, el mal sueño puede estar asociado con cambios de conectividad dentro de esta red. Esto es importante porque nuestros cerebros todavía se están desarrollando hasta entrada la adolescencia y en la temprana adultez.

La alteración de esta red puede entonces tener un efecto colateral en la cognición, como la interferencia en la concentración y el procesamiento basado en el recuerdo, así como en procesos cognitivos más avanzados.

La alteración de los patrones de sueño, incluyendo la dificultad de caer y permanecer dormido, son características significativas del proceso de envejecimiento. Estas alteraciones del sueño son candidatos altamente verosímiles a ser contribuyentes a la disminución cognitiva y los desórdenes psiquiátricos en gente mayor.

Siete horas, pero no más ni menos

Una mujer de mediana edad con dificultades para dormir

Getty Images
Todos reaccionamos diferente a la falta de sueño.

El objetivo de nuestro estudio es conocer mejor el vínculo entre el sueño, la cognición y el bienestar.

Encontramos que tanto el sueño insuficiente como el excesivo contribuían a una deficiencia en la función cognitiva de una población de mediana a avanzada edad de 500 mil adultos tomados del UK BioBank (un banco de datos biomédicos en Reino Unido).

Sin embargo, no estudiamos a los niños ni adolescentes, y como sus cerebros todavía se están desarrollando, es posible que requieran diferente duración de sueño óptimo.

Uno de nuestros descubrimientos clave fue que siete horas de sueño cada noche era óptimo, con más o menos que eso aportando menos beneficios en cognición y salud mental.

De hecho, encontramos que las personas que durmieron esa cantidad tuvieron en promedio mejores resultados en exámenes cognitivos (incluyendo velocidad de procesamiento, atención visual y memoria) que aquellos que durmieron más o menos. Los individuos también necesitan consistentemente siete horas de sueño, sin mucha fluctuación en duración.

Dicho eso, todos respondemos ligeramente diferente a la falta de sueño. Descubrimos que la relación entre la duración del sueño, la cognición y la salud mental estaba mediada por la genética y la estructura cerebral.

Observamos que las regiones del cerebro más afectadas por la privación de sueño incluían el hipocampo, bien conocido por su papel en el aprendizaje y la memoria, y las regiones de la corteza frontal, implicada en el control vertical de la emoción.

Una doctora examina a un hombre mayor

Getty Images
La privación del sueño puede afectar el aprendizaje y la memoria.

Pero, aunque la falta de sueño puede afectar nuestros cerebros, también puede ocurrir a la inversa.

Es posible que el encogimiento asociado con la edad de las regiones del cerebro involucradas en la regulación del sueño y la vigilia contribuya a los problemas para dormir más adelante en la vida. Puede, por ejemplo, reducir la producción y secreción de melatonina, una hormona que ayuda a controlar el ciclo de sueño, en adultos más viejos.

Este descubrimiento parece sustentar otra evidencia que sugiere que hay un vínculo entre la duración del sueño y el riesgo de desarrollar enfermedad de Alzheimer y demencia.

Mientras siete horas de sueño son óptimas para protegernos contra la demencia, nuestro estudio indica que dormir lo suficiente también puede ayudar a aliviar los síntomas de la demencia protegiendo la memoria.

Esto realza la importancia de monitorear el sueño en pacientes mayores con desórdenes psiquiátricos y demencia para poder mejorar sus funciones cognitivas, salud mental y bienestar.

Cómo mejorar nuestro sueño

Un buen comienzo es asegurarnos de que la temperatura y la ventilación en nuestros dormitorios sean buenas: deberían estar frescas y aireadas.

También podrías evitar beber mucho alcohol y no ver películas de terror u otro contenido alarmante antes de irte a la cama. Idealmente, deberías estar en un estado calmado y relajado cuando intentas entrar en sueño. Pensar sobre algo agradable y relajante, como la última vez que estuviste en la playa, funciona para muchos.

Una mujer de espaldas dentro de un mar cristalino observando una idílica isla en la distancia

Getty Images
Piensa en un momento agradable que tuviste para relajarte y poder dormir.

Soluciones tecnológicas como las apps o dispositivos personales también pueden beneficiar la salud mental, así como registrar el sueño y garantizar la consistencia de la duración del sueño.

Para disfrutar la vida y funcionar óptimamente en la vida diaria, podrías entonces monitorear tus propios patrones de sueño para asegurarte de que estás obteniendo siete horas de sueño de manera regular.

*Barbara Jacquelyn Sahakian es profesora de Neuropsicología Clínica y Christelle Langley es investigadora asociada de posdoctorado en Neurociencia Cognitiva, ambas de la Universidad de Cambridge; Jianfeng Feng es profesor de Ciencia y Tecnología para la Inteligencia Inspirada en el Cerebro y Wei Cheng es principal joven investigador de Neurociencia, ambos de la Universidad de Fudan. Su artículo original fue publicado en The Conversation, cuya versión en inglés puedes leer aquí.


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