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“El COVID nos trajo discriminación”: Niegan empleo por tener diabetes, hipertensión y obesidad

En plena pandemia y crisis económica estar enfermo y padecer alguna enfermedad crónica es un obstáculo para encontrar trabajo.
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17 de septiembre, 2020
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“Se solicita personal. Requisitos: No contar con enfermedades de ningún tipo, ni crónicas, como hipertensión, diabetes, obesidad. Ser mayor de edad y hasta 55 años”. Este es uno de los más de nueve anuncios similares que ha encontrado Alberto en bolsas de trabajo en los últimos tres meses. Él tiene diabetes y también es hipertenso.

Desde febrero su situación es complicada. La empresa en la que laboraba como contador hizo recorte de personal y él se quedó sin empleo. A pesar de la pandemia por COVID-19 ha seguido buscando trabajo, pero no ha conseguido nada en más de 5 meses.

Lee: COVID deja temporalmente sin empleo a casi 12 millones de personas y reduce ingresos de empleados

“Sí, hay miedo, pero la necesidad es más fuerte. La liquidación que me dieron me da para sobrevivir un mes más”, cuenta.

Al inicio de año el principal obstáculo que le ponían los reclutadores era la edad. “Ellos necesitan gente máximo de 45 o 48 años, y yo tengo 56. No he dejado de mandar solicitudes, pero no ha salido nada”.

Ahora, cuando Alberto ve en las vacantes un rango mayor de edad y que él puede postularse al puesto, encuentra algo que no había detectado en su búsqueda a inicios de año: las empresas no se quieren arriesgar a contratar gente con alguna comorbilidad.

“He intentado trabajar como empleado general en fábricas, pero te reciben hasta los 40. Incluso me postulé a una vacante de limpieza ya en semáforo naranja en la CDMX y me dijeron que por la situación del COVID y mis enfermedades no me podían contratar”, comenta.

La edad ya no es la única limitante para hallar empleo. En plena pandemia y crisis económica estar enfermo y padecer alguna enfermedad crónica es un obstáculo.

Apenas en junio, frente a la unidad habitacional en la que vive en la alcaldía Gustavo A. Madero, Alberto puso junto a su esposa un puesto en donde vende por las tardes postres y antojitos en lo que encuentra trabajo.

“Mi esposa es secretaria y sigue trabajando desde casa, pero le recortaron su sueldo, así que decidimos vender para ayudarnos con los gastos”, cuenta el hombre que tiene dos hijas, una joven de 16 años, y otra de 18.

De acuerdo con los datos más recientes del Inegi, durante julio el número de trabajadores informales se incrementó en 1.7 millones, para alcanzar la cifra de 27.3 millones de personas que trabajan sin prestaciones, ni acceso a servicios de salud o ahorro para el retiro, como es el caso de Alberto.

Lee: Pedir un comprobante No-COVID es discriminatorio y hay que denunciarlo: López-Gatell

“Tenemos el estigma de estar enfermos” 

La diabetes, hipertensión, sobrepeso, obesidad, enfermedades pulmonares, del corazón o renales, son las principales condiciones médicas (comorbilidades) que aumentan el riesgo de muerte si se contrae COVID-19, de acuerdo con autoridades de Salud.

Además de los adultos mayores, las personas con padecimientos como cáncer, lupus, VIH, o autoinmunes, también están en el grupo de mayor vulnerabilidad en caso de contraer coronavirus. De contagiarse, tendrían mayores implicaciones ante un sistema inmune debilitado.

La Secretaría de Salud indica que el número mayor de fallecidos por COVID está entre quienes padecen hipertensión (44.64%), diabetes (38.16%), y obesidad (24.46%).

Para una persona con algunos de estos padecimientos, enfermar de COVID es muy peligroso y la recomendación desde el inició de la pandemia fue quedarse en casa y guardar sana distancia, pero ante la situación económica, para muchos ha sido imposible.

“El COVID nos trajo discriminación, tenemos el estigma de estar enfermos y que podemos morir. “Nos cierran las puertas, pero cada caso es distinto, eso deberían ver las empresas. De qué me sirve quedarme en casa si no tengo para vivir”, señala Alberto.

Algunas empresas no quieren arriesgarse a contratar a población en riesgo, cubrir su seguridad social, mandarlos a trabajar desde casa o descansarlos cuando el semáforo epidemiológico cambie. Sin embargo, poner como requisitos en las vacantes no tener ninguna enfermedad −en particular algún padecimiento crónico−, para ser contratados, es discriminatorio.

También se ha detectado que hay empleadores que exigen presentar un “comprobante” de que no se padece COVID-19, como documentó Animal Político en un reportaje previo. La prueba se está volviendo un requisito indispensable, como si fuera comprobante de estudios, para poder tener un empleo.

De acuerdo con la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), estas prácticas son discriminatoria y las empresas se justifican por las medidas que han dispuesto las autoridades.

A nivel estatal incluso ya hay recomendaciones por parte de organismos de derechos humanos − principalmente en el norte del país−, donde empresas maquiladoras despidieron y no están contratando a personas con alguna comorbilidad. Y es que el rechazo o discriminación laboral resulta violatorio al derecho al trabajo.

“Las empresas buscan gente sana” 

Sara, de 32 años, se postuló a una vacante para desarrollar proyectos de marketing. Aunque tiene empleo, debido a la crisis económica su sueldo fue recortado 30%, así que decidió buscar nuevas oportunidades.

Mandó su CV y le agendaron una entrevista por internet. La reclutadora le dijo que tenía un buen perfil, que le interesaba conocer más de sus logros laborales y también le informó de las prestaciones que la empresa ofrecía.

La conversación, cuenta Sara, marchaba bien hasta que la reclutadora le preguntó cómo había llevado la pandemia hasta ahora en su actual trabajo y si había escuchado que tener sobrepeso era muy riesgoso ante el COVID-19.

Desde hace dos años Sara está 6 kilos arriba de su peso por problemas con su tiroides. A pesar de que está en tratamiento su peso no es constante, sube y baja. La preocupación, ansiedad y estrés por las mismas noticias que escucha sobre el coronavirus, por el recorte salarial y como solventar sus deudas han repercutido en su salud y hábitos alimenticios. Sara está ahora 14 kilos arriba de su peso.

“Me dijo que mi perfil era muy bueno, pero cuestionó si estaba atendiendo mi problema de obesidad, si ya estaba en algún tratamiento o dieta, que la empresa no se fijaba en lo físico pero que era importante que sus trabajadores se cuidaran porque no podrían estar dando permisos, que la empresa buscaba gente sana, más en plena pandemia porque no siempre se puede hacer home office”.

Le dijo que hay que presentar proyectos a clientes y en ocasiones viajar y quería saber si tenía algún padecimiento y en dónde se atendía.

“Tardé en responder. Me sorprendí mucho. En ninguna entrevista laboral me habían cuestionado eso. Sé de historias que prefieren a gente con buena presencia física, pero yo nunca había tenido problemas con esto. Esta fue la primera entrevista a distancia que hice y me dejó aún más deprimida”, cuenta Sara.

“Creo que merezco la oportunidad como cualquier persona, puedo tomar las medidas sanitarias como todos, he seguido trabajando, cuidando de no contagiarme. Sé que tengo un problema con mi tiroides y ahora se me salió un poco de control por cuestiones de ánimo, estrés, pero lo estoy atendiendo. No es posible que por estar gordita pierda un trabajo porque piensen que me voy a enfermar y estaré pidiendo permisos. Todos estamos en riesgo de contraer COVID. Quien me entrevistó me vio a través de la computadora, eso me hace sentir muy mal”, dice.

Te puede interesar: COVID-19 provoca caída histórica de empleo: se han perdido un millón 117 mil en 5 meses

No vivir en zonas de alto riesgo, lo que llegan a pedir

En una búsqueda que realizó Animal Político en dos bolsas de trabajo en línea con cobertura nacional, detectó al menos cinco ofertas laborales para el área administrativa en donde se pide no tener ninguna enfermedad de riesgo ante el COVID. Cuatro más en el área de ventas (en dos se pide no tener sobrepeso, y en dos no padecer ninguna enfermedad y comprobarlo con examen médico).

También dos vacantes en el sector bancario que exigen como requisito: “No pertenecer a un grupo de alto riesgo de contagio de SARS-CoV-2”. Dos puestos para empleados generales indica: “Indispensable no vivir en zonas de alto riesgo Covid”. Ambas ofertas laborales eran en la alcaldía Cuajimalpa.

En tres vacantes para el área de limpieza se detectó que pedían para ser contratados no padecer ninguna enfermedad, “jóvenes menores de 25 años sin factor de riesgo”. Y una más decía: “¿No te contratan por la edad? Te estamos buscando. Edad límite: 60 años. Indispensable no ser diabético, hipertenso, tener obesidad o algún problema del corazón o respiratorio”.

El Consejo Nacional Para Prevenir la Discriminación (Conapred) informó que desde el 19 de marzo al 11 de septiembre se han presentado 427 quejas relacionadas con el COVID-19. La entidad donde más quejas por discriminación se han presentado es la Ciudad de México, seguida del Estado de México, Veracruz y Jalisco.

La mayoría de las denuncias son de personas que han sido obligadas a trabajar estando en situación de riesgo (85), seguida de la negación u obstaculización de un servicio privado (82). En tercer lugar se ubican las denuncias por desempleo, negación de contratación, despido y disminución de salario (48).

Le siguen aquellas relacionadas con insultos, burlas, amenazas o maltratos (28); hostigamiento vecinal, condominal o en covivienda (27); hostigamiento laboral (28), e inobservancia de medidas de confinamiento o sanitarias (23).

De acuerdo con información del Conapred, son 12 las quejas relacionadas con la prohibición u obstaculización para trabajar; tres por expresiones discriminatorias, y una por discriminación por apariencia física.

Se registraron dos peticiones relacionadas con la búsqueda de empleo. En una de ellas se pedía para ingresar a laborar no ser portador de COVID-19, entre otras enfermedades. En otra, una persona de 42 años del Estado de México acudió a pedir empleo pero se lo negaron argumentando que “conforme al criterio adoptado por la empresa, las personas de esa edad forman parte de la población de alto riesgo de contraer COVID-19”.

Aunque podrían registrarse más casos, por lo regular la gente no denuncia, solo deja pasar las vacantes que encuentra con estas características.

Este es un ejemplo de una vacante publicada en Facebook y en una bolsa de trabajo que pide no tener alguna comorbilidad.

Ocultar información para trabajar

Eduardo Reyes, de 57 años, es abogado especializado en derecho migratorio. En febrero el despacho donde laboraba comenzó a tener problemas económicos que se agudizaron con la pandemia y perdió su empleo.

Debido a la relación que tiene con clientes y con el mismo despacho ha continuado llevando casos de manera independiente, pero ya no cuenta con un sueldo fijo ni con prestaciones.

En esa empresa trabajó durante 13 años, y aunque “no está en ceros” económicamente, desde hace seis meses busca un empleo. Se le ha dificultado debido a la edad. La mayoría de las ofertas ponen como límite de 45 hasta 55 años.

Para que ese obstáculo no sea mayor, Eduardo no dice a los reclutadores que padece asma. Cuando lo entrevistan o lleva formularios en donde lo cuestionan sobre su estado de salud pone que no padece ninguna enfermedad.

“Sí, lo hago porque mi asma no es muy grave y para que no sea un impedimento que me contraten. Hasta en invierno comienzan a atacarme los síntomas, pero puede pasar por una alergia o gripe de temporada”, cuenta en entrevista.

El panorama laboral y la complicada situación económica orilla a las personas a mentir u ocultar información sobre su estado de salud, lo cual es riesgoso tanto para la empresa como para el trabajador.

“Tengo buena experiencia laboral, formación académica, dos maestrías, diplomados, actualizaciones en mi área, tengo las habilidades, pero ya no la edad que se requieren. No debería existir este tipo de restricciones, ni por edad, ni por tener alguna enfermedad”, señala.

No hay manera, afirma Eduardo, que una persona con algún padecimiento que deba trabajar pueda aislarse por completo ante los riesgos de contagiarse de COVID, más cuando se pronostica una pandemia larga. “Es un privilegio que no todos tienen”.

De los 12 millones de personas que salieron de la Población Económicamente Activa en abril de 2020, regresaron ya alrededor de 7.2 millones para julio, pero aún hay 5 millones de personas que todavía no retornan al mercado laboral.

La tasa de desocupación en julio se ubicó en 5.4%, lo que representa a 2.8 millones de personas que no cuentan con un trabajo.

La población desocupada de 25 a 44 años representa el 50.7%, seguido del grupo de 15 a 24 años con 28%. Las personas de entre 45 a 64 años sin empleo durante el séptimo mes del año fue de 19.8%.

De acuerdo con la más reciente Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del Inegi, el 42.3% lleva hasta un mes sin laborar, el 35.5% hasta tres meses, y 18.4% lleva más de tres meses sin trabajo.

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Qué es la distimia, uno de los tipos de depresión más difíciles de diagnosticar

Puede comenzar en la niñez o en la adolescencia, antes de los 21 años.
7 de septiembre, 2022
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Ana Bacovis sintió los primeros síntomas de distimia —trastorno depresivo persistente—, en su preadolescencia. A los 13 años sufría de baja autoestima, tenía problemas con sus relaciones sociales y empezó a tener una visión oscura de la vida.

“Me veía como una persona muy realista, pero en realidad era pesimista. La gente acaba cayendo en una situación en la que se siente eso como normal”, dice esta comunicadora y servidora pública.

Sus padres tardaron un tiempo en darse cuenta de que el comportamiento de su hija era inusual. Los picos de ira e irritabilidad que tuvo fueron los indicios para que Ana buscara ayuda.

“Tenemos una visión distorsionada de la depresión. Yo tenía momentos de alegría, picos muy altos de euforia. Luego eso se acababa y venía la tristeza”, recuerda.

Incluso ya con los síntomas iniciales del trastorno, solo obtuvo un diagnóstico cuando ya tenía signos de depresión más avanzados. Al recibir atención médica, la joven se enteró de que sufría distimia y que presentaba un grado moderado de ansiedad.

Selfie de Ana Bacovis, una joven con el pelo azul.

Archivo personal
Ana Bacovis empezó a tener los primeros síntomas de distimia cuando era adolescente.

Al igual que Ana, es muy común que muchos pacientes reciban el diagnóstico de este tipo de depresión después de estar durante décadas viviendo con los síntomas. A menudo, los signos más evidentes se confunden con la personalidad, el “modo de ser” del individuo. Y esto puede hacer que haya un infradiagnóstico.

“La historia más común que hay es la de alguien que tiene algún tipo de depresión leve o distimia, pero solo cuando los síntomas de la depresión se vuelven más severos el paciente busca ayuda y descubre que padece el trastorno”, destaca Marcelo Heyde, médico psiquitatra y profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad Pontificia Católica de Paraná (PUCPR).

Qué es la distimia

El trastorno depresivo persistente es una forma crónica de depresión y puede comenzar en la niñez o en la adolescencia, antes de los 21 años. La distimia afecta aproximadamente al 6 % de la población mundial, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

La principal diferencia entre la distimia y el tipo clásico de depresión es que, en el que nos ocupa, la persona puede ser funcional y realizar sus actividades con normalidad. Sin embargo, trabajar, estudiar y otras acciones cotidianas son un poco más difíciles de hacer.

“Se pueden hacer las actividades pero con un costo mayor en la rutina y una productividad reducida debido a los síntomas. La persona es funcional, pero a costa de un mayor esfuerzo”, explica Márcia Haag, psiquiatra y profesora de la Universidad Positivo de Curitiba.

Según los expertos consultados por la BBC, aún no hay consenso sobre las causas de la distimia. Por lo general, el trastorno puede ser multifactorial y estar generado por factores estresantes durante la infancia, una presdisposición genética y biológica, un traumatismo o cuestiones sociales.

Un niño con la cabeza apoyada sobre su escritorio.

Getty Images
Esta forma crónica de depresión puede aparecer en la adolescencia.

“Es posible notar que en la fase adulta el paciente llegua a consulta y tiene llanto fácil, pero cuando se profundiza e investiga, se descubre que era un niño silencioso y con dificultades para relacionarse“, señala Bianca Breda, psicóloga y especialista en terapias cognitivas del Hospital de Clínicas de la Facultad de Medicina de la Universidad de São Paulo (FMUSP).

En el caso de Ana, descubrió que padecía esta enfermedad gracias a su trabajo en un centro de apoyo a niños y adolescentes víctimas de abuso sexual. Al tener atención psicológica en el lugar, la joven pudo entender lo que estaba pasando.

Cómo identificar la distimia y distinguirla de la depresión clásica

A diferencia de otros episodios de depresión, que son más fáciles de reconocer, la distimia tiene características propias “camufladas”.

Además de tener una duración mayor, los signos más comunes pueden manifestarse a través de cansancio, fatiga, baja autoestima, indecisión y pesimismo exagerado.

En la depresión común, la más conocida, la persona tiende a mostrar síntomas exacerbados de tristeza, desánimo, desinterés por las cosas, pérdida de apetito y otros signos que pueden ser percibidos por el entorno y por el propio paciente.

“En la depresión hay una mayor intensidad, el sufrimiento de una persona con depresión suele ser mayor y la clasificamos en leve, moderada y severa. Suele estar ligada a algún evento”, dice Breda.

No es la personalidad

La distimia se considera uno de los tipos de depresión más difíciles de diagnosticar y en muchos casos se confunde como algo “de la personalidad”·

Mujer mira al horizonte a través de una ventana.

Getty Images
La distimia se considera uno de los tipos de depresión más difíciles de diagnosticar y afecta aproximadamente al 6 % de la población mundial.

Debido a este error común, el diagnóstico suele ser tardío y perjudica a los pacientes en la búsqueda del tratamiento correcto, algo que puede tardar décadas.

Es fundamental, según los expertos, dejar de decir que cierta persona es aburrida, que es así y ha sido así toda su vida y que, por tanto, no cambiará más.

“La distimia viene de modo lento y sigiloso. Sin embargo, con los años, a pesar de ser leve, el impacto funcional es grande, ya que la persona se va ganando apodos y etiquetas de gruñón y malhumorado. Esto, que es culturalmente aceptado, va retrasando el diagnóstico y también refuerza el neuroticismo, un rasgo de la personalidad que hace que se vean las cosas de un modo negativo“, explica Heyde.

En el caso de Ana, tenía dificultades para relacionarse en la escuela pero no sabía por qué. “Siempre he tenido una inseguridad mucho mayor, sobre todo en el amor. Me bloqueaba mucho”, dice.

Ella creía que todos esos sentimientos eran parte de su actitud y que, con el tiempo, podría pasar. Pero eso no pasó y los cambios de humor se sucedieron con frecuencia.

Selfie de Ana Bacovis

Archivo personal
Desde que volvió a recibir asesoramiento psicológico, Ana ha notado una mejora significativa

“Quien tiene distimia tiene una relación muy conflictiva consigo mismo. En algún momento te acabas enfadando”, dice Ana.

Cómo buscar ayuda y tratar el trastorno

Es fundamental que el paciente busque ayuda temprana para evitar el infradiagnóstico. Muchas veces, cuando hay una queja específica sobre otra enfermedad no se busca apoyo psiquiátrico y, en general, se recibe el diagnóstico de esa otra dolencia y la distimina pasa desapercibida.

“La depresión en sí tiene hasta un 50 % de casos que no son diagnosticados por los médicos de atención primaria. Imagina lo que pasa con la distimia, donde una persona puede quejarse de sentir cansancio, fatiga y baja autoestima. Es bastante común asociarla con otras enfermedades psiquiátricas, trastorno de ansiedad y uso de sustancias“, dice Haag.

El diagnóstico tardío, refuerza el médico, también puede interferir en la aparición de otras enfermedades o empeorar cada una de ellas.

“La distimia y la depresión afectan al organismo de forma sistémica y puede hacer que empeoren algunos cuadros clínicos como la diabetes, hipertensión y enfermedades reumatológicas, haciendo que el paciente necesite mayores dosis de fármacos o una combinación superior de medicamentos para estabilizar ese cuadro”, dice.

Como todavía hay bastante tabú en relación a los temas de salud mental, identificar el trastorno puede ser aún más complicado. Lo recomendable es buscar atención con psicólogos y psiquiatras, quienes evaluarán el caso y podrán determinar la línea terapeútica correcta, la cual puede hacerse con medicación o solo psicoterapia.

En el momento en que Ana descubrió la distimia, continuó con psicoterapia y terapias “alternativas” ya que, debido a su edad, su psicóloga prefería no recetarle medicamentos.

Durante algunos años, esta servidora pública interrumpió las sesiones de terapia, pero desde el inicio de la pandemia, en 2020, ha regresado. Desde entonces ha notado una mejoría significativa.

Los especialistas refuerzan la importancia de no interrumpir el tratamiento sin la autorización de un profesional de la salud y que se debe observar continuamente la evolución del trastorno.

El seguimiento médico puede durar meses o años, pero es fundamental para mejorar los síntomas y la calidad de vida del paciente.


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