Pandemia deja 130 mil muertos en 4 meses, solo 51 mil reconocidos por COVID
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El impacto de la pandemia: 130 mil muertos en cuatro meses, solo 51 mil reconocidos por COVID

El exceso de muertes puede deberse a que enfermedades distintas a Covid no fueron atendidas por el sistema de Salud, o a que muchos no acudieron a la clínica por temor a un contagio.
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Por Proyecto Li (PROYECTO_Li), Nayeli Roldán y Arturo Ángel
2 de septiembre, 2020
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En cuatro meses, entre abril y julio de 2020, México ha registrado 130 mil fallecimientos más que en 2019, de los cuales sólo de una tercera parte sabemos que murieron por Covid.

De las 79 mil muertes restantes no se conoce todavía la causa, pero especialistas consultados afirman que serían tres fundamentalmente: por Covid, aunque todavía no son reconocidos públicamente; por otras enfermedades que no fueron atendidas, o personas a las que les dio miedo acudir a un hospital para tratarse y fallecieron en sus casas. Se trata, pues, del impacto de la pandemia en México.

Entérate: Miedo a COVID aleja de los hospitales a pacientes con otras enfermedades

Hasta el 31 de julio ocurrieron 51 mil muertes confirmadas por Covid, y tomando en cuenta que el total de decesos hasta esa fecha ascendía a 130 mil, significa que por cada fallecido a causa del contagio, hay 2.5 muertos.

Para ponerlo en contexto actual, al 1 de septiembre se han registrado 65, 241 muertes por Covid; considerando la tendencia anterior, en el país podría haber ya 163 mil muertes extra, en comparación con 2019.

Animal Político presenta la primera de tres entregas de una investigación que identifica el impacto de la pandemia. Primero, por el exceso de fallecimientos ocurridos en estos meses y, como abundaremos en la siguiente, por la caída en la atención hospitalaria en un sistema de salud que se enfocó, sobre todo, a los contagiados de Covid, y dejando sin atención al resto de enfermos. 

Proyecto Li y Animal Político solicitaron desde mayo pasado el número de actas de defunción de 2015 a 2020 reportadas al Registro Nacional de Población (Renapo), que concentra la información nacional, y al registro civil de cada entidad para hacer la comparación de fallecimientos, tal como lo hizo la Secretaría de Salud hace un mes, pero con corte a junio. 

Esto porque de acuerdo con el tipo de población, ocurren casi el mismo número de muertes por cada tipo de enfermedad cada año, pero en un contexto de pandemia como este, el número de fallecimientos adicionales a los esperados es lo que se considera como “exceso de mortalidad”. 

Dicho número se obtiene al comparar las defunciones ocurridas durante los mismos meses de 2019, con el número de fallecimientos ocurridos en los mismos meses de 2020. En este caso, de abril a julio. 

Se trata de un método que también han utilizado otros países para calcular las otras muertes registradas, dada la dificultad de saber con exactitud el número de fallecimientos por Covid, ya sea porque se requiere de pruebas de laboratorio para confirmarlas o por las posibles inconsistencias en el registro de las actas de defunción.  

Esa medición clasifica “las muertes asociadas directa o indirectamente con Covid y otras afecciones que provocan defunciones” y permite “medir y comparar el impacto de las medidas de salud pública”, explicó Jean Marc Gabastou, asesor internacional de emergencias de salud de la Organización Panamericana de la Salud y la Organización Mundial de la Salud. 

Ruy López Ridaura, director general del Centro Nacional de Programas Preventivos y Control de Enfermedades (CENAPRECE), presentó el exceso de mortalidad registrada hasta el 30 de junio, pero sólo en 20 estados del país, en la conferencia de prensa del 25 de julio pasado. 

De acuerdo con sus cálculos, se esperaban 130 mil fallecimientos de marzo a junio de este año, tomando en cuenta la tendencia de 2014 a 2018, pero con la pandemia se registraron 202 mil fallecimientos. Es decir, hasta el 30 de junio había 71 mil 315 muertes en exceso en 20 estados. “Esto representó un 55% de exceso de mortalidad”, explicó López Ridaura.

Para entonces, se reconocían 22 mil 367 personas fallecidas a causa de Covid. Lo cual significaba, dijo el funcionario, que por cada muerte confirmada por coronavirus había 2.6 fallecimientos. 

127 mil personas fallecidas en 2020 

Para obtener el exceso de mortalidad hasta julio, Proyecto Li —una  plataforma ciudadana que da seguimiento a los efectos de la pandemia con base en información oficial— replicó la metodología de la Secretaría de Salud. 

Primero, identificó el número de actas de defunción registradas de 2014 a 2018 en el INEGI y los comparó con los datos del Registro Nacional de Población, que concentra toda la información de los registros civiles, y con los reportes de registro civil de cada entidad federativa. Todo obtenido a través de solicitudes de información. 

El periodo elegido para la comparación abarca del 1 de abril al 31 de julio, toda vez que la primera muerte por coronavirus se registró el 18 de marzo. 

De ahí que, el exceso de mortalidad ocurrido en la pandemia asciende a 130 mil 377 personas fallecidas en 31 entidades del país, entre el 15 de marzo y el 31 de julio.

En julio, tras la reapertura de actividades económicas luego del confinamiento, se registró el mayor número de muertes en 21 estados del país: Baja California Sur, Campeche, Coahuila, Colima, Guanajuato, Guerrero, Hidalgo, Jalisco, Michoacán, Nayarit, Nuevo León, Oaxaca, Querétaro, Quintana Roo, San Luis Potosí, Sinaloa, Sonora, Tabasco, Tamaulipas, Veracruz y Tlaxcala. 

En Chiapas y Puebla ocurrieron más fallecimientos en junio; y en mayo ocurrieron más decesos en Baja California, Chihuahua, Ciudad de México, Estado de México y Morelos. 

La Ciudad de México y el Estado de México han sido las entidades con el mayor número de contagios. La primera tuvo el mayor exceso de muertes en mayo, al registrar 11 mil 473. En los cuatro meses analizados ha tenido un exceso de 26 mil 568 fallecimientos en comparación con los cuatro meses de 2019.

El Estado de México tuvo el mayor pico en mayo, con 10 mil 631 muertes. Y de marzo a julio sumó 27 mil 613 muertes en exceso.  

En tanto, Nuevo León registró el mayor exceso en julio, con 2 mil 398 fallecimientos. Mientras que Veracruz también tuvo mayor exceso de mortalidad en julio, con 3 mil 575 fallecimientos, pese a que en mayo, por ejemplo, el número de fallecimientos fue de mil 465. 

Tabasco, fue una de las primeras entidades que pasó a semáforo naranja el 11 de junio, es decir, la reapertura de actividades económicas, pero en julio, tuvo 1,008 muertes en exceso, el mayor registrado entre los cuatro meses de análisis.

Yucatán fue la única entidad que no presentó datos de junio y julio en el Renapo ni a través de solicitud de transparencia a su registro civil, pero sí se incluyeron los datos de abril y mayo. 

¿Qué significa el número de fallecidos?

No podría sostenerse que los 130 mil fallecidos fueron contagiados de Covid, pues también están quienes “no recibieron una atención adecuada porque el sistema de salud estaba volcado a otra cosa. O alguien que tuviera un accidente por ejemplo y no se le pudo atender; o que necesitaba una cirugía urgente y no se le pudo dar”, asegura el epidemiólogo e integrante del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), Alejandro Macías. 

Pero el número de fallecidos es tal que incluso los certificados de defunción que se entregaban habitualmente a los sistemas de salud estatales han sido insuficientes. Oaxaca, por ejemplo, recibe una dotación de 28 mil certificados de defunción para todo el año, aunque no se utilizan todos. Pero ese número de documentos ya se ocupó en lo que va de 2020. 

Justamente, el director del CENAPRECE, Ruy López Ridaura, reconoció que calcular el exceso de mortalidad tiene la intención de “vigilar” el comportamiento de enfermedades crónicas en medio de la pandemia, porque “no queremos que por un problema de acceso a medicamentos, de un problema de acceso a servicios hospitalarios, personas se puedan o puedan tener un desenlace fatal por otras causas que no sean secundarias a Covid”.

Pero para el epidemiólogo Malaquías López-Cervantes, integrante de la Academia Nacional de Medicina, el exceso de mortalidad no sólo es el impacto de la pandemia sino “una decisión”, porque “hacer la reconversión de los hospitales y dejar de atender gente ese no es efecto de la pandemia, es la falta de aptitud de la gente que tomó esas decisiones, es una mala política de salud”. 

Se refiere a la reconversión hospitalaria para atención única de pacientes con Covid que el gobierno mexicano adoptó como estrategia de atención a la pandemia. De ahí que la ocupación hospitalaria ha sido un parámetro permanente para medir el manejo de la pandemia. 

De hecho, sobrepasar el 75% de ocupación hospitalaria en los estados ha significado una alerta para ampliar inmediatamente el número de camas de atención. Hasta este lunes, por ejemplo, la ocupación hospitalaria a nivel nacional se ubicó en 35%. Sin embargo, sumaron 66 mil 120 fallecimientos.

No sólo se trata de mantener la capacidad hospitalaria, agrega Macías. “Cuando todo esto empezó, México tenía no más de 3 mil camas razonablemente buenas de terapia intensiva. Ahora supuestamente tenemos unos 10 mil ventiladores. Pero aunque tengas camas y luego ventiladores la pregunta es ¿quién las va a manejar? El personal que teníamos especializado para eso era muy escaso, y eso no se puede remediar de la noche a la mañana”. 

La nota metodológica y los datos abiertos de esta investigación puede ser consultada en la plataforma ciudadana Proyecto Li.

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Cómo eran las relaciones sexuales de los neandertales

Te contamos lo que los científicos han descubierto hasta ahora sobre el momento de la historia de la humanidad en el que los humanos modernos primitivos y los neandertales tuvieron sus primeros encuentros.
6 de abril, 2021
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Recreación de una mujer neandertal.

Getty Images
El sexo entre los humanos modernos primitivos y los neandertales no era un evento raro.

Sus ojos se encontraron a través del accidentado paisaje montañoso de la Rumania prehistórica.

Era un neandertal y estaba casi al desnudo. Tenía buena postura y piel pálida, quizás ligeramente enrojecida por las quemaduras solares. Alrededor de uno de sus gruesos y musculosos bíceps llevaba un brazalete de garras de águila.

Ella era una humana modernaprimitiva, vestida con un abrigo de piel de animal con un ribete de piel de lobo. Tenía la piel oscura, piernas largas y su cabello estaba recogido en trenzas.

Él se aclaró la garganta, la miró de arriba abajo y, con una voz nasal absurdamente aguda, hizo su mejor presentación. Ella le devolvió la mirada sin comprender. Por suerte para él, no hablaban el mismo idioma. Se rieron incómodamente y, bueno, todos podemos adivinar lo que pasó después.

Por supuesto, eso podría haber sido mucho menos parecido a una escena de una apasionante novela romántica. Quizás la mujer era en realidad neandertal y el hombre pertenecía a nuestra propia especie. Tal vez su relación era de tipo informal y pragmática, porque simplemente no había mucha gente alrededor en ese momento. Incluso se ha sugerido, también, que tales conexiones no fueron consensuadas.

Si bien nunca sabremos qué sucedió realmente en este encuentro, o en otros similares, de lo que podemos estar seguros es que se dio la unión de esa pareja.

Aproximadamente entre 37.000 y 42.000 años después, en febrero de 2002, dos exploradores hicieron un descubrimiento extraordinario en un sistema de cuevas subterráneas en las montañas del suroeste de los Cárpatos, cerca de la ciudad rumana de Anina.

Dentro de la Peştera cu Oase, o “Cueva con huesos”, encontraron miles de huesos de mamíferos. Entre ellos había una mandíbula humana, cuya datación por radiocarbono reveló que era de uno de los humanos modernos primitivos más antiguos conocidos en Europa.

Se cree que los restos permanecieron intactos desde entonces. En ese momento, los científicos notaron que, si bien la mandíbula era inconfundiblemente moderna en su apariencia, también contenía algunas características inusuales similares a las de los neandertales.

Años más tarde, esta corazonada se confirmó.

Los científicos descubrieron que el individuo era un hombre y que probablemente era un 6-9% de neandertal. Esta es la concentración más alta jamás encontrada en un ser humano moderno primitivo, y alrededor de tres veces la cantidad encontrada en los europeos y asiáticos actuales, cuya composición genética es aproximadamente del 1-3% neandertal.

Debido a que el genoma contenía grandes extensiones de secuencias neandertales ininterrumpidas, los expertos calcularon que es probable que el dueño de la mandíbula haya tenido un ancestro neandertal tan solo cuatro o seis generaciones antes. Determinaron que el enlace probablemente ocurrió menos de 200 años antes de la época en que vivió.

Paisaje de los Cárpatos en Rumania.

Getty Images
Un encuentro amoroso entre nuestros ancestros humanos modernos y los neandertales pudo haber tenido lugar en las montañas de los Cárpatos.

Además de la mandíbula, el equipo encontró fragmentos de cráneo de otro individuo en Peştera cu Oase, que poseía una mezcla similar de características. Los científicos aún no han podido extraer ADN de estos restos, pero al igual que la mandíbula, se cree que pueden haber pertenecido a alguien que tenía ascendencia neandertal cercana.

Desde entonces, se ha ido acumulando la evidencia de que el sexo entre los humanos modernos primitivos y los neandertales no era un evento raro.

Escondidos en los genomas de las poblaciones actuales, hay indicios reveladores de que sucedió en muchas ocasiones distintas y en una amplia zona geográfica.

De hecho, el ADN neandertal se puede encontrar en todas las personas que viven hoy en día, incluidas las de ascendencia africana, cuyos antepasados no se cree que hayan entrado en contacto directamente con este grupo.

Y la transferencia también ocurrió al revés. En 2016, los científicos descubrieron que los neandertales de las montañas de Altai en Siberia pueden haber compartido del 1 al 7% de su genética con los antepasados de los humanos modernos, que vivieron hace aproximadamente 100.000 años.

Los besos

En 2017, Laura Weyrich, antropóloga de la Universidad Estatal de Pensilvania, descubrió la marca fantasmal de un parásito microscópico de 48.000 años aferrado a un diente prehistórico.

“Veo a los microbios antiguos como una forma de aprender más sobre el pasado, y el sarro es realmente la única forma confiable de reconstruir los microorganismos que vivían dentro de los humanos antiguos”, dice Weyrich.

Estaba particularmente interesada en lo que comían los neandertales y cómo interactuaban con su entorno. Para averiguarlo, secuenció el ADN de la placa dental en dientes hallados en tres cuevas diferentes.

Dos de las muestras se tomaron de 13 neandertales encontrados en El Sidrón, en el noroeste de España. Para sorpresa de Weyrich, uno de los dientes contenía la firma genética de un microorganismo parecido a una bacteria, Methanobrevibacter oralis, que todavía se encuentra en nuestra boca hoy en día.

Cráneo de un neandertal.

Getty Images
Los neandertales tenían rasgos faciales distintivos, pero se han encontrado algunos cráneos con una mezcla de rasgos.

“Para mí, lo que es fascinante es que este es también uno de los primeros períodos en los que describimos el mestizaje entre humanos y neandertales”, dice Weyrich. “Así que es maravilloso ver una especie de microbio envuelto en esa interacción”.

Weyrich explica que una posible ruta para la transferencia son los besos: “Cuando besas a alguien, los microbios orales van y vienen entre las bocas”, dice.

“Pudo haber sucedido una vez, pero luego de alguna manera se propagó mágicamente, si el grupo de personas infectadas tuvo éxito. Pero también podría ser algo que ocurriera con más regularidad”.

Otra forma de transferir sus microbios orales es compartiendo alimentos. Y aunque no hay evidencia directa de que un neandertal esté preparando una comida para un humano moderno primitivo, una comida romántica podría haber sido una fuente alternativa de M. oralis.

Para Weyrich, el descubrimiento es emocionante porque sugiere que nuestras interacciones con otros tipos de humanos hace mucho tiempo han dado forma a las comunidades de microorganismos que tenemos hoy.

Neandertales masculinos o femeninos

Es imposible decir con certeza si fueron en su mayoría mujeres neandertales las que se acostaron con los hombres humanos modernos primitivos, o al revés, pero hay algunas pistas.

En 2008, los arqueólogos descubrieron un hueso de un dedo roto y un solo diente molar en la cueva Denisova, en las montañas de Altai en Rusia, a partir de la cual se reveló una nueva subespecie de humanos.

Durante años, los “denisovanos” se conocían solo por el puñado de muestras desenterradas en este sitio, junto con su ADN, del cual los científicos descubrieron que su legado continúa hasta el día de hoy en los genomas de personas de ascendencia melanesia y de Asia oriental.

Los denisovanos estaban mucho más relacionados con los neandertales que los humanos actuales; las dos subespecies pueden haber tenido rangos que se superpusieron en Asia durante cientos de miles de años.

Reconstrucción de un denisovano

Maayan Harel
Los denisovanos tienen rasgos comunes con los humanos modernos y los neandertales.

Esto se hizo particularmente evidente en 2018, con el descubrimiento de un fragmento de hueso que pertenecía a una niña, apodada Denny, que tenía una madre neandertal y un padre denisovano.

En consecuencia, tendría sentido si los cromosomas sexuales masculinos de los neandertales fueran similares a los de los denisovanos. Pero cuando los científicos secuenciaron el ADN de tres neandertales, que vivieron hace 38.000 a 53.000 años, se sorprendieron al descubrir que sus cromosomas Y tenían más en común con los de los humanos actuales.

Los investigadores dicen que esto es evidencia de un “fuerte flujo de genes” entre los neandertales y los primeros humanos modernos: se cruzaban mucho.

Otra investigación ha demostrado que casi exactamente el mismo destino tuvieron las mitocondrias neandertales: la maquinaria celular que ayuda a convertir los azúcares en energía aprovechable.

Estos se transmiten exclusivamente de madres a hijos, por lo que cuando se encontraron las primeras mitocondrias humanas modernas en restos de neandertales en 2017, insinuó que nuestros antepasados también estaban teniendo relaciones sexuales con neandertales masculinos.

Enfermedades de transmisión sexual

Hace unos años, Ville Pimenoff estaba estudiando la infección de transmisión sexual por el virus del papiloma humano (VPH) cuando notó algo extraño.

Existe una clara división a nivel mundial entre dónde se encuentran ciertas variantes de este virus. En la mayor parte del planeta, lo más probable es que encuentre el tipo A, mientras que en el África subsahariana la mayoría de las personas están infectadas con los tipos B y C.

Curiosamente, el patrón coincide exactamente con la distribución del ADN neandertal en todo el mundo, pues las personas en África subsahariana no solo portan cepas inusuales del VPH, sino que tienen relativamente poco material genético neandertal.

Para averiguar qué estaba pasando, Pimenoff utilizó la diversidad genética entre el tipo A actual para determinar que surgió por primera vez hace 60.000-120.000 años aproximadamente. Esto lo hace mucho más anterior que los otros tipos de VPH-16 y, lo que es más importante, ocurre en la época en que los primeros humanos modernos emergieron de África y entraron en contacto con los neandertales.

Aunque es difícil de probar definitivamente, Pimenoff cree que inmediatamente comenzaron a intercambiar enfermedades de transmisión sexual, y que la división en las variantes del VPH-16 refleja el hecho de que adquirimos el tipo A de sus antecesores.

“Lo probé miles de veces usando técnicas computacionales, y el resultado siempre fue el mismo: que este es el escenario más plausible”, dice Pimenoff.

Curiosamente, Pimenoff también cree que la adquisición del tipo A de los neandertales explica por qué es tan canceroso en los seres humanos: debido a que lo encontramos por primera vez hace relativamente poco, nuestro sistema inmunológico aún no ha evolucionado para poder eliminar la infección.

Neandertal

Lambert/Ullstein Bild/Getty Images
Tanto hombres como mujeres neandertales se cruzaron con nuestra propia especie, según registros genéticos.

De hecho, el sexo con neandertales podría habernos dejado otros virus, incluido un antiguo pariente del VIH. Pero no hay necesidad de sentirse resentido con nuestros parientes, porque también hay evidencia de que les contagiamos ETS, incluido el herpes.

Los órganos sexuales

Aunque pueda parecer burdo preguntarse cómo eran los penes y las vaginas de los neandertales, los genitales de diferentes organismos han sido objeto de un vasto cuerpo de investigación científica.

Resulta que los órganos sexuales de un animal pueden revelar una cantidad sorprendente de información sobre su estilo de vida, estrategias de apareamiento e historia evolutiva, por lo que hacer preguntas sobre ellos es solo otra ruta para comprenderlos.

El reino animal contiene una variedad caleidoscópica de diseños. Estos incluyen el pulpo argonauta y su pene desmontable con forma de gusano, que puede nadar solo para aparearse con las hembras, o las vaginas triples de canguros, que hacen posible que las hembras estén embarazadas perpetuamente.

Una de las formas en las que los penes humanos son inusuales es que son lisos.

Nuestros parientes vivos más cercanos, los chimpancés comunes y los bonobos, con quienes compartimos alrededor del 99% de nuestro ADN, tienen “espinas del pene”.

Se cree que estas pequeñas púas, que están hechas de la misma sustancia que la piel y el cabello (queratina), evolucionaron para eliminar los espermatozoides de los machos competidores o para irritar ligeramente la vagina de la hembra y hacer que deje de tener relaciones sexuales por un tiempo.

En 2013, los científicos descubrieron que el código genético de las espinas del pene no existe en los genomas neandertal y denisovano, al igual que en los humanos modernos, lo que sugiere que desapareció de nuestros antepasados comunes hace al menos 800.000 años.

Esto es significativo, porque se cree que las espinas del pene son más útiles en especies promiscuas, donde pueden ayudar a los machos a competir con otros y maximizar las posibilidades de reproducción.

Esto ha llevado a la especulación de que, como nosotros, los neandertales y los denisovanos eran en su mayoría monógamos.

Evolución

Getty Images
Hace 100.000 años convivieron diferentes grupos de humanos.

Más promiscuos

Sin embargo, hay alguna evidencia que sugiere que los neandertales tenían más sexo que los humanos modernos.

Los estudios en fetos han demostrado que la presencia de andrógenos como la testosterona en el útero puede afectar la “proporción de los dígitos” de una persona en la edad adulta, una medida de cómo se comparan las longitudes de los dedos índice y anular, calculada dividiendo el primero por el segundo.

En un entorno con niveles altos de testosterona, las personas tienden a terminar con proporciones más bajas. Esto es así independientemente del sexo biológico.

Desde este descubrimiento, se han encontrado vínculos entre la proporción de dígitos y el atractivo facial, la orientación sexual, la asunción de riesgos, el rendimiento académico, cuán empáticas son las mujeres, cuán dominantes parecen los hombres e incluso el tamaño de sus testículos, aunque algunos estudios en esta área son controvertidos.

En 2010, un equipo de científicos también notó un patrón entre los parientes más cercanos de los humanos. Resulta que los chimpancés, gorilas y orangutanes, que generalmente son más promiscuos, tienen proporciones de dígitos más bajas en promedio, mientras que un humano moderno primitivo encontrado en una cueva israelí y los humanos actuales tenían proporciones más altas (0,935 y 0,957, respectivamente).

Los humanos son ampliamente monógamos, por lo que los investigadores sugirieron que podría haber un vínculo entre la proporción de dígitos de una especie y la estrategia sexual.

Si tienen razón, los neandertales, que tenían proporciones entre los dos grupos (0,928), eran un poco menos monógamos que los humanos modernos y actuales.

En familia

Una vez que una pareja de humanos neandertales-modernos-primitivos se encontraban, es posible que se establecieran cerca de donde vivía el hombre, y cada generación seguía el mismo patrón.

La evidencia genética de los neandertales sugiere que los hogares estaban compuestos por hombres, sus parejas e hijos. Las mujeres parecían abandonar el hogar familiar cuando encontraban pareja.

Otra idea de su unión para siempre proviene de un estudio de los genes que dejaron en los islandeses de la actualidad.

El año pasado, un análisis de los genomas de 27.566 de estos individuos reveló las edades en las que los neandertales tendían a tener hijos: mientras que las mujeres eran generalmente mayores que sus homólogas humanas modernas, los hombres generalmente eran padres jóvenes.

Garra de un águila.

STR/AFP/Getty Images
Hace cerca de 130.000 años, un neandertal en lo que hoy es Croacia cortó la garra de un águila posiblemente para hacer joyas.

Si la pareja del principio de este artículo hubiera tenido un un bebé, tal vez, como otros neandertales, la madre lo habría amamantado durante unos nueve meses y destetado por completo alrededor de los 14 meses, que es antes que los humanos en las sociedades modernas no industriales.

La curiosidad sobre estas interacciones antiguas está revelando nueva información sobre cómo vivían los neandertales en general y por qué desaparecieron.

Se cree que estas uniones han contribuido a una variedad de rasgos que los humanos modernos llevamos hoy, desde el tono de piel, el color del cabello y la altura hasta nuestros patrones de sueño, estado de ánimo y sistema inmunológico.

Aprender sobre ellos ya está llevando a posibles tratamientos para enfermedades modernas, como los medicamentos que se dirigen a un gen neandertal que se cree que contribuye a los casos graves de covid-19 .

Ahora se cree que la extinción de los neandertales hace aproximadamente 40.000 años puede haber sido impulsada en parte por nuestra atracción mutua, así como por factores como el cambio climático repentino y la endogamia.

Una teoría emergente es que las enfermedades transmitidas por las dos subespecies, como el VPH y el herpes, inicialmente formaron una barrera invisible, que impedía expandir su territorio y potencialmente entrar en contacto.

En las pocas áreas en las que se superpusieron, se cruzaron y los primeros humanos modernos adquirieron genes de inmunidad útiles que de repente hicieron posible aventurarse más lejos.

Pero los neandertales no tuvieron tanta suerte: el modelo sugiere que si tuvieran una mayor carga de enfermedades, es posible que hayan permanecido vulnerables a estas nuevas cepas exóticas durante más tiempo, independientemente del mestizaje, y esto significa que estaban estancados.

Finalmente, los antepasados de los humanos actuales llegaron a sus territorios y los aniquilaron.

Otra idea es que absorbimos gradualmente su población relativamente pequeña en la de los primeros humanos modernos. Después de todo, ya habían adoptado en gran medida nuestros cromosomas Y así como las mitocondrias, y al menos el 20% de su ADN todavía existe en personas vivas en la actualidad.

Quizás la pareja que se unió en la Rumania prehistórica sobreviva en alguien que lee este artículo.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en BBC Future.


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