Plantón Frena: Me dieron una casa de campaña. Es mejor que el albergue
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‘Me dieron una casa de campaña. Es mejor que estar en el albergue’: participante en el plantón de Frena

Los partidarios de López Obrador aseguran que este es un movimiento de clase alta, muy alta. Quienes forman parte del plantón lo niegan. Aunque aquí se encuentra poca gente cuya economía vaya al día.
24 de septiembre, 2020
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Germán no ha parado un segundo desde que los primeros integrantes del Frente Nacional Anti AMLO (Frena) irrumpieron en el Zócalo. Pasan algunos minutos de las 7 de la tarde del miércoles y el campamento está en “ebullición”. Él va de un lado a otro. Ayuda a una señora que no logra clavar su casa de campaña. Acarrea unas botellas de agua que alguien donó a los manifestantes. Corta pedazos de un plástico negro para cubrir las carpas en caso de que llueva.

El hombre, nacido en Tlaxcala hace 38 años, pareciera uno de los activistas más convencidos de la iniciativa de rechazo a Andrés Manuel López Obrador. Sin embargo, reconoce que no tiene inconveniencias en cuestiones políticas. Que ni unos ni otros. Que está ahí porque ha encontrado un modo de vida. Antes de que la marcha de Frena llegara a la Avenida Juárez, el sábado, Germán dormía en la calle, en el parque, junto a Bellas Artes.

Lee: Integrantes de Frena llegan al Zócalo; policías capitalinos rodean la plancha

“El albergue no le deja salir a uno y me aburro, me siento deprimido. Aquí al menos ando haciendo algo, ayudando a la gente y eso. Me siento mejor. Me brindaron una casa de campaña para estar aquí. Es mejor que estar encerrado en Coruña (como se conoce al centro para personas en situación de calle ubicado en Viaducto)”, explica. Cuenta que cuando el plantón se instaló y pasaron los días, él comenzó a echar una mano. Se dio de forma natural, sin que hubiese una captación. Hay gente que necesitaba manos y a él le venía bien una casa de campaña. “Apoyo cuidándoles algo. Es lo único. De vez en cuando, sí le ayudo a la gente, algo me regala. Eso sí, comida no me falta”, explica.

La protesta de Frena ya ha logrado su primer objetivo: alcanzar el Zócalo. Tras cinco días en la Avenida Juárez y rodeados de policías de la Ciudad de México, un amparo permitió que el movimiento alcanzara la plaza de la Constitución. Ahí pretenden quedarse “hasta que López Obrador se vaya”, como insiste su líder, Gilberto Lozano. Pero no parece que el presidente tenga intención de dimitir ni, sobre todo, que las marchas tengan la fuerza suficiente como para si quiera que la propuesta esté sobre su mesa. Así que el plantón amenaza con eternizarse. Está acostumbrada la plancha a acoger descontentos casi desde que se abandonó aquel monumento a la independencia que daría nombre a la plaza en el siglo XIX.

Desde el sábado, cuando tuvo lugar la primera protesta, decenas de personas se turnan en el plantón para mantener la protesta. Su objetivo inicial era llegar al Zócalo, pero una gran barrera policíaca se lo impidió. Así que se quedaron en Juárez hasta Reforma, como si quisieran emular aquel 2006 en el que su antagonista, López Obrador, inició un largo plantón contra lo que denunció como fraude electoral en las elecciones.

Aquí y ahora, Frena se presenta como apartidista y amplio. “¿Eres mexicano? ¿Te cae mal López? Entonces eres Frena”, afirma Lozano.  La realidad, sin embargo, es que este es sobre todo un movimiento conservador en el que las palabras “Venezuela” y “Cuba” aparecen regadas en cualquier discurso. El discurso general es el miedo a que México se convierta “en un país comunista” a partir de la adhesión de Morena al Foro de Sao Paulo, un espacio que aglutina a los partidos de la izquierda de América Latina desde 1990. A partir de ahí hay una larga lista de agravios: “destrucción de la economía”, “ineficiencia”, “desabasto de medicinas”. Algunos cuestionan el desmantelamiento de las ayudas sociales y otros cuestionan esas mismas ayudas sociales por ser una forma de clientelismo. También aparecen diatribas contra lo que denominan “ideología de género” y hay un sector ultrarreligioso que, en lugar de consignas, lo que lanza son avemarías y rezos por la patria.

Lo explicaba el lunes por la noche Elías Salazar, licenciado en Informática y una de las escasas personas que se mantenía en el plantón de Juárez. “Peleamos por la situación de México, no queremos otra Venezuela u otra Cuba”. El hombre era de los que asegura que duerme en la protesta “algún día si y otro no”. “AMLO se rodeó de puros corruptos, es una persona que no escucha razones, no entiende la situación de un país y los resultados macroeconómicos. Además, nos preocupa la anexión al Foro de Sao Paulo”, decía, protegido por un grueso abrigo y capucha que le tapaba de la molesta lluvia.

Junto a él Adriana Villalobos, una mujer de la Ciudad de México que sí tiene su carpa y asegura que pasa aquí todas las noches, explica que la idea es seguir la estrategia que hizo caer en Bolivia a Evo Morales. “Ha sido eficaz en muchos países para acabar con dictadores”, asegura.

Entérate: Ya llegará la revocación de mandato para que participen, dice AMLO a FRENA

Evo Morales, primer presidente indígena del país andino se impuso en las elecciones del 20 de octubre de 2019, pero un informe de la Organización de Estados Americanos (OEA) le acusó de manipular votos. En medio de un contexto de protestas, la cúpula policial y militar forzó un golpe de Estado y le obligó a dejar el poder. Morales se exilió en México y se impuso un gobierno de extrema derecha liderado por Jeanine Añez, que irrumpió en el palacio presidencial con una biblia de grandes dimensiones. Tras posponer dos veces las elecciones, parece que los comicios serán el 18 de octubre. El que fue ministro de Morales, Luis Arce, encabeza las encuestas.

Mientras que Salazar y Villalobos explican sus posiciones, la carpa que queda a sus espaldas es revisada por una mujer. Está vacía, así que toma de la mano a un hombre que llega con una pequeña mochilita como única posesión y lo acomoda en el interior. Cierra la cremallera, pero al minuto regresa con una torta. Luego, repite la operación con una botella de agua.

“Siempre vamos a tener gente infiltrada o gente indigente que se anexa, pero no podemos impedirlo”, se resigna el hombre. Aunque para él, lo importante es otra cosa. “En toda esta manifestación no se ha roto un cristal, el comercio no se cierra, le estamos dando, vamos y comemos ahí, los negocios están abiertos. No es como cuando ellos estaban en Reforma”, argumenta, en referencia al plantón de 2006 de López Obrador y sus seguidores.

Fecha clave: 30 de noviembre

Desde el inicio de la protesta, el sábado, hasta el miércoles, las expectativas estaban puestas en llegar al Zócalo. La decisión de un juez permitió que las carpas ya estén instaladas en la plancha. Y ahora viene la gran interrogante: ¿qué va a pasar a partir de ahora? Lo explica Sergio López, de Toluca: “Nunca nos vamos a cansar. Vamos a estar hasta el 30 de noviembre”.

La idea que transmiten muchos manifestantes es que López Obrador debe dimitir antes del 30 de noviembre. Así, constitucionalmente tendrían que convocarse nuevas elecciones presidenciales. Cuando se les pregunta sobre qué hacer en el más que probable caso de que López Obrador los ignore, todos ellos muestran más fe que perspectivas claras: “tendrá que dimitir”. Hablan de un plan B y un plan C como algo muy remoto. Como si plantar un puñado de casas de campaña en el Zócalo haya hecho caer algún gobierno.

Mientras tanto, mantienen la retórica de que ellos son la avanzada, que vienen miles detrás desde otros estados o que representan a una mayoría social que no está en el Zócalo porque tiene que trabajar. Pero lo cierto es que, hasta el momento, únicamente tienen ocupada la mitad del Zócalo. La otra mitad está vallada y protegida por agentes de policía. Es muy previsible que en los próximos días la batalla sea tratar de alcanzar esta otra parte de la plancha, la más cercana al Palacio Nacional.

La idea del apoyo exterior está muy arraigada. Gilberto Lozano, el líder, aseguró a Ciro Gómez Leyva tener “patrocinio” para una protesta de tres años. Así que quienes llegan aquí no tienen que preocuparse por la comida o la tienda de campaña. Lo explica Araceli Javier, de 36 años, ama de casa de Naucalpan, Estado de México. “Afortunadamente hay buena organización, nos donan las cobijas, las casitas, los viáticos, la comida. Aunque no hay mucha gente aquí, hay gente que está donando apoyos”, dice.

Con estas perspectivas lo lógico es que el campamento se convierta en parte del paisaje habitual del Zócalo, al menos durante los próximos dos meses. Hay comisión Covid-19 y por la mañana se reparte café y por la noche tortas. Hay un montón de casas de campaña todavía en su envoltorio esperando a ser ocupadas. Hay un grupo religioso que no deja de orar ni por un minuto y, tras el cordón policial, un grupito de partidarios de López Obrador que alimentan que se enzarzan con los acampados. Aquí llega una pregunta fundamental: ¿Cómo se trabaja si uno se mantiene 24/7 en una protesta? González explica que tiene un negocio en el que están empleadas 30 personas y que sigue dirigiéndolo desde el plantón.

Una mujer a su lado, que no quiere dar su identidad, afirma que vive de los tres departamentos que renta como oficinas. “Vivir de las rentas no es fácil, hay que estar siempre pendiente”, asegura. Adriana de Juárez, que se suma a la conversación, dice que se dedica a la compraventa de bienes raíces, lo que le permite seguir su negocio, mientras que Arturo Martínez Domínguez asegura que a sus 73 años perdió la gerencia de un negocio de alimentación porque la crisis le hizo perder sus clientes. Así que tiene tiempo para la protesta.

Primera noche en el Zócalo

Cae la noche en el Zócalo y nadie se mueve a pesar de que el miércoles fue un día intenso de marcha, pequeños empujones con la policía y la victoria simbólica de alcanzar la plaza que un juzgado había otorgado. En los días previos, cuando el plantón estaba en la avenida Juárez, muchas de las tiendas estaban vacías. La lluvia fue inclemente, sobre todo el domingo, por lo que algunos de los manifestantes optaron por marcharse a casa para dormir sin temor a resfriarse y regresar durante el día para mantener la protesta.

El miércoles, día de la toma del Zócalo, la climatología no fue tan adversa. Así que al menos 200 tiendas se instalaron en la mitad de la plancha, que lucía inmensa ante un contingente que incrementó con el paso de las horas pero que no llegó a completar la plaza a medio aforo. En este caso la gran mayoría de las casas de campaña estaban llenas. Al menos, hasta las 8 de la noche. Después de cinco días desde del inicio de la protesta ya se ha formado una heterogénea composición de los manifestantes.

“Me ha tocado vivir muchos cambios de gobierno y este es el peor de todos. Porque está impulsando una política socialista, en la que el pueblo dependa del gobierno, porque está dando sus dádivas a la gente que no trabaja”, dice Donato Sosa, de 57 años.

Explica que él trabajaba como publicista, pero la llegada de la pandemia de Covid-19 tumbó todos sus proyectos laborales. Así que ahora, mientras busca un empleo, dedica buena parte de su tiempo a la protesta contra López Obrador. En su caso se mantiene todo el día en el campamento, pero, al caer la noche, regresa a su vivienda en la Ciudad de México. Minutos después, la tienda que él vigila es ocupada por otro hombre. Huraño, desconfía de la prensa. Dice que la razón de estar aquí es que su salario se redujo a la mitad por culpa del presidente. Con otros compañeros, lo veremos ir y venir durante toda la tarde ayudando a armar tiendas y cargar colchones.

Los partidarios de López Obrador aseguran que este es un movimiento de clase alta, muy alta. Quienes forman parte del plantón lo niegan. Aunque aquí se encuentra poca gente cuya economía vaya al día. Los que perdieron el empleo, como Sosa, venían de otra posición. Al menos, la mayoría ellos.

Otros, como Jorge González Munguia, vienen de otra realidad. “Trabajaba en una escuela, pero la cerraron por la pandemia. Desde entonces vendo algunas cosas en la calle, pero no tengo empleo fijo”. Explica el hombre que vive en una pensión cuando le alcanza el dinero. Cuando no, tiene que quedarse en la calle. Lo ve como una especie de expiación por sus “malos comportamientos” del pasado. Ahora, sin embargo, es uno de los voluntarios más activos.

“El primer día que vi la movilización, nunca había visto un plantón como este o una forma de expresión hacia el gobierno que tenemos. Hablé con una gente de Torreón y me sumé. Si tengo que barrer, o lo que les tenga que ayudar en la seguridad, lo hago. Pero no me dan dinero, no estoy por dinero. Estoy en contra del gobierno, del sistema que tenemos actualmente. Para mí, apoyar está perfecto”, explica.

Mientras relata que él no votó por Obrador pero que está aquí porque considera que su gestión ha provocado mucho desempleo, llega un hombre: “necesitamos manos, hay que descargar la comida”. Ambos se marchan. Es la primera noche en el plantón del Zócalo y hay mucho que hacer.

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Cambio climático: el país que se está preparando para su posible desaparición

El cambio climático es una amenaza existencial para la pequeña nación de Tuvalu. Y sus autoridades ya se preparan para el peor de los escenarios: que todo el territorio quede sumergido.
30 de noviembre, 2021
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Piensa por un momento en tu hogar, tus raíces, el lugar que más amas en el mundo.

Y qué difícil sería siquiera imaginar que ese sitio, literalmente, desapareciera de la faz del planeta.

Para los habitantes de decenas de estados insulares se trata de un temor real.

El aumento del nivel del mar por el cambio climático ya está causando en estas islas pérdida de terrenos y escasez de agua potable.

En BBC Mundo exploramos la situación de una pequeña nación en el océano Pacífico, Tuvalu, que no solo ha venido urgiendo a los países más contaminantes a reducir drásticamente sus emisiones de gases de efecto invernadero.

Esta nación también se prepara legalmente para el peor de los escenarios: la sumersión total de su territorio.

El ministro de Justicia, Comunicaciones y Relaciones Exteriores de Tuvalu, Simon Kofe, envió un dramático mensaje a la COP26, la reciente cumbre de cambio climático en Glasgow, Escocia.

Nos estamos hundiendo, pero lo mismo le pasa a todo el mundo“, afirmó.

Con el agua hasta las rodillas, en un sitio que años atrás era un terreno seco, Kofe dejó en claro que el drama que hoy enfrenta Tuvalu es solo un presagio de los graves impactos del cambio climático que azotarán cada vez más, aunque en formas diferentes, a muchos otros países del mundo.

El nivel del mar, una amenaza existencial

Tuvalu tiene nueve pequeñas islas y está aproximadamente a 4.000 km de Australia y de Hawái. Sus vecinos más cercanos son Kiribati, Samoa y Fiyi.

“Es una nación insular de baja altitud. El punto más alto sobre el nivel del mar es de 4 metros“, explicó el ministro Kofe a BBC Mundo.

Todo el país tiene 26 kilómetros cuadrados, donde viven cerca de 12.000 personas.

Franja de territorio de Tuvalu con el océano a un lado y una laguna al otro

Getty Images
“Vivimos en franjas de tierra muy delgadas y en algunas áreas se puede ver de un lado el mar abierto y al otro una laguna”, señaló Kofe.

Al igual que Kiribati y las Maldivas, entre otros, Tuvalu es un país conformado por atolones, y por ello es especialmente vulnerable al calentamiento global.

Los territorios de estas naciones se asientan sobre arrecifes de coral en forma de anillos, completos o parciales, que rodean una laguna central.

Vivimos en franjas de tierra muy delgadas y en algunas áreas se puede ver el océano a ambos lados, de un lado el mar abierto y al otro una laguna”, señaló Kofe.

“Lo que hemos estado experimentando a lo largo de los años es que con el aumento del nivel del mar vemos la erosión de partes de la isla”.

Mapa que muestra la ubicación de Tuvalu en el Pacífico

BBC

Tuvalu viene enfrentando además ciclones más fuertes y períodos de sequías, agregó el ministro. Y la mayor temperatura del océano ha blanqueado arrecifes de coral, vitales para la protección costera y la reproducción de peces.

Pero hay otro problema aún más acuciante: la intrusión de aguas oceánicas.

El mar y su impacto en el agua potable

El agua del océano se está filtrando bajo el suelo en ciertas áreas y esto afecta los acuíferos, explicó Kofe.

“El agua potable la obtenemos normalmente de la lluvia, pero en algunas islas solían también cavar pozos para acceder al agua subterránea.

“Hoy eso no es posible debido a la intrusión de agua de mar, por lo que básicamente dependemos solo del agua de lluvia”.

Palmeras caídas por la erosión del suelo en la costa

Getty Images
El océano ha ido ganando terreno y algunos árboles ya no tienen donde afirmar sus raíces.

La penetración de agua salina también inutilizó terrenos para agricultura. El gobierno de Taiwán financia y administra actualmente en Tuvalu un proyecto experimental para producir alimentos en condiciones controladas.

“La salinidad en la arena hace que sea muy difícil para nosotros cultivar nuestros alimentos y dependemos cada vez más de los productos importados“, afirmó Kofe.

“El proyecto del gobierno taiwanés tuvo que importar el suelo y el fertilizante”.

Joven examinando papayas en la granja Fatoaga Fiafia

Getty Images
Taiwán financia en Tuvalu la granja Fatoaga Fiafia para cultivar alimentos en condiciones controladas. Hubo que importar la tierra debido a la salinidad del suelo.

La lucha de los países insulares

Los estados insulares como Tuvalu han reclamado durante más de 30 años acciones climáticas concretas a nivel global.

En 1990, naciones insulares del Pacífico formaron una alianza diplomática con otras del Caribe, como Antigua y Barbuda, y del océano Índico, como las Maldivas. El objetivo era crear un frente común en las negociaciones sobre cambio climático.

La Alianza de Pequeños Países Insulares, Aosis por sus siglas en inglés, tiene hoy 39 miembros y ha jugado un papel clave en visibilizar el grave impacto del calentamiento global en los países en desarrollo.

Maestra corrigiendo el trabajo de un niño en una escuela en Tuvalu

Getty Images
Una escuela en Tuvalu. Las naciones insulares vienen luchando por su futuro ante el cambio climático hace más de 30 años.

La insistencia de Aosis fue crucial, por ejemplo, para que se incluyera en el Acuerdo de París en 2015 una referencia a la importancia de hacer frente a los llamados “daños y pérdidas”, las compensaciones por perjuicios climáticos irreversibles a los que no es posible adaptarse.

En un mensaje a la COP26, el actual presidente de Aosis, el primer ministro de Antigua y Barbuda, Gaston Browne, recordó que “la contribución de los pequeños estados insulares en desarrollo a las emisiones globales de CO2 es menos del 1%“.

“Nuestros países son los menos responsables del daño ambiental a nivel mundial”, agregó Browne.

“Pero nosotros pagamos el precio más alto“.

Ese precio ha quedado cada vez más claro gracias a múltiples estudios científicos.

Qué dicen los científicos

El Panel Intergubernamental de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, IPCC por sus siglas en inglés, señaló en su informe del 9 de agosto de este año que la tasa anual de aumento del nivel del mar a nivel global se triplicó entre 1901 y 2018, situándose actualmente en 3,7 mm por año.

Sin embargo, “la situación es peor en la región de las islas del Pacífico“, señaló a BBC Mundo desde las Islas Salomón el Dr. Morgan Wairiu, experto en cambio climático y coordinador y autor principal del capítulo sobre pequeñas islas del informe del IPCC.

“En el Pacífico sur, el aumento promedio regional del nivel del mar fue de 5 a 11 mm por año en el período de 1900 a 2018″.

SI bien no hay datos específicos sobre Tuvalu, en el caso de los atolones de las Maldivas las reservas de agua dulce se redujeron entre un 11% y un 36% debido al aumento en el nivel del mar, agregó el experto.

Una mujer extrae agua de un tanque de almacenamiento

Getty Images
La intrusión del mar está afectando las reservas de agua potable.

Se proyecta que aún un aumento del mar de un metro impactará la biodiversidad terrestre de las islas y áreas costeras de baja altitud tanto en forma directa (por la pérdida de hábitat por sumersión), como indirecta (por intrusión de agua salina, salinización de manglares costeros y erosión del suelo).

El IPCC predice en su informe un aumento promedio global del nivel del mar de poco más de un metro para 2100 en un escenario de emisiones altas, pero también advierte: “un aumento cercano a 2 metros para 2100 y 5 metros para 2150 en un escenario de emisiones muy altas de gases de invernadero no puede ser descartado debido a la profunda incertidumbre de los procesos de las capas de hielo”, una referencia al derretimiento del hielo en Groenlandia y la península Antártica.

Un niño camina sobre bolsas de arena apiladas para aminorar el avance del mar

Getty Images
Con bolsas de arena Tuvalu intenta aminorar el avance del mar.

El Dr. Wairiu señaló que el estrés hídrico en las islas pequeñas del Pacífico será 25% menor con un calentamiento de 1,5 °C, en comparación con un aumento de temperatura de 2 °C.

El experto resumió así el principal riesgo para las pequeñas islas del Pacífico:

“La acumulación y amplificación de riesgo a través de efectos en cascada en ecosistemas y los servicios que aportan, probablemente reducirá la habitabilidad de algunas islas pequeñas”.

Un estudio de 2018 realizado por científicos en Estados Unidos y Países Bajos, entre otros, señaló que “la mayoría de las naciones de atolones serán inhabitables para mediados de este siglo“.

La razón es que “el aumento del nivel del mar exacerbará las inundaciones por olas marinas”.

Una situación legal sin precedentes

Ante la realidad contundente del cambio climático y la falta de acciones drásticas a nivel global, Tuvalu procura otras vías de cara al futuro.

“El peor de los escenarios es, obviamente, que nos veamos obligados a reubicarnos y nuestras islas estén completamente sumergidas bajo el océano”, señaló Kofe a BBC Mundo.

“Y según el derecho internacional, en este momento un país solo puede tener una zona marítima si posee un territorio terrestre del que trazarla”.

Funafuti, la capital de Tuvalu. El gobierno quiere seguir teniendo acceso a su zona marítima aún si todo el territorio queda sumergido.

Getty Images
Funafuti, la capital de Tuvalu. La nación quiere tener acceso a su zona marítima aún si todo el territorio queda sumergido.

“Las normas internacionales en este momento no están a favor de países como nosotros si desaparecemos, porque es un área totalmente nueva del derecho internacional, nunca hemos visto un país desaparecer debido al cambio climático”.

Tuvalu explora actualmente avenidas legales para que se acepte a nivel internacional que aún si el país desaparece, siga siendo reconocido como Estado y tenga acceso a los recursos de su zona marítima, según explicó Kofe.

“Hay muchos enfoques que estamos viendo y uno es reinterpretar algunas de las leyes internacionales existentes a favor de la proposición de que las zonas marítimas son permanentes y que nuestro Estado también es permanente… Queremos que más países reconozcan esto.

“Y a nivel nacional, en nuestra política exterior, si un país desea establecer relaciones diplomáticas con Tuvalu, una de las condiciones que ponemos es que reconozca que nuestra condición de Estado es permanente y que nuestros reclamos sobre nuestras zonas marítimas también lo son”.

A diferencia de Kiribati, Tuvalu no ha comprado tierras en Fiyi, aunque Kofe señaló que este país “hizo un anuncio público de que ofrecerían tierras a Tuvalu si nos sumergimos en el futuro”.

El ministro prefiere no enfocarse en una posible reubicación.

“No hemos identificado los países a los que nos gustaría mudarnos, porque también somos conscientes de que la reubicación puede usarse como una excusa por algunos de los países más grandes que pueden decir: ‘les damos tierras para que se muden y nosotros seguimos con nuestras emisiones de gases de efecto invernadero'”.

“Para nosotros la reubicación es un último recurso”.

La batalla legal por compensación

Tuvalu también busca lograr algo que los países en desarrollo piden a viva voz y los países ricos se han negado a conceder: compensación por “daños y pérdidas” causados por el cambio climático.

Junto al gobierno de Antigua y Barbuda, Tuvalu acaba de registrar una nueva comisión ante Naciones Unidas.

“Una de las ideas detrás de la creación de esta comisión es que a través de ella tengamos acceso al Tribunal Internacional del Derecho del Mar y podamos pedirle una opinión consultiva sobre daños y pérdidas”, señaló Kofe.

El Tribunal Internacional del Derecho del Mar, con sede en Hamburgo, Alemania, tiene el mandato de resolver las disputas relacionadas con la Convención de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar de 1982.

Los países de la Unión Europea y otras 167 naciones ratificaron esta convención. Y si bien Estados Unidos no es una de ellas, algunos de los países que más emiten gases de invernadero como China e India sí han ratificado el acuerdo.

Simon Kofe en una reunión de trabajo en Tuvalu

Min. de Relaciones Exteriores de Tuvalu
Simon Kofe (en el centro en la imagen), señaló que su país busca vías alternativas en el derecho internacional para obtener compensación.

La nueva comisión de Tuvalu y Antigua y Barbuda pedirá a los jueces del tribunal una opinión consultiva sobre si pueden reclamar compensación de países que han calentado el océano a través de sus emisiones, según señaló a la prensa Payam Akhavan, abogado que representa a ambas naciones.

Si la opinión del tribunal es favorable,los países insulares podrán plantear demandas de indemnización ante el mismo tribunal u otras cortes internacionales o nacionales, agregó.

En el caso de la nación caribeña de Antigua y Barbuda la mayor amenaza no es el aumento del nivel del mar, sino los eventos climáticos extremos cada vez más intensos y frecuentes.

El huracán Irma devastó en 2017 la isla de Barbuda, la segunda más grande del archipiélago, y fue necesario mudar temporariamente a toda la población local, unas 1.600 personas, a la isla principal, Antigua.

Barbuda fue “arrasada” por el huracán Irma y Tuvalu “literalmente va a desaparecer”, afirmó Akhavan. “¿Cómo se compensa a una nación entera por la pérdida de su territorio?”.

Para el abogado, ambas naciones insulares “están cansadas de palabras vacías y compromisos vagos y ahora quieren usar el derecho internacional para replantear todo el tema del cambio climático”.

En 2009, los países ricos prometieron dar a las naciones en desarrollo US$100 mil millones anuales a partir de 2020 para ayudar en su transición a economías de bajo carbono y adaptación al cambio climático. Sin embargo, durante la COP26, tanto el gobierno británico como el enviado de Estados Unidos, John Kerry, dijeron que es probable que esa meta se cumpla solo en 2023.

“Es devastador”

En su mensaje final ante la COP26, la ministra de Medio Ambiente de las Maldivas, Aminath Shauna, señaló que la diferencia entre “un aumento de temperatura del planeta de 1,5 grados y 2 grados para nosotros es una sentencia de muerte”.

Aún después de la COP26, un estudio estimó que el planeta va camino a un calentamiento catastrófico de al menos 2,4 grados para fin de siglo.

Una mujer con una niña en brazos en Tuvalu

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“Es devastador para cualquiera tener la idea de que su casa podría ser arrasada en los próximos años. La idea de que sus hijos y nietos tal vez no tengan un lugar donde vivir”.

Para los habitantes de Tuvalu, la probabilidad de acabar como refugiados climáticos aumenta con cada año de inacción a nivel global.

Es devastador para cualquiera tener la idea de que su casa podría ser arrasada en los próximos años. La idea de que sus hijos y nietos tal vez no tengan un lugar donde vivir”, reflexionó Simon Kofe.

“Es triste, y si hablas con muchas personas en Tuvalu tienen lazos muy fuertes con la tierra, la cultura y la historia que tenemos aquí en estas islas. Es muy difícil siquiera pensar en dejar Tuvalu en el futuro”.

¿Qué siente a nivel personal Kofe, un ministro de 37 años con la enorme responsabilidad de luchar por la supervivencia de su país, aunque esta dependa en gran medida no de Tuvalu sino de lo que hagan los países con mayores emisiones?

“Reconozco que es una tarea muy difícil la que tenemos como líderes en países como Tuvalu. Pero mi enfoque siempre ha sido no invertir demasiado de mi mente en cosas que no puedo controlar”, le dijo Kofe a BBC Mundo.

“Continuaremos abogando y urgiendo a otros países a cambiar de rumbo y reducir sus emisiones. Pero también tenemos que ser proactivos a nivel nacional.

“Esa es en parte la razón por la que estamos preparándonos para el peor de los escenarios posibles.

“Así que tenemos dos enfoques, uno es continuar la acción a nivel internacional, y por otro lado hacer nuestra parte a nivel nacional. Creo que eso es todo lo que puedes hacer. No estoy seguro de que pueda hacer nada más que eso”.


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