Migrantes esperan desesperados que abra frontera en Matamoros
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Alejandro Cegarra /National Geographic Society Covid-19 Emergency Fund.

El albergue es la calle: solicitantes de asilo esperan con desesperación que abra la frontera en Matamoros

El INM rodea con una verja las tiendas de los solicitantes de asilo del campamento de matamoros. La frontera lleva seis meses cerrada y las familias se impacientan.
Alejandro Cegarra /National Geographic Society Covid-19 Emergency Fund.
23 de septiembre, 2020
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El hallazgo del cuerpo del guatemalteco Rodrigo Castro de la Parra, líder de su comunidad al interior del campamento de solicitantes de asilo en Matamoros, Tamaulipas, fue un duro golpe para cientos de hombres y mujeres que llevan más de un año atrapados en la frontera. La muerte tuvo lugar el 18 de agosto y no hay una versión convincente sobre por qué un joven que buscaba la protección de Estados Unidos terminó ahogado en el Río Bravo. Sus restos aparecieron en la orilla, entre los matorrales que crecen junto al agua, a varios metros de las carpas en las que duermen cientos de centroamericanos, venezolanos y cubanos.

“Puede ser la desesperación”, dice Nahum, hondureño de 30 años que ya ha superado los doce meses de intentar tramitar su asilo en Estados Unidos. Es muy delgado y los pómulos le marcan el gesto mientras vende dulces junto a una gran carpa vacía que antes se utilizaba de comedor al interior del campamento. Explica que Rodrigo para él era como un hermano, que siempre estaban juntos y que no sabe cómo su cuerpo pudo llegar ahí teniendo en cuenta que el guatemalteco no sabía nadar.

Las versiones sobre la muerte del guatemalteco son diversas. En medios locales se dijo que Castro de Parra estaría tratando de ayudar a una mujer embarazada a pasar al otro lado del río. Otras tesis hablan de que alguien lo empujó. A la desesperación por las malas condiciones de vida y la falta de expectativas después de seis meses con la frontera cerrada a causa de la Covid19 se le suma el miedo. Este es un territorio en el que nadie da un paso sin que la Maña, como se conoce al crimen organizado, lo disponga.

La muerte del joven solicitante de asilo añade dramatismo a un campamento en el que languidecen cientos de personas. No hay estimaciones oficiales sobre cuántos duermen aquí. Según organizaciones civiles que han entregado apoyo a los solicitantes, en su momento álgido fueron más de dos mil, pero ahora Médicos Sin Fronteras (MSF), una de las dos que nunca abandonaron el espacio, cree que podrían estar en torno a 700, aunque podrían ser más. Están en un limbo. Abandonados y sin expectativas. La pandemia por Covid19 cerró las fronteras desde el 21 de marzo. Esta clausura se renueva mensualmente y el plazo expira el próximo 21 de octubre.

Al temor de contagiarse de coronavirus se le suman las múltiples incertidumbres que se añadieron a su día a día. La mayor parte de organizaciones que apoyaban en el campamento se marcharon, solo permanecieron MSF y Global Response, un colectivo estadounidense. Muchas fábricas cerraron, así que los que tenían trabajo en la maquila lo perdieron. A finales de agosto, el Instituto Nacional de Migración (INM) instaló una cerca metálica que rodea todo el perímetro. Más que un campo de solicitantes de asilo, este lugar empieza a parecer una estación migratoria al aire libre.

“Estamos mal. Las condiciones higiénicas no son aceptables y no sabemos cuándo vuelvan a abrir la frontera”, dice Nahum. Según explica, huyó de San Pedro Sula, la segunda ciudad de Honduras, porque temía ser víctima de alguno de los grupos criminales que allí operan. Entre su familia había miembros del Ejército y de la Policía Nacional Civil (PNC), lo que le ponía en el punto de mira de pandillas como el Barrio 18 o la Mara Salvatrucha (MS-13), las dos principales estructuras que no solo están establecidas en Centroamérica, sino también en el sur de México y Estados Unidos. Temeroso ante la posibilidad de sufrir un ataque, Nahum decidió que pediría refugio en el norte. Pero ha quedado atrapado en el camino. Su esposa está embarazada de cinco meses. Duermen en una tienda de campaña y se ganan algunos pesos vendiendo bolsas de papas fritas y botellas de coca cola.

“El albergue era la calle”

La historia del campamento de Matamoros es la del abandono absoluto de familias que llegaron para pedir protección en Estados Unidos pero que chocaron con las restricciones impuestas por el presidente Donald Trump. Las primeras carpas se colocaron hace más de un año, en julio de 2019, cuando el programa “Quédate en México” comenzó a funcionar en la ciudad fronteriza. El plan llevaba operativo desde el 19 de enero de aquel año. Tijuana, en Baja California, fue la primera ciudad en la que se puso en marcha, probablemente porque ese fue el destino de miles de migrantes que participaron en las caravanas de finales de 2018.

El Protocolo de Protección a Migrantes (MPP, por sus siglas en inglés) es el primer gran acuerdo en esta materia firmado entre los gobiernos de Donald Trump y Andrés Manuel López Obrador. Presionado por Washington, el mandatario mexicano se comprometió a frenar el flujo procedente del sur y desplegó miles de agentes de la Guardia Nacional en ambas fronteras. Además, aceptó recibir a las personas que piden asilo en Estados Unidos para que esperen en México su cita con el juez. Ahí está el origen del campamento.

Hasta agosto de este año, 65 mil 877 personas fueron incluidas en “Quédate en México” según datos de la Universidad de Siracusa, que elabora estadísticas a través de peticiones de acceso a la información. De ellos, 15 mil 698 llegaron a través del puente internacional de Brownsville, Texas, que lo une a Matamoros. Solo en agosto de 2019, hace un año, más de 4 mil solicitantes de asilo fueron devueltos por este paso fronterizo. Los primeros que llegaron ni siquiera sabían que había un nuevo programa por el que tendrían que permanecer en México. Al interior de Estados Unidos, todavía en las hieleras, les decían que tendrían un albergue y que el gobierno mexicano dispondría infraestructura para atenderlos. Pero no era así. No había nada. Ni un albergue ni cuatro paredes. En agosto de 2019, Animal Político documentó cómo el gobierno mexicano trasladó al sur a decenas de solicitantes de asilo con la excusa de que se encontraban en territorio peligroso. Muchos de ellos ni siquiera sabían dónde les llevaban. Aquellos operativos fueron cuestionados incluso por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur). Una investigación de la agencia AP reveló recientemente que los traslados fueron pagados con fondos destinados a la cooperación con Centroamérica.

Según relata José, hondureño de 34 años procedente de El Progreso, en el departamento de Yoro, “el albergue era la calle”. El hombre trabaja repartiendo leña al interior del campamento y fue de los primeros en instalarse. Su gran trauma: que su hija pequeña, de cuatro años, vio cómo unos tipos les apuntaban con un arma a él y a su esposa mientras los secuestraban en las afueras de Matamoros. Su caso de asilo fue rechazado y ahora están pendientes de la apelación. Como las cortes están cerradas, no sabe cuándo podrá regresar para tratar de convencer a los jueces que su vida corre peligro en Honduras y que en México casi le matan.

“Esta es la vida del emigrante: secuestros, torturas, extorsión. Uno tiene miedo hasta a salir a buscar trabajo. Está todo parado y nosotros, aquí a la intemperie, rogando a dios que abran de nuevo”, lamenta. “Si uno tuviera dinero rodeara también. No hay dinero, no hay cómo pasar”, explica. “Rodear” significa cruzar la frontera con un pollero. Aunque en esta zona, en la que el crimen organizado manda, todo tiene un precio. El permiso para saltar oscila entre los 500 y los 3 mil dólares. La pasada completa hasta Houston puede alcanzar hasta los 14 mil, lo mismo que te cuesta ser trasladado desde San Pedro Sula, en Honduras.

José no tenía dinero y cruzó México a las bravas, tentando a la suerte de autobús en autobús. O eso dice. Su fortuna terminó cuando los oficiales estadounidenses le obligaron a dar la vuelta y esperar en México. Aquellos días de agosto eran devueltos más de cien extranjeros al día, que se sumaban a los deportados mexicanos. Los primeros expulsados colocaron algunas tiendas junto a las oficinas del INM. Luego se desplazaron a la orilla del río Bravo, la misma barrera natural que tuvieron que desafiar para alcanzar Estados Unidos. Allí comenzó a levantarse el campamento que ha llegado hasta la actualidad.

Las estructuras en las que duermen los migrantes son el triste ejemplo de que llevan demasiado tiempo aquí. Se están sofisticando. Antes se refugiaban en tiendas de campaña donadas por colectivos estadounidenses. Ahora ya son carpas unidas mediante telas, plásticos y cobijas amarradas a palos clavados en la tierra o a los árboles. Son estructuras precarias, pero cada vez mejor construidas. Hay espacios en los que caben dos o tres tiendas y que han sido reforzados con plásticos por encima para proteger de la lluvia. Hay hornos levantados en la tierra. Hay tiendas dedicadas al reparto de alimentos y otras convertidas en negocios en los que pueden comprarse pupusas o baleadas, los platos típicos de El Salvador y Honduras. Hay urinarios portátiles y lavaderos y regaderas. Este es un pequeño barrio hechizo que sus habitantes dicen no querer abandonar hasta poder entrar en Estados Unidos. Pero el tiempo pasa. Cada vez hay estructuras más estables, lo que implica vocación de permanencia. Si el campamento no estuviese levantado en una borda artificial de tierra, uno podría pensar que el siguiente paso sería transitar de la tienda de campaña de plástico a una pequeña casita de concreto y lámina. Eso significaría la derrota absoluta para hombres y mujeres que nunca quisieron quedarse en México.

“Ninguno pedimos estar aquí”, lamenta José.” Las condiciones no son las que uno quiere para su hija, para su familia”. El hondureño es de los veteranos porque lleva más de un año varado. Los que menos tiempo cargan a sus espaldas llegaron aquí en febrero. Luego llegó la pandemia de Covid19 y frenó el flujo de migrantes en seco. Ahora que el INM ha vallado el perímetro, no parece previsible que el campamento vaya a crecer. Ni siquiera el paso del huracán Hanna, que a punto estuvo de inundar las carpas, los convenció para replegarse. Las autoridades barajaron la opción de reubicarles al interior de Matamoros, pero el campamento se negó. Es una cuestión psicológica muy poderosa. Creen que, si se alejan de la frontera, es como si dieran pasos atrás en su proceso. El ser humano es un animal de costumbres. Así que este barrio de nómadas se quedará tal como está, dividido en tres sectores y convertido en parte del paisaje fronterizo.

Tres sectores: centroamericanos, caribeños, mexicanos

José el hondureño vive en el primer sector, el más cercano a la puerta de entrada, el de los veteranos. La mayoría de ellos son centroamericanos que se enteraron de “Quédate en México” cuando lo sufrieron en sus propias carnes. El sector 2 ocupa el centro del perímetro y es la zona en la que las organizaciones internacionales instalaron sus carpas. Ahí hay mayoría de población cubana y venezolana. En el extremo más cercano al puente internacional está el sector más informal, el de los mexicanos. En principio no deberían estar ahí porque este es un terreno para solicitantes de asilo dentro del programa “Quédate en México”, pero ellos también están pidiendo protección. Son el símbolo de un problema que los diferentes gobiernos han ignorado reiteradamente: los desplazados internos al interior del país que ante la inacción de sus autoridades recurren como alternativa a refugiarse en Estados Unidos.

“Hemos perdido un poco la esperanza”, lamenta Pablo Ernesto Mancías, de 30 años, nacido en Cienfuegos, Cuba, y atrapado en la frontera desde hace más de un año. Cuenta que llegó a Reynosa el 5 de agosto de 2019, que trató de cruzar pero que fue devuelto dentro del programa “Quédate en México”. Poco tiempo después de ser expulsado, fue capturado por un grupo criminal. “Estuve 14 días. Gracias a Dios no me dieron golpes, aunque me sacaron mil dólares”, dice el joven, que marcó de la isla por no estar de acuerdo con el sistema político que lo dirige desde la revolución de 1959 dirigida por Fidel Castro. Relata que ya había intentado salir ilegalmente en varias ocasiones, pero que en agosto de 2019 logró un pasaje a Nicaragua y aprovechó para escapar. Los vuelos sin visado a este país centroamericano han sido una de las rutas más utilizadas por quienes deciden probar suerte en Estados Unidos. En su caso, su destino es Costa Rica, donde vive uno de sus primos.

“He ido dos veces a mi cita. Esta iba a ser la tercera, pero hasta que no abran el puente no hay cita”, explica. El proceso es largo y parece pensado para agotar a quienes buscan protección. La primera cita apenas es un trámite en el que uno se presenta ante el juez. En la segunda se realiza la entrevista de “miedo creíble”, que es cuando el extranjero tiene que explicar por qué escapó de su país y cuáles son los riesgos a los que se enfrenta. A partir de la tercera debería recibir una respuesta. Así que Macías se ha quedado con la incógnita y tiene claro que este año no recibirá una respuesta.

Él, por lo menos, tiene una motivación en el campamento. Se llama Brenda, es salvadoreña y la conoció en el albergue Senda de Vida, en Reynosa. Ella también trae una historia trágica a sus espaldas: huida a la carrera por las amenazas de la pandilla (no especifica cuál) e intento de cruzar frustrado en Ciudad Juárez, Chihuahua. Allí comenzó su proceso de asilo cuando fue secuestrada. La Unidad de Política Migratoria, dependiente del Instituto Nacional de Migración, tiene registrados únicamente dos secuestros perpetrados contra migrantes en lo que llevamos de 2020. Existe un gran subregistro de las violaciones a los derechos humanos que sufre la población extranjera de camino a Estados Unidos.

Reconoce el cubano que a veces se siente mal, que la desesperación le carcome. “Hay personas que se marchan, que se regresan a su país. No aguantan. Yo llevo año y tres meses fuera de mi casa”, explica. Observa con desconfianza la decisión de encerrarles. Cree que el gobierno mexicano lo hace “para controlarnos mejor”.

“Hay mucha incertidumbre, muchas personas que están sin esperanza con lo que va a ocurrir con ellas”, dice Marta Gómez, coordinadora de apoyo a albergues de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM). La institución colabora con diversas alternativas para los que se desesperan: pedir refugio en México, ser canalizados laboralmente o el retorno asistido. La diferencia respecto a la deportación es que este es un viaje voluntario en el que el migrante debe demostrar que su vida no corre peligro al regresar. Desde las caravanas de 2018, más de 3 mil personas han regresado a sus países apoyados por la OIM. De ellos, más de la mitad pertenecen al programa “Quédate en México” de petición de asilo.

“Desde junio les están aplazando sus citas. Llevan un año en tránsito, están a un paso, varados por la pandemia, que solo les van a postergar las citas, esto les desanima mucho. Se mentalizaron que su proceso iba a durar seis meses. Ahora no saben si tan siquiera en seis meses van a abrir la frontera”, dice Paula Juárez, trabajadora social de MSF al interior del campamento.

Los meses pasan y las alternativas se agotan para el campamento. El padre Francisco Gallardo, director de la Casa del Migrante, cree que es necesario que las organizaciones de derechos humanos internacionales estén presentes en la zona. Recuerda que este es un territorio peligroso para los migrantes, que son habituales los secuestros y las extorsiones. También mira hacia el gobierno mexicano. “Prometió trabajos, prometió facilidades, pero no ha cumplido”, explica.

Desde marzo, cuando Estados Unidos cerró la frontera dentro de las medidas de excepción para hacer frente a la Covid19, muy pocos casos han sido procesados en el norte. Tras el inicio de la pandemia, apenas 134 personas fueron devueltas a Matamoros mediante el programa “Quédate en México”. Lo que el gobierno de Estados Unidos hace ahora es rechazar a quien intenta cruzar la frontera irregularmente: 147 mil 601 personas fueron expulsadas por este procedimiento, de las que 7 mil 131 eran centroamericanas. El programa para solicitantes de asilo era una deportación encubierta con la promesa incierta del proceso. Las devoluciones actuales tienen la ventaja de que no queda registro. Así que cada noche hay hombres, mujeres y niños que intentan cruzar al otro lado con la certeza de que, si los atrapan, podrán volver a intentarlo. Solo hay una condición para dar el salto: pagar al crimen organizado, que es el que manda en la frontera.

Este trabajo se realizó con apoyo de National Geographic Society Covid-19 Emergency Fund

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Por qué es probable que hayamos 'contaminado' Marte con vida (y por qué es un problema)

La humanidad ha enviado alrededor de 30 naves espaciales y módulos de aterrizaje a Marte desde que comenzó la era espacial. Ahora sabemos qué microbios podrían haber sobrevivido al viaje.
14 de mayo, 2021
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El hecho de que podamos recorrer la superficie de Marte mientras lees esto es un hecho extraordinario.

El robot Perseverance, que tiene el tamaño de un automóvil, aterrizó de manera segura en la superficie marciana el 18 de febrero pasado. Puede que solo avance a una velocidad máxima de 152 metros por hora, pero consta de una serie de instrumentos con los que ha llevado a cabo experimentos con resultados revolucionarios.

A bordo del robot de tres metros de largo hay una máquina que ha convertido el aire marciano (fino y lleno de dióxido de carbono) en oxígeno, así como un helicóptero que realizó el primer vuelo controlado con motor en otro planeta.

El helicóptero, llamado Ingenuity, ha realizado con éxito tres vuelos, recorriendo cada vez una mayor distancia.

¿Pero es posible que haya llegado algo más a Marte con todos estos aparatos? ¿Podría un rastro de bacteria o espora de la Tierra haber sido transportado accidentalmente al espacio y haber sobrevivido al viaje para hacer del planeta rojo su nuevo hogar?

“Casi imposible” evitarlo

La NASA y sus ingenieros en el Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) tienen protocolos precisos e integrales para garantizar que sus naves espaciales están libres de cualquier organismo que pueda colarse inadvertidamente en una misión espacial.

Sin embargo, dos estudios recientes exponen cómo algunos organismos podrían haber sobrevivido al proceso de limpiezay también al viaje a Marte, así como la rapidez con la que las especies microbianas pueden evolucionar en el espacio.

Primero, abordemos cómo se construyó el Perseverance, así como la mayoría de las naves espaciales fabricadas en las instalaciones de Ensamblaje de Naves Espaciales (SAF) del JPL.

Ingenuity

BBC

Las naves se construyen minuciosamente, capa a capa como una cebolla, y se limpian y esterilizan cada una de las partes antes de ensamblarlas. Esta metodología garantiza que casi ninguna bacteria, virus, hongo o espora contaminen el equipo que se enviará a una misión.

Se construyen en salas con filtros de aire y estrictos procedimientos de control biológico, diseñadas de tal forma que se garantice que solo unos pocos cientos de partículas puedan estar presentes e idealmente no más de unas pocas docenas de esporas por metro cuadrado.

Pero es casi imposible llegar a tener una biomasa cero.

Personal de la NASA limpiando superficies

NASA/Jim Grossmann
Las naves espaciales se someten a una limpieza rigurosa a medida que se ensamblan y preparan para su lanzamiento a otros planetas.

Los microbios llevan miles de millones de años en la Tierra y están en todas partes. Se encuentran en nuestros cuerpos y a nuestro alrededor. Algunos pueden colarse incluso en los lugares más estériles.

¿Cómo saberlo?

En el pasado, las pruebas de contaminación biológica se basaban en la capacidad de hacer crecer vida (en cultivos) a partir de muestras extraídas de un objeto, como los aparatos espaciales.

Ahora usamos métodos más novedosos. Tomamos una muestra determinada, extraemos todo el ADN y luego hacemos una secuenciación de “escopeta”o shotgun sequencing.

El término se usa porque es como poner las células de la muestra en una escopeta, “dispararlas” para convertirlas en miles de millones de pequeños fragmentos de ADN y luego secuenciar cada pieza.

Cada secuencia “leída” se puede volver a asignar a los genomas conocidos de especies que ya están presentes en las bases de datos de secuencias.

Dado que ahora podemos secuenciar todo el ADN que está presente en ambientes estériles, y no solo los que podrían cultivarse, obtenemos una visión más completa de qué tipo de microbios se pueden encontrar ahí y si podrían sobrevivir al vacío del espacio.

En los ambientes estériles del JPL encontramos evidencia de microbios que tienen el potencial de ser problemáticos durante las misiones espaciales.

Ingenieros de la NASA trabajando en un robot

Nasa/JPL-Caltech
La NASA tiene estrictos protocolos para áreas estériles que tienen como objetivo minimizar la contaminación biológica de vehículos espaciales.

Estos organismos tienen un mayor número de genes de reparación de ADN, lo que les da una mayor resistencia a la radiación, son capaces de formar biopelículas en superficies y equipos, pueden sobrevivir a la desecación (pérdida de humedad) y prosperar en ambientes fríos.

Resulta que en estos ambientes estériles podría estar ocurriendo un proceso de selección evolutiva de los insectos más resistentes que luego tendrían una mayor probabilidad de sobrevivir a un viaje a Marte.

La “contaminación interplanetaria”

Estos hallazgos tienen implicaciones en la llamada “contaminación interplanetaria” originaria de la Tierra.

Es importante garantizar la seguridad y preservación de cualquier vida que pueda existir en otras partes del universo, ya que organismos llegados de otros ecosistemas podrían causar estragos.

Los humanos tenemos un historial negativo de esto en nuestro propio planeta.

La viruela, por ejemplo, se contagió entre pueblos indígenas de América del Norte en el siglo XIX a través de mantas que les fueron donadas. Incluso ahora no hemos podido contener la rápida propagación del virus que causa la covid-19, el SARS-CoV-2.

Huellas de una misión de exploración en Marte

NASA/JPL-Caltech/MSSS
La humanidad ha enviado docenas de naves espaciales y módulos de aterrizaje a Marte; los que han tenido éxito han dejado su huella en el planeta.

La contaminación directa también es indeseable desde una perspectiva científica.

Los científicos, si descubrieran cualquier tipo de vida en otro planeta, deberían asegurarse de que es genuinamente nativo y no un registro falso de algo con apariencia extraterrestre pero procedente de la Tierra.

Y es que sus genomas podrían cambiar tanto que pudieran llegar a parecer de otro mundo, como hemos visto recientemente con los microbios que evolucionaron en la Estación Espacial Internacional.

¿Por qué sería perjudicial?

Aunque la NASA trabaja duro para evitar la introducción de tales especies en suelo marciano, cualquier signo de vida en Marte tendría que ser examinado cuidadosamente para asegurarse de que no se originó aquí en la Tierra.

No hacerlo podría generar un entendimiento erróneo de las características de la vida marciana.

Los microbios transportados al espacio también pueden ser una preocupación más inmediata para los astronautas, ya que representan un riesgo para su salud y tal vez incluso provoquen un mal funcionamiento del equipo de soporte vital si este se llena de colonias de microorganismos.

Pero la protección planetaria es bidireccional.

Un módulo de la Estación Espacial Internacional

Esa/Nasa
Se ha descubierto que bacterias y hongos capaces de sobrevivir en condiciones extremas prosperan en la Estación Espacial Internacional.

También hay que evitar traer de vuelta “contaminantes” de otro planeta que puedan poner en peligro al nuestro y a nosotros mismos.

Esto ha sido base de muchas películas de ciencia ficción, donde un malvado invasor “alienígena” amenaza con acabar con toda la vida en la Tierra.

Pero podría volverse en parte realidad con la misión que la NASA y la Agencia Espacial Europea planean hacer llegar a Marte en 2028 y que, si se cumple lo previsto, en 2032 traerá consigo de vuelta las primeras muestras del planeta rojo.

No obstante, teniendo en cuenta que las dos primeras sondas soviéticas aterrizaron en la superficie marciana en 1971, seguidas por el módulo de aterrizaje Viking 1 de EE.UU. en 1976, es probable que ya haya algunos fragmentos de ADN microbiano, y tal vez humano, en el planeta rojo.

Detectar su origen

Aun si el Perseverance, o las misiones que la precedieron, hubieran llevado accidentalmente organismos o ADN de la Tierra a Marte, tenemos formas de diferenciarlo de cualquier vida que sea verdaderamente de origen marciano.

Escondida dentro de la secuencia de ADN habrá información sobre su procedencia.

Marte

Getty Images
Herschel pensó que los marcianos eran muy altos.

Un proyecto en curso llamado Metasub está secuenciando el ADN que se encuentra en más de 100 ciudades del mundo.

Los investigadores de nuestro laboratorio, los equipos de Metasub y un grupo en Suiza acaban de publicar estos y otros datos metagenómicos globales para crear un “índice genético planetario” de todo el ADN secuenciado que se haya observado.

Al comparar cualquier ADN encontrado en Marte con secuencias vistas en los ambientes estériles del JPL, del mundo subterráneo, de muestras clínicas, de aguas residuales o de la superficie del robot Perseverance antes de que abandonara la Tierra, debería ser posible ver si realmente son desconocidos.

Incluso si nuestra exploración del sistema solar ha llevado inadvertidamente microbios a otros planetas, es probable que no sean los mismos que cuando abandonaron la Tierra.

Los ensayos de viajes espaciales y los entornos inusuales donde están los hacen evolucionar. Si un organismo de la Tierra se ha adaptado al espacio, o Marte, las herramientas genéticas que tenemos a nuestra disposición podrían ayudarnos a descubrir cómo y por qué cambiaron los microbios.

De hecho, las nuevas especies descubiertas recientemente en la Estación Espacial Internacional por científicos del JPL y nuestro laboratorio fueron similares a las encontradas en las salas estériles (con capacidad de resistencia a altos niveles de radiación).

Un aspecto positivo

A medida que se registra más y más biología extrema en un programa llamado Extreme Microbiome Project, también existe la posibilidad de utilizar las herramientas evolutivas para el trabajo futuro aquí en la Tierra.

Podemos usar sus adaptaciones para buscar nuevos protectores solares, por ejemplo, o nuevas enzimas reparadoras del ADN que puedan protegernos contra mutaciones dañinas que derivan en cáncer, o ayudar al desarrollo de nuevos fármacos.

Pennicillium en una imagen obtenida con un microscopio de electrones

Science Photo Library
Hay cientos de especies en el género de hongos Pennicillium, uno de los más comunes en la Estación Espacial Internacional.

Con el tiempo, los humanos pondremos un pie en Marte, llevando con nosotros el cóctel de microbios que vive en nuestra piel y dentro de nuestro organismo.

Es probable que estos microbios también se adapten, muten y evolucionen.

Y también es posible que aprendamos de ellos, ya que los genomas únicos que se adaptan al entorno marciano podrían secuenciarse, transmitirse a la Tierra para una esquematización adicional y luego utilizarse para terapias e investigación en ambos planetas.

Dadas todas las misiones marcianas que están planeadas, estamos en la orilla de una nueva era de la biología interplanetaria, en la que aprenderemos sobre las adaptaciones de un organismo en un planeta y las aplicaremos a otro.

Las lecciones de evolución y adaptaciones genéticas están inscritas en el ADN de cada organismo, y el entorno marciano no será diferente.

Marte dejará su huella sobre organismos que veremos cuando los secuenciemos, abriendo un catálogo completamente nuevo de literatura evolutiva.

El robot Perseverance en Marte

Nasa/JPL-Caltech
El Perseverance tomará muestras de la superficie de Marte que luego serán enviadas a la Tierra en la próxima década.

Esto no solo alimentará nuestra curiosidad, sino que es un deber de nuestra especie de proteger y preservar todas las demás especies.

Solo los humanos comprenden la extinción y, por lo tanto, solo los humanos pueden prevenirla.

Y eso es aplicable hoy, pero lo será dentro de miles de millones de años, cuando los océanos de la Tierra comiencen a hervir y el planeta se vuelva demasiado caliente para que pueda haber vida en ella.

Nuestra inevitable violación de la protección planetaria ocurrirá cuando comencemos a dirigirnos hacia otras estrellas, pero en ese caso, no tendremos otra opción.

Eventualmente, la contaminación interplanetaria cuidadosa y responsable es la única forma de preservar la vida.


*Christopher Mason es profesor de genómica, fisiología y biofísica en Weill Cornell Medicine, de la Universidad Cornell de Nueva York. Investiga los efectos moleculares y genéticos de los vuelos espaciales humanos a largo plazo, así como el diseño de nuevos tipos de células para la terapia contra el cáncer.

Puedes leer la versión original de este artículo en inglés en BBC Future.


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