Mexicanos que buscan asilo a EU, atrapados en campamento de Matamoros
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Alejandro Cegarra / National Geographic Society Covid-19 Fondo de emergencia

Mexicanos desplazados que buscan asilo en EU, atrapados y sin ayuda en un campamento en Matamoros

La mayoría son centroamericanos y caribeños que cayeron en 'la telaraña' del programa “Quédate en México”, que los obliga a esperar al sur de la frontera por una cita para defender su caso de asilo.
Alejandro Cegarra / National Geographic Society Covid-19 Fondo de emergencia
22 de septiembre, 2020
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Alejandrina colocó una bandera tricolor en uno de los extremos del campamento de solicitantes de asilo de Matamoros, Tamaulipas, “para que no se olviden que aquí también habemos mexicanos”. Ondea en el lugar más próximo a la frontera con Estados Unidos, en lo que ahora es un barrio de tiendas de campaña, rodeado por una valla con la que el Instituto Nacional de Migración (INM) enclaustró a hondureños, guatemaltecos, salvadoreños, venezolanos, cubanos, pero también a mexicanos. Al otro lado del Río Bravo, que aquí ejerce de muro, las barras y estrellas: el lugar al que toda esta gente atrapada aspira a llegar en algún momento.

Más de un millar de solicitantes de asilo languidecen desde hace más de un año en este campamento de Matamoros. La mayoría son centroamericanos y caribeños que cayeron en la telaraña del programa “Quédate en México”, que los obliga a esperar al sur de la frontera por una cita para defender su caso de asilo. Pero también hay familias mexicanas que quieren pedir protección en Estados Unidos y que huyeron de sus casas por miedo a la violencia del crimen organizado. Ninguna institución les ha ofrecido solución. El gobierno de Andrés Manuel López Obrador se defiende argumentando que es el primero que ha reconocido el problema. Sin embargo, no hay programas de apoyo, ni siquiera un censo de cuántos mexicanos buscan asilo al otro lado. La Ley de Desplazamiento Forzado Interno lleva un año en trámites y debería pasar al Pleno de la Cámara de Diputados esta semana, según Andrés Ramírez, coordinador de la Comisión Mexicana de Ayuda al Refugiado (Comar), pero aún cuando se aprobara en poco tiempo, está lejos de ser una solución.

Entérate: Sandra cruzó a EU embarazada para pedir asilo, pero fue deportada dos días después de dar a luz

La iniciativa plantea que esa dependencia sea la encargada de atender a los mexicanos obligados a escapar de la violencia que se convierten en desplazados internos. Es decir, que la Comar no solo se encargaría de la protección de los extranjeros que huyen y llegan a México —24 mil 271 solicitudes en 2020, en plena pandemia; 70 mil 609 el año pasado—, sino que también atendería a esos mexicanos que tuvieron que dejarlo todo.

Alejandrina Sánchez sostiene a su nieta en el campamento de solicitantes de asilo en Matamoros, México, el martes 1 de septiembre de 2020. Fotógrafo: Alejandro Cegarra / National Geographic Society Covid-19 Emergency Fund

A sus 51 años, Alejandrina tiene ojitos pequeños dentro de un rostro redondo pero endurecido y carga en su cuerpo el peso de criar a seis hijos. Habla con carisma y autoridad, como la matriarca que es. Pasó toda su vida en Balcón de Pocitos, una minúscula comunidad rural de la sierra de Guerrero donde cultivaba la tierra y tenía todo el espacio del mundo. Ahora, sin embargo, está condenada a dormir en una tienda de campaña en Matamoros, Tamaulipas. Sus dominios son escasos y están limitados al tercer sector del campamento, el más alejado a la entrada, el área de los mexicanos. Quienes viven aquí tienen todos sus documentos en regla ya que están en su propio país. Pero también están atrapados. Buscan cruzar al norte porque temen por su vida. La frontera está cerrada desde que se desató la pandemia por Covid19, así que esperan aquí, como extranjeros en su propio territorio. En el México en el que más de 80 personas son asesinadas cada día, no confían en el gobierno para que les dé protección.

“Estamos aquí huyendo de la delincuencia”, dice la mujer, sentada frente a su carpa, un amplio espacio de plástico con colchonetas para dormir y reforzado con cobijas que protegen de la lluvia. Cuenta que el 13 de octubre de 2018, hace apenas dos años, mataron a su esposo, Felipe Atanasio Salcedo, en Tecpán de Galeana, Guerrero. Había un pleito entre propietarios de una empresa maderera de Balcón, su comunidad, y el hombre fue llamado para mediar. Tres días antes de la que él creía que sería la reunión definitiva, alguien le pegó siete tiros por la espalda. El primero ya le alcanzó en el corazón y lo dejó en el suelo, pero los sicarios quisieron asegurarse de que habían cumplido su trabajo.

“Mi hijo le empezó a marcar y nada, no contestaba. Él era de los que, timbrando, respondía, de los que no dejaba a uno así. Mi hijo le habló a mi hermana, y al rato le dijo: me acaban de avisar de que está uno tirado en la tienda, y es de Balcón”, explica, recordando el día en el que le cambió la vida para siempre.

Ese alguien que estaba tirado era su esposo. Andaba en la tienda porque había decidido darle una sorpresa y presentarse en casa sin avisar para pasar el fin de semana.

“La sorpresa que me llevé es que él yendo a comprar para llevarme algo a casa allá lo matan. Él no era un delincuente. No era nada. Le dieron siete balazos”, dice Alejandrina, sin poder contener las lágrimas. Todo este campamento está lleno de tragedias. Quedarse atrapados es otro paso más de vidas llenas de dolor, sangre, desigualdad y abuso. Para estas personas, el estado es solo el muro que les impide llegar a un lugar seguro. Ninguna autoridad se preocupó por ellas, ni arrestó a quien les hizo daño ni les garantizó que no se volvería a repetir. Cuando huyeron, entonces sí, había uniformados que se interponían en su camino y no les permitían llegar a Estados Unidos.

Alejandro Cegarra / National Geographic Society Covid-19 Emergency Fund

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“La policía dice que llegó y nada más que no lo levantaron, nadie dejaba que se acercara. Pero no hizo nada. Ni siquiera quisimos andar volteando en demandas. Porque aquí, si viste algo, quédate callado. ¿Te hicieron algo? Quédate callado. ¿Podemos denunciar? Para qué. Nadie te protege”, dice.

Más de 5 mil guerrerenses huyeron en 2019

Nunca hubo un detenido por el asesinato de Atanasio Salcedo. A las víctimas no se les protegió. Este es el resumen de la impunidad. De un país en el que el 99% de los delitos no se castigan, según la ONG Impunidad Cero y en el que solo en 2019, un total de 8 mil 644 personas se convirtieron en desplazados internos, según datos de la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos (CMDPDH). De ellos, 5 mil 128 procedían de Guerrero, el estado del que Alejandrina y los suyos escaparon, el estado que más personas expulsa, atemorizados ante la posibilidad de que los maten. Por detrás quedan Oaxaca (mil 071 desplazados), Michoacán (704) y Chiapas (608).

Tras un año en shock, cuenta la matriarca que su familia se convirtió en nómada. Durante esos primeros meses que siguieron al asesinato de Felipe permanecieron en Balcón sin atreverse a bajar a la capital. Vivir en su pueblo como si fuesen presos era inviable, así que se marcharon a Colima, a 556 kilómetros al norte siguiendo por la costa del Pacífico. Allí tampoco encontraron la tranquilidad. “Había gente, conocidos de ellos”, explica, sin dar más detalles.

Para Alejandrina son ellos. En el campamento en el que malvive, en Matamoros, se habla de la maña. Es, sin concretar, una realidad a la que sus víctimas no llaman por su nombre. Dar detalles es hablar de más, resultar sospechoso, ponerse una diana a la espalda.

Poco duró la familia de vuelta en Guerrero. Los dos hijos pequeños, que ahora tiene 18 y 16 años, estaban en peligro. Un carro ya andaba detrás del menor, paseándose afuera de casa de sus tíos. Y el chavo se dio cuenta. Año y pico antes habían matado a su padre. Meses atrás huyeron a Colima. En esas condiciones uno desarrolla ojos en la espalda. “Él no quería que yo supiera porque me iba a preocupar”, dice Alejandrina.

“¿Qué cosa hacemos? ¿Esperar otro? ¿Esperar a qué? Siento que estando fuera del país, mis hijos van a estar a salvo. Mientras estemos en México ellos no van a estar a salvo”, explica la mujer. Esa es la disyuntiva cuando nadie te protege.

En medio del pánico, recién retornados de Colima, pero bloqueados ante el miedo de sufrir un atentado, uno de los hijos de Alejandrina tuvo una idea. Cruzó a Estados Unidos de mojado, como cientos de miles de compatriotas han hecho durante décadas. Cuando estaba en lugar seguro, llamó a su esposa, que atravesó el puente de Matamoros como solicitante de asilo.

Sandra Ocampos sostiene a su bebé recién nacido de 11 días que nació en Estados Unidos y luego fue deportado a México con su familia en el campamento de solicitantes de asilo en Matamoros, México, el jueves 3 de septiembre de 2020. Fidel Salas y Sandra Ocampo cruzaron a los Estados Unidos Estados al otro lado del río Bravo, al día siguiente Sandra dio a luz para ser deportada una semana después de regreso a México a pesar de haber pedido asilo Fotógrafo:
Alejandro Cegarra / National Geographic Society Covid-19 Emergency Fund

Incentivada ante la noticia de que su nuera y sus tres nietos seguirían el proceso al interior de Estados Unidos, en Florida, decidió probar suerte y se llevó a los tres pequeños hasta Tamaulipas, a casi mil 500 kilómetros de distancia de Guerrero. Se recorrió todo el país con la esperanza de hacer lo mismo: tomar su número en una lista, aguardar unas semanas y cruzar al otro lado para explicar que a Felipe Atanasio Salcedo le dieron siete disparos y que teme que sus hijos puedan ser los siguientes.

Cuando ya estaba imaginando su vida al norte del Río Bravo, llegó el coronavirus y todas sus expectativas se vinieron abajo. Debido a la pandemia, el 21 de marzo Estados Unidos cerró la frontera a todo tránsito no esencial y todos los procesos, tanto migratorios como de solicitud de asilo, fueron suspendidos hasta nueva orden. Desde entonces, ningún mexicano recibió turno para ser atendido en la corte de asilo. Tampoco fueron procesados los miles de extranjeros que esperan para su cita siguiendo el Protocolo de Protección a Migrantes (MPP por sus siglas en inglés), que les obliga a esperar en México.

La “nueva normalidad” es estar atrapado en un campamento

La nueva normalidad impuesta por la pandemia en la frontera es la suspensión de todas las garantías legales migratorias o de petición de asilo. Según el artículo 42, que es el que usa el gobierno de Estados Unidos para expulsar a quien cruza irregularmente, todas las personas son potenciales agentes de contagio de Covid19. Así que se les expulsa sin siguiera pasar por un centro de detención. Según este procedimiento, 147 mil 601 personas fueron devueltas a México, de las que 7 mil 131 eran centroamericanas. Muchos de estos migrantes eran por motivos económicos y este sistema les permite volver a intentarlo sin que su pasaporte quede marcado por la deportación. Sin embargo, quienes buscan protección por miedo a ser asesinados, son devueltos igual. Así que Alejandrina ni siquiera lo ha intentado.

Cuando la guerrerense llegó al campamento de Matamoros los mexicanos eran una colonia amplia. Minoritaria y poco conocida fuera de las tiendas de campaña, pero con entidad propia. Había gente llegada de Oaxaca, de Chiapas, de Michoacán, de Guerrero. En total, unas 300 personas, de un total de 2 mil 500. Todos se ubicaban en el sector 3, el más informal de todos, el que está casi tocando con la frontera de Estados Unidos. Seis meses después del cierre de la frontera esta población ha menguado considerablemente. Apenas quedan 20 familias, todas ellas de Guerrero salvo una pareja que llegó de Chiapas. Entre ellas están, por ejemplo, Rocío, que escapa con sus dos hijos y llega desde Cuajinicuilapa, en la costa chica de Guerrero, desde donde huyó cuando le dijeron iban a matar al pequeño de todos. O Denia, con tres pequeños a su cargo, con su esposo en Estados Unidos y meses temiendo caer víctima de la persecución que sufría el marido. Conforme pasa el tiempo van desesperándose. Más aún cuando vieron cómo algunas de las carpas que los rodeaban antes ya se levantaron.

Que algunos ya no estén en el campamento no quiere decir que se hayan puesto a salvo. Son víctimas de un sistema que está pensado precisamente para eso, para darles la vuelta, para que se agoten. La pandemia por Covid19 fue el argumento perfecto. Estados Unidos, el país con mayor número de contagios y muertos (6.65 millones de contagios y casi 200 mil muertos al 17 de septiembre), cerrado a cal y canto bajo la excusa de que el virus le puede entrar por el sur. Ante este desgaste continuo, algunos pagaron a un pollero para ser conducidos a Estados Unidos y permanecer allí como ilegales. Otros se hartaron de vivir en carpas y rentaron un departamento allí mismo, en Matamoros. Los menos se regresaron por donde habían venido, al lugar en el que los amenazaron. O a otro punto de México en el que consideren que su vida corre menos peligro.

Felipe Atanacio descansa en una hamaca junto a su hermana y sobrino en el campamento de solicitantes de asilo en Matamoros, México, el miércoles 2 de septiembre de 2020. Fotógrafo: Alejandro Cegarra / National Geographic Society Covid-19 Emergency Fund

Los mexicanos ahora atrapados en Matamoros son un drama invisible al que nadie presta atención. Todavía no son solicitantes de asilo, porque ni siquiera han tenido oportunidad de presentar su caso ante la corte de Estados Unidos. Hasta el momento, son desplazados internos. Y, al día de hoy, no existe una sola institución que tenga un plan para ellos. Por no haber, no existe ni legislación específica. Ni, obviamente, un censo. La CMDPDH elabora anualmente un informe sobre desplazamiento interno en México. Según sus datos, desde 2016 hay un acumulado de 346 mil 945 personas que se vieron obligadas a dejar su casa por algún tipo de amenaza. Gente, como Alejandrina, a la que le habían matado al esposo, a un hijo, a un hermano, y a quien el Estado no garantizaba ningún tipo de protección.

Sin planes de apoyo para quienes tienen que dejarlo todo

“Muchas de estas personas que solicitan asilo, cuando se encuentran en esta situación, es que se han vulnerado sus derechos. Han sufrido amenazas o vulneraciones serias a los derechos humanos. Es una movilización muy justificada. Emigran, pero lo planean, sino que se encuentran en la situación en la que salen huyendo”, dice Mauro Santos, director de Desplazamiento Forzado Interno, de la subsecretaría de Derechos Humanos. Admite que ellos no disponen de datos oficiales ni programas específicos, pero asegura que han dado el primer paso: reconocer el problema. Asegura que para cuando alguien se plantea cruzar al otro lado como refugiado es que ya se ha movido por el país sin encontrar protección.

En los últimos años, el fenómeno de mexicanos que piden asilo en Estados Unidos está en auge. Según los datos de la Universidad de Siracusa, las cortes al otro lado del Río Bravo resolvieron un total de 38 mil 750 casos de asilo presentados por mexicanos, lo que le convierte en el quinto país en número de solicitudes, solo superado por China, El Salvador, Guatemala y Honduras. Este indicador solo marca las demandas que ya fueron resueltas positiva o negativamente, pero no las pendientes. Según la oficina de asilo de Estados Unidos, las solicitudes pendientes a septiembre de 2019 eran 339 mil 836, aunque sin especificar por país de origen.

A pesar de todo, estos datos sirven para mostrar que el incremento de demandas de protección de mexicanos es exponencial. En 2001, por ejemplo, apenas 496 personas solicitaron asilo. En 2006, cuando Felipe Calderón declaró la denominada “guerra al narcotráfico”, esta cifra era incluso menor: 342. Sin embargo, con el inicio de la segunda década del siglo XXI las peticiones de asilo de mexicanos se multiplicaron: mil 176 resueltas 2011; 3 mil 267 en 2016; 7 mil 611 en 2019. En este año, y a pesar de que los procedimientos se cerraron en marzo a causa de la Covid19, hay 5 mil 103 solicitantes de asilo procesados por el sistema estadounidense.

Alejandrina pone toda su esperanza en que las fronteras se abran. Sin embargo, que la dejen cruzar no quiere decir que pueda quedarse eternamente. Aquí las estadísticas juegan en su contra. De los 38 mil 750 casos tramitados, 32 mil 975 fueron negados, por lo que a los solicitantes se les regresó a México.

La matriarca no quiere ni pensar en ello. Ahora solo le angustia pensar que la frontera está cerrada y que no parece que vayan a abrirla pronto. ”Yo digo que vieran mi caso. Si no abren, tendremos que ver. O regresarnos, pues. Pero igual. Si nos regresamos ya sabemos lo que nos espera”, explica.

En esta ecuación hay un elemento ausente: el estado mexicano. Animal Político consultó al Instituto Nacional de Migración (INM), la subsecretaría de Derechos Humanos y la Comisión Mexicana de Ayuda al Refugiado. No hay programa que trate el problema. Mauro Santos, director de Desplazamiento Forzado Interno, indicó que ellos trabajan un paso antes de que mujeres como Alejandrina se vean forzadas a pasar meses atrapadas en un campamento en la frontera. Sin embargo, no detalló cuáles son las acciones que desarrolla el gobierno federal. “Estamos tratando de desarrollar políticas públicas que no tengan que llegar a estos casos tan extremos”, dice Santos. Cierto es que, al contrario que administraciones anteriores, la de Andrés Manuel López Obrador reconoce la existencia de desplazados internos. Y sabe que estos, antes de recurrir a Estados Unidos han deambulado por diferentes estados buscando un lugar en el que estar a salvo.

“Estamos esperando que se apruebe la ley sobre desplazados internos”, explica Andrés Ramírez, coordinador general de la Comar. El borrador de la iniciativa está todavía en comisiones, aunque podría pasar esta semana a la Cámara de Diputados.

Se trata de crear un programa de apoyo a una población que hasta el momento ha sido ignorada desde todas las instituciones de gobierno. Y, como recuerda Ramírez, el primero paso es dotar de recursos a una agencia que ya vio disminuir sus recursos de los 47 millones de pesos de 2020 a los 40 para el próximo año.

Nadia, ciudadana mexicana y solicitante de asilo, cocina en su cocina improvisada en el campamento de solicitantes de asilo en Matamoros, México, el jueves 3 de septiembre de 2020. Fotógrafo: Alejandro Cegarra / National Geographic Society Covid-19 Emergency Fund

Para que la ley sea efectiva los diputados deben aprobarla, enviarla al Senado y haría falta que se construya y apruebe un reglamento. Una eternidad para Alejandrina, que cada día se despierta más cansada, con menos fuerzas de hacer frente a la jornada. Ahí en el campamento tienen su plancha con la que hacer tortillas, una cocina improvisada entre el barro y la madera y hamacas colgadas de los árboles.

“Uno se para sin ganas. Hace el desayuno, el almuerzo, el rato va pasando. Todos los días son lo mismo”, dice. Siendo mexicanos, podrían ir a donde quieran, nadie se lo impide. Sin embargo, ella explica que apenas sale del campamento tienen miedo de lo que hay afuera y gastaron casi todos sus recursos en el viaje a Matamoros.

La verja con la que el INM cerró el campamento es la penúltima afrenta. Ni bañarse en el río les dejan ahora, convertidos en casi presos en un país que no es capaz de protegerlos. “Yo ya no aguanto”, se queja la mujer.

La última esperanza llega en forma de rumor. “Dicen que hay abogados y que hay opción a Canadá. Y si no, para todo se ocupa el dinero, pero buscar. Buscar si se pudiera, aunque sea con permiso de trabajo. Lo que sea, pero fuera de México”, dice. Solo durante este año, 1,935 mexicanos llegaron hasta Canadá para pedir asilo, el 12.6% de las 15,350 que se recibieron, lo que le pone a la cabeza en solicitudes de protección.

Desesperada, Alejandrina ya baraja cualquier opción. Y, si tuviese que regresar, solo pide que sea sin sus hijos. “Yo voy de salida, digo yo que no me hacen nada, pero ellos…”

El campamento de Matamoros se acerca cada vez más a una cárcel en la que cientos de hombres, mujeres y niños que buscan vivir sin violencia en Estados Unidos se ven obligados a languidecer en uno de los estados mexicanos con mayor presencia del crimen organizado. El gobierno de López Obrador se comprometió con Donald Trump a hacer lo posible para que guatemaltecos, hondureños o salvadoreños no se acerquen al muro ni intenten cruzarlo. La paradoja es que, entre todos ellos, también hay mexicanos a los que su propio gobierno, el que despliega miles de agentes de la Guardia Nacional para impedir el tránsito de los centroamericanos, es incapaz de proteger.

Este trabajo se realizó con apoyo de National Geographic Society Covid-19 Emergency Fund

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El Penacho de Moctezuma y otras piezas emblemáticas que están fuera de México

El penacho se encuentra en el Museo del Mundo de Viena y especialistas descartan la posibilidad de que pueda ser trasladado por su fragilidad.
14 de octubre, 2020
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2021 es el año que México ha elegido para mostrar al mundo con orgullo algunos de sus más preciados y fascinantes tesoros prehispánicos.

Pero, sobre todo, lo que intentarán sus autoridades es que los mexicanos puedan disfrutar en su propio país de antiguos códices, máscaras y otras piezas culturales y arqueológicas consideradas clave en su historia.

La fecha no fue elegida al azar. El año que viene, el gobierno de México conmemorará los 200 años de su independencia, los 500 de la conquista por parte de España y los 700 de la fundación de Tenochtitlán, capital del imperio mexica.

“Por estos acontecimientos, queremos mostrar a los mexicanos la grandeza cultural de nuestro pueblo que, por los intereses de quienes nos invadieron y colonizaron, fue distorsionada”, expuso el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador.

El problema es que muchas de estas obras se encuentran en otros países como consecuencia del “saqueo” de patrimonio histórico sufrido en el pasado, dijo este martes el mandatario.

Por eso, su esposa y coordinadora del proyecto de Memoria Histórica y Cultural de México, Beatriz Gutiérrez Müller, se reúne estos días con líderes europeos para convencerles de que algunos de esos objetos en sus países regresen -al menos, de manera temporal- a suelo mexicano.

Beatriz Gutiérrez Müeller fue recibida por la primera dama de Francia, Brigitte Macron

Getty Images
Beatriz Gutiérrez Müeller fue recibida por la primera dama de Francia, Brigitte Macron, durante su gira por Europa para lograr el préstamo de objetos arqueológicos e históricos para ser expuestos en México.

Pero entre las obras más ansiadas y reclamadas por México sobresale una que permanece desde hace siglos en Austria: el penacho del México Antiguo, más conocido como penacho de Moctezuma.

Esto, pese a que especialistas en conservación -incluidos expertos mexicanos- ya advirtieron hace años que trasladar la pieza entre países sin que se deteriore es algo prácticamente imposible.

¿Cómo acabó en Austria?

Su sobrenombre se debe a la teoría más extendida sobre su origen: que el penacho fue un regalo de Moctezuma a Hernán Cortés a la llegada del español a las costas del golfo de México a inicios del siglo XVI.

Esto, según expertos, descarta la idea de que esta pieza concreta -compuesta por plumas de quetzal y otras aves montadas sobre una base de oro y piedras preciosas- fuera víctima de pillaje por parte de las tropas del conquistador español.

Esta litografía a color de 1892, "Entrada de Cortes a México", ilustra el primer encuentro entre Cortés y Moctezuma, el 8 de noviembre de 1519.

Getty Images
Se cree que el penacho fue un regadlo de Moctezuma a Hernán Cortés con motivo de su llegada a lo que hoy es Veracruz.

“Es obvio que durante la Conquista hubo saqueos, pero en este caso no podemos hablar de un robo porque fue parte de un obsequio con un propósito muy específico”, señala Iván Escamilla, profesor del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Autónoma de México (UNAM).

“La idea de que esto se tenga que recuperar para hacer, de alguna manera, ‘justicia’… no tiene tanto sentido en este caso”, le dice a BBC Mundo el investigador experto en historia colonial.

Aunque Moctezuma le hubiera obsequiado el penacho a Cortés para entablar relaciones, no está comprobado que hubiese sido realmente utilizado por el líder azteca.

Expertos sostienen que es más probable que este tipo de objeto fuera utilizado por sacerdotes en ceremonias en lugar de por emperadores, quienes solían usar diademas de oro con una pieza triangular al frente.

“No hay ninguna indicación escrita o visual que indique que Moctezuma usara ese tocado en concreto. Citarlo como si fuera un bien personal de él, es un error”, apunta Escamilla.

Pero la mayor incógnita sobre la historia del penacho es, sin duda, saber cómo y cuándo exactamente llegó hasta Austria.

Una de las principales hipótesis destaca el origen austríaco de la familia Habsburgo a la que pertenecía el rey Carlos I de España y V de Alemania, a quien Cortés le hizo llegar el penacho. Esto podría ser uno de los factores para que la pieza acabara en ese país europeo.

Tras llegar a manos de la Corona española, Escamilla admite que hay “un hueco en la historia del penacho”, hasta que a finales del siglo XVI la pieza fue localizada como parte de la colección propiedad del archiduque Fernando II de Habsburgo, quien era pariente de Carlos I.

Cortes y Carlos I

Getty Images
Se cree que Hernán Cortés (en la ilustración, arrodillado frente al rey Carlos I) le hizo llegar al monarca español el penacho de Moctezuma.

Sin embargo, no es hasta el siglo XIX que se identifica y se atribuye su procedencia a México, a donde nunca regresó.

Desde hace años, está considerada la pieza más relevante y estudiada en el Museo del Mundo de Viena, la capital austríaca.

¿Podrá volver a México?

En la actualidad, la opción más cercana y accesible para los mexicanos que quieren conocer el emblemático penacho es gracias a la réplica que se exhibe en el Museo de Antropología de Ciudad de México.

El artista que creó la copia en 1940 tuvo que recurrir a imágenes de archivo, ya que no tuvo acceso a la obra original. Pero México no se rindió y siguió tratando de conseguirla.

Replica del penacho.

INAH
El Museo de Antropología de Ciudad de México cuenta con una réplica del penacho.

En 1991, el gobierno mexicano reclamó a Austria su devolución. Veinte años más tarde, matizó su oferta y le ofreció intercambiarlo temporalmente por la carroza del emperador Maximiliano de Habsburgo y segundo emperador de México que se exhibe en la capital del país.

Sin embargo, una restauración del penacho a cargo de especialistas mexicanos y austríacos entre 2010 y 2012 concluyó que el frágil estado de la pieza no permitía su traslado de ninguna manera.

Pese al diagnóstico, López Obrador volvió a solicitar el préstamo durante el encuentro de su esposa con el presidente de Austria, Alexander Van der Bellen, aunque el líder mexicano reconoció no estar muy esperanzado con los resultados.

“Le dije a Beatriz: ‘insiste, porque es una pieza nuestra de México (…)’. Aunque le dije que no era una misión fácil, que era como una misión imposible, porque los austríacos se han apoderado por completo del penacho”, dijo este martes.

“No se lo quisieron ni siquiera prestar a Maximiliano de Austria. Cuando nos invaden, imponen a Maximiliano en el Segundo Imperio, él habla de traer el penacho, toca el tema, pero no lo logró”, agregó.

Y, según los responsables de la pinacoteca donde está alojado el penacho, parece improbable que esta vez vaya a ser diferente.

Su curador, Gerard van Bussel, le reiteró a la agencia Efe que la pieza no podrá ser trasladada a México en al menos diez años, ya que cualquier vibración “en el aire o la carretera lo destruiría”.

“Me gustaría conocer a la persona dispuesta a asumir esa responsabilidad”, dijo.

Otras peticiones de préstamo

Sin embargo, el penacho no es la única obra prehispánica que México aspira a traer temporalmente a su territorio el año que viene.

Antes de encontrarse con el mandatario austríaco, Gutiérrez Müller le entregó una carta al presidente de Italia, Sergio Mattarella, en la que López Obrador le solicitaba la cesión temporal del Codex Fiorentino y el Codex Cospi o Bologna que permanecen en bibliotecas de su país.

AMLO

Reuters
López Obrador reiteró que el penacho de Moctezuma es una pieza de México e insistió en pedir la pieza al gobierno de Austria.

El primero es “un testimonio muy valioso sobre la vida cotidiana y cosmogonía indígenas y contiene ilustraciones realizadas por tlacuilos, los antiguos ilustradores mexicanos”, dijo AMLO en su carta.

“Si usted nos ayuda, nosotros corresponderíamos enviando una exposición de piezas arqueológicas espléndidas (…) o bien aportar obras de grandes artistas mexicanos como Frida Kahlo, David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera y otros. Estamos abiertos a sus sugerencias”, se lee en la misiva.

Otra carta similar fue entregada al papa Francisco por la esposa del presidente, en la que se solicita al Vaticano el préstamo de otros tres códices y sus mapas de Tenochtitlán.

Uno de ellos es el Códice Borgia, uno de los ejemplos mejor conservados de escritura de estilo azteca anterior a la Conquista y que fue catalogado por las autoridades católicas de la era colonial como “obra del diablo” por describir dioses y rituales de la época.

“Aprovecho para insistir en que tanto la Iglesia Católica, la Monarquía española y el Estado Mexicano debemos ofrecer una disculpa pública a los pueblos originarios que padecieron de las más oprobiosas atrocidades para saquear sus bienes y tierras y someterlos, desde la Conquista en 1521 hasta el pasado reciente”, remarcó AMLO en su escrito.

Gutiérrez Müller también visitó Francia, donde fue recibida por la esposa del presidente galo, Briggitte Macron, con el fin de solicitar igualmente piezas arqueológicas para su exposición en México el año próximo.

Más tesoros prehispánicos en el exterior

En Francia, por ejemplo, se encuentra el Códice Borbónico, considerado una pieza clave para la comprensión de cómo se representaban el calendario mexica y las deidades y rituales asociados. Se cree que llegó a España directamente de México antes de cruzar al país galo.

El Museo Británico de Londres, por su parte, acoge otros tesoros prehispánicos como la espectacular máscara de Tezcatlipoca, elaborada en el siglo XV sobre un cráneo humano con incrustaciones de turquesa.

Serpiente azteca de dos cabezas

© The Trustees of the British Museum
La Serpiente azteca de dos cabezas es otro de los tesoros prehispánicos que se encuentra en el Museo Británico de Londres.

En el mismo museo se encuentra la máscara de Quetzalcóatl, ligada al dios de la lluvia y que se cree que también fue un regalo de Moctezuma a Cortés. El museo la adquirió en una subasta en París a finales del siglo XIX.

Asimismo, el Museo Británico cuenta entre sus obras con la emblemática Serpiente azteca de dos cabezas, una escultura con mosaicos turquesa que data de entre los años 1400 y 1521 y que fue comprada por Londres en 1892.

En muchos de los casos, no se sabe a ciencia cierta el camino que recorrieron estas piezas desde México hasta su ubicación actual, tras formar parte en ocasiones del catálogo de coleccionistas privados en Europa.

Preguntado sobre si es un mayor valor lo que explica el gran interés que parece existir por el penacho de Moctezuma respecto al resto de piezas en el exterior, Escamilla niega que sea más valioso que algunos de los códices que permanecen en bibliotecas europeas.

“Pero, en los siglos XIX y XX, el penacho cobró una serie de connotaciones y para mucha gente terminó representando la grandeza de las civilizaciones mesoamericanas que se supone son la raíz de la nacionalidad mexicana”, dice.

Museo de Viena donde se conserva el penacho de Moctezuma.

AFP
El penacho se encuentra en el Museo del Mundo de Viena y especialistas descartan la posibilidad de que pueda ser trasladado por su fragilidad.

Por eso, y teniendo en cuenta que ya se confirmó la imposibilidad de trasladarlo desde Viena, el experto enmarca la nueva petición de préstamo como “un gesto más bien simbólico y político”.

Y aunque recuerda que el disputado penacho es “patrimonio de México”, también reconoce “ventajas” en el hecho de su viaje por el extranjero.

“Que llegara a formar parte de una colección de un príncipe y que pasara por todo ese proceso en Europa, que fuera después restaurado… son algunos de los motivos por los que el penacho se conserva actualmente”, apunta.

“En México, en cambio, no se conserva ninguno”, asegura el historiador.


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