Lo que no declaró Zebadúa: él negoció con rectores La Estafa Maestra
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Lo que no declaró Emilio Zebadúa ante la FGR: él negoció con rectores La Estafa Maestra

De acuerdo con testimonios obtenidos e investigaciones realizadas por la Auditoría Superior de la Federación, Zebadúa inició la negociación y sus subalternos servían de enlace en la operación y autorizaban la salida de recursos.
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Por Nayeli Roldán y Manu Ureste
24 de noviembre, 2020
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Para obtener el perdón legal, el exoficial mayor de la Sedesol y la Sedatu, Emilio Zebadúa declaró ante la FGR el modus operandi de La Estafa Maestra deslindándose de cualquier responsabilidad y, en cambio, acusó a cercanos de Rosario Robles como los artífices del mecanismo. Sin embargo, implicados en la trama confirman que él y su equipo fueron los negociadores y ejecutores del desvío en ambas dependencias.

De acuerdo con testimonios obtenidos por Animal Político e investigaciones realizadas por la Auditoría Superior de la Federación, exfuncionarios de universidades y organismos públicos que hicieron convenios con las dependencias aseguran que Zebadúa inició la negociación y sus subalternos servían de enlace en la operación y autorizaban la salida de recursos.

Leer más | La Estafa Maestra: Zebadúa negocia perdón, mientras pelea en tribunales por sus bienes

El esquema consistió en que dependencias de gobierno firmaban convenios con universidades públicas para hacer supuestos servicios, pero estas subcontrataban a empresas fantasma o ilegales, como reveló el reportaje periodístico La Estafa Maestra. Según Zebadúa, él “nunca” participó, pero los testimonios lo desmienten.

Zebadúa, el encargado de los recursos 

Quienes conocen a Emilio Zebadúa González lo describen como un hombre arrogante, listo y muy culto. Solo consultaba la prensa internacional y acostumbraba a leer The New York Times con los pies sobre el escritorio de su oficina.

Comenzó a despachar en Polanco, una de las zonas más exclusivas de la Ciudad de México, desde 2006 cuando se integró al equipo cercano de Elba Esther Gordillo, la líder del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), dirigiendo la Fundación para la Cultura del Maestro SNTE, cuya sede estaba en esa colonia.

Tiempo después instaló su propia oficina en Tennyson 125, y la mantuvo aún como funcionario público. Los visitantes cuentan que debían pasar por los arcos detectores de metales puestos en la entrada y dejar los teléfonos celulares, relojes, y hasta las plumas, en el lobby.

Las reuniones se realizaban generalmente en la sala de juntas, cuya entrada era flanqueada por un jaguar gigante tallado en madera, técnica típica de Chiapas, de donde es originaria la familia Zebadúa; al interior, una ostentosa mesa de madera oscura para 12 personas y en las paredes una extensa biblioteca y obras de arte finas. “La oficina era la ostentación por la ostentación”, dice una de las fuentes entrevistadas y que conoció el lugar.

En esa oficina, poco después de iniciar el sexenio de Enrique Peña Nieto, ocurrieron las primeras reuniones con el rector de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, Alejandro Vera, quien ahora enfrenta una orden de aprehensión por su presunta participación en delincuencia organizada y lavado de dinero.

Esas reuniones eran encabezadas por Rosario Robles, entonces titular de Sedesol, y su oficial mayor, Emilio Zebadúa, afirman fuentes consultadas por este medio que pidieron anonimato por temor a represalias. Aunque al principio hubo reticencia por parte del rector, ambos funcionarios (Rosario y Emilio) insistían en que “no pasaría nada”.

Para muestra, el mismo Zebadúa firmaría el primer convenio de colaboración, como efectivamente ocurrió el 6 de mayo de 2013, según consta en el documento obtenido por este medio.

También influyó la intermediación de Enrique Fitch, a cargo de la dirección de Desarrollo Tecnológico de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM) y Hugo Manuel del Pozzo Rodríguez, entonces apoderado legal de esta universidad que había firmado convenios incluso desde 2012 con el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), bajo el mismo esquema de contratación de supuestos servicios.

“Ellos vinieron, literal, a hacer campaña. Nos decían: ‘miren qué bien nos va con estos convenios con Sedesol. Tenemos dinero y una situación financiera sólida”, explica un exfuncionario de la Universidad de Morelos, que subraya que, en realidad, Fitch y Del Pozzo “fueron los primeros vendedores del modelo de La Estafa Maestra” entre funcionarios de otras universidades.

No va a pasar nada”

 Exfuncionarios de la Universidad Autónoma de Morelos narran varios encuentros con Emilio Zebadúa, en los que se da detalle de cómo eran las presiones a las universidades para que accediesen a participar en el esquema de La Estafa Maestra.

“Zebadúa nos repetía constantemente: ‘podemos ayudarlos con su problema financiero. Ayúdennos y nosotros los ayudaremos ”.

 Una de esas reuniones tuvo lugar en marzo de 2015, en un restaurante cercano a la sede de Sedesol, en el Paseo de la Reforma, donde “los meseros le hablaban por su nombre” a Emilio Zebadúa.

Dos meses antes, en enero, la Auditoría Superior de la Federación (ASF) había emitido un primer informe sobre irregularidades en el gasto de la UAEMOR en la cuenta pública de 2013, cuando firmaron el convenio con Sedesol.

 Zebadúa iba acompañado ese día de dos abogadas. “Nos dijo: ‘Esto se va a complicar, pero ustedes no van a hacer nada’. Y para tranquilizarnos nos decía: ‘Esto es un tema de medios, no de fondo. Así que tranquilos, no va a pasar nada’”.

No fue hasta finales de octubre de 2015, ya con Zebadúa como oficial mayor en la Sedatu de Rosario Robles, cuando los exfuncionarios aseguran que lo vieron “muy preocupado” por las denuncias penales que la Auditoría interpuso por desvíos en Sedesol en la cuenta pública de 2013.

En esa reunión, también en el restaurante que solía frecuentar, Zebadúa les propuso “una defensa conjunta” ante los medios de comunicación. Pero esta no se llegó a concretar. Por el contrario, Zebadúa decidió cortar de manera tajante las relaciones.

El rompimiento se produjo porque el exrector Alejandro Vera entró ese año en la carrera política para contender como gobernador de Morelos, manteniendo un pleito público con el mandatario morelense de ese entonces, Graco Ramírez.

“Vera se volvió un riesgo. Se hizo demasiado escandaloso, demasiado visible, por eso nos dijeron que ya no nos querían volver a ver”.

 El último contacto de los exfuncionarios universitarios con Zebadúa fue en diciembre de 2015. Desde entonces, dicen los entrevistados, ya no les tomó ni una llamada. “Hubo un rompimiento absoluto”.

Fue entonces cuando la UAEMOR dejó de recibir convenios, y la Sedatu puso los ojos en otras universidades más pequeñas, como la Francisco I Madero, de Hidalgo, el Tecnológico de Comalcalco, en Tabasco, o en medios de comunicación estatales, como el Sistema Quintanarroense de Comunicación Social de Quintana Roo, donde continuaron los desvíos a empresas fantasma.

“Cuando exprimieron a las universidades autónomas se fueron con estas universidades más pequeñas. Con ellas era más fácil, por ejemplo, fabricar los entregables porque tenían menos controles. Eso les facilitó mucho la transa”, dice uno de los funcionarios entrevistados.

Presión financiera

Los funcionarios de Morelos entrevistados por Animal Político reconocen que “había una presión financiera tremenda para aceptar los convenios. Hasta el punto que decíamos: o se resuelve ya la falta de dinero, o el barco se nos hunde”.

La Universidad de Morelos terminó haciendo convenios por mil 201 millones de pesos entre 2013 y 2014 para supuestos servicios que no hizo, pues envió el dinero a empresas fantasma. Solo por la intermediación, la institución se quedó con un supuesto moche de 61 millones de pesos.

Otro exfuncionario de un organismo de comunicación pública, también bajo anonimato, coincide en el argumento de la presión financiera. “Era eso o dejar de pagar salarios”, dijo al justificar su participación en la trama a cambio de obtener recursos que no encontraban por la vía legal.

Por eso es que, afirma, la elección de las universidades y organismos públicos de comunicación pasaba no solo por el contacto personal entre funcionarios, sino por sus registros financieros.

Desde ahí entraba en operación la Secretaría de Hacienda, pues tenía información sobre el estado de las finanzas de las instituciones y además recibía las peticiones de ampliaciones presupuestales cuando los números estaban en rojo. Las entidades con mayor apuro financiero eran el terreno fértil para la estafa.

Sobre todo porque éste mecanismo no fue exclusivo de la Sedesol y la Sedatu, sino que involucró a otra decena de dependencias de gobierno como la SEP, la SCT, Pemex o Banobras con instituciones de presupuestos menores como la Universidad Mexiquense del Bicentenario, la Universidad Politécnica de Chiapas o Radio y Televisión de Hidalgo y Televisión de Hermosillo.

“El paquete”

La Auditoría Superior de la Federación recabó información de exrectores como parte de las investigaciones adicionales a las revisiones de auditoría. Uno de los testimonios advierte que en 2016 acudió a sus oficinas Claudia Gabriela Morones Sánchez junto con Anner Pérez, “quienes manifestaron ser servidores públicos de la Sedatu y me entregaron los convenios para que yo los firmara”.

Ambas regresaron en diversas ocasiones para “llevar los entregables ya elaborados, por lo cual únicamente solicitaban que elaborara los oficios correspondientes para formalizar la supuesta entrega de los servicios ejecutados a la Sedatu. En razón de lo anterior, los entregables jamás fueron entregados por las empresas contratadas, ya que el vínculo de estas fue con la Sedatu”, se asienta en una de las actas administrativas circunstanciadas de auditoría obtenidas por este medio.

En el reportaje “Operación Entregables”, realizado por Aristegui Noticias, se reveló la participación de Morones en la elaboración de los “entregables”, es decir, los documentos comprobatorios de los servicios que eran fabricados en la oficina ubicada en Bahía de Magdalena 125, en la Anzures.

Morones era una funcionaria cercana a Emilio Zebadúa pues en Sedesol ocupó dirección general de Recursos Materiales, un área de la Oficialía Mayor, y solo estuvo formalmente nueve meses en el Registro Agrario Nacional de la Sedatu, aunque continúo laborando por periodos como prestadora de servicios bajo el concepto de “asesoría en el pago de proveedores”.

Un exfuncionario que pidió anonimato advierte que además de Morones también acudía a sus instalaciones otro supuesto empresario y portavoz de la Sedatu, Alejandro Hinojosa, y ambos indicaban a qué empresas transferir los recursos y supervisaban la dispersión.

Luego de convencerlo de participar en la triangulación de recursos, Morones le indicaba que le entregaría una serie de documentación a la que ella llamaba “el paquete” y que consistía en “el convenio general, los convenios específicos, órdenes de trabajo, cotizaciones de los servicios con empresas, contratos con las empresas, oficios y actas de entrega, actas de cierre de servicios”, explica la fuente.

Se trata de todos los documentos que genera una contratación conforme lo mandata la Ley de Adquisiciones, pero en este caso todo era simulado. Después de esto, el titular de la institución debía firmar y sellar todos los documentos de acuerdo a las fechas que Morones establecía. Una vez concluido esto, la institución emitía la factura por el cobro de los servicios a la Sedatu.

La ruta de los recursos

De acuerdo con el reglamento interior de la Sedesol y la Sedatu, el Oficial Mayor tiene la responsabilidad de administrar los recursos de cada dependencia, por ello, el ejercicio de presupuesto y solicitudes de ampliación deben ser registrados en el Sistema de Contabilidad y Presupuesto (SICOP), que requiere de un usuario y clave, mismas que estaban en resguardo de dicha área.

El subalterno inmediato de Emilio Zebadúa en la Sedatu, Francisco Báez, director general de Programación y Presupuestación, ejecutaba el pago a proveedores, en este caso las universidades públicas.

El procedimiento comenzaba con el registro del compromiso presupuestal (el pago a proveedores) en el Sistema de Contabilidad y Presupuesto (SICOP) con los datos del contrato, el proveedor, partida de gasto, programa presupuestario.

La Tesorería de la Sedatu, encabezada por Martha Lidia Montoya, recibía el folio del compromiso presupuestal y autorizaba el trámite en el SICOP, que luego era registrado en el Sistema Integral de Administración Financiera (SIAFF).

Después debía tramitar una Cuenta por Liquidar Certificada (CLC), es decir, el documento comprobatorio para registrar toda  erogación del Presupuesto de Egresos de la Federación.

Con ello, la Tesorería de la Federación revisaba, autorizaba y liberaba los recursos para pagar al proveedor y genera una CLC autorizada, y así hacer efectivo el pago a proveedores. 

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La historia detrás de la icónica imagen del hombre cayendo de una de las Torres Gemelas

El fotógrafo Richard Drew, de Associated Press, corrió al World Trade Center la mañana del 11 de septiembre de 2001 y registró la imagen histórica de un hombre saltando hacia su muerte. La identidad del hombre sigue siendo un misterio.
11 de septiembre, 2021
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Por motivos editoriales y por la sensibilidad de la imagen, BBC no muestra la fotografía del hombre que salta al vacío.


Muerte o muerte. En la mañana del 11 de septiembre de 2001, decenas de personas se enfentaron a esta falsa alternativa. Con fuego y humo dentro de los edificios del World Trade Center de Nueva York, las víctimas en los pisos superiores comenzaron a saltar, perdiendo la vida al caer hasta desde 417 metros de altura.

La escena de personas que saltan de los edificios atacados por dos aviones es uno de los aspectos más oscuros y sensibles de la tragedia, de la que se cumplen 20 años este sábado.

La imagen de una de estas personas, un hombre que cae casi en picado, boca abajo y su cuerpo paralelo a las líneas de las Torres Gemelas, se volvió icónica.

El día después de la tragedia, varios periódicos publicaron la foto tomada por Richard Drew, fotógrafo de Associated Press. Han pasado los años y la imagen es para muchos demasiado dolorosa de contemplar. Otros vieron en ella la terrible estética de ese salto a la muerte.

Esta es la historia de la icónica foto de “The Falling Man” (“El Hombre Que Cae”).

“Era un día cualquiera en Nueva York”, comienza Richard Drew, ahora de 74 años.

Fotógrafo desde los 19 años, el experimentado Drew, entonces de 54 años, acababa de cubrir el torneo de tenis del US Open en Queens, Nueva York. Ese martes 11 de septiembre cubriría la Semana de la Moda de Nueva York, más específicamente, el primer desfile de maternidad con modelos embarazadas reales. Drew vio el desfile en Bryant Park, justo en el centro de Manhattan, junto a un camarógrafo de la cadena de televisión CNN.

Humo saliendo de una de las torres

Getty Images

Mientras hablaban, el camarógrafo de CNN dijo: “Hubo una explosión en el World Trade Center. Un avión chocó contra el World Trade Center”.

Al instante sonó el teléfono celular de Drew. Era su editor, quien le ordenó que corriera a la escena. Drew agarró su cámara y corrió a Times Square. Desde allí, tomó el metro hacia las Torres Gemelas.

Cuando salió de las escaleras del metro, vio una imagen inolvidable: las dos torres en llamas. Comenzó a fotografiar a personas conmocionadas por el caos que las rodeaba, el FBI ya en las calles aislando el área.

“Entonces me di cuenta de que el humo soplaba de oeste a este y di la vuelta para evitarlo. Me quedé junto a las ambulancias, entre un socorrista y un policía”, dice a BBC Brasil.


El socorrista fue el primero en darse cuenta. Señalando hacia arriba, gritó: “¡Dios mío, la gente se está tirando del edificio!”, recuerda Drew.

El fotógrafo apuntó con su cámara. “Tomé tantas fotos como pude de personas que se caían del edificio”, dice.

“No sé si saltaron por elección o si se vieron obligados a saltar por el fuego o el humo. No sé por qué hicieron lo que hicieron. Sólo sé que tuve que grabarlo”, cuenta.

Humo saliendo de las Torres Gemelas tras los ataques del 11 de septiembre

Getty Images

El Servicio Forense de la Ciudad de Nueva York declaró más tarde que las personas que saltaban de los edificios no podían ser llamadas “suicidas” porque eran expulsadas del edificio por el humo, el fuego o las explosiones.

La causa de muerte de todos los que perdieron la vida en la caída de las Torres Gemelas, atacadas ese día por al Qaeda, fue catalogada como “asesinato” en los certificados de defunción.

En un informe de 2002, el diario USA Today calculó a través de fotos, videos y entrevistas que 200 personas murieron de esta manera en la tragedia del 11 de septiembre. A partir de las fotos, The New York Times estimó que fueron 50 personas.

Según los relatos de los sobrevivientes, el hecho de que la gente saltara desde el edificio de al lado pudo haber salvado la vida de cientos de personas que, al verlos, se apresuraron a evacuar su lugar de trabajo.

“No fui frío”

Mientras fotografiaba, Drew experimentó algo siniestro: escuchó el ruido de cuerpos golpeando el suelo. “Algunos dicen que fui frío. No es eso. Soy un periodista capacitado. Te sumerges en el momento y simplemente fotografías lo que está sucediendo, en piloto automático”, dice.

Gente alrededor de las Torre Gemelas luego del ataque

Getty Images

“Cuando alguien comenzaba a caer, apuntaba con mi visor. Como trabajaba con una cámara digital, cuando mantenía mi dedo en el botón de la cámara, tomaba varias fotografías. Y, así seguía a la gente que se estaba cayendo del edificio “. A las 9:41, registró para siempre los últimos momentos del “hombre que cae”.

Cuando Drew regresó a la sala de redacción y fue a revisar sus fotos, supo instantáneamente que esta era la más fuerte de todas. “Estaba vertical, con la cabeza gacha, entre las dos torres. Había una simetría allí. Pero solo estuvo así por un momento. Si hubiera sido otro momento, hubiera salido en otra posición”, dice.

Foto “silenciosa”

“A mucha gente no le gusta ver esta foto. Creo que la gente se identifica con ella y tiene miedo de tener que enfrentarse a la misma decisión que ese hombre algún día”, dice Drew.

Para él, la imagen es representativa de lo que sucedió ese día: “Es una de las pocas que muestra a alguien muriendo en el ataque más grave que hemos sufrido en Estados Unidos”, dice. A pesar de ser una foto sobre la muerte, reconoce Drew, es una foto “silenciosa”. “No es como otras fotos violentas de muertes que ocurren en guerras”.

Torres Gemelas

Getty
Hace 20 años, el ataque en Nueva York se cobró la vida de casi 3.000 personas.

Esa noche, Drew regresó a casa con un colega. Se sentaron y hablaron de todo menos de lo que habían visto ese día. Su esposa, dice Drew, se levantó al amanecer con ganas de pasar la aspiradora por toda la casa. “El estrés postraumático viene después”, reconoce. “Hablar de lo que sucedió ayuda. Ese fue un momento en mi historia, al igual que fue un momento en la Historia”.

Otro momento en la Historia y su historia: cuando tenía 21 años y vivía en Los Ángeles, en 1968, Drew fue uno de los cuatro fotógrafos presentes en otro momento histórico: la muerte del senador Bobby Kennedy, hermano del expresidente John F. Kennedy.

“Estaba en el escenario detrás de él para fotografiarlo cuando hablaba. Me dio sed y fui a buscar agua”, dice Drew. “Salió y lo seguí. Cuando lo atacaron, me subí a una mesa junto a él y lo fotografié en el suelo”.

“Solo estaba haciendo mi trabajo, al igual que solo estaba haciendo mi trabajo años después, el 11 de septiembre”, señala.

¿Quién era el hombre que cae?

Drew dice que ha reflexionado sobre quién era el hombre al que registró saltando desde una de las Torres Gemelas, pero nunca de manera “muy profunda”.

“Fue una de las casi 3.000 personas que murieron ese día. No sé su nombre, ni la decisión que tuvo que tomar. Sé que se lanzó de un edificio y yo estaba allí para capturar ese momento”, cuenta.

Pero el misterio que rodea su identidad ha preocupado a otros.

Uno de ellos, el periodista estadounidense Tom Junod. Dos años después del 11 de septiembre, Junod escribió un artículo de portada para la revista “Esquire” en el que acuñó el nombre deEl hombre que cae” para el protagonista de la foto y trató de identificarlo.

Junod dio con dos nombres. Uno, Norberto Hernández, chef del restaurante Windows on the World, que estaba ubicado en el piso 106 de la Torre Norte. Pero la familia de Hernández dijo que no podía ser él por la ropa que llevaba.

El segundo hombre era Jonathan Briley, un ingeniero de sonido de 43 años que también trabajaba en el restaurante. Los hermanos de Briley dijeron que pensaban que, por la ropa y el cuerpo del hombre, podría ser el de la foto.

Es posible que sea él, pero no hay forma de estar seguro.

En 2006, el director estadounidense Henry Singer realizó un documental basado en los informes de Junod y utilizando otras imágenes capturadas ese día.

Avión en Kabul

La elección entre la muerte y la muerte parece haber sido también lo que sucedió hace tres semanas en Afganistán, cuando, desesperados por abandonar el país, unos hombres se colgaron del fuselaje de un avión estadounidense.

Las dos imágenes son como dos finales terribles de esta historia que se unieron 20 años después.

Casi un mes después de los ataques a las Torres Gemelas, el entonces presidente de Estados Unidos, George W. Bush, anunció la guerra contra Afganistán. Estados Unidos sacaría del poder a los talibanes, que daban cobijo a al Qaeda, los perpetradores de los ataques, en el territorio que controlaban.

Afganos esperando para salir del aeropuerto de Kabul el 16 de agosto de 2021.

AFP
Cientos de afganos corrieron al aeropuerto de Kabul y se aferraron a un avión con la esperanza de salir del país.

Después de 20 años, cuando el presidente Joe Biden llevó a Estados Unidos a poner fin a la guerra al retirar a las tropas estadounidenses de Afganistán, los talibanes regresaron al poder.

Fue la desesperación de permanecer en un país nuevamente controlado por los talibanes lo que hizo que los afganos se aferraran a las alas y al fuselaje de un avión.

El avión despega y los cuerpos caen en picado hacia la nada, tal como lo hicieron el 11 de septiembre. Un joven futbolista de 19 años, Zaki Anwari, murió tratando de escapar de esta manera.

El fotógrafo de “El hombre que cae” se negó a comentar sobre Afganistán o la política actual. Hoy, Drew fotografía la emoción de los “corredores” de la Bolsa de Valores de Nueva York, justo al lado de donde alguna vez estuvieron las Torres Gemelas y donde ahora hay un monumento a las víctimas del 11 de septiembre.


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