Madre acusa que Fiscalía de Durango no ha indagado abuso contra sus hijas
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Cuartoscuro Archivo

Madre acusa que Fiscalía de Durango no indaga presunto abuso sexual contra sus hijas

La madre de las niñas, de 5 y 4 años, señala que las autoridades le han dificultado el proceso que inició contra su exmarido, un conocido empresario del estado.
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9 de noviembre, 2020
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Mónica ya había notado comportamientos raros en sus hijas de 5 y 4 años. Hace exactamente un año se separó del que era su marido, que la forzó a firmar un acuerdo de custodia compartida tras llevarse a las niñas, por lo que incluso fue declarado culpable ante la justicia del delito de sustracción de menores. Hasta que en abril pasado, ya en plena cuarentena por COVID-19 en la que pasaban días enteros con su papá en casa de los abuelos, la terapeuta que las veía tras el divorcio le dijo que tenían síntomas de ser víctimas de violencia sexual infantil.

Ella acudió a denunciar presunto abuso sexual “contra quien resulte responsable”, todavía incrédula de que pudiera estar ocurriendo dentro de la propia familia. Aunque estadísticas oficiales apuntan a que así ocurre en el 60% de casos.

Entérate: Denuncias por robos, abusos y extorsiones acumulan 4 meses al alza tras baja por confinamiento

Pero en los siguientes meses, las declaraciones de las niñas y un peritaje externo han apuntado a dos personas de riesgo: su papá y su abuelo. Ambos, identificados como Mauricio “N”, son empresarios conocidos en Durango, razón por la que Mónica sospecha que las autoridades han obstaculizado las investigaciones del caso.

Tras esa primera denuncia, la psicóloga adscrita al Ministerio Público le dijo que sí estaba ocurriendo algo, pero las niñas todavía no lo verbalizaban claramente por ser tan pequeñas, así que las redirigió al DIF. Pero ahí, aunque primero le dieron buenas esperanzas, según Mónica todo cambió cuando supieron quién era la familia, y decidieron hacer solo cuatro sesiones de terapia de las que se fue peor que cuando llegó.

“Salen las niñas de con ella, y lo que me dice así como en resumen es: pues es que las niñas se ven bien, lo único que extrañan es tener a sus papás juntos, ¿por qué no te reconcilias con su papá? Y digo ¡cómo! Nos da cita para la siguiente semana, las llevo otra vez a consulta con ella y en resumidas cuentas me pregunta: ¿oye y a ti de qué te serviría saber si tus hijas son víctimas de abuso sexual infantil o no?”, cuenta en entrevista con Animal Político.

Después de las cuatro sesiones, además de decirle que no lograron que las niñas comunicaran más y que quizá solo extrañaban a su papá y por eso le sugerían reconciliarse con él, le explicaron que el DIF ni siquiera hacía peritajes, así que su análisis de cualquier manera no hubiera tenido valor legal.

“Y que al llevarlas yo ahí con ella yo las estaba revictimizando y las estaba vulnerando, que nunca debí de haberlas llevado con ella. Yo le respondo que estoy siguiendo los protocolos que me indicaron, yo acudí al Centro de Justicia para la Defensa del Menor, me indicaron esto y estoy haciendo lo conducente, si ustedes creen que es vulnerar a mis hijas, que es revictimizarlas, pues no las hubiera recibido, se hubieran negado”, recuerda.

El informe del DIF fue descartado e invalidado por el Hospital Psiquiátrico de Durango, a donde las redirigieron. Lo peor, fue que al regresar a la Fiscalía, resultó que habían cambiado al Ministerio Público que llevaba el caso y la valoración que sí les habían hecho ahí, desapareció. Esa carpeta de investigación actualmente ya quedó inactiva.

Mónica cuenta que no erá la primera vez que sentía una actuación tendenciosa del DIF.

El 28 de noviembre de 2019, un día antes de que su entonces marido desapareciera de la casa con las niñas, el abuelo paterno presentó ante ese organismo una queja contra ella por omisión de cuidados y dijo que las pequeñas llevaban cuatro meses viviendo con él y su abuela. Y cuando el personal fue a verificarlo, reportó que los abuelos dijeron que las pequeñas estaban en una actividad extraescolar y por eso no las podían entrevistar en ese momento.

En el juicio de sustracción de menores contra el padre de las niñas quedó demostrado que aquello era falso y hay fotografías de cámaras de vigilancia que prueban que todavía ese día, ellas estaban con su mamá.

Denuncia por violación y medidas de protección

Después de que el informe de psicología del DIF fue descartado y el del Ministerio Público se perdió, los abogados de Mónica sugirieron hacer un peritaje con expertos de fuera del estado, para evitar cualquier posible conflicto de interés. Ese fue el que determinó que las sospechas de abuso recaían en el papá y el abuelo de las niñas.

La mamá recibió el resultado justo cuando estaban pasando las vacaciones de verano en casa de la familia paterna. Cuando regresaron con ella notó signos físicos extraños, así que las llevó directamente a la Fiscalía para una valoración médica. Por las medidas sanitarias ante la pandemia, le dijeron que no tenían médicos y tenía que ir a otro lado, al Centro de Justicia para Niñas, Niños y Adolescentes, y esperar hasta el día siguiente.

El resultado fue duro: una de las niñas tenía signos de penetración y se ordenó hacerle exámenes de sangre para descartar enfermedades de transmisión sexual.

Con ese dictamen, se interpuso una nueva denuncia el 11 de agosto, esta vez por violación sexual y directamente contra Mauricio “N”, el papá, como probable responsable.

Pero nuevamente hubo irregularidades, cuenta Mónica. Al tomarle la declaración a la niña, el Ministerio Público se negó a hacer una grabación de lo que dijera, como estipula el protocolo de protección infantil, por lo que su madre insistió en estar presente y ella sí grabó. Al revisar la transcripción, había omitido partes en las que la niña decía que su papá la tocaba. Reclamó y primero el MP le contestó que no había dicho eso, pero como había otra persona de Derechos Humanos, le dio la razón en que sí había sido lo que declaró la niña. Aun así, la intimidó con que escribiría todo, incluyendo una mención que le dijo que la perjudicaría a ella, pero Mónica respondió que pusiera absolutamente todo y dentro de contexto.

Además de la denuncia penal, solicitó al juzgado familiar que le diera la custodia provisional para no volver a dejar que sus hijas se fueran con el papá, y pidió medidas cautelares. Se las concedieron, pero Mauricio ya ni siquiera fue a buscarlas cuando le hubiera correspondido.

“Para mí fue muy doloroso, porque yo esperaba, la verdad, que él se presentara y que me la hiciera de emoción, o sea, yo todavía en mi inocencia yo quería que no fuera cierto, ¡que al menos no fuera él! Que se presentara y me dijera: bueno, alguien le está haciendo algo a mis hijas pero no soy yo, te pasaste, vamos a dar con el responsable. Pero cuando no se presenta, para mí es como si me hubiera gritado: sí soy yo”, lamenta.

A donde sí fue él ese día fue al juzgado de lo familiar que llevó su proceso de divorcio para pedir la patria potestad de las niñas y medidas de protección en contra de la madre, acusándola de sufrir trastorno límite de la personalidad y de que podría ser ella quien agreda a las menores con tal de culparlo a él.

Su petición fue rechazada, pero Mónica asegura que siguen las muestras de favorecerlo. En primer lugar, porque aún con la prueba médica de lo sufrido por su hija, no se ha judicializado la carpeta de investigación en casi tres meses. Además, hasta apenas la semana pasada, a ella no le habían permitido el acceso a dicha carpeta ni remitido copias al juzgado familiar para que la tome en cuenta en la revisión de la custodia de las menores, para lo cual tenían una audiencia el pasado 28 de octubre que tuvo que posponerse por esa omisión.

Días antes de eso, según Mónica, el papá de sus hijas violó la orden de restricción, estuvo merodeando por su casa en un vehículo y se arrancó para huir en cuanto ella lo vio, y al ir a reportarlo, primero no le querían tomar la queja por no tener pruebas visuales, hasta que les dijo que el policía asignado a su seguridad fue quien le indicó que lo hiciera.

Esta semana vencen los 90 días de vigencia de las medidas de protección que tienen la mujer y las dos niñas, así que no sabe qué va a pasar si no se judicializa la investigación por violación sexual.

Animal Político pidió a la Fiscalía una postura sobre el caso, pero contestó que como es un tema muy sensible y está en curso la investigación, no se daría información al respecto.

Mientras tanto, lo único que consuela a Mónica es ver a sus hijas volver a la normalidad, sin insomnios ni malos humores, sin morderse las uñas o llorar, y que ya ni siquiera lo extrañan o preguntan por él.

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El desertor homosexual que escapó de Corea del Norte (y de su matrimonio) y encontró el amor a los 62 años

Jang Yeong-jin huyó de Corea del Norte escapando de un matrimonio sin amor. Ahora se ha prometido con su novio.
22 de marzo, 2021
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Jang

Oh Hwan
A los 62 años, Jang ha encontrado el amor y se va a casar con su novio estadounidense.

La singular historia del único desertor abiertamente homosexual de Corea del Norte fue cubierta por la prensa internacional cuando publicó su autobiografía. Ahora, 25 años después de huir de su país, cuenta a la BBC sus planes para casarse con su novio estadounidense.

Jang Yeong-jin nunca le habían parecido atractivas a las mujeres. Pero no fue hasta la noche de bodas, a los 27 años, que esto le hizo su vida más difícil.

Jang se sintió intensamente incómodo. “No podía poner un dedo sobre mi esposa“, recuerda.

Aunque la pareja finalmente consumó su matrimonio, el sexo era poco habitual.

Cuatro años después, su esposa seguía sin quedar embarazada, y uno de los hermanos de Jang comenzó a averiguar. Jang admitió que jamás se había sentido atraído por una mujer, y su hermano lo mandó rápido al doctor.

“Fui a muchos hospitales en Corea del Norte porque pensé que tenía algún problema“.

Nunca se le ocurrió a Jang, o su familia, que podía haber otra razón por su falta de interés hacia su esposa.

Pruebas médicas

“La homosexualidad no es un concepto en Corea del Norte”, dice.

Si se ve a alguien correr a saludar a un amigo del mismo sexo, se asume que son buenos amigos. De hecho, con frecuencia se ve a adultos del mismo género agarrados de la mano en la calle, explica.

“Corea del Norte es una sociedad totalitaria. Tenemos mucha vida comunitaria, así que es normal para nosotros”.

Echando la vista atrás, Jang piensa que no era el único incomprendido.

Cuando ingresó en el hospital durante un mes para hacer pruebas médicas, conoció a otros pacientes.

“Descubrí que muchos habían tenido una experiencia similar: hombres que no podían sentir nada hacia una mujer”.

Pero explorar lo que realmente sentían era casi imposible.

“En Corea del Norte, si un hombre dice que no le gusta una mujer, la gente piensa que está enfermo”.

Un hombre con el que Jang había servido en el ejército lo visitó varias veces después de ser dado de alta. Le confió que su noche de bodas también había sido un desastre y que ni siquiera podía tomar de la mano a su esposa.

“Creo que era alguien como yo”, reflexiona Jang.

Park Jeong-Won, profesor de leyes en la Universidad Kookmin en Seúl, Corea del Sur, no tiene conocimiento sobre alguna ley explícita en Corea del Norte contra las relaciones homosexuales.

Pero agrega que las leyes del estado contra las relaciones extramaritales y la violación de las costumbres sociales probablemente serían utilizadas para enjuiciar cualquier acto sexual gay.

Jang

Oh Hwan
El caso de Jang se conoció abiertamente cuando publicó su biografía hace 25 años.

Otro académica en Seúl, Kim Seok-hyang, ha entrevistado docenas de desertores sobre esto, y dice que ninguno había escuchado jamás hablar sobre el concepto de homosexualidad.

“Cuando les preguntaba sobre homosexualidad, les costaba entender. Así que tenía que explicarlo a cada persona”, dice Kim, profesora de estudios norcoreanos en la Universidad de Mujeres Ewha.

Todos los desertores le confesaron que si alguien les descubría explorando relaciones con alguien del mismo sexo, serían condenados al ostracismo, incluso posiblemente ejecutados.

Jang fue dado de alta con un historial médico limpio. Todas las pruebas médicas solicitadas por su hermano mostraron que no tenía nada malo.

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BBC

La decisión de marcharse

Por otro lado, la esposa de Jang seguía siendo infeliz.

“Pensaba: ‘Debería dejar marchar a esta persona. Deberíamos encontrar una forma de ser felices'”, cuenta el desertor.

Jang solicitó el divorcio. Sin embargo, este proceso no es fácil en Corea del Norte. Se requiere el permiso de un tribunal, y estos priorizan la unidad familiar, dice el profesor de leyes Park Jeong-Won.

Solo autorizan una separación si el matrimonio es visto como una amenaza a la ideología del país, explica.

Fue entonces cuando Jang se dio cuenta que solo le quedaba la opción de huir, de abandonar Corea del Norte. Esto anularía automáticamente su matrimonio y permitiría volver a casarse a su mujer.

Pero el catalizador de su decisión fue una visita del mejor amigo de Jang, un hombre llamado Seoncheol.

Habían crecido juntos en el pueblo norteño de Chongjin. Eran muy cercanos, y dormían en la misma cama cuando uno se quedaba en casa del otro durante la infancia.

Pero cuando crecieron, los sentimientos de Jang por Seoncheol se intensificaron.

“Realmente Seoncheol me gustaba mucho. Todavía sueño con él”.

A veces Seoncheol le visitaba para cenar y, una noche, preocupado por lo tarde que se había hecho, Jang persuadió a Seocheol para que se quedara a dormir.

Unas horas más tarde, Jang se encontró saliendo de su propia cama y acercándose a Seoncheol. Estaba devastado cuando su amigo dormido ni siquiera se movió.

“No sé exactamente qué quería de él, tal vez solo que me abrazara fuerte”, dice Jang.

Aquel momento le hizo sentir que su vida en Corea del Norte había llegado a su fin.

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BBC

La fuga

Jang llegó a Corea del Sur en abril de 1997 arrastrándose por la zona desmilitarizada (DMZ) llena de minas que divide las dos naciones, después de que su ruta inicial le dejara varado en China.

Cruzar la DMZ es tan arriesgado e infrecuente que su fuga fue noticia en el sur.

Zona desmilitarizada en Corea del Norte.

Getty Images
Jang escapó a través de las verjas fortificadas de la zona desmilitarizada llena de minas que divide las dos Coreas.

Las dinámicas en Seúl eran muy distintas a las de Corea del Norte, pero incluso aquí el caso de Jang desconcertó a los funcionarios surcoreanos.

Todos los desertores de Corea del Norte se someten a varias semanas de interrogatorios obligados del Servicio de Inteligencia de Corea del Sur (NIS) para comprobar que no son espías.

Jang fue interrogado durante más de cinco meses porque se resistía a explicar la verdadera razón por la que desertó.

Cuando finalmente admitió que simplemente no se sentía atraído por su esposa, se le permitió quedarse, pero una vez más fue enviado al médico.

“Los funcionarios del NIS me dijeron que debía haber alguna razón por la que no me gustaban las mujeres”.

En aquel tiempo, incluso en el sur había poca conciencia sobre las distintas orientaciones sexuales. Varios doctores le recomendaron buscar ayuda psicológica, pero ignoró sus consejos.

Descubrimiento y decepción

Entonces, en la primavera de 1998, 13 meses después de llegar a Corea del Sur, Jang abrió una revista para leer una entrevista que dio sobre su deserción.

Al pasar la página, descubrió un artículo sobre hombres homosexuales saliendo del armario, con una escena de una película estadounidense que mostraba dos hombres besándose sobre una cama.

Ahí se convenció de que él también era homosexual.

“Cuando vi aquello, supe enseguida que era ese tipo de persona. Por eso no me gustaban las mujeres”.

Aquella revelación transformó la vida de Jang, quien se volvió un cliente habitual de los bares para gays en Seúl.

Pero años después, este nuevo mundo expuso a Jang a un fraude devastador.

En 2004, el dueño de uno de los bares favoritos de Jang le presentó a un auxiliar de vuelo.

Salieron durante tres meses y Jang se enamoró.

El auxiliar de vuelo le pidió a Jang mudarse juntos, pero le explicó que, como vivía con su padrastro, primero debían comprar una casa más grande.

Jang se mudó de su apartamento alquilado y le dio US$82.000 de sus ahorros y todas sus pertenencias.

Nunca más volvió a verle. Acudió cada día a la estación de policía durante dos semanas hasta que le dijeron que se diera por vencido.

Jang jamás pensó que alguien pudiese engañarle de esta manera.

“En Corea del Norte tenemos una vida muy controlada. Si hubiera dicho que alguien me había estafado, el partido lo habría rastreado y castigado con dureza”.

Jang enfermó y fue hospitalizado durante un mes. Piensa que fue producto del estrés. Esto significó perder su trabajo en una fábrica. Como consecuencia, se quedó sin dinero, sin casa y desempleado.

Poco a poco fue reconstruyendo su vida. Consiguió un trabajo como limpiador, ahorró para rentar una nueva casa y comenzó a escribir en su tiempo libre.

De niño ganó una vez un concurso de escritura, pero entonces se requería que los estudiantes solo escribieran para honrar al régimen norcoreano.

Ahora, finalmente, Jang podía escribir lo que quisiera. Su autobiografía A Mark of Red Honor (“La marca del honor rojo”) fue publicada en 2015.

Encontrar el amor

Tomó un largo tiempo antes de que Jang se arriesgara a tener una cita. El año pasado, con 62 años, Jang conoció a Ming-su, el dueño de un restaurante, en un sitio de citas.

Cuatro meses más tarde, Jang viajó a la nación que conocía como “el país de los lobos”, el término despectivo de Pyongyang hacia Estados Unidos.

Pero cuando Jang vio a Min-su esperándolo en la sala de llegadas, su corazón se hundió. Min-su llevaba pantalones cortos y gorra, y dice Jang que esto le decepcionó.

“Al ver cómo se vestía, asumí que era un hombre maleducado y brusco“, dice Jang.

Jang

Jang Yeong-jin
Compartiendo vinos y picnics, la pareja se ha ido conociendo cada vez más.

El confinamiento por coronavirus les dio espacio para conocerse mejor, bebiendo vinos y organizando picnics.

“Cuanto más le conocía, más podía ver su buen carácter. Aunque es ocho años menor que yo, es el tipo de persona que primero se preocupa por los demás”.

Tras dos meses, Min-su decidió proponerle matrimonio.

Ahora Jang está finiquitando sus documentos para probar que su matrimonio en Corea del Norte está terminado y esperan casarse a fines de este año.

“Siempre me sentía miedoso, triste y solitario cuando vivía solo. Soy muy introvertido y sensible, pero él es una persona optimista. Somos buenos el uno para el otro”, dice.

Jang y su prometido.

Jang Yeong-jin
Jang y su prometido tienen varios planes para cuando terminen las restricciones por coronavirus.

Pero a pesar de su felicidad recién descubierta, Jang sigue obsesionado por el impacto que su deserción tuvo en su familia.

Varios de sus parientes fueron desterrados a una aldea remota en el helado norte, un destino brutal para aquellos cuyos familiares se perciben como desleales al régimen. Seis de sus familiares murieron de hambre y enfermedad, incluida su madre y cuatro de sus hermanos.

Jang dice que la única forma en que puede lidiar con esa culpa es escribiendo.

“Siempre que pienso en mi familia es muy doloroso para mí, por eso decidí escribir. Pienso que es la única manera en que puedo compensarle”, reflexiona.

Pero al menos le consuela que su decisión de abandonar Corea del Norte dio nuevas oportunidades a su esposa. Escuchó que había vuelto a casarse.

“Siempre pensé que era muy talentosa, así que me sentí muy feliz por ella”.

Y dice que espera expandir sus horizontes una vez se flexibilicen las restricciones por el coronavirus y quiere visitar Washington, a media hora en auto, con Min-su.

“Escuché que hay muchos bares gay allí. Quiero ir a esos bares con él”.

Mientras tanto, dice que disfruta de la tranquilidad de los suburbios, que describe como si estuviera en un “cuento de hadas”.

Min-su es un nombre falso.


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