Mexicanos desconfían de salud pública, pero no pueden pagar atención privada
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Andrea Paredes y Jesús Santamaría

Mexicanos desconfían de servicios de salud públicos, prefieren los privados aunque no pueden pagarlos

De acuerdo con una encuesta del World Justice Project el 64.7% dijo que elegiría acudir a un hospital privado si tuviera síntomas de COVID, pero más del 70% aceptan que sería muy difícil cubrir los gastos de la atención privada.
Andrea Paredes y Jesús Santamaría
17 de noviembre, 2020
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Cuidar a Cleotilde, una mujer de 87 años que pasa la mayor parte del tiempo acostada en una camilla, representa una inversión fuerte para su familia. Pese a que cuenta con seguridad social, sus hijos prefieren rentar equipo médico para que se atienda en casa, con doctores particulares.

Desde hace aproximadamente tres años, entre sus nueve hijos han gastado más de cien mil pesos en la atención médica de la mujer, que vive con problemas de salud relacionados con dolores crónicos que afectan sus nervios y con heridas que aparecen en su cuerpo a causa de que ha perdido movilidad en la parte inferior del cuerpo.

Su familia decidió que es preferible pagar servicios particulares, principalmente porque a Cleotilde le da desconfianza que la lleven a atenderse en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), dependencia de la que es derechohabiente.

Lee: Los mitos del gobierno mexicano sobre la pandemia II: las muertes por COVID se explican por las condiciones de salud previas de los mexicanos

De acuerdo con su hija Guadalupe, cuando aparecen los fuertes dolores o se enferma del estómago o la garganta, la mayoría de las veces recurren a un médico con consultorio propio en la misma colonia del pueblo de Xochimilco donde viven. Para atender las heridas que le salen en el cuerpo debido a la poca movilidad que tiene, deben buscar médicos especialistas, que son más caros.

Ahora, con la pandemia de COVID, para no exponer a Cleotilde, la familia paga para que los médicos acudan a su domicilio para las revisiones, por lo que los honorarios se incrementan a 300 pesos por una consulta general, y hasta mil 500 pesos cuando se trata de la visita del especialista, más los medicamentos que deben suministrarle.

“Llevamos más de 100 mil pesos invertidos, pero tuvimos que recurrir a los servicios particulares porque el hecho de decirle a mi mamá que la íbamos a llevar al Seguro le daba pánico, por la experiencia que vivió con su esposo, que se atendió en sus últimos años en servicios públicos, pero ya enfermo no pasó mucho tiempo internado cuando falleció”, cuenta Guadalupe.

Para la mayoría de las familias en México resulta difícil cubrir los gastos de atención a la salud en servicios particulares, aunque en caso de enfermar dicen preferir ser atendidos en servicios de paga, más aún en un momento de contingencia sanitaria como la pandemia de COVID.

Según la *Encuesta de Acceso a la Salud y Estado de Derecho en el marco del COVID-19 del World Justice Project, el 70.7% de las personas en México señalan que sería muy difícil o algo difícil cubrir los gastos de un médico u hospital privado. En el caso de los consultorios adyacentes a farmacia, otra modalidad de estos servicios de paga, solo el 34.7% consideró que tendría dificultades para pagarlo.

A estas dificultades se suma que la pandemia de COVID-19 y los cambios sociales resultado de la misma han impactado de manera desigual en la vida de las personas, principalmente en el ámbito de la salud.

De acuerdo con World Justice Project, la crisis de salud pública se suma a los retos existentes en materia de Estado de Derecho en México, que debería contribuir a la erradicación de las causas estructurales que subyacen en las prácticas discriminatorias y desigualdad en los servicios públicos. Algo que actualmente no sucede.

En el caso de la familia de Cleotilde, pese a las dificultades que representa pagar tanto, Guadalupe dice que la inversión en la salud de su madre vale la pena, porque en casa tiene “los cuidados que en el Seguro Social no le van a dar”.

El negocio de la salud

Hace 10 años, en 2010, una reforma gubernamental derivó en el establecimiento masivo de consultorios adyacentes a farmacias, luego de que se volviera obligatoria la presentación de una receta médica para poder comprar antibióticos.

Laura Flamand, coordinadora de la Red Desigualdades del Colegio de México, explica que este “modelo de negocio” brinda aproximadamente 6 millones de consultas al mes en todo el país, mientras el IMSS, subsistema que cuenta con más derechohabientes, mensualmente da 8 millones.

“Son de bajo costo, están ubicados de manera muy cercana a los domicilios en localidades urbanas y son de acceso inmediato. En la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT) 2018, realizada por el INEGI, los consultorios adyacentes fueron los mejor calificados en cuanto a proximidad geográfica y tiempo en que tardan en atenderte”, señala la investigadora.

Entérate: Salud ya había usado en 2019 el fondo de enfermedades graves para comprar insumos básicos como jeringas y jarabes

Mientras en los servicios públicos las citas a los pacientes se dan con una periodicidad de entre un mes y hasta seis meses, el tiempo de espera para ser atendido en un consultorio de farmacia es de menos de 25 minutos.

Sin embargo, estos establecimientos tienen algunos problemas: “Para empezar hay un conflicto de interés muy fuerte, porque el médico en ese consultorio adyacente quiere que la persona compre medicamentos en la farmacia”.

“Si vas a un consultorio adyacente, el 67% de las veces te recetan tres medicamentos”.

Además, de acuerdo con un artículo del doctor Miguel Ángel Lezana Fernández, publicado en la Revista de la Comisión Nacional de Arbitraje Médico (CONAMED), la Comisión Federal de Prevención de Riesgos Sanitarios (COFEPRIS) ha encontrado que el 52% de estos consultorios no da aviso de enfermedades contagiosas obligatorias al Sistema de Salud federal. En el 32% de los casos, el responsable sanitario ni siquiera cuenta con título de médico.

En ellos, las consultas suelen tener un costo de entre 30 y 70 pesos, aunque en algunos negocios la aportación a los honorarios de la o el médico es voluntaria.

Flamand explica que ello se debe a que “contratan a los médicos en condiciones terribles. La fundación Best, que es la que cuenta con más consultorios adyacentes a farmacia, les da los locales mediante un arreglo de comodato. Les prestan los espacios a cambio de que paguen los insumos que ocupan, como jeringas o gasas, y están obligados a dar una prescripción excesiva de medicamentos”.

En el caso de los consultorios adyacentes a farmacia propiedad de los médicos, estos cuentan con mejores condiciones para el titular del negocio y sus pacientes, pero en general, señala la investigadora, la infraestructura de estos es de baja calidad.

Mercedes López, quien tiene un consultorio adyacente a farmacia propio en Tulyehualco, Xochimilco, cuenta que a partir del inicio de la pandemia de COVID la gente dejó de acudir a atenderse por miedo a contagiarse de coronavirus, lo que ha mermado su economía, que de por sí se vio afectada porque ahora debe comprar productos para desinfectar el local y para protegerse.

Entérate: Estas son las ‘recomendaciones’ falsas, verdaderas y manipuladas sobre COVID-19 que se comparten por WhatsApp

“Se ha incrementado el gasto porque se tiene que desinfectar todo. Para revisar a un paciente a veces se tiene que hacer cambio de guantes hasta tres veces, y tengo que comprar aerosoles desinfectantes, además de mis cubrebocas”, señala en entrevista con el medio.

Por ahora sobrevive de las consultas que aún con la pandemia le requieren los vecinos de Tulyehualco, aunque por el temor que les provoca contagiarse de COVID en el consultorio, cada vez es más común que le pidan acudir a sus domicilios. Entre sus pacientes, dice Mercedes, ha tenido algunos con síntomas de coronavirus.

En la encuesta realizada por World Justice Project (WJP), el 34.7% de las personas señalaron que, en caso de presentar síntomas de COVID sería mucho o algo probable que acudan a atenderse en un consultorio adyacente a farmacia. El 64.7% dijo que elegiría acudir a un hospital privado.

Acerca de la percepción que tienen los mexicanos de los centros de salud y hospitales públicos para atender COVID, solo el 44.7% dijo que tiene mucho o algo de confianza en sus servicios.

En el caso de los hospitales privados, el 68% de los encuestados señaló tener mucho o algo de confianza en la atención que brindan a pacientes con coronavirus.

Los médicos de farmacia recibieron solo el 31.3% de las personas dijo que les tendía confianza, y el 28.8% indicó que confiaría en atenderse con remedios caseros u homeopatía.

Las desigualdades del sistema

Si bien el acceso a la salud en condiciones de igualdad para todas y todos los mexicanos es una obligación del  Estado mexicano, la pandemia ha complicado el cumplimiento de este derecho, establecido en el artículo 4 de la Constitución.

Según la Ley General de Salud, esto implicaría el bienestar físico y mental, la prolongación y mejoramiento de la calidad de la vida humana, y el disfrute de servicios de salud y asistencia social que satisfagan eficaz y oportunamente las necesidades de la población.

Sin embargo, el acceso a la salud, en la realidad, se ve atravesado por diversas desigualdades.

Las más acentuadas de las desigualdades, de acuerdo con Laura Flamand, son las territoriales y de subsistemas, además de la debilidad misma del Sistema de Salud.

Es decir, que no goza de la misma atención en salud una persona afiliada al IMSS, que la que alguien que es derechohabiente del ISSSTE, de la Secretaría de la Defensa Nacional, o Pemex. Tampoco cuenta con las mismas atenciones una persona que no cuenta con seguridad social y debe atenderse en los servicios públicos de cada entidad federativa, ni se accede por igual a este derecho en los diferentes estados.

En este sistema desigual, la doctora Flamand explica que los más vulnerables son las personas que no cuentan con seguridad social, que son 6 de cada 10 en el país.

“Son personas más vulnerables, no solo por su nivel de ingreso, sino porque en general tienen situaciones laborales menos estables y menos seguras. No solo son vendedores ambulantes, hay personas que sus empresas los tienen sin honorarios, y a pesar de que pagan impuestos no gozan del mismo acceso a la salud”.

Y es que se destina 39% más del gasto público en salud para las personas que cuentan con seguridad social, en comparación con quienes no tienen.

“Es grave que bajo la Constitución, de acuerdo al artículo 4º, todas las personas en México tenemos garantizado el derecho a la protección social en salud, pero el gasto público entre subsistemas no respeta ese derecho”, señala Flamand.

La repartición desigual de los recursos públicos se refleja en los recursos materiales con los que cuentan, como camillas, personal médico general y especialistas. Los servicios de las personas con seguridad social cuentan con mayor inversión.

A estas diferencias se suma la desigualdad entre entidades federativas. Tan solo en el tema de la mortalidad infantil, una niña o niño que nace en estados con altas tasas de pobreza, como Veracruz, Puebla o Chiapas tiene el doble de probabilidad de morir antes de cumplir un año, en comparación con los estados con una tasa menor, como Baja California Sur, Coahuila y Aguascalientes, de acuerdo con información sobre Defunciones registradas por entidad federativa del INEGI.

“En México, en general, quien nace en condición de vulnerabilidad o desventaja muere en esta condición. Las oportunidades de movilidad social son muy escasas, y el simple hecho azaroso de dónde naces, en qué tipo de familia y los servicios públicos a tu disposición determinan mucho de la calidad de vida y de salud que se tiene”, explica la investigadora.

Esto tiene que ver con las características de los sistemas de salud en cada estado, principalmente aquellos que atienden a las personas sin seguridad social.

Lee más: En 2019 crecen muertes por diabetes, cáncer, suicidios y VIH; bajan por accidentes viales

En los 32 estados hay un subsistema de salud que atiende a personas sin seguridad social, y estos cuentan con diferentes necesidades y cantidad de personas por atender. 

Por ejemplo, en Tabasco, Puebla, Oaxaca y Guerrero 7 de cada 10 personas se atienden en servicios de salud del estado, debido a que no cuentan con seguridad social de instituciones federales. En el caso de Coahuila y Nuevo León, estos solo atienden 3 de cada 10, según datos de los Indicadores de carencia social por entidad federativa del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL).

“El peor escenario es el de alguien que no tiene seguridad social, que vive en un estado vulnerable con pocas oportunidades de desarrollo, donde hay además un sistema de salud débil. Peor aún, si vive en una comunidad aislada donde en ocasiones ni siquiera hay médico o centro de salud. Ahí se ve claramente el entrecruzamiento y la acumulación de las desigualdades”.

Estas desigualdades, alerta Laura Flamand, podrían incrementarse con la puesta en marcha del Instituto de Salud para el Bienestar (INSABI), al que solo se encuentran adheridos 26 de las 32 entidades federativas, además de que el presupuesto que recibirá en 2021 para operar será menor al del año anterior, aún con el contexto de la pandemia.

Aguascalientes, Guanajuato, Tamaulipas, Morelos, Nuevo León y Jalisco son los estados que rechazaron sumarse.

“La demanda para el INSABI es muy grande, porque con menos recursos tendrá que atender a más personas, pues se incrementará la población sin seguridad social, y con este panorama no parece que se vayan a abatir las desigualdades”, concluye.

 

*Conoce los resultados de la “Encuesta de Acceso a la Salud y Estado de Derecho en el marco del COVID-19 del World Justice Project: Encuesta telefónica nacional aplicada a 2352 personas mayores de 18 años en México. Realizada entre el 4 julio y 16 agosto de 2020”. 

 

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La joven chef que no podrá volver a comer

Loretta Harmes no ha probado un solo bocado en los últimos seis años, pero no ha perdido su pasión por la cocina.
19 de abril, 2021
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Loretta Harmes lleva seis años sin comer, pero no pierde su pasión por cocinar.

No puede ni probar sus recetas, pero aun así no para de ganar seguidores en Instagram, donde se presenta como nil-by-mouth foodie (algo así como la especialista gourmet que no come por la boca).

Loretta mastica una papa asada y saborea su interior esponjoso. Ella y su madre Julie se han encargado de prepararla a la perfección porque saben que será su última comida.

En cuestión de minutos, un dolor que ya conoce le exprimirá el estómago como se retuerce un paño de cocina, de la misma forma que le sucedía cada vez que bebía o comía algo.

Entonces se sentirá dolorosamente llena y enferma, como si su estómago estuviese a punto de estallar.

Sin embargo, Loretta elige ignorar el dolor y disfrutar el momento en la cocina de su familia, el lugar donde sus habilidades culinarias florecieron de pequeña.

“Sentarme a comer con mi mamá y mi hermana fue surrealista e increíble. Por una vez intentamos actuar como una familia normal”, dice Loretta.

Era el año 2015 y Loretta, con 23 años, ya había sobrevivido a base de alimentos líquidos durante años.

Casi nunca se sentó junto a su familia en la mesa. Incluso agarrar el tenedor y el cuchillo se sentía inusual, por no hablar de masticar la papa y el pollo sazonado con ajo y limón.

Loretta antes de ingerir su última comida.

Loretta Harmes
Loretta, antes de ingerir la última comida.

Pero en esta ocasión, un especialista del intestino le había pedido a Loretta que ingiriera comida sólida. Quería entender por qué cuando Loretta come sufre tal agonía y a veces pasa semanas o meses sin poder ir al baño.

Loretta se había desplazado ese mismo día al hospital St Mark’s en Londres para que le introdujeran un tubo naranja en la nariz hasta el intestino delgado y así revisar la función nerviosa de su sistema digestivo.

Finalmente, tras años de diagnósticos erráticos y mucha desconfianza, alguien investigaba sus problemas debidamente.

Pasión desde la infancia

Cuando era niña, Loretta y su nana Mavis replicaban las recetas de un concurso de comida de la televisión.

“Era la reina del horneo y sus tartas de cumpleaños eran legendarias“, dice Loretta.

“Mi hermana Abbie y yo nos peleábamos para ver quién lamía el recipiente de la tarta hasta dejarlo limpio”.

Una tarta de cumpleaños para Loretta.

Loretta Harmes
Loretta aprendió a cocinar gracias a su nana Mavis, de la que cuenta que hacía sabrosas tartas de cumpleaños.

Muchas de sus historias con la comida se mezclan con recuerdos cálidos y felices de su vida familiar.

Cada jueves, su familia entera acudía a casa de Mavis para comer.

Loretta recuerda con cariño sentarse a la mesa y cenar asados y mousse de frambuesa.

“Todos nos asegurábamos de que mi abuelo Eric no agarraba primero el recipiente con la salsa de la carne, porque entonces no quedaba nada para el resto de la familia”, evoca.

A los 11 años, Loretta cocinaba la cena para su familia cada martes, porque su mamá trabajaba hasta tarde.

Tenía un negocio de peluquería en el garaje y sus clientes se acostumbraron a que Loretta viniera de vez en cuando con una cuchara de madera con salsa para que la probara su madre.

Tenía rienda suelta en la cocina y me encantaba la idea de crear algo desde cero para que mi familia lo disfrutara”, relata.

Loretta desayunando en el jardín de Mavis.

Loretta Harmes
Desde pequeña Loretta gozó de libertad para ser creativa en la cocina.

Empezó replicando la pasta con tomate al horno de su madre, pero pronto se graduó haciendo pasteles y guisos. Las albóndigas y la ensalada de pollo eran los platillos favoritos de la familia.

En la secundaria ganó concursos de cocina, incluso ante estudiantes de más edad, y participó en competiciones regionales.

Mientras otros niños cocinaban pasta, Loretta preparaba lomo de cerdo marinado y estofado de ternera al estilo de Borgoña (boeuf bourguignon).

Su madre, Julie, dice que Loretta era y sigue siendo una cocinera desordenada. De esas que usa cada recipiente, sartén y utensilio en la cocina. Pero no le importaba porque veía cuánto lo disfrutaba su hija.

“Lo que más le gustaba era preparar algo con lo que sea que tuviera en los armarios de la cocina. Era muy creativa“, cuenta Julie.

A los 15 años Loretta sufrió anorexia, aunque dice que le duró menos de un año. En su adolescencia también aquejó problemas digestivos. Pero la mayor parte del tiempo seguía cocinando y comiendo felizmente.

Julie junto a sus hijas Abbie, a la izquierda, y Loretta, a la derecha.

Loretta Harmes
Julie junto a sus hijas Abbie, a la izquierda, y Loretta, a la derecha.

Problemas de salud

Al terminar la escuela, Loretta fue premiada con una plaza en una escuela culinaria de prestigio en Londres. Esperaba seguir los pasos de otros chefs famosos. Sin embargo, solo pudo completar uno de los tres años debido a su salud.

A los 19 años, los dolores la dejaban tumbada en cama.

“Las cosas empezaron a empeorar dramáticamente. No podía comer o ir al baño en absoluto y durante los cinco años siguientes se convirtió en una pesadilla de la que no podía despertarme”, dice.

La pesadilla comenzó con un doctor que estaba convencido de que la rápida pérdida de peso de Loretta solo podía deberse a un regreso de su anorexia.

Los servicios de salud mental pronto se involucraron y Loretta pasó más de dos años en unidades de trastornos alimenticios. Llegó a pesar 25 kilogramos.

Forzarse a sí misma a comer para ganar peso le pareció la única forma de abandonar ese círculo vicioso, incluso a expensas del dolor severo que se infligía.

Su desesperación a veces se transformaba en rabia y fue sancionada hasta tres veces bajo la ley de Salud Mental, por un total de 18 meses, para evitar que se fuera de los centros de salud.

“Les decía continuamente que la única razón por la que estaba deprimida era por mis dificultades en el intestino y estómago, pero no me creían”, explica. A su historial médico también se le añadió psicosis delirante.

Intentó suicidarse tres veces. Estaba desesperada por no encontrar tratamiento a su dolor.

La vida en las unidades era un ciclo sombrío e implacable de pesajes, análisis de sangre y alimentación.

Los pacientes visitaban la cocina para seis comidas al día: tres comidas principales y tres refrigerios.

Loretta trabajando en la cocina.

Amy Maidment
Loretta trabaja en varias recetas que comparte en su cuenta de Instagram.

Todas las comidas debían terminarse en un tiempo determinado. Les apagaban la radio cuando el tiempo se terminaba, y Loretta se quedaba mirando los restos de comida en el plato: fruta enlatada y yogur o vegetales hervidos con carne procesada.

Nadie más estaba autorizado a abandonar la mesa hasta que ella terminara, y cuenta que el personal y los pacientes la molestaban y acosaban para que se apresurara.

Después de cada comida, los pacientes debían pasar una hora en una sala común donde se les vigilaba de cerca para asegurarse de que no se deshacían de los alimentos que acababan de consumir.

La mayoría de días Loretta se hacía un ovillo en la silla, tratando de aliviar su dolor. Otros leían, coloreaban o veían televisión.

Loretta cuenta que una mujer que llevaba 13 años entrando y saliendo de aquella unidad gritaba y gritaba, pero nadie podía escaparse de la sala.

Con frecuencia Loretta quería gritar también, especialmente cuando algún miembro del personal se sentaba muy cerca de ella día y noche durante semanas.

“Necesitaba paz y tranquilidad de todo aquello”, señala.

“Me había recuperado completamente de la anorexia. Fue una lección de vida que se convirtió en una sentencia de por vida”.

Años después, la reacción de Loretta tras comer las papas asadas condujo al diagnóstico del síndrome de Ehlers-Danlos hiperlaxo (hEDS), una enfermedad genética que puede manifestarse en distintas formas.

Los análisis mostraron que el estómago de Loretta estaba parcialmente paralizado y no podía vaciarse debidamente. Confinarla a una unidad de seguridad y forzarla a comer no había tenido ningún sentido.

Sus otros síntomas incluían migrañas, fatiga, palpitaciones cuando se paraba o sentaba y un dolor en el cuello para el que más tarde necesitó una cirugía.

Hasta recientemente se había estudiado relativamente poco sobre su enfermedad y los otros 12 tipos de síndromes Ehlers-Danlos.

Todavía no se conoce completamente esta afección.


¿Qué es el síndrome de Ehlers-Danlos?

  • Los síndromes Ehlers-Danlos son un grupo de 13 trastornos que afectan el tejido conjuntivo. Este tejido apoya, protege y estructura otros tejidos y órganos en el cuerpo. Se encuentra en la piel, los huesos y ligamentos, por ejemplo.
  • En el caso de Loretta, está dañado el tejido conjuntivo de la pared de sus intestinos. Como resultado, la comida se desplaza con menos fluidez por su sistema digestivo. (La parálisis de su estómago es algo adicional, pero también está conectada a la dolencia).
  • Los síndromes están generalmente caracterizados por articulaciones que se estiran más de lo normal, pieles que se estiran más de lo normal y fragilidad de tejidos.
  • Un efecto secundario de una piel hiperextensible es su apariencia joven y suave. “Mi piel es como una masa de pizza y muy suave”, dice Loretta.

Fuente: Ehlers-Danlos Society


Alimentación alternativa

De promedio toma entre 10 y 14 años diagnosticar a las personas, dice el doctor Alan Hakim de la Sociedad Ehlers-Danlos, porque los síntomas de la dolencia son variados y puede parecer que no están asociados.

“Una persona puede visitar médicos y terapeutas para cada una de sus preocupaciones individuales, sin que exista una visión general de todos ellos”, comenta el especialista.

“Solo cuando alguien ata los flecos se concluye que se trata del síndrome”.

El doctor dice que esto está mejorando y que se está comprendiendo mejor el síndrome.

Seis años después de su última comida, Loretta sabe que nunca más volverá a comer o tomar un vaso de agua.

Se alimenta de nutrición parenteral total (TPN, por sus siglas en inglés), lo cual significa que está conectada 18 horas al día a una bolsa pesada de líquidos que pasa por alto el sistema digestivo y se infunde directamente en el torrente sanguíneo.

Un tubo conocido como línea Hickman atraviesa el pecho y llega a una vena grande que desemboca en el corazón.

Loretta con su bolsa de nutrición parenteral total.

Amy Maidment
Loretta ha ideado un sistema para poder salir a pasear con su bolsa y tratar de hacer una vida lo más normal posible.

En su cuenta de Instagram, se le puede ver con la bolsa de alimentación dentro de una mochila que ha personalizado para poder salir y moverse.

Loretta le pide a la gente que le sujete la bolsa cuando sale a bailar. El sistema funciona bien siempre y cuando nadie se aleje y desconecte la línea.

De igual modo, la TPN también tiene sus peligros. Incluso la más minúscula mota de polvo puede contaminar la línea. Varias veces ha sufrido sepsis, una reacción a una infección que puede causar daño orgánico o incluso la muerte.

“Aunque tenga sus limitaciones, la nutrición parenteral me da más de lo que me quita”, expone.

Antes, Loretta se sentía tan débil que pasaba la mayor parte de su vida en cama.

Su cuerpo necesitaba tantos nutrientes que sus huesos se volvieron frágiles y porosos como un panal de abejas, y su ciclo menstrual se interrumpió por completo. Pero lo peor de todo era el dolor constante.

“La TPN recuperó mi peso y energía. Fue agradable volver a vestir ropa normal y no tener que comprar en la sección para niños”, cuenta.

Esta mejoría en su salud le permitió revivir su pasión por cocinar, aunque para conservar energía cocina a ratos y se mueve en silla de ruedas por la cocina.

Ser una chef que no come le ha dado una plataforma única en Instagram.

Loretta con otra de sus recetas.

Amy Maidment
La compañera de piso de Loretta destaca su creatividad a la hora de cocinar.

Su compañera de apartamento, Amy, fotógrafa profesional, le toma fotos y prueba la comida. En los primeros días de confinamiento, comenzaron a construir un negocio, trabajando con marcas para desarrollar recetas y estilizar la comida.

“La razón por la que no me preocupa no poder comer es porque estoy muy aliviada de no tener dolor tras tantos años“, dice Loretta.

“Lo que me da placer es cocinar. Estar en la cocina es un espacio creativo real para mí. Si estoy ansiosa o preocupada, tan pronto cocino todo se va porque me concentro en el plato que estoy haciendo”.

Loretta Harmes y Amy Maidment

Amy Maidment
Amy, su compañera de piso, prueba la comida. Loretta solo la huele.

Amy está feliz de ser la que prueba las creaciones de Loretta.

Lasaña de macarrones con queso, pastel de aguacate, lima y crujiente de pecanas y coco… “Hace cosas que salen de su cabeza y que no había visto antes”, indica Amy.

Para compensar que no puede probar la comida, Loretta pasa mucho tiempo planificando y preparando con mucho método.

Se basa en los años que pasó estudiando libros de recetas y experimentando en la cocina, y su intuición.

“Cocino con mis ojos, nariz e instinto”, dice.

Inhalar el olor de una salsa burbujeante activa su memoria del sabor y sus ojos pueden juzgar la profundidad y la riqueza de la misma.

Algunas personas que dependen de la TPN como Loretta mastican la comida y la escupen, pero eso nunca le llamó la atención.

“En realidad, no anhelo el sabor de la comida en sí, es su consuelo lo que extraño y los recuerdos que implica“, cuenta.

“Helados en la playa, un chocolate caliente en un día frío, un asado con mi familia en Navidad”. El pepino sigue siendo su olor favorito porque le recuerda los picnics de la infancia.

“Gran parte de lo que hacemos socialmente gira en torno a la comida; a veces todavía me siento rara. Todavía voy a cenas de cumpleaños o ‘a tomar un café o una bebida’, simplemente no puedo participar de comer o beber”.

Pastel de aguacate y lima.

Amy Maidment
El pastel de aguacate y lima., creación de Loretta Harmes.

Casi todos sus recuerdos felices de la comida incluyen a su hermana Abbie.

Abbie quedó tan marcada por la experiencia traumática de su hermana mayor en las unidades de trastornos alimenticios que decidió trabajar en un hospital de salud mental para niños.

Durante la última comida de Loretta, Abbie capturó el momento en su teléfono y le ayudó a sentirse especial.

En 2019, junto con su madre, Abbie visitó a Loretta en el hospital, donde se estaba recuperando de otro episodio de sepsis.

Pero, trágicamente, Abbie murió en un accidente automovilístico de camino a casa. Tenía 23 años.

“Ella marcó una gran diferencia en la vida de los demás y su propia vida estaba comenzando a florecer”, lamenta Loretta.

Loretta siente que ahora debe vivir por las dos y esto la impulsa a aprovechar al máximo su vida.

La última vez que hablé con Loretta estaba en el hospital recuperándose de su noveno episodio de sepsis desde que comenzó con la TPN.

Acostada en la unidad de insuficiencia intestinal, sueña con las recetas que preparará cuando se recupere y regrese a su piso en Bournemouth, en el sur de Inglaterra.

“Lo primero que prepararé cuando vuelva a la cocina será un desayuno abundante y saludable”, me dice desde su cama.

Los gofres de boniato de Loretta.

Amy Maidment
Así acabó luciendo el desayuno que Loretta soñó con preparar desde una de sus últimas estancias en el hospital.

Compró un preparador de gofres y no puede esperar para usarlo.

“Haré gofres de boniato con espinacas y champiñones, aguacate, tomatitos y glaseado balsámico”.


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