COVID precariza salud en zonas rurales; hay casos de cáncer sin atender
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COVID precariza aún más la atención a la salud en zonas rurales; hay casos de cáncer sin atender

En la Sierra Tarahumara, los Altos de Chiapas o la Montaña de Guerrero la atención a la salud ya era deficiente antes de la pandemia, ahora la situación es más crítica.
Cuartoscuro
2 de diciembre, 2020
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En la comunidad de Rejogochi, en el municipio de Guachochi, en la Sierra Tarahumara de Chihuahua, cada año, desde hace unos diez, el IMSS Bienestar hace una campaña de detección de cáncer en mujeres. Este año se hizo, en abril. A cinco pobladoras les detectaron cáncer cervicouterino y en las mamas. Les prometieron que les darían atención en la clínica de San Juanito, en el municipio de Bocoyna. Pero por la pandemia de COVID, las consultas y tratamientos se suspendieron.

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Chihuahua no termina de salir de la epidemia. Es, de hecho, uno de los dos estados que volvió al rojo en el Semáforo de Riesgo después de un repunte de casos nuevos confirmados por día. Bocoyna es uno de los focos de mayor contagio con 166 casos confirmados totales y nueve activos, en una población total de 29 mil 835 habitantes.

Las cinco mujeres a la que se les ha dejado en espera obligada para recibir tratamiento, ahora además de cáncer padecen depresión. La promotora cultural y de salud Irma Chávez -colaboradora del programa Chihuahua Crece Contigo, una iniciativa del gobierno del estado para asegurar que lleguen servicios de salud y desarrollo social a las comunidades indígenas- cuenta que una de las afectadas es su tía.

“Ella se ve diferente, muy angustiada. Las cinco están muy deprimidas, es como si les hubieran quitado el sentido a su vida”, dice Irma. Las señoras ahora saben que tienen cáncer, pero no saben ni en qué etapa está ni si ya avanzó o cuándo las van a atender. No les han dado fecha para reanudar la atención.

En las comunidades indígenas de la Sierra Tarahumara, sostiene Irma, la atención a la salud siempre ha sido precaria y poco pertinente para los rarámuris. La mayoría de las comunidades no tiene cerca un centro de salud. El más cercano puede estar a tres horas, caminando. Los traslados en vehículo siempre son un problema.

En estos casos son precisamente las promotoras de salud (Animal Político ya ha recabado otros testimonios similares), quienes se encargan de conseguir cómo hacer los traslados.

Irma dice que en mayo tuvieron el caso de un poblador de Choréachi, en el municipio de Guadalupe y Calvo, que se cayó en su casa y se golpeó la cabeza. No había quién fuera por él para llevarlo a un centro de salud. Tardaron dos semanas en conseguir un vehículo para que lo trasladaran al hospital.

“Lo más triste es que pasan y pasan los años y todo sigue igual. El gobierno hace programas que son pura simulación, cuando están funcionando, los cancelan de golpe por falta de presupuesto o porque hay cambio de administración”, reprocha Irma.

Frente a ese abandono, la población de estos lugares cuenta con un solo recurso, su medicina tradicional. Acá la diabetes se controla con plantas, lo mismo que muchos otros padecimientos.

Pero en el caso del cáncer y los accidentes, frente a los que muchas veces la misma medicina alópata poco puede hacer, los rarámuris se quedan solos, sobre todo ahora en tiempo de epidemia.

En las comunidades más alejadas, esa misma lejanía los ha protegido de la infección. A Choréachi, Rejogochi y muchas otras comunidades el COVID no ha llegado, pero sí lo ha hecho a los lugares más poblados de la Sierra Tarahumara, donde justo están instalados los hospitales y centros de salud. Por eso los servicios se han cancelado.

El COVID no les ha afectado todavía, pero la falta de atención para otros padecimientos sí.

Bajo las balas y con mala atención médica

El domingo 29 de noviembre, Andrés Jiménez Pérez, de 39 años, su esposa Rosa, y su hijo de nueve años regresaban de trabajar como jornaleros limpiando cafetales cuando les cayó una lluvia de balas. Ellos viven en una zona donde eso se ha vuelto cotidiano, en San Pedro Cotzinam, en el municipio de Aldama, en Chiapas.

Andrés y su familia viven en la zona que hace de límite con la comunidad de San Martha, Chenalhó. La zona ha estado sumergida en un conflicto agrario por la disputad de 60 hectáreas que ambos municipios reclaman como suyas. Los de Aldama acusan que la violencia ha escalado por la presencia de presuntos grupos de corte paramilitar, herederos de quienes perpetraron la masacre de Acteal, en Chenalhó.

En la lluvia de balas que los atrapó, Andrés resultó con heridas en las dos piernas. Sus propios vecinos consiguieron un vehículo y lo trasladaron al Hospital Básico Comunitario de Aldama, pero solo había un enfermero, cuenta Rosa Santiz, su esposa.

Lo llevaron entonces al Hospital de las Culturas, en San Cristóbal de Las Casas, un hospital estatal que ha estado centrado en la atención de COVID y que reporta alta ocupación.

San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, es un municipio que aparece como foco rojo, aunque el estado ya está en verde en el Semáforo de Riesgo COVID, por el número de casos confirmados hasta ahora, de acuerdo a los datos de la plataforma de Conacyt: tiene 409 en total, pero solo tres están activos.

El Hospital de Las Culturas aparecía el 27 de noviembre con 100% de ocupación en sus camas con ventilador, de acuerdo a los datos del Sistema de Información de la Red IRAG (Infección Respiratoria Aguda Grave).

Cuando Andrés llegó el domingo con sus heridas, los médicos lo revisaron, comprobaron que las balas habían salido, que no se habían incrustado en ningún hueso, le atendieron la herida y lo dieron de alta. Rosa cuenta que está en casa, con mucho dolor y sin antibióticos. No han tenido dinero para comprar los tres que pusieron en la receta con la que lo enviaron a casa. Nadie les dio una cita de seguimiento.

Lee más: Aguascalientes, Zacatecas y Querétaro, los otros focos rojos del repunte de COVID-19

Saturados y no es por COVID

En la puerta a la Montaña de Guerrero, en Tlapa de Comonfort, el Hospital General estaba, hasta hace mes y medio, enfocado en COVID. Tiene 15 camas para atender a los afectados por la enfermedad y en los meses de mayo y julio no eran suficientes. Tenían que buscar a donde canalizarlos. Para más o menos darse abasto hubiera requerido 19 o 20 camas.

Ahora ya solo tienen seis pacientes en el área de COVID. Aquí, dice Eugenio, un integrante del personal de salud que prefiere que no lo identifiquemos por su nombre real, el repunte de casos no ha llegado. Eso les ha permitido reanudar la atención a otros padecimientos. En estos días están saturados pero es por otra razón.

Eugenio cuenta que cada día llegan tres o cuatro pacientes con la diabetes descontrolada y el mismo de casos de hipertensión. Los meses sin seguimiento médico a  personas con enfermedades crónicas está cobrando la factura. Llegan al límite y los tienen que hospitalizar.

“No sé cuantos llegaban antes por estos padecimientos. Yo llegué para atender COVID y no tengo esa referencia. Pero es un número alto y sin duda tiene que ver con que no se les dio seguimiento durante los peores meses de la pandemia”, dice.

Hasta hace un mes este hospital sólo recibía a los contagiados de coronavirus y las personas con piquete de alacrán, o sea las emergencias graves. El resto se canalizaba a otros centros de salud de la zona. Ahora que la atención normal empieza a reanudarse el desborde es justo por todo lo que no se atendió.

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El desertor homosexual que escapó de Corea del Norte (y de su matrimonio) y encontró el amor a los 62 años

Jang Yeong-jin huyó de Corea del Norte escapando de un matrimonio sin amor. Ahora se ha prometido con su novio.
22 de marzo, 2021
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Jang

Oh Hwan
A los 62 años, Jang ha encontrado el amor y se va a casar con su novio estadounidense.

La singular historia del único desertor abiertamente homosexual de Corea del Norte fue cubierta por la prensa internacional cuando publicó su autobiografía. Ahora, 25 años después de huir de su país, cuenta a la BBC sus planes para casarse con su novio estadounidense.

Jang Yeong-jin nunca le habían parecido atractivas a las mujeres. Pero no fue hasta la noche de bodas, a los 27 años, que esto le hizo su vida más difícil.

Jang se sintió intensamente incómodo. “No podía poner un dedo sobre mi esposa“, recuerda.

Aunque la pareja finalmente consumó su matrimonio, el sexo era poco habitual.

Cuatro años después, su esposa seguía sin quedar embarazada, y uno de los hermanos de Jang comenzó a averiguar. Jang admitió que jamás se había sentido atraído por una mujer, y su hermano lo mandó rápido al doctor.

“Fui a muchos hospitales en Corea del Norte porque pensé que tenía algún problema“.

Nunca se le ocurrió a Jang, o su familia, que podía haber otra razón por su falta de interés hacia su esposa.

Pruebas médicas

“La homosexualidad no es un concepto en Corea del Norte”, dice.

Si se ve a alguien correr a saludar a un amigo del mismo sexo, se asume que son buenos amigos. De hecho, con frecuencia se ve a adultos del mismo género agarrados de la mano en la calle, explica.

“Corea del Norte es una sociedad totalitaria. Tenemos mucha vida comunitaria, así que es normal para nosotros”.

Echando la vista atrás, Jang piensa que no era el único incomprendido.

Cuando ingresó en el hospital durante un mes para hacer pruebas médicas, conoció a otros pacientes.

“Descubrí que muchos habían tenido una experiencia similar: hombres que no podían sentir nada hacia una mujer”.

Pero explorar lo que realmente sentían era casi imposible.

“En Corea del Norte, si un hombre dice que no le gusta una mujer, la gente piensa que está enfermo”.

Un hombre con el que Jang había servido en el ejército lo visitó varias veces después de ser dado de alta. Le confió que su noche de bodas también había sido un desastre y que ni siquiera podía tomar de la mano a su esposa.

“Creo que era alguien como yo”, reflexiona Jang.

Park Jeong-Won, profesor de leyes en la Universidad Kookmin en Seúl, Corea del Sur, no tiene conocimiento sobre alguna ley explícita en Corea del Norte contra las relaciones homosexuales.

Pero agrega que las leyes del estado contra las relaciones extramaritales y la violación de las costumbres sociales probablemente serían utilizadas para enjuiciar cualquier acto sexual gay.

Jang

Oh Hwan
El caso de Jang se conoció abiertamente cuando publicó su biografía hace 25 años.

Otro académica en Seúl, Kim Seok-hyang, ha entrevistado docenas de desertores sobre esto, y dice que ninguno había escuchado jamás hablar sobre el concepto de homosexualidad.

“Cuando les preguntaba sobre homosexualidad, les costaba entender. Así que tenía que explicarlo a cada persona”, dice Kim, profesora de estudios norcoreanos en la Universidad de Mujeres Ewha.

Todos los desertores le confesaron que si alguien les descubría explorando relaciones con alguien del mismo sexo, serían condenados al ostracismo, incluso posiblemente ejecutados.

Jang fue dado de alta con un historial médico limpio. Todas las pruebas médicas solicitadas por su hermano mostraron que no tenía nada malo.

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BBC

La decisión de marcharse

Por otro lado, la esposa de Jang seguía siendo infeliz.

“Pensaba: ‘Debería dejar marchar a esta persona. Deberíamos encontrar una forma de ser felices'”, cuenta el desertor.

Jang solicitó el divorcio. Sin embargo, este proceso no es fácil en Corea del Norte. Se requiere el permiso de un tribunal, y estos priorizan la unidad familiar, dice el profesor de leyes Park Jeong-Won.

Solo autorizan una separación si el matrimonio es visto como una amenaza a la ideología del país, explica.

Fue entonces cuando Jang se dio cuenta que solo le quedaba la opción de huir, de abandonar Corea del Norte. Esto anularía automáticamente su matrimonio y permitiría volver a casarse a su mujer.

Pero el catalizador de su decisión fue una visita del mejor amigo de Jang, un hombre llamado Seoncheol.

Habían crecido juntos en el pueblo norteño de Chongjin. Eran muy cercanos, y dormían en la misma cama cuando uno se quedaba en casa del otro durante la infancia.

Pero cuando crecieron, los sentimientos de Jang por Seoncheol se intensificaron.

“Realmente Seoncheol me gustaba mucho. Todavía sueño con él”.

A veces Seoncheol le visitaba para cenar y, una noche, preocupado por lo tarde que se había hecho, Jang persuadió a Seocheol para que se quedara a dormir.

Unas horas más tarde, Jang se encontró saliendo de su propia cama y acercándose a Seoncheol. Estaba devastado cuando su amigo dormido ni siquiera se movió.

“No sé exactamente qué quería de él, tal vez solo que me abrazara fuerte”, dice Jang.

Aquel momento le hizo sentir que su vida en Corea del Norte había llegado a su fin.

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BBC

La fuga

Jang llegó a Corea del Sur en abril de 1997 arrastrándose por la zona desmilitarizada (DMZ) llena de minas que divide las dos naciones, después de que su ruta inicial le dejara varado en China.

Cruzar la DMZ es tan arriesgado e infrecuente que su fuga fue noticia en el sur.

Zona desmilitarizada en Corea del Norte.

Getty Images
Jang escapó a través de las verjas fortificadas de la zona desmilitarizada llena de minas que divide las dos Coreas.

Las dinámicas en Seúl eran muy distintas a las de Corea del Norte, pero incluso aquí el caso de Jang desconcertó a los funcionarios surcoreanos.

Todos los desertores de Corea del Norte se someten a varias semanas de interrogatorios obligados del Servicio de Inteligencia de Corea del Sur (NIS) para comprobar que no son espías.

Jang fue interrogado durante más de cinco meses porque se resistía a explicar la verdadera razón por la que desertó.

Cuando finalmente admitió que simplemente no se sentía atraído por su esposa, se le permitió quedarse, pero una vez más fue enviado al médico.

“Los funcionarios del NIS me dijeron que debía haber alguna razón por la que no me gustaban las mujeres”.

En aquel tiempo, incluso en el sur había poca conciencia sobre las distintas orientaciones sexuales. Varios doctores le recomendaron buscar ayuda psicológica, pero ignoró sus consejos.

Descubrimiento y decepción

Entonces, en la primavera de 1998, 13 meses después de llegar a Corea del Sur, Jang abrió una revista para leer una entrevista que dio sobre su deserción.

Al pasar la página, descubrió un artículo sobre hombres homosexuales saliendo del armario, con una escena de una película estadounidense que mostraba dos hombres besándose sobre una cama.

Ahí se convenció de que él también era homosexual.

“Cuando vi aquello, supe enseguida que era ese tipo de persona. Por eso no me gustaban las mujeres”.

Aquella revelación transformó la vida de Jang, quien se volvió un cliente habitual de los bares para gays en Seúl.

Pero años después, este nuevo mundo expuso a Jang a un fraude devastador.

En 2004, el dueño de uno de los bares favoritos de Jang le presentó a un auxiliar de vuelo.

Salieron durante tres meses y Jang se enamoró.

El auxiliar de vuelo le pidió a Jang mudarse juntos, pero le explicó que, como vivía con su padrastro, primero debían comprar una casa más grande.

Jang se mudó de su apartamento alquilado y le dio US$82.000 de sus ahorros y todas sus pertenencias.

Nunca más volvió a verle. Acudió cada día a la estación de policía durante dos semanas hasta que le dijeron que se diera por vencido.

Jang jamás pensó que alguien pudiese engañarle de esta manera.

“En Corea del Norte tenemos una vida muy controlada. Si hubiera dicho que alguien me había estafado, el partido lo habría rastreado y castigado con dureza”.

Jang enfermó y fue hospitalizado durante un mes. Piensa que fue producto del estrés. Esto significó perder su trabajo en una fábrica. Como consecuencia, se quedó sin dinero, sin casa y desempleado.

Poco a poco fue reconstruyendo su vida. Consiguió un trabajo como limpiador, ahorró para rentar una nueva casa y comenzó a escribir en su tiempo libre.

De niño ganó una vez un concurso de escritura, pero entonces se requería que los estudiantes solo escribieran para honrar al régimen norcoreano.

Ahora, finalmente, Jang podía escribir lo que quisiera. Su autobiografía A Mark of Red Honor (“La marca del honor rojo”) fue publicada en 2015.

Encontrar el amor

Tomó un largo tiempo antes de que Jang se arriesgara a tener una cita. El año pasado, con 62 años, Jang conoció a Ming-su, el dueño de un restaurante, en un sitio de citas.

Cuatro meses más tarde, Jang viajó a la nación que conocía como “el país de los lobos”, el término despectivo de Pyongyang hacia Estados Unidos.

Pero cuando Jang vio a Min-su esperándolo en la sala de llegadas, su corazón se hundió. Min-su llevaba pantalones cortos y gorra, y dice Jang que esto le decepcionó.

“Al ver cómo se vestía, asumí que era un hombre maleducado y brusco“, dice Jang.

Jang

Jang Yeong-jin
Compartiendo vinos y picnics, la pareja se ha ido conociendo cada vez más.

El confinamiento por coronavirus les dio espacio para conocerse mejor, bebiendo vinos y organizando picnics.

“Cuanto más le conocía, más podía ver su buen carácter. Aunque es ocho años menor que yo, es el tipo de persona que primero se preocupa por los demás”.

Tras dos meses, Min-su decidió proponerle matrimonio.

Ahora Jang está finiquitando sus documentos para probar que su matrimonio en Corea del Norte está terminado y esperan casarse a fines de este año.

“Siempre me sentía miedoso, triste y solitario cuando vivía solo. Soy muy introvertido y sensible, pero él es una persona optimista. Somos buenos el uno para el otro”, dice.

Jang y su prometido.

Jang Yeong-jin
Jang y su prometido tienen varios planes para cuando terminen las restricciones por coronavirus.

Pero a pesar de su felicidad recién descubierta, Jang sigue obsesionado por el impacto que su deserción tuvo en su familia.

Varios de sus parientes fueron desterrados a una aldea remota en el helado norte, un destino brutal para aquellos cuyos familiares se perciben como desleales al régimen. Seis de sus familiares murieron de hambre y enfermedad, incluida su madre y cuatro de sus hermanos.

Jang dice que la única forma en que puede lidiar con esa culpa es escribiendo.

“Siempre que pienso en mi familia es muy doloroso para mí, por eso decidí escribir. Pienso que es la única manera en que puedo compensarle”, reflexiona.

Pero al menos le consuela que su decisión de abandonar Corea del Norte dio nuevas oportunidades a su esposa. Escuchó que había vuelto a casarse.

“Siempre pensé que era muy talentosa, así que me sentí muy feliz por ella”.

Y dice que espera expandir sus horizontes una vez se flexibilicen las restricciones por el coronavirus y quiere visitar Washington, a media hora en auto, con Min-su.

“Escuché que hay muchos bares gay allí. Quiero ir a esos bares con él”.

Mientras tanto, dice que disfruta de la tranquilidad de los suburbios, que describe como si estuviera en un “cuento de hadas”.

Min-su es un nombre falso.


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