“No podríamos resistir otro cierre”: vendedores de CDMX
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Alejandro Ponce

“No podríamos resistir otro cierre”: vendedores de CDMX ante nuevas medidas por COVID

Hay cumplimiento desigual de las nuevas medias para evitar contagios en lugares como el Centro Histórico o la Zona Rosa.
Alejandro Ponce
15 de diciembre, 2020
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A las 17:00 horas el Centro Histórico de la Ciudad de México inicia la evacuación de cientos de personas. En la primera jornada de aplicación de las nuevas medidas en las más de 200 colonias de atención prioritaria contra la COVID-19 el cierre anticipado de los comercios fue la principal novedad. Los locatarios, resignados a trabajar menos horas, reconocen que se trata de un mal menor. Asumen que el gobierno de la CDMX imponga restricciones para frenar los contagios y consideran que, al menos, no se ha decretado el cierre total como ocurrió en marzo.

“Tenemos miedo al colapso económico, ya estuvimos cerrados más de cuatro meses en los que no hubo venta ni ingreso”, explica Lilia Castañeda, que trabaja en una tienda que vende artículos para fiestas. Teniendo en cuenta el llamado explícito de las autoridades de Salud para que no haya celebraciones ni reuniones, no parecen buenos tiempos para este negocio. “Estamos vendiendo la mitad que otros años”, lamenta.

Lee: Restricciones a negocios y cubrebocas: CDMX da nuevas medidas para colonias prioritarias por COVID

Dice que desde que se anunciaron las medidas especiales para zonas como el Centro Histórico llegaron menos clientes. Sin embargo, las calles están llenas de gente. Los clientes apuraron hasta el último minuto para hacer sus compras y pasadas las 17:00 horas había calles en las que no había sana distancia que valiera.

Foto: Alejandro Ponce

El miedo de Castañeda y de otros locatarios es que el gobierno termine por imponer reglas más estrictas o, incluso, otra clausura. “No podríamos resistir otro cierre”, afirma.

Adelantar el cierre a las 5 de la tarde es una de las medidas aprobadas por el gobierno de Claudia Sheinbaum. Además, en las zonas de más incidencia de contagios los restaurantes solo podrán vender comida para llevar y se retirarán los puestos de alimentación callejeros, al tiempo que se hace obligatorio el uso de cubrebocas para clientes.

No todas las medidas se cumplieron a rajatabla. En el Centro Histórico fue más fácil por la fuerte presencia policial. Sin embargo, en otros lugares como la Zona Rosa, las medidas fueron aplicadas de forma más laxa: algunos comercios seguían abiertos pasadas las 19:00 horas.

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En la jornada en la que Ciudad de México superó su récord de hospitalizaciones a causa de la COVID-19, las calles del centro seguían llenas de clientes. Las autoridades trataron de organizar las calles para evitar aglomeraciones y se instalaron filtros sanitarios, pero el flujo de personas siguió siendo muy alto. La diferencia respecto a otras jornadas: que los clientes tuvieron que marcharse antes.

“Estas medidas se notarán en las ventas. Y no estamos cubriendo nuestros presupuestos”, dijo Pamela Herrera, trabajadora en un comercio de perfumes al interior del Centro Histórico. Explica que, a pesar de estar en vísperas de las celebraciones decembrinas, las ventas cayeron entre el 40% y el 50%. “Viene mucha gente, pero no compra. Nada mas vienen a preguntar y se pasan derecho”, explica.

Foto: Alejandro Ponce

Asegura que tiene miedo a contagiarse, porque conoce personas que han muerto por COVID-19 y lamenta que la ciudadanía no se tome en serio las medidas de control. “La gente le ha perdido el miedo, mucha gente no cree”, dice. “Se les dice que no tienen por qué venir y que si vienen tienen que respetar protocolos, como cubrebocas o careta, pero no lo respetan y eso nos afecta a nosotros”, asegura.

La principal preocupación de los comerciantes es que el gobierno no termine por decretar el cierre total. Es la disyuntiva que, desde el primero momento, tuvieron que afrontar las autoridades: clausuras totales para disminuir los contagios y poner en riesgo a las personas vulnerables que dependen del salario diario o ser más flexible con los negocios para evitar el colapso económico. Para Sergio Mota, empleado en La Parisina, un comercio de telas del centro, cerrar sería un desastre. “Aquí hay 25 empleados y cerrar sería perder trabajos”, argumenta.

En su opinión, “al menos seguimos abiertos”. Aunque reconoce la gravedad de la pandemia, considera que seguir trabajando es imprescindible. Y que, para evitar los contagios, están las medidas de seguridad. “Los que entran se tienen que cuidar. A veces se molestan, pero tenemos que seguir el protocolo”, afirma.

Foto: Alejandro Ponce

“Es preferible trabajar de esta forma y que no nos manden a casa”, afirma Mauricio Jiménez, dueño de una tienda de ropa interior. Recuerda con horror los meses que tuvo que permanecer clausurado. “Fue la locura. Me gasté lo que tenía de ahorros, me endeudé, tengo pendientes rentas y he quedado mal con los proveedores”, dice. Ahora, aunque sea con horario reducido, puede hacer ventas y “cumplir con las obligaciones”.

Todo el día detrás del mostrador le lleva a mantener una visión crítica sobre la falta de cuidados entre la población. “Muchas veces no son las autoridades, sino que uno tiene que cuidarse”, dice.

“Hay que cuidarse y ajustares a lo que nos dejen trabajar. Si es a las, a las 5. Pero que nos den una ventanita para trabajar y generar un ingreso”, asegura.

Las imágenes de las últimas jornadas, en las que podían verse grandes aglomeraciones para realizar compras navideñas, no se han traducido en un incremento de las ventas, a juicio Jiménez. “Hay mucha aglomeración, pero poca compra. No vendemos de acuerdo a la gente que hay. Vienen con la familia a pasear, nos falta responsabilizarnos”, se queja.

En el centro las medidas se implementaron de forma más eficaz que en otros lugares como la Zona Rosa o la Condesa. En el paseo comercial en la colonia Juárez, cientos de personas transitaban entre vendedores ambulantes y con varios comercios abiertos mucho después de las 17:00 horas. En algunas de estas tiendas aseguraban que no se les había comunicado que tuviesen que cerrar, aunque la zona está incluida dentro de las áreas de atención prioritaria.

“Tenemos que venir, el gobierno no nos da dinero y tenemos que trabajar”, explica Guadalupe Guzmán, vendedora ambulante en la Zona Rosa. Asegura que en toda la pandemia no ha podido quedarse en casa, ya que necesita lo que gana cada día para sobrevivir. “Bajaron las ventas, pero con que tenga salud, me basta con ganar algo para poder comer arroz o frijoles”, dice.

Foto: Alejandro Ponce

No todos incumplieron las normas. Cerca de las 19:00 horas, María Jesús Peña colocaba un cartel en una de las taquerías de la calle: “solo comida para llevar”. “Solo podemos trabajar para llevar, sin nadie dentro del negocio, ni siquiera para ir al baño”, dice.

Reconoce que hay tiendas que no deberían estar abiertas, pero también es consciente de las dificultades económicas que afrontan los comerciantes. “Esto nos afecta mucho. No se ha normalizado la venta, así que nos va a afectar más”, dice.

Foto: Alejandro Ponce

Las medidas impuestas por la CDMX buscan reducir los contagios en un momento en el que el número de hospitalizados se ha disparado. En pocas semanas sabremos hasta qué punto han sido efectivas y si logran limitar la exposición al virus.

 

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Vacuna contra COVID: por qué algunas dosis acaban en la basura y qué se puede hacer para evitarlo

El mundo vive una carrera por hacerse con las escasas vacunas disponibles contra la COVID. ¿Por qué algunas acaban en la basura o se vacuna a personas no prioritarias?
5 de febrero, 2021
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Enfermeras cargan dosis de la vacuna en Nantes, Francia.

Reuters
Muchos países se enfrentan al reto de administrar las vacunas antes de que se estropeen.

Golpeado por la pandemia de covid, el mundo se enfrentó primero al reto de desarrollar en tiempo récord una vacuna. Ahora, al de distribuirla a escala planetaria sin malgastar una sola de las preciadas dosis.

Con la oferta de vacunas disponibles lejos aún de cubrir la ingente demanda mundial, los gobiernos han establecido rigurosos planes de vacunación que establecen los colectivos que deben ser vacunados primero: generalmente, personas mayores, enfermos crónicos y trabajadores de los servicios de salud.

Sin embargo, no han tardado en aparecer las noticias de personas no pertenecientes a estos grupos prioritarios que recibían la vacuna, o, algo más sorprendente aún, de dosis que acababan en el cubo de la basura.

En la ciudad de Trelew, en la Patagonia argentina, la prensa local informó de que hubo que desechar 140 dosis de la vacuna rusa Sputnik-V porque se había roto la cadena de frío en su conservación.

En España, el general al mando de las Fuerzas Armadas tuvo que dimitir después de que se hiciera público que había recibido la vacuna, pese a que algunos de sus colaboradores les dijeron a los medios españoles que lo había hecho precisamente para evitar que se echaran a perder las dosis sobrantes en su departamento tras vacunar a las personas prioritarias.

En México, el presidente, Andrés Manuel López Obrador, condenó por “inmoral” al médico que vacunó a dos familiares después de un error en el sistema de citas del hospital en el que trabaja.

Son solo algunos ejemplos de noticias que han provocado malestar y críticas en muchos países cuando la mayoría de la gente sigue a la espera y en muchos casos aún sujeta a distintos grados de confinamiento.

El desafío de optimizar las vacunas

Lo cierto es que los sanitarios se pueden ver a veces ante un incómodo dilema, ya que las vacunas requieren condiciones especiales de conservación y, en algunos casos, sobre todo en pequeñas localidades o lugares alejados, no pueden cumplirse a rajatabla los estrictos criterios fijados por los gobiernos.

La vacuna fabricada por Pfizer, por ejemplo, debe conservarse a temperaturas muy bajas y, una vez descongelada, ha de usarse antes de 5 días.

La Sputnik-V se comercializa en ampollas de cinco dosis, por lo que si se quiere evitar malgastar ninguna, debe haber un número igual de pacientes listos para recibir el pinchazo.

Una profesional de la salud recibe la vacuna en un hospital de Ciudad Juárez, México.

Reuters
Los trabajadores sanitarios figuran entre los colectivos prioritarios en la mayoría de países.

Como explicó en conversación con BBC Mundo el doctor Pablo Bonvehí, jefe de la sección Infectología y Control de Infecciones del CEMIC, un centro de investigación médica de Buenos Aires, “la prioridad es no desperdiciar la vacuna“.

“Una campaña de vacunación, y más una como esta, es siempre un gran desafío de ingeniería”, indica el experto. Y no siempre es posible acomodar la disponibilidad de vacunas con el número de pacientes dispuestos a ponérsela, su disponibilidad para acercarse a los centros de vacunación a recibirla y las necesidades de espacio para mantener la distancia social en ellos.

A esto se suma el problema de los pacientes que no acuden a las citas programadas, sea porque no pueden desplazarse o porque, como los seguidores del movimiento antivacunas, rechazan la inmunización o desconfían de los gobiernos y los fabricantes de medicamentos.

¿Qué hacer entonces con la dosis sobrante cuando ya se ha cubierto el cupo de pacientes prioritarios agendados para el día?

Contenedores de residuos sanitarios en Manchester, Inglaterra.

Getty Images
En algunos países ya ha habido noticias de vacunas que acaban en la basura.

En Estados Unidos ya ha habido centros sanitarios que han empezado a convocar por la emisora de emergencias a los paramédicos que quieran vacunarse una vez cubierto el cupo diario para evitar que se echen a perder las dosis sobrantes.

Y un equipo médico del estado de Oregón que quedó atrapado en una congestión de tráfico comenzó a vacunar a otros automovilistas retenidos ante la imposibilidad de volver a refrigerar a tiempo las dosis que llevaban consigo.

Mejor en un brazo que en el cubo de la basura

Ante la emergencia sanitaria global, los centros médicos a nivel local se enfrentan al desafío de vacunar a la mayor cantidad de gente en el menor tiempo posible, conservando adecuadamente las vacunas y priorizando a los grupos de población de riesgo establecidos por las autoridades nacionales.

En esa tarea titánica, han encontrado una inesperada colaboración en los grupos de espontáneos que hacen fila junto a las clínicas y los centros de vacunación a la espera de que se les administre alguna de las dosis no utilizadas, una imagen cada vez más frecuente en Estados Unidos y en Israel, el país que lidera la frenética carrera global por la vacunación.

“A todas las dificultades se suma la de la incertidumbre acerca de las dosis que se van recibir y cuándo”, señala el doctor Bonvehí.

Para los dispensarios locales se complica aún más llevar una planificación adecuada de la vacunación ya que en muchos casos los gobiernos tampoco han podido ofrecer un calendario claro de vacunación y son ellos quienes centralizan la adquisición de los medicamentos.

Un hombre carga una bombona de oxígeno en Manaos, Brasil.

Reuters
América Latina es una de las regiones más golpeadas por la pandemia y muchos países aún no han podido comenzar a vacunar.

Para los países de renta media, como la mayoría de los de América Latina, que se encuentran detrás de los más ricos en la lista de espera global por recibir la vacuna en la cantidad y con la regularidad suficientes, hacer un uso óptimo de las que llegan se hace más crítico si cabe.

Bonvehí propone que “en las citas se llame a pacientes suplentes, para que, si alguien no se presenta, no haya que desperdiciar ninguna dosis”.

Y la Organización Mundial de la Salud ha pedido que los países más prósperos, que han comprado muchas más dosis de las necesarias para vacunar a toda su población, envíen las que no usen a los países en desarrollo.

Todo, porque, como le dijo Amesh Adalja, especialista en enfermedades infecciosas de la Johns Hopkins University, a la cadena NPR, “una vacuna en un brazo siempre va a ser mejor que una vacuna en el cubo de la basura”.


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