Aumentan casos COVID y muertes en armadoras de Guanajuato y Puebla
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Aumentan contagios y muertes de trabajadores por COVID en armadoras de Guanajuato y Puebla

Trabajadores de armadoras en Puebla y Guanajuato acusan que los contagios COVID se han salido de control, y que los patrones rechazan suspender actividades para contener la propagación del virus que ha matado a más de 30 obreros.
Cuartoscuro
15 de enero, 2021
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Mensajes de condolencias inundan los chats de trabajadores de plantas automotrices de General Motors y Volkswagen ubicadas en Guanajuato y en Puebla:

“Descanse en paz nuestro gran amigo y compañero Juan Antonio, el ‘Tigre Toño’. Murió por COVID el 11 de enero”.

“Una oración por Fidel Guadalupe del área de pintura, fallecido el 25 de diciembre. El último día andaba muy enfermo y así lo dejaron trabajar; fue atendido por el servicio médico (de la empresa) hasta las 3:00 de la tarde”.

“Nos unimos a la pena que embarga a la familia de nuestro compañero José Luis del área de carrocerías, por su sensible fallecimiento acaecido el 19 de diciembre. Roguemos a Dios por su eterno descanso”.

Trabajadores de ambas armadoras entrevistados por Animal Político acusaron que los contagios de COVID-19 entre el personal se han salido de control desde diciembre, y que los patrones rechazan su exigencia de suspender actividades con goce de sueldo para contener la propagación del virus, que ha cobrado la vida, al menos, de una treintena de obreros.

Leer más | Más horas laborales y menos sueldo: la situación de trabajadores ante crisis COVID

En ambos casos, los trabajadores señalaron que las medidas sanitarias implementadas por General Motors -cuya planta se ubica en Silao, Guanajuato- y por Volkswagen -localizada en Cuautlacingo, Puebla- se han relajado y ya no se cumplen; afirmaron que las herramientas no se desinfectan, que en las áreas de trabajo y comedores hay aglomeraciones, y que las empresas no han vuelto a aplicar al personal pruebas de COVID desde mediados del año pasado.

Por su parte, las direcciones de comunicación de ambas compañías transnacionales se deslindaron de responsabilidades, al sostener que los obreros pescan el virus fuera del trabajo y que son casos aislados, razón por la cual descartaron parar sus actividades de manera preventiva, conforme escritos enviados a este medio. 

La persistencia de ambas empresas contrasta con el ejemplo de Audi, compañía automotriz que a partir de este fin de semana activará un paro técnico que permitirá reducir la afluencia de trabajadores a sus instalaciones en Puebla, con la finalidad de reducir los contagios.

De acuerdo con estadísticas oficiales, hasta el pasado 13 de enero, en el municipio guanajuatense de Silao había 2 mil 376 casos acumulados de COVID y 203 defunciones, cifra que fue en ascenso desde diciembre. El municipio es vecino de la ciudad de León, donde ha habido 30 mil 900 contagios y 2 mil 380 defunciones.

Guanajuato está entre los cinco estados en semáforo rojo a nivel nacional, junto con la Ciudad de México, el Edomex, Morelos y Baja California.

Por otro lado, si bien la armadora de Volkswagen se ubica en Cuautlacingo, la mayoría de su fuerza laboral proviene de la capital poblana, que colinda con dicho municipio y está a 30 minutos de distancia. En la ciudad de Puebla ha habido 33 mil 298 casos acumulados de COVID y 3 mil 224 defunciones con corte al 13 de enero. El estado se encuentra en semáforo naranja, en el umbral de transitar posiblemente a rojo.

El caso de Volkswagen, Puebla

De acuerdo con los testimonios recabados, a pesar del aumento acelerado de contagios a nivel nacional y estatal, ni Volkswagen ni General Motors han aplicado pruebas diagnósticas a sus empleados desde mediados del año pasado, cuando se definió a la industria automotriz como actividad esencial con permiso para reactivar sus labores.

El señor Alonso ha trabajado 25 años en la planta de Volkswagen en Puebla. Actualmente está en el área de pintura. Tras el periodo vacacional de diciembre, cuenta, la empresa aplicó a los obreros un cuestionario para evaluar su estado de salud, en lugar de pruebas diagnósticas.

“Es por medio de una aplicación (de celular), nos hacen preguntas: si estuviste enfermo, agripado, con temperatura. (…) Otro que hacen es que el coordinador llega al área y te pregunta si estuviste enfermo de algo; si sí, nos mandan al servicio médico y nos revisan, y si estamos bien, nos regresan a trabajar. Ése es el chequeo”, comenta Alonso, cuyo nombre fue cambiado a petición suya para no tener problemas con la empresa.

Esta “prueba”, naturalmente, no es útil para detectar a los enfermos asintomáticos de COVID, confirma el trabajador.

“Después del paro largo de la pandemia (el año pasado) sí hicieron pruebas (diagnósticas), pero ahorita la única prueba es (el test), que definitivamente no sirve, porque sí ha habido contagios aquí dentro del área, que los han detectado y los han regresado”, detalla.

Los trabajadores de la planta han contabilizado al menos 15 fallecimientos de compañeros desde diciembre. En la armadora hay más de 11 mil empleados, según datos de la propia empresa.

Volkswagen no quiso revelar cuántos registros ha tenido de contagios y muertes de obreros por COVID, pero dijo que sus índices se mantienen “bajos”. Además, aseguró que la transmisión del virus ocurre fuera de sus instalaciones.

“Es evidente que los índices de contagios aumentaron con el inicio de las vacaciones decembrinas y de Año Nuevo, en donde la movilidad social creció pese a los llamados a mantenerse en casa. En ese sentido, es irrelevante focalizar la atención con respecto a posibles contagios en determinada empresa cuando la información disponible sustenta que estos están relacionados con la actividad social fuera de los centros de trabajo”, indicó el área de comunicación a este medio. 

“No obstante, y en atención a su pregunta, le informamos que, a lo largo de 10 meses, en Volkswagen de México se cuenta con un índice de personal con registro de contagio de apenas el 3 por ciento; cifra que representa un índice de contagio por debajo del 0.19 por ciento por semana”. 

Un índice del 3% indicaría que alrededor de 330 obreros se han contagiado. Sin embargo, la compañía insistió que, gracias a la exigencia de uso de cubrebocas al personal, la toma de temperatura tres veces al día y la existencia de un protocolo para contener casos sospechosos, “no hemos identificado contagios al interior de la empresa”.

El trabajador Alonso afirma que las herramientas de trabajo no se desinfectan con frecuencia y que se forman aglomeraciones durante la entrada y salida, así como en el comedor, debido a que no existe un horario escalonado para el descanso.

“Si son 2 mil trabajadores en el área de montaje, todos esos salen a la misma hora. Es mentira eso de que va a haber sana distancia. En el comedor todos pasan al mismo lugar en la media hora que nos asignan para la pausa de comida. Ahí es donde se rompe todo. Y en la salida es lo mismo”, sostiene.

Este empleado afirma que algunos compañeros, si bien manifiestan síntomas de contagio, prefieren no comunicarlo a sus supervisores, debido a que Volkswagen ha tratado la incapacidad por COVID como “enfermedad general” y no como un “riesgo de trabajo”, lo que causa que a los trabajadores les paguen menos de su sueldo durante su convalecencia. 

En abril del año pasado, el IMSS estableció unos criterios para que se calificara al COVID como una “enfermedad de trabajo”, con lo que los trabajadores incapacitados podrían cobrar el 100% de su salario el tiempo que durara su convalecencia. Para acreditar el riesgo de trabajo, se debe probar que el empleado estuvo expuesto en el ejercicio de sus labores a alguna persona enferma, un criterio difícil de cumplir si el patrón niega la existencia de casos positivos en sus instalaciones, como en el caso de Volkswagen y General Motors.

“(En Volkswagen) no lo están tratando (el COVID) como un riesgo de trabajo”, critica Alonso. “Para nosotros ha sido un problema eso, porque muchos de los que han estado contagiados los han detectado nuestros propios compañeros, que luego le comentan al coordinador; pero muchos no quieren decir que se sienten mal porque no se quieren ir, porque no es de riesgo de trabajo y pagan menos; muchos de mis compañeros no se quieren retirar por lo económico”.

Leer más | La otra pandemia: aumentan 25% quejas de trabajadores por abusos laborales

“Somos humanos, no máquinas”

Mauricio también tiene 25 años trabajando para Volkswagen, en el área de carrocerías. Para él, dice, las malas noticias ya son usuales.

“La semana pasada fallecieron siete compañeros. Hoy en la mañana el servicio médico tenía en chequeo a 20 personas para saber si estaban o no ‘contaminadas’. Todos los días escuchamos que sale un infectado o que fallece alguien, ya es muy común ahorita”, cuenta.

El empleado de 45 años de edad, que también pidió cuidar su identidad, considera que, al no aplicar pruebas diagnósticas a los obreros, es irrelevante que la empresa asegure que los contagios son externos, si estos casos pueden ingresar fácilmente al centro de trabajo.

“Si tú estás sano, y viene alguien de afuera contaminado, y por no hacerle prueba ingresa a planta, y tú estás sano trabajando, pues te infectas adentro, por no controlar a la persona que se infectó afuera, y ahí se empieza a propagar”, comenta.

Alberto acusa que el sindicato de trabajadores no ha intervenido activamente para proteger a los obreros. El pasado 11 de enero, el Sindicato Independiente de Trabajadores de la Industria Automotriz, Similares y Conexos de Volkswagen de México (Sitiavw) informó que no había planes de suspender las actividades de producción y que las labores continuarían con medidas de higiene.

“Las medidas no se respetan”, contrasta Mauricio. “A ellos (la empresa) lo que les interesa es la producción, nos ven más como números que como humanos, y por parte del sindicato no hemos recibido alguna noticia.

“(Se debe) parar tantito esto, porque somos humanos, no máquinas; pedimos que se pare dos o tres semanas hasta que se baje este contagio; si el año pasado estuvimos parados seis meses, ¿por qué no parar ahorita un mes?”, cuestiona.

El caso de General Motors, Silao

El personal de la armadora de General Motors en Guanajuato ha contabilizado la muerte de 15 trabajadores, una de ellas mujer, por COVID. La empresa rechazó transparentar cuántos casos positivos y fallecimientos ha registrado, pero sí aseguró que los contagios han ocurrido al exterior de la planta.

“Debido a las condiciones generales derivadas de la pandemia que se viven en el país, tenemos conocimiento de que algunas personas que trabajan en el complejo han dado positivo a COVID-19 tras haber estado expuestos fuera de la planta”, refirió el área de comunicación.

“En estos casos, y siguiendo los lineamientos establecidos por las autoridades competentes, se les ha identificado y aislado oportunamente para mitigar cualquier riesgo. Por respeto a la privacidad de nuestros colaboradores y sus familias, no compartiremos más detalle”.

La compañía automotriz destacó que aplica un “estricto protocolo” de higiene que incluye el uso de equipo de protección personal, lavado constante de manos, suministro de gel antibacterial, monitoreo de temperatura y distanciamiento físico en las áreas de trabajo.

No obstante, los testimonios de los empleados contrastan con el discurso de que todo está bajo control.

“Salí positivo y me despidieron”

Sergio Contreras laboró 26 años en la planta de General Motors en Silao, donde coordinaba a un equipo de trabajo. Fue despedido a mediados de septiembre tras ausentarse por haber contraído COVID. 

“Yo fui despedido tras contraer el virus. Poco antes de que yo me enfermara, falleció un compañero y amigo que estaba conmigo en el área de pintura. Él se contagia y a los pocos días fallece. A los tres días me sentí mal dentro de la planta. Fui al servicio médico, me iban a canalizar al Seguro Social”, relata. 

Sergio decidió hacerse una prueba diagnóstica que resultó positiva. Por recomendación de un médico, se aisló 15 días. Aunque el área de Recursos Humanos de GM le dio permiso de ausentarse, a su regreso quisieron forzarlo a firmar un acta administrativa con la que lo penalizarían por no presentarse a trabajar durante dos semanas, según su testimonio.

-¿Cómo le vamos a hacer con tus faltas? -le cuestionaron.

-No falté porque yo quise, sino porque me enfermé; me contagié dentro de la planta -replicó él. 

Se negó a firmar y ello produjo su despido injustificado, que él denunció ante la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje.

Actualmente, Sergio pertenece a una agrupación de trabajadores llamada GM Generando Movimiento -las siglas de General Motors-, que ha dado seguimiento y difusión a las denuncias del personal.

“Ellos están temerosos, muy asustados, porque ni el sindicato ni la empresa ni el gobierno del estado están haciendo algo; están temerosos de contagiarse y de llevar el virus a sus familias”, comenta.

El extrabajador afirma que, a semejanza de Volkswagen, General Motors aplica un breve cuestionario a sus empleados para identificar casos activos de coronavirus, en lugar de pruebas diagnósticas.

“Las ‘pruebas’ que hace GM en el servicio médico es que únicamente te aplica un cuestionario para saber si tienes fiebre, si te duele la garganta, dolor de cabeza, tos. Si no presentas síntomas, te dicen: ‘¿sabes qué?, no estás enfermo de COVID, regrésate a trabajar’”, señala.

“Las medidas de seguridad no son las adecuadas. Cuando tú te subes al camión (de transporte de personal), va lleno. ¿Cómo sabes que los que van a bordo están sanos?”, cuestiona. “Al momento de entrar a la planta, el área de sanitización es pisar un tapete con agua, te limpias, te miden la temperatura y ya. En las áreas de trabajo y en el comedor no hay sana distancia. ¿Cómo te garantizan tu seguridad contra esta pandemia?”.

Leer más | De Europa a Ciudad Juárez: el virus que desató contagios dentro de una maquiladora alemana

“Nos podemos morir”

Lucila es la esposa de un trabajador que ha laborado 14 años en el área de transmisiones en el complejo de GM en Silao. Ella misma trabajó en la empresa un año y medio, cuenta.

Aunque su esposo es hipertenso, acusa, sus mandos no le quieren dar permiso de ausentarse, aun cuando se trata de un padecimiento considerado como una vulnerabilidad ante el virus. 

“Mi esposo es hipertenso y aún no lo quieren descansar, que porque esa enfermedad no es de alto riesgo. (El año pasado) lo descansaron seis meses porque era de riesgo, y ahora no, ahorita que está el semáforo rojo (en Guanajuato) no lo quieren descansar”, critica.

Recuerda que recientemente su marido se enfermó de la garganta, fue al servicio médico de la planta, lo revisaron, le dieron una pastilla para el dolor y lo regresaron a laborar.

A Lucila lo que más le preocupa, además de la salud de su esposo, es que, si él contrae el virus, podría transmitirlo a su familia, donde hay otras personas vulnerables.

“Yo le digo: ‘te puedes contagiar y puedes traer el virus aquí y nos puedes contagiar a nosotros’. De su familia van cinco personas que mueren de eso. La semana pasada murieron tres familiares míos por COVID. Yo le digo: ‘¿a qué nos esperamos a que te contagien?’”, rememora.

“Mi hijo tiene un soplo en el corazón, por eso es que yo le digo a él: ‘tú cuídate, porque mira, se puede enfermar, nos podemos morir’; yo padezco de bronquitis asmática. Le digo: ‘¿a qué nos esperamos?’”.

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Elecciones en Colombia: el país decidirá cuán profundo es el cambio que desea (y quién lo representa mejor)

Todos los candidatos de las presidenciales de este domingo, incluidos aquellos cercanos al gobierno saliente de Iván Duque, hablan de un cambio para Colombia. El favorito, Gustavo Petro, propone una ruptura en la historia. Esto es lo que está en juego.
29 de mayo, 2022
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Elecciones en Colombia

Getty Images

Todas las elecciones son históricas, pero unas más que otras. Todas las elecciones buscan un cambio, pero unas más que otras.

Lo que vive Colombia este domingo en las presidenciales promete ser histórico por la dimensión del cambio que puede significar.

Todos los candidatos, incluidos aquellos cercanos al gobierno saliente de Iván Duque, proponen un cambio; sea este moderado, profundo o conservador. Pero cambio.

Más del 85% de los colombianos piensa, según la encuesta Invamer, que el país va por mal camino. Desde los años 90, el momento más agudo del conflicto armado, no se reportaban números de pesimismo tan altos.

La política colombiana, a pesar del récord de violencia, se ha destacado por ser una de las más estables de América Latina: acá no hubo golpes de Estado, ni regímenes de facto, ni un gobierno que marcara una ruptura con los anteriores.

Pero esa estabilidad, también manifiesta en una economía sin altibajos, tiene sus críticos. O es considerada una “farsa” por una gran cantidad de colombianos que aluden a la violencia y a la desigualdad, una de las más altas del mundo, como resultados de gobiernos “oligárquicos” y “corruptos”.

Esos colombianos, la mayoría de ellos jóvenes, ahora parecen empoderados. Muchos de ellos llenaron las calles en 2019 y 2021, en olas de protestas inéditas para un país ensimismado por la guerra durante décadas.

El proceso de paz firmado con la guerrilla en 2016 parece haber abierto una caja de pandora de demandas sociales, económicas y culturales.

Elecciones en Colombia

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Al sentimiento de indignación hacia lo que acá llaman “el establecimiento” se añaden dos elementos sensibles: la crisis económica heredada de la pandemia, que aumentó el desempleo, la pobreza y la informalidad laboral, y un conflicto armado que amenaza con resurgir.

Todo esto ha hecho que los colombianos, en contra de todo pronóstico, se hayan puesto de acuerdo en algo: que hay que cambiar.

La pregunta, y eso es lo que tendrán que definir en estas presidenciales, es cómo y cuánto.

Alexander Vega

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Por primera vez en muchos años el registrador, Alex Vega, es protagonista central de las elecciones. Y eso se deba a que el sistema electoral está cuestionado.

Los tipos de cambio

Las encuestas vaticinan que la de este domingo será la primera de dos rondas electorales. Para ganar en primera vuelta se necesita la mitad más uno de los votos, una ventaja que, según las encuestas, ningún candidato tiene a su favor.

En el tarjetón habrá ocho opciones, pero dos de ellas ya se retiraron.

Para sumar a las facetas inéditas de esta elección está que por primera vez existe un manto de dudas sobre el proceso electoral: los candidatos han declarado estar preocupados por la falta de garantías del sistema de votación. El terreno, quizá en como ninguna otra elección reciente, está embarrado.

El líder de las encuestas es Gustavo Petro, un viejo conocido de la política nacional cuyo triunfo, sin embargo, significaría una ruptura en la historia. La larga campaña ha estado marcada por su figura, que desafía a los gobernantes “de siempre”. Incluso existe la mínima posibilidad de que gane en primera vuelta.

Un gobierno de izquierda como el que él propone sería un hito histórico para un país sin experiencias realmente progresistas o revolucionarias en el poder. Muchos lo ven como “un salto al vacío”.

Exguerrillero del M19, valiente congresista y polémico alcalde de Bogotá entre 2012 y 2016, Petro ha hecho una carrera política a partir del enfrentamiento con la clase política gobernante y de la denuncia de la corrupción y la violación de derechos humanos.

Gustavo Petro

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Petro hace campaña con un enorme esquema de seguridad. Da los discursos con escudos antibalas. Candidatos como él en el pasado han sido asesinados.

Esta es la tercera vez que se lanza a la presidencia. Ahora propone un “pacto histórico” que congregue “diferentes”, al que se han adherido políticos de todas las ramas, incluidos algunos cuestionados en el pasado por el mismo Petro.

Su personalidad, catalogada por algunos como de “déspota” y “megalómana”, le genera un rechazo y una desconfianza que pueden pasarle factura en segunda vuelta.

El economista, especializado en medio ambiente, propone profundas reformas en pensiones, salud, educación, impuestos y subsidios. Promete una reforma agraria, pendiente por décadas en un país de enorme desigualdad en la propiedad de la tierra. Asegura que va a transformar la economía extractiva basada en exportaciones por una industrialista y agrícola con altos aranceles a las importaciones.

Su programa, de ser ejecutado, supondría un shock para un modelo económico que no sufrió grandes cambios por décadas. Un programa que asusta a algunos e ilusiona a otros. Y que vaticina un choque de poderes que puede traducirse en ingobernabilidad.

“Llegó el momento”, pregonó Petro en su cierre de campaña en Bogotá. “No necesitamos fusiles como ellos ni apuntar con una escopeta de gases lacrimógenos a nadie. Ni todos los fusiles juntos podrían cambiar la historia como sí lo puede cambiar un esfero (un bolígrafo). Un esfero es más importante que un fusil y lo vamos a demostrar”.

“El domingo cambiaremos la historia de Colombia”, dijo.

Federico Gutiérrez

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Federico Gutiérrez se muestra como un colombiano común, que habla y trabaja como el común. Es la carta del establecimiento gobernante.

En el segundo lugar de las encuestas está Federico Gutiérrez, mejor conocido como “Fico”.

Alcalde de Medellín entre 2016 y 2019, Gutiérrez es el candidato más cercano a la derecha gobernante, aunque él se percibe como una opción de “cambio responsable” que busca “cambiar lo que no sirve y mejorar lo que sí sirve”, sobre todo en términos de seguridad y creación de empleo.

El ingeniero civil de 47 años se presenta como el “presidente de la gente” y usa un lenguaje simple e informal para sustentarlo. Dice haber ejecutado el 95% de su plan como alcalde. Su gran ventaja es el apoyo de los partidos tradicionales y las grandes élites regionales ligadas al empresariado. Esa es la fuerza que ha definido quién es presidente prácticamente toda la vida.

“Sí necesitamos el cambio”, exclamó en su arenga de cierre en Medellín.

“Un cambio que signifique un país sin hambre, sin odios, sin discursos de lucha de clases, sin corruptos y sin violentos”.

“Unamos a Colombia”, clamó, en lo que ha sido una de sus principales líneas de campaña: la unión.

Rodolfo Hernández

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Rodolfo Hernández está rodeado de jóvenes, pero tienen 77 años. Hizo una fortuna construyendo vivienda social. Es un enigma político.

El tercero en la mayoría de las encuestas es Rodolfo Hernández, una de las revelaciones de la elección.

De 77 años, el empresario de finca raíz y exalcalde de Bucaramanga ha hecho una campaña novedosa a través de TikTok, ejecutada por decenas de jóvenes que él llama “la muchachada” y en la que se presenta como un arrollador de la corrupción. Un personaje del común hastiado con quienes gobernaron este país.

No es claro si es de derecha o de izquierda, si votó sí o no por el acuerdo paz de 2016 con la guerrilla, pero promete reducir el gasto público, bajar impuestos, condonar deudas estudiantiles, modificar las prisiones y negociar con las guerrillas vigentes.

Desconocido a nivel nacional hace seis meses, el discurso chabacano y vehemente de Hernández parece seducir a la gente, de edades y clases diversas, sin ideología política pero preocupada por la corrupción y el clientelismo históricos. La gente que ve atractivo un candidato diferente, un “outsider”.

Si avanza a la segunda vuelta, como revelaron algunas encuestas justo antes de la veda electoral hace una semana, sería un sacudón para la campaña. El timing de su subida pudo haber sido perfecto.

Sergio Fajardo

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Sergio Fajardo, el candidato profesor, usa la educación como principal carta para cambiar el país.

El último candidato que en las encuestas tiene cierta chance de calificar a la segunda vuelta es Sergio Fajardo, quien hace cuatro años no entró por apenas 200.000 votos de diferencia con Petro.

El también exalcalde de Medellín, crítico de la derecha y de la izquierda, representa un “cambio sin rabia” que acabe con la polarización y una a los colombianos. Fajardo es un obsesivo de las formas, de la ética, de la decencia, del perjuicio de los atajos y el utilitarismo: “Como se llega al poder, se gobierna”, suele decir.

El doctor en Matemáticas ha sido uno de los grandes impulsores de la educación como base de los cambios económicos y políticos que pide Colombia. Tiene de su lado a economistas, ingenieros y gestores culturales de reconocimiento internacional.

La diferencia del Fajardo de ahora con el de hace cuatro años no es grande en términos discursivos ni programáticos. Su campaña ha estado plagada de errores y divisiones. Eso en parte explica una caída en las encuestas que él pide no tener en cuenta, sino “votar a conciencia”.

Colombiano votando

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Un país distinto

Aunque históricamente la abstención en Colombia ha sido alta, hasta ahora los colombianos nunca eligieron una opción de cambio tan drástica como la que podrían significar Petro o Hernández.

Solo el hecho de que ellos tengan opciones de ganar ya es un desarrollo histórico.

El hartazgo con el estado de las cosas es notable e inédito. Pero además se da tras una profunda transformación de las prioridades y preocupaciones de la gente.

Durante décadas los presidentes fueron elegidos por su postura ante el conflicto armado, las guerrillas, el terrorismo. Eso explica la inmensa popularidad de Álvaro Uribe en los últimos 20 años.

Pero este año la cosa cambió. Uribe, de hecho, está casi ausente en la campaña. El silencio sobre la guerra asombra. En su lugar se habla de pensiones, racismo, desigualdad, corrupción, medio ambiente.

Los colombianos, por primera vez, esperan cambios de fondo en estos temas. Y ahora irán a las urnas en busca de alguien que pueda ejecutarlos.

El país ya cambió. Ahora veremos si sus gobernantes también.


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