Hasta con drones: así es la ‘caza’ de fiestas COVID en el Caribe mexicano
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Cortesía SAT Quintana Roo

Hasta con drones: así es la ‘caza’ de fiestas ilegales COVID en el Caribe mexicano

El SAT de Quintana Roo ha clausurado 279 fiestas que no cumplen con las medidas sanitarias por la pandemia, algunas se realizan en locaciones secretas de difícil acceso.
Cortesía SAT Quintana Roo
21 de enero, 2021
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La fiesta es, literal, en mitad de la selva del Caribe. En una locación desconocida en algún punto de Akumal, en el estado de Quintana Roo. Cientos de personas llegaron a bordo de furgonetas tipo Van que los recogieron en sus hoteles y luego los trasladaron al lugar sin que supieran adónde iban hasta minutos antes de llegar al evento. 

La invitación se produjo a través de flyers digitales que circulan por chats de whatsapp en los que se advierte dos cosas: una, que la localización de la fiesta es secreta hasta que se desembolse la entrada; y dos, que los teléfonos no están permitidos para evitar las fotos y videos en Instagram, que puedan delatar el lugar ante las autoridades. 

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Aun así, a pesar de lo clandestino del asunto, el precio de la entrada es propio de la reventa de una final de Superbowl: 10 mil dólares por una rave de música electrónica a cargo de un Dj de fama internacional. 

La fiesta empieza a las siete de la tarde y está previsto que se alargue hasta el amanecer, a pesar de que el semáforo epidemiológico -que está en amarillo en la entidad- prohíbe los eventos masivos y los festivales, y solo permite la apertura de restaurantes a un 60% de aforo y hasta la una de la noche. 

Pero no es la única regla que se rompe: los cientos de asistentes a esta fiesta tampoco usan cubrebocas, ni guardan la distancia social, ignorando la escalada de contagios reciente en Quintana Roo y en buena parte de México. 

Esta es una ‘Jungle Party’, o también conocida como fiesta ‘Secret Location’. 

Y es una de las últimas fiestas clandestinas que el Servicio de Administración Tributaria (SAT) de Quintana Roo, en coordinación con la Secretaría de Finanzas estatal (Sefiplan), Protección Civil, y elementos de la policía estatal, desmanteló el pasado 9 de enero. 

Cortesía SAT Quintana Roo

Y no ha sido la única. 

Ese mismo 9 de enero, las brigadas del SAT-Sefiplan ubicaron otra fiesta clandestina en los alrededores de Francisco Uh May, una pequeña localidad enclavada en el corazón de la selva caribeña, próxima a Tulum; un lugar de muy difícil acceso y en el que las autoriades solo pudieron notificar el acta de sanción y pegar los sellos de clausura en la entrada del local, debido a que se les negó el acceso al mismo.  

Y unos días antes, el 29 de diciembre, clausuró otro evento denominado ‘Oliver Koletzki’, para el que se esperaban más de mil personas y que estaba previsto que se hiciera en las afueras de Tulum, otro municipio del Caribe que ha sido noticia internacional por la proliferación de fiestas en restaurantes y hoteles que disfrazan ‘raves’ multitudinarias como si fueran comidas y cenas.  

Rodrigo Díaz Robledo, director del SAT de Quintana Roo, expone en entrevista que solo de fiestas de ese tipo, de ‘raves’ disfrazadas de comidas, y de establecimientos que no cumplen con las medidas sanitarias por la pandemia, llevan realizadas 279 clausuras en todo el estado.  

De hecho, solo en la zona costera de Tulum, donde se concentra una buena parte de los reportes de fiestas, el SAT-Sefiplan ha levantado 22 actas por las que ha recaudado 1 millón 397 mil pesos derivado de la clausura y sanción de lugares como IT Tulum, Hotel Bardo, Tantra, Taboo, Bagatelle, Gitano, Vagalume, Nomade, Rosa Negra, Itzik, o Conestecia, entre otros. 

Pero el tema de las ‘Jungle Party’ es otra cosa, subraya Díaz Robledo, debido al nivel de dificultad de estarlas “cazando” en lugares remotos, y porque es muy difícil ingresar a ellas, no solo por su ubicación secreta, sino porque una vez descubiertas las brigadas de verificación requieren de la intervención de la policía para poder desmantelarlas. Incluso, las autoridades han tenido que recurrir al uso de drones para sobrevolar la selva y descubrirlas.  

“Pareciera más bien que estamos en una guerra”, dice con sorna el funcionario, que se pone serio cuando explica que estas fiestas ilegales “son de un gran riesgo” para los propios asistentes, y también para los integrantes de las brigadas de verificación, que se exponen a contagios y también a la reacción no siempre amistosa de los organizadores de las fiestas, ni de los propios asistentes que pagaron una fortuna por asistir a la ‘rave’. 

“A este tipo de fiestas asisten muchas personas, sobre todo extranjeros, que se suben a una camioneta sin saber a dónde van, y se meten a estos lugares secretos donde no hay servicios de ningún tipo, ni pueden usar el teléfono, y que van a lo que pase asumiendo un riesgo increíble”, apunta Díaz Robledo.

“Y para nuestra gente también es un gran riesgo -añade el funcionario-. Porque las personas que van a estas fiestas no le temen a nada, y van sin cubrebocas y sin guardar distancia. Y claro, esto es algo con lo que los empresarios también lucran”. 

Para evitar la proliferación de estas fiestas, Rodrigo Díaz destaca que las brigadas de “inhibición” llevan trabajando desde el pasado 1 de noviembre, cuando comenzó la temporada vacacional de Día de Muertos-Navidad, todos los días y con horarios que se extienden hasta altas horas de la madrugada.

Aun así, los esfuerzos no parecen suficientes, a juzgar por la enorme cantidad de invitaciones a fiestas en lugares como Tulum que siguen circulando por los chats, y por las fotografías y videos que pueden observarse de un simple vistazo en redes sociales como Instagram. 

“Yo estoy coordinando las brigadas, y sí, personalmente siento una gran impotencia y una frustración de tener que estar obligando a la gente a que cumpla con las normas”, señala Díaz. 

“Porque, aunque les estamos salvando la vida prácticamente -agrega-, la gente se molesta cuando hacemos nuestro trabajo que, además, es en su propio beneficio. Y por eso es nuestra frustración: porque tenemos que pelear a diario con la gente para que sean responsables y se cuiden”. 

Lee más: Desalojan a 200 personas en fiesta de Edomex y a 700 personas en festival de Quintana Roo

“Hay gente que aún actúa como si el virus no existiera” 

En la zona centro de México, las fiestas ilegales no se hacen en mitad de la selva, pero también se llevan a cabo en lugares clandestinos en los que es necesaria la intervención de policías estatales y municipales, y en algunos casos incluso de la Guardia Nacional, para desalojarlos.  

Por ejemplo, en la Ciudad de México, solo en las dos últimas semanas del pasado 2020, el Centro de Comando, Control, Cómputo, Comunicaciones y Contacto Ciudadano recibió 593 denuncias por fiestas ilegales en la capital mexicana, en pleno semáforo rojo en el Valle de México y con los contagios y hospitalizaciones al alza. 

 Mientras que el Instituto de Verificación Administrativa de la Ciudad de México (INVEA) lleva 373 establecimientos suspendidos en lo que va de pandemia por no cumplir con las medidas sanitarias; siendo en su mayoría locales de venta de alcohol, restaurantes y bares, los sancionados. 

En el Estado de México, Santiago Ramos Millán, titular de la Comisión para la Protección contra Riesgos Sanitarios estatal (COPRISEM), expone que desde que arrancó la pandemia en marzo pasado, a la fecha, llevan 14 mil 836 visitas de verificación, de las que resultaron la suspensión de al menos 600 negocios por no cumplir tampoco con las medidas sanitarias por la pandemia. 

Al igual que en el caso de Quintana Roo, en el Estado de México las brigadas de ‘inhibición’ de fiestas también está compuesta por múltiples autoridades, como la propia COPRISEM, el Instituto de Verificación Administrativa, Protección Civil, policía estatal y local, y en ocasiones, incluso, la Guardia Nacional. 

A través del monitoreo de productos milagro en redes sociales, explica Santiago Ramos Millán, la COPRISEM ha detectado múltiples fiestas clandestinas que se promocionan en Facebook, principalmente. 

Por ejemplo, así “desactivaron” en las pasadas fiestas navideñas siete eventos multitudinarios en varios puntos del estado, como en Atenco, Ixtlahuaca, Toluca, Tlalnepantla de Baz, o Teotihuacán, donde se esperaba el evento más grande con mil personas. 

Cortesía SAT Quintana Roo

“Estamos haciendo esfuerzos enormes por contener la pandemia -plantea Millán-. Pero también hay que decirlo: hay una parte de la sociedad que se está comportando de una manera muy irresponsable y que no acata las medidas sanitarias, y que actúa como si el virus no existiera”. 

De hecho, el titular de la COPRISEM asegura que, más de 140 mil muertes y un millón de contagios después, todavía hay gente “que no cree que la pandemia sea real”. Lo cual, también es uno de los puntos que explican que las autoridades no se den abasto para frenar las fiestas, a pesar de la tarea de concientización y de las noticias que apuntan que el Estado de México está en el top 3 de entidades con mayor saturación hospitalaria, con el 84% de las camas ocupadas al corte del 17 de enero. 

“Es muy desgastante y también muy frustrante ver que el número de contagios va al alza en el Edomex y en el Valle de México y que todavía, a estas alturas de pandemia, todavía haya personas que insistan en que la Covid no existe, que es un invento y que no se van a contagiar”. 

“Y por eso, muchas de estas personas organizan eventos y fiestas de manera irresponsable y con un gran número de invitados. Y es ahí donde se siguen dando buena parte de los contagios”, recalca el funcionario mexiquense, cuyas declaraciones se producen tan solo 48 horas después de que, el pasado 18 de enero, policías de Chimalhuacán dispersaran a 200 personas aglomeradas en una fiesta clandestina en el barrio de Tlatenco, en los límites con Nezahualcóyotl.

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Chernóbil: los guardias que cuidan a los perros abandonados en la Zona de Exclusión del desastre nuclear

Los descendientes de las mascotas abandonadas por quienes huyeron del desastre de Chernóbil están entablando una curiosa relación con los humanos encargados de proteger el área contaminada.
26 de abril, 2021
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No había pasado mucho tiempo desde su llegada a la Zona de Exclusión de Chernóbil cuando Bogdan se dio cuenta de que su nuevo trabajo incluía a algunos compañeros inesperados. Desde sus primeros días como guardia de control en Chernóbil, ha compartido el lugar con una jauría de perros.

Bogdan (no es su nombre real) está ahora en su segundo año de trabajo en la zona y ha llegado a conocer bien a los perros. Algunos tienen nombre, otros no. Algunos permanecen cerca, otros permanecen separados, van y vienen cuando les place. Bogdan y los otros guardias los alimentan, les ofrecen refugio y ocasionalmente les brindan atención médica. Los entierran cuando mueren.

Todos los perros son, en cierto sentido, refugiados del desastre del 26 de abril de 1986 —hace 35 años—en el que explotó el reactor número 4 en la Central Nuclear de Chernóbil.

Posteriormente, decenas de miles de personas fueron evacuadas de la ciudad ucraniana de Pripyat. Se les dijo que dejaran a sus mascotas.

Los soldados soviéticos dispararon a muchos de los animales abandonados en un esfuerzo por evitar la propagación de la contaminación. Pero algunos de los animales se escondieron y sobrevivieron.

Después de 35 años, cientos de perros callejeros ahora deambulan por la Zona de Exclusión de 2 mil 600 km establecida para restringir la circulación de personas dentro y fuera del área.

Nadie sabe cuáles de los perros descienden directamente de las mascotas varadas y cuáles pueden haber llegado desde otro lugar. Pero ahora todos son perros de la zona.

Sus vidas son peligrosas. Están en riesgo de contaminación radiactiva, ataques de lobos, incendios forestales y hambre, entre otras amenazas. La esperanza de vida promedio de los perros es de solo cinco años, según Clean Futures Fund, una organización no gubernamental que monitorea y brinda atención a los perros que viven dentro de la Zona de Exclusión.

Un perro callejero en la zona radioactiva de Pripyat, la ciudad que quedó abandonada luego del desastre.

Getty Images
Algunos perros que viven en la Zona de Exclusión pueden ser descendientes de las mascotas abandonadas durante la evacuación de 1986, pero otros pueden haber llegado de casualidad.

Es bien sabido que los perros habitan este lugar en ruinas. Algunos de ellos incluso se han convertido en celebridades menores en las redes sociales.

El cofundador de Clean Futures Fund, Lucas Hixson, quien abandonó su carrera de investigación para cuidar de los animales, ofrece recorridos virtuales por la Zona de Exclusión con los perros.

Pero se sabe menos sobre los trabajadores locales que interactúan con estos caninos a diario.

Apodos

Jonathon Turnbull, candidato a doctor en geografía en la Universidad de Cambridge, Reino Unido, se dio cuenta de que valdría la pena recopilar las historias de estas personas.

“Si quería conocer a los perros”, dice, “tenía que acudir a las personas que mejor los conocían, y esos eran los guardias”.

Lo que descubrió es una conmovedora historia de la relación de los guardias con los animales de este entorno abandonado, una historia sobre el profundo vínculo entre humanos y perros.

Por ejemplo, los guardias han puesto apodos a varios de los perros.

Según Turnbull, está Alpha, cuyo nombre hace referencia a un tipo de radiación, y Tarzán, un perro muy conocido por los turistas de Chernóbil, que puede hacer trucos cuando se le ordena y que vive cerca de la famosa instalación del radar Duga.

Luego está Sausage, una perrita baja y gorda a la que le gusta recostarse sobre las tuberías de calefacción en invierno. Estas tuberías sirven a uno de los edificios utilizados por los trabajadores en la Zona de Exclusión que son parte de los esfuerzos en curso para desmantelar y descontaminar la planta de energía en ruinas.

“Cara de piedra”

El acceso a la Zona de Exclusión de Chernóbil requiere un permiso, por lo que los guardias tienen la tarea de vigilar los puntos de control de entrada y salida del área.

Las personas que esquivan estos puntos de control para entrar sin autorización en la Zona de Exclusión se conocen como “acosadores”. Los guardias los denuncian a la policía.

Cuando Turnbull, que vive en la capital de Ucrania, Kiev, comenzó a hacer visitas regulares a la zona, se encontró con Bogdan y otros guardias de los puestos de control.

Tenían cara de piedra y se mostraban reacios a hablar al principio, así que les llevó vodka y chocolates.

Luego les ofreció la oportunidad de participar en su investigación, que según él fue un “punto de inflexión”.

Los guardias tenían solo una solicitud: “por favor, por favor, traigan comida para los perros”. Eso fue lo que Turnbull hizo.

Sergey Shamray, trabajador de la planta nuclear de Chernóbil le da pedazos de pan a unos perros callejeros, en 2017.

Getty Images
Los guardias alimentan a los perros callejeros.

Turnbull entrevistó a uno de los participantes del estudio en nombre de BBC Future. El guardia en cuestión ha pedido no ser identificado para evitar una acción disciplinaria en el trabajo, por lo que aquí nos referimos a él con el seudónimo de “Bogdan”.

Lealtad

Cuando Bogdan camina por las calles abandonadas de la zona en busca de acosadores, los perros lo acompañan felices, dice. Siempre parecen ansiosos por ver si él o un turista podrían llevar comida. Si un perro de compañía se distrae o sale corriendo para perseguir a un animal, eventualmente regresa a Bogdan, agrega.

La lealtad va en ambos sentidos. Turnbull dice que a veces los guardias se toman la molestia de ayudar a los perros sacándoles las garrapatas incrustadas en la piel o poniéndoles inyecciones contra la rabia.

Monitorear quién entra y sale de la Zona de Exclusión a veces resulta en una ocupación aburrida. Pero siempre hay perros cerca.

En algunos puestos de control, los guardias han adoptado más o menos a algunos de los animales. Los alimentan y les dan cobijo. Pero no todos son tan mansos. Durante su investigación, un guardia le dijo a Turnbull: “No podemos inyectar a Arka porque muerde”.

Otro participante habló de una perrita que era aún más difícil de abordar. Se niega a ser tocada en absoluto. “Debes darle una sartén y marcharte. Ella espera hasta que te vayas y luego come”, explicó el guardia.

Guardias de Chernóbil con un perro callejero en 2017.

Getty Images
Algunos guardias dicen que los perros los alertan de la presencia de intrusos.

Los perros a veces ladran a los extraños a primera vista, esa es su naturaleza, cuenta Bogdan. Pero mientras no se sientan amenazados, a veces se calman y mueven la cola. De vez en cuando, incluso parece que están sonriendo, agrega.

Peligro de radiación

En general, se aconseja a los visitantes de Chernóbil que no toquen a los perros, por temor a que los animales puedan llevar polvo radiactivo. Es imposible saber dónde deambulan los animales y algunas partes de la Zona de Exclusión están más contaminadas que otras.

Además de los perros, hay vida silvestre en la Zona de Exclusión de Chernóbil. En 2016, Sarah Webster, una bióloga del gobierno de EU que trabajaba en la Universidad de Georgia en ese momento, y sus colegas publicaron un artículo en el que revelaron cómo los mamíferos, desde lobos hasta jabalíes y zorros rojos, habían colonizado la Zona de Exclusión.

Los datos de cámaras ocultas mostraron que el número de animales no necesariamente era más bajo en aquellas áreas donde la contaminación radiactiva es mayor.

Los animales que viven en la Zona de Exclusión no están necesariamente confinados allí. Un estudio posterior de Webster y sus colegas, publicado en 2018, detalló los movimientos de un lobo monitoreado con un dispositivo GPS. Viajó 369 km desde la zona, siguiendo un arco largo hacia el sureste, luego nuevamente hacia el noreste, y finalmente entró a Rusia.

Lobos en la zona de exclusión.

Getty Images
También hay lobos en la Zona de Exclusión.

En teoría, los lobos, perros y otros animales podrían transportar contaminación radiactiva, o mutaciones genéticas potencialmente transmitidas por reproducción, a lugares fuera de la Zona de Exclusión.

“Sabemos que está sucediendo, pero no entendemos el alcance o la magnitud”, dice Webster.

Turnbull dice que los guardias generalmente no se preocupan por la radiación, aunque ocasionalmente pueden usar dosímetros para revisar a un perro.

“Asistentes”

En realidad, parece que los perros, a través de la compañía que ofrecen, terminan tranquilizando a quienes interactúan con ellos regularmente, explica Greger Larson, un arqueólogo que estudia la domesticación animal en la Universidad de Oxford y que no participó en la investigación de Turnbull.

“Se están poniendo en la piel de los perros”, sugiere, refiriéndose a los guardias. “Si el perro está bien, eso significa que estás bien”.

Un perro callejero con ojos tristes pide comida en la zona de exclusión.

Getty Images
A pesar de vivir en un área donde los humanos todavía están en gran parte excluidos, los perros alrededor de Chernóbil llevan una vida “próspera”.

Pero en verdad, esto puede ser solo una falsa sensación de seguridad.

“Es un entorno extraño”, señala Turnbull. “No puedes ver el peligro. Estás constantemente consciente de que podría estar ahí, pero todo parece normal”.

A pesar de que los perros podrían representar un riesgo en términos de radiactividad, los guardias como Bogdan enfatizan en cambio los beneficios de tenerlos cerca.

Por ejemplo, afirma conocer perros que ladran de formas notablemente diferentes según lo que hayan visto en la distancia: un humano desconocido, un vehículo, un animal salvaje.

Debido a estas útiles señales de advertencia, Bogdan piensa en los perros como “asistentes”.

“Mundo postapocalíptico”

Lo que está sucediendo en la Zona de Exclusión es un eco de interacciones con perros que se sabe que han ocurrido dentro de las civilizaciones humanas durante miles de años, dice Larson.

Perros en un parque de diversiones de Prypiat, una ciudad abandonada después del desastre.

Getty Images
Los perros de Chernóbil se han vuelto casi tan famosos como la icónica noria del parque de atracciones de Pripyat.

“Vemos esto durante los últimos 15 mil años o más. Esto es lo que la gente hace, asociaciones muy cercanas no solo con perros sino con muchos animales domésticos […] para decir ‘este es nuestro apego al paisaje'”, explica.

En todo el mundo, hay perros que viven en un estado intermedio similar: no del todo domesticados ni del todo salvajes. Estos son los perros que deambulan por las ciudades y áreas industriales en busca de comida, los que pueden ser adoptados hasta cierto punto por las personas, pero que no llegan a considerarse mascotas.

Un cachorro callejero camina a lo largo de unas vías de tren cerca de la planta nuclear de Chernóbil, en 2017.

Getty Images
Un estimado de 900 perros viven en la Zona de Exclusión.

Los perros de Chernóbil también viven en este tipo de espacio, al borde de la domesticación, pero hay una diferencia, según Webster, quien anteriormente ha participado en un estudio distinto al de Turnbull.

“La Zona de Exclusión es muy diferente porque está abandonada por humanos”, relata. “Las únicas personas en ese paisaje en el día a día, en realidad, son los guardias”. Como tal, las oportunidades de los perros para hacerse amigos de los humanos son muy limitadas.

Si bien el mundo exterior sigue fascinado por los perros y su historia, para muchos guardias la conexión es mucho más profunda.

Bogdan dice que a menudo se le pregunta por qué se debe permitir que los perros permanezcan en la Zona de Exclusión.

“Nos dan alegría”, responde. “Para mí, personalmente, esto es una especie de símbolo de la continuación de la vida en este mundo radiactivo y postapocalíptico”.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en BBC Future.


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