Hasta con drones: así es la ‘caza’ de fiestas COVID en el Caribe mexicano
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Cortesía SAT Quintana Roo

Hasta con drones: así es la ‘caza’ de fiestas ilegales COVID en el Caribe mexicano

El SAT de Quintana Roo ha clausurado 279 fiestas que no cumplen con las medidas sanitarias por la pandemia, algunas se realizan en locaciones secretas de difícil acceso.
Cortesía SAT Quintana Roo
21 de enero, 2021
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La fiesta es, literal, en mitad de la selva del Caribe. En una locación desconocida en algún punto de Akumal, en el estado de Quintana Roo. Cientos de personas llegaron a bordo de furgonetas tipo Van que los recogieron en sus hoteles y luego los trasladaron al lugar sin que supieran adónde iban hasta minutos antes de llegar al evento. 

La invitación se produjo a través de flyers digitales que circulan por chats de whatsapp en los que se advierte dos cosas: una, que la localización de la fiesta es secreta hasta que se desembolse la entrada; y dos, que los teléfonos no están permitidos para evitar las fotos y videos en Instagram, que puedan delatar el lugar ante las autoridades. 

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Aun así, a pesar de lo clandestino del asunto, el precio de la entrada es propio de la reventa de una final de Superbowl: 10 mil dólares por una rave de música electrónica a cargo de un Dj de fama internacional. 

La fiesta empieza a las siete de la tarde y está previsto que se alargue hasta el amanecer, a pesar de que el semáforo epidemiológico -que está en amarillo en la entidad- prohíbe los eventos masivos y los festivales, y solo permite la apertura de restaurantes a un 60% de aforo y hasta la una de la noche. 

Pero no es la única regla que se rompe: los cientos de asistentes a esta fiesta tampoco usan cubrebocas, ni guardan la distancia social, ignorando la escalada de contagios reciente en Quintana Roo y en buena parte de México. 

Esta es una ‘Jungle Party’, o también conocida como fiesta ‘Secret Location’. 

Y es una de las últimas fiestas clandestinas que el Servicio de Administración Tributaria (SAT) de Quintana Roo, en coordinación con la Secretaría de Finanzas estatal (Sefiplan), Protección Civil, y elementos de la policía estatal, desmanteló el pasado 9 de enero. 

Cortesía SAT Quintana Roo

Y no ha sido la única. 

Ese mismo 9 de enero, las brigadas del SAT-Sefiplan ubicaron otra fiesta clandestina en los alrededores de Francisco Uh May, una pequeña localidad enclavada en el corazón de la selva caribeña, próxima a Tulum; un lugar de muy difícil acceso y en el que las autoriades solo pudieron notificar el acta de sanción y pegar los sellos de clausura en la entrada del local, debido a que se les negó el acceso al mismo.  

Y unos días antes, el 29 de diciembre, clausuró otro evento denominado ‘Oliver Koletzki’, para el que se esperaban más de mil personas y que estaba previsto que se hiciera en las afueras de Tulum, otro municipio del Caribe que ha sido noticia internacional por la proliferación de fiestas en restaurantes y hoteles que disfrazan ‘raves’ multitudinarias como si fueran comidas y cenas.  

Rodrigo Díaz Robledo, director del SAT de Quintana Roo, expone en entrevista que solo de fiestas de ese tipo, de ‘raves’ disfrazadas de comidas, y de establecimientos que no cumplen con las medidas sanitarias por la pandemia, llevan realizadas 279 clausuras en todo el estado.  

De hecho, solo en la zona costera de Tulum, donde se concentra una buena parte de los reportes de fiestas, el SAT-Sefiplan ha levantado 22 actas por las que ha recaudado 1 millón 397 mil pesos derivado de la clausura y sanción de lugares como IT Tulum, Hotel Bardo, Tantra, Taboo, Bagatelle, Gitano, Vagalume, Nomade, Rosa Negra, Itzik, o Conestecia, entre otros. 

Pero el tema de las ‘Jungle Party’ es otra cosa, subraya Díaz Robledo, debido al nivel de dificultad de estarlas “cazando” en lugares remotos, y porque es muy difícil ingresar a ellas, no solo por su ubicación secreta, sino porque una vez descubiertas las brigadas de verificación requieren de la intervención de la policía para poder desmantelarlas. Incluso, las autoridades han tenido que recurrir al uso de drones para sobrevolar la selva y descubrirlas.  

“Pareciera más bien que estamos en una guerra”, dice con sorna el funcionario, que se pone serio cuando explica que estas fiestas ilegales “son de un gran riesgo” para los propios asistentes, y también para los integrantes de las brigadas de verificación, que se exponen a contagios y también a la reacción no siempre amistosa de los organizadores de las fiestas, ni de los propios asistentes que pagaron una fortuna por asistir a la ‘rave’. 

“A este tipo de fiestas asisten muchas personas, sobre todo extranjeros, que se suben a una camioneta sin saber a dónde van, y se meten a estos lugares secretos donde no hay servicios de ningún tipo, ni pueden usar el teléfono, y que van a lo que pase asumiendo un riesgo increíble”, apunta Díaz Robledo.

“Y para nuestra gente también es un gran riesgo -añade el funcionario-. Porque las personas que van a estas fiestas no le temen a nada, y van sin cubrebocas y sin guardar distancia. Y claro, esto es algo con lo que los empresarios también lucran”. 

Para evitar la proliferación de estas fiestas, Rodrigo Díaz destaca que las brigadas de “inhibición” llevan trabajando desde el pasado 1 de noviembre, cuando comenzó la temporada vacacional de Día de Muertos-Navidad, todos los días y con horarios que se extienden hasta altas horas de la madrugada.

Aun así, los esfuerzos no parecen suficientes, a juzgar por la enorme cantidad de invitaciones a fiestas en lugares como Tulum que siguen circulando por los chats, y por las fotografías y videos que pueden observarse de un simple vistazo en redes sociales como Instagram. 

“Yo estoy coordinando las brigadas, y sí, personalmente siento una gran impotencia y una frustración de tener que estar obligando a la gente a que cumpla con las normas”, señala Díaz. 

“Porque, aunque les estamos salvando la vida prácticamente -agrega-, la gente se molesta cuando hacemos nuestro trabajo que, además, es en su propio beneficio. Y por eso es nuestra frustración: porque tenemos que pelear a diario con la gente para que sean responsables y se cuiden”. 

Lee más: Desalojan a 200 personas en fiesta de Edomex y a 700 personas en festival de Quintana Roo

“Hay gente que aún actúa como si el virus no existiera” 

En la zona centro de México, las fiestas ilegales no se hacen en mitad de la selva, pero también se llevan a cabo en lugares clandestinos en los que es necesaria la intervención de policías estatales y municipales, y en algunos casos incluso de la Guardia Nacional, para desalojarlos.  

Por ejemplo, en la Ciudad de México, solo en las dos últimas semanas del pasado 2020, el Centro de Comando, Control, Cómputo, Comunicaciones y Contacto Ciudadano recibió 593 denuncias por fiestas ilegales en la capital mexicana, en pleno semáforo rojo en el Valle de México y con los contagios y hospitalizaciones al alza. 

 Mientras que el Instituto de Verificación Administrativa de la Ciudad de México (INVEA) lleva 373 establecimientos suspendidos en lo que va de pandemia por no cumplir con las medidas sanitarias; siendo en su mayoría locales de venta de alcohol, restaurantes y bares, los sancionados. 

En el Estado de México, Santiago Ramos Millán, titular de la Comisión para la Protección contra Riesgos Sanitarios estatal (COPRISEM), expone que desde que arrancó la pandemia en marzo pasado, a la fecha, llevan 14 mil 836 visitas de verificación, de las que resultaron la suspensión de al menos 600 negocios por no cumplir tampoco con las medidas sanitarias por la pandemia. 

Al igual que en el caso de Quintana Roo, en el Estado de México las brigadas de ‘inhibición’ de fiestas también está compuesta por múltiples autoridades, como la propia COPRISEM, el Instituto de Verificación Administrativa, Protección Civil, policía estatal y local, y en ocasiones, incluso, la Guardia Nacional. 

A través del monitoreo de productos milagro en redes sociales, explica Santiago Ramos Millán, la COPRISEM ha detectado múltiples fiestas clandestinas que se promocionan en Facebook, principalmente. 

Por ejemplo, así “desactivaron” en las pasadas fiestas navideñas siete eventos multitudinarios en varios puntos del estado, como en Atenco, Ixtlahuaca, Toluca, Tlalnepantla de Baz, o Teotihuacán, donde se esperaba el evento más grande con mil personas. 

Cortesía SAT Quintana Roo

“Estamos haciendo esfuerzos enormes por contener la pandemia -plantea Millán-. Pero también hay que decirlo: hay una parte de la sociedad que se está comportando de una manera muy irresponsable y que no acata las medidas sanitarias, y que actúa como si el virus no existiera”. 

De hecho, el titular de la COPRISEM asegura que, más de 140 mil muertes y un millón de contagios después, todavía hay gente “que no cree que la pandemia sea real”. Lo cual, también es uno de los puntos que explican que las autoridades no se den abasto para frenar las fiestas, a pesar de la tarea de concientización y de las noticias que apuntan que el Estado de México está en el top 3 de entidades con mayor saturación hospitalaria, con el 84% de las camas ocupadas al corte del 17 de enero. 

“Es muy desgastante y también muy frustrante ver que el número de contagios va al alza en el Edomex y en el Valle de México y que todavía, a estas alturas de pandemia, todavía haya personas que insistan en que la Covid no existe, que es un invento y que no se van a contagiar”. 

“Y por eso, muchas de estas personas organizan eventos y fiestas de manera irresponsable y con un gran número de invitados. Y es ahí donde se siguen dando buena parte de los contagios”, recalca el funcionario mexiquense, cuyas declaraciones se producen tan solo 48 horas después de que, el pasado 18 de enero, policías de Chimalhuacán dispersaran a 200 personas aglomeradas en una fiesta clandestina en el barrio de Tlatenco, en los límites con Nezahualcóyotl.

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El daño que sufren de por vida quienes comienzan a trabajar en tiempos de crisis

Pobreza, muertes prematuras, rupturas sentimentales… Los efectos de una crisis no acaban cuando éstas pasan de largo. Y ahora dos generaciones están amenazadas.
14 de diciembre, 2020
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“No hables más sobre ello, no lo pienses más: la crisis de hoy es el chiste de mañana”. Cuando el presente es sombrío, el futuro es siempre un lugar tentador donde ir a calmar las ansiedades, una promesa de consuelo para muchos, como la invocada por el escritor H.G. Wells en labios de uno de sus personajes.

Sin embargo, saltar de la literatura a la vida puede ser difícil, especialmente cuando azota una crisis económica y tienes que comenzar tu andadura laboral.

Cuando la economía se enferma, los periódicos y las televisiones se llenan de gráficos de curvas y barras. El resumen que nos hacemos casi todos es inmediato: cuando esas líneas rojas van hacia abajo, es que vienen años duros; cuando suben con colores verdes, lo peor ha pasado. Y por el medio, el que más o el que menos se habrá dejado algunos pelos en la gatera. Pero la vida sigue, pensamos.

Pero la vida no sigue. Al menos, no igual para todos: no para los jóvenes. Las generaciones que comienzan a trabajar en tiempos de recesión quedan dañadas incluso cuando la crisis termina, algunos de por vida, advierten los expertos.

Es como el dolor de un miembro amputado, que permanece y hormiguea durante años pese a que lo que lo provocó ya no está ahí. Dolor fantasma, lo llaman los médicos. Histéresis, dicen los economistas.

Y pronto los televisores van a volverse a llenar de líneas y barras. Rojas. La crisis sanitaria incuba (y manifiesta ya) una nueva crisis mundial. La segunda en una década para una generación atrapada entre ellas (los millennials, nacidos entre 1981 y 1993) y otra que va a recoger su testigo: la generación Z (de 1994 a 2010), que ya teme ser conocida como la Generación Covid.

Joven despedido.

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Algunas generaciones quedan atrapadas en sus comienzos laborales: acaban siendo demasiado inexpertos y demasiado mayores.

La trampa vital

“Muchas de las personas que entran en el mercado de trabajo durante una crisis no sólo sufren un mayor riesgo de desempleo e infraempleo durante ese periodo, sino que se ven lastradas en su porvenir. Esa caída transitoria de ingresos tiene una alta probabilidad de tener efectos permanentes”, advierte Ignacio González, investigador y profesor de Economía de la American University (Washington D.C, EE.UU).

González le explica a BBC Mundo cómo es esa trampa vital.

Primero llega el daño: la crisis económica, y la competencia por los escasos puestos de trabajo es feroz, especialmente si se genera mucho desempleo persistente.

Y los jóvenes comienzan a escuchar argumentos repetidos.

Primero es: “No te contrato porque no tienes experiencia suficiente”.

Con el paso del tiempo eso se convierte en: “No te contrato porque tienes espacios en blanco en tu CV”.

Y cuando acaba la recesión, pasa a ser: “No te contrato porque, en realidad, puedo tener a alguien más joven con la misma experiencia“.

De alguna manera, ya están marcados: acaban de convertirse en perfiles inexpertos para puestos acordes a los de su edad y candidatos demasiado mayores para competir con los nuevos jóvenes por esos puestos iniciáticos y de escaso salario.

Y como toda maldición, va acompañada de su profecía.

“A partir de ahí, es muy probable que sus carreras laborales acaben caracterizándose por trabajos intermitentes o de escasa calidad, sufriendo una caída de ingresos que condiciona toda su vida”, sentencia González.

“Estas personas acumulan menos riqueza (ahorros), tienen dificultades para acceder a la vivienda en propiedad (su escaso ahorro se va en el alquiler y tampoco les van a dar un crédito por su discontinuo historial laboral) y, en general, ven truncados sus planes de vida y de formación de familia, con todos los problemas psicológicos que van asociados a ello”, explica el economista de la American University.

Puerta.

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Si se te cierra la puerta al mercado laboral al principio, los planes de vida quedan condicionados para siempre porque es un momento clave, advierten los expertos.

Pobreza, divorcios y vidas sin hijos: la generación que ya estuvo allí

“¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y no hay nada nuevo bajo el sol” (Eclesiastés 1:9).

A su manera, la ciencia económica sigue la misma lógica que ese proverbio bíblico. Cuando un economista te habla de lo que va a pasar en el futuro, suele tener su cabeza en el pasado: en la evidencia acumulada.

Para conformar parte de esa evidencia, los académicos Hannes Schwandt y Till M. von Wachter (Northwestern University y Universidad de UCLA, EEUU) bucearon, en un estudio reciente, por los registros estadísticos de EEUU para seguir la vida de cuatro millones de estadounidenses que saltaron al mercado laboral durante la crisis de 1982.

Como si fueran fantasmas de Cuento de Navidad de Dickens, los agarraron de la mano y revisitaron los nervios de sus primeras experiencias laborales, anotaron sus salarios, se colaron en sus momentos felices (compra de vivienda, bodas, niños) y pasaron por sus días aciagos (divorcios y alcohol, enfermedades, depresiones, etc.) hasta llegar con ellos a la vejez e, incluso, al final de sus vidas.

Y entonces compararon sus trayectorias con las generaciones colindantes a ellos cuya andadura comenzó en tiempos mejores.

Poco más de un año de recesión -comenzó en julio de 1981 y terminó en noviembre de 1982, según la Reserva Federal- provocó que aquellos desafortunados jóvenes acumularan unas pérdidas de ingresos media de un 9% solo en los primeros 10 o 15 años, según los cálculos de von Wachter, siendo peor para los trabajadores con menos formación.

boda

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La generación de 1982 tuvo menos matrimonios, más divorcios y menos hijos.

Esto significa que sus pérdidas en ese periodo de más de una década pudieron oscilar entre los 19 mil y los 36 mil dólares (a precios actuales), según su investigación.

Pero no solo eso, al llegar al corte de edad de 50-55 años habían tenido menos matrimonios y, al mismo tiempo, sufrido más divorcios. Y sus posibilidades de tener un hijo también fueron inferiores a las de las otras generaciones.

Muertes por desesperación

El deterioro de su vida también llegó a su salud, desgrana la investigación.

Su esperanza de vida se había recortado de seis a nueve meses respecto a la media esperada. El efecto que tuvo la crisis fue de “una muerte adicional cada 10 mil personas por cada punto porcentual de aumento en la tasa de desempleo” en sus inicios laborales.

“Estos aumentos de la mortalidad derivaban principalmente de enfermedades relacionadas con conductas poco saludables como fumar, beber y mala alimentación. En particular, descubrimos un riesgo significativamente mayor de muerte por sobredosis de drogas y otras conocidas como ‘muertes por desesperación’ (suicidios y deterioro por adicciones)”, explica Schwandt.

La crisis desaparece y los daños permanecen. 16 meses sobre toda una vida. La histéresis de nuevo, en todo su esplendor.

Depresivo.

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El desempleo influye negativamente en la salud, sobre todo en la mental.

Estos hallazgos no le sorprenden a Rosa M. Urbanos-Garrido, profesora de Economía Aplicada de la Universidad Complutense de Madrid, quien estudió los efectos que tuvo sobre la salud de los españoles la Gran Recesión de 2008.

“El desempleo suele asociarse con problemas relacionados con la salud mental”, le explica a BBC Mundo.

“Depresión, ansiedad… el miedo a no poder ganarse la vida influye, pero no solo: el trabajo es una plataforma de contactos sociales y de autoestima”, reflexiona.

Urbanos-Garrido cuenta como al principio de encontrarse en una situación de desempleo, la salud general puede incluso mejorar, pero poco a poco la sensación de angustia va creciendo y, para muchos, la falta de empleo acaba siendo una obsesión que va quitándole color e importancia al resto de la vida, incluida la salud.

“Al principio, el estrés desciende al tener más tiempo libre y se benefician de no sufrir enfermedades relacionadas con el trabajo -como los accidentes-; pero a medida que la situación de desempleo se alarga su estado se va deteriorando en forma de ansiedad, consumo de alcohol, de tabaco, obesidad y mala alimentación en general… se va descuidando, pero el individuo sigue reportando que su salud es buena. Sus pensamientos están en su situación laboral y lo demás no lo considera un problema”, explica.

También advierte de que no es irrelevante el momento de sufrir el desempleo: “Si el problema no es individual, sino una situación general de crisis, los problemas mentales se agravan”, cuenta.

Como si se tratara de un contagio de desesperanza para el que no hay mascarillas.

¿Es ya el destino de la generación millenial y la generación covid?

Fernando tiene pareja y un niño de dos años. Fernando ha sido conductor de autobús, vigilante de seguridad y albañil, a veces (muchas) en la economía informal. Fernando y su familia se fueron a vivir hace un año con sus padres a Soria (España) porque perdió su trabajo y sus ahorros no eran suficientes. Fernando, 34 años, ni siquiera se llama Fernando porque no quiere que aparezca su verdadero nombre en este reportaje de BBC Mundo. Dice que siente vergüenza.

“Fíjate tú, vergüenza, con lo joven que empecé a trabajar. Pero me ocurre”, dice.

Marta Vegas García es también española. Más joven, 23 años. Es ingeniera biomédica y además tiene un máster. Hace una semana publicaba una llamada si no de auxilio, sí de incredulidad en su cuenta de Linkedin:

“Actualizo mi CV, no hay respuesta; adapto mi CV dependiendo de la posición a la que aplico: no hay respuesta; contacto con empresas y trato de ser proactiva […]. No hay respuesta. Me siento invisible”.

“No se nos valora”, le dice Vegas a BBC Mundo. “Vemos frustrados nuestros sueños y nuestro futuro”, se lamenta, y aunque asume que la crisis sanitaria influye, no parece muy convencida de que sea el único motivo.

“Coincidimos todos -dice refiriéndose a sus amigos-, vemos imposible la emancipación, acceder a una vivienda y no digamos ya formar algún día una familia”.

He ahí el hilo que une la Gran Recesión de 2008 y la crisis de la covid-19 en 2020. A dos desconocidos como Fernando y a Marta. Uno, millennial; la otra, de la generación Z.

No están solos. Parecen representar los sentimientos de muchos de sus coetáneos.

Eviction

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Los jóvenes tienen muchos problemas para acceder a una vivienda en propiedad, según muestran los datos. Y la covid va a empeorar la situación.

Basta con escribir en el buscador de alguna red social “A mi edad, mis padres y los mensajes se repiten en varios idiomas:

“A mi edad, mis padres tenían trabajo y casa, yo solo tengo ansiedad”.

“A mi edad mi padre tenía dos hijos, casa, trabajo fijo, coche y varios años cotizados. Yo no tengo nada de eso”.

“A mi edad, mi padre tenía cotizados 10 años y yo vivo de trabajos precarios y en una habitación”.

Y algunos aún ni se imaginaban que llegaría la crisis del coronavirus.

El coronavirus, ¿la puntilla?

“Yo creo que el bicho este ha sido la puntilla para nuestra generación”, dice Fernando refiriéndose al coronavirus.

Su intuición es buena. “Hay un número notable de trabajadores que, como consecuencia de haber sufrido desempleo en la anterior crisis y no haberse consolidado en un puesto de trabajo, también lo están sufriendo en ésta”, observa Ignacio González, de la American University.

“Hay mercados laborales, como el español, que nunca llegaron a recuperarse completamente, por lo que iniciamos esta crisis con unos niveles de desempleo muy altos”, señala.

Es decir, está hablando de vidas con problemas desde hace una década.

Así, si la crisis de 1982 tuvo efectos en las vidas de aquellos jóvenes, ¿qué se puede esperar de la de 2008, definida por el Fondo Monetario Internacional como “el colapso económico y financiero más grave desde la Gran Depresión de la década de 1930”?

¿O en esta del coronavirus, que el Banco Mundial prevé que el PIB se contraiga más del doble que en la anterior?

Algunos expertos ya ven algunos daños en la vida de los millennials, que se pueden apreciar haciendo una especie de gira mundial por el desastre.

En Europa, su desempleo y precariedad laboral eran ya mayores antes de la crisis de la covid-19, que los sufridos por la generación que los precede cuando tenían su misma edad (véase gráfico superior), según un informe del centro de investigación CaixaBank Research.

En EEUU, la riqueza neta mediana (activos financieros e inmobiliarios menos las deudas) de los millennials de entre 25 y 34 años (en 2016) es un 60% inferior que la que disponía un joven de la generación X cuando se hallaba en la misma franja de edad, según el citado informe.

En España, los datos son aún más sangrantes: su riqueza mediana es de 3 mil euros, frente a los 63 mil 400 euros de los que disponían entonces sus homólogos de la generación anterior.

Y la vivienda, claro. El número de millennials con vivienda propia en EE.UU. es 8 puntos porcentuales menor, según el centro de investigación The Urban Institute. Peor en España: un 44% frente al 65% de la generación X (CaixaBank Research). Y en Reino Unido, un tercio de ellos nunca podrá permitirse una vivienda, según el think tank Resolution Foundation.

En América Latina la crisis de 2008 pasó de puntillas, pues la región se encontraba en un momento de creciente prosperidad. Y, sin embargo, el porcentaje de latinoamericanos que declararon no tener suficiente dinero para procurarse una vivienda creció en casi 20 puntos entre 2012 y 2019 hasta alcanzar un alarmante 40%”, según un informe del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

Además, esta vez la crisis no va a pasar de largo: tras los confinamientos, cerca del 65% de los hogares más pobres de la región había sufrido al menos una pérdida de empleo entre los miembros de la familia, de acuerdo al mismo organismo.

Y el BID señala: más de un millón de estudiantes dejarán los estudios debido a la pandemia, con la consiguiente pérdida de poder adquisitivo en el futuro.

Protesta en Chile

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Es la primera generación desilusionada con la democracia a nivel mundial, según una encuesta de la Universidad de Cambridge.

Algunos estudios pronostican el daño para las nuevas generaciones en US$10 billones a nivel mundial por este motivo, como señala el instituto Brookings, con sede en Washington.

Y hasta el Foro Económico Mundial ve peligrar sus pensiones para el año 2050, cuando llegue la edad de retiro para ellos, debido a su escaso ahorro.

¿Se puede hacer algo?

Llegados a este punto, ¿se puede hacer algo para detener esa aparente cuesta abajo de la generación millennial y sus sucesores?

“Hay mucho margen para mejorar la respuesta”, afirma el economista Ignacio González desde Washington D.C.

“En este contexto de estrés financiero para muchas familias, es fundamental diseñar políticas públicas que garanticen el acceso a una vivienda asequible y establecer mecanismos de transferencias de rentas desvinculados del historial laboral, como las rentas mínimas.En materia laboral, el objetivo sería evitar que la precariedad laboral y la caída de ingresos que sufren muchas personas durante la crisis se cronifiquen y, por supuesto, que eso no condicione a la baja sus futuras pensiones”, explica.

“Los afectados en estas generaciones, con dos crisis consecutivas, lo van a tener difícil sino se habilitan mecanismos de redistribución, tanto intrageneracional (de ricos a pobres dentro de una misma generación) como intergeneracional”, zanja.

La profesora Urbanos-Garrido, de la Universidad Complutense, concuerda en las medidas de transferencias de rentas, y añade: “Los sistemas de salud también deberían adaptarse para atender los crecientes problemas mentales que, probablemente, se van a repetir en la presente crisis”.

No parece muy claro que estas generaciones tengan esperanza en recibir alguna ayuda.

Una reciente encuesta realizada por la Universidad de Cambridge a casi cinco millones de personas reveló que los jóvenes de 18 a 34 años son los más desilusionados con el funcionamiento de la democracia.

“Esta es la primera generación de la que se tiene memoria en la que una mayoría global se muestra insatisfecha con la forma en que funciona la democracia”, alerta Roberto Foa, autor principal del informe.

Una llamada de auxilio o quizá un grito de advertencia.


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