Fiestas no paran en Tulum, en semáforo amarillo; casos COVID tampoco
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Cortesía Sat Quintana Roo

Pese a semáforo amarillo por COVID, las fiestas en Tulum no paran; los contagios tampoco

“Es como si el COVID no existiera en Tulum”: empresarios señalan que fiestas continúan pese a semáforo amarillo, temen que aumento de contagios afecte al turismo y la economía.
Cortesía Sat Quintana Roo
18 de enero, 2021
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Es la noche del 5 de enero. Noche de Reyes. El DJ da rienda suelta a la pista y de inmediato la banda se prende. Los celulares y las botellas de Chandón se alzan al cielo y un mar de bengalas acompañan a los gritos y chiflidos que inundan el local, un conocido establecimiento de la zona hotelera Tulum con club de playa en el Caribe mexicano. 

Se supone que es una cena en un restaurante con aforo limitado y horario de cierre a la una de la noche, que es lo que permite el semáforo epidemiológico de Quintana Roo en su fase amarilla. Pero las imágenes del evento que corren por las redes sociales, especialmente en Instagram, dan cuenta de que la cena en realidad es una rave; una fiesta con música electrónica que se extiende hasta altas horas de la madrugada, donde, según se aprecia en las imágenes, nadie lleva cubrebocas ni guarda sana distancia.

Ese mismo 5 de enero, también en Tulum, lo mismo: en un club de playa ubicado en el kilómetro 10 de la carretera Cancún-Tulum, los turistas graban con sus celulares otra fiesta diurna en la que hay música electrónica y champaneras bajo las palmeras, pero ni rastro de los cubrebocas.

Y al día siguiente, el 6 de enero, usuarios de Instagram subieron a sus stories videos de fiestas ilegales en mitad de la jungla -las conocidas como Jungle Parties o Secret Location– que se alargaron por arriba de las siete de la mañana. 

Cortesía Sat Quintana Roo

“Es como si el Covid no existiera en Tulum”, dice Gerardo Ávila, un empresario hotelero y restaurantero que lleva 15 años trabajando en este municipio de la zona norte de Quintana Roo.

“No hay que ser un gran investigador, ni detective, para ver que las fiestas son a diario -añade enojado-. Solo hay que entrar a Instagram, o darse un paseo rápido por los clubes de playa, para ver que aquí todo el mundo hace fiestas como si la pandemia jamás hubiera existido”. 

Sin embargo, aunque los flyers digitales con invitaciones a más fiestas continúan corriendo por grupos de Whatsapp, las cifras de la Secretaría de Salud federal muestran lo que ya medio mundo sabe: que el virus no entiende de oasis ni de paraísos, y que es implacable allá por donde pasa. 

Del semáforo amarillo… ¿al naranja?

El 7 de enero, apenas un par de días después de las escenas de raves y fiestas arriba descritas, el gobernador de Quintana Roo, Carlos Joaquín González, se puso delante de las cámaras de televisión para lanzar una advertencia a los ciudadanos de su entidad, donde suman 2 mil 071 muertes por el virus y 16 mil 265 casos positivos.

De seguir así el ritmo de contagios -planteó el mandatario, que lucía un cubrebocas N95-, destinos turísticos de la importancia de Tulum, Playa del Carmen, Cozumel, Cancún, o Isla Mujeres, pueden pasar en los próximos días del semáforo amarillo al naranja. 

“Está creciendo el número de contagios y de defunciones por Covid. Así que el mensaje es muy claro: quédate en casa, especialmente si vives en la zona norte de Quintana Roo”, subrayó el gobernador, para a continuación explicar que mientras en la zona sur las hospitalizaciones bajaron por debajo del 20%, en la zona norte subieron hasta el 24%. De ahí que exista, insistió, el riesgo de pasar al semáforo naranja; el último escalón previo al fatídico rojo.  

Pasar de un color a otro no es cosa menor: los hoteles y restaurantes, piezas fundamentales de un sector turístico que abarca el 87% de la economía de Quintana Roo y que genera más de 450 mil empleos, tendrían que reducir su aforo de visitantes de un 60% al 30%. Lo cual, en términos reales, se traduciría en automático en la cancelación de miles de reservaciones, y en (más) pérdidas millonarias que, a su vez, podrían incrementarse en caso de semáforo rojo. 

A eso precisamente, al cambio de color del semáforo, es a lo que le teme el empesario Gerardo Ávila. 

“Si vivimos del turismo, tenemos que cuidar del turismo -plantea en entrevista-. Pero la verdad es que no lo estamos haciendo. Y eso, el día de mañana, cuando no haya camas suficientes y todo esté desbordado, nos va a regresar al semáforo rojo, que es el cierre total de la economía. Y ahí vamos a perder todos”.

En su caso, por ejemplo, cambiar al color naranja le implica, de entrada, cancelar múltiples reservaciones con las que ya cuenta para las próximas semanas previo a la temporada de Semana Santa, ya que pasaría de tener el hotel casi lleno -60%- a casi vacío -30%-. 

“Perder esa cantidad de clientes, después de toda la crisis que ya hemos vivido, supondría un gran problema para mí”. 

Además, el empresario añade que, al margen de los colores del semáforo, las fiestas ya están ocasionando un daño a la imagen del destino turístico, como uno de los pocos lugares en el Planeta donde las fiestas no se detienen a pesar de una pandemia mundial. 

“Como empresario, claro que me conviene que haya fiestas y que venga gente. Pero no estoy de acuerdo en cómo se está haciendo. Ya hay un montón de noticias circulando por medios nacionales e internacionales diciendo que en Tulum no hay respeto a las medidas contra el Covid y que aquí se hacen festivales que son eventos ‘súper contagiadores’. Y eso, a corto-mediano plazo, también nos va a perjudicar a todos”, explica. 

Cortesía Sat Quintana Roo

David Ortiz, presidente de la Asociación de Hoteles de Tulum, coincide con Gerardo y va un paso más allá al señalar que, de no ponerse un fin a las fiestas en Tulum en plena pandemia, el mercado que recibe el municipio de países tan importantes como Estados Unidos está en serio riesgo.

Sobre esto, el hotelero recuerda que el pasado 12 de enero el gobierno estadounidense comenzará a exigir a cada viajero que entre por vía aérea al país una prueba de coronavirus negativa antes de abordar el avión. Y que esta orden también incluye a los estadounidenses que retornen al país. 

Si a esta nueva restricción se sumara un cambio a semáforo rojo en Quintana Roo, pone sobre la mesa el presidente de hoteleros, no sería descabellado pensar que el gobierno norteamericano pudiera emitir una alerta para que sus ciudadanos se abstengan de viajar al caribe.

“Las fiestas en Tulum están poniendo en riesgo al resto del caribe mexicano. Bastaría con que los estadounidenses nos pongan un ‘warning’ porque no somos seguros como destino turístico en términos Covid, y se acabó. Game Over”, advierte Ortiz. 

“Tulum es tierra de nadie”

Para evitar esa posible situación, las autoridades quintanarroenses explicaron a este medio que han llevado a cabo diversas acciones. 

Por ejemplo, previo a las fiestas de Navidad, el gobernador Carlos Joaquín emitió un comunicado prohibiendo todo tipo de reuniones masivas, incluyendo las tradicionales posadas. 

Mientras que las autoridades de Tulum, el pasado 15 de diciembre dijeron a este medio que, por instrucciones del gobernador y de la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris), había decidido cancelar el Zamna Festival, un mega evento de música electrónica que estaba programado para principios de este enero y que fue pospuesto para abril. 

Además, la Secretaría de Finanzas y Planeación estatal (Sefiplan), en coordinación con el Servicio de Administración Tributaria de Quintana Roo (SATQ), lleva clausurados desde marzo pasado a la fecha 279 establecimientos en toda la entidad -27 en Tulum,- por no cumplir con las medidas sanitarias ni con los lineamientos del semáforo epidemiológico. 

Cortesía Sat Quintana Roo

Sin embargo, nada de esto parece suficiente para frenar las fiestas, como lo prueba, por ejemplo, las imágenes que publicó Noticieros Televisa de una parte de la famosa Quinta Avenida de Playa del Carmen abarrotada de turistas celebrando la Navidad; o como lo prueba la celebración del Art With Me, otro festival en Tulum que se celebró en plena pandemia -con el permiso del Ayuntamiento local- y que dejó al menos cien personas contagiadas, en su mayoría turistas de Estados Unidos. 

“Tulum es tierra de nadie, donde ni la ley ni el sentido común se aplican”, critica en entrevista con dureza David Barbachano, quien fue secretario de turismo de Tulum hasta el pasado 31 de diciembre, cuando salió del cargo por diferencias con el alcalde, Víctor Mas Tah.

Barbachano señala, por ejemplo, que a pesar de que el Ayuntamiento firmó el pasado 9 de diciembre un convenio con la Asociación de Hoteles de Tulum para que se respetara una reapertura de la economía local de manera gradual, ordenada y segura, evitando los actos masivos y las fiestas con Djs, “nada de eso se aplicó, ni se acató”. 

“La falta de valor de las autoridades locales, aunado a la falta de compromiso de muchos en la iniciativa privada, ha permitido que la avaricia y las ganas de dinero rápido y fácil triunfen sobre el bienestar general de la comunidad de Tulum y del destino”, apunta el exfuncionario local.

Ante estos señalamientos, Animal Político buscó una entrevista con el Ayuntamiento de Tulum por medio de su departamento de comunicación social. Sin embargo, al momento de publicar este reportaje, no había emitido respuesta. 

Empresarios prefieren pagar la multa y hacer fiestas

Por su parte, Rodrigo Díaz Robledo, director general del SAT de Quintana Roo, asegura en entrevista que entiende la frustración que generan las imágenes de fiestas, a pesar de que los lineamientos del semáforo epidemiológico amarillo solo permite la apertura de locales con licencia de restaurante, y prohibe claramente los eventos masivos y la apertura de bares y centros nocturnos. 

Precisamente, para hacer respetar los lineamientos del semáforo, el funcionario del SAT estatal explica que desde el 1 de noviembre, con la festividad del Día de Muertos, comenzaron a realizar brigadas para “inhibir los festejos y las celebraciones”, en coordinación con la Cofepris, Protección Civil, Seguridad Pública, y con personal de autoridades municipales.

“Sin embargo, pareciera que el esfuerzo es insuficiente”, admite el director del SAT, que da una explicación al respecto: muchos restaurantes y clubes de playa están disfrazando las fiestas bajo la apariencia de comidas o cenas para las que sí tienen licencia y el permiso del semáforo. 

“Hecha la ley, hecha la trampa -resume Diaz-. “Y por eso hay gente que está abusando. Que utilizan ese permiso de restaurante para abrir (como discoteca) hasta altas horas de la madrugada”.  

Para inhibir esos abusos, el SAT lleva impuestas a la fecha multas por casi 5 millones de pesos a establecimientos. Pero ni así parece suficiente. 

“Desgraciadamente, también observamos que muchos de estos empresarios ya tienen contemplado en su presupuesto el importe de la posible multa por no acatar los lineamientos. Y por eso son reincidentes cada semana. Es algo que se sale de nuestras manos”, apunta. 

Cortesía Sat Quintana Roo

En cuanto a las críticas a las autoridades municipales de Tulum, el funcionario concede que, en efecto, ellos serían “el primer filtro” para evitar las fiestas. Pero, al mismo tiempo, matiza que muchas de esas fiestas “son también a espaldas del propio municipio”. 

“Los fiscales de Tulum salen con nosotros en las brigadas -recalca-. Y así como nosotros ponemos nuestras actas de clausura, ellos también ponen sus propios sellos y sanciones. Pero el problema es que es un tema muy difícil de contener. Tendríamos que tener a diario a una pareja de fiscales por hotel para ver si cumplen o no con las medidas sanitarias”. 

En cualquier caso, Rodrigo Díaz destaca que están haciendo “una labor importante de contención”, a pesar de lo que se ve en medios de comunicación y en redes sociales. Y que, incluso, el propio personal de las brigadas está sujeto a diario a un importante riesgo de contagio tratando de dispersar fiestas con cientos de asistentes sin cubrebocas ni sana distancia. 

“Ha sido una batalla constante, todos los días las brigadas terminan entre las tres y las cuatro de la mañana. Y con esto quiero decir que se están haciendo intervenciones a diario. De hecho, de no haber intervenido, estoy seguro de que hoy el problema de las fiestas sería cuatro veces mayor en el estado”, concluye el funcionario estatal.

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Quiénes eran las Panteras Negras, el grupo radical de los años 60 en EU que aún tiene integrantes en prisión

La Corte Suprema de Nueva Jersey anunció esta semana que otorgaba la libertad condicional a Sundiata Acoli, el exintegrante de las Panteras Negras de mayor edad que aún queda en la cárcel. El grupo de izquierda reivindicaba los derechos de la minoría afroestadounidense en los 60.
15 de mayo, 2022
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Por casi medio siglo, ha vivido detrás de la rejas en una prisión de Nueva Jersey. Ahora, a sus 85 años, volverá a respirar la libertad.

La Corte Suprema de ese estado anunció esta semana que decidió liberar a Sundiata Acoli, el exintegrante de mayor edad de las Panteras Negras que aún queda en la cárcel. Se trata del controvertido grupo de izquierda que reivindicaba los derechos de la minoría afroestadounidense a finales de 1960.

Acoli era elegible para libertad condicional desde hace 29 años, pero cada vez que sus abogados la solicitaron, se le negó.

Fue considerado sistemáticamente una “amenaza pública”, pese a que su salud, los años y diversos reportes médicos y psiquiátricos sugerían lo contrario.

Lo habían condenado a cadena perpetua en 1974, luego de un extraño incidente un año antes en el que un policía terminó muerto.

Acoli viajaba con Assata y Malik Shakur, otros dos integrantes de las Panteras Negras, cuando dos oficiales pararon el carro para una inspección rutinaria en la autopista de peaje de Nueva Jersey: llevaban una luz rota.

Lo que siguió después nunca ha quedado claro: hubo un tiroteo, Malik y un policía murieron, Acoli y otro agente resultaron heridos.

Acoli y Assata huyeron, pero fueron detenidos pocos días después y condenados a pasar el resto de su vida tras las rejas.

En una de las fugas más memorables de las cárceles de Estados Unidos, Assata logró escapar y se refugió años después en Cuba, donde se cree que todavía vive (sigue aún en la lista de los más buscados del FBI).

Acoli ha pasado su vida en la cárcel, pero no es el único.

Al menos 12 miembros del movimiento siguen todavía presos, con condenas que se acercan o superan los 50 años de cárcel.

Sus sentencias son todavía el testimonio de una época controvertida de luchas por los derechos civiles en EU y una muestra de la brechas raciales y sociales de la sociedad en que se generó.

Pero, ¿qué fue este grupo y por qué sigue generando polémica más de medio siglo después?

El partido

Boinas negras y chaquetas de cuero negro, puños cerrados y pistolas en mano… las Panteras Negras crearon su propia moda que era, a la vez, su símbolo.

Propugnaban la autodefensa armada, especialmente contra la policía, y se definían como un “partido socialista” en una época en la que el comunismo era visto como el mayor enemigo de EU.

El partido fue creado en 1966 por Huey Newton y Bobby Seale, quienes se habían hecho conocidos unos años antes por protestar en un acto en California que obvió el legado negro en la colonización del oeste americano.

Huey Newton y Bobby Seale

Getty Images
El partido fue creado en 1966 por Huey Newton y Bobby Seale.

Desde entonces, se habían envuelto en el activismo político pero hubo dos hechos que los llevaron a dar un paso más allá.

En febrero de 1965, fue asesinado el líder de los derechos civiles Malcom X y, un año después, la policía de San Francisco mató a tiros a un adolescente negro desarmado: Matthew Johnson.

Fue entonces cuando decidieron crear el Partido Pantera Negra para la Autodefensa, cuyas principales metas en un inicio eran monitorear las actividades policiales contra las comunidades negras en Oakland y otras ciudades.

Su activismo y carisma muy pronto multiplicaron la popularidad del grupo: del monitoreo pasaron a crear programas sociales, incluyendo desayunos gratuitos para niños o personas con anemia, a la vez que se involucraron en actividades políticas.

En un par de años, las filiales del grupo se habían multiplicado en más de 30 estados.

En su libro Black Against Empire: The History and Politics of the Black Panther Party, Joshua Bloom y Waldo E. Martin estiman que para 1969 ya tenía más de 5 mil miembros y sus ideas eran populares tanto en comunidades pequeñas como en grandes ciudades, desde Los Ángeles y Chicago hasta Nueva York o Filadelfia.

A diferencia de otros grupos por los derechos civiles de los afroaestadounidenses, las Panteras Negras portaban armas y defendían el derecho a la autodefensa con ellas.

Bloom y Martin señalan en su libro que era una respuesta activa ante la violencia policial que vivía la población negra y que buscaba “empoderar a la comunidad negra frente a un sistema racista”.

Sin embargo, su desafío a las autoridades y su uso de armas fue visto como desafiante y en ocasiones se les describía como pandillas o grupos violentos, algo que sus líderes negaban.

El peligro marxista

Las Black Panthers eran parte de un grupo todavía mayor, el llamado Black Power, que defendía el orgullo negro y la unidad por los derechos de las minorías raciales.

Sin embargo, Newton y Seale no se conformaron con la ideología de esa organización y se basaron en el marxismo.

Creían fervientemente en la “lucha de clases” y pensaban que la organización representaba “la batalla de la vanguardia proletaria contra el capitalismo”.

Fueron estas ideas en las que basaron su plataforma política, a la que llamaron Programa de Diez Puntos, en el que pedían, entre otras cosas, el fin inmediato de la brutalidad policial, empleos para los afroestadounidenses y mayor acceso a tierra, vivienda y justicia para todos.

Su cercanía al marxismo, el enfoque nacionalista negro y una serie de actos violentos que cometieron entonces los pusieron en la mira de las autoridades, en especial del Buró Federal de Investigaciones (FBI) de Edgar Hoover.

El FBI, de hecho, creó un programa secreto de contrainteligencia, COINTELPRO, solo para seguir de cerca a los miembros de las Panteras Negras.

panteras negras

Getty Images

Fue solo el comienzo.

Para 1969, el FBI los declaró una “organización comunista” y “enemiga del gobierno”, y Hoover llegó incluso a considerarlas “una de las mayores amenazas para la seguridad interna de la nación”.

Las rivalidades con la policía

El libro de Joshua Bloom y Waldo E. Martin cuenta cómo la creciente persecución de las autoridades llevó a una rápida radicalización del grupo.

Los enfrentamientos con la policía se hicieron frecuentes y varios agentes murieron en tiroteos que implicaban a las Panteras Negras. El grupo, sin embargo, siempre aseguró que solo usaban las armas como método de autodefensa y que solo respondían a la policía si esta los agredía.

La organización también se volvió un foco de la violencia policial.

En uno de los casos más sonados, en 1969, la policía de Chicago disparó más de 100 tiros a dos miembros del partido que dormían en su apartamento.

panteras negras

Getty Images

Las autoridades aseguraron que había ocurrido un feroz intercambio de disparos, pero luego se demostró que solo una bala provino del arma de uno de miembros del grupo.

En el libro The Black Panther Party , el historiador Charles E. Jones asegura que fue tanta la persecución a la que se vieron sometidos los miembros del grupo que una especie de paranoia colectiva comenzó también a manifestarse entre sus miembros… y a dividirlos.

Esto llevó no solo a numerosas discusiones y temores, sino que hubo también denuncias de que algunas “panteras negras” asesinaron o golpearon a otros del mismo grupo que creían que eran informantes de la policía.

Ciertas partes del movimiento fueron también asociadas con actividades delictivas y una ruptura interna entre sus principales líderes y organizadores pronto los debilitó como fuerza política.

Para mediados de los 70, las Panteras Negras siguieron perdiendo seguidores y popularidad, aunque hicieron esfuerzos por sobrevivir a la debacle, incluyendo crear una rama armada, el Ejército Negro de Liberación.

En las décadas siguientes, el nombre del grupo pasó a quedar como un asunto para investigaciones académicas y libros de historia, mientras algunos de sus principales activistas morían, escapaban a otros países o consumían sus vidas en la cárcel.


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