Contra el reloj y la burocracia: así es la búsqueda en Edomex de Raúl Ferreyra
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Contra el reloj y contra la burocracia de las autoridades: así es la búsqueda en Edomex de Raúl Ferreyra

Los padres del joven denuncian que se perdieron días vitales por la lentitud de la Fiscalía del Edomex, que aún no entrevista a los potenciales testigos de la desaparición.  
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11 de marzo, 2021
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Con la rodilla hincada en la tierra arcillosa, Raúl y su pareja Araceli observan abrazados el estrecho canal de agua turbia donde se acumulan toneladas de vegetación muerta, mientras a escasos metros de distancia un par de ‘pateros’ que van arriba de unas canoas rudimentarias rastrean la ciénaga clavando largos remos de madera sobre el fondo pantanoso. 

Precisamente ahí, en esa misma orilla del canal donde se abraza el matrimonio, el pasado viernes 5 de marzo se halló la única pista que se tiene hasta el momento de Raúl Ferrerya García; el hijo de 21 años de Raúl y Araceli, estudiante de Desarrollo de Software y campeón nacional de Taekwondo, que el pasado 27 de febrero desapareció tras hacer una visita en una casa que está a un kilómetro de la ciénaga, en una zona despoblada de San Pedro Tlaltizapan, Estado de México.  

Para ese viernes, la familia de Raúl ya llevaba una semana buscando. Una semana agónica en la que Araceli García denuncia que se perdieron horas y días vitales por la lentitud y burocracia de la Fiscalía mexiquense que todavía no entrevista a los potenciales testigos de la desaparición; ni ha informado a la familia sobre el análisis del teléfono del joven para triangular su última ubicación, y así darles algo de certeza de por dónde buscarlo.  

Lee: “No olviden a Wendy”: familiares siguen en búsqueda tras mes y medio de su desaparición

Por eso, la mujer insiste enojada en que llevan días estancados en este inabarcable desierto fértil de vegetación que brota salvaje junto a las lagunas, ante la falta de investigación de la Fiscalía mexiquense. 

Y por eso, hasta ahora, la única pista a la que se aferran para seguir buscando es la playera a rayas horizontales de color rojo y gris, y de cuello redondo y mangas largas, que apareció junto a una chamarra a la orilla de uno de los incontables canales que desembocan en el río Lerma, a unos 30 kilómetros de Toluca, la capital mexiquense.  

“Encontrarla fue un shock terrible”, recuerda la mujer, que asegura que cuando tuvo la prenda ante la vista sintió como si ella misma se hubiera hundido en la ciénaga. “Ya solo esperaba el momento en el que apareciera el cadáver”, dice.  

Sin embargo, a pesar de que, tras el hallazgo de la playera, familiares, amigos, y decenas de voluntarios se lanzaron al agua a buscar a Raúl con sus propias manos, y a pesar de que luego llegaron también excavadoras, buzos, drones, y hasta un helicóptero, no hay rastro del joven en ese lugar, ni más pistas sobre su paradero a doce días de su desaparición.  

Foto: Carlo Echegoyen.

“Claro que no quiero encontrarlo ahí”, dice súbitamente Araceli. “Deseo con todas mis fuerzas que mi hijo esté en algún hospital y que no se haya podido comunicar conmigo. Pero necesito certezas. No puedo irme de aquí y empezar a buscar en otro sitio sin tener todas las respuestas”, asegura la mujer, que mantiene los ojos clavados en el estrecho sendero de agua.  

Foto: Manu Ureste.

“Aquí tienen a los policías, ¿Qué quieren que hagan?” 

Gezzer García es el tío materno de Raúl Ferreyra. Vestido con una gorra amarilla y una sudadera con capucha para protegerse del corrosivo sol de la laguna, se mueve rápido de un lado a otro junto a su otro hermano. Organiza con los balseros los tramos de ciénaga a revisar. Da ánimos a su hermana y a su cuñado. Echa una mano para sacar mazacotes de maleza del canal con improvisados ganchos. Y todavía le sobra energía para acompañar en una larga caminata a Alejandro Ayala, un amigo suyo y de la familia que ofreció su dron para sobrevolar las miles de hectáreas insondables de campo abierto.  

“Nosotros estamos haciendo todo lo que está en nuestras manos”, resume aún agitado por el esfuerzo, exhausto, y con el rostro bañado en sudor y manchado por la suciedad de la maleza. “Pero hay cosas que se nos escapan”. 

Entre esas cosas que se les escapan, Gezzer dice que aun no salen de su asombro luego de que el pasado viernes, cuando se organizó la primera gran brigada de búsqueda en la zona, los elementos del Ministerio Público y de seguridad estatal y municipal que se presentaron con ellos no tenían instrucciones claras, ni la más mínima idea de qué hacer. 

Lee: La casa del horror de Acámbaro: así fue la búsqueda en un cementerio clandestino en Guanajuato

“Estábamos expectantes de que ellos nos dijeran por dónde empezar y cómo nos íbamos a coordinar. Pero cuál fue nuestra gran sorpresa cuando lo que nos dijeron fue: ‘Oigan, pues aquí tienen a la policía, ahí está el binomio canino, ¿y ahora qué quieren que hagamos?”.  

Gezzer exhala una sonrisa agotada detrás del cubrebocas. “O sea, querían que nosotros, los ciudadanos, les dijéramos a ellos, los policías, cómo hacer el trabajo de búsqueda. Pero es obvio que nosotros no somos especialistas en eso, y que no tenemos formación para eso”.  

Foto: Carlo Echegoyen.

Aún así, la familia y los voluntarios, con la ayuda de la Comisión de Búsqueda de Personas Desaparecidas mexiquense, que sí ha participado muy activamente en la búsqueda de Raúl Ferreyra, organizaron células de diez personas, integradas por nueve voluntarios y un elemento policiaco. Y comenzaron a peinar las hectáreas de milpa y canales, aunque de manera improvisada, cometiendo errores de protocolo lógicos ante la falta de supervisión de una autoridad, como por ejemplo no señalar un mapa las coordenadas que ya fueron rastreadas por los binomios caninos, o no hacer el marcaje de la zona donde encontraron la ropa de Raúl.  

Buscando a ciegas 

Y esta no ha sido la única negligencia. Para empezar, interviene de nuevo Araceli en la plática, cuando el lunes 1 de marzo se presentaron en el Ministerio Público del municipio de Santiago Tianguistenco, al que pertenece la pequeña localidad rural de San Pedro Tlaltizapan, la primera respuesta que les dieron fue que no regresaran hasta que hubieran transcurrido tres días (72 horas), a pesar de que, según consta en la web de la propia Fiscalía mexiquense, la atención ante una denuncia de este tipo debe ser rápida e inmediata.  

Además, en el MP los instaron a que ellos mismos fueran a buscar a su hijo en los hospitales, centros de detención, comisarías, y hasta los depósitos de cadáveres del Estado de México, una de las entidades más laberínticas y pobladas del país. 

“Fuimos a ese MP en busca de orientación. Para preguntarles desesperados qué podíamos hacer, cómo nos podían ayudar. Y su respuesta fue, literal, váyanse a buscar entre los cadáveres”, cuenta angustiada Araceli.  

Pero la familia no se quedó de brazos cruzados. Repartieron cientos de carteles con la fotografía de Raúl y el emblema ‘¡Hasta encontrarle!’, movilizaron a los vecinos de San Pedro y de poblaciones vecinas, y hasta comenzaron a investigar los contactos de las personas que estuvieron la noche del sábado 27 de febrero con su hijo en la casa que visitó, y a rastrear el celular del joven. Y toda esa información la pusieron a disposición de la Fiscalía Especializada en Desaparición de Personas, con sede en Toluca, donde finalmente Araceli puso la denuncia y dio su declaración. 

Sin embargo, a pesar de que interpuso la denuncia el martes 2 de marzo, hasta este miércoles 10, más de una semana después, la familia aun no tiene constancia de que los testigos hayan declarado para esclarecer los hechos, o para al menos aportar alguna pista, ni tampoco han analizado sus teléfonos, ni el de Raúl, ni han informado sobre la petición hecha a la compañía telefónica sobre cuál fue la última antena a la que se conectó el celular del joven de 21 años.  

“Ya se perdieron horas vitales para la búsqueda con vida de mi sobrino”, sentencia Gezzer, que dice que, aunque si bien es cierto que la Secretaría de Seguridad Pública estatal puso a disposición un helicóptero el sábado pasado, de nada sirven esos recursos si detrás no hay una investigación de la Fiscalía que encauce las labores de búsqueda hacia puntos concretos, o que al menos permitan reducir el rango de búsqueda. 

“Te pongo un ejemplo: llevamos días enfocados en peinar esta zona donde encontramos la playera. ¿Pero y si el celular de mi sobrino se conectó por última vez a una antena ubicada a diez kilómetros de distancia? -se pregunta Gezzer-. Entonces, lo que pasaría es que, por mucho helicóptero prestado, la búsqueda aquí no habría servido de nada. Por eso estamos buscando a ciegas”, lamenta el también diseñador de Software, que recalca que no están pidiendo “ningún trato especial” a la Fiscalía, ni a las autoridades.  

“Solo estamos pidiendo que hagan su trabajo”, insiste. “Que agilicen todos sus protocolos y la burocracia. Que nos ayuden a localizar a mi sobrino”. 

Hasta encontrarlo 

Ya son las dos de la tarde. Varias camionetas de pobladores de San Pedro Tlaltizapan llegan con más mujeres y hombres que descienden de los vehículos con largas varillas de hierro, rastrillos, y con machetes y hoces para cortar la maleza y así ayudar a las canoas a seguir escudriñando el fondo fangoso.  

“Tranquila, tu hijo no está aquí”, comenta una mujer menuda, de rostro curtido y agrietado por los años y el trabajo rudo al sol, mientras Araceli la escucha entre esperanzada y angustiada, y con el corazón permanentemente agitado cada vez que oye a los balseros lanzar algún grito para que les pasen un machete, o para que alguien les tire una botella de agua con la que combatir el intenso calor de la jornada.  

Foto: Carlo Echegoyen.

“Cada día me despierto pensando en qué otra cosa diferente podemos hacer para seguir buscando a mi hijo, para encontrarlo con vida”, murmura la mamá de Raúl, que no cesa de recibir en su teléfono mensajes de gente voluntaria que le pregunta en qué pueden ayudar, o cuándo es la siguiente brigada de búsqueda, o que simplemente le mandan palabras de aliento. 

Cerca de ella, su esposo Raúl, que viste una playera negra, un pantalón tejando, y unas botas camperas, permanece con una rodilla puesta en la orilla de la ciénaga, como si estuviera estudiando la superficie de aguas estancadas. A su alrededor el silencio es hermético. Solo se escucha el zumbido del minúsculo dron sobrevolando el canal, el rumor del aire rozándose con los altos cañaverales quemados, y el chapoteo de los remos de los balseros removiendo el cieno.  

A unos pocos kilómetros de distancia, dice apuntando con la barbilla a un cerro cercano, él y su hijo salían a correr a menudo como parte del entrenamiento del joven, campeón nacional en 2014 de Taekwondo, y ganador de medallas de todos los metales y colores desde que en 2005, con tan solo cinco años, comenzó a practicar este arte marcial.  

Foto: Carlo Echegoyen.

“A mi hijo le encanta el deporte”, comenta Raúl con una sonrisa franca, orgullosa. Y también le gustan los libros, la literatura. Tanto, que en su mochila siempre carga algún ejemplar, como Así habló Zaratustra, de Nietzsche, o la biografía de Steve Jobs, el gurú de la tecnología, la otra pasión de Raúl, que es estudiante de Desarrollo de Software en la Universidad Autónoma del Estado de México. 

Tras la sonrisa emanada por el recuerdo tan cercano y vivo de su hijo, Raúl regresa la mirada al canal. Ya han pasado varios días desde la desaparición, reconoce, “y la mente no sabe qué hacer: si luto o esperanza”. Pero la decisión es inamovible, asegura: presionarán lo que sea necesario para que las autoridades hagan su trabajo, y seguirán buscando a Raúl hasta encontrarlo.

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La Mona Lisa: el detalle oculto que revela un nuevo significado del cuadro de Leonardo da Vinci

La pintura de 1503 de Leonardo da Vinci es la obra de arte más famosa del mundo. Kelly Grovier explora un objeto que suele ser pasado por alto y que ofrece una perspectiva diferente de la obra maestra.
2 de marzo, 2021
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Museo del Louvre

Getty Images
La Gioconda es una de las joyas del Museo del Louvre en París.

Algunas cosas son tan obvias que nunca las notas.

Y eso ocurre en una imagen omnipresente como la Mona Lisa.

El inagotable retrato de Leonardo da Vinci de 1503 protagonizado por Lisa del Giocondo, mujer de 24 años, madre de cinco hijos y esposa de un rico comerciante de seda florentino, es sin duda la obra de arte más famosa del mundo.

Sin embargo, ¿cuántos de nosotros hemos notado alguna vez conscientemente el objeto del cuadro que está más cerca de nosotros que cualquier otro: la silla en la que se sienta la misteriosa mujer?

No importa que sea lo único que la modelo de Leonardo agarra con su mano (literalmente todos los dedos de su mano la tocan o señalan), la silla seguramente debe ser el aspecto que más pasa desapercibido de una pintura que ha sido sobreobservada.

Escondida a simple vista, también puede ser la flecha que nos señala el camino hacia los significados más profundos de la obra.

Más allá de la sonrisa

Durante siglos, nuestra atención se ha centrado en gran medida en otro lugar en el pequeño panel de óleo sobre álamo (77×53 centímetros) que Da Vinci nunca terminó por completo y con el que se cree que continuó jugando obsesivamente hasta su muerte en 1519.

Museo del Louvre

Getty Images
La Gioconda es una de las obras más vistas y fotografiadas, pero aún guarda muchos misterios.

La preocupación por la sonrisa inescrutable de Mona Lisa es casi tan antigua como la pintura, y se remonta al menos a la reacción del legendario escritor e historiador renacentista Giorgio Vasari, que nació pocos años después de que Da Vinci comenzara a trabajar en la imagen.

“La boca, con su abertura y sus puntas unidas por el rojo de los labios a los tintes de la carne del rostro”, observó Vasari en sus célebres “Vidas de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos”.

“Parecían, en verdad, no ser colores sino la propia piel (…) en el fondo de la garganta, si uno lo miraba con atención, se podía ver el latido del pulso”.

Y concluyó: “En esta obra de Leonardo, había una sonrisa tan agradable que era algo más divino que humano de contemplar, y se consideraba como algo maravilloso, en el sentido de que era algo vivo”.

El fascinante misterio de la sonrisa de Mona Lisa y de cómo Leonardo la aprovechó mágicamente para crear “algo más divino que humano” y, sin embargo, “nada más y nada menos que con vida” resultaría ser demasiado intenso para muchos.

La Gioconda

Getty Images
La sonrisa es lo más estudiado, pero sus manos también guardan secretos.

El crítico de arte francés del siglo XIX Alfred Dumesnil confesó encontrar la paradoja de la pintura completamente paralizante.

En 1854, afirmó que la “sonrisa está llena de atracción, pero es la atracción traidora de un alma enferma que retrata locura”.

“Esta mirada, tan suave pero ávida como el mar, devora”.

Si hay que creer en la leyenda, la “atracción traicionera” de la sonrisa irresoluble de la Mona Lisa consumió también el alma de un aspirante a artista francés llamado Luc Maspero.

Según el mito popular, Maspero, quien supuestamente terminó sus días al saltar desde la ventana de su habitación de hotel en París, fue conducido a una distracción destructiva por los susurros mudos de los labios absortamente alegres de la Gioconda.

“Durante años he luchado desesperadamente con su sonrisa”, se dice que escribió en la nota que dejó. “Prefiero morir”.

Las manos y los párpados

Sin embargo, no todo el mundo se ha contentado con localizar el centro de la mística magnetizante de la Mona Lisa en su enigmática sonrisa.

El escritor victoriano Walter Pater creía que era la “delicadeza” con la que se pintan sus manos y párpados lo que nos paraliza e hipnotiza haciéndonos creer que la obra posee un poder sobrenatural.

“Todos conocemos el rostro y las manos de la figura”, observó en un artículo sobre Da Vinci en 1869, “en ese círculo de rocas fantásticas, como en una tenue luz bajo el mar”.

Pater procede a meditar sobre la Mona Lisa de una manera tan singularmente intensa que en 1936 el poeta irlandés William Butler Yeats se vio obligado a tomar una frase de la descripción de Pater, dividirla en versos libres e instalarlos como poema de apertura en el Oxford Book of Modern Verse que Yeats estaba compilando entonces.

El pasaje que Yeats no pudo evitar replicar comienza: “Es más vieja que las rocas entre las que se sienta; como el vampiro, ha muerto muchas veces y ha aprendido los secretos de la tumba; se ha sumergido en mares profundos, y guarda sus últimos días en torno a ella; traficó por redes extrañas con comerciantes orientales, y, como Leda, era la madre de Helena de Troya, y, como Santa Ana, la madre de María; y todo esto fue para ella como un sonar de liras y flautas “.

El retrato “vive”, concluye Pater, “en la delicadeza con que ha moldeado los rasgos cambiantes y teñido los párpados y las manos”.

Manos de la Gioconda

Getty Images
Todos los dedos de la Mona Lisa o tocan la silla o la señalan.

La descripción de Pater aún asombra. A diferencia de Dumesnil y del desafortunado Maspero antes que él, Pater ve más allá de la trampa seductora de la sonrisa del retrato.

Se fija en una vitalidad más grande que se filtra como desde lo más profundo de la superficie.

Al argumentar que la pintura representa una figura suspendida en una incesante lanzadera entre el aquí y ahora y algún reino de otro mundo que se encuentra más allá, Pater señala la esencia mística del atractivo perenne del cuadro: su sentido surrealista de flujo eterno.

Al igual que Vasari, Pater es testigo de una presencia que late y respira -“características cambiantes”- que trasciende la materialidad inerte del retrato.

El agua

La clave de la fuerza del lenguaje de Pater es la insistencia en las imágenes acuáticas que refuerzan la fluidez del ser esquivo de la modelo (“luz tenue bajo el mar”, “sumergida en mares profundos” y “traficó… con comerciantes orientales”), como si la Mona Lisa fuera una fuente inagotable de agua viva, una ondulación interminable en los remolinos sin fin del tiempo.

Quizás lo sea. Hay motivos para pensar que tal lectura, que ve a la modelo como un manantial de eterno resurgimiento que cambia de forma, es precisamente lo que pretendía Leonardo.

Flanqueado a ambos lados por cuerpos de agua que fluyen y que el artista coloca ingeniosamente de tal manera que sugiere que son aspectos del ser mismo de su modelo, el sujeto de Da Vinci tiene una cualidad extrañamente submarina que se acentúa con el vestido verde algas.

La Mona Lisa usa una segunda piel anfibia que se vuelve más turbia y oscura con el tiempo.

La silla pozzetto

Al girar su mirada ligeramente hacia la izquierda para encontrarse con la nuestra, la Mona Lisa no está sentada en cualquier banco o taburete viejo, sino en la conocida popularmente como silla pozzetto.

Con el significado de “pozo pequeño”, el pozzetto introduce un sutil simbolismo en la narración que es tan revelador como inesperado.

Detalle de la cara de la Mona Lisa

Getty Images
La Mona Lisa es un paisaje en sí misma, dicen algunos expertos.

De repente, las aguas que vemos serpenteando con un movimiento laberíntico detrás de la Mona Lisa (ya sea que pertenezcan a un paisaje real, como el valle del río italiano Arno, como creen algunos historiadores, o enteramente imaginarias, como sostienen otros) ya no están distantes y desconectados de la modelo, sino que son un recurso esencial que sustenta su existencia. Literalmente fluyen hacia ella.

Al situar a la Mona Lisa dentro de un “pozo pequeño”, Da Vinci la transforma en una dimensión siempre fluctuante del universo físico que ocupa.

Martin Kemp, historiador del arte y destacado experto en Da Vinci, también ha detectado una conexión fundamental entre la representación de la Mona Lisa y la geología del mundo que habita.

“El artista no estaba retratando literalmente el Arno prehistórico o futuro”, afirma Kemp en su estudio “Leonardo: 100 hitos (2019)”, “sino que estaba dando forma al paisaje de la Mona Lisa sobre la base de lo que había aprendido sobre el cambio en el ‘cuerpo de la Tierra’ para que acompañara a las transformaciones implícitas en el cuerpo de la mujer como un mundo menor o microcosmos”.

La Mona Lisa no está sentada frente a un paisaje. Ella es el paisaje.

El significado del pozo

Al igual que con todos los símbolos visuales empleados por Leonardo, la silla pozzetto es multivalente y sirve más que simplemente para vincular a la Mona Lisa con la conocida fascinación del artista por las fuerzas hidrológicas que dan forma a la Tierra.

La sutil insinuación de un “pocito” en la pintura como el canal a través del cual la Mona Lisa emerge a la conciencia reposiciona la pintura por completo en el discurso cultural.

Este ya no es un retrato simplemente secular, sino algo espiritualmente más complejo.

Las representaciones de mujeres “en el pozo” son un elemento básico a lo largo de la historia del arte occidental.

Cristo y la Samaritana, de Duccio di Buoninsegna (1310-1311)

Getty Images
El símbolo del pozo es habitual, como en la obra “Cristo y la Samaritana”, de Duccio di Buoninsegna (1310-1311)

Las historias del Antiguo Testamento de Eliezer encontrándose con Rebeca en un pozo y de Jacob con Rachel en el pozo se hicieron especialmente populares en los siglos XVII, XVIII y XIX, ya que todos, desde Bartolomé Esteban Murillo hasta Giovanni Antonio Pellegrini, de Giovanni Battista Tiepolo a William Holman Hunt, probaron suerte con estas narraciones.

Además, las representaciones apócrifas de la Anunciación en el Nuevo Testamento (el momento en que el arcángel Gabriel informa a la Virgen María que dará a luz a Cristo) junto a un manantial fueron habituales entre los ilustradores de manuscritos medievales, e incluso pueden haber inspirado el retrato más antiguo que sobrevive de María.

Como emblema infinitamente elástico, como sugiere Walter Pater, la Mona Lisa es sin duda capaz de absorber y reflejar todas esas resonancias y muchas más. No hay nadie que ella no sea.

“Agua viva”

Pero quizás el paralelo más pertinente entre la Mona Lisa de Da Vinci y los precursores pictóricos es uno que se puede dibujar con las muchas representaciones de un episodio bíblico en el que Jesús se encuentra en un pozo manteniendo una conversación críptica con una mujer de Samaria.

La Gioconda

Getty Images
El agua es un elemento fundamental para entender la Mona Lisa, la gran obra de Leonardo Da Vinci.

En el Evangelio de San Juan, Jesús hace una distinción entre el agua que se puede extraer del manantial natural -agua que inevitablemente dejará a uno “sediento”- y el “agua viva” que él puede proporcionar.

Mientras el agua de un pozo sólo puede sostener un cuerpo perecedero, el “agua viva” es capaz de saciar el espíritu eterno.

Las notables representaciones de la escena del pintor italiano medieval Duccio di Buoninsegna y del maestro renacentista alemán Lucas Cranach el Viejo tienden a sentar a Jesús directamente en la pared del pozo, lo que sugiere su dominio sobre los elementos fugaces de este mundo.

Sin embargo, al colocar a su modelo metafóricamente dentro del pozo, Da Vinci confunde la tradición y sugiere, en cambio, una fusión de los reinos materiales y espirituales, una difuminación del aquí y del más allá, en un plano compartido de creación eterna.

En la apasionante narrativa de Da Vinci, la Mona Lisa es ella misma una milagrosa ola de “agua viva”, serenamente contenta al ser consciente de su propia e intensa infinitud.

Lee la historia original en inglés en BBC Culture.


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