Guardia Nacional ofrece un millón de pesos a víctimas para no investigar
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Un millón de pesos para no investigar: la oferta de la Guardia Nacional a víctimas

En algunos casos recientes de civiles muertos a manos del Ejército, la familia de la víctima es visitada por un integrante de Sedena o de la Guardia Nacional que le ofrece una cuantiosa indemnización.
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Jorge Alberto Rivera Cardoza, de 42 años, murió por disparos de la Guardia Nacional el pasado 8 de abril en Nuevo Laredo, Tamaulipas. Manejaba su vehículo muy cerca del puente internacional cuando recibió un balazo en la cabeza desde una patrulla que estaba en medio de una persecución. En el mismo hecho perdió la vida otra mujer, Martha Leticia Salinas Arriaga, que venía caminando cuando quedó atrapada por el coche de la primera víctima al chocar con otro. Los familiares de ambos recibieron una oferta por parte del cuerpo militar: si firmaban un convenio por el que renunciaban a que la Fiscalía General de la República (FGR) siguiera adelante con la investigación recibirían una compensación de un millón de pesos. 

Este procedimiento se ha repetido en los últimos casos de civiles muertos a manos del Ejército, como los dos asesinados en Nuevo Laredo en febrero y marzo o el guatemalteco tiroteado en Chiapas a finales del mes pasado. El sistema es el siguiente: la familia de la víctima recibe la visita de un integrante de la Secretaría de la Defensa (Sedena) o de la Guardia Nacional que le ofrece una cuantiosa indemnización. A cambio, la familia debe firmar un documento en el que renuncia a seguir el procedimiento en contra de los oficiales. 

En este caso la oferta fue de un millón de pesos aproximadamente, más los gastos funerarios y una partida extra para apoyo psicológico. 

“Me ofrecieron un millón para no poner denuncia”, dice Viridiana Promotor, de 35 años, viuda de Rivera Cardoza, con quien compartía dos hijos: Jorge Alberto, de 9 años, e Ilze Regina, de 6. 

Cuenta la mujer que tardaron tres días en entregarle el cuerpo de su esposo. Que el primero de ellos, cuando estaba en el Servicio Médico Forense (Semefo), apareció una persona uniformada que se identificó como miembro de la Guardia Nacional y otras tres que dijeron ser de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV). Dice que mantuvo varias reuniones y que terminó por firmar los documentos. 

Promotor asegura que no sabe ni qué firmó durante aquellos días, que estaba confundida. “Me dieron a entender que si les denunciaba yo iba a pisar la cárcel por denunciarles”, afirma. “En otro papel decía que no iba a proceder. Pero yo no traía cabeza. Y yo hice lo que ellos me dijeron que hiciera, porque pensaba que tenía que hacerlo para que me entregasen el cuerpo”, dice.

En un principio ambas familias suscribieron el convenio con las autoridades. Sin embargo, Promotor dice que se arrepintió después de enterrar a su esposo en el Panteón de Los Ángeles, ahí mismo en Nuevo Laredo. Le habían citado para recibir el cheque en las oficinas de la FGR, pero decidió no acudir. “Quiero que se haga justicia, que paguen los que lo hicieron”, afirma.

Animal Político consultó a la Guardia Nacional sobre el protocolo en casos en los que sus agentes provocan víctimas civiles y por qué se ofreció este dinero a los familiares, pero al cierre de la edición no había recibido respuesta. 

Fuentes extraoficiales conocedoras del procedimiento negaron que hubiese presiones para firmar el documento. Según estas fuentes, el proceso es el siguiente: en un primer momento son los funcionarios de la CEAV los que explican a la familia todas las opciones. La disyuntiva está entre aceptar la indemnización inmediata o seguir con la investigación, un proceso largo y desgastante. En caso de que acepten la oferta de los militares, estos aparecen para concretar los detalles. En el acuerdo también participa el facilitador de la FGR. Al final, los que firman son los familiares de las víctimas, la Fiscalía y el cuerpo militar responsable. En este caso, sin embargo, la FGR solo intervino en el acuerdo con la familia de la mujer, de Salinas Arriaga. Con los allegados de Rivera Cardoza el pacto lo suscribió únicamente la Guardia Nacional. 

No sabemos cuántos casos se han resuelto de este modo, ni cuánto dinero ha desembolsado Sedena o la Guardia Nacional o cuántos agentes han eludido una investigación. Animal Político documentó que Sedena indemnizó a 187 víctimas en los últimos diez años a través de un procedimiento opaco que evitaba la intervención de otras instituciones. 

“La ley dice que tienen derecho a la verdad, la justicia y la reparación. Nunca vi un caso así. No se debería permitir que fuese así”, asegura Michael Chamberlin, exdirector de Vinculación y Reparaciones Colectivas de la Ceav. “En mi experiencia se tienen discusiones con Marina y Ejército sobre a quién le toca pagar, pero nunca a cambio de no seguir una investigación”, asegura.

“No andaba en nada malo”

“En vez de ayudar nos están matando a nuestros familiares, que son personas inocentes. Mi esposo no andaba metido en nada malo”, dice Promotor. En el momento en el que su esposo fue asesinado apareció junto a su vehículo una bolsa con radios, algo de droga y un arma. Testigos del suceso aparecieron en diversos videos denunciando que la Guardia Nacional los había sembrado. Estos mismos pobladores confrontaron a los agentes que se encontraban en el lugar y realizaron protestas contra la impunidad de los uniformados. La FGR nunca dijo qué hacía el arma y la droga ahí en el suelo. 

En esto también el caso se parece a otros anteriores ocurridos en Nuevo Laredo. A Javier, de 26 años y asesinado por militares en febrero, los uniformados también le acusaron de estar armado. Jacob, de 20, murió tiroteado cuando acompañaba a su esposa a hacerse una ecografía. Los soldados hablaron de una agresión previa. A Elvin Mazariegos, el guatemalteco de 30 años que fue tiroteado a unos kilómetros de la frontera en Chiapas, también quisieron acusarlo de sacar un arma. Hasta que el propio secretario de la Defensa, Luis Crescencio Sandoval, reconoció que había sido un error de un soldado. 

En este caso, la mujer de Rivera Cardoza se pregunta que por qué iban a querer indemnizarle si su esposo tenía culpa de algo. Así que decidió seguir adelante por la vía judicial a pesar de lo que había firmado. Puso el caso en manos del Comité de Derechos Humanos de Nuevo Laredo y confía en que se presenten pruebas que sirvan para saber qué agente disparó y por qué.

Aunque ahora su gran preocupación es saber cómo saldrá adelante. Rivera Cardoza trabajaba en una oficina de tramitación aduanera muy cerca del lugar en el que lo mataron y él era el que llevaba el dinero a la casa. Por el momento recibe ayuda de la familia de su esposo. “Tengo que poner en orden todo, pensar en qué hacer y cómo hacerle”, dice. Por ahora sus hijos están con las clases en línea, pero ella tendrá que empezar a trabajar y no quiere dejarlos solos. “Tengo que buscar la manera de cómo sobrevivir”, dice.

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Luego tocará hacer frente al luto. El suyo y el de sus hijos. “Me tiene afectada en la cuestión de por qué. Cómo, si él no andaba en cosa mala. No hay explicación, no puedo dar una respuesta”, dice. 

Nuevo Laredo lleva años marcado por la violencia, tanto del crimen organizado (este es el feudo del Cartel del Noreste, una escisión de Los Zetas) como de las fuerzas estatales. 

La semana pasada, 30 marinos fueron vinculados a proceso por la desaparición forzosa de cuatro personas en 2018. La Unidad de Operaciones Especiales de la Semar está en el punto de mira de 34 carpetas de investigación abiertas por la FGR por 47 casos de desaparición, de los que al menos 12 aparecieron muertos. 

Con la marcha de la Marina del municipio fronterizo a mediados de 2019 no cesó la violencia. En los últimos dos años el Comité de Derechos Humanos de Nuevo Laredo tiene documentadas al menos nueve ejecuciones extrajudiciales por parte del ejército. Estas son las primeras víctimas que se atribuyen a la Guardia Nacional. 

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Wilson: la rara enfermedad que convirtió mi cerebro de 30 años en uno de 70

La periodista Carolina Roatta cuenta su historia con la rara enfermedad de Wilson. Se trata de "una rareza genética" que impide al cuerpo procesar o digerir el cobre.
6 de abril, 2022
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El paso del tiempo suele ser evidente en nuestro cuerpo cuando aparecen arrugas y canas, también cuando los músculos se desmarcan y los dientes se oscurecen.

Lo que le pasa a nuestro cerebro, en cambio, suele notarse menos.

Pero, ¿Qué pasaría, si ocurre lo contrario?

La periodista Carolina Roatta se enfrenta a una enfermedad rara que afectó su cerebro al punto de envejecerla el doble, aún cuando su cuerpo es joven.

BBC Mundo cuenta su historia:


Cuando cumplí 32 años me sentía la reina del mundo.

Era noviembre de 2012. Había terminado mi tesis de maestría y estaba de regreso a la soltería. Dictaba clases en una universidad y acababa de conseguir el trabajo de mis sueños como periodista.

El día que fui a firmar el contrato laboral, llegué tan segura de mí misma que logré controlar el temblor que tenía en mis manos desde hacía un tiempo.

Esa firma fue lo último que pude escribir.

El diagnóstico de Wilson

Empecé a temblar cada vez más fuerte. Primero mis manos y brazos se batían como alas de mariposa, luego les siguieron mi cabeza y mis piernas.

Opté por modificar mi rutina. Dejé de usar blusas de abotonar y zapatos de amarrar, me hice amiga de los pitillos y hasta llegué a contratar a un asistente para que escribiera por mí.

En algún punto también empecé un diario en audio para registrar todo lo que me pasaba.

Resistí como pude, pero al cabo de seis meses la situación se hizo insostenible.

Pasé por varias citas médicas que duraban 15 minutos. Es lo normal. En el sistema de salud colombiano, hay que pasar por un médico general para que éste ordene exámenes o remita al paciente a consulta con algún especialista.

En medio de eso me vio un neurólogo primerizo que me diagnosticó erróneamente con temblor esencial y me mandó unos medicamentos para esa condición. Esa medicina me relajaba, pero no me quitaba el temblor.

Irónicamente, después de haber consultado médicos, psicólogos, neurólogos, fue una médica bioenergética la que pensó en ordenarme un examen que mostrara imágenes de mi cerebro.

Mi papá y mi mamá me acompañaron al examen de resonancia electromagnética. Al otro día, mientras esperábamos los resultados, el técnico llamó preguntando si en mi trabajo manipulaba químicos. Las imágenes mostraban que mi cerebro estaba intoxicado.

El resto de mi familia prendió las alarmas. Me ayudaron a conseguir una consulta privada con un neurólogo reconocido. No fue barato, pero por primera vez sentí que alguien entendía lo que pasaba.

La cita duró tres horas, el doctor me hizo todo tipo de pruebas: debía tocarme la punta de la nariz con el dedo índice, dibujar un espiral, hacer marionetas con las manos, sostenerme en un solo pie. En todas me rajé y terminé sudando como si hubiese corrido una maratón.

Fue como haber perdido el examen de admisión al kínder, pero con un diagnóstico como premio de consolación.

Gracias a la cita y otros exámenes especializados, el neurólogo confirmó que tengo la enfermedad de Wilson. Es una rareza genética que lleva el nombre del neurólogo que la investigó, Samuel Alexander Kinnear Wilson, e impide que mi cuerpo pueda procesar o digerir el cobre.

¿Cobre? ¿el mismo metal naranja que hay en los cables?

Sí, el mismo.

Resulta que el cobre es un elemento que nos ayuda a tener nervios y huesos sanos, también contribuye con el colágeno y la melanina en la piel. El cuerpo humano no lo produce, pero lo adquiere por medio de un montón de alimentos.

Lentejas, almendras, chocolate, aguacate, langosta.. La lista sigue.

El cuerpo descompone esos alimentos, el hígado procesa el cobre que le sirve y elimina el que no necesita, usualmente por la orina.

El problema es que quienes sufrimos de Wilson, en vez de procesar y digerir el cobre, lo acumulamos hasta que el cuerpo no resiste más y colapsa. Lo usual es que el hígado sea el más afectado, después el cerebro, los ojos y los riñones.

Pero mi caso es aún más raro. A pesar de llevar 32 años acumulando cobre, mi hígado estaba sano. Mi cerebro, en cambio, envejeció el doble. El neurólogo dijo que parecía el de una persona de 70 años.

También tenía un aro de cobre alrededor de las pupilas de mis ojos, otro signo típico de la enfermedad.


Sobre la enfermedad de Wilson*:

  • La mayoría de las personas son diagnosticadas entre los 5 y los 35 años, pero también puede afectar a personas más jóvenes y mayores.
  • La enfermedad está presente al nacer, pero los signos y síntomas no aparecen hasta que el cobre se acumula en el cerebro, el hígado u otro órgano.
  • Los signos y síntomas varían según las partes del cuerpo afectadas por la enfermedad. Pueden incluir: Fatiga, falta de apetito o dolor abdominal – Una coloración amarillenta de la piel y el blanco de los ojos (ictericia) -Decoloración de los ojos de color marrón dorado (anillos de Kayser-Fleischer) – Acumulación de líquido en las piernas o el abdomen – Problemas con el habla, la deglución o la coordinación física – Movimientos incontrolados o rigidez muscular.
  • Para padecer la enfermedad se debe heredar una copia del gen defectuoso de cada progenitor. Si se recibe un solo gen anormal no se padece la enfermedad, aunque la persona se considerará portadora y es posible que sus hijos hereden el gen.
Un ojo con un aro de cobre alrededor

CRMR Wilson Paris
El aro de cobre en los ojos es uno de los síntomas de Wilson

Enferma de por vida

Ahora debía someterme a una desintoxicación. El tratamiento consiste en tomar durante toda la vida un medicamento quelante que literalmente “pela” el cobre que se acumula en los órganos para después eliminarlo a través de la sangre y la orina.

El médico me explicó que pasaría un tiempo antes de mejorarme, sin precisar si serían meses o años. Me recomendó no mirar Internet para no asustarme y precisó que de pronto los síntomas se agravarían durante el inicio del tratamiento.

Llegué a creer que iba a ser breve y que en poco tiempo retomaría mis actividades. La realidad es que en mi cotidianidad parecía una especie de “bebé grande”.

Pasé de ser una mujer super autónoma a depender de otros en cada aspecto de mi vida. Lo entendí poco después del diagnóstico, cuando mi mamá tuvo que ayudarme a lavar los dientes porque yo ya no podía. Recuerdo perfecto que mis ojos se llenaron de lágrimas cuando abrí mi boca y ella cuidadosamente comenzó a limpiar con el cepillo.

Lloraba porque sentía que ya no tenía dignidad. No podía ser una adulta, un individuo, una persona. Así me sentía cada vez que requería de su ayuda: me limpiaba cuando orinaba, me bañaba, me ayudaba a cambiarme la toalla higiénica cuando tenía la regla, me vestía.

Después de casi un año había llegado al límite de incapacidades médicas permitidas. No mostraba mejoría. El siguiente paso era que me dieran una pensión por invalidez. Al principio me sonaba hasta atractivo: tener 32 años, un salario de por vida, y poder dedicarle tiempo a mis hobbies.

Pero el espejismo tenía otra cara: ser así de joven y sentirme inútil, descartada para el mundo laboral, relegada y sentenciada a ganar un salario mínimo en Colombia, que para ese entonces era como 150 dólares americanos. Una cifra que, igual, me condenaba a depender de otros.

Carolina Roatta

Carolina Roatta
Carolina Roatta

El privilegio

Estaba lejos de imaginarme que Roatta, mi apellido, me salvaría. Mi familia paterna es francesa y gracias a esa herencia, yo recibí la doble nacionalidad, pude estudiar en un colegio bilingüe y hablo el idioma.

Por eso Francia empezó a sonar como una opción cuando entendimos que en Colombia no podía hacer nada más que esperar y depender sin mucha esperanza.

Una de mis hermanas ya vivía allá, se puso a investigar y encontró un centro de referencia en la enfermedad de Wilson que está ubicado en París.

Mis padres, mi hermana menor y yo decidimos emigrar para juntarnos con ella. Fue una decisión difícil, pero necesaria.

En el CRMR Wilson hay un equipo de especialistas que nos dio todas las respuestas. Como Wilson es una enfermedad genética, lograron diagnosticar a mis dos hermanas antes de que los síntomas aparecieran.

Las tres tenemos citas de seguimiento, con exámenes incluidos, cada seis meses. También tenemos acceso privilegiado a medicamentos y yo recibo una ayuda económica para compensar mi situación de discapacidad.

Desde que llegamos, a finales de 2014, estoy intentando crearme una nueva vida. Ha habido avances. Ahora tiemblo mucho menos, el aro de mis ojos desapareció y volví a ser totalmente autónoma.

Han sido ocho años en proceso de aceptación de mi diferencia: enferma, rara, mitad colombiana, desempleada y ahora con 40 años. Nada fácil. Intenté varios proyectos laborales pero no progresaron. Intenté varios proyectos amorosos y de vida en pareja pero tampoco funcionaron.

Hoy sigo en modo construcción. Estoy haciendo una nueva Maestría (mi revancha porque en Colombia nunca pude sustentar la tesis y nunca me dieron el diploma), tengo un nuevo amor, cambié el proyecto de tener hijos por el de tener gatos y me mudé a una ciudad cerca al mar, luego de aceptar que París es muy dura para vivir cuando eres vulnerable.

Pero claro, el desenlace de mi historia también es una rareza. Que yo tenga diagnóstico, tratamiento y acompañamiento, está lejos de ser la norma para quienes se encuentran en los países de América Latina.

En Colombia tuve suerte: La enfermedad de Wilson aparece en la lista de enfermedades raras del Ministerio de Protección Social, gracias a los esfuerzos de la Federación Colombiana de Enfermedades Raras (Fecoer), y por fortuna para el bolsillo de los pacientes, uno de los medicamentos está cubierto por el sistema de salud público.

El problema, en ese caso, es que las personas sean diagnosticadas a tiempo, por eso obtener estadísticas sobre el número de casos es difícil, aunque desde 2020 ha habido progresos gracias a un equipo de la Universidad de Antioquia.

Si yo no hubiera tenido cómo consultar a un especialista que conocía la enfermedad, es muy probable que ya hubiera muerto y mi familia aún estuviera buscando respuestas.

He sido consiente de mi privilegio y tengo mi lado activista, por eso desde que llegué a Francia me vinculé como voluntaria con la asociación de pacientes de Wilson y ahora soy la Presidenta.

Carolina Roatta con su bicicleta

Carolina Roatta
Carolina hoy vive en Francia, en donde recibe tratamiento completo

Esta red de apoyo es lo que me ha mantenido en pie. En ella he podido seguir compartiendo lo que sé hacer: comunicar, crear lazos, ayudar, empoderar a los pacientes y a sus familiares.

También milito para que en otras partes del mundo, incluida Latinoamérica, un diagnóstico rápido, el acceso al tratamiento y un seguimiento de calidad, sea posible.

Durante un tiempo gestioné un grupo en Facebook para conectar con pacientes hispanoparlantes.

Hubo mucha interacción, incluso me contactaron varias personas a mi cuenta personal, una de Cuba, una asociación de Costa Rica, otra paciente de Chile, una de Argentina, dos de Colombia. Todas con historias durísimas de falta de acceso a los medicamentos y larga espera para el trasplante de hígado, la solución extrema en los peores casos de Wilson.

Tres de esos pacientes murieron mientras estábamos en contacto.

La experiencia que más me marcó fue una mujer de Perú. Su esposo tenía la enfermedad y falleció a comienzos de la pandemia.

Durante varios meses no tuvieron acceso al medicamento y murió mientras esperaban un trasplante. La acompañé vía messenger durante tres días mientras su esposo agonizaba, con la tristeza de saber que los finales felices de pacientes con Wilson son más raros que la misma enfermedad.


* Fuente: Mayo Clinic

Si tienes dudas sobre esta enfermedad, necesitas orientación, o si eres un profesional de salud interesado en crear una red de apoyo en América Latina, puedes escribir a:[email protected]


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https://www.youtube.com/watch?v=YVLbq0MczGc

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