Militares que dispararon a Javier y Jacob siguen libres y sin acusación
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Los militares que dispararon contra Javier y Jacob están identificados, pero siguen libres y sin ser acusados

Javier y Jacob son dos de las 10 personas muertas a manos del Ejército en Nuevo Laredo durante los últimos meses, según el Comité de Derechos Humanos del municipio. No hay militares detenidos ni formalmente acusados por sus casos.
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Javier, de 26 años, fue asesinado en Nuevo Laredo, Tamaulipas, el 27 de febrero. Salió de casa junto a tres amigos después de pasar la tarde en familia, pero fue acribillado por disparos del ejército. Los militares que apretaron el gatillo reconocieron su responsabilidad ante la Fiscalía General de la República (FGR), aunque se excusaron afirmando que la víctima iba armada y les había atacado. Las pruebas efectuadas por el Ministerio Público desmintieron esta versión. A pesar de que han transcurrido más de un mes desde aquel homicidio los uniformados siguen en libertad y sin que se haya formalizado una acusación en su contra.

“No puede ser que sigan libres. Estamos pidiendo justicia para que paguen por lo que hicieron. Yo antes pensaba que el ejército estaba para protegernos”, dice su viuda, Angélica, de 26 años.

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En los últimos meses se han registrado al menos diez muertes a manos del Ejército en Nuevo Laredo, según datos de Raymundo Ramos, presidente del Comité de Derechos Humanos del municipio tamaulipeco. Los últimos casos son el asesinato de Javier, ocurrido en febrero, y la de Jacob Rodríguez, de 21 años, tiroteado el 10 marzo cuando acudía con su esposa embarazada para realizar una ecografía, según reveló El Universal. No hay un solo militar detenido ni encausado por estos hechos.

A esta serie de asesinatos se le suma la muerte de dos personas tras recibir disparos de la Guardia Nacional el pasado 8 de abril.

Javier era comerciante, trabajaba con su hermano en una boutique donde vendían ropa y zapatos. Le gustaba el fútbol, era seguidor del América y pasaba los fines de semana viendo películas y series con su esposa Angélica. Apenas hace ocho meses habían sido padres y su plan era ver crecer a la familia. Todo se vino abajo el 27 de febrero, cuando los soldados dispararon contra el vehículo en el que viajaba el joven y acabaron con su vida. 

“Este es un dolor muy fuerte. Él siempre fue responsable con su familia. Teníamos el anhelo de ver crecer a nuestro niño y nos lo arrebataron”, dice Angélica.

El relato de los hechos según el parte de los militares fue que alguien les atacó desde el vehículo en el que viajaba la víctima con otros tres amigos y que ellos se limitaron a repeler la agresión. Según esta narrativa, que quedó por escrito en el parte adjunto a la carpeta de investigación, en el coche se incautó un arma larga y varios cargadores. Sin embargo, el MP realizó pruebas de radizonato de sodio, que determinan si alguien disparó un arma por los restos de pólvora que quedan en las manos, y dieron negativo. Es decir, ahí solo apretaron el gatillo los militares.

En su declaración, el cabo Ranulfo Citlalan Martínez y el soldado José María Ortiz reconocieron haber disparado hacia las llantas del coche, aunque siempre argumentando que fue en defensa propia. El teniente Alejandro González Leyva, que estaba al frente del operativo, negó haber usado su arma. 

Tras probarse que nadie les había agredido habrá que determinar de dónde salió el arma que dicen los soldados que incautaron en el coche. Los tres sobrevivientes aseguran que se la sembraron y, de hecho, uno de ellos fue detenido y posteriormente puesto en libertad ya que el juez no creyó en la versión del ejército. 

“Le sembraron un arma y no quisieron ayudarle cuando estaba herido. ¿No tienen sentimientos?”, dice Angélica. Su esposo estuvo 35 minutos con constantes vitales después de recibir dos balazos. Ella cree que si la hubieran conducido rápidamente al hospital quizás hubiese logrado salvar la vida.

Además de las pruebas realizadas por el MP que descartan la agresión previa existe otro dato relevante que muestra la responsabilidad del Ejército. Días después de los hechos, una delegación castrense visitó a Angélica y le ofreció una indemnización y hacerse cargo de los gastos funerarios. Según le dijeron, aceptar la ayuda no implicaba desistir del proceso penal. Pero ella no se fía y rechazó el ofrecimiento. 

Animal Político se puso en contacto con la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) para recabar su versión de los hechos, pero al cierre de la edición todavía no había recibido respuesta. No obstante, este es un procedimiento habitual cuando el ejército provoca víctimas civiles. Al menos en 187 casos se firmaron acuerdos de confidencialidad a cambio de indemnizaciones. Angélica no sabe qué le hubiesen ofrecido firmar, porque dijo que no desde el principio y ni siquiera llegó a ver los documentos. 

La FGR ha abierto una carpeta de investigación por la muerte de Javier. Pero Angélica no comprende cómo cuando dos militares ya han reconocido que dispararon todavía no han sido formalmente acusados. 

“No buscamos venganza, sino que se haga justicia. No hubo motivo para la agresión que sufrieron”, dice Carlos Aguilar. 

Está previsto que los dos militares que apretaron el gatillo testifiquen esta semana ante la FGR. Esta será una oportunidad para que se formalice la acusación. El miedo de los allegados de la víctima es que, como en otros casos, la muerte de Javier quede impune.

Es un temor que comparte Paulina González, madre de Jacob, de 20 años, muerto a tiros el 10 de marzo, también en Nuevo Laredo. El joven viajaba en una camioneta junto a su esposa Elena, embarazada de seis meses cuando recibieron varios disparos. A pesar de que se encontraban a tres cuadras de la Cruz Roja, la víctima fue trasladada al Hospital General, mucho más lejos, donde falleció horas después. Al igual que en el caso de Javier, el relato de los hechos de los militares habla de una agresión previa de la que la familia de Jacob no tiene conocimiento.

Lee más: “Dispararon sin importarles que dejara hijos huérfanos”: familia de guatemalteco asesinado por militar

Jacob era un joven dedicado al transporte. Durante años había trabajado en Estados Unidos y su sueño era cumplir los 21 años para sacar el permiso que le permitiese trabajar como trailero, siguiendo la tradición familiar. El cierre de frontera decretado por la pandemia de COVID-19 le impidió seguir cruzando al norte así que en los últimos meses trabajaba con su madre en un negocio de compraventa de coches.

“Vivía para trabajar. Le gustaba mucho la mecánica, tenía muchos sueños e ilusiones”, dice Paulina, que todavía no asume la muerte de su hijo. 

La mujer sigue dando vueltas a los últimos minutos de vida de Jacob. En el hospital, dice, estaba siendo muy bien atendido. De hecho, los doctores le dijeron que habían conseguido estabilizarlo y que iban a llevarlo a quirófano. Sin embargo, llegó una patrulla de la Guardia Nacional y, según su relato, todo cambió. “Dejaron de atenderle y murió”, asegura. 

La investigación tampoco ha dado resultados hasta el momento. Y eso que, según dice Paulina, el MP que la atendió le dijo que ya tenían identificado al soldado que había apretado el gatillo. Sin embargo, le hizo una oferta que la dejó descolocada. “Me preguntó si me daba 300 mil pesos o le mandaba a la cárcel al soldado”, recuerda. “Tráeme al soldado, le mato un hijo y no me lo metes a la cárcel”, respondió, destrozada, la mujer. El agente de la FGR le respondió que eso era un delito. Y Paulina, rota, le dijo: “¿Y qué acaban de hacer? Mi hijo iba a hacer una eco a su señora”. 

La oferta era clara: si acepta los 300 mil pesos se comunicarían con ella los oficiales de la Sedena, pero tenía que renunciar a que el asesino de su hijo fuese castigado. 

Paulina lo que quiere es un imposible, que le devuelvan a su hijo. “Pensaba que al pasar los días me iba a ir tranquilizando, pero es al revés. Cada vez lo extraño más. Quiero a mi hijo conmigo. Lo extraño mucho. Pero eso nadie lo entiende”, dice entre lágrimas.

En Nuevo Laredo hay muchos antecedentes de impunidad entre cuerpos de seguridad. Por ejemplo, quedan pendientes las carpetas de investigación abiertas por la desaparición y muerte de 47 personas entre enero y junio de 2018, que son atribuidas a la Marina. A pesar de las evidencias en contra de marinos identificados ninguno ha sido detenido.

Recientemente el presidente Andrés Manuel López Obrador aseguró que el ejército no perpetraba violaciones a los Derechos Humanos. Y que estas, en caso de producirse, eran castigadas. Sin embargo, casos como los de Javier y Jacob mantienen el patrón de impunidad. A pesar de que los soldados que apretaron el gatillo están identificados todavía no hay sido detenidos ni vinculados a proceso.

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La joven chef que no podrá volver a comer

Loretta Harmes no ha probado un solo bocado en los últimos seis años, pero no ha perdido su pasión por la cocina.
19 de abril, 2021
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Loretta Harmes lleva seis años sin comer, pero no pierde su pasión por cocinar.

No puede ni probar sus recetas, pero aun así no para de ganar seguidores en Instagram, donde se presenta como nil-by-mouth foodie (algo así como la especialista gourmet que no come por la boca).

Loretta mastica una papa asada y saborea su interior esponjoso. Ella y su madre Julie se han encargado de prepararla a la perfección porque saben que será su última comida.

En cuestión de minutos, un dolor que ya conoce le exprimirá el estómago como se retuerce un paño de cocina, de la misma forma que le sucedía cada vez que bebía o comía algo.

Entonces se sentirá dolorosamente llena y enferma, como si su estómago estuviese a punto de estallar.

Sin embargo, Loretta elige ignorar el dolor y disfrutar el momento en la cocina de su familia, el lugar donde sus habilidades culinarias florecieron de pequeña.

“Sentarme a comer con mi mamá y mi hermana fue surrealista e increíble. Por una vez intentamos actuar como una familia normal”, dice Loretta.

Era el año 2015 y Loretta, con 23 años, ya había sobrevivido a base de alimentos líquidos durante años.

Casi nunca se sentó junto a su familia en la mesa. Incluso agarrar el tenedor y el cuchillo se sentía inusual, por no hablar de masticar la papa y el pollo sazonado con ajo y limón.

Loretta antes de ingerir su última comida.

Loretta Harmes
Loretta, antes de ingerir la última comida.

Pero en esta ocasión, un especialista del intestino le había pedido a Loretta que ingiriera comida sólida. Quería entender por qué cuando Loretta come sufre tal agonía y a veces pasa semanas o meses sin poder ir al baño.

Loretta se había desplazado ese mismo día al hospital St Mark’s en Londres para que le introdujeran un tubo naranja en la nariz hasta el intestino delgado y así revisar la función nerviosa de su sistema digestivo.

Finalmente, tras años de diagnósticos erráticos y mucha desconfianza, alguien investigaba sus problemas debidamente.

Pasión desde la infancia

Cuando era niña, Loretta y su nana Mavis replicaban las recetas de un concurso de comida de la televisión.

“Era la reina del horneo y sus tartas de cumpleaños eran legendarias“, dice Loretta.

“Mi hermana Abbie y yo nos peleábamos para ver quién lamía el recipiente de la tarta hasta dejarlo limpio”.

Una tarta de cumpleaños para Loretta.

Loretta Harmes
Loretta aprendió a cocinar gracias a su nana Mavis, de la que cuenta que hacía sabrosas tartas de cumpleaños.

Muchas de sus historias con la comida se mezclan con recuerdos cálidos y felices de su vida familiar.

Cada jueves, su familia entera acudía a casa de Mavis para comer.

Loretta recuerda con cariño sentarse a la mesa y cenar asados y mousse de frambuesa.

“Todos nos asegurábamos de que mi abuelo Eric no agarraba primero el recipiente con la salsa de la carne, porque entonces no quedaba nada para el resto de la familia”, evoca.

A los 11 años, Loretta cocinaba la cena para su familia cada martes, porque su mamá trabajaba hasta tarde.

Tenía un negocio de peluquería en el garaje y sus clientes se acostumbraron a que Loretta viniera de vez en cuando con una cuchara de madera con salsa para que la probara su madre.

Tenía rienda suelta en la cocina y me encantaba la idea de crear algo desde cero para que mi familia lo disfrutara”, relata.

Loretta desayunando en el jardín de Mavis.

Loretta Harmes
Desde pequeña Loretta gozó de libertad para ser creativa en la cocina.

Empezó replicando la pasta con tomate al horno de su madre, pero pronto se graduó haciendo pasteles y guisos. Las albóndigas y la ensalada de pollo eran los platillos favoritos de la familia.

En la secundaria ganó concursos de cocina, incluso ante estudiantes de más edad, y participó en competiciones regionales.

Mientras otros niños cocinaban pasta, Loretta preparaba lomo de cerdo marinado y estofado de ternera al estilo de Borgoña (boeuf bourguignon).

Su madre, Julie, dice que Loretta era y sigue siendo una cocinera desordenada. De esas que usa cada recipiente, sartén y utensilio en la cocina. Pero no le importaba porque veía cuánto lo disfrutaba su hija.

“Lo que más le gustaba era preparar algo con lo que sea que tuviera en los armarios de la cocina. Era muy creativa“, cuenta Julie.

A los 15 años Loretta sufrió anorexia, aunque dice que le duró menos de un año. En su adolescencia también aquejó problemas digestivos. Pero la mayor parte del tiempo seguía cocinando y comiendo felizmente.

Julie junto a sus hijas Abbie, a la izquierda, y Loretta, a la derecha.

Loretta Harmes
Julie junto a sus hijas Abbie, a la izquierda, y Loretta, a la derecha.

Problemas de salud

Al terminar la escuela, Loretta fue premiada con una plaza en una escuela culinaria de prestigio en Londres. Esperaba seguir los pasos de otros chefs famosos. Sin embargo, solo pudo completar uno de los tres años debido a su salud.

A los 19 años, los dolores la dejaban tumbada en cama.

“Las cosas empezaron a empeorar dramáticamente. No podía comer o ir al baño en absoluto y durante los cinco años siguientes se convirtió en una pesadilla de la que no podía despertarme”, dice.

La pesadilla comenzó con un doctor que estaba convencido de que la rápida pérdida de peso de Loretta solo podía deberse a un regreso de su anorexia.

Los servicios de salud mental pronto se involucraron y Loretta pasó más de dos años en unidades de trastornos alimenticios. Llegó a pesar 25 kilogramos.

Forzarse a sí misma a comer para ganar peso le pareció la única forma de abandonar ese círculo vicioso, incluso a expensas del dolor severo que se infligía.

Su desesperación a veces se transformaba en rabia y fue sancionada hasta tres veces bajo la ley de Salud Mental, por un total de 18 meses, para evitar que se fuera de los centros de salud.

“Les decía continuamente que la única razón por la que estaba deprimida era por mis dificultades en el intestino y estómago, pero no me creían”, explica. A su historial médico también se le añadió psicosis delirante.

Intentó suicidarse tres veces. Estaba desesperada por no encontrar tratamiento a su dolor.

La vida en las unidades era un ciclo sombrío e implacable de pesajes, análisis de sangre y alimentación.

Los pacientes visitaban la cocina para seis comidas al día: tres comidas principales y tres refrigerios.

Loretta trabajando en la cocina.

Amy Maidment
Loretta trabaja en varias recetas que comparte en su cuenta de Instagram.

Todas las comidas debían terminarse en un tiempo determinado. Les apagaban la radio cuando el tiempo se terminaba, y Loretta se quedaba mirando los restos de comida en el plato: fruta enlatada y yogur o vegetales hervidos con carne procesada.

Nadie más estaba autorizado a abandonar la mesa hasta que ella terminara, y cuenta que el personal y los pacientes la molestaban y acosaban para que se apresurara.

Después de cada comida, los pacientes debían pasar una hora en una sala común donde se les vigilaba de cerca para asegurarse de que no se deshacían de los alimentos que acababan de consumir.

La mayoría de días Loretta se hacía un ovillo en la silla, tratando de aliviar su dolor. Otros leían, coloreaban o veían televisión.

Loretta cuenta que una mujer que llevaba 13 años entrando y saliendo de aquella unidad gritaba y gritaba, pero nadie podía escaparse de la sala.

Con frecuencia Loretta quería gritar también, especialmente cuando algún miembro del personal se sentaba muy cerca de ella día y noche durante semanas.

“Necesitaba paz y tranquilidad de todo aquello”, señala.

“Me había recuperado completamente de la anorexia. Fue una lección de vida que se convirtió en una sentencia de por vida”.

Años después, la reacción de Loretta tras comer las papas asadas condujo al diagnóstico del síndrome de Ehlers-Danlos hiperlaxo (hEDS), una enfermedad genética que puede manifestarse en distintas formas.

Los análisis mostraron que el estómago de Loretta estaba parcialmente paralizado y no podía vaciarse debidamente. Confinarla a una unidad de seguridad y forzarla a comer no había tenido ningún sentido.

Sus otros síntomas incluían migrañas, fatiga, palpitaciones cuando se paraba o sentaba y un dolor en el cuello para el que más tarde necesitó una cirugía.

Hasta recientemente se había estudiado relativamente poco sobre su enfermedad y los otros 12 tipos de síndromes Ehlers-Danlos.

Todavía no se conoce completamente esta afección.


¿Qué es el síndrome de Ehlers-Danlos?

  • Los síndromes Ehlers-Danlos son un grupo de 13 trastornos que afectan el tejido conjuntivo. Este tejido apoya, protege y estructura otros tejidos y órganos en el cuerpo. Se encuentra en la piel, los huesos y ligamentos, por ejemplo.
  • En el caso de Loretta, está dañado el tejido conjuntivo de la pared de sus intestinos. Como resultado, la comida se desplaza con menos fluidez por su sistema digestivo. (La parálisis de su estómago es algo adicional, pero también está conectada a la dolencia).
  • Los síndromes están generalmente caracterizados por articulaciones que se estiran más de lo normal, pieles que se estiran más de lo normal y fragilidad de tejidos.
  • Un efecto secundario de una piel hiperextensible es su apariencia joven y suave. “Mi piel es como una masa de pizza y muy suave”, dice Loretta.

Fuente: Ehlers-Danlos Society


Alimentación alternativa

De promedio toma entre 10 y 14 años diagnosticar a las personas, dice el doctor Alan Hakim de la Sociedad Ehlers-Danlos, porque los síntomas de la dolencia son variados y puede parecer que no están asociados.

“Una persona puede visitar médicos y terapeutas para cada una de sus preocupaciones individuales, sin que exista una visión general de todos ellos”, comenta el especialista.

“Solo cuando alguien ata los flecos se concluye que se trata del síndrome”.

El doctor dice que esto está mejorando y que se está comprendiendo mejor el síndrome.

Seis años después de su última comida, Loretta sabe que nunca más volverá a comer o tomar un vaso de agua.

Se alimenta de nutrición parenteral total (TPN, por sus siglas en inglés), lo cual significa que está conectada 18 horas al día a una bolsa pesada de líquidos que pasa por alto el sistema digestivo y se infunde directamente en el torrente sanguíneo.

Un tubo conocido como línea Hickman atraviesa el pecho y llega a una vena grande que desemboca en el corazón.

Loretta con su bolsa de nutrición parenteral total.

Amy Maidment
Loretta ha ideado un sistema para poder salir a pasear con su bolsa y tratar de hacer una vida lo más normal posible.

En su cuenta de Instagram, se le puede ver con la bolsa de alimentación dentro de una mochila que ha personalizado para poder salir y moverse.

Loretta le pide a la gente que le sujete la bolsa cuando sale a bailar. El sistema funciona bien siempre y cuando nadie se aleje y desconecte la línea.

De igual modo, la TPN también tiene sus peligros. Incluso la más minúscula mota de polvo puede contaminar la línea. Varias veces ha sufrido sepsis, una reacción a una infección que puede causar daño orgánico o incluso la muerte.

“Aunque tenga sus limitaciones, la nutrición parenteral me da más de lo que me quita”, expone.

Antes, Loretta se sentía tan débil que pasaba la mayor parte de su vida en cama.

Su cuerpo necesitaba tantos nutrientes que sus huesos se volvieron frágiles y porosos como un panal de abejas, y su ciclo menstrual se interrumpió por completo. Pero lo peor de todo era el dolor constante.

“La TPN recuperó mi peso y energía. Fue agradable volver a vestir ropa normal y no tener que comprar en la sección para niños”, cuenta.

Esta mejoría en su salud le permitió revivir su pasión por cocinar, aunque para conservar energía cocina a ratos y se mueve en silla de ruedas por la cocina.

Ser una chef que no come le ha dado una plataforma única en Instagram.

Loretta con otra de sus recetas.

Amy Maidment
La compañera de piso de Loretta destaca su creatividad a la hora de cocinar.

Su compañera de apartamento, Amy, fotógrafa profesional, le toma fotos y prueba la comida. En los primeros días de confinamiento, comenzaron a construir un negocio, trabajando con marcas para desarrollar recetas y estilizar la comida.

“La razón por la que no me preocupa no poder comer es porque estoy muy aliviada de no tener dolor tras tantos años“, dice Loretta.

“Lo que me da placer es cocinar. Estar en la cocina es un espacio creativo real para mí. Si estoy ansiosa o preocupada, tan pronto cocino todo se va porque me concentro en el plato que estoy haciendo”.

Loretta Harmes y Amy Maidment

Amy Maidment
Amy, su compañera de piso, prueba la comida. Loretta solo la huele.

Amy está feliz de ser la que prueba las creaciones de Loretta.

Lasaña de macarrones con queso, pastel de aguacate, lima y crujiente de pecanas y coco… “Hace cosas que salen de su cabeza y que no había visto antes”, indica Amy.

Para compensar que no puede probar la comida, Loretta pasa mucho tiempo planificando y preparando con mucho método.

Se basa en los años que pasó estudiando libros de recetas y experimentando en la cocina, y su intuición.

“Cocino con mis ojos, nariz e instinto”, dice.

Inhalar el olor de una salsa burbujeante activa su memoria del sabor y sus ojos pueden juzgar la profundidad y la riqueza de la misma.

Algunas personas que dependen de la TPN como Loretta mastican la comida y la escupen, pero eso nunca le llamó la atención.

“En realidad, no anhelo el sabor de la comida en sí, es su consuelo lo que extraño y los recuerdos que implica“, cuenta.

“Helados en la playa, un chocolate caliente en un día frío, un asado con mi familia en Navidad”. El pepino sigue siendo su olor favorito porque le recuerda los picnics de la infancia.

“Gran parte de lo que hacemos socialmente gira en torno a la comida; a veces todavía me siento rara. Todavía voy a cenas de cumpleaños o ‘a tomar un café o una bebida’, simplemente no puedo participar de comer o beber”.

Pastel de aguacate y lima.

Amy Maidment
El pastel de aguacate y lima., creación de Loretta Harmes.

Casi todos sus recuerdos felices de la comida incluyen a su hermana Abbie.

Abbie quedó tan marcada por la experiencia traumática de su hermana mayor en las unidades de trastornos alimenticios que decidió trabajar en un hospital de salud mental para niños.

Durante la última comida de Loretta, Abbie capturó el momento en su teléfono y le ayudó a sentirse especial.

En 2019, junto con su madre, Abbie visitó a Loretta en el hospital, donde se estaba recuperando de otro episodio de sepsis.

Pero, trágicamente, Abbie murió en un accidente automovilístico de camino a casa. Tenía 23 años.

“Ella marcó una gran diferencia en la vida de los demás y su propia vida estaba comenzando a florecer”, lamenta Loretta.

Loretta siente que ahora debe vivir por las dos y esto la impulsa a aprovechar al máximo su vida.

La última vez que hablé con Loretta estaba en el hospital recuperándose de su noveno episodio de sepsis desde que comenzó con la TPN.

Acostada en la unidad de insuficiencia intestinal, sueña con las recetas que preparará cuando se recupere y regrese a su piso en Bournemouth, en el sur de Inglaterra.

“Lo primero que prepararé cuando vuelva a la cocina será un desayuno abundante y saludable”, me dice desde su cama.

Los gofres de boniato de Loretta.

Amy Maidment
Así acabó luciendo el desayuno que Loretta soñó con preparar desde una de sus últimas estancias en el hospital.

Compró un preparador de gofres y no puede esperar para usarlo.

“Haré gofres de boniato con espinacas y champiñones, aguacate, tomatitos y glaseado balsámico”.


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