Tláhuac se resigna al autobús: más de dos horas de trayecto y tráfico denso
close
Recibe noticias a través de nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync
Carlo Echegoyen.

Tláhuac y el sureste se resignan al autobús: más de dos horas de trayecto, tiempo perdido y tráfico denso

No es que el Metro resolviera todo, pero sí facilitaba la vida. Diariamente, unas 200 mil personas utilizaban la Línea 12 , ahora regresarán al autobús, lo que implica más horas de trayecto, cansancio y horas perdidas.
Carlo Echegoyen.
Comparte

Patricia Díaz Grajales, de 46 años, inició su nueva rutina para ir a trabajar el miércoles. A las 6 de la mañana se despertó en su domicilio en Chalco y una hora después tomó un camión hasta la estación de Tláhuac, en la alcaldía del mismo nombre. Ese es el lugar en el que, durante los últimos ocho años, tomó la Línea 12 del Metro para llegar a Coyoacán, donde trabaja limpiando una vivienda. O al hospital 20 de noviembre, donde tiene un segundo empleo, también como limpiadora. Esta vez no fue así. La tragedia del 3 de mayo, cuando el Metro colapsó y provocó la muerte de 25 personas y heridas a más de 70, obligó a cerrar la línea. Y decenas de miles de trabajadores como Díaz Grajales quedaron en la incertidumbre de cómo llegarían a trabajar al día siguiente.

“Cuando me enteré del accidente el lunes quedé en shock. Por eso me tomé el día, pero hoy ya regreso a trabajar”, explica, sentada en uno de los 500 autobuses que la Secretaría de Movilidad de la Ciudad de México puso a disposición para suplir la ausencia del Metro. Cuenta la mujer que lo primero que pensó fue en las vidas que se habían perdido, personas como ella que solo regresaban de trabajar. Recuerda que ella, usuaria asidua, nunca se sintió en peligro, aunque sí escuchó que había quien cuestionaba la seguridad. Pero, entonces, “¿por qué nadie hizo nada?”, se pregunta.

Lee: Autoridades del Metro sabían de fallas en la Línea 12 desde antes de inaugurarla

Ante la obligación de cerrar el Metro, la CDMX desplegó 500 autobuses para suplirlo al costo de 5 pesos. Además, permitió que los transportes privados operaran también con el mismo precio. Según la Semovi, esto ha permitido que el gobierno de la ciudad no tenga que gastar nada en redistribuir el tráfico cortado por el colapso. No hubo aglomeraciones para abordar los vehículos, al menos no como la víspera, pero el autobús no puede competir con el Metro. El tráfico es más denso y obliga a perder mucho tiempo.

Como solución urgente para quien no podía perder un día de trabajo fue eficaz la respuesta. La víspera eran varias las personas que se acercaban al lugar del desastre a tomar una foto al metro hundido en forma de V para mandársela a su empleador y justificar su ausencia. A largo plazo, la Semovi no tiene todavía un plan. Hay que esperar al resultado del peritaje. Y eso costará tiempo. Pero, mientras tanto, decenas de miles de personas necesitan llegar a su puesto de trabajo.

Con tantas vidas humanas perdidas es difícil hablar de otra cosa que no sea del dolor de sus familias y la exigencia de responsabilidades. Pero el derrumbe de la Línea 12 tiene consecuencias también a largo plazo. Este Metro, inaugurado en 2012 con Marcelo Ebrard como jefe de gobierno, simbolizaba un cordón umbilical que unía una parte de la CDMX, el sureste de colonias populares, con el resto de la ciudad, a donde los vecinos de Tláhuac se desplazan a trabajar. No solo es la capital. Es algo que abarca todo el valle de México. A gente que, como Díaz Grajales, se mueven desde Chalco, en el Estado de México, hasta puntos más céntricos para trabajar.

En los autobuses, como antes en el Metro, hay albañiles, estudiantes, meseras, limpiadores. Todos realizan largos trayectos para trabajar y, para ellos, la llegada del Metro supuso un gran avance, sobre todo en términos de tiempo. “Yo antes tardaba hora y media en llegar a trabajar. Ahora calculo que será el doble”, se resigna la mujer. Si antes era hora y media, ahora serán tres horas al día invertidas para llegar al trabajo. Y otras tres para regresar. A la semana esto suma 42 horas. Mil 260 horas al mes. Casi 460 mil horas al año. No es que el Metro resolviera todo, pero sí facilitaba la vida. Dice la mujer que ella no nunca notó peligro al viajar en el vagón, aunque sí había escuchado que vecinos sospechaban de los materiales y de su seguridad.

Diariamente, unas 200 mil personas utilizaban la Línea 12, la mayoría de ellas para desplazarse desde sus domicilios en Tláhuac o Chalco hasta su lugar de trabajo o estudio y vuelta. Durante los momentos más virulentos de la pandemia por COVID-19 este flujo descendió, aunque ahora se estaba recuperando. Aquí vive mucha gente que no se puede permitir quedarse en casa, ya que depende de los ingresos diarios.

Te puede interesar: Entregamos la Línea 12 en óptimas condiciones, afirma Enrique Horcasitas, director del Proyecto

Tláhuac es la tercera alcaldía más pobre de la Ciudad de México según datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), con un 39% de su población en situación de necesidad, lo que supone algo más de 150 mil personas. En la capital, que tiene una media del 28%, solo es superada por Milpa Alta (49%) y Xochimilco (42%).

El tiempo es, para Díaz Grajales, una de las grandes ventajas. La otra, la seguridad. Cuenta que, antes de la llegada de la Línea Dorada, fue asaltada en dos ocasiones al viajar en camión.

Tláhuac es una de las alcaldías con mayor percepción de inseguridad, un 72% de sus habitantes de sienten inseguros, según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). Por delante se encuentran Álvaro Obregón (83%) e Iztapalapa (82%).

“Era un secreto a voces, tarde o temprano iba a pasar. Ya sabíamos que iba a pasar una tragedia así”, asegura Mariana Villasol, empleada en una tienda de belleza junto a la parada de Tezonco, a escasos 500 metros del lugar del siniestro. Aunque ella vive junto a la parada de Periférico Oriente, asegura que siempre tomaba el Metro para llegar a trabajar, al igual que su esposo, que diariamente viaja a Mexicaltzingo, ya en Iztapalapa. Muestra en su celular todos los mensajes de grupos de comerciantes y vecinos que se habían enviado una y otra vez las imágenes de la infraestructura dañada antes de colapsar.

“Ya se habían corrido fotos en los que muchos pilares estaban dañados. Decían que ya habían venido los peritos, pero no vimos a nadie”, explica.

Aunque ese “secreto a voces” del que habla Villasol hubiese sido denunciado en muchas ocasiones, pensar que el Metro se pudiese venir abajo.

A Jessica Avelino, de 19 años, el shock le llegó poco antes de las 23 horas del lunes. Es empleada de Sears en una parada cercana a metro Zapata, a casi dos horas de Chalco, donde reside. Y el día de la tragedia tomó el vagón que pasó por el lugar de la catástrofe justo antes que el del accidente. Es decir, que si hubiese tardado un poco más en despedirse de sus compañeros, o se hubiese entretenido con el celular, podía ser una de las accidentadas. Todavía con el susto en el cuerpo, sabe que tiene por delante muchas jornadas de autobús que doblarán el tiempo que tenga que pasar en el trayecto de casa al trabajo.

Después de ocho años de espejismo de Metro mal construido, Tláhuac regresa al autobús. Más precariedad. Más horas de trayecto. Más cansancio al llegar a casa.

Foto: Carlo Echegoyen.

“Esto afecta mucho a la gente, tiene que salir más temprano de sus casas. Es el doble. Ahora me voy a Mixcoac, de ahí a Tacubaya. De ahí a carretera México Toluca. Es un trayecto muy largo. Usar el metro era imprescindible”, dice Lidia Benítez, que trabaja como sanitaria visitando domicilios. Para la mujer, también resignada a las tres horas que tenía por delante hasta llegar a su destino, el metro había mejorado notablemente sus condiciones de vida. Sin embargo, siempre pensó que había algo que no funcionaba en aquel transporte. “La verdad es que se sentía. No tenía idea de qué era. En las curvas el sonido de los fierros era diferente. Era algo inquietante, pero uno no sabe qué hacer”, dice.

Mientras varias de las víctimas eran veladas por sus familiares dos días después de la tragedia, decenas de miles de trabajadores pasaban ante el lugar en el que el Metro se vino abajo. La gran mayoría realizaba ese trayecto todos los días.

No es la primera vez en la que la Línea 12 se paraliza. Poco después de su inauguración tuvo que someterse a una revisión y en 2017, tras el sismo, permaneció tiempo sin funcionar. Por eso, Abigail Zepeda Hernández, que vende desayunos a las puertas de la parada Nopalera, cree que, al final, “nos iremos acoplando”.

El Metro fue una inversión que conectó el sureste del Valle de México con otras zonas más céntricas. Supuso un alivio para miles de trabajadores que se desplazan diariamente. Benítez considera que la línea debe reabrirse, “pero esta vez con buenos materiales”.

Queda el peritaje por delante. También, quién sabe, investigar a los responsables de la tragedia. Mientras todo eso ocurre, miles de personas regresan a los autobuses y cada día pasan frente al lugar donde un puente destrozado les recuerda las negligencias que costaron vidas.

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal

7 formas de gastar menos en alimentos en tiempos de inflación y comer bien

Latinoamérica es la región del planeta donde es más caro alimentarse de manera saludable y cuesta tres veces más que lo que la gente puede pagar.
13 de mayo, 2022
Comparte

Comer se volvió cada vez más caro.

Una familia promedio latinoamericana gasta en comida entre el 25% y el 40% de su presupuesto mensual, de acuerdo a cifras oficiales de cada país. Los sectores más pobres destinan todavía un porcentaje mayor.

América Latina es la región donde es más caro comer de forma saludable en el planeta junto con África, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por su sigla en inglés).

Para poder hacerlo, cada persona necesitaba US$4,25 diarios en 2019, último dato disponible. Eso es tres veces más de lo que la población podía pagar.

El monto actualizado será mayor, estima el subdirector general de la FAO y representante para América Latina y el Caribe, Julio Berdegué, en diálogo con BBC Mundo.

Panadería.

AFP

La FAO calcula un índice del precio de los alimentos y ahora es el momento en el que es más caro comer, al menos desde que se tienen registros.

Eso lleva a una peor alimentación, y por consiguiente a mayores tasas de malnutrición e incluso hambre.

Entonces, en tiempos de alta inflación y con la subsiguiente subida del precio de los alimentos lo más sencillo puede ser cambiar por productos que son más baratos pero que no necesariamente son tan saludables ni tienen el equilibrio nutricional que requiere nuestro cuerpo.

“Dado que en América Latina es más caro comer saludable, nos movemos a más carbohidratos, más azúcar, más grasa. Todo eso es barato”, señala Berdegué.

Comer bien y al mismo tiempo gastar menos es todo un desafío. Aquí te presentamos 7 acciones que puedes llevar a cabo para lograrlo.

1. Cocinar

Tal vez sea la más obvia, pero es esencial. Comprar comida afuera, en la calle o en un comercio, es muchas veces lo más rápido, pero no lo más conveniente para el bolsillo.

Una mujer prepara una bandeja con plátano maduro que sirve en una feria de comida callejera en Medellín, Colombia.

Getty Images

Además, cuando compramos comida hecha no sabemos cuál es la calidad de los ingredientes utilizados, o incluso qué ingredientes se utilizaron para su elaboración.

Lo mismo ocurre con la comida prefabricada que venden en el supermercado, productos conocidos como ultraprocesados. Estos contienen excesos de grasas malas, sodio y azúcares, entre otros componentes, que se añaden para darle mejor sabor pero que no contribuyen a la salud.

Cocinar en casa hace que sepamos exactamente qué estamos comiendo y que paguemos menos por ello.

2. Comer lo justo

Un alto porcentaje de las personas come más cantidad de alimentos que la que exige el organismo.

Reducir las porciones que nos servimos a las cantidades recomendadas para el funcionamiento humano ayuda al bolsillo y, al mismo tiempo, a sentirnos mejor físicamente.

“Las cantidades que se sirven en muchos de nuestros países son demasiado grandes. La compra en el mercado sube muchísimo y, además, este exceso de comida lleva al sobrepeso”, dice a BBC Mundo la nutricionista venezolana Ariana Araujo.

Una dieta de entre 2.000 y 2.500 kilocalorías es un número adecuado de ingesta diaria.

3. Cambiar de recetas

Venta de carne en un mercado de México.

Getty Images

Sustituir ingredientes o platos completos es una de las formas de abaratar el gasto en comida.

Determinados productos básicos como el aceite, el café, algunas frutas y verduras, la carne de vaca, el pan (y la harina de trigo en general), los huevos y algunas legumbres aumentaron de precio más que la suba promedio de alimentos y bebidas no alcohólicas en la mayoría de los países latinoamericanos, de acuerdo a la información publicada por instituciones oficiales que se encargan de medir la inflación.

Las tortillas de maíz, parte fundamental de la dieta mexicana, le cuestan a los consumidores de ese país 17,7% más ahora que hace un año. La harina de maíz, imprescindible para las arepas, ha subido de precio en toda la región.

Se pueden buscar sustitutos que sean nutricionalmente equivalentes o similares, pero que no se hayan encarecido tanto o incluso hayan bajado de precio.

Mercado de legumbres.

Getty Images
Los frijoles aumentaron menos de precio que otros alimentos en la mayoría de los países latinoamericanos y son una buena fuente de proteína.

Para ello es necesario conocer qué productos son intercambiables.

Una comida balanceada debería estar compuesta por una mitad de frutas y verduras, un cuarto de proteínas y el otro cuarto de carbohidratos, afirma Araujo.

En el grupo de las proteínas se encuentran la carne de res y de cerdo, pollo, pescado, leche, quesos, huevos, frijoles, lentejas y guisantes.

La carne de cerdo es la que, en general, subió menos de precio en los últimos 12 meses en América Latina, mientras que el pollo y el pescado acompañaron la suba general, que fue menor al encarecimiento de la carne bovina.

Los frijoles, en cambio, no tuvieron tal incremento de precios e, incluso, están más baratos que un año atrás en algunos países.

“Hemos disminuido fuertemente el consumo de legumbres, de frijoles, garbanzos, lentejas, cuando son productos accesibles que aportan buenas cantidades de proteínas”, dice Berdegué.

Entre los carbohidratos están el arroz, el pan, el maíz, la pasta, el plátano y los tubérculos -papa, yuca, batata, entre otros-.

El arroz y los tubérculos se encarecieron menos que el trigo y el maíz, por lo que optar por los primeros contribuirá a abaratar el menú.

Huevos y tortillas de harina de trigo.

Getty Images

“Algo que se puede hacer es mezclar en un mismo plato cereales -arroz, pasta- con legumbres. Los dos se complementan y ayudan a formar una proteína muy similar a la de la carne”, explica José Balbanian, docente de la Escuela de Nutrición de la Universidad de la República en Uruguay.

Con esa combinación el organismo obtiene los aminoácidos esenciales.

“El sustituto a nivel nutricional es fácil de conseguir. El problema es cómo cambiar la cultura de las personas. ¿Cómo le quitas a un mexicano la tortilla o a un venezolano la arepa?”, se pregunta Araujo.

Respecto a los aceites, Araujo sostiene que puede ser cualquiera, salvo el de palma porque es una grasa saturada que no es saludable. Balbanian agrega que es necesario su consumo, aunque no en frituras.

4. Planificar las compras

Cartel de ofertas en la puerta de un supermercado en Buenos Aires.

Getty Images

Hacer un plan de lo que debemos comprar antes de ir al mercado es clave para el ahorro.

Lo primero es saber qué queremos comprar para luego decidir dónde. Ir por frutas y verduras, quesos o carnes a la feria suele ser más económico que en grandes comercios.

Cuando se va a un supermercado, lo ideal según Araujo es recorrer las tres paredes del local -los costados y la trasera- formando una “U” invertida.

En estos pasillos se encuentran comúnmente los productos frescos y de allí debemos seleccionar el 80% de la compra para que sea saludable, afirma la nutricionista.

No se puede ir con hambre al supermercado, porque si estoy corto de dinero y encima voy con hambre veo una promoción de un ultraprocesado que me gusta mucho y caigo en comprarlo”, asegura Balbanian.

Tener claro qué se va a cocinar en los días siguientes ayuda a calcular mejor las cantidades y no comprar de más, algo importante en los alimentos perecederos para no tener que tirarlos luego porque se echaron a perder.

Un consejo de Balbanian es comprar en grandes cantidades, para una misma familia o entre varias personas, para ahorrar.

Una recomendación de Araujo es mirar en los estantes inferiores, donde suelen ubicarse los productos con menor procesado que son más baratos.

5. Buscar de temporada

Mercado de frutas y verduras.

Getty Images

Las frutas y verduras son intercambiables entre sí; lo importante es variar entre ellas.

“Aportan fibra, vitaminas y minerales que son muy difíciles de encontrar en otros alimentos”, dice Balbanian.

Para achicar el costo de la alimentación, lo que aconsejan los expertos es comprar los productos de temporada o estación, dependiendo del país y su clima.

Intentar comer tomate fuera de temporada hace que sean más caros porque quienes los venden han recurrido a cadenas de frío para conservarlos durante meses o que los produzca en invernaderos, ambos sistemas que encarecen los alimentos.

Por el contrario, en temporada se encuentran los productos en abundancia, a precios bajos, y es cuando están más gustosos y nutritivos.

A veces, hay productos que en el pasillo de congelados se encuentran más baratos que frescos y se puede sacar provecho de esas oportunidades, siempre y cuando los ingredientes que están escritos en la bolsa sean exclusivamente el producto que buscamos, sin agregados, sostiene Araujo.

6. Aplicar técnicas de conservación

Pollería

Getty Images
Si bien el pollo se ha encarecido en la mayoría de los países de América Latina, es todavía más económico que otras carnes y se puede utilizar como sustituto para obtener proteínas.

Una alternativa es comprar cuando está barato y aplicar alguna técnica de conservación.

La más sencilla es poner los alimentos en el congelador. Pueden ser tanto carnes como la mayoría de los vegetales -siempre que no quieras comerlos crudos luego- y frutas.

Con los vegetales, la recomendación es que cuando se vayan a consumir se provoque un choque térmico, del frío al calor intenso, para que no pierda textura y sepa peor.

También se pueden cocinar mayores cantidades que las que vayas a comer de inmediato y guardar porciones en el congelador para más adelante, o cocinar ingredientes sueltos y congelarlos para utilizarlos más adelante en preparaciones.

“Eso mantiene más del 90% de sus nutrientes”, afirma Araujo y agrega que ella hace eso en su casa.

Para no recurrir al frío siempre y dejar atiborrado el congelador, otra opción es la conserva.

Hay diferentes técnicas, pero la más sencilla es envasar al vacío. “Se hacía mucho en la Segunda Guerra Mundial con los vegetales”, cuenta Araujo.

7. Optar por segundas marcas o marcas blancas, pero antes leer

Persona comprando pasta en el supermercado.

Getty Images
Las marcas blancas no son necesariamente de peor calidad que las primeras marcas.

Por efecto del marketing, muchas veces creemos que un producto de la marca más destacada -también llamada primera marca- es mejor que las otras. Esto no necesariamente es así.

“Es importante leer la lista de ingredientes, más que el cuadro nutricional, e identificar azúcares y grasas de mala calidad”, afirma Balbanian.

Araujo dice que en ocasiones las segundas marcas o incluso las marcas blancas -aquellas genéricas de la cadena de supermercados- son más saludables porque, para abaratar, no utilizan determinadas grasas o azúcares que las primeras marcas sí usan para darle otro sabor al producto.

En otras, no son mejores pero tampoco peores. “Mi recomendación es leer las etiquetas y comparar. Casi siempre son bastante parecidas y hay un ahorro importante”, dice Araujo.


Recuerda que puedes recibir notificaciones de BBC Mundo. Descarga la nueva versión de nuestra app y actívalas para no perderte nuestro mejor contenido.

https://www.youtube.com/watch?v=xzJmRZ2Sw4Y

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
close
¡Muchas gracias!

Estamos procesando tu membresía, por favor sé paciente, este proceso puede tomar hasta dos minutos.

No cierres esta ventana.