Crisis forense: más de 30 mil cuerpos sin identificar están en fosas comunes
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Crisis forense: más de 30 mil cuerpos sin identificar están enterrados en fosas comunes

La crisis forense se centra en entidades como Baja California, Ciudad de México, Estado de México y Jalisco, según un informe de Movimiento por Nuestros Desaparecidos.
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Seis de cada diez cuerpos sin identificar en México se encuentran enterrados en una fosa común. En total, 31 mil 488 de los 52 mil 004 cuerpos que el Movimiento por Nuestros Desaparecidos tiene identificado que se guardan en diversas instituciones del país.

Un informe sobre la crisis forense que sufre el país fue elaborado por esta plataforma, que engloba a 74 colectivos de familiares de personas desaparecidas, y revela cómo el incremento de cuerpos en los Servicios Médicos Forenses (Semefos) no vino acompañado de una toma de conciencias por parte de las autoridades, lo que llevó a un deficiente resguardo de las personas fallecidas que dificulta su identificación.

Lee: FGR rechaza publicar informe sobre crisis forense que elabora desde hace dos años

Los altos niveles de violencia, la falta de capacitación institucional, la falta de recursos, el diseño inadecuado para el trabajo efectivo de los servicios forenses, el uso deficiente de la genética y las bases de datos, el mal resguardo de los cuerpos, las dificultades para restituir a las personas identificadas a las familias y la poca transparencia son algunas de las razones que explican la crisis forense que sufre México.

Los datos son demoledores. La Comisión Nacional de Búsqueda (CNB) calcula que hay más de 90 mil desaparecidos en el país, la mayoría a partir de 2006.

Al mismo tiempo, son algo más de 50 mil los cuerpos no identificados que ha logrado detectar el Movimiento por Nuestros Desaparecidos a través de solicitudes de transparencia que fueron respondidas por 27 de las 34 entidades federativas.

El informe señala que, de media, cada estado mexicano tiene mil 575 cuerpos no identificados. Sin embargo, la crisis forense se centra en entidades como Baja California (9 mil 087), Ciudad de México (6 mil 701), Estado de México (5 mil 968) y Jalisco (5 mil 738).

Del total de cuerpos sin identificar, más de 30 mil están en fosas comunes, pero de 11 mil 806 (el 22%) no hubo respuesta, por lo que ni siquiera se conoce el destino.

El informe revela que 2 mil 738 cuerpos (5,72%) fueron donados a universidades, mientras que mil 365 (2.62%) fueron cremados, 929 (1.79%) están en centros de resguardo, 26 fueron transferidos y 11 están en paradero desconocido. Muchos de estos restos ya no podrán ser identificados nunca, lo que evidencia las negligencias cometidas por diversas instituciones.

“No los queremos dejar ahí ni un minuto más. Ya los quisiéramos tener en una tumba, para rezarles, que descansen en paz”, dice María Guadalupe Aguilar Jáuregui, madre de José Luis Arana Aguilar, desaparecido en enero de 2011 en Guadalajara, Jalisco. Una sospecha lógica: la que le lleva a pensar que entre todos estos cadáveres sin nombre deben encontrarse las personas a las que tratan de encontrar colectivos como Familias Unidas por Nuestros Desaparecidos.

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Falta de protocolos

“De 2006 a la fecha el aumento de la violencia es un factor relevante. El Estado, sin embargo, se mueve bajo las mismas prácticas sin ningún tipo de actualización”, dice Yanet Juárez, antropóloga que colaboró con la elaboración del informe. Explica la experta cuál fue el modus operandi de las instituciones: el número de cuerpos que llegaban a los Semefos se incrementaba pero no se ampliaron las capacidades. Por eso se llega a la determinación en muchos lugares de enterrar los cadáveres en fosas comunes. Se trata de lugares habilitados en panteones municipales o ministeriales en los que se amontonan los cuerpos, lo que hará posteriormente más difícil la labor de exhumación para identificar.

“El hecho de que se encuentren en este tipo de espacios es grave debido a la falta de protocolos para su inhumación, la ausencia de registros sobre la cantidad de cuerpos y su ubicación exacta, la falta de seguimiento a la cadena de custodia y la deficiente infraestructura con la que cuenta el Estado para la gestión, inhumación, exhumación y seguimiento de las carpetas de investigación”, dice el documento.

Estados como Morelos, Coahuila y Tamaulipas son ejemplos de estas malas praxis y, por ejemplo, cuando se revisaron fosas comunes se encontraron más cuerpos que los indicados en registros.

La falta de claridad de la información ofrecida por las instituciones no permite saber si los servicios forenses están o no rebasados a nivel nacional. Hace un año, a 31 de marzo de 2019, las instituciones informaron de la existencia de 8 mil 166 cuerpos en las 427 unidades forenses, con capacidad para 6 mil 724 personas. Ahora, por el contrario, aseguran que apenas hay 3 mil 641.

Hay estados, como Sinaloa, Hidalgo, Colima, San Luis Potosí, Ciudad de México, Oaxaca y Yucatán en los que se conservan más cuerpos de los que tiene capacidad las instituciones. Además, Coahuila, Nayarit, Zacatecas, Tabasco, Aguascalientes, Jalisco, Puebla, Sonora y Durango también se encontraban al límite.

Otros ejemplos de malas prácticas fueron las cremaciones y la entrega de los cuerpos a universidades. En el primero de los casos, Jalisco reconoció haber incinerado a mil 571 cuerpos entre 2006 y 2015 y a la gran mayoría de ellos, mil 430, no les tomaron muestras de tejido orgánico para la obtención del perfil genético, por lo que “muy difícilmente podrán ser identificados”. En el caso de las universidades, la mayoría fueron entregadas en la Ciudad de México, casi el 80% de los casos.

El hecho de que 23 entidades federativas y la Fiscalía General de la República no ofrecieran datos lleva a pensar que fueron más casos de los que se reportan. A pesar de que la Ley General de Salud y la Ley General en Materia de Desapariciones prohíbe que se entreguen cuerpos no identificados a universidades, esta práctica no se detuvo ya que, según solicitudes de transparencia, la UNAM y el Instituto Politécnico Nacional recibieron más de mil cuerpos entre 2018 y 2020.

“Es algo sumamente dramático. Es una revictimización tras otra revictimización”, dice

Aguilar Jáuregui, vocera de Familias Unidas por Nuestros Desaparecidos, explica que desde principios de 2020 se descubrieron fosas en Tlajomulco y el Zapote, desbordó las capacidades del Estado. Aunque en realidad Jalisco ya estaba sobrepasada. En 2017 el gobierno estatal contrató dos camiones tráiler para guardar los cuerpos que ya no cabían en el Semefo. Desde 2018 mantienen un plantón ante las oficinas forenses para exigir más medios, más celeridad en las identificaciones. “Buscamos entre los muertos, si hay más de 4 mil, ahí pueden estar la mayoría de nosotros”, afirma.

Puedes revisar el informe completo aquí:

  
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Qué es la 'coronafobia', el miedo 'desadaptativo' que no nos protege del COVID

Los individuos con este miedo extremo tienden a experimentar un conjunto de síntomas fisiológicos desagradables desencadenados por pensamientos o información relacionada con esta enfermedad.
10 de enero, 2022
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Para el año 2030, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que los problemas de salud mental serán la principal causa de discapacidad en el mundo.

Según un informe del Ministerio de Sanidad español, el trastorno de ansiedad es el más frecuente: afecta al 6,7 % de población (8,8 % en mujeres, 4,5 % en hombres). Esta cifra alcanza el 10,4 % si se incluyen signos o síntomas de ansiedad.

Dentro de este espectro de problemas mentales, uno de los diagnósticos más frecuentes es el trastorno de ansiedad fóbica o fobia específica.

La última edición de Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM V) define estos trastornos como la aparición de miedo o ansiedad intensa, inmediata (casi siempre) y desproporcionada ante objetos o situaciones específicas que, de forma general, no serían consideradas peligrosas y que, además, el paciente intenta evitar o resistir activamente.

El miedo “desadaptativo”, el que no nos protege

Las fobias tienen como punto de partida la emoción básica de miedo.

Normalmente, esta tiene una función eminentemente adaptativa para la supervivencia. Permite detectar amenazas inminentes reales y generar una respuesta apropiada frente a las mismas.

Sin embargo, cuando dicho miedo interfiere de forma negativa en el funcionamiento cotidiano de la persona en alguno de los ámbitos de su vida por ser persistente, desproporcionado, irracional e infundado, pierde su carácter adaptativo.

De hecho, la quinta edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales (DSM V), de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, contempla el siguiente criterio diagnóstico para la fobia: el miedo, la ansiedad o la evitación causa malestar clínicamente significativo o deterioro en lo social, laboral u otras áreas importantes del funcionamiento.

Y esta es precisamente la característica fundamental que convierte a la fobia en un problema de salud mental.

La pandemia, un caldo de cultivo para las fobias

La pandemia de covid-19 ha erosionado la salud mental de una gran parte de la sociedad.

Del mismo modo, en personas vulnerables o con predisposición ha supuesto un aumento alarmante de los trastornos mentales. Los más prevalentes son la depresión y la ansiedad.

De forma más concreta, cualquier situación alarmante o catastrófica (como una pandemia) supone el caldo de cultivo perfecto para la aparición de trastornos relacionados con el miedo excesivo.

niños en la escuela

Malte Mueller/Getty Images
Las medidas de contención y el aislamiento social han perjudicado la salud mental de muchas personas.

Así, diversos estudios que han evaluado brotes previos de enfermedades infecciosas como la gripe española de 1918 o el brote de ébola en África Occidental en 2014 han asociado estos a respuestas cognitivas, afectivas o conductuales desproporcionadas frente a cualquier aspecto asociado a las mismas.

Son destacables aspectos como el riesgo de infección a través del contacto físico o los espacios cerrados, la muerte o infección de seres queridos, las medidas de contención, el aislamiento social y la soledad, la pérdida masiva de empleo o la inestabilidad financiera, entre otros.

En este contexto, sabemos que no todo el mundo tiene la misma posibilidad de desarrollar una fobiaante un determinado evento desencadenante. Dependerá de la presencia de factores genéticos y ambientales, además de otros factores específicos de cada tipo de fobia.

Por ejemplo, en el caso de las fobias asociadas a las pandemias (como la de covid-19), se ha visto que las variables de diferencia individual como la falta de tolerancia a la incertidumbre, la vulnerabilidad percibida a la enfermedad o la propensión a la ansiedad parecen desempeñar un papel fundamental.

Fobias asociadas al confinamiento

La medida del confinamiento impuesta en prácticamente todos los países al inicio de la pandemia llevaron a un aislamiento.

Esto se ha traducido en una reducción drástica del contacto físico y social y una afectación de la salud mental. En este proceso también participaron las restricciones en el ocio y tiempo libre.

Las consecuencias de ello han sido diversas en relación a la salud mental de las personas.

Por un lado, asociado directamente al aislamiento social destaca la agorafobia, un trastorno de ansiedad fóbica en el que la persona experimenta un miedo intenso ante lugares o situaciones de los cuales sería difícil huir o pedir ayuda en caso de urgencia.

Por otro lado, el aislamiento también puede llevar asociada una afectación negativa de las habilidades sociales, con una mayor propensión a la fobia social.

ilustración: confinamiento

Malte Mueller/Getty Images
El confinamiento puede dejar una huella psicológica.

El grupo poblacional que más se ha visto afectado son los adolescentes. En este caso, el miedo se da ante situaciones sociales en las que el individuo está expuesto al posible examen por parte de otras personas.

“Coronafobia” y otras fobias asociadas al contagio

A un lado, una de las fobias que la actual pandemia ha generado de forma específica es la conocida como ‘coronafobia’, una ansiedad excesiva a contraer el covid-19.

Así, los individuos con este miedo extremo tienden a experimentar un conjunto de síntomas fisiológicos desagradables desencadenados por pensamientos o información relacionada con esta enfermedad.

Esta fobia es realmente incapacitante en la medida en que está fuertemente relacionada con el deterioro funcional y la angustia psicológica y, por tanto, tiene importantes implicaciones para el bienestar mental.

Asimismo, relacionado con el miedo excesivo al contagio, es destacable el trastorno obsesivo compulsivo (TOC), otra alteración relacionada con la ansiedad cuyos síntomas pueden verse exacerbados en el contexto del covid-19.

El DSM V define el TOC como la presencia de obsesiones, compulsiones o ambas.

ilustración: mujer con mascarilla

Malte Mueller/Getty Images
El miedo al contagio es más dañino para algunas personas que el contagio en sí mismo.

En primer lugar, las obsesiones son pensamientos, impulsos o imágenes recurrentes y persistentes no deseadas. Por ejemplo, en el contexto de la pandemia, la idea de contagiarse o de contagiar a los seres queridos.

En segundo lugar, las compulsiones pueden aparecer para hacer frente al malestar generado por las obsesiones en forma de comportamientos repetitivos que la persona aplica de manera rígida.

Por ejemplo, lavarse las manos con frecuencia se ha planteado como una medida de prevención más frente a la infección.

Sin embargo, esta conducta suele ser una compulsión frecuente del TOC asociado a la contaminación.

Así, esta acción que es adecuada y saludable (no solo en época de pandemia si no de forma general) puede convertirse en la base del aumento de la prevalencia del TOC asociado al covid-19 en este caso.

Evaluación de la coronafobia

La coronafobia es un problema relativamente nuevo dado que se trata de una fobia específicamente asociada al covid-19.

No obstante, existen estudios sobre fobias relacionadas con otras enfermedades infecciosas como se ha comentado anteriormente.

ilustración: terapia covid

Malte Mueller/Getty Images
Los psiquiatras están desarrollando herramientas para evaluar la coronafobia.

Debido a ello, y siguiendo las recomendaciones de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría (APA), se están desarrollando herramientas con propiedades psicométricas válidas para un correcto diagnóstico de este trastorno en auge.

Un ejemplo de este tipo de instrumentos de evaluación es la Escala de Fobia COVID-19.

Esta ha demostrado validez convergente y discriminante así como consistencia interna. Además, ha sido validada en poblaciones de diferentes partes del mundo como Estados Unidos, Corea e Irán.

Dada la situación tan alarmante asociada a la pandemia que se mantiene a largo plazo de manera más o menos latente, este tipo de instrumentos son fundamentales.

No solo son importantes para diagnosticar nuevos casos específicos de coronafobia, sino también por la posible exacerbación de la sintomatología de pacientes en tratamiento.

O, incluso, por las recaídas que puedan presentar antiguos pacientes que ya habían sido dados de alta.


*Aránzazu Duque Moreno es doctora en Neurociencias, directora del Grado en Psicología y Secretaria de la Cátedra de Humanización de la Asistencia Sanitaria y miembro del grupo de investigación Psicología y Calidad de Vida en la Universidad Internacional de Valencia (España).

*Basilio Blanco Núñez es personal docente investigador de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Internacional de Valencia (España).

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation y se publica en BBC Mundo bajo licencia Creative Commons. Puedes leer la versión original aquí.


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