Arte feminista para expresar causa y sanar las heridas
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Foto: Cortesía de Dulce Perezchica

Arte feminista para expresar causa y sanar las heridas

Vistamos una mercadita feminista, monumentos intervenidos y expresiones callejeras en diversas ciudades de México para conocer las voces de las artistas que a través de sus manifestaciones expresan causas políticas y sociales, al tiempo que tejen redes de sororidad.
Foto: Cortesía de Dulce Perezchica
Por Celia Guerrero, Cristina Salmerón y Eugenia Coppel
6 de octubre, 2021
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De forma individual o conformando colectivas, de manera independiente o con fondos públicos las mujeres han logrado abrirse espacios en diversas disciplinas artísticas. De la mano de movimientos feministas en México ilustradoras, muralistas, performanceras, grafiteras, artesanas, documentalistas y tatuadoras han irrumpido en las calles, en los museos, en galerías y en las universidades para expresar sus causas políticas y sociales.

En este especial, visitamos una mercadita feminista en Nezahualcóyotl, Estado de México; recorrimos espacios coloreados por mujeres en Guadalajara; supimos las razones de las acciones callejeras e intervenciones a monumentos en la Ciudad de México. Ellas, las artistas, nos cuentan cómo expresan las violencias estructurales que viven las mujeres en este país, pero también cómo a través de estas acciones tejen redes de forma literal o metafórica, se ayudan, se acompañan y se curan.

Arte en CDMX: un abrazo para las mujeres, una confrontación al patriarcado

El Ángel de la Independencia, uno de los símbolos más importantes de la Ciudad de México, fue bardeado en agosto de 2019 después de las pintas que quedaron en la base del monumento tras las manifestaciones feministas. Esos grafitis que representaron la rabia de las mujeres que demandan justicia por la violencia fueron invisibilizados con tablones.

Irasema Fernández, escritora, artista visual y activista feminista decidió ir días después junto con algunas compañeras a tapizar esos tablones con carteles. “La policía abusa, viola y mata”, se lee alrededor del dibujo de una placa de la policía capitalina. “Dejemos de llamarle ‘vida privada’ y ‘secretos de familia’ a las historias de abuso sexual”, se lee en otro al lado. Un tercero, cambió los versos de un rezo: “Padre nuestro que estás en el cielo. Padre de la violación, Padre del racismo, Padre de la misoginia, Padre de la pederastia… Haz estéril tu patriarcado. Amén”. Estas piezas son parte de la serie Narrativas móviles, creada por Irasema.

Se trata de un proyecto que mezcla la escritura y la acción callejera. «Surge al dejar mi espacio seguro y llevar esos mensajes confrontativos afuera”, dice en entrevista desde Alemania, donde ahora mismo desarrolla otras piezas de su obra.

Aunque el arte feminista lleva décadas existiendo en México, fue hace un par de años que hubo un boom, sobre todo en el terreno de la gráfica hecha por mujeres. Desde ilustradoras hasta muralistas, performanceras o tatuadoras, tanto en el plano físico como en el virtual, las mujeres sintieron la necesidad de crear redes de apoyo, de manifestarse fuera de espacios individuales para expresar sus causas políticas y sociales.

Una de las pioneras del movimiento en México es Mónica Mayer, quien lleva casi 50 años en el arte feminista. Ella es autora de una de las obras más representativas llamada El tendedero, la cual es estéticamente llamativa, pero es además colaborativa, reflexiva y catártica y ha sido retomada para denunciar violencias hacia las mujeres.

Para El tendedero, Mayer invitó a 800 mujeres a que completaran la frase: “Como mujer lo que más me disgusta de la ciudad es…” en pedazos de papel rosa. Cada respuesta fue montada sobre una estructura que aludía a este objeto sexualizado como femenino y doméstico, pero que pretende entablar un diálogo sobre la violencia que viven las mujeres en el espacio público de la Ciudad de México.

Dicha pieza fue presentada por primera vez en una exposición colectiva en el Museo de Arte Moderno y una segunda versión se hizo en Los Ángeles, California, en 1979 dentro del proyecto visual Making it Safe de Suzanne Lacy.

Del legado de Mónica Mayer, quien sigue activa en el arte, se desprende también el proyecto Mutua, una comunidad experimental que desarrolla proyectos artísticos y pedagógicos. Uno de ellos lleva el nombre Limpiando el techo de cristal.

Con un espíritu similar, pero desde el museo más nuevo que tiene la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), nació Brillantinas MUAC. Es una colectiva con la idea de mantener un programa artístico con perspectiva de género en un entorno digital, pero con la intención de brincar a lo físico cuando sea posible.

Natalia Millán, artista y gestora cultural en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC), habla en entrevista sobre este proyecto gestado desde hace algunos años, pero parido por necesidad en abril de 2020. “La línea es de arte con perspectiva de género, pues integramos feminismos y hacemos coaliciones con movimientos queer. Nació como un llamado de unión a los movimientos feministas y mujeres en general que se vieron vulnerables ante el encierro”.

En Brillantinas MUAC hacen trabajo de investigación, dan talleres, fungen de laboratorio, crean acciones positivas para el arte con perspectiva de género. Son parte de las redes sociales, un espacio donde hay esa libertad y ese poder de no necesitar una gestión, una curaduría o un proceso burocrático para que exista la obra o para que pueda ser mostrada

El nombre de Brillantinas alude a la vez que, en una protesta feminista en agosto de 2019, al puro estilo de un acto perfomático, mujeres le arrojaron diamantina rosa a Jesús Orta, entonces titular de la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México. “Es una idea poética de la voz colectiva, de que si se unieran a todas las chicas que han estado peleando y se transita a un objeto, serían unos cuantos kilos de glitter; donde cada cosa que una hace aporta a ese conjunto que tiene peso y brilla”, explica Natalia Millán.

La importancia del arte que invita a la conversación 

“¿Tienen las mujeres que estar desnudas para entrar en el Met Museum? Menos del 5% de los artistas en las secciones de Arte Moderno son mujeres, pero un 85% de los desnudos son femeninos”, dicta un famoso cartel de la colectiva Guerrilla Girls, un grupo de artistas estadounidenses anónimas creado en 1984. Desde entonces, con su arte y protesta, abrieron las puertas a campañas que buscaban la “conciencia del mundo del arte”, frase con la que se autodenominaron.

Tanto en México como en distintas partes del mundo, la gráfica ha sido muy importante en los movimientos sociales. La ilustración y el dibujo son un vaso comunicante que puede representar no sólo ideas, sino sentimientos. “Eso ha sido muy importante en los feminismos y ahora en las redes sociales como Instagram, que ha empoderado a chicas que están mostrando su obra ahí”, reconoce Millán.

“Hace un par de años, comenzaron a tejerse redes en los círculos literarios y artísticos para tratar problemas de género específicamente. Empezamos a nombrar violencias que sabíamos que estaban, pero no las habíamos reconocido puntual ni masivamente en la experiencia de les otres. Este primer encuentro (en 2019, año del #MeToo mexicano) me hizo ver la importancia y grandeza del problema, a la par, la importancia de crear lazos y comunidad”, asegura Irasema Fernández.

Una de sus líneas de acción ha sido la de confrontar. El trabajo de Irasema Fernández está inspirado en parte por el de Sonia Madrigal, quien ha trabajado en la zona de Nezahualcóyotl, al oriente del Estado de México. Su obra sale del museo y “explora distintas narrativas visuales para reflexionar, de manera personal y colectiva, en torno al cuerpo, la violencia y el territorio”, explica en su biografía.

Si bien ha expuesto en espacios cerrados, el mayor interés de Irasema ha sido la calle, pues es ahí donde se sale del “privilegio de la esfera cultural”, como ella lo nombra. “Trabajar con Sonia Madrigal pintando una barda en Santa Clara Coatitla, Edomex, fue un impacto inmediato con la gente de la calle; veían cómo estábamos interviniendo el espacio público, lo discutían, lo celebraban o incluso lo censuraban, pero para mí fue algo revelador que hubiera diálogo con el arte”.

Aunque no todos los casos de censura resultan tan alentadores. “Me invitaron a hacer un mural en Wadley, San Luis Potosí, y dibujé, como usualmente dibujo, a una mujer desnuda. El problema es que no me di cuenta de que al lado había una iglesia”, recuerda Carolina Castro, gestora cultural y artista autodidacta, de 27 años. Su mural fue censurado con un bikini rosa cuando ella ya estaba en la Ciudad de México. “Me molestó mucho el hecho de pensar que la misma sociedad que acepta que se promueva un periódico donde aparece una mujer desnuda y al lado un cuerpo destripado, se indigne al ver una caricatura. El mural era de una mujer desnuda recostada en cactus, era un motivo de dolor y por eso me molestó que le pintaran un bikini, como de comodidad”.

La fotos del antes y el después del mural las subió a Facebook el 31 de agosto y a la fecha se han compartido más de 4,500 veces. Para Carolina, aunque esta experiencia fue un trago amargo, no piensa que esto la derrote. “Por la violencia que hemos sufrido, es admirable que las mujeres salgan a la calle, más aún que intenten hacer arte afuera y yo pretendo visibilizar eso. Quiero que el arte vuelva un espacio seguro a esas calles, porque si habemos más mujeres afuera, va a ser menos peligrosa para nosotras”.

El alcance del arte público, explica Fernández, tiene un impacto social real porque toca a una sociedad que está vibrando con esos mensajes: “Me encanta que la gente quite, borre o destruya las expresiones de arte, porque eso significa que son mensajes que importan. Si está el enojo es porque hay un diálogo y eso me motiva a poner más, veo dónde está la ruta de que el mensaje está llegando a su interlocutor”.

Tanto a Irasema como a Carolina les agrada el arte que no sólo es contemplativo, sino el que invita a una conversación. De este segundo hay mucho en las calles, sobre todo de mujeres que están confrontando la violencia de género y que resulta un abrazo para las que caminan solas. “Es una forma de acompañar anónimamente a alguien que puede sentirse frágil”, concluye Irasema.

(Por Cristina Salmerón)

Lazos de sanación colectiva y murales nocturnos que transforman espacios en Guadalajara

Las redes de artistas feministas se siguen tejiendo en Guadalajara. A veces de manera literal, como es el caso de la Colectiva Hilos, cuyas integrantes formaron parte del Encuentro Transversal para la Equidad de Género. Ahí realizaron una intervención durante todas las charlas y presentaciones: un tejido participativo de gran formato como acción simbólica.

Un mes más tarde, en diciembre de 2019, la Colectiva Hilos lanzó una convocatoria para participar en el tejido de la pieza Sangre de mi sangre. Las personas interesadas podían obtener una porción de rafia o yute bangladesh de color rojo para comenzar sus tejidos individuales, los cuales se unirían más adelante en una gran mancha roja que cubriría los espacios públicos, en protesta por el alza de la violencia feminicida y las desapariciones forzadas en Jalisco.

Además, la colectiva invitó a tejer a familiares de víctimas de desaparición. “Nos interesaba que fuera una especie de cobijo, de tejernos con ellos y ellas y decirle a la comunidad que esto es una corresponsabilidad de todos, que estamos haciendo una red social en contra de estas situaciones que vive el país”, cuenta en entrevista la artista Claudia Rodríguez, una de las fundadoras del proyecto.

Su interés por el arte social la había llevado a trabajar anteriormente con comunidades desfavorecidas de Jalisco. Entre 2012 y 2015, Rodríguez convocó a la población que sufre de manera directa las consecuencias de la contaminación del Río Santiago a tejer con rafia de color blanco. Gracias a ese proyecto, la artista recibió una donación de hilos de varios colores, lo que significó el punto de partida para la creación de la colectiva.

“Convoqué a varias mujeres artistas para pensar juntas con este material, quería darle un destino social, ecológico”, dice Claudia Rodríguez. En un principio formaron parte del grupo María Álvarez del Castillo, Sofía Crimen, Laura Garza, Florencia Guillén, Mónica Leyva, Maj Lindström y Mariana Jiménez. Algunas de ellas ya no están activas por motivos personales pero se han unido nuevas integrantes con diversos perfiles.

Buena parte de la pieza Sangre de mis sangre se ha tejido en los espacios públicos, primero de Guadalajara y después de otras ciudades mexicanas. La colectiva comenzó a tejer con la técnica de crochet con los dedos en el Parque Rojo, ubicado en la avenida Vallarta, la cual se cierra todos los domingos al tránsito vehicular para dejar pasear a ciclistas, peatones y otras movilidades no motorizadas.

Lo que se teje en esos espacios es “un lazo muy fuerte”, menciona Rodríguez, quien celebra la empatía generada al compartir esta actividad con otras personas, a veces desconocidas, pero siempre afectadas de formas distintas por las violencias. “El proceso de sanación colectiva es importante, porque ante lo que vivimos nos quedamos con una impotencia tremenda. Enfrente de nosotros se matan mujeres, se llevan chicos… no podemos normalizar lo que sucede. El hecho de estar tejiendo juntas no lo resuelve, pero para mí es muy importante que les comuniquemos a estas familias que no están solas, que estamos con ellas”.

Uno de los momentos más importantes para la Colectiva Hilos ocurrió el 7 de marzo de 2020, un día antes de que más de 35,000  mujeres salieran a las calles de Guadalajara para exigir igualdad de derechos y un alto a las violencias de género. Ese día se unieron los tejidos rojos realizados por más de 100 personas y los colocaron en un primer momento en la Plaza de la República.

Después, las artistas, los tejedores y simpatizantes del proyecto caminaron con la pieza en una procesión silenciosa hacia el monumento de los Niños Héroes, un sitio que ya entonces había sido rebautizado por los activistas jaliscienses como la Glorieta de las y los Desaparecidos. “Fue una especie de ritual de sanación”, recuerda Rodríguez.

Aunque la pandemia ha interrumpido la constancia de tejer en el espacio público, la Colectiva Hilos se mantiene activa y Sangre de mi sangre sigue en expansión. En marzo de 2021, la pieza fue colocada a los pies de La Minerva, uno de los monumentos más emblemáticos de Guadalajara. En agosto del mismo año viajó a Querétaro, donde aumentó su tamaño.

Tomar la ciudad de noche 

Desde el 8 de marzo de 2021, las obras de 12 mujeres muralistas colorean el trayecto de los autos que utilizan el paso a desnivel de la avenida Vallarta en el cruce con México de la ciudad de Guadalajara. Las mujeres son las protagonistas de esos muros: se dan la mano, sostienen una flama o se funden en un abrazo colectivo.

Las artistas originarias de distintas ciudades mexicanas salieron a pintar juntas durante cuatro noches, para aprovechar que no había tráfico a esas horas. Lo hicieron convocadas por la muralista e ilustradora Dulce Perezchica, quien en los últimos años ha impulsado a las mujeres interesadas en el arte de salir a pintar las calles.

Por eso organizó este encuentro al que nombró Festival Llamarada, “como un impacto de fuego muy grande y repentino que deja huella, donde cada artista se vuelve una llama de esta llamarada más grande”, explica en entrevista. Además de a las obras visuales que ahora son parte de Guadalajara, la huella queda en una red de mujeres del gremio que se fortalece.

“Fue una actividad muy inspiradora”, narra Perezchica. “Había artistas con mucha experiencia y otras que estaban en su primer festival, pero se creó un espacio donde todas éramos iguales y aprendimos unas de otras. El hecho de pintar cuatro noches de 11:00 de la noche a 4:00 de la mañana fue un cansancio brutal, pero deja un lazo muy bonito, inquebrantable. Nos queda ese recuerdo y las ganas de seguir generando proyectos”.

Las artistas que fueron parte de la primera edición del festival son Alina KiliwaMayra CaneladulcenoprontoAndreaMxAle PoiréMaldita CarmenSam SantanaMoon VentureRaquel PalominoArtSharoDani Mayorga y Janin Garcín.

Perezchica, de 30 años, también es autora del documental independiente sobre mujeres en el arte urbano Hablando de ella, que podrá verse en YouTubeLa idea de hacerlo surgió durante la pandemia y a raíz de sus conversaciones con colegas sobre sus experiencias en el muralismo.

“Para empezar es una disciplina muy demandante físicamente: sí es artística pero por las magnitudes es diferente”, afirma. “Y luego hay coincidencias obvias: al ser mujeres en el espacio público, todas hemos experimentado acoso callejero, desde chiflidos hasta alguien que llega, se queda, te dice cosas y no te deja trabajar. Eso no le pasa a los colegas varones”.

Al respecto habla en entrevista Ale Poiré, una de las artistas del Festival Llamarada y quien por las mismas fechas impartió un taller de mural. “Es una forma de buscar que haya más chicas haciendo esto, porque creo que sí hay muchas interesadas, pero a muchas les da miedo”, asegura. “Miedo de estar en la calle, que me parece muy válido, o el miedo a mostrar lo que haces, que por supuesto es algo lógico si hablamos de una deuda histórica en cuanto a nuestras oportunidades en cualquier ámbito”.

Poiré es diseñadora de formación y empezó a trabajar con murales y comunidades hace siete años, pero desde hace tres se dedica a ello de tiempo completo. En sus obras es común encontrar mujeres que representan la diversidad y que se abrazan o se toman de las manos. Sus últimos trabajos, cuenta, la han hecho descubrir que uno de los temas que más le interesa explorar en este momento es la ternura, una emoción que contempla como “la gran rebelión contra el sistema”.

La artista considera muy valioso poder resignificar los espacios públicos con sus murales. Además, el hecho de compartir su visión a gran escala, “es una gran oportunidad de tocar el mundo de las personas de una forma profunda. Y el sentirte visible creo que es algo muy poderoso”.

(Por Eugenia Coppel)

La calle es nuestra: así es la ‘mercadita feminista’

En mantas o mesas plegables, con mecates amarrados de árbol a árbol y sobre el área de juegos infantiles de un camellón de la avenida Vicente Villada, alrededor de 70 mujeres improvisan unos 30 puestos ambulantes para exhibir sus productos en el municipio de Nezahualcóyotl, Estado de México.

“Aquí tenemos de todo, menos miedo”, anuncia una hoja colocada al lado de varios conjuntos de lencería. El cartel evoca la manera en la que suelen anunciarse los productos en los mercados y tianguis mexicanos.

Es la tarde del último domingo de julio de 2021 y en la esquina próxima, sobre la calle de Cielito Lindo, hay otro tianguis que puede confundirse como la continuación de los puestos sobre el camellón. Pero quienes improvisan la vendimia ahí son parte de la mercadita feminista convocada por distintas colectivas mexiquenses.

En la mercadita feminista todas las participantes son mujeres y se aceptan los trueques y donaciones. Hay artesanías y bordados hechos por ellas, pero también ropa de segunda mano o nueva y alimentos.

“No seré una mujer libre mientras sigan habiendo mujeres sometidas —Audre Lorde”, dice la cartulina de un puesto de ropa. “La de al lado no es competencia, es compañera”, señala una ilustración de un abrazo entre tres mujeres pegada a un carrito de repostería. “Feminismo antiespecista. Los animales no son comida. Protesta contra la violencia económica”, indican los letreros en el puesto vegano.

A través de una bocina las organizadoras recuerdan a las asistentes que ese lugar, un tramo de camellón conocido como Parque La llanta, se trata de un espacio apropiado y rehabilitado por vecinos de la zona para uso recreativo de la comunidad. También informan de una colecta en apoyo a la familia de Alejandra Calvo Almonte, víctima de feminicidio en Ixtapaluca.

Quienes convocaron a la “mercadita feminista” son integrantes de Nos Queremos Vivas, Colectiva Moradas, Rudas Chimalhuacán y Libertad Morada. Al inicio de 2021 se propusieron realizarla por lo menos una al mes, en los distintos municipios del oriente del Estado de México donde accionan. Hasta el momento han convocado un par en Nezahualcóyotl, una en Chimalhuacán y una en Ixtapaluca.

Contra la violencia económica hacia las mujeres

En enero de 2021, las colectivas realizaron una primera actividad de venta y trueque en Nezahualcóyotl, a un lado de la escultura conocida como El Coyote o Coyote Rojo, y fueron desalojadas por policías estatales y municipales. Desde entonces enfatizan en que las mercaditas feministas no se tratan de simples tianguis, sino de protestas contra la violencia económica. Y solicitaron la observación de organismos de derechos humanos para las siguientes jornadas.

La Ley de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, incluida la del Estado de México, considera la acción u omisión de quien agrede y afecta la supervivencia económica mediante la limitación o control del ingreso económico o al tener un salario menor por realizar el mismo trabajo.

Este tipo de violencia en contra de las mujeres es la que busca señalar y contrarrestar la mercadita feminista. Las activistas dicen que se trata de una forma novedosa, simbólica y pacífica de protestar.  “No es un tianguis, es una protesta. Estamos en nuestro derecho de hacerla y tomar el espacio público”, enfatiza Estrella López, integrante de Colectiva Moradas.

El contexto en el que se popularizan iniciativas de mercaditas feministas no es casualidad. En febrero de 2021 la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) pronosticó una contracción económica por la pandemia de COVID-19 que significaría un retroceso de más de 10 años en las condiciones laborales de las mujeres en la región.  Y ellas con su mercadita, con sus acciones, y con su arte hecho a mano, aportan otra forma de comerciar y de tejer lazos que pretende dejar en los habitantes de la zona una reflexión.

(Por Celia Guerrero).

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Rusia invade Ucrania: qué son los ‘bonos de guerra’ y cómo pueden ayudar a Kiev ante el ataque ruso

El gobierno ucraniano está recurriendo a este viejo ejercicio de recaudación para financiar las operaciones militares ante la ofensiva de Rusia.
2 de marzo, 2022
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A medida que avanza la invasión rusa sobre Ucrania, el gobierno de Volodymyr Zelensky está buscando a contrarreloj la forma de financiar a sus Fuerzas Armadas y la costosa defensa de su país.

El escenario es complejo: después de una importante inversión y modernización del poderío militar de Rusia, los ucranianos son superados en armas y en número de soldados, sin contar la capacidad aérea ucraniana, que es muchísimo menor a la rusa.

Además, su economía está paralizada por la guerra, con escasa capacidad de recaudación y precios disparados como el del petróleo.

En ese contexto, el Ministerio de Finanzas ucraniano anunció esta semana que recurrirán a un viejo instrumento financiero para apoyar a sus tropas: el llamado “bono de guerra”.

“En un momento de agresión militar de la Federación Rusa, el Ministerio de Finanzas ofrece a los ciudadanos, empresas e inversores extranjeros apoyar el presupuesto de Ucrania invirtiendo en bonos del gobierno militar”, explicó el ministerio a través de su cuenta de Twitter.

https://twitter.com/ua_minfin/status/1498319436633329666

Según especificó el gobierno de Zelensky, cada bono tendrá un valor nominal de 1.000 grivnas ucranianas (US$33) y la tasa de interés “se determinará en la subasta”.

“Los ingresos de los bonos se utilizarán para satisfacer las necesidades de las Fuerzas Armadas de Ucrania”, agregó.

En una reunión con inversionistas extranjeros, la cartera de finanzas también dio señales de tranquilidad al mercado, asegurando que no incumplirán con sus deudas existentes.

El presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky.

Getty Images

Y es que a los inversionistas les preocupa que la invasión por parte de Rusia empuje a Kiev a dejar de pagar su deuda. Por lo mismo, en los últimos días ha habido una fuerte caída en los precios de los bonos de circulación de Ucrania.

Ante esta difícil situación, los “bonos de guerra” parecen ser una buena salida (o, al menos, un respiro) para financiar su defensa. La recaudación —que comenzó este martes—logró recaudar en un día aproximadamente U$270 millones.

Pero ¿qué son realmente estos bonos y cuándo se ha recurrido a ellos en la historia reciente?

¿Qué són?

Los bonos de guerra —similar a otros instrumentos de deuda—, son deudas que un determinado Estado adquiere con inversionistas (particular o institucionales), la cual se compromete a devolverle en un plazo determinado con los intereses correspondientes.

En estos casos, el dinero se emplea específicamente para financiar las operaciones militares durante un período de conflicto bélico.

Los "bonos de guerra" son para financiar las Fuerzas Armadas de Ucrania.

Getty Images
Los “bonos de guerra” son para financiar a las Fuerzas Armadas de Ucrania.

Normalmente, este ejercicio de recaudación ofrece un tipo de rendimiento por debajo de la media y con un alto porcentaje de riesgo pues, si se pierde la guerra, es posible que también el dinero invertido.

Así, se suele atraer a los inversionistas apelando al patriotismo y a las emociones de los ciudadanos que quieran ayudar en la defensa de un país.

Ucrania, por ejemplo, ha llamado a apoyar a su nación “en tiempos difíciles”.

Los bonos de guerra también son un medio para controlar la inflación al sacar dinero de circulación de una economía estimulada en medio de los conflictos bélicos.

¿En qué otros momentos de la historia se ha recurrido a ellos?

Esta no es la primera vez en la historia que se recurre a este instrumento financiero para apoyar a las Fuerzas Armadas de un determinado país en momentos de guerra.

Estados Unidos también emitió este tipo de bonos para financiar parte del gasto en su defensa durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial.

Propaganda estadounidense 1917.

Getty Images

Entre 1917 y 1918, el gobierno estadounidense emitió los llamados “Liberty Bonds”, creando una campaña masiva con el fin de popularizar los bonos a través de llamados patrióticos. En la campaña incluso participaron artistas famosos, entre ellos, Charles Chaplin y la actriz Ethel Barrymore.

Hoy se cree que esta herramienta de financiamiento fue vital para la recaudación de fondos en la defensa del país.

Luego, en 1940, se repitió la historia.

A pesar de que se evaluó la posibilidad de cobrar impuestos para el financiamiento de las Fuerzas Armadas, finalmente se recurrió nuevamente a los bonos —esta vez se les llamó “War Bonds” o “Victory Bonds”— tras el ataque japonés a Pearl Habour en 1941.

Un llamado a comprar bonos de guerra en Times Square, en la ciudad de Nueva York, en 1940.

Getty Images
Un llamado a comprar bonos de guerra en Times Square, en la ciudad de Nueva York, en 1940.

Reino Unido también emitió bonos de guerra en 1917.

La frase propagandística para atraer este tipo de inversión decía: “Si no puede luchar, puede ayudar a su país invirtiendo todo lo que pueda en Bonos del Tesoro Público al 5%… A diferencia del soldado, el inversionista no corre ningún riesgo”.

Los medios de comunicación de ese país también se unieron a las peticiones de recaudación.

En su momento, la revista política británica The Spectator, escribió: “Es el pueblo de Gran Bretaña quien debe proporcionar el efectivo para financiar la guerra”.

Propaganda estadounidense de 1943.

Getty Images
Propaganda estadounidense de 1943.

Canadá también adoptó los bonos de guerra como una forma de inyectarle recursos a su defensa durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial.

El país logró involucrar a millones de canadienses a través de agresivas campañas con voluntarios que ofrecían los llamados “bonos de la victoria” de puerta en puerta y a corporaciones privadas.

“Los bonos de la victoria ayudarán a detener esto” o “trae a casa con el bono de la victoria” eran algunos de los sloganes de la época.


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