Policías relatan cómo alteraron escena tras masacre en Nuevo Laredo
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Secretaría de Seguridad de Tamaulipas

Policías relatan cómo alteraron escena tras masacre en Nuevo Laredo; contradice versión de testigos

Agentes llevan dos años como testigos protegidos pese a que en sus declaraciones trataron de mantener la versión oficial de un enfrentamiento. Dos de los siete oficiales acusados de la matanza tenían antecedentes por tortura.
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“Nuestro jefe de grupo nos dio la instrucción de colocar casquillos percutidos al exterior del inmueble y también de dispararle a la camioneta que ya estaba colocada ahí, de manera que pudiésemos justificar los motivos por los que entramos al domicilio (…) En la camioneta estaba el cuerpo de quien respondía al apodo de ‘El Negro’, pero no tengo conocimiento de cómo murió, además escuché que nuestro jefe de grupo dio la instrucción de que le fuera colocado el chaleco con el que finalmente apareció, pero tampoco sé quién lo haya hecho”.

Esta es parte de la declaración prestada en noviembre de 2019 por Juan Carlos Vicenzio Zuvirie, agente del extinto Centro de Análisis, Inteligencia y Estudios de Tamaulipas (CAIET), y testigo protegido dentro de la carpeta 406/2019 que investiga la masacre de Valles de Anáhuac, en Nuevo Laredo.

Vicencio Zuvirie y otros seis compañeros están acusados de homicidio calificado, abuso de autoridad y falsedad en informes dados a una autoridad y allanamiento de morada por los hechos del 5 de septiembre de 2019 en los que 8 personas fueron asesinadas. Animal Político reveló que el gobernador Javier García Cabeza de Vaca fue quien tres semanas antes había instruido a la realización del operativo, según documentos aportados a la causa. 

El oficial y otros dos policías (Zayra Concepción Guevara Garza y Azariel Urbina Arguelles) son testigos protegidos, por lo que han eludido la prisión hasta el momento. Los elementos José Rafael González Villapando (que estaba al mando en el operativo) y Ricardo Guadalupe Mendoza Aguirre están en la cárcel, mientras que Edith Esteban Cruz y Francisco Hernández Carbajal se encuentran en busca y captura y se ofrece una recompensa de 250 mil pesos. 

Animal Político tuvo acceso a las declaraciones de los tres agentes, incluidas dentro de la carpeta de investigación 406/2019, en manos de la Fiscalía General del Estado (FGE) de Tamaulipas. En ellas, mantienen la versión difundida en un inicio por la Secretaría de Seguridad Pública y aseguran que las muertes se produjeron por un enfrentamiento y que no hubo ejecuciones extrajudiciales. “Lo que se comunicó a la ciudadanía por parte del gobierno del Estado el día de los hechos no se aparta del todo de la realidad”, dijo Vizencio Zuvirie. 

Este segundo relato, sin embargo, incluye ya varios elementos que difieren de la explicación oficial. Los policías admiten que practicaron detenciones en tres casas y no solo en la que se produjo la masacre; reconocen que alteraron la escena por orden de un superior y aseguran no tener idea de cómo falleció una de las víctimas, que apareció muerto en mitad del cordón policial, en lo alto de una camioneta que había sido trasladada allí por los agentes. Esta segunda versión, sin embargo, difiere también de las declaraciones de 14 testigos presenciales que también están incluidas en la causa. 

El operativo según los policías-testigos 

Sobre las 5 de la mañana, un equipo del CAIET escoltado por al menos una veintena de soldados, se dirige a una vivienda en la colonia Buenos Aires de Nuevo Laredo. Según los policías, el destacamento está integrado por los siete agentes imputados por la FGE y buscan armas de gran calibre que, supuestamente, estarían en poder del Cártel del Noreste. Al irrumpior en este primer domicilio, encuentran a una persona llamada Enrique Pérez Chávez, a quien apodan el Negro y a quien consideran integrante del crimen organizado y quien estaría custodiando un vehículo con blindaje artesanal. 

Este les habría asegurado que las armas se encontraban en una segunda vivienda, esta vez en la colonia Buenavista, a la que se dirigen. Allí, siempre según la versión de los agentes, capturan a Luis Fernando Hernández Viezca, quien les dirige a un tercer domicilio: la casa en la que tuvo lugar la masacre en Valles de Anáhuac.

Los tres policías coinciden en testificar que, al llegar a esta tercera vivienda, son objeto de un ataque por parte de civiles armados y que, en mitad del tiroteo, Hernández Viezca es capaz de escapar de la custodia y adentrarse en el domicilio, desde el que también comienza a disparar. Finalmente, las siete personas que se encontraban al interior del domicilio (cuatro hombres y tres mujeres) resultan muertas. Además, el cuerpo de Pérez Chávez aparece, con un chaleco antibalas que algún policía le coloca, sobre el vehículo con blindaje artesanal que había sido movido desde la colonia Buenos Aires, ubicada a unos 8 kilómetros de distancia. Según reveló Animal Político, la carpeta de investigación incluye declaraciones que apuntan al capitán José Jorge Ontiveros Molina, actual secretario de Seguridad Pública del gobierno de Tamaulipas, como el oficial que solicitó la grúa para mover este vehículo. 

“Nosotros no ejecutamos a nadie, no los torturamos, mucho menos los sujetamos y no los vestimos, las mujeres que encontramos en el último domicilio ya se encontraban ahí y el equipo táctico con el que fueron abatidas era de su propiedad”, declaró Azariel Urbina Arguelles, quien aseguró que los relatos ofrecidos por los testigos son “falsos”.  

Tras ese supuesto enfrentamiento, el jefe del operativo, González Villapando, instruye a sus subordinados para que siembren casquillos percutidos en el exterior y disparen contra el blindado para simular un tiroteo que, según esta versión, se había producido minutos antes. ¿La razón? Justificar una irrupción en una vivienda sin orden judicial alegando que habían sido atacados. Uno de los detalles que más dudas generan sobre esta versión es la aparición del cadáver de Pérez Chávez en mitad de una zona acordonada por el Ejército y sin que los policías que están ahí puedan precisar quién lo ha matado. 

Para convertirse en testigos, los agentes prometieron dar detalles sobre las decisiones adoptadas por su superior González Villapando, sobre las circunstancias de la muerte de las ocho personas, acerca del traslado de la camioneta blindada y en relación a la participación de integrantes del Ejército en el operativo, algo que todavía no se ha producido. 

Las contradicciones 

Los relatos aportados por los policías-testigos chocan con las versiones de 14 personas que se encontraban en las viviendas que fueron allanadas durante el operativo o en sus inmediaciones. Según estos testimonios, en el primer apartamento no se encontraba solo Enrique Pérez Chávez, sino que también rentaban cuartos Wilbert Irraestro Pérez, José Daniel Saucedo Martínez, Juana Yatzel Graciano Magaña, Jennifer Hazel Romero López y Cinoy Esmeralda Briseño Chapa.

Todos ellos habrían sido llevados primero al domicilio de Luis Fernando Hernández Viesca y posteriormente de Severiano Treviño Hernández, donde acabaron presuntamente con sus vidas. Kassandra Treviño, hija de la última víctima, relató en entrevista con Animal Político cómo los agentes del CAIET irrumpieron en su domicilio y le obligaron a abandonarlo, tras comenzar a golpear a su padre. Sería la última vez que lo vio con vida. “No pueden ir los oficiales matando inocentes porque sí. Que paguen lo que hicieron”, declaró cuando se cumplía un año de la masacre.

Qué ocurrió en esa vivienda lo tendrá que determinar un juez, aunque elementos que aparecen en la carpeta de investigación ponen en cuestión la versión oficial. Por un lado, el supuesto tiroteo. Los peritajes que se incluyen en el expediente descartan que la fachada de la casa donde se registró la matanza recibiese impactos de bala. Es decir, que no hay rastro del supuesto tiroteo pero sí disparos al interior de las habitaciones, donde aparecieron los cuerpos sin vida de las víctimas.

Por otro lado, seis de las ocho víctimas presentaban marcas en las muñecas como muestra de haber estado atados previamente. Aunque los agentes convertidos en testigos lo niegan en sus declaraciones, las necropsias revelan las marcas de cinchos en las muñecas.

Entrenamiento con Marina y EU y denuncias por tortura

Este no es el único caso en el que el grupo de operaciones especiales de la policía estatal de Tamaulipas tiene señalamientos por graves violaciones a los derechos humanos.

Sus integrantes han sido acusados de desapariciones en Ciudad Mier o de la masacre de 19 personas (17 de ellos migrantes) en Camargo. Los documentos incluidos al interior de la carpeta de investigación permiten conocer un poco mejor el perfil de sus agentes. Todos relatan haber sido entrenados en un curso previo de la secretaría de Marina, tras el cual recibían su certificado de aptitud.

El papel de este cuerpo está siendo también investigado, ya que actualmente 30 elementos, supuestos integrantes de la Unidad de Operaciones Especiales están en prisión acusados de la desaparición de cuatro personas. Entre enero y junio de 2018 hay al menos 47 denuncias por desaparición y, de ellas, 12 personas habrían sido ejecutadas extrajudicialmente.

Otro de los vínculos fuertes de estos agentes es con Estados Unidos. De hecho, uno de los tres policías reconvertido en testigo señala que tomó un curso impartido por el FBI. Esta no es una novedad, ya que según publicó Vice News, varios de los oficiales del Grupo de Operaciones Especiales (GOPES, sucesor del CAIET) acusados de la masacre de Camargo, Tamaulipas, en febrero de 2021, recibieron también instrucción al norte del Río Bravo. Esto no fue impedimento para que el máximo responsable del cuerpo, Félix Arturo Rodríguez Rodríguez, fuera reconocido por la DEA y el HSI en un acto en el consulado de Matamoros.  

Al interior de la carpeta también se incluye un dato relevante: dos de los siete policías imputados por los homicidios tenían denuncias previas por tortura: en concreto, el jefe del operativo tenía abierta una investigación en 2019 y Vicenzo Zuvirie otras dos, también ese mismo año.

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'Me mandaban coronas de muerto': ser trans en México, el segundo país del mundo con más agresiones al colectivo

Kenya Cuevas dice que es una sobreviviente. Ha presenciado la violencia machista en la familia, la calle y la justicia en México, así como un transfeminicidio que cambió su vida.
31 de marzo, 2022
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Ser una persona trans es difícil en cualquier parte del mundo, pero en México puede implicar la muerte.

En 2021 se colocó como el segundo país con más asesinatos de personas trans en el mundo (46 casos), solo superado por Brasil (92), según el monitoreo de la organización Transgender Europe.

Y la violencia cotidiana contra la comunidad no es menor alarmante.

Kenya Cuevas Fuentes lo ha vivido.

Desde los 9 años huyó de la violencia machista en su casa y a esa edad entró al mundo del trabajo sexual, con la explotación, violencia y consumo de drogas que conlleva.

En 2016 vivió un momento transformador de su vida al ser testigo del asesinato de una amiga, el primer transfeminicidio reconocido como tal por las autoridades en México.

Con motivo del Día Internacional de la Visibilidad Transgénero, Cuevas cuenta su historia, que refleja cómo vivir como una persona trans en una sociedad transfóbica puede convertirse en un riesgo de muerte.


Soy una mujer sobreviviente.

Una mujer luchadora que ha tenido que pasar por procesos de vida difíciles, que inició su vida en una familia disfuncional, prácticamente desde que yo recuerdo.

Soy la menor de siete hermanos y ellos siempre eran violentos. Eran mucho mayores que yo y uno de ellos era alcohólico. Mi madre vivía en Estados Unidos y mi padre tenía otra familia.

Estábamos al resguardo de mi abuela materna, que nos educó con valores. Sin embargo, también había mucho machismo, poca información sobre la diversidad LGBT, no había un reconocimiento claro de la identidad de género, la expresión de género en esos años .

Y esto generaba una violencia en la que fui creciendo.

Pero las escenas importantes que yo recuerdo y que transformaron mi vida ocurrieron a los 9 años.

A esa edad mi abuela fallece de un paro cardíaco y yo siendo la menor me quedo al resguardo de mis hermanos, que eran los primeros actores de la violencia familiar. Una de mis hermanas murió y quedamos seis.

Kenya Cuevas

Mahia Mishelle

Y la violencia crecía. No me daban de comer, no me llevaban a la escuela, no me atendían. Cuando salí a buscar comida encontré un empleo y a ganar un dinero. Y al darse cuenta mis hermanos me dijeron “aquí quien trabaja da un gasto” y me quitaban mi sueldo.

Y llegó el momento en que me cansé de que mis hermanos me golpearan, me discriminaran.

“Haz lo que te pidan”

Un día me salí a caminar al centro de la ciudad, a la Alameda Central, y yo no sabía qué hacer con mi vida, pero lo único que sabía era que ya no quería regresar a mi casa, a esta violencia.

Llegó la noche, y en la oscuridad, una mujer caminó hacia mí. Yo no sabía que era una mujer trans, pero mi corazón en ese momento se identificó con esa mujer, quería ser como ella.

Me dijo “ponte a trabajar, habla con los señores de los carros y te van a llevar aquí a la vuelta, te van a pagar tanto dinero y haz lo que te pidan”. Así fueron sus palabras textuales.

Yo obedecí, hablé con uno de un carro y me llevó al hotel mientras yo le platicaba mi historia de vida, de mi mamá y mis hermanos. Lloré y lloré y le decía “yo quiero quedarme contigo”.

Trabajadores sexuales en Ciudad de México

Getty Images

Él se sorprendió pero me dijo: “No puedo llevarte conmigo. Pero te voy a dejar la habitación pagada por una semana y dinero para que comas”.

Tenía 9 años y fue mi primer cliente en el trabajo sexual. Obviamente tuve mucho dolor, fue mi primera práctica sexual y yo no sabía cómo reaccionar.

“Te vamos a arreglar”

Me di cuenta que era un hotel que hospedaba a mujeres trans que ejercían el trabajo sexual.

Todo el tiempo las mujeres vivimos violentadas también en un tema de vivienda, porque la gente que renta departamentos no nos acepta y eso hace que los hoteles sean como nuestra residencia.

Les decían “vestidas”, porque en ese momento “trans” no existían.

Me acerqué a una y le dije “yo quiero ser como tú”, y con el dinero que había ganado me llevaron a un local de pelucas y accesorios de todos colores y sabores.

Compramos una peluca, pestañas, maquillaje, de todo. Yo estaba muy emocionada y me empezaron a arreglar. Y recuerdo una frase que fue muy tajante: “Esta es la primera y la única vez que te vamos a arreglar. Si tú no aprendes es por pendeja”.

Puse muchísima atención y fue el primer momento en que pude arreglarme, con esta figura arreglada, afeminada.

Me quedé contemplando el espejo, pues fue uno de los momentos más felices de mi vida porque logré identificarme y verme realmente como esa mujer que vivió engañada y encerrada en un cuerpo varonil.

Kenya Cuevas

Mahia Mishelle

Y me dijeron “vámonos a trabajar, porque ya te acabaste tu dinero y qué vas a comer mañana”.

“Me quedé en la calle”

Me presentaron con una madrota, a quien le dijeron que yo era menor de edad: “Es nuestra hija”.

Y recuerdo muy bien que Angélica, como se llamaba, respondió: “Pues a mí me vale madre si es menor de edad o no, a mí que me den mi renta de 1,500 pesos y que se ponga a trabajar”.

Era uno de los puntos “permitidos” para el trabajo sexual en Ciudad de México.

Todo el mundo quería irse conmigo y me iba muy bien. Muchos años después entendí por qué: era una niña de 9 años. Por obvias razones llegué a tener una clientela alta.

Ya cuando pasó la “novedad”, bajó el trabajo, pero entonces encuentro otra parte del trabajo sexual. Y es que hay otros clientes que buscan una compañía para consumir sustancias, tener fiestas.

Y si no le entras a ese tipo de dinámicas, no trabajas.

Yo seguía siendo una niña con mucho resentimiento, con mucho dolor, mucho sufrimiento real. Y fui presa fácil de las drogas, de esa puerta falsa.

Trabajadores sexuales en Ciudad de México

Getty Images

Eso fue deteriorándome. Ya no pagaba la renta, ya no comía, todo me lo chingaba en la droga. Perdí todo y me quedé en la calle.

Eso me llevó a vivir 20 años de mi vida en esas condiciones. Limpiando parabrisas, viviendo en los parques. Cuando alguien me llevaba al hotel, era mi oportunidad de bañarme y lavar mi ropa.

En todo ese proceso viví mucho en las drogas. Y a pesar de entrar a rehabilitación, la abstinencia me hacía caer de nuevo al consumo, además de que no había una comprensión por mi identidad de género y no me permitían ser yo.

Al llegar a la mayoría de edad, como eran programas para menores, ya no me permitían el acceso. Tenía que pedir monedas en la calle o a mis conocidas.

“Los custodios me vendían”

Después de 20 años de esta vida, un día en 1999 llegué a comprar droga a un picadero. Y ahí de pronto tiran la puerta y gritan “¡policía judicial!”

Nos tiran al suelo y la vieja que vendía la droga la avienta a un lado mío.

“¿Desde cuándo vendes?”, me preguntó un policía. “No, pues yo no vendo, jefe, vine solo por mis piedritas”, le dije.

Me mandaron a la cárcel por “posesión, distribución y venta de cocaína” que entonces era mucho más penado.

En el Reclusorio Norte violentaban a las mujeres trans. A mí me llegaron a violar. Los custodios me vendían con internos para sus fiestas y orgías nocturnas de las personas que realmente vendían droga y secuestraban y tenían mucho dinero.

Reclusorio Norte de Ciudad de México

Getty Images

Ahí las personas trans teníamos que satisfacer a muchas personas.

Y un día me peleé con un interno que me quería violentar. Tenía una navaja, pero logré quitársela y se la enterré en el estómago. Y eso motivó a que me trasladaran al penal de Santa Marta Acatitla .

Salí después de 10 años y tres rebajas de sentencia.

Un juez determinó mi absolución del delito porque consideraba que yo no había sido la responsable de las sustancias que habían encontrado. Me dicen “gracias por participar, uste no fue, discúlpenos”.

“Ese día cambió mi vida rotundamente”

Ya había dejado las drogas y al salir me empiezo a capacitar en un proceso de aprendizaje, en la promoción contra el VIH y empiezo a dar consejería, aplicación de pruebas. Y empiezo a aplicar esto con las trabajadoras sexuales, que eran mis compañeras.

Empecé a encontrar que muchas trabajadoras sabían desde hace mucho tiempo que tenían VIH pero no se habían atendido. Otras que ni se imaginaban que vivían con VIH. Las que decían que sí les daba miedo pero no usaban protección.

De 2010 a 2016 me profesionalicé en estos acompañamientos de activismo que realizaba aunque no fuera visible porque lo hacía entre el trabajo sexual. Me decía “que lo que haga mi mano derecha no lo sepa la izquierda”.

Al llegar el 30 de septiembre de 2016, ese día cambió mi vida rotundamente.

Fui testigo del transfeminicidio de Paola Buenrostro, mi amiga, una mujer trans de 24 años que fue asesinada. Era mi compañera desde hacía muchos años en el trabajo sexual.

Varias rechazamos a un sujeto que solicitó servicio sexual, pero Paola aceptó subirse al vehículo y cuando avanza unos pocos metros, escuchamos gritos de auxilio: “¡Kenya, Kenya!”

Vi cómo forcejeaban y escuché tres detonaciones de armas de fuego.

Me quedé impactada, no me podía mover. Y él al darse cuenta de que vi todo, me miró fijamente a los ojos, me apuntó con el arma y accionó el gatillo.

Una ofrenda para Paola Buenrostro

Getty Images

Todavía claramente tengo la imagen de su dedo jalando el gatillo, pero no sale la bala porque el arma se encasquilló. Así que pude detenerlo.

Llega una patrulla y lo detienen en flagrancia, con mi amiga agonizando, con el arma en la mano. Y yo grabé un video que publiqué poco después.

Pero entonces nos encontramos con un sistema discriminatorio, violatorio de derechos humanos, de no acceso a la justicia y criminalizante de las mujeres trans y el trabajo sexual, por sus propios prejuicios y creencias y posturas políticas.

Me negaron el acceso al caso porque dijeron que no era testigo sino una “curiosa” en el lugar.

Me las arreglé para tener un documento de acceso a una audiencia y cuando el juez preguntó si había un testigo, el Ministerio Público me dijo “te invito a que te vayas para que no contamines la audiencia”.

Una ofrenda para Paola Buenrostro

Getty Images

Yo sin saber de leyes, sin saber leer ni escribir, pero confiando en las autoridades y pensando que el hombre fue detenido en el lugar de los hechos, pensé que lo iban a tener en la cárcel.

Pero el juez lo dejó en libertad porque el Ministerio Público no llevó pruebas.

Amenazamos al fiscal y nos entregaron el cuerpo. Lo llevamos a la avenida Insurgentes y su ataúd lo pusimos ahí.

Fue nuestra manera de gritarle a la sociedad que a las mujeres trans nos mataban y a nadie le importaba, que a las mujeres trans no nos reconocían, nos violentaban, no nos daban oportunidades laborales, ni de salud, ni de vivienda, ni de derechos humanos.

Una protesta por el caso Paola Buenrostro

Getty Images

Pareciera que todo el mundo tiene la autorización de golpearnos y violentarnos. Y eso fue un impacto ante los medios de comunicación.

Entonces fue que empezó toda una lucha de visibilidad.

La Casa de las Muñecas Tiresias

Empezamos a exponer este problema sistemático e institucional en todos los procesos de nuestra vida. Cómo ya hemos normalizado la violencia en nuestras vidas, interiorizándola y llevándola hasta con nuestras propias pares.

Y al mismo tiempo de alzar la voz, empecé a recibir amenazas de muerte por el activismo. Me mandaban coronas florales de muerto, me llamaban para decirme que me iban a matar.

Tuve un atentado en 2017, ingresaron a mi domicilio y ahí mataron a una compañera. Tras esto me negaron la protección como activista y defensora de derechos humanos.

Pero con la insistencia en las denuncias es como hemos logrado que el de Paola Buenrostro fuera reconocido como el primer transfeminicidio de la historia de México.

Un acto de disculpas de la Fiscalía por el caso Paola Buenrostro

FGJCDMX
La Fiscalía de Ciudad de México pidió perdón en 2021 por las omisiones en el caso de Paola Buenrostro.

Es la expresión más violenta que pueda experimentar un ser humano, el transfeminicidio, por la modalidad en cómo nos asesinan.

A partir de entonces fundamos la Casa de las Muñecas Tiresias.

Es una organización sin fines de lucro que da acompañamiento integral para los procesos de identidad, salud, trabajo, vivienda, derechos humanos. De todas las personas diversas y todas las personas que se encuentren en situación de vulnerabilidad: personas de la calle, consumidores de sustancias, trabajadores sexuales, personas con VIH y todo el colectivo LGBT.

Brindamos un albergue para que las mujeres vivan un proceso de deconstrucción y construcción y así mismo de reconocimiento de los derechos propios y que se construyan académicamente y profesionalmente para colocarse en la sociedad.

También nos ocupamos de recuperar los cuerpos de las mujeres que mueren en situación de violencia extrema, para darles cristiana sepultura.

Una actividad en la Casa de las Muñecas Tiresias

CAMTAC

El activismo que hacemos se ha convertido en uno de los más reconocidos del México, pero no solo defendemos a las personas trans, sino que en cualquier causa contra la discriminación ahí va a estar la Casa de las Muñecas Tiresias.

Es parte de un trabajo de responsabilidad y de reconocimiento y de gestión que inició la noche del 30 de septiembre de 2016, cuando mataron a Paola Buenrostro.

“Es algo que te impacta para toda la vida”

Encontrar tu identidad sexual en un entorno incomprensivo es algo que te impacta para toda la vida.

Cuando no se tiene un acompañamiento ni un reconocimiento de esa identidad, lo que hacemos es salir a buscar el lugar donde nos sintamos seguras, donde sí nos identifiquemos.

Es a lo que nos orillan a hacer a las mujeres trans. Salimos de nuestras casas a temprana edad, a vivir la violencia que acabo de relatar.

Lanzan a estas mujeres a la discriminación, a que su expectativa de vida sea de 35 años por la violencia extrema a la que se enfrentan en espacios donde sí son aceptadas como el trabajo sexual, las drogas y los lugares en donde no hay ninguna formación.

Una actividad en la Casa de las Muñecas Tiresias

CAMTAC

¿Qué le diría a un niña que está en este reconocimiento? Que siempre luche por lo que quiera ser. Que no haga lo que los demás quieran que haga. Todo lo que se imagine puede ser real.

Si tú lo imaginas y lo quieres en tu vida, va a ser real. No va a haber ningún impedimento para que tú lo logres.

Sí creo que en México hemos avanzado mucho.

Antes la causa no era visible, no era acompañado de las autoridades, y la comunidad trans estaba más segregada dentro de la comunidad LGBT.

Tras el asesinato de Paola Buerostro fue visible ante la sociedad, los medios, las autoridades y la academia y se ha logrado ante todos los contextos que se requiere inclusión de todas las comunidades poco favorecidas.

A quienes aún sienten transfobia les digo: dense la oportunidad de conocer a personas trans, a personas diversas.

Mujeres trans de Ciudad de México

CAMTAC

Dense cuenta que somos personas que reímos, que cagamos, que sentimos y que lloramos, igual que ellos.

No sean generadores de violencia a través de la ignorancia. Y prepárense para enfrentarse a sí mismos, deconstruyan sus prejuicios, para que no generen ni discursos ni violencia ni odio.

Yo soy una mujer libre y como otras trans, nos podemos desenvolver en cualquier ámbito social, económico, laboral, comunitario, sin problemas.

Y como siempre digo: nuestra mayor venganza es que seamos felices.


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