'Estamos agotados, pero seguimos luchando por liberar a July Raquel'
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A un año, estamos agotados, física, moral y económicamente: familia de July Raquel

A un año de su detención acusada por el homicidio de la rectora de la Universidad Valladolid, en Xalapa, la familia de July Raquel y el Centro ProDh piden celeridad a la CNDH para que emita los resultados del Protocolo de Estambul que probarían que fue torturada por policías.
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6 de noviembre, 2021
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El próximo 6 de noviembre se cumple un año desde que July Raquel Flores, de 29 años, ingresó en prisión preventiva en Pacho Viejo, en Xalapa, acusada como copartícipe del homicidio de la rectora de una universidad veracruzana en junio de 2020.  

Desde entonces, Martín Flores, su padre, cuenta que él y su esposa Etelina hacen el mismo ritual cada tres semanas: meten en unas bolsas de plástico toda la ropa vieja que les donan amigos y familiares, la suben a la cajuela de una camioneta destartalada, y con la gasolina justa emprenden el mismo trayecto en el que denuncian que unos policías torturaron a su hija. Se trata de la ruta Ciudad de México-Xalapa. Casi 400 kilómetros en los que el matrimonio narra que cuatro policías de investigación veracruzanos le dieron toques eléctricos a July Raquel, le colocaron una bolsa en la cabeza para asfixiarla, y la agredieron sexualmente para que confesara su supuesta participación en el asesinato de la rectora. 

Lee: A casi un año presa, las pruebas de la Fiscalía de Veracruz contra July Raquel por asesinato de rectora se tambalean

Desde su detención e ingreso inmediato en prisión, Martín y su esposa acuden a la puerta de Pacho Viejo, colocan una mesa de plástico bajo la sombra de un árbol y sentados en la banqueta tratan de vender la ropa que se pueda. Incluso, Martín ofrece chambas de jardinería, su profesión. Todo, para poder sacar unos pesos extra para sufragar la ‘estancia’ de su hija en prisión y, sobre todo, para seguir pagando el abogado particular que con mucho esfuerzo toda la familia logró contratar. 

“Esta situación no solo destroza la vida de la persona que está presa. También destroza la vida de los demás, de toda la familia”, lamenta Martín, que asegura que tras el encarcelamiento de July comenzó a sufrir problemas con la presión arterial; su esposa perdió la visión en un ojo; Abraham, su otro hijo, perdió más de 15 kilos por el estrés y tuvo que aparcar sus estudios para convertirse en un improvisado investigador privado; y Erick, el esposo de July y padre de sus dos hijos, cayó en una profunda depresión. 

A todo esto se le suma otra pesadilla, dice Martín. “La pesadilla económica”. La que le ha impedido durante el último año dormir pensando qué otras chambas puede hacer para sacar dinero suficiente que le permita afrontar los gastos de la prisión de su hija y pelear para demostrar su inocencia. 

“Ha sido el año más duro de nuestras vidas. Estamos agotados, física, moral y económicamente”, recalca Martín en entrevista con Animal Político, quien, no obstante, asegura que más allá del cansancio van a continuar peleando por la libertad de su hija.

“Pensábamos que para este fin de año nuestra hija ya estaría en casa con nosotros y vemos que, lamentablemente, no será así. Pero no nos vamos a quedar de brazos cruzados, ni vamos a bajar la guardia hasta que mi hija salga libre”, hace hincapié. 

El llamamiento a la CNDH

Para continuar luchando, Martín plantea que es fundamental la intervención de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), que desde el pasado mes de septiembre atrajo el caso. 

En ese septiembre, personal adscrito a la tercera visitaduría de la CNDH realizó el Protocolo de Estambul a July Raquel para determinar si fue víctima de tortura a manos de policías, un avance que se produjo luego que un juez había negado inicialmente que se llevara a cabo esta diligencia clave. 

Entérate: La pesadilla de July Raquel: “Policías me violaron para que confesara asesinato de rectora veracruzana”

Sin embargo, más de dos meses depués, la Comisión aun no ha dado respuesta de cuál es el resultado de esa prueba, ni ha emitido una recomendación al respecto por violaciones a derechos humanos o por tortura. Y esta falta de celeridad en las investigaciones de la CNDH preocupa tanto a la familia de July, como al Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro, que acompaña legalmente el caso desde mayo pasado. 

 Alejandra Elguero Altner, abogada del Centro ProDh, explica que el caso de July Raquel está ya por entrar a la fase final del juicio donde la defensa y la Fiscalía veracruzana expondrán todas las pruebas a favor y en contra de la imputada, aunque aún no hay una fecha determinada. Y para la defensa, insiste Elguero, sería fundamental que a partir de todas las pruebas que ya tiene a su disposición la CNDH emitiera una recomendación, además de dar a conocer los resultados del Protocolo de Estambul antes del juicio.  

“Nos preocupa mucho que la falta de celeridad no permita que la recomendación de la CNDH pueda ayudar a July Raquel en su proceso penal”, expone la abogada del Centro Pro, que ayer miércoles hizo un llamado público a la CNDH para que “resuelva prontamente el caso de tortura sexual contra July Raquel a un año de su detención”.

Además del protocolo de Estambul, que de arrojar positivo sería clave en la posible liberación de July Raquel, pues probaría que fue víctima de tortura y de tortura sexual durante su detención, la defensa acumula un amplio abanico de pruebas que pondrían en entredicho las acusaciones de la Fiscalía veracruzana que señala a July como co-partícipe del homicidio de la rectora de la Universidad Valladolid, en Xalapa. 

Por ejemplo, la defensa de July Raquel, por medio del abogado Rodolfo René Paratte, consiguió el pasado mes de septiembre que un juez admitiera como pruebas para el juicio del caso los testimonios de cuatro personas que acreditan que la mujer estuvo a más de 300 kilómetros del lugar del asesinato el día que se cometió, el pasado 29 de junio de 2020. En un inicio, estos testimonios habían sido rechazados por otro juez. 

Por otra parte, cabe recordar que entre las principales pruebas que tiene la Fiscalía estatal para asegurar que July Raquel fue copartícipe en el homicidio de la rectora María Guadalupe Martínez Aguilar están la copia del contrato de compraventa del coche que estuvo en el lugar de los hechos en Xalapa, y que sí fue utilizado por tres agresores para trasladarse de la Ciudad de México a Xalapa. 

Se trata de un Honda Civic banco, modelo 2018, que July le rentaba desde enero de 2020 a otro hombre para trabajar como chofer de Uber. Sin embargo, tras el asesinato, y luego de apersonarse los agentes de investigación en el domicilio del dueño, ubicado en el Estado de México, éste les aseguró que el coche ya no era suyo, sino de July Raquel. Y para tratar de acreditarlo les entregó una copia simple del contrato de compraventa con la supuesta firma de la mujer.  

Lee más: Juez niega protocolo contra tortura a July Raquel, acusada del asesinato de rectora en Veracruz

Sin embargo, la defensa de July también logró en septiembre pasado que se integrara a la carpeta de investigación del caso un oficio que acreditaría que no existe un documento original de ese contrato de compra-venta del coche, dejando así constancia de que uno de los ‘pilares’ de la Fiscalía para acusar a July Raquel como copartícipe del asesinato se sustenta en una copia simple del contrato en la que, además, la firma no coincide con la plasmada por la imputada en documentos oficiales como el INE. 

Sobre este punto, este medio pudo acreditar que el supuesto contrato no va acompañado de una factura, ni de un comprobante de transacción, ni de un estado de cuenta con el supuesto ingreso por la venta, y tampoco hay constancia por escrito de la presencia de algún testigo en la firma, ni de un notario.  

Por ello, la defensa de July había insistido en varias ocasiones a la Fiscalía veracruzana que se hiciera un peritaje de la firma del documento para corroborar su autenticidad o falsedad. 

Hasta el momento, a un año del encarcelamiento de July Raquel, no se ha llevado a cabo ese peritaje, o al menos no se conocen los resultados del mismo, a pesar de que determinar si la firma en ese contrato de compra-venta es verdadera o falsa podría resultar clave en el proceso, pues la acusación de la Fiscalía se sostiene en buena medida en esa rúbrica. 

 

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'El narcotraficante no era yo': la historia del fotógrafo personal de Pablo Escobar

Edgar Jiménez fue compañero de secundaria de Pablo Escobar y años más tarde tuvo acceso al círculo íntimo del capo como su fotógrafo durante uno de los periodos más convulsionados de la historia de Colombia.
22 de julio, 2022
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El 22 de julio se cumplen 30 años de la fuga del narcotraficante Pablo Escobar de la Catedral, la cárcel donde estaba recluido con sus secuaces, tras entregarse voluntariamente al gobierno de Colombia. Poco más de un año después, terminaría muerto a tiros por las autoridades en un tejado de Medellín, su ciudad natal.

Este julio también sale publicado el libro “El Chino: La vida del fotógrafo personal de Pablo Escobar”, un recuento y álbum fotográfico de la vida de Edgar Jiménez -escrito por Alfonso Buitrago- quien conoció al futuro capo desde temprana edad y años después captó con su cámara los momentos más íntimos del poderoso jefe del Cartel de Medellín.

Edgar Jiménez, apodado “El Chino”, habló recientemente con el programa Outlook del Servicio Mundial de la BBC sobre esos primeros años de amistad en la adolescencia y cómo de adulto reconectó con Escobar quien lo contrató para fotografiar su espectacular hacienda y zoológico y sus eventos personales y familiares.

Esa relación abarcó desde la “época dorada” del narcotraficante (como la llama el fotógrafo) cuando era considerado un benefactor de los pobres, hasta la campaña que lanzó para ser elegido al Congreso y finalmente la sangrienta ola de violencia que desató contra el estado colombiano.

A pesar de haber acompañado durante varios años a uno de los hombres más buscados por la justicia, de haber penetrado su círculo interno, de compartir tragos con sus despiadados sicarios y de conocer las atrocidades que habían cometido, Jiménez no tiene reparos por su cercanía con Escobar. “El narcotraficante no era yo”, dijo a la BBC. “Yo estaba haciendo una actividad legal que era la fotografía”.

Esta es la historia de ese fotógrafo que tuvo acceso a uno de los personajes más famosos e infames de finales del siglo XX, durante un dramático período en la historia de Colombia y el mundo.

Uno del montón

Edgar Jiménez y Pablo Escobar se conocieron en 1963, cursando el primer año de secundaria en el Liceo Antioqueño, una institución pública para clases populares y sectores medios, pero considerada de muy buena calidad.

Tenían 13 años y forjaron una amistad típica de compañeros de un mismo salón; había camaradería, practicaban deportes juntos y en los descansos charlaban. “Fuimos muy amigos”, dice Jiménez.

Al principio, Escobar no era una persona que se destacara mucho. “Pablo era un estudiante del montón. Ni bueno ni pésimo”, recuerda Jiménez. “No significa que no fuera inteligente, que sí lo era, peros sus preocupaciones eran de otra naturaleza”.

Más o menos desde los 16 años se notaba que tanto él como su primo Gustavo Gaviria -que también estudiaba en el liceo- “eran muy inquietos por conseguir dinero” y empezaron a negociar con cigarrillos de contrabando.

“Los estudiantes éramos de bajos a medianos recursos económicos, Escobar y Gaviria también, pero ellos eran los que más solvencia tenían por cuenta de sus actividades de esa índole”.

Por falta de disciplina académica, Pablo Escobar reprobó el cuarto año de secundaria y tuvo que repetirlo en una institución paralela. Al no estar ya más en el mismo salón, ni el mismo año, los amigos empezaron a distanciarse y perdieron contacto.

Edgar Jiménez se había interesado en la fotografía gracias a un laboratorio muy bien montado y un club de fotógrafos en el liceo. Cuando se graduó e ingresó en la universidad para estudiar ingeniería se dedicó a fotografiar eventos sociales para solventar sus estudios.

Por su parte, Escobar se graduó de bachiller un año después, pero supuestamente frustrado por no poder conseguir un empleo le dijo a su madre que ya no lo intentaría más, pero le juraba que antes de cumplir los 30 conseguiría su primer millón.

“Ahí fue donde tomó la decisión de volverse bandido y delincuente… como a los 19, 20 años”, explicó Jiménez.

No fue sino hasta 1980 que los dos excompañeros volvieron a toparse. Jiménez, ya un fotógrafo profesional, estaba cubriendo un evento en el municipio de Puerto Triunfo, a unas tres horas de Medellín, cuando un amigo de él que era un funcionario público lo invitó a conocer una esplendida finca que había en esa región.

Era la Hacienda Nápoles, famosa ahora internacionalmente como el extravagante complejo campestre de Pablo Escobar, con una avioneta en la puerta de entrada con la que supuestamente “coronó” su primer cargamento de cocaína en Estados Unidos.

La entrada de la Hacienda Nápoles con una avioneta

Getty Images
Esta foto de archivo muestra la icónica entrada de la Hacienda Nápoles con la avioneta en la que Escobar “coronó” su primer cargamento de cocaína a Estados Unidos.

“Como un safari del África”

Jiménez cuenta que quedó asombrado por la magnitud de la hacienda -de unas tres mil hectáreas- con una zona selvática por la que pasaba un importante afluente del río Magdalena, el mayor de Colombia. Además tenía unos 30 lagos, plaza de toros, una gran pista de aterrizaje, helipuerto y hangar.

Pero lo más memorable era el espectacular zoológico con “la fauna más representativa de todos los continentes”. De Australia, por ejemplo, tenía casuarios, emúes y canguros; de África, cebras, rinocerontes, antílopes, hipopótamos, elefantes y jirafas.

Tenía un aviario con gran cantidad de aves estupendas. Además de pericos, pavorreales y faisanes había “guacamayas de todos los colores, unas loras negras que habían costado un infierno de plata, una guacamaya azul de ojos amarillos por la que había pagado US$100.000”.

Los lagos estaban llenos de todo tipo de cisnes, gansos, patos, pelícanos, incluso delfines rosados del Amazonas.

“Para uno que no estaba acostumbrado era como estar en un safari del África, porque los animales andaban en libertad y estaban muy bien cuidados”, recuerda.

Pablo Escobar reconoció inmediatamente a su antiguo compañero de escuela y lo saludó efusivamente de abrazo. Cuando supo que se dedicaba a la fotografía lo contrató para que le tomara fotos a todos sus animales pues quería tener un inventario con las imágenes de todos, que eran unos 1.500.

“Ahí empezó mi nueva relación con Pablo. Desde el año 80 hasta su muerte”, dijo Jiménez.

Fue una tarea larga, que implicó numerosas visitas a la hacienda, pues tomaba fotos de unos 50 a cien animales y luego regresaba a los 15 o 20 días a seguir fotografiando.

Se siente muy orgulloso de las fotos que tomó, particularmente de los primeros hipopótamos que llegaron a la hacienda y que ahora son “los papás, abuelos y tatarabuelos de esos hipopótamos que ahora están diseminados por una gran zona de Colombia” y que son considerados una especie invasora.

Hipopótamos en el parque temático de la Hacienda Nápoles

Getty Images
Estos hipopótamos son descendientes de los originales que importó Escobar a su hacienda. La especie se ha diseminado por la región y es considerada invasiva.

Recuerda momentos graciosos, como la vez que una avestruz le arrebató de un picotazo un cigarrillo a su asistente y la retrató como si el ave estuviera fumando.

Pero también hubo momentos de riesgo. Jiménez le tomó fotos a un casuario, una de las aves más peligrosas del mundo que tiene pezuñas tan afiladas como cuchillos, capaces de partir un ser humano. “Yo no sabía, y le tomé fotos a una distancia de un metro. Me miraba fijamente. Si me ataca, me mata”.

Igualmente le sucedió con unas avestruces -también de potente patada- que lo persiguieron y tuvo que escapar moviéndose en zig zag, hasta que un trabajador las interceptó y pudo escapar ileso.

Portada del libro "El Chino. La vida del fotógrafo personal de Pablo Escobar"

Universo Centro
El libro “El Chino. La vida del fotógrafo personal de Pablo Escobar”, incluye todos los pormenores de la tarea de fotografiar los animales del zoológico en la Hacienda Nápoles.

Entre 1980 y 1984, además de recopilar el catálogo fotográfico de los animales, Jiménez registró los eventos sociales y familiares de Pablo Escobar y sus allegados. Penetró su círculo más íntimo y se codeó con sus lugartenientes y sicarios.

También lo acompañó en las actividades cívicas, la repartición de dinero entre los pobres y la construcción de viviendas, acciones por las que integrantes de las clases populares adoraron al capo, haciendo caso omiso de sus actividades ilegales.

Al fotógrafo le “pagaban muy bien” por su trabajo y aunque era consciente de la procedencia del dinero, Jiménez asegura que no tiene nada de qué arrepentirse de la relación durante esos años que llama “la faceta buena, el lado noble y amable de Pablo Escobar”.

Indica que a finales de los 70 y comienzos de los 80 se sabía de los “mafiosos” que tenían mucho dinero, pero eran bien vistos en la sociedad colombiana, no solamente en los estratos bajos de la sociedad, sino en las altas esferas empresariales y políticas.

“Había una connivencia con los narcos. Ellos generaban empleo, negocios, ayudaban a mucha gente”, señaló. “Y los políticos a quienes Pablo les financió la campaña tampoco jamás se preguntaron de dónde venían esos dineros”.

Fuera de eso, afirma: “El narcotraficante no era yo, Yo estaba haciendo una actividad legal que era la fotografía”.

Lealtades opuestas

En 1982 Escobar se lanzó a la política, buscando un escaño en la Cámara de Representantes. En ese momento, aunque se hablaba de que era un mafioso, “no estaba cuestionado ni se le había comprobado absolutamente nada”, explica Jiménez, así que aceptó acompañarlo y ser coordinador de su campaña.

“Consideré que si la política colombiana ha estado llena de bandidos desde hace 200 años, por qué entonces un bandido más no puede llegar a la Cámara, además un bandido que hacía obras sociales”.

La experiencia en política de Sergio Jiménez venía de su trayectoria con la ANAPO (Alianza Nacional Popular) un partido de izquierda que se fracturó después de perder las cuestionadas elecciones presidenciales de 1970 y algunos de sus integrantes terminaron formando parte del movimiento guerrillero M-19, responsable de algunos de los golpes más espectaculares contra el gobierno de Colombia.

Sergio Jiménez fue militante del M-19 desde su inicio. Una situación delicada para el fotógrafo pues simultáneamente el M-19 estaba en un conflicto violento con el Cartel de Medellín.

Unos meses antes, una célula del grupo guerrillero había secuestrado a Martha Nieves Ochoa -del Clan Ochoa, socios de Pablo Escobar en el negocio del narcotráfico. A raíz de ese secuestro el Cartel de Medellín auspició el grupo armado MAS (Muerte a Secuestradores) -que fue parte del origen al paramilitarismo en Colombia- y desataron una cruenta guerra.

“Yo estaba entre dos bandos enfrentados y opuestos. Dos bandos bien duros”, reconoce Jiménez.

Carlos Pizarro Leongómez (izq.) líder del M-19 y el representante legal de la organización Ramiro Lucio, en 1990

Reuters
El M-19 fue una poderosa guerrilla urbana que entró en conflicto con el Cartel de Medellín en la década de los 80. En esta foto, su líder Carlos Pizarro Leongómez (izq.) discute con la prensa el posible desarme del grupo en 1990.

Pudo salir de esa encrucijada por que, según explica, Escobar conocía de su militancia en el grupo guerrillero, pero le “tenía mucho aprecio” y sabía que el M-19 era una guerrilla compartimentada y que una célula independiente había realizado el secuestro de Martha Nieves Ochoa sin autorización.

Por otra parte, Edgar Jiménez le contó a la cúpula guerrillera de su trabajo en la campaña de Escobar, lo cual les pareció apropiado y favorable a sus intereses.

“Ambos bandos sabían dónde estaba, qué estaba haciendo y cuáles eran mis lealtades. Por eso no me pasó absolutamente nada”, asegura y añadió que en parte, fue determinante en los acercamientos del M-19 y el Cartel de Medellín para frenar esa guerra que había costado tantas vidas.

El antes y el después

Pero eso no significó el fin del derramamiento de sangre pues, a partir de 1984, se desató una guerra entre el Cartel de Medellín y el estado colombiano y el país entró en uno de los períodos más convulsionados de su historia.

El detonante fue el asesinato ordenado por Pablo Escobar del entonces ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla, que adelantaba una cruzada contra los carteles del narcotráfico.

Edgar Jiménez dice que ese evento fue el “corte en la vida de Escobar, el antes y el después”. El antes siendo lo que llama la “época dorada” del narcotraficante, en torno a sus actividades que no estaban asociadas con violencia sino con “beneficio social”.

Lo que vino después fueron años de atentados con bomba, asesinato de periodistas, magistrados, militares y policías. “Con esa violencia desmedida, con esos asesinatos y crímenes no podía estar de acuerdo. Jamás”, expresó. “Pero tampoco podía hacer nada, porque yo no era parte del Cartel de Medellín, yo no pertenecía a esa estructura”.

Asegura que tampoco podía ponerse a denunciarlo por que era seguro que lo mataban.

Después del asesinato de Lara Bonilla, Jiménez fue un par de veces más a la Hacienda Nápoles. La visita que más recuerda fue en 1989 -el año más violento en la historia reciente de Colombia– cuando fue a fotografiar el cumpleaños número 13 del hijo de Escobar, Juan Pablo. Ahí tomó una foto del capo que dice ser la más significativa porque revela tanto sobre el momento que atravesaba.

Escobar se había separado de la fiesta y estaba completamente absorto en sus pensamientos, mirando al piso y fue ahí que Jiménez apretó el obturador. “Yo creo que en ese momento él estaba lucubrando sobre todos esos acontecimientos violentos que se venían encima. Esa foto la relaciono con lo que se vino después”.

Lo que se vino después fue el asesinato del candidato presidencial Luis Carlos Galán, la voladura de un avión de pasajeros y los atentados con bomba contra las instalaciones del Departamento Administrativo de Seguridad y del diario El Espectador.

Perseguido por el ejército y policía de Colombia y el llamado Bloque de Búsqueda, exigido en extradición por las agencias DEA y CIA de Estados Unidos, Pablo Escobar decidió entregarse a las autoridades colombianas tras lograr un acuerdo mediante el cual pagaría unos años de cárcel mientras el Estado le garantizaría su seguridad y no lo extraditaría.

Fue un golpe de astucia del capo. La cárcel fue construida sobre una montaña, según sus especificaciones, llena de lujos, incluyendo jacuzzi, sala de billar, bar, televisores, muebles importados y cancha de fútbol. Desde allí continuó delinquiendo, convocando a sus secuaces e, incluso, asesinando a algunos de ellos.

Bajo presión de la Fiscalía, el gobierno ordenó trasladar a Escobar y sus compañeros reclusos a una “cárcel verdadera”, pero estos lograron escapar fácilmente por un muro de yeso construido para ese propósito, el 22 de julio de 1992.

A partir de ahí, empieza nuevamente la cacería implacable del jefe del Cartel de Medellín, que termina con su muerte a tiros en un tejado de la ciudad de Medellín, el 2 de diciembre de 1993.

Tristeza y alivio

En ese momento, Edgar Jiménez se encontraba en su laboratorio de fotografía en el centro de Medellín, cuando se enteró por la radio de la noticia que le estaba dando la vuelta al mundo.

Confiesa que tuvo sentimientos encontrados. Por un lado sintió tristeza por alguien que, a pesar de ser un criminal que hizo tanto daño -como él bien lo sabía- no dejaba de conservar el afecto que en su niñez tuvo por Escobar y Escobar por él.

“Pablo conmigo siempre se portó muy bien, en lo personal y como amigo”, aseguró. “Me dolió que alguien con su capacidad e inteligencia, que hubiera sido muy útil para la sociedad, hubiera tomado un rumbo diferente”.

Pero por otro lado, reconoce que sintió alivio “por la sociedad colombiana, porque el país se encontraba en una zozobra” por los constantes atentados con bomba en los que murieron policías y mucha gente inocentes, incluyendo mujeres y niños. “Por lo menos toda esa violencia se acababa. Eso lo vi como positivo”.

Jiménez continuó en contacto hasta comienzos de los 2000 con la familia de Escobar; la mamá y los hermanos, y la familia Henao de su esposa, cubriendo eventos de tipo social. Pero su vida siempre estará ligada al desaparecido jefe del Cartel de Medellín.

“Es el bandido más famoso de la historia, su vida lo convirtió en leyenda y su muerte en un mito. Yo, de alguna manera, hago parte de ese mito”.

“El Chino: La vida del fotógrafo personal de Pablo Escobar”, de la editorial Universo Centro, saldrá al mercado este julio.Todas las fotos tienen derechos reservados.


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