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España ante el COVID: 'Bajamos la guardia por las vacunas y ómicron nos tiene desbordados'

España vive una nueva ola de contagios por la variante ómicron: llegó a 60 mil casos positivos en COVID en tan solo 24 horas.
Cuartoscuro
25 de diciembre, 2021
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“La variante ómicron no mata tanto, pero tampoco deja vivir”. 

La frase lapidaria la dicen en un informativo de la televisión española, en un reportaje que lleva más de cinco minutos hablando de la nueva variante de COVID-19 y de la nueva oleada, la sexta, que está golpeando de nuevo con fuerza a España y a buena parte de Europa. 

En la televisión, en las calles, y en las casas, solo se habla del nuevo brote de ómicron y del alto poder ‘contagiador’ de esta variante que ya se refleja con claridad en las estadísticas sanitarias: el miércoles 22 de diciembre, España superó el récord de contagios diarios por segundo día consecutivo con más de 60 mil positivos en COVID en tan solo 24 horas. Una cifra desorbitada en comparación con las registradas hace tan solo dos meses, cuando en octubre apenas se llegaban a los 5 mil casos diarios. 

Teresa López, de 58 años, es de Murcia, una región española de medio millón de habitantes al sureste del país. Cuando escucha el informativo y las habituales mesas de debate matutinas de la televisión, donde no los contertulios no paran de repetir frases como “pandemia desbocada”, “brutal brote de COVID”, o “de vuelta al inicio de la pesadilla”, dice que no puede evitar recordar con angustia los días más fuertes de pandemia, como en marzo de 2020, cuando las unidades de cuidados intensivos estaban colapsadas y España llegó casi al millar de fallecidos en un día por coronavirus. Para entender la dimensión de la cifra: en México, un país con casi el triple de población que España, el pico (al menos oficial) fue en enero de este año con mil 584 fallecidos.   

Lee: Por ómicron, aerolíneas cancelan más de 2 mil vuelos en todo el mundo

En esta sexta oleada, Murcia no es la comunidad autónoma con más casos nuevos diarios -la primera es Madrid, con 15 mil; la segunda, Cataluña, con casi 12 mil; y la tercera es Andalucía con 6 mi-, pero el brote se está dejando sentir con fuerza: en la última semana, los contagios se catapultaron hasta rozar los 500 casos diarios, hasta un 80% más que siete días atrás. 

“Cuando ya casi no nos acordábamos de la pandemia… viene esta nueva variante y nos recuerda que no, que la pandemia sigue con nosotros y que seguirá todavía un buen rato”, lamenta la española, que a partir del viernes 24 deberá salir de nuevo obligatoriamente a la calle con cubrebocas, luego de que el Gobierno central de España anunció nuevas medidas para tratar de contener el brote generalizado. 

Precisamente, el gobierno local de Murcia ha sido de los más duros con las medidas restrictivas en esta Navidad: decretó de nuevo el cierre de toda actividad no esencial entre la una y las seis de la madrugada, clausuró pistas de bailes, y limitó los aforos de restaurantes, a los que solo se pueden acceder mostrando “el pasaporte COVID”; el documento que los españoles vacunados llevan en un código QR que les solicitan a la entrada de los establecimientos para acreditar cuántas dosis han recibido y cuándo. 

Otro gobierno que impuso medidas muy duras fue el de Cataluña, donde la justicia local avaló la propuesta del gobierno catalán, el Govern, de retomar el toque de queda para que en los municipios de más de 10 mil habitantes ningún ciudadano pueda transitar por las calles entre la una y las seis de la madrugada. Además, se aprobó limitar las reuniones sociales a un máximo de diez personas y reducir el aforo en restaurantes hasta un 50%.

Entérate: Si te reúnes con tu familia o sales de compras, estos son los consejos para bajar el riesgo de contagio por ómicron

No obstante, a pesar del avance del virus en buena parte del territorio, no hay consenso -como casi nunca- entre la clase política española: mientras gobiernos como el catalán demandaron al Ejecutivo central que preside Pedro Sánchez, del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), medidas más duras que vayan más allá del uso obligatorio del cubrebocas en exteriores, otros gobiernos autonómicos como el de Madrid, dirigido por la conservadora Isabel Díaz Ayuso, del opositor Partido Popular, criticaron al catalán por cerrar establecimientos y provocar “la ruina” económica de sus ciudadanos.  

“Nos están lloviendo las cancelaciones”

Por su parte, la población está implementando sus propias medidas ante el aumento de los contagios.  

Tere López, por ejemplo, decidió cancelar la comida familiar de Navidad en un restaurante en el que habían reservado mesa para 25 personas. Tenían un sospechoso de COVID en la familia, una niña de cuatro años. 

“Ahora lo mejor es no arriesgar”, dice la mujer. 

“Nos están lloviendo las cancelaciones”, señala por su parte el restaurantero, que ve cómo ya se echó a perder unas de las temporadas más altas de clientes. 

Mónica Cava, de 32 años, decidió no cancelar la cena navideña con sus compañeros de trabajo, pero la empresa les impuso como obligatorio que todos se realizaran un test de antígenos para poder asistir y presentar el ‘pasaporte COVID’. 

Lee más: Confinamiento, celebraciones pequeñas y restricciones de viaje, países refuerzan medidas por ómicron

Aunque, precisamente, el gran problema es que los test COVID están completamente agotados en buena parte de España, sobre todo desde las semanas previas a la Nochebuena, cuando la familia se reúne tradicionalmente en casas y en espacios cerrados por las bajas temperaturas que Europa registra en las fechas decembrinas. 

Alberto Ramón Siles dice que el día 23 de diciembre hizo un recorrido de casi dos horas por las farmacias en la ciudad de Cartagena, en Murcia. En todas se encontró con la misma respuesta: “No nos queda y no sabemos cuándo llegarán”. 

“La gente, para tratar de ir tranquilos a la Nochebuena con sus familiares, está saliendo desesperada a comprar pruebas de antígenos. El problema es que ahora mismo no los encuentras por ninguna parte”, asegura Siles. Y los pocos que se encuentran, en muchos casos previa “reservación”, están aumentando considerablemente sus precios: mientras hace tan solo unas semanas en algunas farmacias de Murcia era posible adquirirlos por 3 euros con 50 centavos (unos 85 pesos mexicanos), la mañana del 23 de diciembre estaban hasta en 7 u 8 euros (casi 200 pesos). 

Benito Durán vive en Madrid, la capital española, donde asegura que la situación es todavía peor: “Los test están agotados hace varios días y las filas en las farmacias para conseguirlos son enormes y muy visibles”. 

En cuanto a los precios, Durán dice que en Madrid los codiciados tests pasaron de costar entre 3 y 4 euros antes del brote, a costar 6 y 7 euros la semana pasada, y hasta 12 y 15 euros (unos 360 pesos) esta semana en la que los contagios se han desbordado. 

“Las farmacias pueden pedir lo que quieran, porque como no se encuentran por ninguna parte, la gente paga lo que le pidan. Queremos comprar ‘seguridad’ antes de las cenas y comidas de estos días de Navidad”, expone.

Test de antígenos, “un artículo de lujo”

En Extremadura, en la región oeste del país que colinda con Portugal, donde los contagios también se han disparado a casi mil 500 casos en 24 horas, Antonia Torrado comenta que los test de antígenos “se han convertido en un artículo de lujo”. 

“En cuanto llegan a las farmacias, se agotan”, lamenta la mujer, que ha tenido que anotarse en una larga lista para poder comprar uno de cara a la Nochebuena.

Pero, a pesar del avance incontenible de la pandemia en Navidad, las calles de las ciudades españolas continúan con su ritmo habitual y las aglomeraciones siguen siendo la postal predominante. Incluso, se mantienen eventos masivos como los partidos de futbol, uno de los termómetros que miden la vida social en España. 

Lee: A un año de la vacunación, ómicron hace que vuelva el miedo y la incertidumbre en personal de salud

Por poner un ejemplo: en el País Vasco, que fue de las primeras comunidades en dar la voz de alerta a principios de diciembre ante el disparo de contagios, especialmente en niños, se decidió no suspender el partido entre el Athletic de Bilbao y el Real Madrid, a pesar de que entre ambos equipos sumaban 12 bajas de jugadores contagiados de COVID en los últimos días. El miércoles 23, el día del encuentro, más de 40 mil personas abarrotaron las gradas de San Mamés, el estadio vizcaíno. 

“El problema es que la pandemia sigue, y que seguirán llegando más y más oleadas, pero la gente ya está muy cansada del virus”, dice Manolo, un constructor de 62 años también natural de Extremadura, que se resigna “a tener que seguir viviendo con este ‘bicho’”.  

“Ómicron nos tiene desbordados”

Por el momento, las personas entrevistadas aseguran que no hay temor a que el país viva un nuevo confinamiento estricto, como el que decretó el gobierno central al inicio de la pandemia en 2020. Sobre todo, porque la vacunación va muy avanzada, con niveles de casi el 80% de la población ya cubierta, y porque acaba de arrancar la tercera dosis para los mayores de 60 años.  

De hecho, aunque los positivos en diciembre se han disparado, las cifras de defunciones por el virus (94 el pasado 21) están aun muy lejos de los picos de casi mil muertes de abril de 2020. Y esto se debe, en buena medida, por la protección de las vacunas. 

“Están siendo efectivas. Ahora tenemos el doble de positivos, pero muchos menos ingresados y hospitalizados”, subraya la extremeña Antonia Torrado. 

“Sin embargo, eso también ha hecho que nos confiemos mucho”, contrapone de inmediato. 

“Hemos bajado mucho la guardia. Nos dieron la libertad de no usar la mascarilla en exteriores, pero lo que ya estaba pasando es que tampoco se utilizaba en interiores, sobre todo en los bares. Aquí ya parecía que hacíamos vida completamente normal, como si el COVID ya no existiera. Y ahora, aunque las vacunas están sirviendo, lo que sucede es que la variante ómicron nos tiene totalmente desbordados”, lamenta.  

 

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Cómo la inflación del 70% en Argentina está generando un boom del consumo y un aumento de trabajadores pobres

Hoy conviven "dos Argentinas": la de los restaurantes repletos y la fiesta del consumo y la del 30% de ocupados pobres.
8 de septiembre, 2022
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El supermercado de mi barrio solía abrir a las 8 de la mañana todos los días, pero hace semanas empecé a notar que abría cada día más tarde.

Frustrada por este retraso, un día le reclamé a la cajera por la impuntualidad.

“Es que antes de abrir tenemos que actualizar los precios de los productos que aumentaron, y cada día son más largas las listas de lo que tenemos que remarcar”, me explicó, disculpándose.

Encontrarte con precios más caros cada vez que sales a hacer las compras es una de las consecuencias de vivir en un país con más del 70% de inflación por año, una de las más altas del mundo.

Este problema no es nada nuevo para los argentinos.

Mientras que en otras partes del mundo se horrorizan porque el costo de vida alcanzó el 10%, como consecuencia de la pandemia y la invasión rusa de Ucrania, en este país sueñan con tener esas cifras.

Aquí desde hace una década que la inflación anual no baja del 25%, y en los últimos años ese número se duplicó.

Sin embargo, nada se compara con lo que se está viviendo este año, en el que los problemas internos, ahondados por los problemas externos, han llevado a una aceleración de la inflación que no se veía desde la crisis de 2001-2002, que dejó a más de la mitad de la población en la pobreza.

Desde marzo que el país viene registrando alzas mensuales de precios por encima del 5%.

En julio llegó al 7,4%, la cifra más alta de las últimas dos décadas, y la mayoría de las consultoras estiman que en agosto rondó el 6,5%.

Este es el motivo por el cual en las últimas semanas las maquinitas para remarcar precios no dan abasto.

Dos empleados de supermercado en Argentina

Getty Images
Los supermercados remarcan los precios cada vez más seguido.

Pero lo peor es que pocos prevén que la situación desacelere. Por el contrario: el último Relevamiento de Expectativas de Mercado del Banco Central indicó que se espera un 90% de inflación para fin de año.

Y varios consultores privados creen que la cifra podría llegar a los tres dígitos.

Sin “anclas”

Incluso quienes tenemos mucha experiencia conviviendo con la inflación perdemos la brújula con este nivel de alzas.

Y es que una de las consecuencias más perjudiciales de tener una inflación tan alta es que ya no se tienen lo que los economistas llaman “anclas”, es decir, referencias de precios.

Los comerciantes van aumentando sus valores de acuerdo con el costo que ellos estiman tendrán que pagar a fin de mes para reponer ese producto. Algunos aumentan de acuerdo con la inflación del mes previo. Otros asumen que el alza será mayor.

Y no faltan los que aprovechan la confusión generalizada para lucrarse, ampliando sus márgenes de ganancias.

Una persona comprando en un supermercado en Argentina

Getty Images
Los precios en el supermercado aumentan cada semana.

Por otra parte, hay sectores que sufrieron fuertemente durante la pandemia, como el turismo, la gastronomía y los negocios de ropa, que aprovechan la reactivación y la necesidad de muchos de volver a la normalidad para imponer fuertes aumentos que les permiten recobrar un poco de lo perdido.

Lo que esto ha generado es una distorsión de precios que hace que los consumidores ya no sepamos lo que deberían valer las cosas.

“El otro día compré un par de zapatillas infantiles online y pagué $13.000 (unos US$90 al dólar “oficial” o US$45 al paralelo), lo que me pareció caro”, me comentó en el fin de semana Yanina, una amiga que es docente y que no sabía si había hecho una buena o una mala compra.

“Después fui al supermercado y gasté casi lo mismo solamente en la compra semanal”, me dijo.

Una persona colocando carteles de precios fuera de un restaurante

Getty Images
Por la inflación tan alta en Argentina ya no hay referencia de precios y estos varían de lugar en lugar.

La confusión es aún mayor si toca pagar por un servicio, desde contratar a un plomero o electricista para arreglar un desperfecto en la casa a ir a pintarse las uñas o llevar al auto al taller.

Uno no tiene la más mínima idea de lo que le puedan llegar a cobrar. ¿Me costará 3.000 pesos? ¿$5.000? ¿O $10.000?

Es imposible saber qué es caro y qué es un precio razonable, porque no hay contra qué comparar.

La locura de los dólares

Ante la falta de anclas, los argentinos están más pendientes que nunca del precio del dólar, la moneda que históricamente ha sido referente y reserva de valor en este país.

Pero lejos de ser una brújula, la moneda estadounidense se ha convertido en una parte fundamental de la crisis actual.

Primero, porque en Argentina no hay una sola cotización del dólar. Hoy tenemos al menos seis (esas son las más usadas) y la variación entre la menor y la mayor cotización es tan amplia que a veces supera el 100%.

¿Por qué tenemos seis precios del dólar?

Porque los constantes ciclos inflacionarios han hecho que el peso argentino pierda gran parte de su valor, llevando a la adopción del billete estadounidense como moneda de reserva y la que se usa para realizar grandes transacciones, en especial la compra de propiedades.

Pero como Argentina no produce los dólares necesarios para abastecer la fuerte demanda de su población y de su economía -dependiente de insumos importados para su producción-, los gobiernos imponen controles de capital -“cepos” les dicen aquí- y fijan el precio del dólar.

Un abanico de dólares

Getty Images

Esto crea un dólar “oficial” -el de la cotización más baja- y todo un abanico de otros dólares -el “ahorro”, el “tarjeta”, el “bolsa”-, y el más conocido y seguido por todos: el “blue”, nombre que recibe aquí el dólar paralelo, comúnmente conocido en otras partes como “dólar negro”.

Este dólar “blue”, que sube y baja según el ánimo del mercado, también es muy sensible a las crisis políticas: se disparó casi 10% en un solo día a comienzos de julio tras la renuncia del ministro de Economía Martín Guzmán.

Y este es el segundo factor que está provocando la escalada inflacionaria.

Porque al ser la principal referencia de precios de muchos -en especial los empresarios- cuando el “blue” sube, suben casi todos los precios.

Y cuando la cotización de este dólar se dispara -como en los últimos meses en los que duplicó el valor del dólar “oficial”- se genera una brecha que distorsiona la economía, poniendo más presión para que el peso se devalúe.

Todas estas complejidades de la economía argentina hacen que los locales tengan que convertirse en cuasi expertos económicos para hacer rendir su salario de la mejor manera.

Una de las maniobras financieras que más se popularizaron es el llamado “puré”.

Consiste en comprar US$200 a la cotización “oficial” -el máximo mensual permitido por el gobierno, que además le aplica impuestos del 65%- y venderlo en “cuevas” (financieras ilegales, que aquí son muy comunes) a precio “blue”, generando una jugosa diferencia que multiplica los ingresos.

Dólares y pesos argentinos

Getty Images
En Argentina el dólar cotiza casi al doble en el mercado paralelo que en el oficial.

Las dos Argentinas

Aunque la inflación afecta la vida de todos los argentinos, el impacto es muy dispar según en qué grupo se esté.

Quienes tienen salarios que aumentan a la par de la inflación viven una realidad, y la vasta mayoría, que pierde poder adquisitivo mes a mes, vive otra.

Los primeros son los grandes responsables del boom del consumo que vive Argentina, un fenómeno que sorprende a muchos locales, que se preguntan cómo es posible que los restaurantes estén que explotan y los shoppings estén colmados en medio de la crisis.

O que el grupo británico Coldplay haya logrado vender diez conciertos en el enorme estadio de River Plate, un récord absoluto para este país.

La explicación no es solo que sigue habiendo más de un 20% de la sociedad con ingresos altos o medio altos. También es que muchos de ellos, e incluso personas con ingresos más modestos, están optando por consumir en vez de ahorrar.

“La gente que tiene pesos intenta sacárselos de encima porque queman”, me explicó el economista Santiago Manoukian, de la consultora Ecolatina, en referencia a la alta inflación que se come el valor de la moneda local.

Con acceso limitado a su instrumento favorito de ahorro, el dólar -por el tope de los US$200 “oficiales” y el precio récord del “blue”-, muchos optan en vez por comprar bienes durables para mantener el valor de su dinero, o lo gastan en actividades que les dan placer, como salir a comer, ver un espectáculo o viajar.

Un restaurante en Puerto Madero, Buenos Aires

Getty Images
Muchos restaurantes en Buenos Aires tienen lista de espera.

Esto ha permitido a Argentina mantener un buen nivel de actividad económica, con un crecimiento de más del 6% en el primer semestre y un desempleo bajo, del 7%.

Pero en la cara opuesta de esta Argentina opulenta hay millones de personas que no llegan a fin de mes y cada vez tienen que ajustar más el cinturón, incluso cortando productos básicos.

Pobres con trabajo

Los principales perjudicados por la inflación son las personas más pobres, que hoy representan casi el 40% de la población.

Ellos suelen tener empleos informales que no están protegidos por las “paritarias”, como se conoce a las negociaciones sectoriales que acuerdan aumentos por inflación.

La mayoría subsiste con ayuda del Estado, pero esta asistencia tampoco ha logrado mantener el ritmo del alza de precios.

Un recuperador urbano -o "cartonero"- en Buenos Aires.

Getty Images
Un recuperador urbano -o “cartonero”- en Buenos Aires.

Sin embargo, incluso los trabajadores con empleos registrados han perdido mucho poder adquisitivo por culpa de la inflación.

Porque en los últimos años, mientras el costo de vida se disparaba, el salario real iba en dirección opuesta.

La caída empezó durante el gobierno de Mauricio Macri (2015-2019) y ya lleva cinco años consecutivos, haciendo que hoy la mayoría de los argentinos tengan ingresos más bajos que a finales de 2017.

Según la consultora LCG, la pérdida del poder adquisitivo en el último lustro fue del 23% en promedio.

Pero no solo la alta inflación explica la caída del salario. También cambió la forma en que se reparte la torta, es decir, la distribución de la riqueza.

En 2017, el sueldo de los trabajadores representó el 52% del ingreso nacional y las ganancias de los empresarios el 39%.

Pero a partir de entonces la relación de fuerzas empezó a invertirse, y para 2021, los trabajadores representaban solo el 43% de la riqueza, y el capital, el 47%, según un estudio de Cifra, el centro de estudios de la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA).

Un hombre muestra sus bolsillos vacíos frente a una bandera de Argentina

Getty Images
Los trabajadores argentinos perdieron un cuarto de su poder adquisitivo en el último lustro.

El resultado es el fenómeno que más preocupa a muchos aquí: el de los trabajadores pobres.

Históricamente en Argentina se consideraba que la diferencia entre ser pobre y no serlo era conseguir un trabajo formal.

Pero hoy el salario mínimo no llega a cubrir la mitad de una canasta básica, como se conoce a los alimentos y bienes esenciales que requiere una familia tipo de cuatro integrantes.

Es decir, que incluso una pareja con empleo registrado no tiene garantizado los ingresos mínimos para no caer en la pobreza.

Esto ha llevado a que casi uno de cada cinco asalariados sea pobre, y que un tercio de todos los ocupados argentinos vivan en la pobreza, según investigaciones realizadas en 2021 por el Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales (Cedlas) de la Universidad Nacional de La Plata y el Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina.

Es algo que nunca antes había visto en este país, y un problema que el nuevo ministro de Economía, Sergio Massa, pretende atenuar duplicando entre septiembre y noviembre la asignación que recibirán por cada hijo los 1,1 millones de trabajadores registrados de la escala salarial más baja.

Trabajadores en una fábrica en Buenos Aires

Getty Images
El gobierno reforzará las asignaciones familiares de más de un millón de trabajadores formales, para que no caigan bajo la línea de pobreza.

El futuro

Como argentina nacida hace casi medio siglo me ha tocado vivir muchas de las crisis económicas más dramáticas que atravesó este país, que hace apenas cien años era uno de los más prósperos del mundo.

Viví inflaciones incluso mucho peores que la actual (en 1989, cuando cursaba el secundario, el costo de vida alcanzó su récord máximo, por encima del 3000% anual).

Y en la primera década de este siglo, fui una de los cientos de miles de jóvenes que se mudaron al exterior en busca de mejores oportunidades, mientras mi país se sumía en la peor debacle de su historia.

Pero, aunque el presidente Alberto Fernández, quien formó parte del gobierno que sacó a Argentina de esa crisis, asegure que el país volverá a resurgir, como entonces, es difícil mantener el optimismo.

Es cierto que la situación internacional, en particular debido a la guerra ruso-ucraniana, ha hecho que los granos argentinos vuelvan a valer fortunas, lo que fue una de las claves que permitió la recuperación a partir de 2003.

Y también da esperanza que, incluso con una desaceleración económica prevista para el segundo semestre, organismos internacionales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional coincidan en que el país cerrará 2022 con un crecimiento cercano al 4%, por encima del promedio regional.

Un niño detrás de una bandera de Argentina

Reuters
El 51,4% de los argentinos menores de 14 años son pobres, según las estadísticas oficiales.

Pero no puedo dejar de preguntarme cómo podrá resurgir un país en el que el 45% de su población depende de la ayuda del Estado, según los datos del Observatorio de la Deuda Social.

Y sobre todo: qué futuro le aguarda a Argentina cuando más de la mitad de sus niños son pobres, y medio millón abandonó la escuela tras el prolongado cierre de la educación presencial durante la pandemia, como advirtió a comienzos del año lectivo la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ).


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