IMSS-Bienestar se enfrenta al reto de atender a 60 millones de personas
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Con presupuesto insuficiente, IMSS-Bienestar se enfrenta al reto de atender a 60 millones de personas

Expertos advierten que no es claro de dónde saldrán los recursos, personal e infraestructura para hacerse cargo de un universo de personas aun más grande que los que hoy son derechohabientes del Seguro Social.
5 de mayo, 2022
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En México hay 65 millones 842 mil 478 personas que carecen de cobertura de salud y será el IMSS-Bienestar quien tendrá que encargarse de ellas, luego de que el presidente Andrés Manuel López Obrador decidió que este organismo sustituya al Instituto de Salud para el Bienestar (Insabi). Para cumplir la meta, el programa IMSS-Bienestar deberá dar cobertura a casi 20 millones de personas más que las que atiende actualmente la institución más grande de salud del país, el Seguro Social.

Hasta antes de esta transformación, IMSS-Bienestar daba cobertura a 11 millones de personas que vivían en zonas urbanas y rurales marginadas de 19 estados. La estrategia del gobierno multiplicará por seis el universo de posibles pacientes y lo obligará a extenderse a las 32 entidades federativas. 

Ni el Instituto Mexicano del Seguir Social (IMSS), la institución con el universo mas grande de derechohabientes; y que opera, en su mayoría, con recursos que provienen de las cuotas de los trabajadores, alcanza esa cobertura. Sus afiliados suman poco más de 40 millones.

Expertos advierten que no está claro de dónde saldrán los recursos, personal e infraestructura para hacerse cargo de un universo de personas aun más grande que los que hoy son derechohabientes del Seguro Social.

En Nayarit, por ejemplo, el primer estado donde ya fue sustituido el Insabi, el IMSS-Bienestar atendía, antes del relevo, a 21 mil personas. Ahora debe hacerse cargo de un universo de 619 mil 422 ciudadanos sin seguridad social.

En Tlaxcala, donde ya se firmó el acuerdo para transferir los servicios de salud estatales, el organismo atendía solo a 4 mil 519 personas y ahora deberá atender a 887 mil 927. 

Hasta el momento hay 15 estados en alguna fase de implementación del modelo: Nayarit, Tlaxcala y Colima, donde ya se firmaron los acuerdos para la implementación y se iniciaron las mesas de trabajo.

En Ciudad de México, Campeche, Baja California Sur, Durango, Michoacán, Morelos, Oaxaca, Sonora, Sinaloa, Veracruz, Zacatecas y San Luis Potosí, están en fases iniciales como el levantamiento de los censos para ver el personal y la infraestructura con la que se cuenta para operar.

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En los estados donde están en alguna fase de integración al IMSS-Bienestar hay 11 millones 626 mil 818 personas no afiliadas, más 11 millones 377 personas afiliadas al Insabi. En total serán 22 millones 627 mil 195 personas a las que deberá atender este organismo, de acuerdo con lo prometido por el presidente Andrés Manuel López Obrador en su conferencia matutina del martes 26 de abril.

Ante este panorama, el programa deberá atender  a 42.4% más de la población que tiene el Seguro Social en esos lugares.

 

IMSS-Bienestar: Un panorama complicado

Cuando se instauró toda la reforma para crear el Insabi, y se eliminó el Seguro Popular, explica Óscar Estrada, especialista en sistemas de salud y profesor de la Universidad de Guadalajara, uno de los puntos clave fue que se eliminaba la póliza de afiliación y cualquier persona era entonces potencial derechohabiente del Instituto.

Aunque sobre el papel se amplió la cobertura, la carencia por acceso a servicios de salud aumentó a 35 millones de personas, por lo que el reto es más complicado, ya que se enfrenta a un aumento dramático de usuarios.

Al respecto, Andrea Larios Campos, investigadora en el programa de justicia fiscal en Fundar, señala que se está frente a una situación muy complicada, puesto que se trata de atender justo a una población mayor a la que ya atiende la institución de salud más grande del país, “y que ya sabemos todas problemáticas que tiene el propio IMSS, en cuanto a los tiempos de espera y la provisión de recetas”.  

Faltará dinero

Además de más población, Zoé Robledo, director del IMSS, dijo que se ampliarán los servicios, pues la apuesta del gobierno federal es fortalecer en los estados el primer nivel de atención y, sobre todo, el segundo, para evitar que las personas deban canalizarse a los institutos nacionales y hospitales de alta especialidad, de los que hay muy pocos en las entidades. 

Pese al ambicioso reto, hasta el momento no se ha presentado un plan general de cómo se va a lograr toda esta transformación, ni las fases de implementación en los estados o de dónde se va a obtener el presupuesto. 

“Si están pensando en ampliar los servicios de esa manera, el riesgo es superior; incluso el IMSS, con las cuotas que cobra, ya presenta déficits en sus resultados. Por ejemplo, la tasa de atención y el gasto de bolsillo que tienen sus derechohabientes no es bajo. Y no dicen de dónde saldrá el presupuesto para esto”, explica Judith Senyasen Méndez, coordinadora de Salud y Finanzas Públicas del Centro de Investigación Económica y Presupuestaria (CIEP).

Para esta transformación se invertirán 200 mil millones de pesos. A esto hay que sumarle los recursos del Fondo de Aportaciones para los Servicios de Salud a los estados, FASSA, (que tiene este 2022, 117 mil 537 millones de pesos), los del programa Medicamentos Gratuitos (con 77 mil 573 millones de pesos), los de Atención a la Salud del Insabi (18 mil 333 millones) y los de Fortalecimiento a la Atención Médica (862 millones de pesos). En total son 214 mil 305 millones de pesos, presupuesto que Senyasen Méndez considera insuficiente.

“Si se pretende cubrir a más población con más servicios, se va a requerir más dinero y no hay espacio fiscal para aumentar presupuesto”, explica Senyasen Méndez. 

En términos presupuestales no se ha hecho público un aumento para ejecutar este plan tan ambicioso y el Fondo de Protección contra Gastos Catastróficos (que se destinaba para atender enfermedades con altos gastos) se ha usado como caja chica para la compra de vacunas y para aumentar el gasto en salud, explicó Óscar Estrada, de la Universidad de Guadalajara.

Larios Campos, de Fundar, explica que tomando como referencia lo que se asignó al Insabi, es un presupuesto menor al del IMSS, si solo eso pasa ahora al IMSS-Bienestar, con casi 20 millones de personas más por atender, el principal reto será la insuficiencia presupuestaria.

El reto de sumar hospitales

Además de atender más gente y ofrecer más servicios, el programa se enfrentará al reto de seguir sumando hospitales, ya sea generales o de especialidad.

De acuerdo con el Reglamento de la Ley General de Salud en Materia de Prestación de Servicios de Atención Médica, los hospitales se clasifican, por su grado de complejidad y poder de resolución, en: Hospital General, establecimiento de segundo o tercer nivel para la atención de pacientes en las cuatro especialidades básicas de la medicina: cirugía general, gíneco-bbstetricia, medicina interna, pediatría y otras especialidades complementarias y de apoyo derivadas de las mismas, que prestan servicios de urgencias, consulta externa y hospitalización. 

En tanto que un hospital de especialidades es el establecimiento de segundo y tercer nivel para la atención de pacientes, de una o varias especialidades médicas, quirúrgicas o médico-quirúrgicas que presta servicios de urgencias, consulta externa, hospitalización.

La diferencia con los de segundo nivel es que estos son más especializados en padecimientos más complejos y cuentan con personal más especializado y equipos más sofisticados. 

La reglamentación de la Ley General de Salud y de la Secretaría de Salud no marca una lista de subespecialidades que se deban atender en cada nivel, ni un número de camas o de personal de salud. 

El IMSS sí tiene esta diferencia, en su manual de operación de hospitales de segundo nivel, que se dividen en categoría A, B, C y D, dependiendo justo de las subespecialidades, el número de camas y el personal. 

De acuerdo con el Catálogo de Establecimientos de Salud de la Dirección General de Información en Salud, en el país hay 898 hospitales de segundo nivel, que son los que atienden por lo menos las cuatro especialidades básicas: Ginecología y obstetricia, Pediatría, Medicina interna y Cirugía general y las subespecialidades que de aquí se puedan desprender. 

Hay además en el país 17 mil 179 unidades de primer nivel, que son las de primer contacto, que dan atención ambulatoria. No hay tampoco en la normativa de la Secretaría de Salud un número de consultorios obligado ni de personal para estos establecimientos. 

De tercer nivel hay 132 hospitales en todo el país, 99 son de las secretarias estatales de salud y algunos especializados en atención a la mujer o a las infancias. 

En los 15 estados que están en alguna fase de integración hay 349 hospitales de segundo nivel, 6 mil 423 de primer nivel; y 49 de tercer nivel. 

En Nayarit hay 19 hospitales de segundo nivel de la Secretaría de Salud estatal y los servicios del estado.El que más camas tiene es el Hospital Civil, con 211. De especialidades y subespecialidades tiene neonatología, cuidados intensivos, urología, traumatología, reumatología, consulta externa de especialidades, psiquiatría, otorrino, ortopedia, oftalmología, neurología, neumología, entre otras. Este tiene la categoría de los de segundo nivel clase A (la más alta) de los del IMSS.

El IMSS tiene ocho hospitales de segundo nivel en Nayarit, el más grande cuenta con 164 camas y tiene todas las especialidades y subespecialidades del anterior, además de oncología, que no tiene el Hospital Civil. 

En Tlaxcala hay 13 de segundo nivel de la Secretaría de Salud estatal y los servicios del estado, 246 de primer nivel y 1 de tercer nivel. Este de tercer nivel es el Hospital de la Mujer y tiene 98 camas en total. Tiene medicina preventiva, urgencias, psiquiatría, pediatría, epidemiología, urgencias, neonatología. 

En tanto que el más grande de los de segundo nivel de la Secretaría de Salud estatal tiene 142 camas. Es el Hospital General Regional Emilio Sánchez Piedras. Tiene Cirugía, pediatría, Gineco-obstetricia, urgencias, medicina interna, urología, psiquiatría, otorrinolaringología, oncología. Del IMSS hay tres en operación de segundo nivel, el más grande con 102 camas. 

 

 

 

 

 

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Rusia y Ucrania: las razones de Estados Unidos y la OTAN para no enviar tropas a Kiev

En el pasado, las tropas de Estados Unidos y de la OTAN intervinieron en conflictos en países que no pertenecían a la alianza como Bosnia o Afganistán.
26 de febrero, 2022
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El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, ha gastado un enorme capital diplomático en contrarrestar el ataque ruso a Ucrania.

Su gobierno transmitió implacablemente advertencias sobre una posible invasión inminente por parte de Moscú, que finalmente se materializó, y declaró que estaba en juego nada menos que el orden internacional.

Pero Biden también ha dejado en claro que los estadounidenses no están dispuestos a combatir, aunque los rusos claramente lo están.

Además, descartó enviar fuerzas a Ucrania para rescatar a ciudadanos estadounidenses, si llegara el caso. De hecho, sacó del país tropas que estaban sirviendo como asesores y monitores militares.

¿Por qué ha trazado el mandatario esta línea roja en la crisis de política exterior más importante de lo que lleva de presidencia?

No están en juego sus intereses de seguridad nacional

En primer lugar,hay que recordar que Ucrania no está en el vecindario de EE.UU. ni se encuentra en su frontera. Tampoco alberga una base militar estadounidense. No tiene reservas estratégicas de petróleo y no es un socio comercial importante.

Pero esa falta de interés nacional no ha impedido en el pasado que gobiernos estadounidenses hayan gastado sangre y recursos de su país para defender a otros.

En 1995, Bill Clinton intervino militarmente en la guerra que siguió al colapso de Yugoslavia. Y en 2011, Barack Obama hizo lo mismo en la guerra civil de Libia, alegando tanto motivos humanitarios como de derechos humanos.

Tropa de Estados Unidos en Bosnia en 1995.

Getty Images
Estados Unidos envío tropas que formaron parte del contingente de la OTAN en 1995.

En 1990, George HW Bush justificó su coalición internacional para expulsar a Irak de Kuwait defendiendo el Estado de derecho frente a la ley de la selva.

Los principales funcionarios de seguridad nacional de Biden han usado un lenguaje similar al describir la amenaza de Rusia a los principios internacionales de paz y seguridad.

Pero, hasta ahora, han hablado de una guerra económica a través de sanciones paralizantes como respuesta, no de operaciones militares.

Biden no es partidario del intervencionismo militar

Esta postura tiene algo que ver con los instintos no intervencionistas del presidente Biden.

Por supuesto, estos se fueron desarrollando con el paso del tiempo. En el pasado, por ejemplo, el actual mandatario apoyó la acción militar estadounidense en la década de 1990 para hacer frente a los conflictos étnicos en los Balcanes.

También votó a favor de la invasión estadounidense de Irak en 2003. Pero, desde entonces, se ha vuelto más cauteloso a la hora de usar el poder militar estadounidense.

Así, se opuso a la intervención de Obama en Libia, al igual que a su decisión de incrementar las tropas en Afganistán. De igual modo, sigue defendiendo enérgicamente su orden de retirar las fuerzas estadounidenses de Afganistán el año pasado a pesar del caos que la acompañó y la catástrofe humanitaria que dejó a su paso.

Por su parte, el jefe diplomático de su gobierno, Antony Blinken —quien ha ayudado a concebir la política exterior de Biden— ha definido una seguridad nacional estadounidense más enfocada a combatir el cambio climático, luchar contra las enfermedades globales y competir con China que en términos de intervencionismo militar.

Los estadounidenses tampoco quieren una guerra

Una encuesta reciente de la agencia AP y el Centro NORC para la investigación de Asuntos Públicos de la Universidad de Chicago concluyó que 72% de los consultados en EE.UU. dijo que su país debería desempeñar un papel menor en el conflicto entre Rusia y Ucrania, o ninguno en absoluto.

Carteles con el precio de la gasolina en una estación de servicio en Estados Unidos.

Getty Images
Los estadounidenses están más preocupados por la economía que por la geopolítica.

Los ciudadanos centran sus intereses en cuestiones económicas, especialmente en el aumento de la inflación, algo que Biden debe tener en cuenta a medida que se avecinan las elecciones de mitad de período.

En Washington, la crisis en Ucrania está en el centro de las preocupaciones de legisladores tanto republicanos como demócratas, que exigen sanciones más duras contra Rusia.

Pero incluso voces de línea dura como el senador republicano Ted Cruz no quieren que Biden envíe tropas estadounidenses a Ucrania y “comience una guerra con Putin”.

El senador republicano Marco Rubio, otro halcón de la política exterior, ha dicho que la guerra entre las dos potencias nucleares más grandes del mundo no sería buena para nadie.

El peligro de una confrontación de superpotencias

Buena parte de esta postura se explica en el hecho de que Putin cuenta con una gran reserva de ojivas nucleares.

Biden no quiere provocar una “guerra mundial” al arriesgarse a un enfrentamiento directo entre tropas estadounidenses y rusas en Ucrania y ha sido claro al respecto.

Balance fuerzas militares entre Rusia y Ucrania.

BBC
Desfile militar en Rusia.

Getty Images
Además de armas nucleares, Rusia cuenta con un potente arsenal convencional.

“No es como si estuviéramos lidiando con una organización terrorista”, dijo el mandatario estadounidense a la cadena NBC a principios de este mes. “Estamos lidiando con uno de los ejércitos más grandes del mundo. Esta es una situación muy difícil y las cosas podrían descontrolarse rápidamente”, apuntó.

EE.UU. no está obligado a actuar

EE.UU. tampoco está obligado por ningún tratado internacional a asumir este riesgo.

Una situación distinta ocurriría si Ucrania fuera parte de la OTAN, pues en esa organización se asume que un ataque contra cualquiera de sus miembros es un ataque contra todos. Ese es el compromiso fundamental del Artículo 5, que obliga a todos los miembros a defenderse unos a otros.

Pero Ucrania no es miembro de la OTAN, un factor citado por Blinken para explicar por qué los estadounidenses no lucharán por los valores que defienden con tanta energía.

Aquí hay cierta ironía, dado que el conflicto surge de las demandas de Putin de garantías de que nunca se permitirá que Ucrania se una a la alianza militar y de la negativa de la OTAN a dárselas.

Tampoco la OTAN está obligada a hacerlo

Paradójicamente, el compromiso de defensa mutua establecido en el Tratado de la OTAN es el principal incentivo que tiene Ucrania para solicitar la admisión en esa alianza y, al mismo tiempo, uno de los motivos por los cuales algunos de sus estados miembros no quieren admitir a Kiev.

Gráfico

BBC

Desde inicios de la década de 1990, el tema de la ampliación de la OTAN para incluir a países que pertenecieron a la antigua órbita soviética fue motivo de debate entre expertos en política exterior, entre los cuales hay quienes creen que esto podría generar una reacción negativa por parte de Rusia, que podía sentirse amenazada por la inclusión en la alianza de países con los que comparte fronteras.

Pese a esas objeciones, la alianza se amplió y desde 1997 ha incluido entre sus miembros a 14 países que proceden del antiguo bloque comunista. Ha habido, sin embargo, dos notables excepciones: Georgia y Ucrania.

En 2008, la OTAN hizo una declaración en la que señaló que estos dos países podrían ser finalmente admitidos, pero esto no ha ocurrido.

De hecho, muchos analistas apuntan que no es casual que, justo meses después de esa cumbre de la OTAN, se produjo la guerra en Georgia mediante la cual separatistas prorrusos tomaron el control de los territorios de Abjasia y de Osetia del Sur.

Soldados de Ucrania en Donetsk.

Getty Images
En 2014, las fuerzas armadas de Ucrania perdieron el control de Donetsk y Luhansk ante grupos prorrusos.

Una situación similar se repitió en 2014, cuando pocos meses después de las revueltas populares que llevaron a la caída del gobierno del presidente prorruso de Ucrania Víktor Yanukóvich, se registraron las rebeliones en Donetsk y Luhansk, en las cuales grupos prorrusos asumieron el control de esos territorios de Ucrania.

Al igual que el gobierno de Biden, la OTAN ha criticado con dureza la invasión rusa a Ucrania. Su secretario general, Jens Stoltenberg, dijo que se trata de “un acto brutal de guerra”. Pero, de ahí a intervenir militarmente en defensa de Kiev, hay un abismo que la alianza no parece estar dispuesta a cruzar por el momento.

¿Puede cambiar esto?

El presidente Biden ha estado enviando tropas a Europa y redistribuyendo las que ya están allí, para reforzar a los aliados de la OTAN que limitan con Ucrania y Rusia.

Esto ha sido anunciado por su gobierno como un esfuerzo para tranquilizar a las exrepúblicas soviéticas, nerviosas por el objetivo más amplio de Putin de presionar a la OTAN para que haga retroceder las fuerzas de su flanco oriental.

El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg.

Getty Images
El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, ha criticado duramente la invasión rusa.

Este esfuerzo ha implicado también a la alianza, que durante los meses previos de tensión entre Rusia y Ucrania ha movilizado miles de efectivos y de recursos militares hacia el este de Europa, pero no con la finalidad de proteger a Ucrania sino para reforzar la protección de sus miembros en esa región como Polonia, Estonia, Letonia, Lituania y Rumania.

Pero la invasión de Ucrania esta semana avivó las preocupaciones sobre la perspectiva de un conflicto más amplio, ya fuera por un derrame accidental de las hostilidades o por un ataque deliberado de Rusia más allá de Ucrania.

Esto último implicaría una gran escalada de la tensión, pues abriría la puerta a invocar el compromiso de defensa mutua del Artículo 5 de la OTAN. No obstante, cualquiera de esos dos escenarios podría atraer a las fuerzas estadounidenses a una batalla.

“Si [Putin] entra en los países de la OTAN, nos implicaremos“, advirtió Biden.

* Con información del análisis de Barbara Plett Usher, corresponsal de la BBC en el Departamento de Estado de EE.UU.


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